Fate/Grand Persona - Capítulo 58
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Capítulo 58: Capitulo 58: Hassan
El sendero que conducía a la aldea de los Hassan era angosto y tortuoso, serpenteando entre formaciones rocosas que se alzaban como centinelas silenciosos. Leonel caminaba detrás de Hassan del Brazo Maldito, su guía, mientras el resto del grupo seguía en formación cerrada. A cada lado, sombras se movían entre las rocas: otros Hassan, vigías, observando cada uno de sus movimientos con ojos que no necesitaban máscara para ocultar su desconfianza.
Pero cuando el sendero se abrió y la aldea apareció ante ellos, Leonel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
No era lo que esperaba.
En lugar de un campamento austero y militar, la aldea de los Hassan era… un hogar. Casas de piedra y madera, humildes pero sólidas, se agrupaban alrededor de una plaza central. Hogueras ardían en puntos estratégicos, proporcionando calor y luz. Y entre esas casas, caminaban personas.
Personas reales. No Servants, no soldados. Gente común.
Había niños correteando entre las piernas de los adultos, sus risas resonando en el aire de la montaña como una melodía prohibida. Mujeres jóvenes y ancianas tejían en los porches de sus casas, sus manos hábiles moviéndose con la cadencia de la costumbre. Hombres trabajaban la madera o la piedra, construyendo, reparando, manteniendo vivo el ritmo de la comunidad. Ancianos sentados cerca de las hogueras, con las manos extendidas hacia el calor, sus rostros marcados por el cansancio pero también por algo que Leonel no esperaba encontrar en un refugio de asesinos: paz.
“Son… sobrevivientes de la Selección Santa”, explicó Hassan del Brazo Maldito, su voz tras la máscara cargada de un pesar contenido. “Los que logramos rescatar antes de que los Caballeros los alcanzaran. O los que huyeron por sí mismos y encontraron refugio entre nosotros.”
Leonel contó rápidamente. Había quizás cincuenta personas, tal vez más. Niños pequeños aferrados a las faldas de sus madres, adolescentes con las miradas demasiado viejas para su edad, ancianos que habían visto demasiado para seguir siendo ingenuos. Cada uno de ellos llevaba en sus ojos el recuerdo de la masacre, de los que no lograron escapar.
Una mujer con un bebé en brazos pasó cerca de ellos, y al ver a Artoria Lancer Alter, su rostro palideció. Instintivamente, apretó al niño contra su pecho y aceleró el paso. Artoria no mostró reacción, pero Leonel vio cómo sus dedos se tensaban ligeramente alrededor de su lanza.
“Entiendan su miedo”, dijo Hassan, observando la escena. “Para ellos, la armadura negra, los caballeros, todo lo que recuerda a Camelot, es sinónimo de muerte. No distinguen entre una versión y otra.”
“No la culpo”, respondió Artoria, su voz plana pero con un matiz que Leonel reconoció como… ¿arrepentimiento? “Lo que hicieron los Caballeros… lo que hizo el Rey León… no tiene perdón.”
Siguieron caminando, atravesando la aldea. Los habitantes los observaban con curiosidad y miedo, susurrando entre ellos. Pero cuando vieron a Bedivere, algunos de los ancianos hicieron señales de respeto, inclinando ligeramente la cabeza. El caballero plateado había sido visto antes en estas tierras, luchando solo contra los Caballeros, salvando a quien podía.
“Bedivere”, murmuró una anciana, con voz temblorosa. “El caballero que no se rinde. Que los dioses lo bendigan.”
Bedivere bajó la mirada, sus hombros hundidos por el peso de una gratitud que sentía que no merecía.
Finalmente, llegaron a una estructura más grande que las demás, una especie de sala comunal con un techo alto y paredes de piedra. En su interior, una larga mesa de madera, y en el fondo, un hogar donde ardía un fuego constante.
“Por favor, siéntense”, dijo Hassan, indicando la mesa. “Debemos hablar.”
Leonel tomó asiento, con Mash a su derecha y Tamamo a su izquierda. Las demás Servants se distribuyeron alrededor de la mesa, algunas sentadas, otras de pie contra las paredes. Bedivere se sentó al lado de Leonel, su mirada perdida en el fuego.
Hassan del Brazo Maldito se situó al frente, sus brazos cruzados sobre el pecho. A su lado, otros dos Hassan habían aparecido de las sombras: uno con una máscara de calavera que parecía sonreír, otro con una máscara que lloraba. Observaban en silencio, evaluando.
“Os haré una pregunta directa”, comenzó Hassan, su voz resonando en la sala. “¿De qué lado estáis? ¿Del Rey León y sus Caballeros? ¿Del Faraón Ozymandias y su reino de arena? ¿O venís por vuestra cuenta?”
Leonel no dudó. “No estamos con el Rey León. Eso quedó claro hoy, cuando nos enfrentamos a Gawain para proteger a los inocentes.” Su voz fue firme. “Tampoco estamos con Ozymandias. Aún no sabemos nada de él. Venimos por nuestra cuenta, y buscamos aliados para detener esta locura.”
Hassan asintió lentamente. “Eso es lo que quería oír.”
Tomó asiento frente a Leonel, y por un momento, la máscara pareció mirarlo directamente a los ojos. “Os contaré lo que ha pasado en esta tierra. Para que entendáis el monstruo al que os enfrentáis.”
La historia que Hassan contó fue larga y sombría.
Todo comenzó con una Guerra del Santo Grial. No la que Leonel conocía de Fuyuki, sino una diferente, distorsionada, convocada en Tierra Santa en una época que no debería haber existido. Siete Servants, siete Maestros, el Grial como premio. Una guerra como tantas otras.
Pero algo salió mal.
Artoria Pendragon, la versión Lancer, fue invocada. Y en lugar de ser simplemente una reina guerrera más, algo en su Saint Graph resonó con la lanza Rhongomyniad de una manera que nunca debería haber sucedido. La lanza, el pilar que sostiene el mundo, comenzó a cambiarla. A elevarla. A despojarla de su humanidad.
“Ella no ganó la guerra del Grial”, dijo Hassan, sus dedos tamborileando sobre la mesa. “La aniquiló. Mató a todos los Servants. Mató a todos los Maestros. Tomó el Grial para sí misma y, con su poder, creó una copia de Camelot en esta tierra. No un reino, sino una prisión. Un lugar donde los ‘puros’ pudieran ser preservados, y los ‘impuros’ pudieran ser eliminados.”
“¿Y los Caballeros?”, preguntó Mordred, su voz tensa. “Gawain, Lancelot, Tristán… ¿cómo terminaron sirviéndola?”
Hassan guardó silencio por un momento. “Fueron invocados después. Tal vez por el Grial, tal vez por la voluntad del Rey León. Pero cuando llegaron, ya eran… diferentes. No estaban bajo un hechizo, no estaban controlados. Simplemente, su lealtad había sido distorsionada. Para ellos, la justicia del Rey León era la única justicia posible. La pureza era el único camino. Y sus espadas, sus lanzas, sus arcos… se convirtieron en herramientas de esa ‘justicia’.”
Bedivere, que había estado en silencio, habló por fin. Su voz era apenas un susurro, pero cortó el aire como una espada.
“¿No intentaron detenerla? ¿Ninguno de ellos se rebeló? ¿Ninguno recordó lo que significaba ser un caballero?”
Hassan lo miró, y en sus ojos tras la máscara había una compasión inesperada. “Lo intentaron. Algunos, al principio. Pero el poder del Rey León es… abrumador. Y la lanza Rhongomyniad, la autoridad divina que confiere, es capaz de doblar incluso las voluntades más firmes. Con el tiempo, los que se resistieron fueron… eliminados. O se rindieron. Ahora solo quedan los que aceptaron.”
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Leonel vio cómo Bedivere apretaba los puños bajo la mesa, cómo sus nudillos se volvían blancos.
“Pero no todos los Servants invocados fueron corrompidos”, continuó Hassan, cambiando de tema. “Algunos lograron escapar. Otros fueron invocados después, cuando la distorsión ya estaba establecida, y eligieron resistir.”
“Como tú”, dijo Leonel.
“Como yo”, asintió Hassan. “Fui invocado hace… algún tiempo. No sé cuánto. El tiempo aquí es confuso. Pero desde entonces, he estado haciendo lo que puedo. Salvando a quienes puedo. Reuniendo a los que se atreven a resistir.”
“Hassan del Brazo Maldito mencionó a otro Servant”, intervino Tamamo, que había estado escuchando con atención. “Dijo que un arquero llamado Arash fue invocado y que otros Hassan lo siguieron. ¿Dónde están?”
Hassan hizo una pausa. “Arash está en las montañas del este, explorando, buscando rutas seguras para evacuar a los refugiados si es necesario. Los otros Hassan… están repartidos por el territorio, vigilando los movimientos de Camelot y del Faraón. Somos pocos, pero somos rápidos. Y en las montañas, la velocidad y el sigilo valen más que la fuerza bruta.”
“¿Y Ozymandias?”, preguntó Jeanne Ruler, que había estado en silencio hasta ahora. “¿Qué papel juega en todo esto?”
La expresión de Hassan se oscureció visiblemente, incluso a través de la máscara. “Ozymandias, el Faraón Divino, fue invocado como parte de la guerra del Grial original. Pero cuando el Rey León tomó el poder, él se retiró a su propio dominio, al este, y construyó su propio reino. No es un aliado, pero tampoco un enemigo abierto. Al menos, no por ahora.”
“¿En qué sentido?”, preguntó Leonel, aunque ya lo sabía.
“Ozymandias es orgulloso. Arrogante. No acepta que otro rey divino pretenda gobernar sobre él. Ha declarado su territorio como independiente, y hasta ahora, el Rey León no ha intentado invadirlo. Tal vez porque sabe que enfrentarse a un Faraón en su propio dominio sería… costoso. Tal vez porque espera el momento adecuado. Pero es solo cuestión de tiempo antes de que el conflicto estalle.”
“Y cuando eso ocurra”, dijo Mordred, “los que estemos en medio seremos aplastados.”
“Exactamente”, confirmó Hassan. “Por eso necesitamos actuar antes. Si podemos encontrar una manera de debilitar al Rey León, de romper su control sobre los Caballeros, quizás podamos inclinar la balanza. Y luego, quizás, podamos negociar con Ozymandias, o enfrentarlo si es necesario.”
Leonel asintió lentamente. Todo encajaba con lo que recordaba del juego. Pero había una pieza clave que aún no había mencionado.
“Bedivere”, dijo, volviéndose hacia el caballero. “Tú has estado en esta tierra más tiempo que nosotros. Has visto al Rey León, has visto a los Caballeros. ¿Hay alguna debilidad? ¿Algún punto débil que podamos explotar?”
Bedivere levantó la mirada, sus ojos cansados pero enfocados. “Gawain es invencible bajo el sol. Pero cuando se pone, su poder disminuye. No es vulnerable, pero es… menos invencible. Lancelot es más peligroso en combate cercano, pero su lealtad al Rey León es… complicada. Tristán… Tristán está cegado por su propia melancolía. No escucha, no ve. Solo obedece.”
“Y el Rey León”, insistió Leonel. “¿Alguna debilidad?”
Bedivere cerró los ojos. “Su debilidad… es la misma que siempre tuvo. La duda. El remordimiento. Lo que la hace divina es lo que la protege de esos sentimientos. Si pudiéramos hacerla recordar lo que era antes, lo que significaba ser humana…” Abrió los ojos y miró a Leonel con una intensidad que lo sorprendió. “Pero no sé cómo. Tal vez no se pueda.”
“Se puede”, dijo Leonel con convicción. “Y tú, Bedivere, eres la clave. Excalibur en tu brazo no es solo un arma. Es un recuerdo. Un recordatorio de lo que el Rey Arturo fue. De lo que debería ser.”
La sala quedó en silencio. Todos miraban a Bedivere, y en sus ojos, el caballero vio algo que no esperaba: esperanza.
“Yo… yo no sé si podré”, murmuró, su voz quebrada. “He fallado una vez. No sé si merezco…”
“El que merece no es el que no falla”, lo interrumpió Leonel. “Es el que, después de fallar, sigue adelante. Y tú has estado adelante durante mil quinientos años. Cargando con tu culpa, pero nunca rindiéndote. Eso es más de lo que la mayoría puede decir.”
Bedivere lo miró, y por un instante, algo brilló en sus ojos. Algo que podría ser determinación.
“Haré lo que pueda”, dijo finalmente. “Por mi rey. Por la humanidad. Por todos los que han caído.”
La conversación continuó por un rato más. Hassan explicó la situación actual de la alianza: los recursos, las limitaciones, los posibles movimientos de Camelot y del reino de Ozymandias. Leonel escuchó con atención, tomando notas mentales, procesando la información a través del filtro de lo que ya sabía.
Cuando la reunión terminó, Hassan se levantó. “Es tarde. Descansaréis aquí esta noche. Mañana, si queréis, podréis conocer a Arash cuando regrese de su exploración. Él conoce mejor que yo los movimientos de los ejércitos.”
Agradecieron la hospitalidad. Hassan asignó a uno de los Hassan más jóvenes para guiarlos a las cabañas que se les habían preparado.
Antes de irse, Leonel se detuvo. “Una pregunta, Hassan. ¿Por qué nos ayudas? Podrías habernos rechazado, o incluso atacado. Pero nos trajiste aquí, nos hablaste de tu alianza, nos ofreciste refugio. ¿Por qué?”
Hassan se volvió, su máscara inescrutable. “Porque os he visto. En la Selección Santa. Cuando la mayoría huyó, vosotros os quedasteis. Cuando Gawain levantó su espada, vosotros os interpusisteis. Salvasteis a quienes pudisteis.” Hizo una pausa. “Yo también he intentado salvar a los que podía. Durante demasiado tiempo, he estado solo en esto. Pero ahora…” Su voz se suavizó. “Ahora, quizás, ya no estoy solo.”
Leonel asintió, sin palabras. A veces, la confianza no se ganaba con discursos, sino con acciones. Y sus acciones habían hablado por sí mismas.
Las cabañas que les asignaron eran pequeñas pero acogedoras, con camas de paja y mantas gruesas que olían a hierbas secas. Leonel se sentó en el borde de una de las camas, agotado física y emocionalmente.
A su alrededor, sus Servants se organizaban. Mash y Tamamo compartirían la cabaña con él (para su “protección”, decían). Jeanne Alter se instaló en la cabaña de al lado, no sin antes gruñir algo sobre “tener que vigilar” y “no es que le importe”. Jeanne Ruler aceptó una cabaña individual, necesitando tiempo para rezar y procesar lo vivido. Mordred se ofreció como voluntaria para la guardia exterior, aunque Leonel sospechaba que prefería la soledad en ese momento.
Y Artoria Lancer Alter… Artoria simplemente desapareció en la noche. No dijo adónde iba, pero Leonel intuyó que necesitaba tiempo a solas, lejos de las miradas de los refugiados que la temían, lejos de los recuerdos de lo que su otra versión había hecho.
Bedivere se quedó fuera de la cabaña de Leonel, sentado en una roca, mirando las estrellas. Su perfil plateado contra el cielo oscuro era una imagen de melancolía pura.
Leonel salió a su encuentro, dejando a Mash y Tamamo dentro. “¿No vas a descansar?”
Bedivere no se volvió. “No puedo. Cada vez que cierro los ojos, veo sus rostros. Los que murieron hoy. Los que no pude salvar.” Su voz era apenas un susurro. “Y pienso en Gawain, en Lancelot, en Tristán. En cómo eran antes. Cómo deberían ser. Y me pregunto si… si yo hubiera estado allí, si hubiera hecho algo diferente, quizás…”
“No te culpes”, dijo Leonel, sentándose a su lado. “No puedes cargar con la culpa de lo que otros hacen. Ellos tomaron sus decisiones. El Rey León tomó la suya. Tú solo puedes hacer lo que está a tu alcance.”
Bedivere guardó silencio por un largo momento. Luego, señaló su brazo plateado. “¿Sabes? Durante mil quinientos años, odié este brazo. Lo odié por no poder devolver Excalibur al lago, por aferrarme a ella como un cobarde. Pensé que era mi castigo, mi maldición. Pero hoy…” Miró a Leonel. “Hoy, por primera vez, pensé que quizás, solo quizás, no fue un error. Quizás me fue dada para este momento. Para usarla cuando más se necesitara.”
“Quizás”, dijo Leonel. “O quizás no hay destino. Solo decisiones. Y tú decidiste seguir adelante. Eso es lo que importa.”
Bedivere sonrió, una sonrisa cansada pero genuina. “Eres un joven sabio, Leonel Herrera. Más sabio de lo que tu edad sugiere.”
“Las experiencias enseñan”, respondió Leonel, pensando en todo lo que había vivido desde que llegó a Chaldea. En las batallas, en las derrotas, en los amores, en las pérdidas. “A veces, más de lo que uno quisiera.”
Se quedaron en silencio, compartiendo la noche. Leonel sintió la presencia de Tezcatlipoca en el borde de su conciencia, observando, evaluando. No dijo nada, pero su aprobación silenciosa era palpable.
“¿Crees que podemos ganar?”, preguntó Bedivere de repente. “¿Crees que podemos derrotar al Rey León, salvar a los Caballeros, restaurar lo que se perdió?”
Leonel pensó en todo lo que sabía. En la batalla que se avecinaba. En los sacrificios que tendrían que hacer. En el final del juego original, donde Bedivere se enfrentaba al Rey León y, con la ayuda de los Hassans, lograba lo imposible.
“Sí”, dijo, con una convicción que no era fingida. “Va a ser difícil. Vamos a sufrir. Vamos a perder gente. Pero al final, vamos a ganar. Porque tenemos algo que ellos no tienen.”
“¿Qué?”, preguntó Bedivere.
“Humanidad”, respondió Leonel. “El Rey León ha perdido la suya. Los Caballeros han sido distorsionados. Pero nosotros… nosotros seguimos siendo humanos. Sentimos miedo, dolor, ira. Pero también sentimos esperanza, amor, compasión. Y eso, al final, es más fuerte que cualquier poder divino.”
Bedivere lo miró, y por un instante, la melancolía en sus ojos se disipó, reemplazada por algo más brillante.
“Gracias, Leonel. No sé si tus palabras son verdad, pero… me hacen querer creer que lo son.”
Se levantó. “Descansa. Mañana será otro día. Y tenemos mucho que hacer.”
Leonel asintió, despidiéndose con un gesto. Mientras Bedivere se alejaba hacia su propia cabaña, sintió cómo Tezcatlipoca se materializaba a su lado, en su forma etérea.
“Un buen discurso”, comentó el Persona, su voz cargada de ironía. “Casi me hiciste creer en la humanidad.”
Leonel sonrió débilmente. “¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Podemos ganar?”
Tezcatlipoca guardó silencio por un momento, observando las estrellas. “Es posible. Pero no será fácil. El Rey León es poderosa. Los Caballeros son formidables. Y Ozymandias, cuando entre en juego, añadirá otra capa de complejidad. Necesitaremos cada aliado que podamos conseguir, cada recurso, cada ventaja.”
“Lo sé”, dijo Leonel. “Por eso necesito que estés conmigo. Que me ayudes a ver lo que otros no pueden.”
Tezcatlipoca se volvió hacia él, y por un instante, sus ojos brillaron con algo que podría ser… ¿orgullo? “Siempre he estado contigo, Leonel. Desde el principio. Y siempre lo estaré.”
Desapareció, dejando a Leonel solo bajo las estrellas.
Dentro de la cabaña, Mash y Tamamo lo esperaban. Habían preparado la cama, extendiendo las mantas para que fuera lo más cómoda posible. Tamamo había encontrado algunas hierbas aromáticas y las había colocado cerca de la almohada, para ayudar a conciliar el sueño.
“¿Todo bien, Leonel-sama?”, preguntó Tamamo, con su voz suave.
“Sí”, dijo él, entrando y dejándose caer en la cama. “Solo… pensando.”
Mash se sentó a su lado, tomando su mano. “¿En qué piensas, Senpai?”
“En todo. En lo que viene. En lo que tenemos que hacer.” Cerró los ojos. “Pero sobre todo, en que no podría hacer esto sin ustedes.”
Tamamo se acurrucó a su izquierda, su cabeza apoyada en su hombro. “No tienes que hacerlo solo, Leonel-sama. Estamos aquí. Siempre.”
Mash, con un rubor que apenas se veía en la penumbra, se inclinó y depositó un beso en su mejilla. “Siempre, Senpai.”
Leonel sonrió, sintiendo el calor de sus cuerpos, el amor que irradiaban. Por un momento, el peso de la misión se hizo más llevadero.
“Gracias”, susurró. “Gracias por estar aquí.”
Afuera, la noche seguía su curso. Las estrellas brillaban sobre la aldea de los Hassan, testigos silenciosos de las vidas que se habían salvado, de las batallas que se avecinaban. Y en la montaña, en la cueva donde el Viejo de la Montaña meditaba, una llama de esperanza se mantenía encendida.
Mañana sería otro día. Mañana continuarían luchando. Pero esta noche, podían descansar.
Podían soñar con un futuro mejor.
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