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Fate/Grand Persona - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Capitulo 54 Desierto
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54: Capitulo 54: Desierto 54: Capitulo 54: Desierto La luz del Rayshift se disipó, y con ella, la familiar esterilidad de Chaldea fue reemplazada por algo completamente diferente.

Leonel parpadeó, sus ojos tardando un momento en ajustarse a la claridad cegadora.

Cuando lo hicieron, lo que vio lo dejó sin aliento por un momento.

Desierto.

Hasta donde alcanzaba la vista, solo había dunas de arena dorada que se extendían como olas petrificadas en un océano infinito.

El sol, implacable, caía a plomo sobre ellos, y el calor era tan intenso que el aire mismo parecía vibrar, creando espejismos en el horizonte.

Un viento cálido y seco levantaba pequeños remolinos de arena que se arremolinaban a sus pies.

“Vaya…”, murmuró Tamamo, llevándose una mano a la frente para protegerse del sol.

Sus orejas de zorro se contrajeron ligeramente, incómodas con el calor.

“Esto no es precisamente el paraíso del hogar que a una le gusta.” Jeanne Alter resopló, el fuego negro en sus puños parpadeando débilmente como si incluso él encontrara el ambiente hostil.

“Un desierto.

Genial.

Justo lo que necesitábamos.” Jeanne Ruler, con su armadura blanca, parecía una visión fantasmal contra el amarillo infinito.

“La Tierra Santa…

no esperaba que fuera así.” Su voz era suave, pero sus ojos escudriñaban el horizonte con una mezcla de respeto y aprensión.

Mash se mantuvo cerca de Leonel, su escudo listo aunque no hubiera enemigos a la vista.

“Senpai, las lecturas de Da Vinci-san indicaban dos reinos, pero esto…

es solo desierto.

¿Dónde están Camelot y el reino egipcio?” Leonel recordó los mapas distorsionados.

“Deben estar más allá.

El desierto es enorme, y las tormentas de arena pueden estar ocultándolos.” Miró a su alrededor, evaluando.

“Necesitamos avanzar y encontrar un punto de referencia.” Mordred, con su habitual actitud desafiante, dio un paso adelante.

“Entonces, ¿caminamos?

Porque a este paso, nos vamos a derretir antes de llegar a ningún lado.” Fue entonces cuando Artoria Pendragon (Lancer Alter) hizo algo que nadie esperaba.

Con un gesto mínimo de su mano, una runa brilló en el aire y, de la nada, se materializó una montura.

No era un caballo común.

Era una criatura de aspecto fantasmal, con armadura negra y crines que parecían hechas de sombras y hielo.

Sus ojos brillaban con una luz fría, y su aliento formaba pequeños cristales de escarcha en el aire ardiente.

Sin mediar palabra, Artoria montó con la gracia natural de una reina guerrera.

Luego, extendió su mano hacia Leonel.

“Sube”, ordenó, su voz plana pero innegable.

Leonel parpadeó.

“¿Eh?” “No tenemos tiempo para caminar”, dijo Artoria, sus ojos dorados fijos en él con una intensidad que no admitía discusión.

“La montura es rápida.

Tú vienes conmigo.

Los demás pueden seguir o encontrar sus propios medios.” Fue una orden, no una sugerencia.

Y antes de que Leonel pudiera procesarlo completamente, Artoria inclinó su cuerpo, lo tomó del brazo con una fuerza sorprendente y, en un movimiento fluido, lo izó sobre la montura, colocándolo justo delante de ella.

Leonel se encontró de repente sentado en la grupa de la criatura, con la espalda apoyada contra el pecho de Artoria.

Su armadura era fría al tacto, pero a través del metal, podía sentir la solidez de su cuerpo, la fuerza contenida en cada músculo.

Y justo detrás de su cabeza, a la altura de sus hombros, estaban sus pechos.

Enormes, firmes, presionados contra su espalda por la posición.

No había intimidad real, la armadura era una barrera, pero la sensación de su volumen, de su cercanía, era absolutamente ineludible.

El rostro de Leonel se encendió como una antorcha.

Podía sentir el calor de sus mejillas, que no tenía nada que ver con el sol del desierto.

Cada pequeño movimiento de la montura hacía que el contacto se reajustara, que la presión cambiara, enviando pequeñas descargas eléctricas por su columna vertebral.

“No…

no es necesario…”, tartamudeó, intentando incorporarse, pero el brazo de Artoria, rodeando su cintura para sujetarlo, lo mantuvo firmemente en su lugar.

“Quieto”, dijo ella, su voz grave y cercana, justo detrás de su oído.

Su aliento, fresco a pesar del calor, le rozó la nuca.

“Caerías.” Leonel se quedó rígido, sin atreverse a respirar.

Estaba atrapado.

Literal y figuradamente.

Atrapado entre los brazos de una reina guerrera de la leyenda artúrica, con sus pechos presionados contra su espalda y su voz susurrándole al oído.

La reacción de las otras fue inmediata y espectacular.

Tamamo no Mae fue la primera en explotar.

Sus orejas se erizaron, sus colas se hincharon como globos, y sus ojos dorados lanzaron chispas.

“¡¿QUÉ CREES QUE ESTÁS HACIENDO?!

¡Esa es mi posición!

¡Mi lugar!

¡Yo soy la que debe llevar a mi esposo!” Jeanne Alter no se quedó atrás.

El fuego negro estalló a su alrededor, formando un aura de furia.

“¡Suéltalo, reina de hielo!

¡No tienes derecho a…

a…!” No pudo terminar la frase, la imagen de Leonel tan cerca de Artoria bloqueando sus pensamientos.

Mordred se quedó con la boca abierta, su expresión una mezcla de incredulidad y, extrañamente, una punzada de algo que no quería reconocer.

“¡¿Padre?!

¡¿Qué diablos haces?!

¡Ni siquiera te gusta que la gente se acerque a ti!” Jeanne Ruler se sonrojó intensamente, sus manos juntas en un gesto de oración nerviosa.

“E-esto es…

inapropiado…

pero…

pero quizás es necesario para la eficiencia del grupo…” Murmuró, sin convencerse a sí misma.

Solo Mash mantuvo la compostura, aunque un leve rubor adornaba sus mejillas.

“Artoria-san…

¿no crees que deberías haber consultado con Senpai antes…?” Artoria Lancer Alter ignoró por completo el alboroto.

Su rostro permaneció impasible, sus ojos fijos en el horizonte.

Con un leve movimiento de sus talones, la montura comenzó a avanzar, dejando atrás a las demás.

“Seguid o quedaos”, dijo sin volverse.

“No tengo tiempo para discusiones infantiles.” Leonel, desde su posición privilegiada (y terriblemente comprometedora), solo atinó a levantar una mano en un gesto de disculpa mientras se alejaban.

“¡Lo siento!

¡Yo no pedí esto!

¡En serio!” Tamamo, Jeanne Alter y las demás se quedaron en la arena, boquiabiertas, mientras veían a su amado alejarse en los brazos (literalmente) de la competencia.

Fue una derrota táctica humillante.

“No puede ser…”, murmuró Tamamo, apretando los puños.

“Nos ha ganado por…

por tener una montura.

¡Eso es trampa!” “¡Idiota!”, gritó Jeanne Alter al vacío.

“¡Cuando vuelva, le voy a…

a reclamar mi turno!” Se sonrojó al darse cuenta de lo que había dicho.

Mordred, por su parte, solo negó con la cabeza, una sonrisa irónica en sus labios.

“Vaya, vaya.

El viejo ‘padre’ resulta que sabe jugar sus cartas después de todo.” No pudo evitar sentir un extraño orgullo por la astucia de Artoria, aunque fuera en un campo tan…

absurdo.

Así comenzó la travesía por el desierto de la Sexta Singularidad.

Leonel, montado delante de Artoria, soportando (o disfrutando, según el momento) el contacto constante de su cuerpo, mientras las demás corrían (o intentaban mantener el ritmo) detrás, lanzando miradas asesinas a la espalda de la reina de hielo.

El paisaje era monótono.

Dunas, dunas y más dunas.

El sol no se movía, como si estuviera eternamente en su cenit, castigándolos sin piedad.

La única variación era la intensidad del viento, que a veces levantaba nubes de arena que reducían la visibilidad a cero.

Habían pasado quizás veinte minutos (o una hora, era imposible saberlo con precisión en ese infierno dorado) cuando Leonel, entrecerrando los ojos contra el viento, vio algo en el horizonte.

“¡Allí!”, exclamó, señalando.

“¡Veo algo!” Artoria detuvo la montura, y las demás se acercaron, jadeando por el esfuerzo de correr tras ellos.

A lo lejos, a través de la cortina de arena que el viento levantaba, se distinguían siluetas.

No eran dunas.

Eran estructuras.

Una, imponente, se alzaba hacia el cielo con una geometría perfecta y antigua: una pirámide.

Al estilo egipcio, con su punta afilada y sus caras lisas que, incluso a la distancia, parecían absorber la luz del sol.

Y más allá, casi oculta por la tormenta, se adivinaba otra forma.

No una pirámide, sino una ciudad.

Una ciudad de murallas blancas y torres elevadas, que relucían con un brillo sobrenatural.

Camelot.

“Dos reinos”, murmuró Tamamo, olvidando por un momento sus celos ante la magnitud del descubrimiento.

“Tal como dijeron.” “El egipcio y el británico”, añadió Mordred, con una mueca.

“Vaya pareja.

Esto va a ser divertido.” La tormenta de arena se intensificó de repente, el viento aullando con más fuerza y la visibilidad reduciéndose a apenas unos metros.

Leonel tosió, cubriéndose la boca con el brazo.

“¡Tenemos que avanzar hacia ellos!

¡No podemos quedarnos aquí!” Artoria asintió y espoleó su montura.

Las demás se apresuraron a seguir, aunque la arena dificultaba cada paso.

Fue en medio de esa tormenta, con el mundo reducido a un remolino dorado, cuando escucharon los sonidos.

No eran los aullidos del viento.

Eran gritos.

Voces humanas (o de Servants) mezcladas con el ruido de forcejeos y el golpear de armas contra algo.

“¡Allí!

¡Algo se mueve!” gritó Mash, señalando hacia un lado.

A través de la cortina de arena, vieron un grupo de figuras.

Eran cinco o seis, vestidas con ropas oscuras que se confundían con la tormenta.

Lo más distintivo eran sus máscaras.

Máscaras de calavera, blancas y macabras, que cubrían sus rostros por completo.

Hassan.

Miembros de la Orden de los Asesinos.

Estaban forcejeando con algo…

o alguien.

Entre ellos, cargaban una gran bolsa de tela que se movía y retorcía de manera violenta.

La bolsa no solo se movía: luchaba.

De su interior salían patadas, puñetazos y lo que parecían ser intentos de morder la tela, todo acompañado de gritos ahogados e indignados.

“¡Mmmmph!

¡Mmmmmmph!” era el sonido que emitía la bolsa, claramente alguien amordazado y enfurecido.

Uno de los Hassan recibió un patada tan bien colocada a través de la tela que salió disparado hacia atrás, estrellándose contra una duna.

Otro intentó sujetar la bolsa desde arriba, pero un codazo invisible lo golpeó en la máscara, haciéndolo tambalear.

Fue una escena cómica, casi absurda.

Un grupo de asesinos profesionales siendo derrotados por una bolsa de tela que se retorcía como un animal enfurecido.

Pero finalmente, entre varios, lograron dominar la bolsa y comenzaron a alejarse con ella, mientras los caídos se levantaban y los seguían.

Leonel no lo dudó.

“¡Detenedlos!” Sus Servants actuaron al instante.

Artoria espoleó su montura, lanzándose hacia los Hassan.

Mordred desenvainó Clarent con una sonrisa feroz.

Jeanne Alter ya tenía fuego negro en sus manos.

Tamamo comenzó a tejer un hechizo.

Mash levantó su escudo para proteger a Leonel en caso de un contraataque.

La batalla fue rápida y desigual.

Los Hassan, aunque hábiles, no eran rivales para un grupo de Servants de élite.

Artoria, desde su montura, derribó a dos con un solo barrido de su lanza.

Mordred se enfrentó a otro, su espada cantando en el aire.

Jeanne Alter incineró a un tercero (literalmente, lo convirtió en cenizas que el viento se llevó).

Tamamo atrapó a otro con un hechizo de enredadera espiritual.

Y el último, al ver la masacre, intentó huir, pero una flecha de luz (de quién, ninguno lo vio, pero probablemente de algún arquero en las dunas) lo alcanzó en la espalda, desintegrándolo.

En cuestión de segundos, los asaltantes habían sido eliminados.

La bolsa cayó al suelo, retorciéndose aún, aunque con menos violencia ahora que sus captores habían desaparecido.

Leonel desmontó (con cierto alivio y una pizca de pesar) y se acercó a la bolsa.

Artoria lo siguió, su lanza lista por si acaso.

Las demás formaron un círculo protector.

“Tranquila, estamos aquí para ayudar”, dijo Leonel, intentando calmar a quienquiera que estuviera dentro.

Se arrodilló y comenzó a desatar las cuerdas que cerraban la bolsa.

Cuando la abertura fue lo suficientemente grande, un rostro emergió.

Era una chica joven, de piel bronceada por el sol del desierto y cabello oscuro y sedoso que caía en ondas alrededor de su rostro.

Sus ojos eran grandes y expresivos, de un color ámbar profundo, y en ese momento estaban llenos de furia, confusión y un orgullo herido.

No tenía los atributos físicos exagerados de Artoria o Tamamo; su figura era más esbelta, más menuda, pero irradiaba una dignidad innata, una realeza que trascendía las proporciones.

Leonel la reconoció al instante.

Los recuerdos de su vida anterior, del juego que conocía tan bien, le proporcionaron el nombre como un destello.

Nitocris.

La Faraona del Antiguo Egipto.

Una Caster de gran poder, aunque en este momento, atada y amordazada, no parecía muy faraónica.

“Está bien, ya pasó”, dijo Leonel, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora mientras terminaba de liberarla de las cuerdas y le quitaba la mordaza.

La reacción de Nitocris fue…

inmediata e intensa.

En el momento en que sus manos estuvieron libres, saltó hacia atrás como un gato asustado, sus ojos recorriendo al grupo con una mezcla de miedo y furia.

Pero el miedo duró solo un segundo.

Rápidamente, su expresión se transformó en una de indignación suprema.

“¡¿C-CÓMO SE ATREVEN?!”, gritó, su voz aguda y temblorosa por la rabia.

Se puso de pie de un salto, adoptando una postura que intentaba ser imponente a pesar de que sus ropas estaban desordenadas y tenía arena en el cabello.

“¡Soy Nitocris!

¡Una Faraona del Antiguo Egipto!

¡Y ustedes…

ustedes se atreven a…

a…!” Levantó una mano, señalando acusatoriamente a Leonel.

“¡Seguro que todo esto fue un plan!

¡Secuestrarme para…

para hacerme todo tipo de cosas irrespetuosas e innombrables que no pueden ser mencionadas ante una Faraona como yo!

¡Es una conspiración!

¡Lo sabía!

¡Todo el mundo quiere algo de mí!” Leonel parpadeó, desconcertado por el torrente de acusaciones.

“Espera, no, nosotros te rescatamos de esos tipos con máscaras.

Los Hassan.

Los que te tenían en la bolsa.” “¡Mentira!”, chilló Nitocris, sus ojos llenos de lágrimas de frustración.

“¡Ustedes también tienen máscaras!

¡Máscaras de…

de caras normales!

¡Es una artimaña!” “Pero…

no tenemos máscaras”, intentó explicar Mash, con suavidad.

“Somos viajeros.

Escuchamos los ruidos y vinimos a ayudar.” “¡Ayudar!

¡Ja!

¡La última persona que dijo que quería ‘ayudar’ me metió en una bolsa!”, exclamó Nitocris, su lógica claramente nublada por el pánico y el orgullo herido.

“¡No me fío de nadie!

¡Soy una Faraona!

¡Me basto a mí misma!” Tamamo suspiró, frotándose la sien.

“Mira, niña, cálmate.

No queremos hacerte daño.

De hecho, te hemos hecho un favor.

Podrías agradecer en lugar de gritar.” “¡No me llames ‘niña’!”, replicó Nitocris, su rostro enrojecido por la ira.

“¡Y no tengo por qué agradecer a unos secuestradores con caras falsas!” Dio un paso atrás y levantó ambas manos.

“¡Si no se van, me veré obligada a usar la fuerza!

¡Y no querrán verme enfadada!” Leonel levantó las manos en un gesto conciliador.

“Tranquila, de verdad, solo queremos…” Pero Nitocris no escuchaba.

Estaba demasiado alterada, demasiado asustada, y su orgullo de Faraona no le permitía retroceder.

Cerró los ojos con fuerza, concentrándose, y comenzó a recitar un conjuro.

“¡Por el poder de los cielos y la tierra!

¡Por la gloria de los Faraones del Alto y Bajo Egipto!

¡Invoco a la guardiana de las tumbas, a la devoradora de almas!

¡ESFINGE!” El aire a su alrededor vibró.

La arena comenzó a arremolinarse, formando un remolino que creció y creció hasta que, con un rugido que sacudió el desierto, una criatura emergió de su centro.

Era una Esfinge.

No la pequeña y domesticable de algunos relatos, sino una bestia colosal, con cuerpo de león, alas de águila y rostro humanoide de rasgos severos e imponentes.

Sus ojos brillaban con una luz dorada, y su poder era innegable, una presión mágica que hizo que el aire se volviera pesado.

Nitocris, ahora detrás de la bestia, señaló a Leonel y los suyos con un dedo tembloroso pero triunfante.

“¡Ataca, Esfinge!

¡Muéstrales el poder de una verdadera Faraona!” La Esfinge rugió y se lanzó hacia ellos.

“No queda otra”, suspiró Leonel, activando sus Circuitos Mágicos.

“¡A defenderos!

¡Pero intentad no matarla!

¡Solo inmovilizad!” “No prometo nada”, gruñó Mordred, cargando contra la bestia con Clarent en alto.

La batalla contra la Esfinge fue intensa, aunque no imposible.

La criatura era poderosa, sus zarpazos capaces de pulverizar roca y sus alas levantando vientos huracanados.

Pero los Servants de Leonel eran de primera línea.

Artoria Lancer Alter se enfrentó a ella de frente, su lanza chocando contra las garras de la bestia con chispas de hielo y poder.

Mordred flanqueaba, buscando puntos débiles en sus patas.

Jeanne Alter lanzaba llamaradas de fuego negro que hacían retroceder a la Esfinge, aunque su piel mágica resistía el daño.

Tamamo tejía hechizos de apoyo, ralentizando los movimientos de la criatura y potenciando los ataques de las demás.

Mash protegía a Leonel, desviando los proyectiles de energía que la Esfinge lanzaba ocasionalmente.

Jeanne Ruler, con su estandarte, intentaba calmar a la bestia, usar su autoridad como Ruler para imponer orden, pero la Esfinge estaba bajo el control directo de Nitocris y su furia, y no respondía a la razón.

Leonel, desde detrás del escudo de Mash, observaba la batalla, su mente analizando cada movimiento.

La Esfinge era poderosa, pero su estilo de combate era predecible.

Usaba su tamaño y fuerza bruta, pero carecía de la astucia de un oponente más experimentado.

Si lograban inmovilizarla…

Pero entonces, algo cambió.

Un destello plateado cruzó el campo de batalla.

Fue tan rápido que ni los ojos de los Servants pudieron seguirlo.

Solo vieron el resultado: un corte perfecto, limpio, quirúrgico, que atravesó el cuello de la Esfinge de lado a lado.

La bestia gigante se quedó inmóvil por un instante.

Luego, con un gemido lastimero, su cuerpo comenzó a desintegrarse en motas de luz dorada, disolviéndose en el aire como si nunca hubiera existido.

Todos se giraron hacia el origen del ataque.

Allí, de pie en la arena, con una espada plateada en la mano y una expresión estoica, había un hombre.

Su cabello era plateado, casi blanco, recogido en una cola baja.

Vestía una armadura ligera, azul y plateada, y su rostro, aunque joven, mostraba las marcas de un cansancio antiguo, de una tristeza profunda que ningún número de batallas podría borrar.

Leonel lo reconoció al instante.

Su corazón dio un vuelco.

Bedivere.

El caballero más leal del Rey Arturo.

El hombre que, tras la batalla de Camlann, había devuelto la espada Excalibur al lago, cumpliendo la última voluntad de su rey.

Un personaje trágico, atrapado en un ciclo de culpa y devoción, buscando redimirse.

Bedivere no los miró.

Sus ojos estaban fijos en la nada, o quizás en algo más allá de ellos.

Guardó su espada en una funda invisible y se dio la vuelta para irse.

“¡Espera!”, exclamó Leonel, dando un paso adelante.

“¡Gracias por tu ayuda!” Bedivere se detuvo, pero no se volvió del todo.

“No fue nada.

La bestia interfería en mi camino.” Su voz era suave, melancólica, como el susurro del viento entre las hojas secas.

Pero entonces, algo llamó su atención.

Giró ligeramente la cabeza, y sus ojos se encontraron con Artoria Lancer Alter.

El impacto fue inmediato.

Los ojos de Bedivere se abrieron de par en par.

Su cuerpo se tensó.

Por un momento, su expresión de estoica melancolía se transformó en una de asombro, de esperanza, de una devoción casi dolorosa.

Dio un paso hacia ella, su mano levantándose como si quisiera tocar una ilusión.

“Mi…

¿mi señor?”, murmuró, su voz quebrada por la emoción.

Artoria lo miró con sus fríos ojos dorados, sin expresión.

No había reconocimiento en su mirada.

Solo la evaluación distante de una guerrera ante un posible oponente.

Bedivere se detuvo.

Parpadeó.

Y entonces, algo en su rostro cambió.

La esperanza se desvaneció, reemplazada por una comprensión amarga.

Negó lentamente con la cabeza.

“No…

no eres tú.” Su voz era un susurro ahora, lleno de una tristeza infinita.

“Eres diferente.

La armadura…

el color…

el aura.

No eres mi rey.

Eres…

otra.” Se obligó a apartar la mirada de Artoria, como si le costara un esfuerzo físico.

Volvió a dirigirse a Leonel, aunque sin mirarlo directamente a los ojos.

“Busco al Rey León.

El gobernante de la ciudad blanca.

Si buscan lo mismo, sigan el camino hacia el oeste.

Pero tengan cuidado.

Esa ciudad no es lo que parece.” Y sin otra palabra, desapareció.

Simplemente se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera estado allí, dejando solo un rastro de partículas plateadas que el viento se llevó.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo.

“¿Qué…

qué fue eso?”, preguntó Mordred, con el ceño fruncido.

“Ese tipo…

conocía a ‘padre’.” Miró a Artoria Lancer Alter con una expresión compleja.

“O más bien, conocía a otra versión de padre.

La que busca.” Artoria no respondió.

Sus ojos permanecieron fijos en el punto donde Bedivere había desaparecido, y por un instante, algo brilló en su mirada.

¿Curiosidad?

¿Reconocimiento?

Era imposible saberlo.

Leonel, por su parte, sí lo sabía.

Sabía quién era Bedivere, sabía la tragedia que cargaba, sabía que buscaba a la Lion King, la versión divina de Artoria que gobernaba Camelot con una ley de hierro.

Pero no podía decirlo.

Ese conocimiento era su secreto.

Fue entonces cuando un grito los sacó de sus pensamientos.

“¡¿Q-QUEÉÉ?!” Nitocris estaba allí, de pie donde antes había estado la Esfinge, con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas.

Su rostro había palidecido bajo el bronceado, y su boca se abría y cerraba como la de un pez fuera del agua.

“¡Mi…

mi Esfinge!”, balbuceó, señalando el lugar vacío.

“¡Un…

un simple caballero la derrotó!

¡Con un solo corte!

¡Imposible!

¡Es…

es humillante!” Se dejó caer de rodillas en la arena, las manos en la cabeza, completamente abrumada por la realidad de lo que acababa de presenciar.

Había invocado a su guardiana más poderosa, su orgullo como Faraona, y un desconocido la había aniquilado como si nada.

Tamamo, a pesar de los celos y el cansancio, no pudo evitar sentir una punzada de lástima.

Se acercó a ella, aunque con cautela.

“Eh…

¿estás bien?” Nitocris levantó la cabeza, y sus ojos, ahora llenos de lágrimas, se encontraron con los de Leonel.

La furia había desaparecido, reemplazada por una mezcla de vergüenza y confusión.

“Yo…

yo…”, tartamudeó.

Luego, respiró hondo, intentando recuperar algo de su dignidad.

Se puso de pie, se sacudió la arena de las ropas (un gesto inútil, estaba cubierta), y clavó su mirada en Leonel.

“Parece…

parece que me equivoqué con ustedes”, dijo, forzando las palabras como si le costara un esfuerzo sobrehumano admitirlo.

“Ustedes no eran mis secuestradores.

De hecho…

me rescataron.

Y luego yo…

los ataqué.” Se sonrojó intensamente, pero continuó, con una dignidad forzada.

“Como Faraona, debo reconocer mis errores.

Y…

y disculparme.

Lo siento.

Fui precipitada y desagradecida.” Leonel sintió un alivio inmenso.

“No te preocupes.

Cualquiera se habría asustado en tu situación.

Nos alegra que estés bien.” Nitocris asintió, un poco más calmada.

Luego, como si recordara algo, enderezó la espalda y adoptó una postura que pretendía ser majestuosa.

“Como muestra de mi gratitud y para compensar mi…

error, les ofrezco hospitalidad en las tierras de mi Faraón.

Podrán descansar, reponer fuerzas y quizás obtener respuestas sobre este lugar.” Leonel dudó.

La oferta era tentadora.

El desierto era agotador, y una base aliada sería invaluable.

Pero su misión principal era Camelot.

Necesitaban información sobre el reino de la Lion King, y el camino hacia el oeste, el que Bedivere había mencionado, los llevaría directamente allí.

“Agradecemos la oferta”, dijo Leonel, con sinceridad.

“De verdad.

Pero tenemos que dirigirnos a Camelot.

Necesitamos saber qué está pasando allí.” Nitocris asintió, aunque su expresión mostraba una ligera decepción.

“Lo entiendo.

Camelot…

es un lugar peligroso.

He oído rumores.

Cosas extrañas.

Pero si es tu misión, no puedo detenerte.” Hizo una pausa, y luego añadió, con un tono que intentaba ser magnánimo pero que delataba su juventud e inexperiencia: “Te concedo, entonces, permiso para partir.

Por mi gran magnanimidad como Faraona, te dejo ir.” Mordred resopló, conteniendo una risa.

“¿’Concedes permiso’?

Vaya, qué generosa.” Nitocris la fulminó con la mirada, pero no respondió al provocación.

En cambio, se volvió hacia Leonel y, con un gesto que pretendía ser regio, dijo: “Si alguna vez vuelves a estas tierras, o si necesitas la ayuda de una Faraona, solo tienes que pedirlo.

Me disculparé apropiadamente entonces.

Con un banquete.

O algo así.” Leonel sonrió, sinceramente agradecido.

“Lo tendré en cuenta.

Cuídate, Nitocris.” La Faraona asintió, y luego, con un destello de luz, desapareció, probablemente teletransportándose de vuelta a su dominio.

El desierto volvió a quedarse en silencio, solo roto por el susurro del viento.

Leonel miró hacia el oeste, donde la silueta de Camelot apenas se distinguía entre la bruma de arena.

Bedivere estaba allí, en alguna parte.

La Lion King los esperaba.

Y los Caballeros de la Mesa Redonda, distorsionados y letales, patrullaban esas tierras.

“Bueno”, dijo, volviéndose hacia su grupo.

“Tenemos un camino.

Y un montón de preguntas.

Vamos.” Artoria ya había vuelto a montar y, para consternación de las demás, extendió su mano hacia Leonel de nuevo.

“Sube.” Leonel suspiró.

No había escapatoria.

Mientras sentía el calor (y la presión) de Artoria contra su espalda una vez más, y mientras las miradas asesinas de Tamamo y Jeanne Alter perforaban su nuca, el grupo reanudó su marcha.

Camelot los esperaba.

Y con ella, el siguiente capítulo de esta guerra por la historia de la humanidad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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