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Fate/Issei Order - Capítulo 12

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12: Capitulo 11: Dragones 12: Capitulo 11: Dragones La sensación del rayshift a Orleans fue distinta a la de Fuyuki.

Menos un desgarro violento y más una presión profunda y sostenida, como hundirse en las aguas densas de un océano temporal.

Cuando la luz azul se disipó y las realidades se recombinaron, Issei Hyoudou abrió los ojos a un mundo que, a primera vista, parecía engañosamente pacífico.

Estaban en un claro rodeado por un bosque de robles y hayas antiguos, cuyas copas frondosas filtraban la luz del sol en haces diagonales polvorientos.

El aire olía a tierra húmeda, a musgo y a flores silvestres.

Era primavera, y la naturaleza florecía con un vigor casi excesivo.

Pero algo estaba mal.

Muy mal.

Issei inhaló profundamente, esperando el aire fresco del campo, y tosió de inmediato.

No era que el aire estuviera viciado o contaminado; era… pesado.

Más denso de lo normal.

Cada inhalación requería un esfuerzo consciente, como si el aire mismo tuviera una sustancia adicional, una carga invisible que se depositaba en los pulmones.

«No es el aire, socio.

Es el mana.

Esta Singularidad está saturada de energía mágica de una forma antinatural.

Es como respirar en una sopa espesa de poder crudo.

Tu cuerpo, que apenas está empezando a acostumbrarse a los circuitos activos, lo nota.» La voz de Ddraig resonó en su mente, un gruñido grave de advertencia.

«No te preocupes.

Tus órganos internos y tu sangre ya han sido tocados por el Gear.

Te adaptarás en unos minutos.

Solo no hagas esfuerzos bruscos al principio.» Issei asintió, conteniendo la tos.

A su lado, Mash ya estaba en posición de alerta, su escudo plantado en la tierra blanda, sus ojos escaneando el perímetro.

Tamamo tenía sus orejas de zorro erguidas y tensas, sus colas moviéndose lentamente como antenas sensibles.

Nero, en cambio, respiraba hondo con una sonrisa desafiante.

«Umu!

¡Qué aire tan vigorizante!

¡Carga los pulmones con el aliento de la épica misma!» «Eso no es vigor, es contaminación mágica, Emperatriz», corrigió Tamamo con suavidad, aunque sin quitar la vista del bosque.

«Mi goshujin-sama, ¿te encuentras bien?» «Sí… solo… toma un momento», jadeó Issei, enderezándose.

Se sintió débil, como si hubiera corrido un sprint.

El uniforme de Chaldea parecía pesar más.

En ese momento, el holograma de Romani y Da Vinci parpadeó sobre el escudo de Mash, más estable y claro que en Fuyuki, gracias a las reparaciones en Chaldea.

«¡Issei!

¡Chicos!

¿Recibimiento?», preguntó Romani, su rostro lleno de preocupación.

«Llegamos… Roman.

El aire está… raro», logró decir Issei.

«Lecturas de densidad de mana en un 300% por encima de los niveles históricos normales para la época», confirmó Da Vinci, estudiando datos invisibles para ellos.

«Eso explica la dificultad.

Tus cuerpos se ajustarán, pero tened cuidado con cualquier hechizo o habilidad que consuma energía ambiental; podría ser impredecible.» «Ahora, el brief rápido», tomó Romani, adoptando su tono de oficial médico.

«Año 1431, Francia.

Están en algún punto cerca de Vaucouleurs, en la región de Lorraine.

El contexto histórico es la fase final de la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra.

La figura clave aquí es Juana de Arco, la Doncella de Orleans.» Mash asintió.

«Juana de Arco, heroína nacional francesa, afirmó tener visiones divinas, lideró al ejército francés a varias victorias cruciales, fue capturada por los borgoñones, vendida a los ingleses, juzgada por herejía y quemada en la hoguera en Ruan… este mismo año.» «Exacto», continuó Da Vinci.

«Pero aquí es donde la historia se tuerce.

Nuestros sensores indican que el evento de su ejecución… no sucedió como debería, o su consecuencia se distorsionó de manera catastrófica.

La energía que emana de esta Singularidad tiene una firma particular: fe ardiente mezclada con una ira profunda y una pena monumental.

Y algo más… algo draconiano.» Issei trataba de seguir el hilo.

Guerra, una chica santa, quemada… pero lo de “draconiano” le llamó la atención.

«¿Como… dragones?» «Lecturas térmicas y de masa consistentes con criaturas voladoras de gran tamaño y capacidad de emitir fuego o algo similar», confirmó Romani.

«No son naturales, desde luego.

Parecen… convocados, o corrompidos.

El núcleo de la Singularidad debe estar usando el Grial para alterar la realidad a una escala monstruosa.» Olga, cuya presencia se sentía como una tensión adicional en el aire alrededor de Issei, no pudo contenerse.

Su voz, fría y clara, salió del holograma de Mash, como si hubiera hackeado el canal.

«En resumen para el cerebro pervertido: algo impidió que Juana de Arco muriera pacíficamente (o no tan pacíficamente) en la hoguera, o su muerte desencadenó algo peor.

Ahora hay dragones, un ejército probablemente en caos, y una cantidad de mana que podría intoxicar a un mago mediocre.

Su trabajo es averiguar el qué, el quién y el dónde del Grial, y corregirlo.

¿Alguna pregunta profunda, Hyoudou?» Issei parpadeó.

«Eh… ¿había versión femenina de algún caballero inglés?

¿O de algún duque?

¿Con…?» «¡CALLATE!», cortó Olga, y se pudo escuchar un suspiro de exasperación que pareció venir de todas partes a la vez.

«Enfócate en sobrevivir las próximas horas.» Fue entonces cuando Issei, buscando un punto de fuga para su vergüenza, levantó la vista al cielo.

Quería ver el azul, el cielo que le había prometido a Mash.

Quería algo normal.

Lo que vio le heló la sangre.

El cielo era azul, sí.

Un azul profundo y despejado.

Pero en lo alto, a una distancia imposible de calcular, las nubes blancas no flotaban de manera caótica.

Se habían organizado en un patrón geométrico perfecto, antinatural y aterrador.

Un anillo gigantesco, un círculo de nubes inmaculadas que giraba lentamente, con una precisión de máquina, alrededor de un centro absolutamente despejado.

Era como si un dios o un titán hubiera usado un compás cósmico para dibujar en el firmamento.

Las nubes no se dispersaban; fluían en el anillo, perpetuamente renovándose, manteniendo la forma.

En el centro, el azul del cielo parecía más profundo, más vacío, como un ojo que todo lo ve.

«¿Qué… qué es eso?», susurró Mash, siguiendo su mirada.

Su voz estaba llena de asombro.

Nero entrecerró los ojos.

«Umu… no es una obra de la naturaleza.

Es… una declaración.» Tamamo frunció el ceño, sus colas erizándose.

«Un sello.

Un fenómeno a gran escala que estabiliza la distorsión… o la manifiesta.

El anillo mantiene la energía concentrada aquí, impidiendo que la Singularidad colapse o se expanda de manera incontrolada.

Es… una obra de poder abrumador.» En Chaldea, Romani y Da Vinci estaban en silencio, estudiando los datos que les llegaban a través de los sensores de Mash.

«No hay registros de ningún fenómeno meteorológico o mágico histórico que se le parezca», dijo finalmente Da Vinci, su voz cargada de una fascinación preocupada.

«Es una anomalía dentro de la anomalía.

El ‘Cielo Anillado’ es el corazón visible de la Singularidad.

Toda la corrupción mana de allí, o está siendo canalizada por él.» «Manténganse alejados de la vertical de ese anillo hasta que sepamos más», advirtió Romani.

«Podría ser una zona de presión mágica extrema o el nido de lo que sea que esté al mando.» Issei desvió la vista, sintiendo un vértigo extraño.

Ese cielo no era el cielo azul de los sueños de Mash.

Era una prisión, una trampa celestial.

Prometió en silencio que lo harían desaparecer.

Recobrando el sentido de la misión, el grupo decidió moverse.

Necesitaban información, un punto de referencia.

Tomaron una dirección que parecía llevar a un camino de herradura, siguiendo el rastro de humo distante que prometía un asentamiento humano.

El bosque era espeso y silencioso, demasiado silencioso.

No se oía el canto de los pájaros, solo el crujido de sus propios pasos y el susurro del viento a través de las hojas, un viento que aún arrastraba esa pesadez mágica.

Después de una hora de caminata, el camino se ensanchó hasta convertirse en un sendero de terracería desgastado por carretas y pies.

Fue allí donde los encontraron.

Un grupo de unos diez hombres salió del bosque frente a ellos, bloqueando el camino.

Vestían gambesones desgastados y acolchados, algunos con pedazos de cota de malla oxidada.

Empuñaban picas, hachas y espadas cortas con manos temblorosas pero decididas.

Sus rostros estaban sucios, demarcados por el hambre y una fatiga que iba más allá de lo físico.

Llevaban la flor de lis, borrosa pero reconocible, en algunos de sus escudos raídos.

Soldados franceses.

«Halte-là!

Qui vive?» gritó el que parecía el líder, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la mejilla, alzando una pica con punta de hierro.

Issei se detuvo, levantando las manos en un gesto de paz.

«¡Eh!

¡Hola!

¡Somos… viajeros!

¡Amigos!» Habló en japonés, sin pensar.

Los soldados se miraron entre sí, confundidos y más recelosos.

El idioma les sonaba a galimatías extranjero, posiblemente inglés o algo peor.

Vieron a Issei con su extraño atuendo negro, a Mash con su escudo y armadura imposibles, a Tamamo con sus orejas y colas de zorro (lo que les hizo murmurar sobre demonios o espíritus del bosque), y a Nero, cuya belleza imperial y atuendo llamativo solo aumentaba su extrañeza.

«Des démons… ou des espions anglais», gruñó otro soldado, apretando el mango de su hacha.

«Nous ne pouvons pas prendre de risques.

Saisissez-les!» ordenó el líder.

Los soldados avanzaron, formando un semicírculo torpe pero amenazante.

«¡Esperen, no somos enemigos!», intentó Mash, pero su japonés tampoco ayudaba.

Nero dio un paso al frente, su mano posándose en el aire donde su espada, Aestus Estus, debería materializarse.

«Umu!

¡Parece que la elocuencia falla!

¡La lengua universal de la fuerza hablará entonces!» «¡No, Nero, espera!», dijo Issei, pero era demasiado tarde.

Un soldado, nervioso, lanzó un débil golpe de pica hacia Nero.

Ella la esquivó con la gracia de una bailarina y, con el dorso de la mano, golpeó el asta de la pica, partiéndola con un crujido seco y haciendo que el soldado cayera de espaldas.

Eso fue la chispa.

La batalla, si se le podía llamar así, estalló.

Mash se interpusó entre los soldados e Issei, su escudo bloqueando golpes de hacha y espada con sonidos metálicos sordos.

No contraatacaba con fuerza, solo los empujaba, los desarmaba con movimientos precisos del borde de su escudo.

Tamamo, con un suspiro, levantó una mano y un débil campo de fuerza de color rosa amortiguó los golpes de otros dos soldados, haciendo que sus armas se movieran como en cámara lenta.

Nero, disfrutando un poco, desarmaba a los hombres con golpes rápidos y contundentes en las muñecas o los hombros, sin sacar su espada.

Issei, viendo que sus Servants tenían el control, usó su Reforzamiento para moverse con agilidad, esquivando a un soldado que cargaba hacia él y colocándole una llave simple de brazo, inmovilizándolo sin dañarlo seriamente.

«¡Para!

¡No queremos pelear!» Pero los soldados, aterrorizados por el poder sobrehumano que veían (una chica que partía picas con la mano, otra que detenía golpes con un escudo inmenso, una mujer-zorro que hacía magia, y un chico sorprendentemente fuerte), entraron en pánico.

Viendo a varios de sus compañeros en el suelo, desarmados y magullados, el líder gritó: «La retraite!

Vers la ville!» Giraron y huyeron, corriendo cuesta abajo por el camino, abandonando a sus camaradas más aturdidos, quienes pronto se levantaron y los siguieron tambaleándose.

Issei jadeó, soltando al soldado que tenía inmovilizado, quien salió corriendo tras los demás.

«Maldita sea… no les dimos chance de explicarnos.» «Su reacción fue comprensible, dados los prejuicios de la época y nuestro aspecto», dijo Mash, bajando su escudo.

«Lo lamento, Sempai.

No pudo evitarse.» «Umu, fueron unos granujas bastante débiles», comentó Nero, sacudiéndose las manos con desdén.

«Pero mostraron valor al enfrentarse a lo desconocido.» Tamamo se acercó a Issei, revisándolo.

«¿Estás bien, goshujin-sama?

No te lastimaron, ¿verdad?» «No, estoy bien.

Pero ahora tenemos que seguirlos.

Dijeron algo sobre ‘la ville’.

Debe haber una ciudad o fortaleza cerca.

Allí podremos conseguir información real», dijo Issei, recuperando el aliento.

Romani asintió desde el holograma.

«Es la opción más lógica.

Solo tengan cuidado.

Si esa ciudad es francesa y están en guerra, la paranoia estará a flor de piel.» Siguieron el camino que los soldados habían tomado.

El trayecto fue más largo de lo esperado, cruzando colinas suaves y pequeños arroyos.

El cielo anillado seguía allí, inmutable, un recordatorio ominoso que los acompañaba.

Finalmente, al atardecer, avistaron las murallas de una ciudad pequeña pero fortificada.

No era Orleans, sino un asentamiento más modesto, probablemente un pueblo con una empalizada de madera y torres de vigilance.

Al acercarse, vieron que los soldados que habían huido ya estaban en las murallas, gesticulando y señalándolos.

Las puertas de madera estaban cerradas, y arqueros asomaban sus cabezas por las almenas, con arcos tensos.

«Oh, esto se ve bien», murmuró Issei con sarcasmo.

«¡Deténganse, criaturas!

¡No se acerquen más!» gritó una voz desde arriba, en francés.

«¿Ahora qué?», suspiró Issei.

No podían asediar la ciudad, pero tampoco podían irse sin información.

Fue entonces cuando Da Vinci intervino, su voz llena de entusiasmo.

«¡Esperen!

¡Tengo justo lo que necesitan!

Un pequeño invento que he estado puliendo: el Traductor Universal Portátil Chaldea Modelo 1 (TUP-C1)!

¡Envío el patrón mágico ahora!» Un destello de luz azul surgió del holograma de Mash y se materializó en el aire frente a Issei, convirtiéndose en un pequeño dispositivo plateado del tamaño de una moneda grande, con un fino borde que emitía un brillo tenue.

Se colocó automáticamente en el cuello del uniforme de Issei, como un broche.

«Ahora, habla, Issei.

El dispositivo captará tu japonés, lo convertirá a francés medieval aproximado y proyectará el sonido con un pequeño campo de ilusión vocal que hará parecer que tus labios se mueven en sincronía.

¡La magia de la ciencia!» Issei dudó, luego tomó aire.

«Eh… ¡Hola!

¡No somos enemigos!

¡Solo queremos hablar!» Para su asombro y el de los soldados en la muralla, sus palabras salieron en un francés comprensible, aunque con un acento extraño.

Los soldados se miraron entre sí, sorprendidos.

«¿Hablas nuestra lengua, demonio?», preguntó el mismo soldado de la cicatriz, asomándose con cautela.

«¡No somos demonios!

Somos… viajeros de tierras lejanas.

Buscamos información.

Lo de antes fue un malentendido.

No queríamos dañarlos», continuó Issei, sintiendo cómo el dispositivo vibraba suavemente en su cuello.

Hubo un murmullo entre los defensores.

Finalmente, el líder hizo una señal.

«Abran la puerta trasera.

Que entren, pero vigilados.

Una docena de hombres con ellos en todo momento.» Con precaución extrema, los dejaron entrar por una puerta lateral más pequeña.

El interior del pueblo era sombrío: calles de tierra, casas de madera y piedra con techos de paja, rostros hambrientos y asustados asomándose por las rendijas.

Los condujeron a la plaza central, donde un hombre mayor, vestido con una túnica algo mejor que la de los demás, posiblemente el burgomaestre o un líder local, los esperaba rodeado de una veintena de hombres armados.

«Sois los extraños que derrotasteis a mis hombres sin matarlos», dijo el anciano, su voz áspera pero curiosa.

«Decís ser viajeros.

¿De qué tierra?

¿Y con qué propósito estáis aquí, en este infierno?» Issei, a través del traductor, intentó dar una explicación lo más vaga posible.

«Venimos de… muy lejos.

Más allá del mar.

Buscamos entender qué está pasando.

Vimos el cielo… el anillo.

Y el aire pesado.» El anciano los estudió, su mirada deteniéndose en las orejas de Tamamo, el escudo de Mash, la regia presencia de Nero.

«Sois claramente no comunes.

Quizás sois enviados de Dios… o del Diablo.

Pero dado que no habéis derramado sangre francesa cuando pudisteis, os escucharé.» Hizo una pausa, su rostro se ensombreció.

«Lo que pasa es el fin del mundo, forastero.

La guerra con Inglaterra ha sido eclipsada por una calamidad mayor.

La Santa… la que debería haber sido nuestra salvación, ha regresado.

Pero no como una santa.» «¿Juana de Arco?», preguntó Mash, su voz también traducida por el dispositivo que Issei compartía de alguna manera con el campo cercano.

Un escalofrío recorrió a la multitud.

Susurraron el nombre como una maldición.

«¡No la nombréis!», dijo alguien.

El anciano asintió lentamente.

«Sí.

Juana… la Doncella.

Fue quemada en Ruan.

Lo sé, algunos de mis hombres estuvieron allí.

La vieron arder.» Tragó saliva.

«Pero luego… luego el cielo se rasgó.

Y ella regresó.

O algo que lleva su forma y su nombre.

Llamándose a sí misma Jeanne d’Arc, la Santa Vengadora.

Dice que Francia la traicionó.

Que la Iglesia la traicionó.

Que Dios la ha desamparado, y por tanto, traerá el juicio por su propia mano.

Ahora lidera no un ejército de hombres, sino un ejército de dragones.

Quema pueblos, castillos, sin distinción entre franceses e ingleses.

Todo arde.» La revelación cayó como una losa.

Juana de Arco, la heroína, convertida en un ser de venganza que comandaba dragones.

Era la distorsión personificada.

«¿Dónde está ahora?», preguntó Issei.

«Nadie lo sabe con certeza.

Se mueve como el fuego.

Pero el centro de su poder…» El anciano señaló con un dedo tembloroso hacia arriba, hacia el anillo de nubes.

«…está ahí.

Bajo ese ojo del cielo.

Dicen que ha establecido su corte en las ruinas de una gran abadía, cerca de donde murió.

Pero nadie que haya ido a buscarla ha regresado.» Antes de que pudieran hacer más preguntas, un grito desgarrador surgió de la muralla.

«DRAGONS!

À L’EST!

PLUSIEURS!» El pánico, contenido hasta ahora, estalló.

Hombres, mujeres y niños corrieron hacia sus casas.

Los soldados, pálidos pero determinados, corrieron hacia las empalizadas, empuñando sus armas.

«¡Por todos los santos, otra vez!», maldijo el anciano.

«¡A las murallas!

¡Forasteros, si sois aliados, ¡ayudadnos!» Issei miró a sus Servants.

Mash ya tenía su escudo en alto.

Tamamo tenía sus orbes de energía brillando en sus manos.

Nero había materializado su hermosa espada de oro y rojo, Aestus Estus, con una sonrisa feroz.

«¡Defenderemos la ciudad!», declaró Issei, y corrió hacia la sección este de la empalizada, seguido por sus heroínas.

Desde las murallas de madera, la vista era aterradora.

Contra el cielo crepuscular, teñido de naranja y púrpura por el sol que se ponía detrás del anillo de nubes, seis siluetas enormes se acercaban.

Eran dragones, pero no como los de las leyendas nobles.

Estos eran bestias escamosas de tonos oscuros, verdes musgo y negros azabados, con ojos que brillaban con un fuego naranja innatural.

Sus alas, membranosas y rasgadas en algunos lugares, batían el aire con un sonido como velas rotas.

De sus fauces abiertas goteaba un líquido incandescente que encendía la hierba donde caía.

«¡Arqueros, DISPARAD!», gritó el capitán de la milicia.

Una lluvia de flechas se elevó hacia las bestias.

La mayoría rebotó inútilmente contra sus escamas gruesas, o se incineró al acercarse al calor que emanaban.

Un dragón, alcanzado en un ojo por un disparo afortunado, rugió de dolor y se lanzó en picado hacia la muralla, escupiendo un chorro de fuego verde y viscoso.

«¡Mash!», gritó Issei.

«¡Entendido!» Mash saltó desde la muralla, no hacia abajo, sino hacia arriba, usando su escudo como plataforma para impulsarse en un movimiento imposible.

Interceptó el chorro de fuego dragon con el centro de su escudo.

El fuego verde se estrelló contra la superficie sagrada y se dispersó en una lluvia de chispas inofensivas, pero el impacto hizo retroceder a Mash en el aire.

«¡Mi turno!», cantó Nero.

Con un movimiento fluido, saltó al lomo del dragón cegado que pasaba rasante junto a la muralla.

Sus pies se aferraron a las escamas como si tuviera ventosas.

«¡Siente el calor del Sol de Roma!» Su espada, Aestus Estus, se encendió con un fuego dorado y verdadero, mil veces más noble que el fango verde del dragón, y la clavó profundamente en la base del cuello de la bestia.

El dragón gritó, una explosión de energía dorada salió de la herida, y la criatura se desplomó fuera de la muralla, estrellándose en el campo con un estruendo que hizo temblar el suelo.

Tamamo, mientras tanto, no estaba ociosa.

Con gestos elegantes, trazó sigilos en el aire.

«¡Kitsune-bi: Barrera Purificadora!» Un domo de luz rosada y dorada, sembrado de motivos de zorro, se expandió sobre una sección de la muralla donde otro dragón escupía fuego.

El fuego se estrelló contra el domo y se disipó como agua contra el cristal.

Los soldados bajo su protección miraron asombrados.

Issei, sintiendo la adrenalía y la conexión con sus Servants, activó su Código Místico.

Concentrándose en Nero, que ahora saltaba entre los lomos de otro dragón, le envió un impulso de Aceleración.

Nero, sintiendo el aumento de velocidad, se volvió un torbellino dorado, su espada trazando líneas de fuego solar que cercenaban membranas alares y desgarraban escamas.

No era una batalla fácil.

Los dragones eran duros, rápidos y brutales.

Uno logró enganchar con sus garras una sección de la empalizada, arrancando troncos y lanzando soldados por los aires.

Mash se interpuso, usando su escudo para contener el derrumbe y dar tiempo a los hombres a escapar.

Al final, gracias al poder combinado de los Servants y la tenaz defensa de los soldados franceses (que, inspirados por la demostración de poder, lucharon con renovado valor), los dragones restantes fueron repelidos.

Dos yacían muertos fuera de las murallas.

Los otros cuatro, heridos, dieron media vuelta y huyeron hacia el horizonte, hacia el centro del anillo celestial.

El pueblo estaba a salvo, por ahora.

El humo del fuego del dragón y el polvo de la batalla flotaban en el aire pesado.

Los soldados miraban a Issei y a sus compañeras con una mezcla de miedo, gratitud y veneración.

El anciano líder se acercó, su rostro marcado por el asombro.

«Sois… sois guerreros como los de las antiguas leyendas.

¿Sois enviados para detener a la Santa Vengadora?» Issei, respirando con dificultad pero con determinación en los ojos, asintió.

El traductor proyectó sus palabras con firmeza.

«Ese es nuestro propósito.

Detener esta distorsión.

Salvar a Francia… y a la verdadera Juana, si es que algo de ella queda.» La primera noche en la Singularidad de Orleans caía, teñida por el resplandor de los incendios lejanos y la silueta imposible del anillo en el cielo.

La misión estaba clara.

Enfrentar a una santa corrompida, un ejército de dragones, y descubrir el misterio del Grial que alimentaba esa pesadilla.

Y Issei Hyoudou, con su escudera, su esposa zorro y su emperatriz romana, estaba en el corazón de todo ello.

El camino a la abadía en ruinas, y al corazón de la venganza ardiente de Juana d’Arc, comenzaba ahora.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Voten si les gusto el episodio y si gustan apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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