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Fate/Issei Order - Capítulo 1

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1: Prologo 1: Prologo El calor sofocante del verano en Kuoh se aferraba a las calles con garras perezosas, pero dentro de la habitación de Issei Hyoudou, solo existía el zumbido del aire acondicionado y la luz azulada de su monitor.

Las vacaciones antes del segundo año de preparatoria eran un santuario sagrado, un oasis de tiempo incontaminado dedicado a los dos pilares de su existencia: los videojuegos y el material adulto de la más exquisita calidad.

Aquel día, con la casa vacía gracias a una salida imprevista de sus padres, Issei había decidido rendir culto a este último.

“Finalmente… el momento perfecto”, murmuró para sí, una sonrisa de beatitud pervertida estampada en su rostro mientras hacía clic en un archivo que había estado guardando como un tesoro.

La pantalla se iluminó con imágenes que hicieron que su nariz respondiera con un ligero y familiar picor.

“¡Oh, sí!

¡Esa es la calidad que un otaku como yo merece!

¡Esa ángel con ese… equipamiento divino!”.

Sus pensamientos eran un himno desordenado y ferviente a las curvas, a la piel nacarada y a la gloriosa generosidad del diseño femenino.

Se acomodó en su silla, completamente absorto, un rey en su castillo de soledad y poliéster.

Fue entonces, en el clímax de su devoción clandestina, cuando algo extraño ocurrió.

Un cosquilleo, imperceptible al principio, comenzó en la base de su espina dorsal.

Issei se removió, atribuyéndolo a la excitación del momento.

Pero el cosquilleo se transformó en calor, y el calor en una vibración sorda que resonaba dentro de sus huesos.

Dejó de mirar la pantalla, confundido.

“¿Acabarse tan rápido?

No, no puede ser…”, se preguntó, alarmado por una sensación que nada tenía que ver con su entretenimiento.

De su pecho, justo donde latía su corazón, brotó un tenue fulgor azul.

Era como una luciérnaga atrapada bajo su camiseta.

Issei miró hacia abajo, atónito.

“¿Qué diablos…?”.

La luz no se apagaba; por el contrario, ganaba intensidad segundo a segundo, pasando de un azul pálido a un cobalto profundo, eléctrico.

Las imágenes del monitor parpadearon y se distorsionaron, interferidas por la energía que ahora emanaba del propio chico.

El zumbido del aire acondicionado se convirtió en un gemido agudo.

“¡Ah, esto no está en el guión!”, gritó, intentando levantarse, pero sus miembros no respondían.

La luz azul lo envolvió por completo, una telaraña de energía que no quemaba, pero sí pesaba, como sumergirse en agua densa.

El cuarto, con sus pósters de idols y sus figuras de anime, comenzó a desdibujarse, a desintegrarse en pixeles de luz azul.

El último pensamiento coherente de Issei fue un lamento por no haber guardado mejor ese archivo invaluable, antes de que una cegadora explosión silenciosa de azul lo tragara por completo.

No hubo sonido, solo un vacío súbito donde un segundo antes había existido un adolescente felizmente pervertido.

— La inconsciencia no fue placentera.

Fue un torbellino de sensaciones abstractas: colores distorsionados, fragmentos de sonidos que no eran palabras, y una constante y fría presión en todo su cuerpo.

Cuando por fin logró forzar sus párpados a abrirse, la visión que le esperaba borró cualquier resto de somnolencia.

Ya no estaba en su cuarto acogedor y desordenado.

Estaba tendido de espaldas sobre una superficie metálica fría, en el centro de una habitación circular de techos altísimos.

Las paredes, el suelo, el cielo raso, todo era de un blanco níveo interrumpido por paneles de un material oscuro y brillante que emitía sutiles destellos de luz ámbar y verde.

Pantallas planas de enormes dimensiones mostraban torrentes de datos incomprensibles, gráficos tridimensionales de estructuras moleculares o cósmicas, y símbolos que parecían una mezcla de matemática avanzada y runas arcaicas.

El aire olía a ozono, a limpieza estéril y a algo más… a una carga estática que le erizaba el vello de los brazos.

“¿D-dónde…?”.

Su voz sonó extraña, ronca y débil en la inmensidad tecnológica que lo rodeaba.

Logró incorporarse con esfuerzo, sintiendo cada músculo dolorido, como si hubiera sido apaleado.

Vio que llevaba puesta su misma ropa: los jeans y la camiseta holgada, pero estaban impecables, sin una arruga.

Algo no cuadraba.

Antes de que pudiera intentar ponerse de pie, unas puertas corredizas silbaron al abrirse.

Un grupo de personas vestidas con uniformes blancos y azules, algunos con batas de laboratorio sobre ellos, irrumpió en la sala.

Sus rostros mostraban una mezcla de expectación febril y profunda decepción.

Se acercaron a él con cautela, pero sin miedo, armados con dispositivos que Issei solo había visto en películas de ciencia ficción: varas con puntas que emitían suaves barridos de luz, tabletas que pitaban al apuntarle, y pequeños drones esféricos que orbitaban a su alrededor, escaneándolo.

“¡Contengan la emoción, por favor!

Procedan con el análisis de espectro espiritual y densidad de núcleo mágico”, ordenó una voz femenina, autoritaria y aguda, proveniente de una joven que se adelantó.

Tenía el cabello largo y plateado recogido en una cola alta, y unos ojos color lila que lo miraban no como a una persona, sino como a un fenómeno anómalo.

Issei, en su confusión, aún tuvo la capacidad mental de registrar una información crucial: bajo el estricto uniforme blanco de la joven, había una figura esbelta y unos pechos de un tamaño más que respetable.

“Divinos”, pensó de manera automática, antes de que el pánico volviera a apoderarse de él.

Los técnicos le pasaban los aparatos por encima, murmurando términos que a Issei le sonaban a chino: “Lectura de Mana residual… baja, muy baja”, “Estructura corporal: humana estándar, sin modificaciones demoníacas o divinas”, “Núcleo espiritual: inactivo, sin contrato de clase detectable”.

“¿Mana?”, logró balbucear Issei, atrapando esa palabra entre el murmullo.

En los juegos de rol que jugaba, el mana era magia, poder.

¿Estaban diciendo que él tenía magia?

¡Eso era genial!

Pero sus expresiones no decían “genial”, decían “qué desperdicio”.

La joven de cabello plateado, a quien los demás llamaban “Directora Animusphere” con un tono de temor reverencial, frunció el ceño con severidad.

“Un humano común y corriente.

Nada más que un simple Homo sapiens de un estrato temporal paralelo o una dimensión adyacente.

No hay rastro del patrón de Saint Graph de un Servant.

El círculo de invocación debió haberse contaminado con una firma de energía extra-dimensional durante la calibración.” Suspiró, pinchando el puente de su nariz con frustración.

“Un accidente.

Un error de cálculo ridículo.

Y justo ahora, cuando la preparación para la Grand Order es crítica…” Issei no entendía la mitad de las palabras, pero captó la esencia: era un error, un bicho raro, una decepción.

Se sintió como cuando, en la primaria, fue el último elegido para los equipos de deportes.

La directora giró sobre sus tacones, dirigiéndose a una consola principal.

“Procedan con la reversión.

Reviertan el proceso y devuelvan este espécimen a su punto de origen.

Ajusten las coordenadas con el mayor cuidado que puedan.

No queremos más… contaminaciones.” Los técnicos asintieron y comenzaron a teclear en sus paneles táctiles.

En el suelo, alrededor de Issei, unas marcas circulares que él no había notado comenzaron a brillar con el mismo azul eléctrico que lo había traído.

El aire vibró, cargándose de energía.

Issei sintió un golpe de esperanza.

¡Lo iban a devolver a casa!

A su cuarto, a su porno interrumpido, a su vida normal.

Cerró los ojos, preparándose para el viaje.

La luz estalló, envolviéndolo en un manto de dolorosa luminosidad.

Sintió la familiar sensación de ser estirado y comprimido al mismo tiempo.

Pero luego… la presión cesó.

La luz se desvaneció.

Y cuando abrió los ojos, titubeante, se encontró exactamente en el mismo lugar, aún sobre la plataforma metálica, rodeado por el mismo grupo de personas, cuyas caras ahora mostraban un estupor absoluto.

El silencio fue sepulcral, roto solo por el suave zumbido de las máquinas.

“L-lectura de coordenadas… confirmada”, tartamudeó un técnico, mirando su pantalla con incredulidad.

“El proceso de reversión se completó.

La energía fue expulsada.” “¿Y?

¿Dónde está el vórtice de retorno?

¿Dónde está la apertura dimensional?”, preguntó la Directora Animusphere, su voz perdiendo parte de su seguridad.

“No… no se formó, Directora.

La energía de invocación, la que trajo al sujeto… parece haberse anclado a su fisiología a un nivel básico.

No es que tenga mana significativo, es que su… su firma de existencia misma ha sido temporalmente ‘teñida’ por el proceso.

Revertir el hechizo sin ese ancla es imposible con nuestra tecnología actual.

Sería como intentar devolver el huevo a la gallina.” Olga Marie Animusphere palideció.

Miró a Issei, quien les devolvía la mirada con una expresión que era una mezcla de confusión, miedo y una tenue esperanza de que todo fuera una broma muy elaborada.

“¿Están diciendo…”, sus palabras eran lentas, cargadas de horror, “que este… este civile, este pervertido patético que no ha dejado de mirar mi pecho desde que recuperó la conciencia… está atascado aquí?

¿En Chaldea?” Nadie se atrevió a responder.

Issei, por su parte, sintió que el último vestigio de su mundo normal se desmoronaba.

Chaldea.

Ese era el nombre de este lugar.

Y al parecer, sería su hogar por tiempo indefinido.

— Las semanas siguientes fueron un torbellino de adaptación forzosa.

Tras largas y tensas deliberaciones en las que se sopesó la ética de la “cuarentena eterna” contra la “asimilación controlada”, se decidió integrar a Issei Hyoudou como un “Activo de Origen No Identificado, Clasificación: Maste Sustituto en Observación”.

En términos más simples: era un pasajero indeseado al que le habían dado una tarea para justificar su comida.

Le asignaron una habitación espartana pero cómoda, similar a un dormitorio universitario de alta gama, con una cama, un escritorio, un terminal de información básica y un pequeño baño.

El uniforme que le dieron era un mono ajustado de color negro, el de los candidatos a Maste de bajo rango.

Aprendió a moverse por los corredores estériles, a utilizar el comedor automatizado (cuya comida, sorprendentemente, era bastante buena), y a evitar las zonas restringidas, marcadas con hologramas rojos que advertían de “Alta Concentración de Mana” o “Área de Contención de Servants”.

El aburrimiento era su mayor enemigo.

Sin videojuegos, sin internet, sin revistas, sin nada que alimentara su lado otaku, Issei se sentía como un pájaro en una jaula de acero.

Hasta que, una semana después de su llegada, conoció a la única otra persona en Chaldea que parecía tan fuera de lugar como él.

Estaba sentado en una sala común casi vacía, intentando descifrar un manual aburridísimo sobre “Teoría de los Fundamentos Thaumaturgical” que le habían asignado, cuando un suave roce en su pantorrilla lo hizo saltar.

Bajó la vista y se encontró con una criatura pequeña y esponjosa, de pelaje blanco y violeta, grandes orejas puntiagudas y una cola mullida.

Parecía un cruce entre un hurón y un conejo de fantasía.

La criatura lo miraba con ojos curiosos y brillantes.

“¿Eh?

¿Un animal?

¿Aquí?”, dijo Issei, sorprendido.

El animalito, al que luego sabría se llamaba Fou, emitió un sonido parecido a “Fou, kyu!” y, con un salto ágil, se encaramó a su hombro, restregando su cabeza suave contra la mejilla del chico.

Era un gesto de una confianza absoluta y desconcertante.

Issei, acostumbrado a que los animales no le hicieran mucho caso, se quedó quieto, luego, casi por instinto, sacó un pequeño panecillo que había guardado del desayuno.

Fou lo olfateó, lo tomó con sus patitas delanteras y comenzó a comer con entusiasmo, emitiendo sonidos de satisfacción.

“¡Fou!

¡Ahí estás!”, una voz suave, femenina y cargada de alivio resonó en la entrada.

Issei levantó la vista.

Una chica joven, quizás de su misma edad o un poco menor, estaba en la puerta.

Llevaba el mismo uniforme negro que él, aunque con algunas modificaciones, y unas gafas de montura fina.

Su cabello era de un suave color lila, corto y ordenado, y sus ojos, tras los cristales, eran de un ámbar cálido.

Tenía una figura delgada, menuda, y unos pechos que, si bien no eran del tamaño “divino” que Issei idolatraba, tenían una proporción encantadora y prometedora bajo el ajustado uniforme.

Su expresión era seria, casi inexpresiva, pero no fría; era la seriedad de quien está concentrado en una tarea importante.

“Oh, perdón.

Fou suele escapar de mi vista”, dijo la chica, acercándose.

Su tono era educado, pero plano, como si leyera un comunicado.

Fou saltó del hombro de Issei al de ella, terminando su panecillo.

“No hay problema.

Es… esponjoso”, respondió Issei, recuperando algo de su carácter habitual.

Una chica.

Una chica de su edad.

En este desierto de batas blancas y tecnócratas.

Su corazón, el corazón de la Bestia Pervertida de Kuoh, dio un brinco.

“Me llamo Issei.

Issei Hyoudou.

Soy… nuevo.” La chica lo miró, analizándolo de arriba abajo con una curiosidad clínica.

“Sí, lo sé.

Eres el activo de origen no identificado, clasificado como Maste sustituto en observación.

Yo soy Mash Kyrielight.

Soy una… designada de Chaldea.” Hizo una pequeña pausa, como si buscara las palabras correctas.

“Fou es mi compañero.

Gracias por cuidar de él.

Normalmente no se acerca a los demás.” “¿Mash, eh?

Un nombre bonito”, dijo Issei, y no pudo evitar que su mirada, por una fracción de segundo, bajara del rostro serio de la chica a su pecho.

Fue un acto reflejo, tan natural para él como respirar.

Mash no pareció ofenderse; simplemente inclinó la cabeza ligeramente, como un pájaro observando un fenómeno nuevo.

No hubo rubor, ni indignación, solo observación.

“¿‘Sempai’?”, preguntó Issei, confundido por el término que ella usó al referirse a él al despedirse.

“¿Por qué me llamas así?” “Porque ingresaste a Chaldea antes que yo en la categoría de candidato activo”, explicó ella con lógica impecable.

“Y porque el Dr.

Roman y la Directora han indicado que debo practicar interacciones sociales con personas de mi grupo de edad.

Llamarte por tu apellido sería muy formal, y por tu nombre de pila podría ser inapropiado sin mayor confianza.

‘Sempai’ parece el término adecuado.” Issei parpadeó.

Era la explicación más robótica y adorable que había escuchado.

Así comenzó una amistad improbable.

Mash se convirtió en su ancla en Chaldea.

Ella era su guía en el laberinto de términos mágicos, la que traducía los densos informes a un lenguaje que él pudiera entender (“O sea, Sempai, el hechizo no ‘tira un rayo’, altera la carga mágica en el aire para inducir una descarga dirigida”).

A cambio, Issey le hablaba de su mundo, de la preparatoria Kuoh, de los clubes, de la vida normal.

Mash lo escuchaba con una atención voraz, absorbiendo cada detalle sobre “citas al salón de té” o “festivales culturales” como si fueran leyendas de una tierra mítica.

Y, poco a poco, Issei se acostumbró a mirarla.

Al principio, eran miradas furtivas, llenas de un aprecio puramente estético y hormonal por su figura.

Mash, por su parte, simplemente las registraba.

“Sempai, tu frecuencia cardíaca y el flujo sanguíneo a tus faciales aumentan cuando miras mi región pectoral.

¿Es un síntoma de alguna condición médica?”.

Issei, al borde de un derrame cerebral por la vergüenza y la excitación, balbuceaba una negativa.

Con el tiempo, ella aprendió a ignorar esas miradas, catalogándolas como una “idiosincrasia conductual del Sempai”.

Esto, irónicamente, le dio a Issei una libertad sin precedentes.

Podía admirar la forma en que el uniforme se ceñía a su cuerpo, la gracia de sus movimientos, sin recibir un grito o una bofetada.

Era un paraíso pervertido, pero también, extrañamente, un espacio de genuina compañía.

— El entrenamiento mágico fue una pesadilla de otra clase.

Le asignaron a una instructora severa, una mujer de pelo rojo y actitud marcial que parecía despreciar su existencia.

Los primeros días fueron de teoría pura, que a Issei se le escapaba como agua entre los dedos.

Conceptos como “Circuitos Mágicos”, “Pulsos de Od”, “Rangos de Hechicería” y “El Albedo de la Base del Alma” lo sumían en un abismo de confusión.

“¡No entiendo nada!”, se quejó una tarde, desplomándose sobre la mesa de la biblioteca frente a Mash.

“¿Circuitos mágicos?

¡Yo solo tengo circuitos de corriente alterna en mi casa!

¿Y por qué mi ‘calidad’ es solo ‘decente’?

¡Suena a nota de aprobado raspado!” Mash, sentada frente a él con varios libros apilados, lo miró.

“Según los textos, Sempai, los circuitos mágicos son pseudo-órganos que convierten la vida en magia.

Los tuyos fueron mapeados: 18 en total, con una calidad de transmisión B-.

Es… aceptable.

No eres un prodigio, pero puedes aprender.” “¿Aprender qué?

¿A lanzar bolas de fuego?

¿A volar?”, preguntó Issei, con un destello de esperanza.

“No.

Tu capacidad de almacenamiento y tu afinidad elemental son demasiado limitadas para ese tipo de thaumaturgia de alto rendimiento”, dijo Mash con su franqueza habitual.

“Se ha determinado que lo óptimo es que domines tres disciplinas básicas pero versátiles: Gandr, Reforzamiento y Análisis Estructural.” Gandr resultó ser un hechizo de maldición menor originario de Escandinavia.

En lugar de lanzar un rayo, concentraba una pequeña cantidad de mana en la yema del dedo y lo disparaba como un proyectil de energía negra que inducía mareos, debilidad y, con suficiente fuerza, parálisis localizada.

A Issei le costó semanas lograr siquiera que su dedo emitiera un hilillo de humo oscuro.

La instructora le gritaba, Mash le daba indicaciones técnicas precisas (“Ajusta el flujo en 0.3 pulsos, Sempai”), y él, sudando y maldiciendo, persistía.

El día que logró paralizar por completo un ratón de entrenamiento (un pequeño autómata esférico), saltó de alegría y, en un arrebato de emoción, abrazó a Mash.

Ella se quedó rígida como una tabla, sus orejas teñidas de un rojo apenas perceptible.

“El éxito es satisfactorio, Sempai”, fue todo lo que dijo, pero Issei notó que no se apartó inmediatamente.

El Reforzamiento era más intuitivo.

Se trataba de canalizar mana a través de sus propios circuitos y hacia su cuerpo o un objeto que tocara, fortaleciendo temporalmente su materia.

A Issei le servía para no quedar exhausto subiendo las interminables escaleras de Chaldea, o para no romper la taza del café cuando se ponía nervioso cerca de Mash (lo cual ocurría a menudo, ahora no solo por perversión, sino por una creciente y confusa afinidad).

Descubrió que, si se concentraba mucho, podía dar un puñetazo que abollaba ligeramente una plancha de acero de entrenamiento.

No era un superpoder, pero se sentía bien.

El Análisis Estructural era el más aburrido y, según Mash, el más útil a largo plazo.

Consistía en emitir pulsos de mana sutiles para escanear la composición y estructura de un objeto o ser vivo, obteniendo información básica sobre su integridad, puntos débiles o composición mágica.

Issei lo practicaba escaneando todo a su paso: las mesas (“Madera comprimida, 80% de integridad”), los cubiertos (“Aleación de acero inoxidable, sin imperfecciones”), a Fou (“Entidad biológica de origen desconocido, altos niveles de energía benigna, extremadamente esponjoso”).

Cuando lo intentó con Mash, en un momento de descuido, el flujo de información que le llegó fue confuso: “Ser humano femenino.

Integridad biológica: 100%.

Señales mágicas pasivas: presentes.

Anomalía estructural en…”.

El hechizo se cortó, como si chocara contra un muro.

Mash lo miró, y por primera vez, Issei vio un atisbo de algo parecido a la incomodidad en sus ojos.

“Por favor, no utilices ese hechizo en mí sin permiso, Sempai.

Mi… composición es compleja.” Issei se disculpó de inmediato, sintiendo que había traspasado una línea invisible.

Así pasaron tres meses.

Tres meses de rutina: entrenamiento por la mañana, estudio por la tarde, cenas con Mash (y a veces con el desenfadado y amigable Dr.

Romani Archaman, el médico jefe), y largas conversaciones en la sala común antes de dormir.

Issei había aprendido a navegar Chaldea, a conocer sus ritmos.

Había agregado a varias mujeres a su “lista mental”: la estricta pero de pechos divinos Directora Olga Marie (a quien clasificaba como “Tsundere de Alto Rango Peligroso”), la instructora de pechos formidable (“Sadó Miss de Potencial Desaprovechado”), y por supuesto, a Mash (“Kouhai Seria con Increíble Potencial de Desarrollo”).

Pero con Mash, la lista se estaba desdibujando.

Ya no era solo una entrada en su catálogo interno; era su amiga, la persona que lo entendía en ese mundo extraño, la que le explicaba las cosas sin burlarse de su ignorancia.

Sin embargo, la nostalgia por su hogar era una sombra constante.

Preguntaba cada semana por los “avances en investigación dimensional reversa”.

La respuesta era siempre la misma: “Prioridad baja.

Los recursos se destinan a la Grand Order.” La Grand Order.

Esas dos palabras flotaban en el ambiente, cada vez más pesadas, más ominosas.

Sabía que era un proyecto de máxima importancia, algo sobre la que la humanidad dependía, pero los detalles eran confusos y aterradores: singularidades temporales, incineración de la humanidad, una misión para restaurar la historia.

Una tarde, mientras Issei intentaba perfeccionar su Gandr para que no solo paralizara sino que también hiciera un pequeño ruido de explosión (porque era más genial así), el sistema de altavoces de Chaldea se activó con el característico tono de anuncio importante.

“Atención a todos los candidatos a Maste, activos sustitutos y personal de soporte.

La Directora Olga Marie Animusphere realizará un briefing general mañana a las 0800 horas en el Auditorio Central.

La asistencia es obligatoria.

Se discutirán los protocolos finales de activación para la Grand Order.

Repito: asistencia obligatoria.” Issei dejó caer el brazo, el hechizo que estaba preparándose se disipó en el aire.

Mash, que estaba leyendo junto a él, levantó la vista de su libro.

Sus ojos ámbar se encontraron con los de Issei.

“Parece que es mañana, Sempai”, dijo Mash, su voz tan serena como siempre, pero Issey creyó detectar un leve temblor en ella.

“La Grand Order…”, murmuró Issei.

Una parte de él sentía curiosidad, incluso un cosquilleo de aventura.

Otra parte, más grande, solo quería que todo fuera una pesadilla de la que pudiera despertar en su cama, en Kuoh.

“¿Qué va a pasar, Mash?” “No lo sé con certeza”, admitió ella, algo inusual en ella.

“Pero el Dr.

Roman dice que es la misión para la cual Chaldea fue construida.

Para la cual… yo fuego criada.” Esa última frase la dijo en un susurro casi inaudible.

Issei no supo qué decir.

Solo asintió.

Esa noche, después de cenar y de desearle buenas noches a Mash (quien, en un gesto igualmente inusual, le había dicho “Por favor, descansa bien, Sempai.

Mañana será un día largo”), Issei se encontraba en su habitación.

Se había puesto su pijama, una prenda gris y simple que Chaldea proporcionaba.

Miró por la ventana de su cuarto, que no mostraba un paisaje, sino la simulación de un cielo estrellado sobre un paisaje nevado artificial.

No era real.

Nada aquí lo era.

Se dejó caer en la cama, sintiendo el peso de los últimos meses en sus huesos.

Había aprendido magia.

Había hecho una amiga.

Había visto pechos divinos en un entorno de alta tecnología.

Pero también había perdido su hogar, su vida, su normalidad.

Mañana, Olga Marie daría uno de sus discursos interminables, llenos de tecnicismos y regaños.

Él probablemente se dormiría, ella lo regañaría llamándolo “menso”, “incivilizado” o “cerebro de gusano”, y la rutina continuaría.

O quizás no.

Quizás la Grand Order cambiara todo.

Con esa ambivalente mezcla de resignación, un poco de miedo y un ápice de esperanza, Issei Hyoudou cerró los ojos, dejando que el suave zumbido de la base lo arrullara.

El prólogo de su vida como Maste sustituto de Chaldea había terminado.

Mañana, sin saberlo, la verdadera historia, la Grand Order, y con ella su sueño imposible de un harén legendario entre las heroínas de la historia, daría su primer paso hacia él.

Y todo, porque una vez, en un cuarto desordenado, un chico pervertido miró algo que amaba con una intensidad que, por accidente, resonó con un llamado a héroes.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Como dije, nuevo maratón a partir de hoy hasta el viernes, me gusta mucho FGO y por eso estoy haciendo ahora una versión con Issei, después a lo mejor paso a nikke pero aún no tengo nada seguro, si les gusta, voten por la historia y apoyenme en mi Patreon para seguir creciendo y escribiendo más de estás historias.

Mi Patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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