Fate/Grand Persona - Capítulo 53
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53: Capitulo 53: Inicio de la sexta singularidad 53: Capitulo 53: Inicio de la sexta singularidad El eco de las sirenas aún vibraba en los pasillos de Chaldea cuando Leonel Herrera cruzó las puertas del Centro de Comando.
Sus pasos eran firmes, impulsados por el deber, pero su mente era un torbellino de sensaciones contradictorias.
El agotamiento físico del entrenamiento matutino se mezclaba con el desconcierto emocional del encuentro con Scáthach, y encima de todo, la urgencia de una nueva Singularidad lo empujaba hacia adelante.
Los labios le ardían.
No era una metáfora.
Literalmente, la piel de sus labios estaba sensible, hinchada por la intensidad del beso de la Reina de las Sombras.
Y lo que era peor, o más evidente, eran las marcas.
Restos del labial púrpura oscuro de Scáthach, casi negro, manchaban no solo sus labios, sino que se extendían en pequeños rastros alrededor de su boca, evidencia imborrable (al menos, no sin un lavado a fondo) del encuentro apasionado en el corredor de mantenimiento.
Leonel era consciente de ello.
Había tenido el tiempo, mientras caminaba, de ir a un baño y limpiarse.
Pero cada vez que el pensamiento cruzaba su mente, la imagen de Scáthach, con esa sonrisa peligrosa y los ojos entrecerrados, lo disuadía.
Si ella lo veía sin sus marcas…
¿volvería a reclamarlo?
¿Y dónde?
¿Delante de todos en el Centro de Comando?
La idea era tan aterradora como, en un rincón muy oscuro de su psique, ligeramente emocionante.
Así que entró así.
Con los labios marcados, rojos y ligeramente tumefactos, un cartel andante de “acabo de ser devorado por una predatoria inmortal”.
La reacción fue inmediata.
Olga Marie Animusphere, la directora, estaba de pie frente a la gran pantalla principal, discutiendo algo con Da Vinci y Romani.
Al oír la puerta, se giró para ver quién llegaba.
Sus ojos se abrieron como platos.
Su boca formó una “o” perfecta de sorpresa.
Luego, una gama de emociones cruzó su rostro con la velocidad del rayo: sorpresa, incredulidad, y luego un rubor intenso que subió desde su cuello hasta las puntas de sus orejas.
“¡¿L-Leonel?!”, exclamó, su voz un poco más aguda de lo normal.
“¡¿Q-qué…
qué te pasó en la cara?!
¡Parece que…
que…!” No pudo terminar la frase.
Todos en la sala podían verlo.
Las marcas de labial eran inconfundibles.
Y el estado de sus labios…
solo una beso extremadamente apasionado podía causar eso.
Romani Archaman tosió discretamente, apartando la mirada con una sonrisa incómoda pero comprensiva.
“Eh…
Leonel, ¿todo bien?
Parece que…
alguien te dio una bienvenida muy…
efusiva.” Da Vinci, por su parte, no tuvo reparos en observar con curiosidad científica.
“Fascinante.
La composición del labial parece tener propiedades mágicas residuales.
Diría que es de origen…
escandinavo?
Celta, más bien.
Scáthach, ¿verdad?
Esa mujer no pierde el tiempo.” Su sonrisa era de puro entretenimiento.
Leonel sintió que sus mejillas se calentaban.
“Es…
no importa.
Tenemos una Singularidad.
¿Cuál es la situación?” Olga, aún ruborizada, forcejeó por recuperar su compostura.
Pero su mente, traicionera, ya había comenzado a divagar.
Esa mujer otra vez.
Scáthach.
La que llegó hace unos días y ya lo tiene marcado como si fuera su propiedad.
Es increíble.
Drake es atrevida, pero esto…
esto es otro nivel.
Drake está en la cafetería, borracha perdida, así que no pudo ser ella.
Tamamo es sumisa, solo quiere que Leonel la mime.
Igual que Kiyohime.
Y Mash, pobrecita, todavía es demasiado inocente para algo así.
Las dos Nero, aunque excéntricas, cuando están con él se vuelven…
blandas.
Hasta Jeanne Alter, que a veces se pone intensa, termina derritiéndose si él le devuelve el afecto.
La única con la personalidad para hacer esto, para marcar territorio de manera tan agresiva y pública, es Scáthach.
Es una bruja, una depredadora.
Llegó hace nada y ya lo está reclamando como si fuera su derecho de conquista.
Si esto sigue así, Chaldea se va a convertir en un harén imperial gobernado por Leonel y su…
colección de esposas heroicas.
No es que me importe, por supuesto.
Yo soy la Directora.
Tengo responsabilidades más importantes que pensar en las…
actividades extracurriculares del único Maestro viable.
No me importa en absoluto.
Pero la imagen no se iba.
En su mente, sin quererlo, comenzó a formarse una escena.
Una escena absurda, ridícula, que no debería estar ahí.
Se imaginó a sí misma, Olga Marie Animusphere, de pie en el centro de una gran sala.
A su alrededor, todas las Servants de Leonel: Mash, Nero, Tamamo, Kiyohime, Jeanne Alter, Artoria Alter, Drake, y la odiosa Scáthach.
Y en medio de todas, Leonel, con una sonrisa cansada pero feliz.
Y todas ellas…
todas ellas estaban vestidas de novia.
Y ella también.
Ella también llevaba un vestido blanco, y estaba…
esperando su turno para ser besada por él.
¡¿QUÉ ESTOY PENSANDO?!
Olga se sacudió físicamente, como si intentara espantar una mosca.
Su rostro, si era posible, se volvió aún más rojo.
¡Soy una Animusphere!
¡Una maga de linaje noble!
¡No puedo estar imaginándome en el harén de un mago advenedizo, por muy Último Maestro que sea!
¡Es indigno!
¡Es…!
Su mente traidora susurró: …es lo que quieres.
¡NO ES LO QUE QUIERO!
se gritó a sí misma en silencio.
¡Yo solo quiero…
quiero que la humanidad se salve!
¡Y que él…
que él deje de besuquearse con todas esas…
esas…!
Enterró ese pensamiento con la fuerza de una losa de mausoleo.
No ahora.
No aquí.
Había cosas más importantes.
La humanidad pendía de un hilo.
Sus sentimientos conflictivos, ese nudo extraño en el estómago que aparecía cada vez que veía a Leonel con otra, tendrían que esperar.
Respiró hondo, forzando una expresión profesional (aunque sus mejillas aún conservaban un tinte rosado).
“Bien.
Dejando de lado tu…
evidente falta de discreción, Leonel, tenemos una situación.” Se volvió hacia la pantalla principal, que mostraba una imagen distorsionada, como un mapa de líneas de tiempo superpuestas.
Da Vinci tomó la palabra, su tono volviéndose serio.
“Hemos localizado la Sexta Singularidad.
Y es…
problemática.” Pasó los datos a la pantalla.
“Ubicación: Tierra Santa, la región de Jerusalén.
Año: 1273 d.C.” “Jerusalén en el siglo XIII”, murmuró Romani, frotándose la barbilla.
“Eso es durante las Cruzadas.
Un período históricamente complejo, pero documentado.
Sin embargo…” “Sin embargo”, continuó Da Vinci, ampliando la imagen, “los lectores de la Singularidad no pueden obtener una lectura coherente.
Es como si hubiera…
múltiples realidades superpuestas en el mismo punto temporal.
Lo que podemos discernir es que, en lugar de los reinos cruzados esperados, existen dos entidades políticas principales, y ninguna debería existir allí.” En la pantalla aparecieron dos símbolos.
Uno era una espada envuelta en luz dorada, sobre un fondo de niebla.
El otro, un ojo estilizado, similar a un jeroglífico egipcio, sobre un fondo de arena y sol.
“Uno de estos reinos”, explicó Da Vinci, “se autodenomina, según las escasas transmisiones de energía que captamos, Camelot.
Sí, el Camelot de la leyenda artúrica.
Pero no debería existir en el siglo XIII, y mucho menos en Jerusalén.” “El otro”, añadió, señalando el símbolo egipcio, “es más difícil de identificar.
Las lecturas sugieren una estética, una estructura mágica y un gobierno que recuerda al Antiguo Egipto.
Faraones, dioses del desierto…
pero fusionado con algo más.
Algo…
divino y terrible.” Leonel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
Camelot y el Reino del Sol.
Sabía lo que venía.
O al menos, lo que debería venir según sus recuerdos de otra vida.
La Reina de la Ciudad Santa, la Mesa Redonda distorsionada, los Caballeros convertidos en guardianes de una utopía cruel…
y al otro lado, el Faraón Divino, Ozymandias, con su poder solar y su orgullo descomunal.
“¿Qué se supone que debería estar pasando históricamente en esa época y lugar?”, preguntó Leonel, aunque ya lo sabía.
Era parte del guion.
Romani respondió, con su tableta en mano.
“En 1273, Jerusalén estaba bajo control musulmán, específicamente de los mamelucos.
Las Cruzadas habían fracasado en su intento de mantener el control de la ciudad.
El reino cruzado de Jerusalén había caído décadas antes, en 1291, pero en 1273, la ciudad era una posesión mameluca relativamente pacífica.
Definitivamente, no había ningún reino de Camelot, ni un imperio egipcio resucitado.” Da Vinci asintió.
“La distorsión es masiva.
Es como si alguien hubiera tomado leyendas, mitos y épocas enteras, y las hubiera superpuesto sobre la historia real, creando un collage de pesadilla.
Y dentro de ese collage, algo se está gestando.
La energía que emana es…
santa y profana a la vez.
Pura y corrupta.
No podemos precisar más.” Iban a entrar en territorio desconocido.
Bueno, desconocido para ellos.
Para Leonel, era un libro que ya había leído, aunque con algunas variaciones por su propia existencia.
Pero no podía decirlo.
No podía explicar que sabía de la purga de la Mesa Redonda, de la locura de la Lion King, de los Caballeros de la Tabla Redonda convertidos en guardianes de una ley distorsionada.
Ese conocimiento era su ventaja secreta, su arma más poderosa.
“Entonces”, dijo Leonel, cruzando los brazos, “vamos a ciegas.
Sabemos que hay dos reinos, que no deberían existir, y que probablemente están en conflicto.
Y que la Tierra Santa, un lugar de inmenso poder espiritual, es el escenario.
Esto va a ser…
complicado.” “Por decirlo suavemente”, murmuró Olga, recuperando su tono directivo.
“Necesitas un equipo sólido.
Los mejores.
Esto no es como América, donde podías improvisar.
Esto apesta a trampa divina desde todos los ángulos.” Leonel asintió.
Ya había empezado a pensar en la composición del equipo.
Necesitaba poder de fuego, versatilidad, y sobre todo, alguien que pudiera enfrentarse a la santidad distorsionada y al poder solar.
La puerta del Centro de Comando se abrió de nuevo, y comenzaron a llegar los Servants que habían sido convocados para la reunión previa a la misión.
La primera en entrar, con paso vacilante y un sonrojo intenso en sus mejillas, fue Jeanne d’Arc (Ruler).
Llevaba su armadura completa, pero su expresión era todo menos guerrera.
Parecía una colegiala nerviosa antes de un examen.
“Yo…
yo iré”, dijo, su voz más baja de lo habitual, sin mirar directamente a Leonel.
“La Tierra Santa…
es un lugar importante para mí.
Y si hay una distorsión religiosa involucrada, mi presencia como Ruler podría ser…
útil.” Se sonrojó aún más al decir “útil”, como si estuviera confesando algo personal.
La verdad era otra: quería estar cerca de él.
Quería protegerlo.
Y quería, en el fondo, resolver ese nudo de sentimientos que la atormentaba desde Orleans.
¿Era pecado amar a un hombre que ya tenía tantas mujeres?
¿O era su humanidad, su conexión con él, lo que la hacía más santa que cualquier dogma?
Detrás de ella, entró Artoria Pendragon (Lancer Alter).
Su presencia era un contraste absoluto: fría, impasible, regia.
Su armadura negra reflejaba las luces del Centro de Comando con un brillo metálico.
No dijo nada al principio.
Simplemente se colocó a un lado, sus ojos dorados fijos en Leonel con una intensidad que otros podrían malinterpretar como hostilidad, pero que él comenzaba a reconocer como…
atención exclusiva.
“La tierra santa”, dijo finalmente, su voz grave y plana.
“Jerusalén.
Un lugar de poder para muchos.
También para los reyes.
Iré.” Mordred, que había entrado sigilosamente detrás de Artoria, resopló.
“Claro que irás.
No me fío ni un pelo de ti, ‘padre’.
Algo tramas con Leonel, y voy a estar ahí para verlo.” Su declaración fue un desafío abierto, pero también una muestra de su peculiar forma de lealtad hacia su Maestro.
No confiaba en Artoria, pero confiaba en Leonel, y eso significaba protegerlo de su propia “padre” si era necesario.
Luego, con una elegancia felina y una sonrisa serena pero decidida, llegó Tamamo no Mae.
“Mikon~ Por supuesto, yo también iré, esposo.
La última vez te dejé con esa bruja de las sombras demasiado tiempo.
Esta vez, velaré por tu seguridad…
y por tu tiempo.” Sus ojos dorados brillaron con un destello de determinación.
La competencia por la atención de Leonel se había intensificado, y ella no estaba dispuesta a ceder más terreno.
Justo detrás de Tamamo, con pasos pesados y una expresión de “no me importa, pero aquí estoy”, llegó Jeanne Alter.
Iba vestida con su atuendo habitual, el fuego negro latiendo débilmente en sus puños.
“No es que quiera ir, ¿eh?
Pero si todas estas van, alguien tiene que asegurarse de que no hagan tonterías.
Y tú…” señaló a Leonel con un dedo acusador, aunque su rubor la delataba, “…tú eres demasiado blando.
Te van a engañar.
Necesitas a alguien que te proteja de…
de ellas.” Terminó en un murmullo, mirando hacia otro lado.
Leonel sonrió internamente.
El club de fans (o de esposas) estaba completo.
“¿Nero no viene?”, preguntó, notando la ausencia de la emperatriz rubia.
Romani respondió.
“Nero Claudius (Saber) dijo que ya ha participado en suficientes Singularidades por ahora.
Que necesita ‘cuidar de su imperio en la retaguardia’ y que confía en que volverás con ella.
La versión Bride está en los simuladores, entrenando por su cuenta, dijo que no la necesitarías para esta misión.” “Y Kiyohime”, añadió Da Vinci con una sonrisa, “dijo que esperará como una ‘esposa hogareña’.
Creo que sus palabras exactas fueron: ‘Anchin-sama debe ir a la batalla sabiendo que yo lo espero en casa con una sonrisa y una comida caliente’.
Ha estado en la cocina todo el día.” Leonel sintió una calidez extraña.
Su harén, por caótico que fuera, también era su red de apoyo.
“¿Drake?”, preguntó, aunque ya imaginaba la respuesta.
“En la cafetería”, suspiró Olga, con desdén.
“Inconsciente.
La jarra de cerveza la derrotó antes de que pudiera presentarse.
No creo que pueda sostenerse en pie en las próximas horas.” Menos mal, pensó Leonel, aunque con una punzada de nostalgia por su energía desenfadada.
Después del episodio de ayer, tal vez un poco de distancia con Drake no era mala idea.
Su “seducción pirata” era efectiva y peligrosa.
Y Scáthach…
no estaba.
Leonel no sabía si sentirse aliviado o decepcionado.
La Reina de las Sombras probablemente estaba en alguna parte, observando, esperando.
O quizás consideraba que esta misión era “para principiantes” y no merecía su atención.
Fuera lo que fuese, su ausencia en la despedida era un alivio táctico.
Sus labios ya no podían soportar más “atenciones”.
“Entonces”, resumió Leonel, mirando a su equipo: Mash (que había entrado silenciosamente y se había colocado a su lado, su presencia siempre reconfortante), Jeanne Ruler, Artoria Lancer Alter, Tamamo, Jeanne Alter, y Mordred como “vigilante de su padre”.
Un equipo poderoso, versátil, y cargado de tensiones internas.
“Este es el equipo.
Nos preparamos para el Rayshift.” Los siguientes minutos fueron un torbellino de preparativos.
Verificaciones de equipo, sincronización de comunicadores, y las últimas indicaciones de Da Vinci y Romani sobre los limitados datos que tenían.
Olga, recuperada de su momentáneo sonrojo, adoptó su postura de directora.
“Escuchen”, dijo con firmeza, dirigiéndose a todos.
“Esta Singularidad es la más peligrosa hasta ahora.
No tenemos información confiable.
Los lectores fallan.
Vais a entrar en territorio enemigo sin un mapa.
Leonel, tú eres el cerebro de la operación.
No te dejes llevar por impulsos.
Y ustedes…” miró a las Servants, “…protéjanlo.
Es el único Maestro que tenemos.
Si él cae, todo termina.” Las asintieron, cada una a su manera.
Tamamo con una reverencia.
Artoria con un leve movimiento de cabeza.
Jeanne Alter con un gruñido que podría interpretarse como “obvio, idiota”.
Mordred con un pulgar hacia arriba.
Jeanne Ruler con una oración silenciosa.
Mash con su escudo listo.
Llegó el momento de la despedida.
No una despedida de la sala de operaciones a la plataforma de Rayshift, sino una despedida personal, íntima, a pesar de estar en un lugar semipúblico.
Leonel se volvió hacia las Servants que se quedaban, las que habían venido a verlo partir.
Emiya, con los brazos cruzados, le ofreció un asentimiento respetuoso.
“Buena suerte, muchacho.
No hagas nada que yo no haría.” Su sonrisa era irónica.
Geronimo y Billy, desde un rincón, levantaron la mano en señal de despedida.
Eran aliados, camaradas.
Pero eran las novias las que acaparaban la atención.
Nero Claudius (Saber) se adelantó, su presencia llenando el espacio.
Sus ojos violeta brillaban con una mezcla de orgullo y una profunda emoción.
“Praetor”, dijo, su voz teatral pero sincera.
“Mi emperador del corazón.
Ve y conquista esa tierra santa en mi nombre.
Pero recuerda…” Se acercó, tomó su rostro entre sus manos con una ternura inesperada, y lo besó.
No fue un beso posesivo como el de Scáthach, sino un beso apasionado, profundo, cargado de todo el amor que su alma extravagante podía contener.
Cuando se separó, sus ojos estaban húmedos.
“Vuelve a mí.
Eso es una orden imperial.” Kiyohime se acercó después, con pasos tímidos pero una determinación feroz en sus ojos.
Su kimono estaba ligeramente manchado de harina, prueba de su actividad “hogareña”.
Se puso de puntillas, y depositó un beso en los labios de Leonel.
Fue un beso casto, suave, lleno de una devoción absoluta.
“Anchin-sama…
ten cuidado.
Y piensa en mí.
Siempre.” Susurró, antes de retroceder, una lágrima solitaria rodando por su mejilla.
Drake no estaba para reclamar su turno.
Pero desde la puerta de la cafetería, visiblemente tambaleante pero con una sonrisa pícara en los labios, levantó su jarra (vacía) en un brindis silencioso.
Un “buena suerte, capitán” mudo que Leonel interpretó perfectamente.
Scáthach…
no apareció.
Pero Leonel sintió sus ojos en alguna parte.
Una presencia al borde de su percepción.
No necesitaba un beso de despedida.
Ya tenía su marca fresca en los labios.
Quizás, para ella, eso era suficiente.
O quizás, estaba esperando a que volviera para reclamarlo de nuevo.
Leonel sintió el peso de todas esas miradas, de todos esos afectos.
Era abrumador, sí.
Pero también era su fuerza.
Cada una de esas mujeres lucharía por él, daría su vida por él.
Y él haría lo mismo por ellas.
Mordred, observando la escena, solo pudo sacudir la cabeza con una mezcla de incredulidad y resignación.
“En serio…
esto es cada vez más raro.” Artoria Lancer Alter observó la escena sin expresión, pero sus ojos permanecieron fijos en Leonel, en la forma en que recibía el afecto de las demás, en la calidez que emanaba.
Algo en su interior, frío y sólido como el acero, se resquebrajó una mínima fracción.
Tamamo y Jeanne Alter, sus rivales por turno, intercambiaron miradas cargadas de significado.
La competencia continuaría en la Singularidad.
Pero ahora, el objetivo era común.
Jeanne Ruler, viendo la escena, sintió una punzada en el pecho.
Ellas pueden amarlo tan abiertamente, pensó.
Sin dudas, sin culpa.
¿Por qué yo no puedo?
Su sonrojo se intensificó, pero no dijo nada.
Aún no.
Finalmente, llegó el momento.
Leonel y sus Servants seleccionadas se dirigieron a los ataúdes de Rayshift, las cápsulas individuales que los transportarían a través del tiempo y el espacio.
Mash, como siempre, entró en el ataúd contiguo al suyo.
Las demás ocuparon los suyos.
Leonel se recostó, sintiendo el frío metal contra su espalda.
La tapa se cerró sobre él, sumiéndolo en una oscuridad temporal.
A través del cristal, vio las luces de la sala de Rayshift, las figuras de Olga, Romani y Da Vinci en la consola, los rostros de sus otras novias observando desde la distancia.
La voz de Romani resonó en el comunicador interno del ataúd.
“Rayshift a la Sexta Singularidad, coordenadas: Jerusalén, 1273 d.C., iniciando en 10…
9…
8…” Leonel respiró hondo.
Sus labios aún le dolían.
El sabor de los besos de despedida se mezclaba en su memoria: el pasión de Nero, la devoción de Kiyohime, la ausencia presente de Scáthach.
Y en su mente, las advertencias de Igor sobre el futuro, sobre las amenazas más allá de la incineración.
“…3…
2…
1…” Camelot.
La Reina de la Ciudad Santa.
Los Caballeros de la Mesa Redonda distorsionados.
Y al otro lado, el Faraón Divino.
Esto va a ser…
una prueba de fuego.
“¡Rayshift, iniciado!” El mundo se deshizo en luz blanca.
La sensación de ser desgarrado y reensamblado, familiar ya después de tantas veces, lo envolvió.
Y cuando la luz se disipó, cuando la realidad se solidificó a su alrededor, Leonel Herrera abrió los ojos.
Estaba de pie en una colina cubierta de hierba seca y amarillenta.
El aire era diferente: más seco, más antiguo, cargado de una energía que era a la vez familiar y extrañamente opresiva.
A lo lejos, en el horizonte, se alzaba una ciudad amurallada.
No era la Jerusalén que esperaba.
Las murallas eran blancas, impolutas, y sobre ellas ondeaban estandartes que, incluso a la distancia, reconocía: el dragón rojo de Pendragon.
Camelot.
Y detrás de él, desde el otro extremo del horizonte, se sentía otra presencia.
Un calor abrasador, como un segundo sol, que hacía que el aire vibrara.
El Reino del Sol.
Ozymandias.
A su lado, sus Servants se materializaban una a una: Mash, con su escudo listo; Artoria Lancer Alter, mirando la ciudad lejana con una intensidad insondable; Tamamo, alerta; Jeanne Alter, con el fuego ya crepitando en sus manos; Jeanne Ruler, con su estandarte en alto; y Mordred, con una mueca feroz.
“Bienvenidos a la Tierra Santa”, murmuró Leonel, sintiendo el peso de la historia y la leyenda sobre sus hombros.
“Y al infierno en la tierra.” La Sexta Singularidad había comenzado.
Y con ella, el camino hacia el enfrentamiento final contra el Rey Salomón se volvía un poco más corto…
y mucho más peligroso.
Leonel se tocó los labios, sintiendo el escozor, el recordatorio de Scáthach.
Luego, apretó el puño.
No importaba lo que viniera.
Lucharía.
Por la humanidad, por Chaldea…
y por todas las mujeres que, a su manera, lo habían convertido en el centro de sus mundos.
Incluso si eso significaba morir de amor antes que en batalla.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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