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Fate/Grand Persona - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Capitulo 8 Mas aliados
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9: Capitulo 8: Mas aliados 9: Capitulo 8: Mas aliados Ubicación: Ruinas restauradas de una antigua mansión de campo, protegida por un campo mágico.

Noche.

El silencio era pesado, casi reverente.

Bajo el resplandor de lámparas mágicas flotantes, el grupo de Leonel se alineaba frente a una figura sentada con elegancia sobre una silla decorada con flores encantadas.

Aunque no llevaba corona, su porte era el de una monarca.

Marie Antoinette, aún con su vestido reluciente, los observaba con una mezcla de orgullo, ternura…

y una pizca de diversión.

Mash dio un paso adelante y se inclinó.

– Mash Kyrielight, Demi-Servant.

Clase Shielder.

Es un honor, Su Majestad.

Nero siguió, haciendo una reverencia exagerada y dramática, su espada envainada.

– Nero Claudius, Saber.

Emperatriz del más glorioso imperio.

Pero reconozco a otra soberana cuando la veo.

Jeanne inclinó levemente la cabeza, formal y serena.

– Jeanne d’Arc, Ruler.

Sirvo a la voluntad de Dios y a mi Maestro.

Leonel, con una mano en el pecho, hizo una reverencia firme.

– Leonel Cruz.

Maestro de Chaldea.

Un honor presentarme ante usted.

Marie parpadeó lentamente.

Luego, chasqueó la lengua y cruzó los brazos.

– “Bon sang…

¡Deteneos todos!

Esto no es Versalles.” – dijo con un tono que era mitad regaño, mitad risa.

Mash se enderezó confundida.

– ¿Eh?

– “Ya no soy una reina.

No hay corte, no hay nobleza aquí.

Solo somos almas en guerra, en medio de una tragedia hecha realidad.” – Se levantó con gracia y los miró con seriedad amable.

– “Trátenme como una igual.

Como una compañera.

Si no, me enfadaré.” Nero se llevó una mano al pecho, melodramática.

– ¿¡Cómo ignorar la nobleza natural!?

¡La majestuosidad no necesita corona para brillar!

Y entonces, una voz melodiosa y un poco burlona interrumpió desde un costado.

– “Oh, por favor, no empiecen con óperas ahora.” Desde una puerta lateral apareció un hombre de ropajes barrocos, cabello blanco alborotado, y una sonrisa socarrona.

Sus ojos brillaban con ingenio y algo de cansancio mundano.

– “Wolfgang Amadeus Mozart.

Clase Caster.

Recientemente invocado junto a nuestra bella Marie.

Encantado, encantado.” Mash abrió mucho los ojos.

– ¿Mozart?

¿El compositor?

– “El mismo.

Y sí, aún compongo…

cuando no estamos huyendo de dragones demoníacos o siendo perseguidos por una versión pirómana de Juana de Arco.” Marie rodó los ojos con un suspiro.

– “Él exagera.” Mozart sonrió ampliamente.

– “Yo siempre exagero.

Es parte del arte.” Leonel dio un paso al frente, relajando la postura, curioso.

– ¿Son ustedes los únicos aliados que tienen aquí?

Marie asintió, su expresión tornándose seria.

– “Por ahora.

Pero este lugar aún tiene secretos, y los sobrevivientes aún tienen esperanzas.

Tal vez no estemos solos por mucho más.” Mozart se cruzó de brazos, apoyándose despreocupadamente contra un pilar.

– “Y por lo visto, ustedes no son tan malos.

Buen ritmo.

Buena armonía.

Solo necesitan algo de afinación.” Leonel no pudo evitar una pequeña sonrisa.

– Entonces…

¿afinamos juntos?

Marie sonrió también, más cálida esta vez.

– “Eso espero, Maestro.” Ubicación: Vieja mansión señorial en ruinas cerca del valle del Loira, reutilizada como refugio temporal.

En el centro, una sala con un mapa desgastado de Francia extendido sobre una mesa de mármol agrietada.

Luz tenue de velas mágicas flota en el aire.

El crujido de los pasos de Leonel sobre el mármol fue lo único que rompió el silencio por unos segundos.

Se detuvo frente al mapa, sus ojos repasando los nombres de regiones que antes le habrían parecido familiares, ahora manchados con palabras como “zona de ataque”, “arrasada”, “silencio absoluto”.

Francia, el corazón cultural de Europa, parecía un campo marchito.

A su alrededor, los Servants esperaban.

Mash, Nero, Jeanne, Marie Antoinette y Mozart formaban un círculo cercano, observando con atención.

– Necesito que me digan lo que sepan -dijo Leonel sin rodeos-.

Rumores, movimientos enemigos, cualquier posible aliado.

Algo que no hayamos notado aún.

Mozart se encogió de hombros y agitó la mano con aire dramático.

– “Ah, mon ami…

recién llegamos.

Y lo hicimos entre llamas y caos.” -Suspiró con teatralidad-.

“Por más que la música de la guerra tenga ritmo, no es una sinfonía que yo desee componer a ciegas.” Marie sonrió levemente, pero su expresión era sombría.

– “Nuestra prioridad fue encontrar refugio para los civiles que aún quedaban.

Esta mansión estaba abandonada, pero servía para ocultarse.” Nero, siempre orgullosa, miró hacia un tapiz medio quemado con el escudo de una familia noble olvidada.

– “Una villa decadente.

Triste escenario para una emperatriz.” Mash intervino, manteniendo la calma: – ¿Han oído o visto algo que pueda ayudarnos?

¿Otros Servants?

¿Humanos organizados?

Marie asintió lentamente, con una chispa de esperanza en los ojos.

– “Cuando escapábamos por el bosque cerca de Tours, vimos pasar una patrulla.

Humanos, sí, con armas…

y propósito.

Hablaban de un pueblo que aún resistía.” Leonel se tensó.

– ¿Dónde?

– “Más allá del río, entre las ruinas de una aldea llamada Montval.

Decían que no había caído gracias a un Servant que…

destruía dragones sin apenas esfuerzo.” Jeanne apretó su lanza con fuerza, su expresión se volvió solemne.

– En estas condiciones…

un Servant capaz de eso debe ser excepcional.

No es común enfrentar dragones como si fueran bestias comunes.

Mozart, ahora con genuino interés, alzó una ceja.

– “¿Un Servant anti-dragón?

Eso reduce la lista.

Puede que tengamos un As entre bastidores.” Nero frunció el ceño, pensativa.

– “O bien un Saber de leyenda, un Lancer de poder divino…

o tal vez un Rider que montó una bestia más temible que un dragón mismo.” Leonel se enderezó.

En medio de la oscuridad, esa noticia era un rayo de luz.

– Sea quien sea, tenemos que encontrarlo.

No podemos quedarnos esperando mientras otros luchan solos.

Marie lo miró con dulzura, como viendo en él algo familiar.

– “Así habla un verdadero líder.” Mash asintió.

– Estoy contigo, Senpai.

Jeanne, con resolución: – “Y si este Servant lucha por proteger…

entonces merece saber que no está solo.” Mozart se ajustó los guantes con teatralidad.

– “La sinfonía de la resistencia comienza con una sola nota.

Y ya la escuchamos.” Leonel asintió, su mirada encendida por nueva determinación.

– Entonces, vamos a buscarla.

Si hay esperanza en Montval, es hora de caminar hacia ella.

Ubicación: Catedral en ruinas, cubierta de raíces negras y brasas aún ardientes.

Afuera, el cielo perpetuamente rojizo lanza relámpagos silenciosos.

Dentro, una figura arde más que cualquier fuego.

El silencio del templo en ruinas se quebraba con cada pisada furiosa de Jeanne Alter.

Sus botas resonaban sobre las losas partidas, mientras su estandarte negro ondeaba como una llama viva, alimentada por su rabia.

Su aliento era irregular.

Sus ojos, brasas encendidas por frustración.

– ¡Maldito seas, Leonel!

-escupió con furia, lanzando su lanza al suelo con un estruendo metálico-.

¡Siempre escapas!

Como si el destino mismo te protegiera…

¡como si la estúpida bondad de esa otra Jeanne te diera alas!

Golpeó una de las columnas medio derruidas con su puño, dejando una grieta.

Su pecho subía y bajaba con rapidez, pero no era cansancio.

Era odio.

Odio ardiente, sofocante, que no encontraba salida.

– ¡Y esos Servants…

basura reciclada por el Santo Grial!

¡Mozart, Marie, la falsa emperatriz!

¡¿Y ahora también ella?!

-sus palabras goteaban veneno al recordar a su “otra yo”-.

¡Voy a quemarlos a todos, uno por uno!

Desde la sombra detrás del altar, una figura se acercó.

Su andar era lento, casi reverencial.

Los ojos hundidos y oscuros de Gilles de Rais brillaban con una devoción enfermiza.

Sus ropajes de Caster flotaban apenas sobre el suelo, y la sonrisa torcida en su rostro era más tétrica que tranquilizadora.

– Mi santa…

-murmuró con su voz rasposa, con un dejo de éxtasis blasfemo-.

El fuego de tu odio ilumina incluso esta noche eterna.

Una visión gloriosa.

– No empieces con tus halagos, Gilles -gruñó Jeanne Alter sin mirarlo-.

¿Acaso traes noticias?

¿O solo viniste a revolcarte en mi ira como siempre?

Gilles se inclinó, juntando las manos como un sacerdote entregado.

– No traigo rastros.

Pero sí consejo.

Ella giró lentamente hacia él, su mirada aún encendida.

– Habla.

Rápido.

Gilles sonrió, y su voz se tornó más suave, como si cantara una letanía oscura: – Obsesionarte con perseguirlos solo aleja tu verdadero propósito.

¿No es tu venganza lo que te hace fuerte?

¿No es el deseo de ver Francia arder por quienes te traicionaron lo que le da poder a tu estandarte?

Jeanne Alter apretó los dientes, el puño tenso.

– ¿Y qué sugieres?

¿Que los deje ir?

¿Otra vez?

– No los estás dejando ir, mi santa…

-dijo Gilles mientras se acercaba más, su voz casi hipnótica-.

Los estás dejando venir.

¿Acaso no lo sientes?

El Grial…

el destino…

todo gira en torno a ti.

Ellos vendrán.

Por desesperación o por orgullo.

Y cuando lo hagan…

-sus ojos brillaron como los de un niño cruel- …te asegurarás de que no queden para huir otra vez.

Por unos segundos, el silencio reinó de nuevo.

Jeanne cerró los ojos.

Su respiración se calmó.

La idea, aunque repugnante para su orgullo, tenía lógica.

La rabia podía esperar si el resultado era su aplastante victoria.

Tomó su estandarte del suelo con elegancia lenta, como quien prepara una ejecución.

– Entonces que vengan.

Yo los estaré esperando.

Y cuando lleguen…

me encargaré de que sus gritos sean la última canción de esta tierra podrida.

Gilles sonrió de oreja a oreja.

– Oh, qué gloriosa catastrofe será…

-susurró.

Fuera, un trueno sin lluvia estalló sobre la catedral, como si incluso el cielo respondiera a la promesa de caos que se avecinaba.

Atardecer en los bosques de la campiña francesa.

El sol, ocultándose tras un velo rojizo, proyecta sombras alargadas sobre el camino polvoriento.

El grupo de Leonel avanza en silencio…

hasta que el sonido de cascos rompe la calma.

El primero en girarse fue Mozart, bajando su partitura de inmediato.

– …Esa presencia.

No es sutil.

Viene hacia nosotros, y rápido.

Leonel ya había desenfundado su espada.

Marie, seria por primera vez en el día, se colocó a su lado.

Mash levantó su escudo, su instinto activándose con fuerza.

Entre los árboles emergió una figura montada.

No un dragón.

No un monstruo.

Era un caballo blanco como la nieve, y sobre él una mujer de mirada determinada, vestida con ropajes sagrados de batalla: Martha, la Santa de Tarso.

Pero no estaba sonriente.

Su rostro reflejaba tristeza…

y decisión.

– ¡Leonel!

¡Servants!

¡Prepárense!

-gritó Mash-.

¡Es una enemiga!

Leonel frunció el ceño.

– Espera…

hay algo extraño.

Martha desmontó.

Dejó caer su bastón al suelo y se adelantó a paso firme, sola, sin convocar bestias, sin llamar rayos.

Solo ella, desarmada.

– No vine por gloria -dijo, su voz clara como campana en el ocaso-.

Vine…

a morir.

El grupo dudó.

Marie se llevó una mano al pecho.

– ¿Martha…?

– Estoy bajo el control de esa…

falsa doncella.

Jeanne Alter.

Pero aún tengo voluntad.

Poca…

pero la suficiente para elegir cómo termina esto.

– ¿Entonces…

no quieres pelear?

-preguntó Leonel, bajando ligeramente su espada.

– Quiero enfrentarme a ustedes…

sí -asintió ella, con los ojos húmedos-.

Pero no para destruirlos.

Sino para que me destruyan.

Para liberarme.

Mozart entrecerró los ojos.

– Qué tragedia…

una santa forzada a corromperse.

La historia siempre repite sus errores.

– No permitiré que mis manos bendigan el mal -dijo Martha, con fuerza renovada-.

Si caigo combatiendo la injusticia, entonces moriré como serví: luchando por la fe, no por la venganza de una sombra.

Sin más palabras, levantó los puños.

Su mirada ardía con el fuego de los mártires.

– ¡Vengan!

¡Dénme el final que merezco!

Leonel tragó saliva.

No era una enemiga…

era una víctima.

Pero sabía lo que ella pedía.

Y también sabía que, si no lo hacía, esa mujer sería usada como arma contra inocentes.

– Lo siento…

-murmuró-.

Pero cumpliré tu voluntad.

Entonces, comenzó el combate.

No fue una batalla feroz.

Fue una danza solemne.

Martha atacaba con técnica, sin odio.

Mash respondía con firmeza, pero sin furia.

Leonel la enfrentó con todo su respeto, y Marie miraba desde atrás, con lágrimas silenciosas cayendo por sus mejillas.

Finalmente, un último golpe certero derribó a la santa.

Martha cayó de rodillas, sonriendo.

– Gracias…

por darme el final que no podía darme a mí misma.

Mientras su cuerpo se desvanecía en luz, una brisa suave recorrió el bosque.

En el aire, una sensación de paz…

y redención.

Y entonces, se fue.

Nadie habló por un largo rato.

Solo cuando el último rayo de sol desapareció, Leonel dijo con voz baja: – Una vida sagrada…

manchada por la oscuridad…

y purificada por su decisión.

Mozart asintió con solemnidad.

– Y que su música ahora resuene en un lugar mejor.

Mash bajó el escudo.

Marie se limpió las lágrimas.

El grupo siguió su marcha.

Pero algo había cambiado.

Habían entendido que la guerra en Francia no era solo física.

Era espiritual.

Y no todos los enemigos querían realmente serlo.

La tarde avanza, el cielo se cubre de nubes grises y una brisa helada recorre los árboles mientras el grupo de Leonel sigue su camino rumbo al corazón de Francia.

Por el mismo sendero, un destacamento de soldados aparece en el horizonte, marchando en dirección opuesta.

Mash alza su escudo, por si acaso.

– ¿Aliados?

¿O enemigos?

Marie, con su habitual gracia, avanza un paso y alza la mano.

– «Bonjour!

Nous venons en paix.» Los soldados se detienen.

Uno de ellos, de aspecto cansado pero armado hasta los dientes, asiente al oír su lengua.

– «Mademoiselle…

¿qué hacen aquí?

Este camino es peligroso.» – «Viajamos hacia el este, al pueblo de Argentierre.

¿Ustedes han estado allí?» Al oír eso, el rostro del capitán se endurece.

– «Estuvimos.

O lo intentamos.

Lo que encontramos…

fue un cementerio sin tumbas.

Una ciudad fantasma.» Leonel frunce el ceño.

Se adelanta un poco.

– ¿Una ciudad…

vacía?

Marie traduce rápidamente.

El capitán asiente con gravedad.

– «Las casas estaban intactas.

No había signos de batalla.

Pero tampoco había personas.

Ni un alma.

Comida en las mesas, sillas caídas…

como si todos hubieran desaparecido en un instante.

Ni cadáveres, ni sangre, ni rastro de lucha.

Solo…

silencio.» Mozart traga saliva.

– Eso no es normal.

Ni siquiera para este mundo.

Mash asiente.

– ¿Crees que sea obra de un Servant?

Leonel asiente lentamente, sin apartar los ojos del horizonte.

– Aunque sea improbable, no podemos ignorarlo.

Algo está mal…

y si es una amenaza, no podemos dejarla a nuestras espaldas.

– «¿Van hacia allí?» -pregunta el capitán, entre sorprendido y preocupado.

– «Oui.

No podemos ignorarlo,» -responde Marie, con decisión.

– «Entonces que la luz divina los acompañe…

porque la oscuridad ya hizo su nido en ese lugar.» El grupo se despide y sigue adelante.

El aire se vuelve más denso.

El ambiente más lúgubre.

Y mientras avanzan, Leonel mira el horizonte…

y no puede evitar sentir un escalofrío.

– Tal vez no seamos los primeros en llegar.

Pero sí podríamos ser los últimos en salir.

El pueblo fantasma se extiende silencioso ante ellos, cada calle parece más muerta que la anterior.

No hay aves, ni viento, ni sonido alguno más allá de sus propios pasos.

– Qué extraño…

-musita Marie, mirando alrededor con expresión preocupada-.

Esto no es normal.

No hay señales de lucha, ni cuerpos.

Solo…

ausencia.

Leonel frunce el ceño mientras observa los edificios intactos pero completamente abandonados.

– Como si todos hubieran desaparecido al mismo tiempo…

Mash asiente, tensa.

– Esta quietud no me gusta.

¿Podría ser una ilusión, o una anomalía en el espacio?

Antes de que alguien más pueda opinar, una repentina explosión resuena a unas cuadras de distancia, seguida de una ola de calor que sacude el polvo del suelo.

El cielo se tiñe brevemente de rojo por un instante.

– ¡¿Qué demonios fue eso?!

-grita Mozart, sobresaltado.

Romani aparece por el comunicador, hablando con urgencia: – ¡Detecto dos señales de Servants justo al este de su posición!

Están…

¡espera!

¡No están atacándolos a ustedes, están peleando entre sí!

– ¿Entre sí?

-pregunta Leonel, sorprendido.

– Sí, y con todo.

Es un combate completamente irracional.

¡Tengan cuidado, parecen estar fuera de control!

El grupo corre por las calles hasta asomarse a una plaza central semidestruida, donde el espectáculo los deja helados.

En medio del lugar, una chica de cabello largo y rosado canta mientras lanza ondas sónicas con su micrófono, haciendo estallar el suelo.

Lleva un disfraz de Idol, pero sus ojos brillan con locura y su sonrisa dista mucho de la de una estrella pop.

En el extremo opuesto, una joven de cabello azulado en kimono blanco esquiva los ataques mientras lanza llamaradas con su naginata envuelta en fuego espiritual.

Su mirada está fija, obsesiva, furiosa.

– ¡Deja de arruinar mi recital, bruja histérica!

-grita la Idol.

– ¡Sólo vine a verte, Elizabeth-sama~!

¡¿Por qué no me abrazas en llamas como siempre?!

-responde la otra con voz chillona, casi encantadora si no fuera tan espeluznante.

Leonel palidece al verlas.

Las reconoce al instante.

– Elizabeth Bathory…

y Kiyohime.

Mash lo mira con sorpresa.

– ¿Las conoces?

– En teoría, sí.

Pero esto…

esto no es normal.

Ni para ellas.

Ambas siguen combatiendo con total indiferencia al grupo, como si el mundo a su alrededor no existiera.

Chispas mágicas, llamas, y notas sónicas colisionan con fuerza, reduciendo los alrededores a escombros.

Mozart observa fascinado.

– Esto es…

arte.

Caótico, ruidoso, aterrador…

pero definitivamente arte.

Leonel se coloca en guardia.

– No podemos ignorarlas.

Si siguen así, destruirán todo el pueblo.

Y si notan nuestra presencia, no sabremos si nos atacarán o no.

Romani vuelve a intervenir: – Les advierto, ambos registros mágicos están inestables.

Lo más probable es que hayan perdido su noción racional.

Tal vez algún tipo de corrupción…

Leonel asiente.

– Entonces tendremos que interrumpir su “concierto” antes de que haya más víctimas.

Mash da un paso al frente, escudo en mano.

– ¿Cuál es el plan?

Leonel observa el campo de batalla con una sonrisa tensa.

– Que el telón baje…

antes de que nos prendan fuego a nosotros también.

El grupo apenas tiene unos segundos para idear una estrategia, cuando Leonel entrecierra los ojos al observar a las combatientes.

– ¿Sabes, ahora que las veo bien…?

-dice con tono pensativo-.

Una es una Idol draconiana con tendencias a la dominación, y la otra una yandere incendiaria con cola de dragón.

Mash lo mira confundida.

– ¿Dragones?

Leonel asiente con una sonrisa burlona.

– Técnicamente sí.

Elizabeth es parte dragón, ¿y Kiyohime?

Bueno, digamos que si le das una razón suficiente, se convierte en salamandra tamaño XXL.

Son como…

waifus tipo Pokémon, versión “tipo Dragón y Locura”.

Un silencio sepulcral cae sobre la plaza.

Las dos chicas dejan de pelear entre sí…

y giran lentamente la cabeza hacia él.

Elizabeth entrecierra los ojos con sonrisa tensa.

– ¿¡Waifu tipo qué dijiste!?

Kiyohime parpadea.

– ¿Salamandra?

¿Eso fue una metáfora o un insulto?

Leonel da un paso atrás, aún sonriendo.

– Oigan, oigan, no es para que se lo tomen a pecho…

¡es información táctica!

Digo, ¡hasta podrían tener una evolución final si suben de nivel!

Ambas se quedan calladas un momento…

y luego: – ¡¡¡TE VAS A ARREPENTIR, MISERABLE HUMANO!!!

Un estallido simultáneo de fuego y sonido estalla en su dirección.

– ¡Mash, cubre!

-grita Leonel, rodando hacia un lado mientras sujeta su carta-.

¡Persona, ven a mí!

Un aura azul estalla bajo sus pies y su carta brilla como una obsidiana sagrada.

Desde un remolino de sombras y humo emerge Tezcatlipoca, el Espejo Humeante: una figura imponente con rostro enmascarado, cuerpo cubierto de marcas rituales y un espejo negro flotando en su brazo izquierdo.

– ¡Que la noche se trague su arrogancia!

-declara la voz gutural de la deidad mientras aparece.

Leonel sonríe con confianza.

– Ya que despertaron a las dragón-locas…

¡equipo, ¡a escena!

-grita-.

¡Marie, Mozart, Mash, formación de comedia organizada!

Mash bloquea una onda sónica con su escudo mientras Marie lanza una brisa musical calmante, y Mozart inicia una sinfonía estruendosa que interrumpe los ataques enemigos.

– ¡¿Esto es una pelea o un circo mágico?!

-exclama el compositor, esquivando un fogonazo de Kiyohime.

Leonel, apoyado por la visión de Tezcatlipoca, analiza al instante.

– ¡Kiyohime tiene un delay entre llamas!

¡Elizabeth ataca en compases, cada tres beats entra su puño!

¡Contesten al cuarto!

La sincronía mejora.

Tezcatlipoca levanta una niebla oscura que ralentiza las percepciones de ambas dragonas, mientras el resto del equipo aprovecha para contraatacar con precisión.

Mozart lanza una nota alta que hace vibrar los oídos de Elizabeth.

– ¡Mis agudos perfectos!

-grita ella, tropezando.

Mash lanza un golpe de escudo que lanza a Kiyohime al aire.

– ¡Eso no fue un abrazo!

-lloriquea.

– ¡Final en do mayor!

-grita Leonel-.

¡Mash, Marie, combo especial de bonk!

Una explosión de pétalos, escudo y notas musicales impacta a ambas.

Dos enormes chichones aparecen en sus cabezas con un sonoro ¡BONK!.

Las dos caen de sentón, con ojos girando y rostros hinchados.

– ¡Eso fue trampa artística!

-chilla Elizabeth.

– Me duele hasta el alma…

y la frente…

-murmura Kiyohime.

Leonel se cruza de brazos, satisfecho.

– Lección del día: no subestimen al estratega con un dios azteca en la espalda.

Tezcatlipoca resuena con un leve gruñido, satisfecho también.

Ambas dragonas se encuentran de rodillas en el suelo, aún con grandes chichones en la cabeza.

Hacen pucheros mientras fuman ligeras nubes de humillación y derrota.

Elizabeth mira al cielo como si su dignidad hubiera sido exiliada, y Kiyohime se balancea ligeramente, con un pequeño sollozo contenido.

Leonel, con los brazos cruzados, se les queda viendo en silencio.

Solo el viento arrastra unas cuantas notas sueltas del laúd de Mozart y pétalos de rosas de Marie.

– …Bueno.

-rompe finalmente el silencio-.

Si ya se calmaron un poquito, tengo preguntas.

Elizabeth resopla.

– ¿Más humillación?

– No.

Información.

¿Han visto a otros Servants que no estén bajo el control de esa bruja dragón?

Las chicas se miran entre sí, luego asienten lentamente.

– Sí…

-murmura Elizabeth-.

Hay un tipo…

un caballero raro con armadura…

y una lanza o algo así.

Odia a los dragones.

Nos llamó “abominaciones de escamas”.

¡Qué grosero!

Kiyohime asiente.

– Tenía ojos fríos, casi sin alma…

su espíritu gritaba “odio dracónico”.

Si te sirve el dato, su aura olía a justicia ciega.

Leonel frunce el ceño.

– ¿Un asesino de dragones, huh…?

¿Algo más?

Elizabeth levanta un dedo.

– Hay otro.

No luchó con nosotras, pero lo vimos orando…

parecía un caballero santo.

Tenía una gran cruz, una bandera como la de Jeanne y un aura cálida.

Creo que se llamaba…

Georgios.

¿O era Jorge?

Algo así.

Jeanne, que escuchaba atentamente, reacciona.

– ¡Ese debe ser San Jorge!

El patrón de los soldados.

Es un noble espíritu heroico.

Leonel asiente, pensando rápido.

– Bien.

Esto es lo que haremos: Jeanne, Marie, ustedes buscarán a Georgios.

Si es tan santo como dicen, puede ser un buen aliado para esta locura.

Marie lanza una sonrisa brillante.

– ¡Oui, será como una búsqueda divina!

¡Vamos, Jeanne-chan!

– C-con cuidado, por favor…

-murmura Jeanne.

– Mash, Mozart, vienen conmigo.

Vamos a rastrear al mata-dragones antes de que encuentre a otra escamosa que decapitar.

– Una misión peligrosa y trágica.

Me gusta.

-dice Mozart, acomodándose su peluca-.

Pero antes de irnos, Maestro…

¿qué hacemos con las señoritas Dracónidas y sus chichones de la derrota?

Leonel se gira a ellas y se agacha, mirándolas de frente.

– ¿Y ustedes?

¿Qué quieren hacer?

Elizabeth se cruza de brazos, aún con puchero.

– ¡Pues nada!

¡No tengo mi micrófono, no tengo escenario, ni siquiera un público que me ovacione!

Esta guerra es una porquería…

Kiyohime, en cambio, lo observa en silencio, con los ojos entrecerrados y sonrojados.

– Tú…

-dice en voz baja-.

Me protegiste.

Me hablaste con calma.

Me venciste sin matarme…

Leonel parpadea.

– Eeh…

sí.

Fue parte del plan.

– ¡Eres igual que mi querido Anchin!

¡La reencarnación perfecta de ese monje cobarde que tanto amé…

y quemé!

-declara con una mezcla entre pasión y locura.

Todos se quedan congelados.

– …¿Eso es bueno o malo?

-susurra Mash.

Kiyohime se pone de pie con una sonrisa dulce y peligrosa a la vez.

– Me quedaré contigo, Anchin.

Te protegeré de las otras dragonas…

¡y de esas otras mujeres coquetas que te rodean!

Leonel suspira, mirando al cielo.

– …Ya se desató la maldición del harem otra vez.

Elizabeth rueda los ojos.

– No tengo nada mejor que hacer.

Supongo que si viajo con ustedes puedo ganar algo de fama…

¡Y evitar que Kiyohime encienda todo!

Mozart aplaude.

– ¡Bravo!

Unirse por necesidad, amor irracional y falta de planes!

¡El más puro espíritu de camaradería de los cuentos!

Leonel asiente con resignación.

– Bien.

Bienvenidas al equipo de los Caóticos.

Pongan su nombre en la lista…

junto a “Problemas potenciales”.

Mash asiente con dulzura.

– Ya los anoté, Senpai.

Kiyohime sonríe como si le hubieran dado un anillo de compromiso.

Elizabeth suspira.

– Solo no me comparen más con Pokémon…

a menos que consiga evolución y conciertos con fuegos artificiales.

Leonel sonríe con picardía.

– ¡Negociable!

Punto de vista: Jeanne d’Arc El cielo, ennegrecido por las cenizas de guerras sin sentido, apenas dejaba pasar un rayo de luz.

Caminaban por lo que alguna vez fue una ciudad alegre, ahora convertida en un esqueleto de ruinas y lamentos.

Los pasos de Jeanne resonaban con solemnidad sobre los restos de una calle empedrada.

A su lado, Marie Antoinette danzaba entre los escombros con una sonrisa que desafiaba la tristeza del mundo.

– ¿De verdad crees que está aquí, Jeanne-chan?

-preguntó la reina con un ligero giro, esparciendo pétalos rosados que recogía de su vestido, como si aún quedara algo bello por ofrecer.

– Lo sé.

La fe deja huellas, incluso entre las cenizas.

-respondió la doncella, con su estandarte descansando sobre su hombro-.

Siento su presencia…

como una oración aún viva.

Avanzaron hasta una plaza semidestruida.

El silencio se apoderó del ambiente, solo roto por el crujido del mármol bajo sus pies.

En el centro, rodeado por caballos espectrales y estatuas caídas, un hombre rezaba de rodillas, su figura bañada por un único rayo de sol que lograba penetrar la densa oscuridad.

Su armadura estaba gastada, pero aún relucía con dignidad.

Su lanza reposaba a un lado y, sobre su pecho, colgaba una cruz de plata que parecía brillar por voluntad propia.

– Georgios…

-susurró Jeanne, dando un paso al frente.

El santo caballero abrió los ojos lentamente.

Su mirada, serena como la de un pastor en medio del apocalipsis, se posó sobre ellas.

– Doncella de Orleans…

-murmuró con reverencia-.

El cielo aún te sostiene.

Entonces…

hay esperanza.

– No soy más que un reflejo de la voluntad de aquellos que aún creen -respondió ella-.

Hemos venido a pedir tu ayuda.

Hay una sombra usando mi rostro, torciendo todo lo que alguna vez representé.

Su cruz no es de luz, sino de fuego.

Georgios asintió en silencio.

Luego, se levantó sin prisas, tomando su lanza como si fuera una extensión de su fe.

– Si debo cabalgar una vez más…

lo haré.

Por los que aún buscan redención.

– ¡Oui!

-exclamó Marie con una sonrisa luminosa-.

¡Así se habla, caballero santo!

Pero el aire cambió.

Como si el mismo viento se negara a moverse, la temperatura descendió bruscamente.

Un escalofrío recorrió la plaza.

Desde un callejón oscuro, una figura emergió, sus pasos suaves, casi etéreos, como si el mundo se negara a reconocer su presencia hasta que ya era demasiado tarde.

– Marie Antoinette…

-dijo una voz apagada, cargada de culpa-.

Qué ironía que la historia vuelva a unirnos.

La reina giró, su rostro palideciendo.

Frente a ella, sostenido con una sola mano, un Servant llevaba una guillotina miniatura, afilada y cruel.

Su rostro era joven, pero su mirada cargaba siglos de tristeza.

– Sanson…

-murmuró Marie-.

Fuiste tú…

tú bajaste la palanca…

– Así fue.

Y aún siento el peso de ese día.

-respondió el Verdugo-.

Pero esta vez, no soy un hombre.

Solo soy la herramienta del juicio…

Y me han dado una nueva lista.

– Estás siendo manipulado -gruñó Jeanne, interponiéndose entre él y la reina, su estandarte alzado-.

¿Acaso no lo ves?

Jeanne Alter solo siembra muerte.

Esto no es justicia…

¡es crueldad!

– La justicia es fría -replicó Sanson sin levantar la voz-.

No necesita pasión.

Ni siquiera necesita verdad.

Solo un nombre…

y una cuchilla.

Georgios avanzó junto a Jeanne, su lanza brillando con una luz dorada.

– Si buscas ejecutar a los inocentes…

entonces te enfrentarás al juicio de los santos.

Marie, con una melancolía inusualmente seria, sacó su cetro adornado de flores.

– Nunca quise morir así…

y aún menos ver a mi ejecutor convertirse en enemigo.

Pero si el destino insiste, que sepa que esta vez…

yo bailaré entre las cuchillas.

Las sombras danzaban alrededor.

La plaza, antes silenciosa, ahora era un escenario de fe contra arrepentimiento, de luz contra una justicia distorsionada.

La batalla estaba a punto de comenzar…

y esta vez, no habría redención fácil.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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