Fate/Issei Order - Capítulo 10
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10: Capitulo 9: Invocacion 10: Capitulo 9: Invocacion Los días posteriores a la corrección de la Singularidad de Fuyuki adquirieron una extraña rutina en Chaldea.
Una rutina de emergencia, de reconstrucción, de dolores sordos y de pequeños triunfos.
Para Issei Hyoudou, acostumbrado ya a la monotonía del entrenamiento y el estudio, esta nueva fase fue un shock distinto: un shock de realidad física, de sudor y polvo, del peso tangible de la catástrofe.
Se asignó a sí mismo, y fue asignado por un Romani que necesitaba cada par de manos disponibles, a las brigadas de limpieza y recuperación.
Vestido con overoles de trabajo azules y botas resistentes, pasó horas en los sectores más dañados de la base.
Ayudó a despejar pasillos bloqueados por vigas retorcidas y paneles de pared derrumbados, a arrastrar equipos carbonizados e inservibles hacia puntos de recolección, y a ayudar a los técnicos menos heridos a reinstalar cables provisionales y sistemas de ventilación de emergencia.
Fue durante estas labores que se hizo patente un hecho que nadie había tenido tiempo de analizar a fondo: el impacto de sus acciones durante el pánico inicial del sabotaje.
Mientras corría desesperadamente hacia la Sala de Comando, guiado únicamente por el instinto de encontrar a Mash, Issei no había pasado de largo ante el sufrimiento.
Había arrastrado a una técnica con la pierna atrapada a un cubículo seguro.
Había guiado a un guardia aturdido fuera de una zona de derrumbe inminente.
Había ayudado a varios empleados a llegar a refugios designados.
Esas acciones, realizadas en medio del caos y el terror, tuvieron consecuencias.
Consecuencias de vida.
En una de sus visitas a la enfermería ampliada (varios laboratorios habían sido habilitados como salas de recuperación), donde ayudaba a Romani a organizar archivos de pacientes o simplemente a repartir agua y comida bland a aquellos que no podían moverse, comenzó a recibir agradecimientos.
“¿Eres tú, verdad?
El chico que me arrastró fuera del pasillo B-7”, dijo una joven técnica con el brazo enyesado y vendajes en la cabeza, sus ojos nublados por los analgésicos pero llenos de genuino reconocimiento.
“No recuerdo mucho, pero recuerdo tu cara… y que me dijiste que no me durmiera.” “Hyoudou-san, ¿verdad?”, murmuró un hombre de mediana edad, con quemaduras menores en las manos.
“Usted me indicó la salida de emergencia cuando el humo era tan espeso que no veía nada.
Creo que le debo la vida.” Uno por uno, rostros se iluminaban con un atisbo de gratitud al verlo.
Eran hombres y mujeres, jóvenes y mayores.
Entre ellos, había chicas jóvenes, algunas incluso bastante bonitas a pesar de las vendas y la palidez.
Una auxiliar de laboratorio con ojos grandes y cabello castaño, cuyo pie había estado atrapado bajo un archivador, le sonrió débilmente y le dijo: “Cuando todo esto termine, tendré que invitarte a comer algo, como agradecimiento.” El Issei de antes, el de Kuoh, habría visto en esa frase una oportunidad de oro, un posible camino hacia una cita, hacia el contacto con una chica real.
Habría fantaseado al instante.
Pero el Issei que estaba allí, de pie en la enfermería con el olor a antiséptico y dolor en el aire, solo vio a una persona herida, exhausta, que ofrecía cortesía desde la cama de un hospital de campaña.
Sintió una punzada de… responsabilidad.
De pena.
“No es necesario, en serio”, respondió, con una sonrisa torpe pero sincera.
“Solo hice lo que cualquiera habría hecho.
Lo importante es que te recuperes.” La chica pareció sorprendida por su respuesta, luego asintió, su sonrisa haciéndose más cálida.
“Eres un buen chico, Hyoudou-san.” Con los hombres se comportaba de manera similar, aunque con menos filtro.
Ayudaba a un técnico gruñón a sentarse, le pasaba su bandeja de comida.
“Aquí tiene, señor.
Aunque con esa cara de pocos amigos, seguro que espanta a las enfermeras.” El técnico, al principio molesto, terminaba por esbozar una sonrisa cansada.
“Bueno, alguien tiene que decir las verdades, chico.” Romani, observando estas interacciones mientras cambiaba un vendaje, comentó en voz baja a Issei en un momento de calma: “¿Ves?
Ese instinto de ayudar, de proteger… no es algo que se aprenda en los libros de hechicería.
Es parte de quién eres.
Y ha marcado la diferencia.” Las cifras, cuando Romani se atrevió a compartirlas en una reunión breve con Issei, Mash y Tamamo, eran a la vez devastadoras y milagrosas.
Del personal total de Chaldea antes del sabotaje, aproximadamente un 40% había perecido en las explosiones iniciales o en los ataques posteriores de las “anomalías” que habían invadido la base.
Era una pérdida monstruosa, un vacío que pesaba en cada pasillo silencioso.
Sin embargo, otro 40% había sobrevivido con heridas de diversa gravedad.
De ese porcentaje, alrededor de un 10% estaba en estado crítico pero estable, sin riesgo inminente para sus vidas gracias a la rápida intervención médica y a la criogenización de emergencia para los casos más graves.
El resto, el 30%, sufría fracturas, quemaduras, conmociones o daños por inhalación de humo, pero se esperaba una recuperación completa.
El 20% restante del personal había salido prácticamente ileso o con heridas leves, y era el núcleo que mantenía a Chaldea funcionando.
Y de ese 20%, una parte no insignificante debía su situación a que Issei los había ayudado a ponerse a salvo durante los primeros y más caóticos minutos.
“Tu torpe carrera salvadora tuvo más impacto del que crees, goshujin-sama”, murmuró Tamamo, acariciándole el brazo con un orgullo evidente.
Mash asintió.
“La eficiencia en la preservación de recursos humanos es fundamental para la continuación de las operaciones.
Tu contribución fue vital, Sempai.” Issei se sintió extraño.
Recibir agradecimientos por salvar vidas era algo completamente ajeno a su autoimagen de “pervertido inútil”.
No sabía muy bien cómo procesarlo, excepto con un rubor y un “fue nada” evasivo.
Pero en su interior, una pequeña brasa de algo que podría ser dignidad comenzó a arder con timidez.
— Mientras Issei sudaba en los pasillos y Romani y un equipo reducidísimo de técnicos luchaban por mantener los sistemas críticos, Da Vinci y sus asistentes (los pocos especialistas en magecraft de materiales y biología homuncular que sobrevivieron) se habían encerrado en un laboratorio de alta seguridad, ahora apodado “El Taller”.
Allí, entre destiladores mágicos, cubas de cultivo de tejidos bioluminescentes y planos holográficos que se movían con un gesto de su mano, la encarnación del Genio Universal trabajaba en su obra más delicada desde su llegada a Chaldea: el nuevo cuerpo de Olga Marie Animusphere.
El proceso, según lo explicaba Da Vinci a un Issei curios que pasaba por allí para entregar algunos componentes raros solicitados, era una mezcla de ciencia de vanguardia, alquimia pura y puro arte.
“No es solo clonar un cuerpo, caro mio.
Es crear un receptáculo óptimo.
Un cuerpo homuncular de altísima afinidad mágica, con circuitos mejorados, resistencia física aumentada y, por supuesto, una fidelidad anatómica exacta a la original… con algunos ajustes estéticos que estoy segura de que apreciará.” Guiñó un ojo.
“Nada exagerado, solo… la versión perfecta de sí misma.
Es lo mínimo que merece después de lo que pasó.” Paralelamente, en la Sala de Control, Romani y su equipo se enfrentaban a un rompecabezas de escala temporal.
El sistema Sheba, dañado pero operativo, había confirmado la existencia de siete anomalías más, siete Singularidades distorsionando el tejido de la historia humana.
Pero precisar sus coordenadas –el dónde y el cuándo exactos– era como intentar sintonizar una radio con la antena rota, en medio de una tormenta de interferencia dimensional.
Los datos llegaban fragmentados, crípticos.
Un destello de energía aquí sugería la Francia del siglo XV, pero una firma de mana contradictoria apuntaba a la Roma antigua.
Era un trabajo de paciencia, de cruzar datos, de eliminar posibilidades.
“Estamos cerca”, les aseguraba Romani a Issei y a las Servants, aunque la tensión en su rostro decía que “cerca” podía significar horas o días.
— Dentro del páramo blanco de la Boosted Gear, Olga Marie no era una espectadora pasiva.
Su conciencia, cada vez más estable y lúcida, había desarrollado una curiosa capacidad: podía, con gran esfuerzo, proyectar su voz a través del vínculo que su alma tenía con el artefacto, haciendo que sus palabras resonaran, como un susurro fantasmal pero claro, en la mente de Issei o incluso, si concentraba su frustración lo suficiente, parecieran salir del mismo guantelete cuando este se manifestaba.
Y la frustración de Olga era un recurso abundante.
Un día, mientras Issei intentaba (y fracasaba estrepitosamente) en reparar una consola de riego hidropónico en el invernadero de supervivencia, una voz iracunda y etérea brotó de su mano derecha, que descansaba sobre el panel de control: “¡NO, IDIOTA!
¡EL FLUJO DE MANA DEBE SER MODULADO, NO FORZADO!
¡ESTÁS A PUNTO DE SOBRECARGAR EL NÚCLEO DE CONVERSIÓN Y VOLAR LAS LECHUGAS!” Issei pegó un salto, asustado.
“¿D-Directora?
¿Está… ahí?” “¡OBVIAMENTE ESTOY AQUÍ!
¡Y VIENDO CÓMO MALGASTAS ENERGÍA COMO SI FUERA AGUA!
¡APAGA EL CANAL 3 Y ENFOCA LA ESTABILIZACIÓN POR EL CIRCUITO SECUNDARIO!” Temblando, Issei obedeció.
La consola, que emitía un pitido de angustia, se calmó milagrosamente.
“…Gracias.” Un resoplido fantasmagórico fue la única respuesta.
En los días siguientes, las intervenciones de Olga se volvieron más frecuentes.
Criticaba su técnica de Reforzamiento (“¡Demasiado bruto, estás agrietando tus propios capilares mágicos!”), sus intentos de análisis estructural (“¡Concentración, Hyoudou!
¡No pienses en la forma del escote de la asistente mientras escaneas su lesión!”), e incluso sus hábitos alimenticios en la cafetería (“¡Esa ‘comida rápida nutritiva’ tiene un exceso de lípidos que afectará tu rendimiento!”).
Issei aprendió a vivir con la voz incorpórea de su jefa fantasma.
A veces era exasperante, pero innegablemente útil.
Y en el fondo, le daba una extraña tranquilidad saber que ella estaba allí, de alguna manera, aún luchando, aún dirigiendo, aún siendo ella misma.
Fue en una de estas “sesiones” donde Olga, tras regañarlo por no memorizar un simple diagrama de flujo de emergencia, sacó el tema más espinoso.
“Y hablando de memoria, Hyoudou.
El ritual de invocación.
El verdadero.
No esa… esa payasada gutural que usaste en Fuyuki.” Issei se puso nervioso.
“Ah, ese… lo he estado revisando.” “Revisando no es suficiente.
Debes dominarlo.
Las reglas de la Torre del Reloj, las limitaciones de un Amo por Servant… todo eso fue hecho añicos junto con el mundo.
Eres el único Maestro operativo.
Tu deber, por imposible que suene, es reunir tantos aliados, tantos Servants, como tu anomalía de cuerpo y alma pueda soportar.
Y para eso, necesitas un ritual confiable, no un grito de guerra hormonal.” Así comenzó lo que Issei llamó en su mente “El Martirio del Cántico”.
Olga, actuando como un profesor fantasmal particularmente severo, lo hizo repetir las frases en latín una y otra vez.
“Fill, fill, fill, fill, fill.
Repeat five times, but when each is filled, destroy it.” “Let thy body rest under my dominion, let my fate rest in thy blade.” Las palabras eran rimbombantes, complejas, y se le escapaban como anguilas.
“¡Es aburrido!
¡Y no tiene sentido!
¿Por qué ‘destruirlo’ si lo acabas de ‘llenar’?
¡Es contradictorio!”, se quejaba Issei después de la décima repetición fallida.
“¡PORQUE ES SIMBÓLICO, IMBECIL!
¡REPRESENTA EL CICLO DE MANA Y LA RENOVACIÓN DEL CONTRATO!
¡AHORA OTRA VEZ, Y ESTA VEZ IMAGINA QUE ESTÁS LLENANDO UN VASO, NO… NO LO QUE SEA QUE ESTÁS IMAGINANDO!” Tras días de esto, Olga, sintiendo la presión del tiempo (Romani había anunciado que estaban “a horas” de fijar la próxima Singularidad), decidió que era lo mejor posible.
“Está bien.
Es desesperante, pero es lo que hay.
Mañana, en la Sala de Invocación que Da Vinci ha terminado de reparar.
Harás el ritual.
Usa lo que hayas memorizado.
Y por todos los misterios de la magecraft, trata de no meter la pata.” — La Sala de Invocación de Chaldea, ahora reparada, era un círculo de plata y luz azul en el centro de una cámara oscura y estrellada, un microcosmos del universo.
Issei estaba de pie en el centro, vestido con su uniforme negro de Maestro.
A su alrededor, el “público”: Mash, seria y expectante; Tamamo, con una expresión de divertida resignación; Fou, posado en el hombro de Mash, mirando con curiosidad; Da Vinci, con sus brazos cruzados y una sonrisa de anticipación científica; y el holograma de Romani, mordiéndose el labio con nerviosismo.
Y, en la mente de Issei, el eco insistente de Olga: “Recuerda: Fill, fill, fill, fill, fill.
Con calma.
Con precisión.
No pienses en… en atributos.” Issei respiró hondo.
Los Command Spells en su mano brillaron suavemente.
Comenzó.
“Fill… fill… fill… fill… fill.” Lo dijo bien, con una entonación decente.
Hasta aquí, todo correcto.
Olga, en su encierro, sintió un destello de esperanza.
“Repeat five times…” Continuó, su voz firme.
“…but when each is filled… destroy it.” Un poco titubeante, pero pasable.
“Heed my words.
My will creates thy body, and thy sword creates my destiny.” ¡Perfecto!
Incluso Mash asintió levemente.
“If thou submitteth to the call of the Holy Grail, and if thou wilt obey this mind, this reason, then answer my summons!” La energía en la sala comenzó a elevarse.
El círculo a sus pies se iluminó con un azul brillante.
Funcionaba.
Y entonces, llegó la siguiente línea.
La que siempre se le atoraba.
“I hereby swear… I hereby swear…” Parpadeó.
¿Qué venía después?
¿”That I shall be all the good in the world”?
No, eso era otra cosa.
¿”That I shall defeat all evil”?
Tampoco.
Su mente, bajo presión, se quedó en blanco.
Vio los ojos expectantes de Da Vinci, la mirada tranquila de Tamamo, la concentración de Mash.
El silencio se alargó, incómodo.
El brillo del círculo parpadeó, inestable.
Olga, en el páramo blanco, gritó mentalmente: “¡THAT I SHALL BE ALL THE GOOD IN THE WORLD!
¡DI-LO!” Pero el pánico y los hábitos arraigados son más fuertes.
La imagen de su deseo más profundo, el mismo que había funcionado antes, irrumpió en su mente: aliados poderosos, sí, pero también… belleza.
Forma.
La promesa de gloria pectoral.
Antes de que pudiera detenerse, su boca, actuando por cuenta propia, completó la frase con el final que su corazón de pervertido conocía mejor: “¡…Y SI TIENE GRANDES PECHOS, MEJOR!” El grito resonó en la cámara estrellada.
El silencio que siguió fue de una cualidad especial.
No fue el silencio de antes, expectante.
Fue el silencio del universo conteniendo la respiración ante una nueva estupidez cósmica.
Da Vinci se llevó ambas manos a la boca, pero no pudo contenerlo.
Una carcajada explosiva, clara y llena de pura alegría, estalló de sus labios.
“¡JAJAJAJA!
¡OTRA VEZ!
¡LO HIZO OTRA VEZ!
¡EL PARÁMETRO SECRETO DEL GACHA!
¡EL DIOS DE LA SUERTE ES UN PERVERTIDO!” Tamamo cerró los ojos y dejó escapar un suspiro profundo, entre exasperado y enamorado.
Sus colas se agitaron con un movimiento de resignación.
“Goshujin-sama… tu consistencia es a la vez aterradora y admirable.” Mash inclinó la cabeza, procesando.
“El Sempai ha alterado el cántico de invocación de nuevo para incluir un criterio de selección morfológico específico.
Los datos indican que la primera vez resultó en la invocación de Tamamo-no-Mae, cuyas medidas pectorales son notables.
Es una hipótesis válida, aunque no ortodoxa.” Fou, en el hombro de Mash, emitió un sonido que sonó claramente como un “Fou, kyuu…” de decepción, y sacudió su cabecita peluda, como si lamentara la falta de seriedad del mundo.
Romani, en su holograma, se quedó con la boca abierta, la tableta que sostenía cayéndole de las manos con un golpe sordo.
“No… no puede ser… la probabilidad… las leyes de atracción espiritual…” Y dentro de la Boosted Gear, Olga Marie Animusphere, Directora de Chaldea, heredera de la familia Animusphere, no dijo nada.
No hubo gritos, no hubo regaños.
Solo un profundo, infinito, silencioso suspirar.
Luego, comenzó a murmurar para sí, en el vacío blanco, una letanía de desesperación existencial: “No tiene sentido… estudiar durante años los fundamentos de la Reinería, los principios de la atracción espiritual, los equilibrios del sistema de clases… y luego viene este… este fenómeno natural de la perversión y lo rompe todo con un grito sobre glándulas mamarias… ¿Qué hice mal?
¿Ofendí a algún dios arcaico de la lujuria?
¿Es esto un castigo por mi arrogancia?
La vida no tiene sentido… la magia no tiene sentido…” Mientras tanto, en la sala, el círculo de invocación, lejos de apagarse, había estallado en una luz dorada.
No era el azul de Chaldea, ni el rojo del deseo de Issei, sino un dorado cegador, imperial, que olía a mármol pulido, a rosas y a un sol sin ocaso.
De la luz emergió una figura.
Una mujer.
Alta, esbelta, con una postura regia que llenaba la sala con su presencia.
Llevaba una armadura decorativa de tonos rojos y dorados, más para la ostentación que para la protección completa, que dejaba ver largas piernas y un generoso escote.
Su cabello era de un dorado radiante, recogido en elaborados bucles laterales.
Sus ojos, de un rojo rubí, brillaban con una confianza absoluta y un toque de teatralidad.
Y, tal como el deseo de Issei había pedido (y como su armadura destacaba con indiscreción), sus pechos eran grandes, opulentos, dignos de una emperatriz.
Ella posó su mano en su pecho, donde el escote era más pronunciado, y lanzó una risa orgullosa y musical.
“Umu!
¡Qué magnífica invocación!
¡El llamado resonó con el deseo de un verdadero conocedor de la belleza!
¡Saludos, querido Maestro!
¡Yo soy Nero Claudius!
¡La Emperatriz de la Rosa, la Amada del Sol, y tu nueva y más gloriosa Saber!” Issei la miró, boquiabierto.
El dorado, la belleza, la actitud segura de sí misma, los… atributos.
Su cerebro procesó: Emperatriz.
Roma.
Poderosa.
HERMOSA.
PECHOS IMPERIALES.
Una sonrisa de beatitud absoluta se extendió por su rostro.
Había funcionado.
Otra vez.
Nero bajó del círculo y se acercó a él con pasos decididos.
“Y tú debes ser mi Praefectus, mi Maestro.
El que me ha llamado con un criterio tan… apreciativo.
Me agradas.” Le tomó la mano con ambas de las suyas, un gesto sorprendentemente cálido para una emperatriz.
“Ahora, ¿no sería propio que me mostraras este… Chaldea?
Necesito ver el escenario donde desarrollaremos nuestro próximo y glorioso acto.” “Eh… sí, claro, Emperatriz…”, tartamudeó Issei, aún aturdido.
“¡Nero está bien!
¡O ‘Emperatriz’, si insistes!”, rió ella, soltando su mano y girando sobre sus tacones, su capa roja ondeando.
“¡Vamos!
¡Muéstrame los dominios que ahora compartimos!” Issei, como un autómata encantado, comenzó a guiarla hacia la salida.
Tamamo, recuperada de su resignación, los siguió con una sonrisa enigmática, sus ojos dorados estudiando a la nueva llegada con una mezcla de curiosidad y un leve destello de… ¿posesividad competitiva?
Mash, tras una pausa, decidió que su presencia no era inmediatamente necesaria y se retiró a sus aposentos para revisar su equipamiento.
Fou saltó de su hombro y se fue corriendo por otro pasillo, como si buscara aire fresco lejos de la energía abrumadora de la nueva Servant.
Da Vinci, secándose una lágrima de risa, se frotó las manos.
“¡Maravilloso!
¡Nero Claudius!
Una Saber de poder y carisma excepcionales.
Y una confirmación empírica de la ‘Hipótesis de Selección por Atributo’… Tendré que escribir un artículo.
Una vez que salvemos la humanidad, claro.” Se volvió hacia el holograma de Romani, que seguía mirando al vacío.
“¿Romani?
¿Respiras?” Romani parpadeó.
“Lo… lo ha vuelto a hacer.
Con una precisión… aterradora.” Sacudió la cabeza.
“Da Vinci, ¿estamos seguros de que no estamos en una simulación absurda creada por un dios bromista?” “¡Si lo estamos, al menos es una simulación divertida!” Mientras Issei guiaba a Nero por los corredores de Chaldea, mostrándole las áreas comunes, la cafetería, los miradores a la simulación alpina (que Nero encontró “encantadora, pero carente del esplendor de los jardines de Roma”), la voz de Olga en su mente permaneció en un silencio elocuente.
Solo cuando Issei, por pura costumbre nerviosa, murmuró “Lo siento, Directora, se me olvidó la línea…”, recibió una respuesta.
Fue solo otro suspiro, largo y cargado con el peso de mil tratados mágicos despreciados.
Luego, un murmullo final: “Al menos… es poderosa.
Y parece leal.
Sigue con el recorrido, Hyoudou.
Y… no la mires demasiado fijamente.
Es una emperatriz.” Issei asintió, aunque no estaba seguro de que ella pudiera verlo.
Continuó el tour, con Nero haciendo comentarios grandilocuentes sobre todo y Tamamo siguiéndolos como una sombra sonriente y esponjosa.
La próxima Singularidad estaba a las puertas.
Chaldea, contra todo pronóstico, había ganado otro aliado legendario.
Un aliado invocado no por un cántico preciso, sino por un deseo sincero, torpe y profundamente arraigado en el corazón de su Maestro.
Issei Hyoudou ahora contaba con tres Servants: una escudera leal y pura, una diosa zorro enamorada y posesiva, y una emperatriz romana exuberante y teatral.
El sueño del harén, en el contexto más absurdo y épico imaginable, continuaba expandiéndose.
Y la lucha por el futuro de la humanidad, ahora con un toque de dorado imperial, estaba a punto de entrar en su siguiente, y sin duda más peligroso, acto.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com