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Fate/Grand Persona - Capítulo 55

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  4. Capítulo 55 - 55 Capitulo 55 Vispera
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55: Capitulo 55: Vispera 55: Capitulo 55: Vispera La partida del lugar donde habían encontrado a Nitocris marcó el inicio de una travesía que, para Leonel, se convertiría en una prueba de resistencia tan intensa como cualquier batalla contra Pilares Demoníacos.

No era el desierto lo que lo desafiaba, ni la amenaza latente de los enemigos que pudieran acechar entre las dunas.

Era Artoria Lancer Alter.

Desde que reanudaron la marcha, la Reina de Hielo había mantenido a Leonel firmemente asegurado frente a ella en su montura espectral.

Lo que al principio había sido incómodo pero soportable (la presión de su armadura contra su espalda, el frío del metal), pronto se transformó en algo mucho más…

complejo.

El sol del desierto era implacable.

Incluso para un Servant, el calor acumulado en la armadura negra debía ser insoportable.

Artoria, con su habitual estoicismo, soportó las primeras horas sin quejarse.

Pero al llegar al mediodía, cuando el sol alcanzaba su cenit y el aire vibraba como dentro de un horno, tomó una decisión que cambiaría la dinámica del viaje para siempre.

Con un gesto mínimo, su armadura se desvaneció.

No desapareció por completo, sino que se transformó.

El metal negro y amenazante que la cubría de pies a cabeza se reconfiguró en un instante, fluyendo como mercurio vivo hasta convertirse en un atuendo radicalmente diferente.

Lo que ahora vestía Artoria Lancer Alter era simple, pero devastadoramente efectivo.

Una playera negra de tirantes, ajustada, que se adhería a su torso como una segunda piel.

El escote, aunque no exageradamente profundo, dejaba ver la curva superior de su generoso pecho, y la tela, fina y ligera, delineaba cada detalle de su figura con una precisión obscena.

Debajo, unos pantalones cortos oscuros que dejaban al descubierto la mayor parte de sus muslos, pálidos y perfectamente esculpidos por años de entrenamiento y batalla.

Su cabello, antes oculto bajo el yelmo, caía ahora suelto sobre sus hombros, el viento del desierto meciéndolo suavemente.

Leonel sintió el cambio antes de verlo.

El frío duro del metal contra su espalda fue reemplazado por algo completamente diferente: calor.

Calor humano (o lo más parecido que un Servant podía tener), suavidad, y una firmeza inconfundible.

Los pechos de Artoria, antes separados de su espalda por una capa de armadura, ahora presionaban directamente contra él a través de la fina tela de su playera.

Cada movimiento de la montura hacía que esa presión cambiara, que la suave masa se desplazara ligeramente, frotándose contra su espalda de maneras que enviaban oleadas de calor a través de su cuerpo.

Podía sentir la forma exacta de ellos, su volumen, su peso.

Era una tortura dulce y constante.

El rostro de Leonel se encendió como una antorcha.

Su respiración se entrecortó.

Intentó, desesperadamente, inclinarse hacia adelante, crear un mínimo espacio entre su espalda y ese pecho infernal, pero el brazo de Artoria, rodeando su cintura, lo mantenía firmemente en su lugar.

“Quieto”, murmuró ella, su voz grave y cercana, directamente en su oído.

“Vas a caer.” Leonel tragó saliva.

“P-pero…

tu armadura…

¿no puedes…?” “Demasiado calor”, respondió ella, con una naturalidad que hacía aún más desconcertante la situación.

“Esto es más práctico.” ¿Práctico?, pensó Leonel, al borde de la desesperación.

¿Esto es práctico?

¡Me estás volviendo loco!

La reacción de las otras Servants fue, como era de esperar, explosiva.

Aunque la mayoría había optado por regresar a su forma espiritual para conservar energía y evitar el agotamiento del sol, sus voces seguían siendo audibles a través del enlace mental de Leonel.

Tamamo no Mae fue la primera en estallar.

Su voz resonó en la mente de Leonel con una claridad dolorosa.

“¡¿QUÉ SE CREE ESA…

ESA…?!

¡Leonel-sama!

¡No puedo creer que esté usando su cuerpo de esa manera tan descarada!

¡Es una provocación!

¡Una ofensa a todas nosotras!” Jeanne Alter no se quedó atrás.

“¡Esa zorra de hielo!

¡Sabía que tramaba algo!

¡Leonel, no te dejes!

¡Resiste!

¡Piensa en…

en mí!

¡En nosotras!” Su voz temblaba entre la furia y algo que sonaba sospechosamente a pánico.

Kiyohime, desde Chaldea (pues se había quedado, pero seguía el viaje a través del sistema de comunicación), aportó su propia dosis de histeria.

“¡Anchin-sama!

¡Anchin-sama!

¡No mires!

¡No sientas!

¡Esa mujer te está corrompiendo!

¡Yo soy la única que debe estar tan cerca de ti!” Sus gritos hicieron que Leonel se llevara una mano a la sien, donde comenzaba a formarse un dolor de cabeza.

Nero (también desde Chaldea) intervino con su habitual dramatismo.

“¡Praetor!

¡La Emperatriz ordena que apartes la mirada de esa…

esa…!

¡Aunque…

pensándolo bien, si ella puede hacer eso, yo también debería poder cuando vuelvas!

¡Apúntalo para una sesión de ‘refrescamiento imperial’!” Mash, la más moderada, intentó calmar los ánimos.

“Chicas, por favor…

Senpai está en una misión.

No podemos distraerlo con…

con estas cosas.” Pero incluso su voz tenía un dejo de algo que podría ser…

¿celos?

Leonel, acosado por el coro de voces femeninas en su cabeza y la sensación física de Artoria contra su espalda, solo pudo cerrar los ojos y repetirse a sí mismo: Soy un profesional.

Soy el último Maestro.

Puedo soportar esto.

No funcionó.

Mordred, que había insistido en permanecer materializada a pesar del calor (no fuera a ser que “padre” hiciera algo peor), caminaba junto a la montura, lanzando miradas asesinas a la escena.

Su expresión era un torbellino de emociones contradictorias: furia, incredulidad, y algo más profundo que ella misma no quería reconocer.

“Esto no está bien”, gruñó, apretando el puño.

“Padre…

Artoria…

no es propio de ti hacer algo así.

¿Qué demonios te pasa?” Artoria ni siquiera la miró.

“Cállate, Mordred.

Si te molesta tanto, ve en forma espiritual.

Nadie te obliga a mirar.” “¡No es que mire!

¡Es que…!” Mordred se sonrojó, sin saber cómo articular lo que sentía.

No era celos de Artoria, no exactamente.

Era algo más.

Al ver a Leonel tan cerca de ella, tan íntimamente presionado contra su cuerpo, sintió una punzada extraña en el pecho.

Una especie de…

¿envidia?

¿De quién?

¿De Artoria por tenerlo así?

¿O de Leonel por estar tan cerca de ella?

Era confuso y frustrante.

Jeanne Ruler, también materializada (quizás por un sentido del deber, quizás porque no quería perder de vista a Leonel), caminaba en silencio, con las mejillas intensamente sonrojadas.

Sus manos estaban juntas en un gesto de oración, y sus labios se movían en lo que parecían plegarias silenciosas.

“Señor, dame fuerzas para no pensar en…

en lo inapropiado de esta situación…” Leonel, por su parte, había entrado en un estado de meditación forzada.

Intentaba pensar en cualquier cosa que no fuera la suave presión en su espalda.

En estrategias para Camelot.

En los Caballeros de la Mesa Redonda.

En Goetia.

En la amenaza futura de los Lostbelts.

En las matemáticas.

En la composición química de la arena.

Pero cada vez que la montura daba un paso, cada pequeño rebote, cada reajuste del cuerpo de Artoria detrás de él, todas esas estrategias se desvanecían, reemplazadas por una única y obsesiva conciencia de la cercanía de ella.

Y lo peor era que Artoria lo sabía.

Lo sabía perfectamente.

Lo había planeado, de hecho.

No era ingenua ni inocente.

Era una reina, una guerrera, una mujer que había vivido milenios (en términos de leyenda) y conocía el efecto que su cuerpo podía tener.

Y lo estaba usando.

No por maldad, sino por una especie de diversión fría y calculada.

Quería ver hasta dónde podía llegar, cuánto podía afectar a su joven Maestro antes de que este perdiera el control.

De vez en cuando, inclinaba ligeramente la cabeza y sus labios rozaban casi imperceptiblemente la oreja de Leonel, mientras fingía ajustar su agarre.

O apretaba un poco más su brazo alrededor de su cintura, atrayéndolo aún más contra ella.

Pequeños gestos, casi insignificantes, que para Leonel eran como descargas eléctricas.

“¿Incomodo?”, preguntó en una ocasión, su voz un susurro burlón.

Leonel negó con la cabeza, sin fiarse de su propia voz.

“Qué lástima”, respondió ella, y Leonel pudo jurar que escuchó una sonrisa en sus palabras.

Así transcurrió el primer día.

Y el segundo.

El viaje, que según los cálculos iniciales de Da Vinci habría tomado unos seis días a pie, se redujo drásticamente gracias a la montura de Artoria y la eficiencia de los Servants, que podían alternar entre forma material y espiritual según su resistencia.

Leonel, el único que necesitaba descansar, dormir y comer, era el factor limitante, pero incluso así, avanzaban a un ritmo impresionante.

Seis días estimados se convirtieron en dos.

Dos días de viaje a través del desierto, dos días de Leonel pegado a Artoria, dos días de tortura dulce y constante.

Dos días en los que aprendió más sobre la resistencia mental de lo que ninguna batalla podría haberle enseñado.

Cuando el sol se ponía y llegaba la hora de acampar, el verdadero desafío comenzaba.

No por los enemigos (aunque los había, manadas de esfinges menores y autómatas egipcios que Merodre y Artoria despachaban con eficiencia), sino por la logística del descanso de Leonel.

En cuanto la montura se detenía y Leonel, tembloroso, desmontaba (siempre con la ayuda de Artoria, que parecía disfrutar de su debilidad momentánea), sus otras novias aparecían.

Tamamo era la primera, materializándose a su lado con una velocidad que desafiaba la lógica, sus brazos rodeándolo antes de que pudiera dar un paso.

“¡Leonel-sama!

¡Por fin!

¡Has soportado lo insoportable!

¡Ven, déjame mimarte!” Jeanne Alter no se quedaba atrás.

Aunque fingía desinterés (“No es que me importe, pero si no descansas bien, serás un lastre mañana”), siempre encontraba la manera de estar cerca, a veces apoyada contra una roca cercana, otras veces sentada un poco más lejos, pero siempre observando.

Mash, la más discreta, preparaba el pequeño campamento con la eficiencia de una criada entrenada, aunque sus ojos se posaban en Leonel con una frecuencia que delataba su preocupación.

Y cuando Leonel finalmente se acostaba, agotado física y mentalmente, el verdadero “tiempo de calidad” comenzaba.

Tamamo se acurrucaba a su izquierda, su cabeza apoyada en su hombro, una de sus colas enroscada alrededor de su pierna como una manta viviente.

Jeanne Alter, después de mucho insistir (“Si te dejo solo, seguro que esa bruja de hielo vuelve a molestarte”), terminaba acostándose a su derecha, aunque dándole la espalda y gruñendo si alguien mencionaba lo obvio de su afecto.

Kiyohime, desde Chaldea, se proyectaba espiritualmente lo mejor que podía, su forma etérea flotando sobre él como un fantasma amoroso y ligeramente aterrador.

Nero enviaba mensajes de voz dramáticos a través del comunicador.

Hasta Scáthach, desde la distancia, hacía acto de presencia ocasionalmente, su voz susurrando en su mente: “Descansa, discípulo.

Mañana seguiré reclamando mi tiempo.” Leonel, rodeado de afecto, caricias y, en el caso de Tamamo, besos suaves y promesas susurradas de futuras recompensas, intentaba dormir.

No siempre lo lograba, pero el calor de sus cuerpos, la sensación de ser amado tan intensamente, era un bálsamo que contrarrestaba, aunque fuera mínimamente, la tortura diurna de Artoria.

Afuera, Mordred y Artoria Lancer Alter se turnaban para vigilar.

O más bien, Artoria asignaba los turnos y Mordred obedecía de mala gana.

“¿Por qué tengo que vigilarte yo?

Tú también puedes hacerlo”, protestó Mordred la primera noche.

Artoria, recostada contra una roca con sus largas piernas estiradas, la miró con una mezcla de desdén y diversión.

“Porque yo soy la reina.

Tú, la subordinada.

Además…” sus ojos se desviaron hacia el pequeño campamento donde Leonel yacía rodeado de mujeres, “…necesito descansar para mantener a nuestro Maestro cómodo mañana.” El tono de “cómodo” hizo que Mordred apretara los dientes.

“Eres increíble.

¿Desde cuándo te importa tanto el Maestro?

¿Y desde cuándo usas tu cuerpo como…

como carnada?” Artoria no respondió de inmediato.

Sus ojos dorados se perdieron en la oscuridad del desierto.

Cuando habló, su voz era más baja, más pensativa.

“No es carnada, Mordred.

Es estrategia.

El vínculo entre un Maestro y sus Servants no se forja solo en batalla.

La confianza, la familiaridad, el deseo…

todo eso también importa.

Yo no soy como las demás.

No puedo ofrecerle caricias suaves o palabras dulces.

Mi naturaleza es otra.

Pero puedo ofrecerle…

esto.” Hizo un gesto vago hacia su propio cuerpo.

“Y él responde.

Lo siento.

Lo veo en sus ojos, en la forma en que su respiración cambia, en cómo intenta no mirar pero no puede evitarlo.” Mordred se quedó en silencio, procesando sus palabras.

Luego, con una mezcla de admiración y repulsión, murmuró: “Eres una bruja, padre.” Artoria sonrió, una curva apenas perceptible en sus labios.

“Quizás.

Pero soy una reina.

Y las reinas toman lo que quieren.” Esa conversación, que Mordred no reportaría a nadie, la dejó pensando.

Y cuando llegó su turno de vigilia, se encontró mirando hacia el campamento más de lo necesario, preguntándose qué se sentiría estar en el lugar de Leonel.

No por el contacto físico con Artoria, sino por esa sensación de ser el centro de atención de tantas mujeres poderosas, de ser deseado, querido, protegido.

Era algo que ella nunca había tenido.

Algo que, en el fondo, anhelaba.

El segundo día de viaje amaneció con el mismo sol implacable y la misma posición comprometida para Leonel.

Artoria, fiel a su nueva “estrategia”, mantuvo su atuendo ligero, y Leonel, resignado, se concentró en el horizonte.

Fue al atardecer del segundo día cuando finalmente, a lo lejos, vieron algo más que dunas.

Una ciudad.

No Camelot, sino un asentamiento más pequeño, una especie de pueblo o ciudad fronteriza, ubicado en las afueras de la ciudad blanca.

Casas de piedra y adobe, calles polvorientas, y una atmósfera que, incluso a la distancia, se sentía extraña.

“Ahí podemos aprovisionarnos”, dijo Artoria, deteniendo la montura.

“Agua, comida para ti.

Y quizás información.” Leonel asintió, agradecido por la distracción.

Desmontó (con más dificultad de la que le hubiera gustado admitir, sus piernas acalambradas por dos días en esa posición) y, rodeado de sus Servants (que se materializaron al instante), se dirigió hacia la ciudad.

La entrada no estaba custodiada.

La gente iba y venía, pero había algo en sus movimientos, en sus expresiones, que resultaba inquietante.

Caminaban con la cabeza baja, hablaban en susurros, y cuando miraban hacia el oeste, hacia la silueta blanca de Camelot en la distancia, sus ojos brillaban con una mezcla de esperanza y…

¿miedo?

Leonel encontró un pequeño mercado y compró agua y algunos víveres simples: pan duro, frutas secas, queso de cabra.

Artoria, para sorpresa de todos, se mostró inusualmente interesada en la comida.

Sus ojos recorrieron los puestos con una intensidad que rozaba lo obsesivo.

“¿Qué es eso?”, preguntó, señalando una bandeja de dulces bañados en miel.

“Son dulces típicos de la región”, respondió el vendedor, un hombre mayor con barba cana.

“Miel, almendras, un poco de canela…” Artoria no dijo nada, pero su mirada era elocuente.

Leonel suspiró y compró una docena.

La reina de hielo, la guerrera implacable, tenía debilidad por los dulces.

Era un detalle humano que contrastaba brutalmente con su aura gélida.

Mientras Artoria devoraba los dulces con una dignidad que hacía cómica la escena (intentaba comer con elegancia, pero la velocidad con que desaparecían delataba su verdadera naturaleza), Leonel aguzó el oído, escuchando las conversaciones a su alrededor.

“…la ciudad blanca, dicen que allí no hay sufrimiento”, decía una mujer a su acompañante.

“…el Rey León gobierna con justicia.

He oído que acepta a todos los que buscan refugio.” “…la Selección Santa.

Es la oportunidad de una nueva vida.” “…mañana, ¿verdad?

Mañana es el día.

Muchos se están preparando para ir.” “…he oído que nadie ha vuelto de la Selección.

Pero seguro es porque se quedan allí, en el paraíso.

¿Quién querría volver a este desierto?” Leonel sintió un escalofrío.

La Selección Santa.

Lo sabía.

Recordaba de su vida anterior lo que realmente significaba.

No era una bienvenida.

Era un juicio.

Una purga.

Los Caballeros de la Mesa Redonda, bajo las órdenes de la Lion King, evaluaban a los aspirantes.

Y los que no superaban la prueba…

eran eliminados.

Sin piedad.

Sin apelación.

Pero la gente no lo sabía.

Creían que era su salvación.

Y por eso seguían yendo, llenos de esperanza, hacia una muerte segura.

Continuó escuchando, su corazón latiendo más rápido.

“…mi hijo se fue la semana pasada.

Aún no tenemos noticias, pero estoy segura de que está bien.

Debe estarlo.” “…los caballeros de la Mesa Redonda, dicen que son ángeles.

Que protegen la ciudad.” “…he oído que el caballero Gawain es el más poderoso.

Su espada, dicen, nunca falla.” “…y Lancelot, el Caballero del Lago.

Qué honor debe ser verlo.” Nombres que conocía bien.

Gawain, Lancelot, Tristán, Agravain, Mordred (la que estaba a su lado, aunque esta Mordred era diferente), y otros.

Todos sirviendo a una versión distorsionada de Artoria.

Todos cometiendo atrocidades en nombre de una “salvación” que era cualquier cosa menos santa.

Leonel tragó saliva.

La información confirmaba sus peores temores.

La Selección Santa era real, ocurría al día siguiente, y cientos, quizás miles de personas inocentes morirían en ella.

“¿Escuchaste, Leonel-sama?”, murmuró Tamamo a su lado, sus orejas gachas.

“Esto…

esto no suena bien.” “No lo es”, respondió él en voz baja.

“La Selección Santa no es lo que ellos creen.

Es una masacre.” Jeanne Ruler, que también había escuchado, palideció.

“¿Una masacre?

¿En nombre de la salvación?

Eso es…

es una blasfemia.” Jeanne Alter, con una mueca amarga, escupió al suelo.

“Santos, ángeles…

siempre igual.

Usan palabras bonitas para esconder la mierda.

Yo sé de eso.” Artoria Lancer Alter, terminando su último dulce, observó a Leonel con sus ojos fríos.

“Entonces, ¿qué hacemos?

¿Entramos y los detenemos?” Leonel negó con la cabeza.

“No podemos.

No así.

Si atacamos ahora, nos enfrentaremos a todos los Caballeros a la vez, más la Lion King.

Es una batalla perdida.” Recordaba la historia.

Sabía que necesitaban aliados.

Necesitaban a Bedivere.

Necesitaban la espada Excalibur que él portaba en su brazo.

Esa era la clave para derrotar a la Lion King.

“Hay algo que debo hacer mañana”, dijo, con determinación.

“Iremos a la Selección Santa.

Pero no para detenerla…

para presenciarla.

Y para encontrar a alguien.” “¿A quién?”, preguntó Mordred, con el ceño fruncido.

“Al caballero que vimos ayer.

Bedivere.

Él es…

importante.

Sin él, no podremos ganar.” Nadie cuestionó su decisión.

Habían aprendido a confiar en su instinto, en su extraña capacidad para saber cosas que no debería saber.

Si Leonel decía que necesitaban a ese caballero triste, lo necesitaban.

Pasaron la noche en la ciudad.

Encontraron un edificio abandonado, una casa cuyos dueños, según les dijeron los vecinos, habían partido hacia la Selección Santa hacía una semana y nunca regresaron.

La casa estaba vacía, polvorienta, pero intacta.

Como si sus ocupantes simplemente se hubieran desvanecido.

Leonel no quiso pensar en lo que eso significaba.

Mientras sus Servants preparaban el campamento improvisado (Mash limpiando el polvo, Tamamo intentando crear algo de comida con los víveres comprados, Jeanne Alter y Mordred discutiendo sobre quién vigilaría primero), Leonel se recostó en una estera que habían encontrado.

El cansancio de los dos días de viaje, la tensión constante del contacto con Artoria, y la pesadumbre de lo que sabía que vendría, lo envolvieron como una manta pesada.

Cerró los ojos.

Y entonces, el sueño llegó.

No era un sueño normal.

Lo supo desde el primer instante.

Estaba en un lugar que no era la casa abandonada.

Un espacio blanco, vacío, pero no pacífico.

Había una tensión en el aire, una opresión que le dificultaba respirar.

A su lado, una presencia familiar.

Tezcatlipoca.

Su Persona estaba allí, en su forma guerrera, las placas armónicas brillando débilmente en la penumbra blanca.

“Leonel”, dijo Tezcatlipoca, su voz grave y resonante.

“Te he traído aquí.

Necesitas ver.” “¿Ver qué?”, preguntó Leonel, aunque en el fondo ya lo sabía.

La respuesta fue una imagen que se materializó ante ellos.

La Selección Santa.

Vio una gran plaza, frente a las puertas de una ciudad blanca y resplandeciente.

La ciudad de Camelot, pero no la de las leyendas, sino una versión distorsionada, imponente y fría como el hielo.

Sus muros brillaban con una luz que no era cálida, sino severa, juzgadora.

Ante las puertas, una multitud.

Gente de todas las edades, hombres, mujeres, niños.

Rostros llenos de esperanza, de gratitud anticipada.

Creían que estaban a punto de entrar en el paraíso.

Y ante ellos, formados en una línea imponente, estaban los Caballeros de la Mesa Redonda.

Leonel los reconoció a todos.

Gawain, con su cabello rubio y su espada en alto, su armadura dorada brillando como un pequeño sol.

Lancelot, el Caballero del Lago, su presencia serena pero letal.

Tristán, con su arco y su expresión melancólica.

Agravain, severo y frío.

Y otros cuyos nombres no recordaba, pero cuyas armaduras y armas los delataban.

Frente a ellos, un hombre de aspecto cansado, con el cabello plateado y una armadura azul, intentaba hablar con ellos.

Bedivere.

Su voz era suplicante, aunque Leonel no podía escuchar las palabras.

Extendía su brazo izquierdo, el que no era de carne, sino de una sustancia plateada y brillante, como forjada de luz sólida.

Excalibur, supo Leonel.

La espada estaba allí, oculta en ese brazo.

Pero los Caballeros no lo escuchaban.

Gawain dio un paso al frente, y su espada se elevó.

Entonces, la visión cambió.

La multitud comenzó a moverse, a avanzar hacia las puertas.

Pero no todas las puertas se abrían.

Había un camino, una especie de…

selección.

Los Caballeros evaluaban a cada persona que pasaba.

Un gesto, una mirada, una palabra.

Y entonces, la decisión.

Para la mayoría, la decisión era la muerte.

Leonel vio cómo Gawain, con una sonrisa amable, asentía a una familia que pasaba.

Padre, madre, dos hijos pequeños.

Pasaban la puerta.

Luego, una anciana se acercaba.

Gawain fruncía el ceño, negaba con la cabeza.

Y antes de que la anciana pudiera reaccionar, su espada se movía.

Un destello de luz dorada.

La anciana desaparecía, desintegrada, sin dejar rastro.

Lancelot era más sutil.

Sus ojos escudriñaban a cada persona, buscando algo.

Impurezas, quizás.

Duda.

Miedo.

Los que encontraba faltos, los marcaba con un gesto.

Y entonces, una sombra, una lanza de luz, los atravesaba.

Tristán no miraba a nadie.

Tocaba su arco como si fuera un arpa, y las notas que surgían no eran música, sino muerte.

Una nota aguda, y una persona caía.

Otra nota, y otra.

Sin expresión, sin emoción, como si solo cumpliera un ritual.

La masacre fue silenciosa, ordenada, eficiente.

Las personas morían sin comprender por qué.

Habían ido buscando la salvación y encontraron la aniquilación.

Y los que pasaban la prueba, los “elegidos”, entraban en la ciudad con una sonrisa, sin mirar atrás, sin preguntarse qué había sido de sus vecinos, sus amigos, sus familiares.

Leonel quiso gritar.

Quiso correr, intervenir, detenerlo.

Pero su cuerpo no respondía.

Era un fantasma, un observador impotente.

“Esto es lo que hacen”, dijo Tezcatlipoca, su voz plana pero con un dejo de algo que podría ser…

¿indignación?

“Esto es la justicia de la Lion King.

Una justicia sin piedad, sin compasión.

Los fuertes, los puros, los ‘dignos’, sobreviven.

Los demás, son borrados.” “¿Por qué me muestras esto?”, preguntó Leonel, su voz quebrada.

“Porque necesitas saber.

Necesitas entender la magnitud de lo que enfrentas.

No es un enemigo que puedas derrotar solo con estrategia.

Es un sistema.

Una máquina de matar envuelta en luz divina.

Y tú, Leonel, tendrás que enfrentarte a ella.

Tendrás que decidir si puedes detenerla…

o si tendrás que unirte a ella.” “¿Unirme?

¡Nunca!” “Lo sé”, dijo Tezcatlipoca, y por un instante, su voz sonó casi orgullosa.

“Pero necesitaba oírlo de ti.

Ahora, despierta.

Y prepárate.

Mañana, verás esto con tus propios ojos.” La visión se desvaneció, y Leonel cayó en una oscuridad más profunda, pero no pacífica.

Poblada de imágenes de muerte, de rostros suplicantes, de caballeros sonrientes mientras segaban vidas.

Despertó con un grito atragantado en la garganta, el cuerpo bañado en sudor frío.

Estaba en la casa abandonada, en la estera.

A su alrededor, sus Servants lo miraban con preocupación.

“Leonel-sama”, susurró Tamamo, acariciando su frente con una mano fresca.

“Estabas gritando.

Soñabas.” Jeanne Alter, a su otro lado, tenía una expresión inusualmente suave.

“Tranquilo, idiota.

Solo era un sueño.” Pero no era solo un sueño, y Leonel lo sabía.

Mañana, vería esa masacre con sus propios ojos.

Y tendría que decidir qué hacer.

Intentó dormir de nuevo, pero las imágenes no lo dejaban.

Cada vez que cerraba los ojos, veía a Gawain sonriendo mientras su espada segaba vidas.

Veía a Lancelot, el noble caballero, convertido en un juez implacable.

Veía a Tristán, el músico, tocando melodías de muerte.

Sus novias, sintiendo su agitación, se apretaron más contra él.

Tamamo lo abrazó con fuerza, sus colas envolviéndolo como un capullo cálido.

Jeanne Alter, superando su timidez, apoyó la cabeza en su pecho, murmurando algo ininteligible.

Mash, desde el otro lado, tomó su mano y la apretó con suavidad.

Incluso Artoria, que estaba de guardia afuera, se asomó una vez, sus ojos dorados encontrando los suyos en la oscuridad, ofreciendo un silencio que era más reconfortante que cualquier palabra.

Pero ni todo el calor de sus cuerpos, ni todo el amor que emanaban, pudo ahuyentar las pesadillas.

Leonel durmió a intervalos, siempre despertando con el corazón acelerado, siempre viendo esas imágenes grabadas a fuego en su mente.

Cuando la primera luz del alba comenzó a filtrarse por las ventanas polvorientas, Leonel supo que no dormiría más.

Se levantó con cuidado, desenredándose del abrazo de sus amadas, y se asomó a la ventana.

En el horizonte, la ciudad blanca de Camelot resplandecía con la luz del amanecer.

Parecía un sueño, un lugar de paz y belleza.

Pero Leonel sabía la verdad.

Hoy, las puertas de ese sueño se abrirían.

Y cientos de personas entrarían…

hacia la vida o hacia la muerte.

Se volvió hacia sus Servants, que una a una se estaban despertando.

Vio a Mash, con su mirada leal y preocupada.

A Tamamo, con su determinación felina.

A Jeanne Alter, con su fuego contenido.

A Jeanne Ruler, con su fe tambaleante.

A Mordred, con su eterna actitud desafiante.

Y a Artoria Lancer Alter, fría e imponente, esperando sus órdenes.

“Hoy”, dijo Leonel, su voz más firme de lo que se sentía, “vamos a presenciar la Selección Santa.

Vamos a ver con nuestros propios ojos lo que realmente es Camelot.

Y vamos a encontrar al caballero Bedivere.

Él es nuestra clave para detener esto.” Nadie preguntó cómo lo sabía.

Nadie dudó.

Simplemente asintieron, preparándose para lo que vendría.

Leonel respiró hondo.

El día había comenzado.

Y con él, el siguiente paso en su viaje a través de la pesadilla de la historia.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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