Fate/Grand Persona - Capítulo 52
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52: Capitulo 51: Promesa 52: Capitulo 51: Promesa La tranquilidad relativa que había seguido a la semana de «reposo» en Chaldea era, Leonel lo sabía, solo la calma antes de otra tormenta.
Habían corregido la Singularidad Americana, recuperado su Grial, y su cuerpo y magia se habían estabilizado, gracias en gran parte a los cuidados de Tamamo y la vigilancia estricta de Nightingale.
Pero el deber de un Maestro en una organización que luchaba contra la incineración de la humanidad nunca terminaba.
Los recursos de Chaldea, aunque vastos, necesitaban ser constantemente reforzados.
Y eso significaba una cosa: invocaciones.
Sentado en su habitación, revisando los informes de Da Vinci sobre los Saint Graphs residuales detectados tras América, Leonel sentía un nudo de ansiedad en el estómago que no tenía nada que ver con las batallas venideras.
Tenía miedo.
Un miedo visceral, personal y perfectamente racional.
Scáthach.
La Reina de la Tierra de las Sombras.
La mujer que había borrado un Pilar Demoníaco con la facilidad con la que uno mata una mosca.
La que lo había besado con una posesión feroz, lo había marcado con sus dientes y le había prometido, en un tono que no admitía discusión, reclamarlo como discípulo y como esposo.
El catalizador para su invocación, su sangre seca en el labio de Leonel y la promesa compartida en un campo de batalla, era único y potentísimo.
Si realizaba una invocación ahora, con su suerte y la tendencia del destino a burlarse de él, las probabilidades de que respondiera ella eran abrumadoras.
Y si Scáthach aparecía en Chaldea… el delicado ecosistema de su vida, ese equilibrio precario entre el liderazgo, la estrategia y el manejo de un harén complejo y apasionado, se iría a pique.
No era que sus otras Servants fueran débiles.
Pero Scáthach era una fuerza de la naturaleza, una leyenda entre leyendas, y lo quería.
De una manera directa, sin ambages y potencialmente conflictiva.
Sin embargo, no podía postergarlo para siempre.
Necesitaban más aliados.
Camelot, la siguiente Singularidad, se cernía sobre ellos como una espada de Damocles, y todos los informes la pintaban como la más difícil hasta ahora.
Negarse a invocar por miedo personal era una traición a su deber.
Con un suspiro que pareció salir de lo más profundo de su alma, Leonel se puso de pie.
Había decidido hacer una sola invocación por ahora.
Solo una.
Y rezaría a cualquier dios que estuviera escuchando para que no fuera ella.
La noticia de que el Maestro realizaría una invocación se esparció por Chaldea con la velocidad del rayo.
Para cuando Leonel llegó a la Sala de Invocación, un espacio circular de paredes blancas y azules con runas doradas brillando en el suelo, ya tenía audiencia.
No era una audiencia pasiva.
Formando un semicírculo expectante, ansioso y cargado de emociones encontradas, estaban sus Servants.
Los había dividido mentalmente en dos grupos, aunque las líneas a veces se borraban.
Las Novias (o Futuras Esposas): Mash Kyrielight, de pie con las manos entrelazadas frente a ella, su rostro una mezcla de apoyo inquebrantable y una leve, muy leve, sombra de ansiedad.
Nero Claudius (Saber), con los brazos cruzados y una ceja arqueada, su postura desafiante, como diciendo «invoca lo que quieras, pero recuerda quién es tu emperatriz».
Tamamo no Mae, de pie con una calma demasiado estudiada, sus colas inmóviles, pero sus ojos dorados, normalmente llenos de afecto o picardía, estaban fijos en él con una intensidad que prometía una conversación muy larga después.
Kiyohime, literalmente temblando, sus manos apretadas contra su pecho, sus ojos reptilianos brillando con un pánico celoso.
Jeanne d’Arc Alter, apoyada contra una pared lejana, fingiendo desinterés total pero con la mirada clavada en el círculo de invocación como un halcón.
Y, en una sorpresa que mostró cuánto había evolucionado su actitud, Nero Claudius (Bride) también estaba presente, su expresión solemne pero con una determinación férrea en sus ojos.
Todas ellas proyectaban una energía unificada: miradas asesinas.
No hacia el círculo de invocación en sí, sino hacia Leonel, como si pudieran, por pura fuerza de voluntad, influir en el resultado y disuadir a cualquier potencial rival femenina de responder a la llamada.
Los Aliados (Amigos, o al menos no pretendientes activos): Emiya (Archer), con sus brazos musculosos cruzados, observando la escena con una expresión que Leonel conocía demasiado bien: compasión irónica.
El ex héroe, que en otra vida había sido el centro de sus propios enredos sentimentales (aunque de una escala y naturaleza muy diferente), entendía la situación con una claridad dolorosa.
Sus ojos plateados captaron la mirada desesperada de Leonel y le respondieron con un leve, casi imperceptible, movimiento de cejas que decía «te deseo suerte, pero esto es hilarante».
Luchaba visiblemente por no dejar que una sonrisa de diversión ante la incomodidad ajena se dibujara en sus labios.
Francis Drake estaba ahí también, pero su categoría era ambigua.
Ella se consideraba tanto amiga como futura esposa, disfrutando de la libertad de su relación con Leonel.
Observaba el drama con una sonrisa amplia y lasciva, más entretenida que preocupada.
Artoria Pendragon (Lancer Alter) permanecía impasible como una estatua.
Su sentimiento hacia Leonel era de una lealtad profunda teñida de un amor propio de un rey por su consorte elegido.
No le molestaba la perspectiva de más Servants mujeres.
En su mente, Leonel le pertenecía por derecho de elección y fuerza, y si compartirlo era necesario para salvar la humanidad, así sería.
No había lugar para los celos mezquinos en el corazón de un monarca.
Jeanne d’Arc (Ruler) estaba un poco aparte, sus manos juntas como en oración, su rostro un torbellino de emociones conflictivas.
Le gustaba Leonel, eso era innegable.
Pero la idea de unirse a ese… harén, de caer en lo que su doctrina podría considerar pecado, la atormentaba.
Sin embargo, ver la agresividad de las otras, especialmente de su contraparte Alter, despertaba en ella un instinto protector sorprendente.
Mordred estaba junto a Emiya, con una expresión de completo «¿en qué me he metido?».
Cada día en Chaldea era una lección en dinámicas sociales absurdamente complejas.
El aire en la sala era espeso, cargado de expectativa, magia contenida y tensión emocional.
Leonel se paró en el borde del círculo de invocación, sintiendo el peso de todas esas miradas sobre su espalda.
Las de sus novias sentían como dagas de hielo.
La de Emiya como una palmada comprensiva pero divertida en el hombro.
Las de los demás, una mezcla de curiosidad y morbo.
Tranquilo, se dijo.
Hay cientos, miles de Heroic Spirits en el Trono.
Las probabilidades están a tu favor.
No puede ser ella.
No será ella.
Tomó un catalizador estándar proporcionado por Da Vinci, un fragmento de cristal cargado con energía pura, no vinculado a ningún héroe en particular.
Quizás así, sin un catalizador específico, las posibilidades se dispersarían.
Respiró hondo, ignorando el sudor frío que comenzaba a formarse en su frente.
Sus Circuitos Mágicos, ya recuperados, se activaron con suavidad, fluyendo hacia el círculo.
Las runas doradas en el suelo brillaron con mayor intensidad, y el aire comenzó a vibrar con poder acumulado.
«Conectando… sistema espiritual de invocación…» murmuró, recitando las palabras rituales que Romani le había enseñado.
Su voz sonó extrañamente alta en el silencio expectante de la sala.
«Base, determinada.
Círculo de invocación, confirmado.
Comenzando operación de summoning en 3… 2… 1…» Cerró los ojos por un segundo, una súplica silenciosa en su mente.
Cualquiera menos ella.
Por favor, cualquier otro.
Al abrirlos, vertió su mana en el círculo.
Un torrente de luz azul blanca estalló desde el suelo, girando y arremolinándose en el centro del círculo, cegadora.
El viento mágico agitó el cabello y la ropa de todos los presentes.
Leonel contuvo la respiración.
A su alrededor, podía sentir cómo sus novias se ponían más rígidas.
Kiyohime dejó escapar un pequeño gemido.
Tamamo hizo un sonido casi inaudible, un leve gruñido en la garganta.
Nero apretó los puños.
La luz comenzó a tomar forma.
No era la silueta grande y poderosa de un Berserker, ni la esbelta de un Assassin… pero tampoco era totalmente desconocida.
Era una figura alta, femenina, con una postura que irradiaba una confianza absoluta, una autoridad que no necesitaba alzar la voz.
La luz se disipó.
Y allí, de pie en el centro del círculo, con su ajustado traje púrpura, su cabello lacio como la noche y sus ojos carmesíes escaneando el entorno con una curiosidad desapegada y superior, estaba Scáthach.
El corazón de Leonel se detuvo.
El aire se le cortó.
El tiempo pareció ralentizarse.
Vio cómo la expresión de ella pasó de la evaluación neutral a… reconocimiento.
Y luego, a una sonrisa.
No una sonrisa amplia y alegre, sino una curva lenta, satisfecha y peligrosamente sensual en sus labios.
Era la sonrisa de un depredador que ha encontrado a su presa exactamente donde esperaba.
Su pesadilla se había hecho realidad.
Un sudor frío, profuso, empapó instantáneamente la espalda de Leonel.
Pudo sentir, sin necesidad de mirar, cómo la energía en la sala cambiaba drásticamente.
Las «miradas asesinas» que antes se dirigían a él se desplazaron con la fuerza de un láser hacia la recién llegada, intensificándose por mil.
El entretenimiento en los ojos de Drake se convirtió en interés genuino.
La compasión en la mirada de Emiya se transformó en un «oh, esto sí que es bueno» apenas contenido.
Artoria Alter inclinó ligeramente la cabeza, evaluando a la nueva llegada como un posible oponente digno.
Jeanne Ruler palideció ligeramente.
Mordred bufó.
«Aquí vamos otra vez.» Scáthach ignoró por completo el semicírculo de Servants hostiles.
Sus ojos, como imanes, se fijaron en Leonel.
La sonrisa en sus labios se amplió un milímetro, suficiente para que él viera el destello de un canino afilado.
«Hmm», dijo su voz, baja, ronca y cargada de una familiaridad que hizo temblar a Leonel.
«Este lugar… Chaldea.
Y tú… ahí estás.» Se dio un paso fuera del círculo, sus movimientos fluidos y silenciosos como los de un gato.
Caminó directamente hacia Leonel, sin prisa pero con una intención clara, atravesando el espacio que separaba la plataforma de invocación del borde donde él estaba paralizado.
«Me has hecho esperar, Leonel», continuó, y ahora su tono tenía un dejo de reproche juguetón, como si él hubiera llegado tarde a una cita.
«Después de nuestra… conversación en Washington, pensé que te apresurarías.
Pero supongo que el agotamiento te retuvo.» Sus ojos recorrieron su cuerpo, como si buscara signos de daño residual.
«Te ves mejor.
Bueno.» Se detuvo justo frente a él, tan cerca que Leonel podía sentir el fresco aura mística que la rodeaba, un aroma a hierbas secas, hierro frío y aire de montaña nocturna.
Su altura era casi la misma que la de él, lo que hacía que su mirada penetrante fuera aún más intensa.
«Permite que me presente formalmente, aunque creo que ya nos conocemos», dijo, y su sonrisa se volvió un poco más picara.
«Soy Scáthach.
Reina de la Tierra de las Sombras, instructora de héroes, asesina de dioses…» Hizo una pausa dramática, sus ojos brillando con malicia y algo más caliente.
«…y la futura esposa y mentora de Leonel Herrera, el último Maestro de la humanidad.» Las declaraciones cayeron como bombas en el silencioso salón.
Un coro de inhalaciones bruscas, gruñidos y el sonido de armas siendo agarradas con más fuerza llenó el aire.
Pero Scáthach no había terminado.
Antes de que alguien, incluso Leonel, pudiera reaccionar a sus palabras, ella actuó.
Su mano se movió, no con la velocidad letal que había usado contra el Pilar Demoníaco, pero aún así con una rapidez que Leonel, aturdido, no pudo seguir.
Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca, no con brutalidad, pero con una firmeza absoluta e innegable.
Fue un agarre que no pretendía lastimar, sino poseer.
Y entonces, tiró de él.
Leonel, sin resistencia posible, fue atraído hacia ella.
Su cuerpo chocó suavemente contra el de ella, y antes de que su mente pudiera procesar la proximidad, la frialdad de sus labios, la presión firme y demandante… Era el mismo beso que en Washington, pero sin la urgencia de la batalla alrededor.
Era más lento, más deliberado, más exhibicionista.
Scáthach no solo lo estaba besando; estaba marcando territorio frente a una audiencia de rivales.
Sus labios se movieron contra los de él con una experiencia antigua, demandando una respuesta.
La mordida en su labio inferior, cuando llegó, fue un poco más suave que la primera vez, pero no menos significativa.
Un recordatorio doloroso y sensual de su promesa.
Para Leonel, fue un torbellino de sensaciones contradictorias: la sorpresa, el shock, una punzada de dolor, y debajo de todo eso, una atracción visceral y peligrosa hacia la fuerza pura y la confianza absoluta que esta mujer emanaba.
Duró unos segundos que parecieron una eternidad, bajo la mirada atónita y luego furibunda de media docena de mujeres que lo amaban.
Cuando Scáthach finalmente se separó, lo hizo lentamente, sus labios separándose de los de él con un sonido suave.
Sus ojos carmesíes, medio cerrados, lo miraban con satisfacción.
Una gota de sangre, la de Leonel, brillaba en su labio inferior.
«Te tardaste en invocarme, esposo», dijo, y esta vez su voz era un susurro que solo él podía oír claramente, pero que por la tensión del silencia, todos captaron.
Sonaba dulce, como la miel, pero con el veneno latente del acónito.
Era una dulzura peligrosa, la de una pantera que ronronea mientras tiene la garra sobre el cuello de su presa.
Luego, alzó un poco la voz, dirigiéndose a la sala en general, pero sin apartar los ojos de Leonel.
«Vengo a cumplir mi promesa.
Pasaste mi prueba.
Sobreviviste.
Eres fuerte.
Pero la fuerza cruda no es suficiente.» Su tono se volvió didáctico, el de la maestra.
«Te convertiré en mi discípulo estrella.
Puliré tu cuerpo, tu mente, tu espíritu.
Te enseñaré a sobrevivir en las tierras de la muerte, a matar dioses si es necesario.
Y en el futuro…» La dulzura regresó, mezclada con una posesión feroz.
«…cuando hayas alcanzado el pináculo, gobernaremos juntos la Tierra de las Sombras.
Tú, a mi lado, como mi consorte.
Mi esposo.» Leonel estaba mudo.
Su mente, normalmente tan rápida para encontrar estrategias y palabras, estaba en blanco.
Tenía el sabor a su sangre y a ella en la boca, el escozor en el labio, la muñeca aún caliente por su agarre, y el peso de una declaración que era a la vez una oportunidad monumental (entrenamiento de la mismísima Scáthach) y una sentencia de conflicto doméstico eterno.
«¡¡ESPERA UN MOMENTO!!» La voz que rompió el hechizo fue un coro, pero la que tomó la delantera física fue Tamamo no Mae.
Con un movimiento que era pura furia contenida, la zorra se interpuso entre Scáthach y Leonel, sus nueve colas erizadas como espadas, sus ojos dorados brillando con una ira sobrenatural.
«¡¿Qué te crees que estás haciendo, bruja de las sombras?!
¡¿Quién te dio permiso de poner tus labios y tus garras en mi esposo?!» Kiyohime estaba a su lado en un instante, su kimono ondeando, su aliento ya calentándose, sus ojos convertidos en rendijas reptilianas.
«¡Anchin-sama no es tuyo!
¡Él es mío!
¡Mío!
¡Lo juré!
¡Esa marca… borraré tu marca de él!» Jeanne Alter, que había estado conteniéndose, vio la agresividad de Scáthach, el beso posesivo, la declaración descarada, y algo se rompió dentro de su fachada tsundere.
El celo, más fuerte que su orgullo, la empujó hacia adelante.
Se colocó al otro lado de Tamamo, el fuego negro crepitando alrededor de sus puños.
«¡Oyé, monstruo antediluviano!
¿No ves que está ocupado?
Tiene… tiene… gente importante aquí.
¡Y no eres una de ellas!
¡Lárgate de vuelta a tu agujero de sombras!» Su voz temblaba levemente, no de miedo, sino de rabia pura y de un miedo más profundo: el miedo a perder el lugar que apenas estaba empezando a reclamar en el caótico corazón de Leonel.
Incluso Jeanne d’Arc (Ruler), impulsada por un instinto protector que trascendía sus dudas teológicas, dio un paso adelante, aunque más titubeante.
Su brillante armadura parecía opacar la oscuridad de Scáthach.
«Lo… lo que haces no está bien.
Forzar tu afecto de esa manera… Leonel merece respeto, no… no ser tratado como una propiedad.» Sus mejillas estaban sonrojadas, pero su mirada era firme.
Nero Claudius, tanto la Saber como la Bride, estaban al frente, sus espadas no desenvainadas pero sus manos en las empuñaduras.
«¡Como futura Emperatriz de Roma y esposa del Praetor, prohíbo tal insolencia!» gritó Nero.
«¡Su corazón ya tiene dueña, y su dueña soy YO!» Nero Bride añadió, con una calma más peligrosa: «Cualquier reclamo sobre mi futuro esposo debe pasar por el consentimiento de sus esposas actuales.
Y nosotras no consentimos.» Mash se sumó al frente, su escudo no desplegado pero su postura defensiva.
«Scáthach-san, agradecemos tu ayuda en la Singularidad.
Pero Senpai… Leonel-senpai no es un premio.
Es una persona.
Y sus sentimientos importan.» Fue un frente unido.
Un muro de celos, amor y protección erigido entre Leonel y la recién llegada.
Las miradas que antes eran asesinas para Leonel ahora eran rayos láser dirigidos a Scáthach, llenos de hostilidad, desafío y una determinación feroz.
Scáthach, por su parte, no pareció impresionada en lo más mínimo.
De hecho, al ver el semicírculo de mujeres furiosas protegiendo a Leonel, se rió.
No fue una risita burlona, sino una risa genuina, baja y ronca, que resonó en la sala.
Era la risa de alguien que encuentra entretenida la ferocidad de unos cachorros.
«Vaya, vaya», dijo, secándose una lágrima imaginaria del ojo.
«Tan protectoras.
Tan… celosas.» Su mirada recorrió a cada una, evaluándolas no como rivales, sino como fenómenos interesantes.
«No temáis, pequeñas leonas.
No he venido a arrebatároslo… aún.» Su confianza era tan absoluta que era insultante.
Daba a entender que, si quisiera, podría atravesarlas a todas sin esfuerzo.
Y probablemente podría.
Pero no era esa su intención.
«Cedo el paso por ahora», dijo, dando un paso atrás, las manos en las caderas.
Su sonrisa nunca desapareció.
«No porque vuestras amenazas me preocupen.
Sino porque sé que sois importantes para él.» Sus ojos se encontraron con los de Leonel, aturdido aún detrás de la línea de sus defensoras.
«Y lo que es importante para mi futuro discípulo y consorte, merece… cierta consideración.» Pero entonces, Scáthach, con una teatralidad maliciosa que demostraba que disfrutaba cada segundo de este drama, realizó un movimiento calculado para inflamar aún más los ánimos.
Llevó lentamente dos dedos a sus propios labios, donde aún quedaba un rastro de la sangre de Leonel.
Luego, con una lentitud deliberada y obscena, se pasó la lengua por los labios, limpiándose la gota de sangre, mientras mantenía la mirada fija en Leonel.
Sus ojos se entrecerraron en un gesto de puro goce sensual.
«Hmm», murmuró, como si saboreara un vino exquisito.
«El sabor promete.
Dulce, con un toque de hierro… y de potencial sin explotar.» Fue la gota que colmó el vaso.
El acto fue tan íntimo, tan posesivo y tan deliberadamente provocativo que hizo que los nervios de todas las presentes estallaran.
«¡¿QUÉ DEMONIOS?!» gritó Tamamo, y una de sus colas se agitó con fuerza, casi golpeando el suelo.
«¡GUAAAAAA!» Kiyohime soltó un rugido bestial, el fuego azul comenzando a brotar de su boca.
«¡BASTARDA!
¡TE VOY A INCINERAR!» Jeanne Alter levantó su mano, una esfera de fuego negro formándose en su palma.
Incluso las más tranquilas, como Mash y Jeanne Ruler, parecían listas para entrar en combate.
Scáthach solo sonrió, disfrutando del caos que había sembrado.
Luego, sin previo aviso, su cuerpo comenzó a perder densidad, a volverse translúcido.
«No os preocupéis.
Tendremos mucho tiempo para… conocernos», dijo, su voz empezando a sonar como un eco.
«Leonel, descansa hoy.
Mañana, tu entrenamiento comienza al amanecer.
En el campo de simuladores.
No llegues tarde.» Y con eso, su forma se disolvió por completo en motas de luz púrpura y sombras que se desvanecieron en el aire.
Se había vuelto al espíritu, probablemente para explorar Chaldea o para establecerse en algún lugar.
La tensión en la sala no se disipó con su partida.
Se transformó.
Ahora se dirigía, en parte, de vuelta a Leonel, quien seguía inmóvil, con el labio sangrando levemente y una expresión de completo agotamiento existencial.
Tamamo se giró hacia él, sus colas aún erizadas.
«Leonel-sama.
Una explicación.
Ahora.» Kiyohime se aferró a su brazo, llorando.
«¡Anchin-sama, cómo pudiste dejar que te hiciera eso!» Jeanne Alter gruñó.
«¡Esto es tu culpa por invocar!
¡Sabías que esto podía pasar!» Nero estaba echando chispas.
«¡Praetor!
¡Esa mujer es una amenaza para la paz del imperio!
¡Debe ser desterrada!» Leonel levantó las manos, una señal de rendición.
«¡Lo sé!
¡Lo sé todo!
¡No quería que fuera ella!
¡Lo juro!» Su voz era un quejido.
Había realizado una sola invocación.
Una.
Y había añadido más problemas, drama y peligro potencial a su vida de los que habrían traído diez invocaciones normales.
Miró hacia donde estaba Emiya, buscando un poco de solidaridad.
El Archer tenía los brazos cruzados y, finalmente, había dejado escapar una sonrisa amplia y abierta, sacudiendo la cabeza con incredulidad divertida.
Su mirada decía claramente: «Bienvenido a mi mundo, chico.
Aunque el tuyo es mucho, mucho peor.» Drake se rió a carcajadas.
«¡Vaya capitán!
¡Esa sí que sabe lo que quiere!
¡Te deseo suerte, muchacho, vas a necesitarla!» Artoria Alter solo asintió, como si todo estuviera procediendo según algún plan cósmico inescrutable.
«Una aliada poderosa.
Y una rival digna para las demás.
El equilibrio de poder ha cambiado.» Leonel quería gritar.
Quería encerrarse en su habitación y no salir en una semana.
Pero sabía que no podría.
Tenía a un grupo de novias celosas que exigían explicaciones y consuelo, y a una reina guerrera inmortal que esperaba entrenarlo al amanecer.
Con un suspiro que pareció contener el peso de todas las Singularidades pasadas y futuras, Leonel se frotó la cara.
«Miren… por favor.
Tranquilas.
Vamos a… a la sala común.
Podemos hablar allí.
Con… con té.
O algo más fuerte.» Fue un gesto de tregua débil, pero fue suficiente para que la furia inmediata comenzara a ceder, transformándose en un resentimiento sordo y una determinación renovada de proteger su territorio.
Mientras era prácticamente escoltado (¿o arrastrado?) fuera de la Sala de Invocación por su séquito de amantes furiosas y preocupadas, Leonel no pudo evitar pensar que, de todas las batallas que había librado, manejar las consecuencias de esta única y temida invocación podría ser la más agotadora de todas.
Y el día ni siquiera había terminado.
Scáthach estaba aquí, en Chaldea.
Y mañana, su entrenamiento comenzaría.
Pobre Leonel.
Solo había querido reforzar sus fuerzas para salvar la humanidad.
En cambio, había invocado una tormenta personal perfecta, con forma de mujer hermosa, mortal y decidida a tenerlo para ella… sin importarle quién estuviera en el camino.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias Mi patreon: SeathScale
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