Fate/Grand Persona - Capítulo 57
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Capítulo 57: Capitulo 57: Retirada estrategica
El viento del desierto azotaba sus rostros mientras la montura espectral de Artoria Lancer Alter devoraba kilómetros a una velocidad imposible. Leonel, una vez más aprisionado contra el pecho de la reina de hielo, apenas podía procesar lo que acababa de suceder. Las imágenes de la masacre se repetían en su mente una y otra vez: la luz dorada de Excalibur Galatine, los cuerpos desintegrándose, las cenizas cubriendo la plaza como una nevada macabra.
Detrás de ellos, a una distancia que se mantenía constante gracias a la velocidad sobrehumana de los Servants, el resto del grupo seguía el ritmo. Mash, como demi-servant, podía correr a velocidades que rivalizaban con la montura, su escudo firmemente sujeto a su espalda mientras mantenía el paso. Las demás habían optado por formas espirituales parciales para conservar energía, apareciendo y desapareciendo como fantasmas en la estela de polvo que levantaban.
Y en brazos de Mordred, que había insistido en cargarlo a pesar de sus protestas, viajaba Bedivere. El caballero plateado estaba demasiado conmocionado para oponer resistencia. Su mente aún estaba en la plaza, viendo a Gawain, a Lancelot, a Tristán, cometiendo atrocidades con sonrisas en los rostros. Hombres que habían sido sus compañeros, sus amigos, sus hermanos de armas. Ahora eran monstruos con forma de ángel.
¿Qué les pasó?, se preguntaba una y otra vez. ¿Qué le pasó a mi rey?
Artoria Lancer Alter, al frente, mantenía un rumbo constante. Sus ojos dorados escudriñaban el horizonte en busca de señales de peligro, pero también de un lugar adecuado para detenerse. Leonel necesitaba descansar. Podía sentirlo a través del vínculo: su reserva de mana había caído peligrosamente durante el combate, y aunque aún no estaba en niveles críticos, la fatiga acumulada de los últimos días comenzaba a pasar factura.
Pasaron así lo que pareció una eternidad, aunque en realidad fueron apenas veinte minutos. Finalmente, cuando las murallas de Camelot eran solo una mancha blanca en el horizonte y el desierto había dado paso a un terreno más rocoso y accidentado, Artoria ralentizó la montura.
“Aquí”, dijo, su voz grave cortando el silencio. “Es seguro. Podemos detenernos.”
La montura se detuvo y Leonel, con piernas temblorosas, desmontó con la ayuda de Artoria, que lo sujetó del brazo con una firmeza que no admitía discusión. Tan pronto como sus pies tocaron el suelo, sus otros Servants comenzaron a materializarse a su alrededor.
Mash fue la primera en llegar, jadeando ligeramente pero sin muestras de agotamiento real. “¡Senpai! ¿Estás bien?”
Leonel asintió, aunque su palidez decía lo contrario. “Bien… solo cansado.”
Tamamo apareció junto a él, sus manos recorriendo su cuerpo en busca de heridas. “¿Heridas? ¿Dolor? ¿Algún malestar?” Preguntaba con la intensidad de una esposa hiperpreocupada.
“Tranquila, Tamamo, estoy bien físicamente”, dijo Leonel, atrapando sus manos con una sonrisa débil. “Solo necesito recuperar mana.”
Jeanne Alter se materializó unos metros más atrás, apoyada contra una roca con los brazos cruzados. Su expresión era de profundo disgusto, pero sus ojos no se apartaban de Leonel. “Tsk. Menos mal que ese escudo aguantó. Por un momento pensé que nos íbamos a freír como esos pobres diablos.”
Jeanne Ruler, con el rostro aún pálido por lo que había presenciado, juntó las manos en un gesto de oración. “Lo que vimos hoy… no debía suceder. Esas almas… necesitan descansar en paz.”
“Descansarán”, dijo Mordred, depositando a Bedivere en el suelo con más cuidado del que su actitud desafiante hubiera sugerido. “Pero primero tenemos que asegurarnos de que no haya más víctimas. Y para eso…” Miró a Leonel. “Necesitamos un plan.”
Bedivere, una vez en el suelo, se incorporó lentamente. Sus ojos recorrieron al grupo, evaluando, procesando. Finalmente, su mirada se posó en Leonel.
“Tú… eres el Maestro de Chaldea, ¿verdad? El que lidera la lucha contra la incineración de la humanidad.”
Leonel asintió. “Soy Leonel Herrera. Y tú eres Bedivere, caballero de la Mesa Redonda.”
Bedivere parpadeó, sorprendido. “¿Me conoces?”
“Te vi enfrentarte a Gawain. Y escuché tu nombre cuando él te llamó.” Era una verdad a medias, pero suficiente. No podía revelar que lo conocía de una vida anterior, de un juego que había jugado en otro mundo.
Bedivere aceptó la explicación con un asentimiento. “Entonces… ¿qué haces aquí? ¿Por qué arriesgaste tu vida y la de tus Servants por mí?”
“Porque te necesitamos”, respondió Leonel con honestidad. “Porque lo que llevas en tu brazo puede derrotar al Rey León.”
Los ojos de Bedivere se abrieron de par en par. Instintivamente, su mano izquierda se cerró sobre su brazo derecho, el que brillaba con luz plateada. “¿Cómo… cómo sabes lo de mi brazo?”
Leonel sostuvo su mirada. “Digamos que tengo mis fuentes. Lo importante es que Excalibur está ahí. La espada que deberías haber devuelto al lago. Y esa espada es la única que puede herir al Rey León.”
Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Las otras Servants miraban a Bedivere con nuevas expresiones: respeto, curiosidad, y en el caso de Artoria Lancer Alter, una intensidad que era difícil de interpretar.
“Excalibur…”, murmuró Bedivere, su voz llena de dolor. “Mil quinientos años he vagado con esta culpa. Mil quinientos años he deseado poder regresar y hacer las cosas bien. Y ahora…” Se rió amargamente. “Ahora resulta que mi mayor error es la única esperanza de salvar lo que queda de humanidad.”
“El destino es irónico”, dijo Tamamo, con un tono inusualmente serio. “Pero también es justo, a veces. Tu culpa te ha mantenido vivo, te ha traído hasta aquí, justo a tiempo para usar esa espada para el bien.”
Bedivere la miró, y por un instante, algo parecido a la esperanza brilló en sus ojos. “¿Crees que… que puedo redimirme?”
“No lo sé”, respondió Leonel. “Eso depende de ti. Pero puedes intentarlo. Puedes luchar por lo que es correcto. Y nosotros lucharemos a tu lado.”
Bedivere guardó silencio por un largo momento. Luego, lentamente, se puso de rodillas frente a Leonel.
“Entonces… permíteme jurar lealtad, Leonel Herrera, Maestro de Chaldea. Como una vez juré lealtad a mi rey. No volveré a fallar. Lucharé a tu lado hasta el final.”
Leonel sintió un nudo en la garganta. Ayudó a Bedivere a levantarse. “No necesitas arrodillarte. Aquí somos compañeros, no señores y súbditos. Pero acepto tu juramento. Y juntos, derrotaremos al Rey León.”
El momento fue interrumpido por un sonido áspero: Mordred, que había estado observando la escena con una expresión compleja, resopló.
“Bonito discurso. Pero ¿cómo demonios vamos a derrotar a ese monstruo? Viste a Gawain. Bajo el sol, es invencible. Y Lancelot y Tristán no se quedan atrás. Sin mencionar a la propia Artoria… el Rey León, quiero decir.” Se corrigió rápidamente, lanzando una mirada de reojo a Artoria Lancer Alter, que permanecía impasible.
“Tiene razón”, dijo Jeanne Alter, apartándose de la roca. “Estamos en clara desventaja. Necesitamos más poder, más aliados. No podemos enfrentarnos a todos los Caballeros a la vez.”
Tamamo asintió, sus orejas de zorro gachas. “Y no olvidemos el otro reino. Ese que mencionó la faraona. Si también es hostil, podríamos quedar atrapados entre dos frentes.”
Leonel cerró los ojos por un momento, reuniendo sus pensamientos. Sabía más de lo que podía decir. Sabía que necesitaban ir a las montañas, buscar a los Hassan, la tercera facción en esta guerra. Sabía que Ozymandias, el Faraón Divino, no era un enemigo, sino un aliado potencial si lograban ganarse su respeto. Pero no podía revelar esa información sin levantar sospechas.
“Hay más en juego de lo que parece”, dijo finalmente, abriendo los ojos. “Camelot no es la única potencia en esta Singularidad. Recordad lo que nos dijo Nitocris: hay un reino de faraones. Y si hay faraones, hay un Faraón. Probablemente Ozymandias, el Rey de Reyes.”
“Ozymandias”, repitió Artoria Lancer Alter, y por primera vez, algo parecido al interés brilló en sus ojos. “He oído ese nombre. Un rey divino del antiguo Egipto. Poderoso, arrogante… y peligroso.”
“Exacto”, dijo Leonel. “Pero no necesariamente nuestro enemigo. De hecho, podría ser un aliado. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos, y Ozymandias no se lleva bien con la idea de que otro rey divino pretenda gobernar el mundo.”
Bedivere, que había estado escuchando atentamente, frunció el ceño. “¿Crees que podríamos convencerlo de unirse a nosotros?”
“Es posible. Pero no es nuestra prioridad ahora.” Leonel tomó una decisión. “Primero, necesitamos un lugar seguro donde reagruparnos, donde podamos planear sin ser descubiertos. Y segundo, necesitamos más información sobre Camelot, sobre sus debilidades, sobre cómo acercarnos al Rey León.”
Jeanne Ruler, que había permanecido en silencio, habló con suavidad. “Hay alguien más en esta tierra. Alguien que podría ayudarnos.”
Todos la miraron.
“Los Hassan”, continuó. “Los antiguos asesinos de la montaña. Si hay alguien que conozca los secretos de esta tierra, son ellos. Y si hay alguien que pueda enfrentarse a los Caballeros desde las sombras, también son ellos.”
Leonel sintió un escalofrío. Jeanne Ruler, sin saberlo, había dado en el clavo. Los Hassan eran exactamente a quien necesitaban.
“Tienes razón”, dijo, asintiendo. “Los Hassan. Viven en las montañas, ¿verdad? Alejados de Camelot y del reino de los faraones.”
“Eso he oído”, confirmó Bedivere. “Durante mi tiempo en esta tierra, escuché rumores de una aldea en las montañas, gobernada por los antiguos asesinos. Se mantienen al margen de los conflictos, pero si alguien sabe cómo moverse por esta tierra sin ser detectado, son ellos.”
“Entonces, tenemos un objetivo”, dijo Leonel, su voz recuperando la firmeza del líder. “Iremos a las montañas. Buscaremos a los Hassan. Y una vez que tengamos su ayuda, podremos planear nuestro siguiente movimiento.”
Mordred levantó una ceja. “¿Y cómo sabemos que nos ayudarán? Los asesinos no son conocidos por su hospitalidad.”
“Tendremos que convencerlos”, respondió Leonel. “Y tenemos algo que ofrecer: nuestra lucha contra Camelot. Si los Hassan se han mantenido al margen, es porque saben que no pueden enfrentarse al Rey León solos. Pero con nosotros, con nuestra fuerza y con la espada de Bedivere, quizás vean una oportunidad real.”
Artoria Lancer Alter, que había estado observando la conversación con su habitual impasibilidad, habló por fin. “Las montañas están al este. A dos días de viaje, si usamos la montura. Pero necesitamos que Leonel descanse antes.”
Todos miraron a Leonel. Tenía razón. Su rostro estaba pálido, y había un temblor apenas perceptible en sus manos. La batalla, la huida, la tensión constante, todo había pasado factura.
“Descansaremos aquí esta noche”, decidió Leonel. “Mañana al amanecer, partiremos hacia las montañas.”
El campamento se instaló en una pequeña cueva que Tamamo encontró en las formaciones rocosas. No era lujoso, pero ofrecía protección contra el viento y los posibles depredadores. Mash y Bedivere se ofrecieron como voluntarios para la primera guardia, mientras los demás se turnarían durante la noche.
Leonel se recostó contra la pared de la cueva, cerrando los ojos. El agotamiento lo envolvía como una manta pesada, pero su mente no podía descansar. Las imágenes de la masacre seguían allí, grabadas a fuego.
Sintió un calor a su lado. Tamamo se había acurrucado contra él, una de sus colas enroscada alrededor de su cintura. “Duerme, Leonel-sama”, susurró. “Yo velaré por tus sueños.”
Del otro lado, sintió otra presencia. Jeanne Alter, con su habitual actitud de “no me importa”, se había sentado cerca, lo suficientemente cerca para que su hombro casi tocara el de él. No dijo nada, pero su presencia era reconfortante.
Mash, desde la entrada de la cueva, lanzaba miradas furtivas hacia adentro, una sonrisa suave en sus labios. Mordred estaba recostada contra una roca externa, con los brazos cruzados y los ojos cerrados, aunque sus orejas se movían al mínimo sonido. Artoria Lancer Alter se había situado en una posición elevada, desde donde podía ver el horizonte en todas direcciones.
Jeanne Ruler, en un rincón de la cueva, rezaba en silencio. Sus oraciones eran por las almas perdidas en la Selección Santa, y también por la fuerza para continuar.
Bedivere, sentado cerca de la entrada, miraba su brazo plateado. La luz que emitía era tenue, pero constante. Excalibur estaba allí, esperando. Esperando ser usada una vez más.
Leonel, rodeado de sus Servants, de sus amadas, de sus aliados, sintió por un momento una paz frágil pero real. Habían sobrevivido. Y mañana, continuarían luchando.
Cerró los ojos y, finalmente, el sueño lo alcanzó.
La mañana llegó demasiado pronto, como siempre. Leonel despertó con la sensación de haber dormido apenas unas horas, pero su cuerpo se sentía ligeramente mejor. La noche de descanso, aunque corta, había permitido que su reserva de mana se recuperara lo suficiente.
Fuera de la cueva, el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranja y rosa. Era un amanecer hermoso, un marcado contraste con el horror del día anterior.
Desayunaron con las provisiones que habían comprado en la ciudad fronteriza. Pan duro, queso, frutas secas. No era un banquete, pero suficiente. Artoria Lancer Alter, para sorpresa de nadie, devoró su ración con una velocidad que desmentía su habitual elegancia.
“Tienes un problema con la comida”, comentó Mordred, con una mezcla de diversión y exasperación.
Artoria la ignoró olímpicamente.
Cuando terminaron, Leonel reunió al grupo. “Bien. Hoy comenzamos el viaje hacia las montañas. Artoria, ¿cuánto tiempo calculas?”
La reina de hielo evaluó el horizonte. “Dos días, si no encontramos problemas. Las montañas están al este, más allá de las dunas. El terreno se volverá más accidentado, pero la montura puede manejarlo.”
“Entonces, partamos cuanto antes”, dijo Leonel. “Cuanto antes lleguemos, antes podremos planear.”
Antes de montar, Tamamo se acercó a él con una expresión que Leonel conocía bien: la de una esposa que va a hacer una petición.
“Leonel-sama”, dijo, con voz dulce pero firme. “Hoy, ¿podría yo…?”
“No”, la interrumpió Jeanne Alter, apareciendo a su lado. “Hoy me toca a mí. Ayer fue Artoria todo el día. Hoy es mi turno.”
“¿Tu turno?”, espetó Tamamo, sus orejas erizándose. “¿Desde cuándo hay turnos para eso?”
“Desde que ella empezó a usarlo como excusa para acapararlo”, respondió Jeanne Alter, señalando a Artoria con el mentón.
Artoria Lancer Alter, que ya había montado y extendía su mano hacia Leonel con su habitual impasibilidad, arqueó una ceja. “No hay turnos. Solo eficiencia. Leonel viaja conmigo porque es lo más rápido y seguro.”
“¡Eficiencia, dice!”, exclamó Tamamo. “¡Te pasaste dos días restregándole tus pechos en la espalda!”
Jeanne Ruler se sonrojó intensamente. Mash bajó la mirada, con las mejillas coloradas. Mordred soltó una carcajada. Bedivere, que no estaba al tanto de las complejas dinámicas del harén de Leonel, observaba la escena con una mezcla de confusión y fascinación.
“Chicas…”, intentó intervenir Leonel, pero fue ignorado.
“Yo puedo correr tan rápido como su montura”, insistió Jeanne Alter. “Y no necesito tener a Leonel pegado a mí para hacerlo.”
“Pero si va contigo, se cansará más”, argumentó Tamamo. “Tú irradias fuego, calor. Yo puedo crear una barrera fresca a su alrededor…”
“¡Yo puedo protegerlo con mi escudo mientras corremos!”, añadió Mash, sorprendiéndose a sí misma con su propia intervención.
La discusión amenazaba con escalar cuando una voz fría y autoritaria las interrumpió.
“Basta.”
Artoria Lancer Alter había desmontado y se acercaba a ellas. Su presencia imponía silencio de manera natural.
“Si quieren turnos, establezcan turnos. Pero no aquí, no ahora.” Miró a Leonel. “Él necesita llegar a las montañas lo antes posible. Yo soy el medio más eficiente. Cuando lleguemos, podrán pelear por su atención todo lo que quieran. ¿Entendido?”
Hubo un momento de tensión. Luego, Tamamo suspiró, resignada. “Entendido.”
Jeanne Alter gruñó algo ininteligible, pero asintió.
Mash asintió con alivio.
Artoria Lancer Alter volvió a su montura y extendió la mano hacia Leonel. “Sube.”
Leonel, agradecido por haber zanjado la discusión (aunque intuyendo que esto era solo el comienzo de muchas más), tomó su mano y se acomodó en su posición habitual. Sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa, la presión de sus pechos contra su espalda, y se obligó a concentrarse en el horizonte.
Dos días más, pensó. Puedo soportarlo.
El viaje hacia las montañas comenzó.
El primer día transcurrió sin incidentes mayores. El desierto dio paso gradualmente a un terreno más accidentado, con formaciones rocosas que se elevaban como centinelas de piedra. La montura de Artoria se movía con agilidad entre las rocas, y el resto del grupo seguía el ritmo sin problemas.
Leonel aprovechó el viaje para hablar con Bedivere, que viajaba cerca de la montura, a veces corriendo, a veces en forma espiritual para conservar energía.
“Cuéntame más sobre el Rey León”, pidió Leonel. “Sobre la Artoria que conociste. ¿En qué se diferencia de… esta?” Señaló con un gesto a Artoria Lancer Alter.
Bedivere guardó silencio por un momento, ordenando sus pensamientos. “Mi rey… el Arturo que yo conocí, era humano. Un gran rey, sí, pero humano. Cometía errores, dudaba, sentía. Pero también tenía un ideal, un sueño: crear un reino de paz y justicia.” Su voz se quebró ligeramente. “El Rey León… no es humano. Es divino. Ha perdido todo lo que lo hacía humano. Su justicia es fría, absoluta, sin compasión. Cree que la única manera de salvar a la humanidad es preservar solo a los ‘puros’, eliminando a los demás como si fueran desechos.”
“¿Cómo llegó a eso?”, preguntó Tamamo, que había acortado distancia para escuchar.
“No lo sé con certeza”, admitió Bedivere. “Cuando llegué a esta tierra, ya era así. Los caballeros… también habían cambiado. No están controlados, no están hechizados. Su lealtad ha sido… distorsionada. Creen ciegamente que lo que hace el Rey León es correcto, sin cuestionarlo. Es como si la esencia de su caballería hubiera sido retorcida, doblada hasta que conceptos como ‘justicia’ y ‘compasión’ significaran algo completamente diferente.”
Leonel recordó sus conocimientos del juego. Sabía que la Lion King, Artoria Lancer, había aceptado la lanza Rhongomyniad y, con ella, la divinidad. Al hacerlo, había perdido su humanidad, convirtiéndose en un ser que veía la salvación como un proceso frío y matemático. Los Caballeros, a su vez, habían sido “bendecidos” con dones que los hacían más poderosos, pero a costa de su libre albedrío.
“Es una tragedia”, murmuró Jeanne Ruler, que también se había acercado. “Ellos creen que están haciendo lo correcto. No hay maldad en sus corazones, solo una fe mal dirigida.”
“La fe mal dirigida puede ser más peligrosa que la maldad”, respondió Jeanne Alter con amargura. “Los malvados saben que son malvados. Puedes enfrentarlos. Pero los que creen estar haciendo el bien mientras cometen atrocidades… esos son los más difíciles de detener.”
El grupo guardó silencio, procesando sus palabras.
Al atardecer del primer día, acamparon en una meseta rocosa que ofrecía buena visibilidad en todas direcciones. Mientras Mash y Mordred preparaban un lugar para que Leonel descansara, Tamamo se acercó a él con una pequeña sorpresa.
“No es mucho”, dijo, ofreciéndole un cuenco con una sopa humeante que había preparado con sus habilidades culinarias mágicas y los pocos ingredientes que quedaban. “Pero te ayudará a recuperar fuerzas.”
Leonel aceptó el cuenco con gratitud. La sopa era simple, pero cálida y reconfortante. Mientras comía, sintió cómo la fatiga se disipaba ligeramente.
“Gracias, Tamamo. Siempre sabes cómo cuidarme.”
La zorra sonrió, sus mejillas sonrosadas. “Es mi deber como tu esposa, Leonel-sama. Aunque…” Su mirada se desvió hacia Artoria, que estaba de guardia en una roca cercana. “…hay quienes no entienden los límites.”
Leonel suspiró. “Tamamo, sabes que lo de Artoria es… práctico. Necesitamos movernos rápido.”
“Práctico, práctico”, repitió Tamamo con un dejo de incredulidad. “Claro. Muy práctico tener sus pechos pegados a tu espalda todo el día.”
“Tamamo…”
“Está bien, está bien.” La zorra levantó las manos en señal de rendición. “Solo… prométeme que cuando todo esto termine, tendremos tiempo. Tiempo de verdad. Sin calendarios, sin turnos, sin interrupciones.”
Leonel la miró a los ojos y vio la sinceridad en ellos. Tamamo, a pesar de sus celos y su personalidad a veces exagerada, lo amaba de verdad. Todas lo amaban de verdad.
“Lo prometo”, dijo. “Cuando todo esto termine, tendremos todo el tiempo del mundo.”
Tamamo sonrió, y por un momento, la dureza del desierto, el horror de la masacre, la tensión de la misión, todo pareció desvanecerse.
La segunda amaneció con cielos despejados y un sol que, aunque caliente, era menos implacable que en el desierto. Las montañas estaban cada vez más cerca; podían ver sus picos recortándose contra el horizonte, majestuosos y antiguos.
El viaje continuó sin contratiempos hasta pasado el mediodía. Fue entonces cuando Mordred, que iba en exploración adelantada, regresó con una expresión alerta.
“Hay algo allí”, dijo, señalando hacia un desfiladero entre dos montañas. “Movimiento. No puedo precisar qué, pero no son animales.”
Leonel frunció el ceño. “¿Podrían ser los Hassan?”
“Podría ser”, respondió Bedivere. “Las montañas son su territorio. Si hay alguien aquí, probablemente sean ellos.”
“Entonces, vamos con cuidado”, ordenó Leonel. “No queremos parecer una amenaza. Acérquense, pero sin actitud hostil.”
El grupo avanzó con cautela hacia el desfiladero. A medida que se acercaban, pudieron distinguir figuras entre las rocas: siluetas humanoides, vestidas con ropas oscuras, moviéndose con una fluidez que delataba años de entrenamiento.
De repente, una figura apareció ante ellos, materializándose de la nada. Vestía una túnica raída y una máscara de calavera. Un Hassan.
“Alto”, dijo, su voz resonando con un eco extraño. “Estas tierras pertenecen a los seguidores de la Montaña. Los forasteros no son bienvenidos.”
Leonel levantó las manos en un gesto pacífico. “Buscamos a los Hassan. Buscamos hablar con su líder.”
El Hassan enmascarado lo observó por un largo momento. Luego, sin previo aviso, desapareció.
El grupo se tensó, listo para el combate. Pero en lugar de un ataque, lo que escucharon fue una voz diferente, más profunda, que parecía venir de todas partes a la vez.
“El último Maestro de la humanidad… en mis dominios. Qué inesperado honor.”
Una figura emergió de las sombras del desfiladero. Era alta, imponente, vestida con ropas oscuras y una armadura ligera. Su rostro estaba oculto tras una máscara de calavera, pero a través de las cuencas vacías, dos ojos brillaban con una luz antigua y sabia.
Hassan-i-Sabbah. El Viejo de la Montaña. El líder de los asesinos.
“Os hemos observado desde que entrasteis en las montañas”, dijo, su voz calmada pero penetrante. “Habéis luchado contra los caballeros de Camelot. Habéis sobrevivido a la Selección Santa. Habéis rescatado a un caballero perdido.” Su mirada se posó en Bedivere por un instante. “Y ahora, buscáis nuestra ayuda.”
Leonel dio un paso al frente. “Buscamos aliados. Camelot es una amenaza para todos. Los Hassan se mantienen al margen, pero si el Rey León decide que vuestras almas no son ‘puras’, también vendrán por vosotros.”
El Viejo de la Montaña guardó silencio. Luego, una risa seca escapó de detrás de su máscara.
“Astuto, el muchacho. Y directo. Me gusta.” Se volvió y comenzó a caminar hacia el interior del desfiladero. “Seguidme. Hablaremos. Pero tened cuidado: en la aldea de los Hassan, cada paso en falso puede ser el último.”
Leonel intercambió miradas con sus compañeros. Luego, con determinación, siguió al Viejo de la Montaña hacia las profundidades de las montañas.
La aldea de los Hassan los esperaba. Y con ella, quizás, la clave para la siguiente etapa de su lucha contra Camelot.
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