Fate/Grand Persona - Capítulo 56
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Capítulo 56: Capitulo 56: Seleccion santa
El amanecer sobre Camelot era engañosamente hermoso.
Los primeros rayos de sol besaban las murallas blancas de la ciudad, haciéndolas brillar con una luz que parecía divina. Las torres, elegantes y esbeltas, se recortaban contra el cielo azul como dedos de mármol señalando al cielo. Banderas con el dragón rojo de Pendragon ondeaban suavemente con la brisa matutina. Era una estampa de cuento de hadas, el tipo de imagen que hacía creer a los peregrinos que, efectivamente, estaban ante las puertas del paraíso.
Y eso era exactamente lo que creían las más de doscientas personas que se habían congregado ante esas puertas.
Leonel observaba desde un lateral, mezclado entre la multitud pero con la mente alerta como un cuchillo. A su alrededor, hombres, mujeres y niños esperaban con una mezcla de nerviosismo y esperanza radiante. Un campesino con su esposa embarazada, sosteniendo su mano con fuerza. Una anciana de cabello cano, arrodillada rezando con lágrimas de gratitud anticipada. Una familia numerosa, con niños pequeños que correteaban entre las piernas de los adultos, ajenos a la gravedad del momento. Jóvenes, viejos, sanos, enfermos, todos unidos por un mismo sueño: entrar en Camelot y ser salvados.
No saben lo que les espera, pensó Leonel, con el estómago encogido. Creen que van a un paraíso. Van a un matadero.
A su alrededor, sus Servants se mantenían en forma material, aunque discretamente. Mash, con su escudo, parecía una doncella escoltando a su señor. Tamamo, con sus ropas de miko, llamaba algunas miradas curiosas pero no alarmadas. Jeanne Alter, encapuchada para ocultar su distintivo cabello blanco y su expresión de perpetuo disgusto. Jeanne Ruler, con su armadura blanca, confundida fácilmente con una peregrina más, aunque su porte rezaba santidad. Mordred, con su armadura modificada para parecer menos llamativa, vigilaba con ojos de halcón. Y Artoria Lancer Alter… ella era la que más riesgos corría. Su parecido con la Lion King era innegable. Por eso se mantenía apartada, en las sombras de un edificio cercano, observando con sus fríos ojos dorados.
Leonel apartó la mirada de la multitud y escudriñó los alrededores. Y entonces, lo vio.
En una esquina, alejado de todos, apoyado contra la pared de una construcción de piedra, había una figura encapuchada. Vestía una capa marrón raída que ocultaba la mayor parte de su cuerpo y rostro. Pero en un momento de descuido, el viento levantó ligeramente el borde de la capucha, revelando un perfil.
Cabello plateado. Una mandíbula firme pero cansada. Ojos que miraban la ciudad blanca con una mezcla de dolor y determinación.
Bedivere.
Leonel contuvo el aliento. Allí estaba. El caballero leal, el portador de Excalibur en su brazo, el hombre que había vagado durante mil quinientos años buscando redimir su fallo. Y en ese momento, su expresión era la de alguien que sabe lo que va a pasar y no puede hacer nada para detenerlo.
Todavía no, pensó Leonel. Espera. Tu momento llegará.
El sol continuó elevándose. Los primeros rayos directos comenzaron a bañar las murallas, y como si respondieran a una señal, las enormes puertas de Camelot comenzaron a abrirse. No crujieron, no chirriaron. Se deslizaron hacia adentro con una suavidad antinatural, en silencio absoluto.
Y de su interior, comenzaron a salir los Caballeros de la Mesa Redonda.
Leonel los reconoció a todos, aunque verlos en persona, en esta pesadilla viviente, era muy diferente a recordarlos de un juego. La presencia que emanaban era abrumadora, una presión mágica que hacía que el aire se volviera denso.
Gawain fue el primero. Su armadura dorada resplandecía con la luz del sol, haciéndole parecer un ángel caído del cielo. Su cabello rubio, sus ojos azules, su sonrisa amable pero vacía. Portaba la espada Excalibur Galatine en su cintura, y su manto blanco ondeaba detrás de él como alas.
Detrás de él, Lancelot. El Caballero del Lago, de belleza serena y porte noble. Su armadura azul plateada parecía hecha de agua congelada, y sus ojos, aunque hermosos, miraban sin ver, como si evaluara constantemente a todos los presentes.
Tristán llegó después, con su arco en la mano y su expresión melancólica. Su cabello, largo y desordenado, caía sobre su rostro, y sus dedos acariciaban las cuerdas de su arco como si fuera un instrumento musical.
Otros caballeros menores los seguían, formando una línea imponente frente a las puertas. Y arriba, en las almenas, más figuras aparecieron. Caballeros arqueros, lanceros, guardianes de la ciudad santa.
La multitud contuvo el aliento. Algunas mujeres se persignaron. Un hombre cayó de rodillas. Los niños dejaron de corretear, hipnotizados por el brillo de las armaduras.
Gawain dio un paso al frente y levantó una mano. Su voz, cuando habló, fue clara y potente, como una campana de iglesia.
“Hijos de la humanidad. Peregrinos de la esperanza. Bienvenidos a la Selección Santa.”
La multitud respondió con un murmullo de emoción contenida.
“Nosotros, los Caballeros de la Mesa Redonda, bajo el mando de nuestro glorioso Rey León, hemos sido encomendados con la sagrada tarea de preservar la esencia de la humanidad. De separar el trigo de la paja, la luz de la oscuridad, lo puro de lo impuro.”
Sonrió, y su sonrisa era tan radiante como el sol que lo bañaba. “Hoy, ustedes tienen el honor de ser evaluados. Los que sean hallados dignos, los que posean almas puras sin mácula de pecado, serán acogidos en el seno de Camelot. Allí vivirán en paz, protegidos, salvados de la incineración que consume el mundo exterior.”
Hizo una pausa, y su mirada recorrió la multitud. “Los que no… bueno, no teman. Su existencia, aunque indigna, no será en vano. Serán liberados de la carga de vivir. Su energía será reciclada para mantener la pureza de los elegidos.”
Leonel sintió que la sangre se le helaba. Lo dicen tan abiertamente. Como si fuera un proceso natural, un sacrificio necesario. No hay maldad en sus palabras, no hay sadismo. Es peor: hay convicción. Creen genuinamente que esto es justo.
La multitud, por supuesto, no captó el horror implícito. Solo escucharon “salvados”, “paz”, “protegidos”. Los matices de “liberados de la carga de vivir” pasaron desapercibidos para oídos que solo querían oír esperanza.
Gawain dio un paso atrás y todos los caballeros se inclinaron ligeramente. Una figura emergió de las puertas de Camelot.
El Rey León.
Artoria Pendragon Lancer.
Pero no era la Artoria que Leonel conocía. No era la reina justa pero humana de las leyendas, ni la versión alterada y fría que lo había llevado a través del desierto. Esta era diferente. Su armadura no era negra ni azul, sino blanca. Blanca como la nieve, como el mármol, como la muerte. Su cabello, recogido en un elaborado peinado, era dorado pero sin el calor del oro, más bien como el brillo frío del latón. Y su rostro… su rostro era de una belleza sobrecogedora, pero completamente inexpresiva. Sus ojos, del mismo dorado que los de Artoria Alter, miraban sin ver, sin sentir, sin juzgar. Miraban como si todo lo que contemplara fueran piezas de ajedrez en un tablero.
En su mano, portaba la lanza Rhongomyniad, no en su forma oscura y corrupta, sino en su estado original: un haz de luz solidificada, la misma lanza que sostenía los clavos del mundo.
Cuando apareció, un silencio absoluto cayó sobre la plaza. Incluso los pájaros dejaron de cantar. La presión de su presencia era tal que Leonel sintió que sus rodillas querían doblarse. A su lado, sintió a Mash tensarse, a Tamamo contener el aliento, a Jeanne Alter apretar los puños con rabia impotente.
El Rey León no pronunció palabra. No necesitaba hacerlo. Simplemente levantó su mano libre, y la magia comenzó a emanar de ella.
No fue un hechizo agresivo. Fue una luz suave, dorada, que se extendió sobre la multitud como una bendición. Pero no era una bendición. Era un escáner. Un juicio.
La luz bañó a cada persona, una por una, y Leonel vio cómo algunas de ellas comenzaban a brillar.
No era un brillo metafórico. Literalmente, sus cuerpos emitían una luz tenue pero inconfundible. Eran los “puros”, los “dignos” a ojos del Rey León. Una mujer joven, de rostro inocente, brilló. Un niño pequeño, que no había tenido tiempo de pecar, brilló. Un anciano de mirada apacible, quizás un monje o un eremita, brilló.
Pero la mayoría no brilló.
Leonel recorrió la multitud con la mirada, haciendo un cálculo rápido. De las aproximadamente doscientas personas reunidas, quizás veinte o treinta emitían ese brillo. El resto, la gran mayoría, permanecían en la oscuridad, iluminados solo por la luz exterior.
Hombres y mujeres comunes. Campesinos que habrían mentido para sobrevivir. Madres que habrían robado pan para sus hijos. Padres que habrían peleado, que habrían sentido ira, que habrían deseado. Niños que, aunque inocentes de pecados graves, llevaban la mancha del “pecado original” en su concepción misma. Ancianos cuyas almas estaban curtidas por una vida de pequeñas y grandes transgresiones.
Uno de cada siete, pensó Leonel. Si esto es la pureza absoluta, la humanidad está condenada.
El Rey León bajó la mano. La luz se desvaneció. Y entonces, habló.
Su voz era como el viento en una cripta. Fría, distante, pero innegablemente hermosa. “Los que han sido marcados por la luz, pasen. Serán conducidos al interior de Camelot, donde vivirán protegidos. Los demás…”
Hizo una pausa. Sus ojos, sin expresión, recorrieron la masa de no-elegidos. “Son libres de sus cargas. Su existencia termina aquí.”
Por un momento, nadie se movió. La multitud no comprendía. Las palabras “su existencia termina aquí” tardaron en procesarse. Luego, alguien gritó.
“¡¿Qué significa eso?!”
Otro se arrodilló, suplicando. “¡Por favor! ¡Yo puedo ser mejor! ¡Lo prometo!”
Una mujer abrazó a su hijo, que no había brillado, con desesperación. “¡No! ¡Mi niño es inocente! ¡No ha hecho nada malo!”
Pero el Rey León ya se había dado la vuelta. Su papel había terminado. Mientras se alejaba hacia el interior de la ciudad, su última orden flotó en el aire, inapelable.
“Elimínenlos.”
La masacre comenzó.
Los Caballeros de la Mesa Redonda no dudaron ni un instante. No mostraron emoción, ni placer ni remordimiento. Simplemente actuaron, como máquinas diseñadas para una sola función.
Gawain fue el primero en moverse. Su espada Excalibur Galatine se elevó, y un arco de luz dorada barrió una sección de la multitud. Donde pasó, los cuerpos simplemente… desaparecieron. No hubo sangre, no hubo gritos prolongados. Solo un destello, y luego vacío.
Lancelot se movió entre la gente como un fantasma. Su lanza, Arondight, no mataba con luz, sino con precisión letal. Un golpe, una vida. Un golpe, otra vida. Su rostro permanecía sereno, casi beatífico.
Tristán, desde una posición elevada, tocaba su arco. Pero las notas que surgían no eran música celestial. Eran flechas de luz que encontraban sus objetivos con una precisión aterradora. Un hombre que corría hacia la puerta cayó con una flecha en la espalda. Una mujer que intentaba proteger a su hija fue atravesada junto con la niña. Tristán no mostró reacción. Simplemente siguió “tocando”.
Los caballeros menores se unieron a la matanza, formando un cordón alrededor de la multitud para que nadie escapara. Era eficiente, ordenado, perfecto.
La plaza se convirtió en un infierno de luz y desintegración. Los gritos de terror, las súplicas, los llantos, duraron apenas segundos antes de ser silenciados para siempre. Los elegidos, los que brillaban, eran apartados rápidamente por otros sirvientes y conducidos al interior de la ciudad, muchos de ellos mirando hacia atrás con expresiones de horror, incapaces de procesar lo que veían.
Leonel observó todo en una fracción de segundo, pero su mente, entrenada por Tezcatlipoca y las batallas, ya estaba en movimiento.
“¡YA!”, gritó, activando sus Circuitos Mágicos. “¡PROTEGED A LOS QUE PODÁIS! ¡MASH, CONMIGO!”
Sus Servants reaccionaron al instante.
Mash levantó su escudo, Lord Camelot, justo cuando un caballero menor se abalanzaba sobre un grupo de personas que intentaban huir. El escudo detuvo el golpe, y Mash contraatacó con un empujón que envió al caballero varios metros atrás.
Tamamo comenzó a tejer un hechizo, sus colas brillando con energía. “¡Barrera de protección, ahora!” Un escudo dorado translúcido se extendió sobre un grupo de supervivientes, protegiéndolos de las flechas de Tristán.
Jeanne Alter no se contuvo. El fuego negro estalló a su alrededor mientras se lanzaba contra los caballeros menores. “¡LARGO DE AQUÍ, MALDITOS!” Una llamarada de odio puro barrió a tres de ellos, que se desintegraron en cenizas.
Jeanne Ruler, con el estandarte en alto, intentó imponer orden divina. “¡En nombre del cielo, deténganse! ¡Esto no es justicia! ¡Es una abominación!” Pero su autoridad como Ruler chocaba contra la voluntad del Rey León, y sus palabras apenas lograban ralentizar a los atacantes.
Mordred, con una sonrisa feroz que ocultaba su propia conmoción, se enfrentó a dos caballeros a la vez. “¡Vamos, cobardes! ¡A ver si podéis con la verdadera heredera de Camelot!”
Artoria Lancer Alter, desde su posición en las sombras, no dudó. Su lanza negra se extendió y derribó a un caballero que intentaba flanquear a Leonel. Su expresión era tan fría como siempre, pero había algo en sus ojos, un destello de algo que podría ser… ¿ira?
Leonel, protegido por Mash, corrió hacia un grupo de personas que aún estaban vivas, empujándolas hacia la protección de la barrera de Tamamo. “¡Vamos! ¡Rápido! ¡Por aquí!”
Pero era una batalla perdida. Eran demasiados caballeros, demasiado poderosos. Y entonces, la verdadera amenaza se materializó.
Gawain.
El Caballero del Sol se plantó frente a ellos, su armadura dorada brillando con una luz casi cegadora. El sol, ahora completamente elevado, bañaba su figura, y con cada rayo, su poder parecía multiplicarse.
“Así que el último Maestro de la humanidad ha venido a visitarnos”, dijo, su voz aún amable, aún sonriente. “Qué honor. Pero también qué pena. Deberías haberte quedado en tu nave espacial, muchacho. Aquí, no hay lugar para los impuros.”
Leonel apretó los dientes. “¡Impuros! ¡Estás matando a inocentes! ¡A niños, a ancianos! ¡¿Y los llamas impuros?!”
Gawain inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera extraña. “El Rey León ha decretado que solo los puros merecen ser preservados. Los niños… bueno, pueden ser puros ahora, pero ¿quién sabe lo que serán mañana? El pecado original ya está en ellos. Es más seguro… eliminarlos ahora.”
“¡Estás loco!”, gritó Jeanne Alter, lanzando una llamarada de fuego negro contra él.
Gawain ni siquiera se molestó en esquivar. El fuego negro se estrelló contra su armadura y simplemente… se desvaneció. La bendición del sol lo protegía de todo daño.
“El sol está conmigo”, dijo, casi con ternura. “Mientras brille, soy invencible. ¿No lo sabías?”
Leonel lo sabía. Recordaba la historia. La bendición del Rey León otorgaba a Gawain el poder de ser invencible mientras el sol estuviera en el cielo. Y el sol acababa de salir. Tenían horas de luz por delante.
No podían ganar esta batalla.
“¡Retirada!”, ordenó Leonel. “¡Proteged a los que podáis y retroceded!”
Pero Gawain no iba a permitirlo. Levantó Excalibur Galatine, y la espada comenzó a brillar con la furia del sol concentrado.
“Han visto demasiado”, dijo. “Y han interferido en la voluntad del Rey León. No puedo permitir que se vayan.”
El brillo se intensificó. El aire a su alrededor comenzó a vibrar. Los caballeros menores se apartaron, sabiendo lo que venía.
“EXCALIBUR… ”
Leonel sintió el poder acumulándose. Era como estar frente a un reactor nuclear a punto de estallar.
“¡MASH! ¡AHORA!”
Mash no dudó. Se plantó frente a Leonel y el grupo de supervivientes que había logrado reunir, levantando su escudo con ambas manos. “¡LORD CAMELOT!”
El escudo se expandió, formando una barrera de luz blanca e irrompible. La voluntad de Mash, su deseo de proteger a su senpai, se materializó en una defensa absoluta.
“…GALATINE! ”
El mundo se volvió blanco.
La explosión de luz solar fue tan intensa que Leonel, incluso con los ojos cerrados y protegido tras el escudo de Mash, vio el resplandor a través de sus párpados. El calor fue abrasador, un viento de fuego que azotó la plaza. Los gritos de los que no estaban protegidos se escucharon por un instante, y luego, el silencio.
Cuando la luz se desvaneció, Leonel abrió los ojos.
Lord Camelot había resistido. Mash seguía en pie, aunque temblorosa, su escudo humeante. Detrás de ellos, el grupo de supervivientes que habían protegido estaba a salvo, aunque aterrorizados.
Pero fuera del escudo… no quedaba nada.
La plaza, antes llena de gente, ahora era un desierto de cenizas. Los cuerpos de los no-elegidos simplemente habían dejado de existir, desintegrados por la luz de Excalibur Galatine. Solo los elegidos, los que habían brillado, permanecían, pero habían sido retirados rápidamente por los sirvientes durante el caos.
Doscientas personas. Reducidas a cenizas en un solo ataque.
Leonel sintió que las lágrimas quemaban sus ojos, pero no podía permitirse llorar. No ahora.
Gawain caminaba hacia ellos a través de las cenizas, su espada aún brillante, su sonrisa intacta.
“Impresionante”, dijo, mirando el escudo de Mash. “Esa defensa… es digna de un caballero. Lástima que esté del lado equivocado.”
Levantó su espada de nuevo. “Pero ¿cuánto podrás resistir, escudera? El sol seguirá brillando durante horas. Y yo, mientras tanto, soy eterno.”
Se preparó para otro ataque. Leonel sabía que no podrían resistir muchos más. Mash ya estaba al límite. Sus otras Servants estaban agotadas por el combate. Necesitaban una salida, un milagro…
Y entonces, ocurrió.
Una figura saltó desde las sombras, interponiéndose entre Gawain y ellos. Una espada plateada se elevó, bloqueando el golpe de Excalibur Galatine con un sonido metálico que resonó en la plaza vacía.
Bedivere.
Su capucha había caído, revelando su rostro cansado pero decidido. Su brazo izquierdo, el que no era de carne, brillaba con una luz plateada, y en su mano derecha sostenía su espada, bloqueando el ataque de Gawain.
“Detente, Gawain”, dijo Bedivere, su voz firme a pesar del esfuerzo. “Esto no es correcto.”
Gawain parpadeó, sorprendido. “¿Bedivere? ¿Todavía vives? Pensé que habías muerto hace mucho. ¿Y qué haces? ¿Proteges a los impuros?”
Bedivere apretó la mandíbula. “No hay ‘impuros’ aquí. Solo personas. Gente que vino buscando esperanza y encontró la muerte. ¿Esto es lo que hemos llegado a ser? ¿Esto es lo que significa ser Caballero de la Mesa Redonda?”
Gawain frunció el ceño, su expresión amable tornándose ligeramente molesta. “Somos leales al Rey León. Cumplimos sus órdenes. Eso es lo que significa ser un caballero.”
“¡No!”, exclamó Bedivere, empujando hacia atrás y separándose de Gawain. “¡Un caballero sirve a su rey, sí! ¡Pero también tiene la obligación de cuestionar cuando su rey se equivoca! ¡De proteger a los inocentes! ¡De mantener vivos los ideales de la caballería, no solo las órdenes!”
Gawain negó con la cabeza, como si hablara con un niño terco. “Los ideales… cambiaron, Bedivere. El Rey León nos ha mostrado la verdad. La humanidad es imperfecta. Solo preservando lo puro podemos salvarla. Tú también lo verías, si dejaras de aferrarte al pasado.”
“¡El pasado es lo único que nos queda!”, gritó Bedivere, y por un instante, su dolor fue tan palpable que incluso Leonel lo sintió. “¡Yo… yo fallé a mi rey una vez! ¡Fallé en devolver la espada! ¡Y he vagado durante mil quinientos años cargando con esa culpa! Pero al menos, en todo ese tiempo, nunca olvidé lo que significaba ser un caballero. ¡Nunca olvidé que la compasión y la justicia eran más importantes que la obediencia ciega!”
Gawain suspiró. “Lamento oír eso, Bedivere. Pero no puedo dejarte interferir.”
Y atacó.
El combate entre los dos caballeros fue rápido y brutal. Bedivere era hábil, experimentado, pero Gawain, bajo la bendición del sol, era sencillamente superior. Cada golpe de Bedivere era bloqueado o esquivado con facilidad. Cada contraataque de Gawain hacía retroceder a Bedivere, dejando marcas en su armadura, haciendo que su brazo plateado brillara más débilmente.
“¡No puedes ganar!”, dijo Gawain, mientras su espada y la de Bedivere chocaban una y otra vez. “¡El sol me da fuerza! ¡Soy invencible!”
Bedivere no respondió. Solo seguía luchando, desesperadamente, comprando tiempo.
Leonel observaba, su mente trabajando a toda velocidad. Necesitaban escapar. Necesitaban a Bedivere. Pero si intervenían, si intentaban ayudar, Gawain los aplastaría a todos.
“Tenemos que irnos”, dijo Tamamo, tocando su brazo. “Leonel-sama, no podemos ganar esto ahora.”
“Lo sé”, respondió él, con voz ronca. “Pero no podemos dejar a Bedivere.”
Fue entonces cuando ocurrió.
Gawain, cansado ya del juego, decidió terminar el combate. Su espada brilló con toda la furia del sol, y descargó un golpe que Bedivere no pudo bloquear completamente. El caballero plateado salió despedido, estrellándose contra el suelo, su espada cayendo a varios metros de distancia.
“Adiós, Bedivere”, dijo Gawain, levantando su espada para el golpe final. “Que encuentres paz en la muerte.”
Leonel quiso moverse, quiso hacer algo, pero sabía que no llegaría a tiempo. Mash estaba agotada. Las demás demasiado lejos.
Pero entonces, algo silbó en el aire.
Flechas.
No una, ni dos, sino una lluvia de flechas plateadas que cayeron sobre Gawain, obligándolo a detenerse y defenderse. No eran flechas comunes; cada una llevaba una carga de energía que, aunque no podía dañarlo seriamente bajo el sol, sí lograba distraerlo, desequilibrarlo.
“¿Qué…?”, gruñó Gawain, girando para buscar al arquero.
Pero no había nadie. Las flechas seguían cayendo de la nada, como si el cielo mismo las estuviera lanzando.
Leonel no perdió el tiempo. Corrió hacia Bedivere, ayudándolo a levantarse. “¡Vamos! ¡Tenemos que irnos!”
Bedivere lo miró, sus ojos llenos de dolor y confusión. “¿Tú…? ¿Por qué…?”
“¡Después!”, insistió Leonel. “¡Ahora tenemos que huir!”
Mordred y Artoria Lancer Alter se unieron a ellos, cubriendo la retirada mientras las flechas seguían cayendo. Gawain, frustrado, intentaba avanzar, pero la lluvia de proyectiles era incesante.
“¡Esto no termina aquí!”, gritó mientras Leonel y los suyos se alejaban, adentrándose en las calles de la ciudad exterior, perdiéndose entre los edificios.
La lluvia de flechas cesó tan repentinamente como había comenzado. Gawain se quedó solo en la plaza cubierta de cenizas, su espada aún brillante, su expresión de molestia reemplazada lentamente por una sonrisa.
“Interesante”, murmuró. “El último Maestro, un caballero traidor, y un arquero misterioso. El Rey León debe saber de esto.”
Se dio la vuelta y caminó de vuelta hacia Camelot. La Selección Santa había terminado. Pero la guerra, apenas comenzaba.
Leonel y los suyos corrieron hasta estar seguros de que nadie los seguía. Se refugiaron en un edificio abandonado en las afueras de la ciudad, el mismo donde habían pasado la noche anterior. Bedivere, herido y agotado, se desplomó contra una pared.
“¿Por qué…?”, jadeó, mirando a Leonel. “¿Por qué me ayudaste? ¿Quién eres?”
Leonel se arrodilló frente a él, sus ojos llenos de una determinación feroz. “Soy Leonel Herrera, Maestro de Chaldea. Y tú, Bedivere, eres la clave para derrotar al Rey León.”
Bedivere parpadeó, confundido. “¿Derrotar… al Rey León? ¿Estás loco? Viste su poder. Viste el poder de Gawain bajo el sol. No se puede…”
“Se puede”, lo interrumpió Leonel. “Pero necesitamos tu ayuda. Necesitamos lo que llevas en tu brazo.”
Los ojos de Bedivere se abrieron de par en par. Miró su brazo izquierdo, el que brillaba con luz plateada, el que no era de carne. “¿Cómo… cómo sabes…?”
“Lo sé”, dijo Leonel simplemente. “Sé que en ese brazo está Excalibur. La espada que deberías haber devuelto al lago. La espada que puede herir al Rey León.”
Bedivere guardó silencio por un largo momento. Luego, una risa amarga escapó de sus labios. “Mil quinientos años… he vagado mil quinientos años con esta culpa. Y ahora, un joven de otra época me dice que es justo esta culpa la que puede salvar el mundo.” Negó con la cabeza. “El destino tiene un retorcido sentido del humor.”
“El destino no existe”, dijo Leonel. “Solo nosotros y nuestras decisiones. Y ahora, tú tienes que decidir: ¿sigues huyendo de tu culpa, o la usas para hacer lo correcto?”
Bedivere lo miró a los ojos. Vio en ellos el mismo dolor que él sentía, pero también una determinación inquebrantable. Vio a un joven que había presenciado una masacre y, en lugar de rendirse, ya estaba planeando cómo detener la siguiente.
Lentamente, una sonrisa cansada pero genuina se dibujó en sus labios.
“Parece… que he encontrado a un líder al que seguir.”
Leonel le devolvió la sonrisa, aunque sus ojos aún estaban húmedos por las imágenes de la masacre.
Afuera, el sol seguía brillando sobre Camelot. Pero dentro de ese edificio abandonado, en medio del dolor y la desesperanza, una pequeña llama de resistencia había comenzado a arder.
La Sexta Singularidad apenas comenzaba. Pero ahora, tenían una nueva arma.
Y un nuevo aliado.
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