Fate/Issei Order - Capítulo 13
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Capítulo 13: Capitulo 12: Jeanne D’Arc
El silencio que siguió a la batalla en el pueblo amurallado fue tan pesado como el aire mismo. No era un silencio de paz, sino el jadeo colectivo de una bestia herida, la calma tensa que precede a la siguiente tormenta. Issei Hyoudou, apoyado contra la empalizada de madera ahora carbonizada en algunos tramos, observaba cómo los soldados franceses arrastraban los cuerpos de sus compañeros caídos. Solo dos habían muerto, un milagro considerando el ataque draconiano, pero la sombra de la pérdida era profunda. La gratitud en los ojos del anciano líder y los civiles era genuina, pero también estaba teñida de un miedo ancestral hacia lo que no comprendían: ellos, los forasteros con poder sobrehumano.
«Buen trabajo manteniendo la calma, socio. Por un momento pensé que ibas a pedirle a Nero que los eliminara a todos con una ópera.» La voz de Ddraig sonó en su mente, con ese tono de sarcasmo seco que Issei estaba empezando a reconocer como el equivalente dragón de una palmada en la espalda.
«No era el momento», pensó Issei en respuesta, su mirada perdida en las llamas que aún crepitaban donde había caído el fuego de dragón. «Eran solo personas asustadas.»
«Y ese instinto es el que te separa de los tiranos y los locos que suelen terminar con Sacred Gears. Aprovéchalo. Ahora, concéntrate. El anciano se acerca.»
El líder del pueblo, apoyado en un bastón, se plantó frente a Issei. Su rostro, surcado por arrugas y ahora por el hollín, mostraba una dignidad quebrantada pero no rota. «Forastero… Issei, ¿verdad? En nombre de Vaucouleurs, o lo que queda de ella, os damos las gracias. Habéis salvado vidas esta noche. No tenemos riquezas para recompensaros, pero lo que tenemos es vuestro: refugio, alimento y lo poco que sabemos.»
Issei, a través del traductor de Da Vinci, que aún brillaba suavemente en su cuello, asintió. «No necesitamos recompensa. Solo información y un lugar para descansar esta noche. Mañana seguiremos nuestro camino.»
El anciano los condujo a la posada del pueblo, un edificio de piedra de dos plantas que había sobrevivido milagrosamente intacto. El interior era austero: mesas de roble desgastadas, un fuego bajo en la chimenea y un olor a cerveza agria y humedad. Los habitantes los miraban con una mezcla de temor y reverencia, apartándose para darles paso. Les ofrecieron la mejor habitación, que en realidad eran dos cuartos conectados con camas de paja y mantas limpias, aunque ásperas.
Mash, siempre práctica, inspeccionó la habitación buscando peligros. «No hay presencia mágica hostil, Sempai. Es… seguro.»
Tamamo, por su parte, hizo un gesto con la mano y una suave fragancia a flores de cerezo barrió el moho, purificando el aire. «No es el palacio que mi goshujin-sama merece, pero servirá para una noche. Ahora, debes comer.»
Nero, que había estado admirando su reflejo en el brillo de su espada antes de desmaterializarla, se unió a la petición. «Umu! ¡La batalla abre el apetito! ¡Espero que tengan algo mejor que gachas de centeno!»
La cena fue un guiso espeso de cordero y verduras, pan duro y queso fuerte. Para los estándares de la Francia medieval asediada, era un festín. Issei comió con avidez, sorprendido por su propio hambre. El uso del Código Místico y la tensión constante habían agotado sus reservas. Tamamo y Nero, sentadas a cada lado de él, repitieron involuntariamente la escena del desayuno en Chaldea, ambas ofreciéndole trozos de pan o queso con una sonrisa competitiva.
«Mi esposo debe mantener sus fuerzas. Aquí, un bocado de este queso, es el más cremoso», decía Tamamo, acercándole el alimento con sus dedos delgados.
«¡El pan es la base del vigor de un soldado! ¡Toma, Praefectus, horneado con el grano más noble!», insistía Nero, partiendo un trozo con sus propias manos.
Mash, sentada al otro lado de la mesa, observaba la escena con su habitual expresión serena, aunque Issei creyó detectar un leve brillo de diversión en sus ojos lila. «Sempai parece estar bien atendido», comentó.
«Es… un poco abrumador», admitió Issei, su boca llena, mientras aceptaba el alimento de ambas. No se quejaba, en el fondo. Esta atención, aunque nacida de una rivalidad tonta, era cálida y lo hacía sentir valorado de una manera que no tenía nada que ver con salvar el mundo.
Fue después de comer, cuando la fatiga empezaba a cerrar sus párpados, que la realidad de su misión volvió a aplastarlo. Sentado en el borde de la cama, con Tamamo acurrucada a su lado (reclamando su derecho como “esposa”) y Nero sentada orgullosamente en una silla cercana (reclamando su derecho como “emperatriz aliada”), Issei reflexionó.
«Una santa que quiere venganza», murmuró, más para sí mismo. «No suena como alguien con quien se pueda hablar, ¿verdad?»
La voz de Olga Marie surgió entonces, no del traductor, sino directamente en su oído, como un susurro frío que solo él podía oír. Era una de las nuevas “mejoras” de Da Vinci: un canal privado desde el Boosted Gear a su cóclea. «Obviamente no, idiota. Juana de Arco histórica fue una fanática religiosa con una misión. Si esa fe se torció en odio, será una fanática con una misión de destrucción. La lógica y la razón son inútiles. Solo queda la fuerza.»
«Pero… ¿no hay nada de ella que salvar?», preguntó Issei en voz baja, haciendo que Tamamo lo mirara con curiosidad.
Olga guardó silencio por un momento. Cuando habló de nuevo, su tono era menos cortante, casi pensativo. «El alma humana no es tan simple. Ni siquiera los magos la entendemos del todo. Pero si su corrupción es obra del Grial o de otra fuerza, podría haber un núcleo de la verdadera Juana ahí dentro. Encontrarlo y liberarlo… sería la corrección ideal de la Singularidad. Pero no cuentes con ello. Prepárate para lo peor.»
«Siempre me preparo para lo peor», dijo Issei con una sonrisa torcida. «Suelo tener suerte de todas formas.»
«Eso no es suerte, es estupidez resiliente. Ahora duerme. Mañana tendrán un viaje largo.»
La noche pasó sin incidentes, aunque Issei soñó con cielos anillados y ojos dorados llenos de lágrimas de fuego. Al amanecer, después de un desayuno más frugal, se reunieron con el anciano y el capitán de los soldados para obtener direcciones.
«Rumores entre los hombres que huyeron de otros frentes», dijo el capitán, señalando con un dedo calloso hacia el este. «Dicen que el corazón de la pesadilla está en Orleans. La ciudad que ella liberó en vida, ahora es su nido. La llaman la Dragon Witch… la Bruja Dragón. Todos los dragones emanan de allí, de las ruinas de la catedral. Si buscáis acabar con esto, ese es vuestro camino.»
Orleans. El nombre resonó con un peso histórico que incluso Issei podía sentir. La ciudad que le había dado el nombre a Juana. Ironicías del destino distorsionado.
Así, con un objetivo claro y un camino señalado, el pequeño equipo de Chaldea abandonó el pueblo amurallado bajo un cielo que, una vez más, estaba dominado por el inquietante anillo de nubes. Los lugareños los vieron partir con expresiones de esperanza temerosa, como si vieran a ángeles guerreros marchando hacia el infierno.
El viaje a través de la campiña francesa fue una odisea de tensión constante y belleza corrompida. La primavera florecía con violencia, las flores silvestres estallaban en colores demasiado vibrantes, los árboles brotaban con un follaje casi obsceno en su exuberancia, todo alimentado por el mana denso y tóxico. Pero no había pájaros, ni conejos, ni venados. Solo el silencio, roto por el crujido de sus pasos y el susurro del viento pesado.
Los encuentros con dragones —o wyverns, como Ddraig los corrigió, criaturas más pequeñas y bestiales que los dragones verdaderos, pero no por ello menos letales— fueron frecuentes. Aparecían en grupos de dos o tres, emergiendo de detrás de colinas o descendiendo de las nubes bajas, atraídos quizás por la presencia de Servants o por el mismo mana que emanaban.
La primera escaramuza en el camino fue un ballet de destrucción dirigido por Issei. Al ver el trío de wyverns verde-oscuro acercarse en picado, gritó: «¡Nero, frontal! ¡Tamamo, soporte y bloquea sus llamas! ¡Mash, conmigo, protege nuestra retaguardia por si hay más!»
Nero, con un grito de júbilo, cargó. «¡Umu! ¡Recibid la gracia de la Rosa de Roma!» Su espada, Aestus Estus, trazó un arco dorado que cortó el ala de un wyvern. La criatura cayó girando, pero antes de que se estrellara, Tamamo lanzó una ráfaga de orbes de energía kitsune-bi que impactaron en su costado, haciendo explotar las escamas. El wyvern restante escupió fuego, pero Tamamo ya había erigido una barrera hexagonal delante de Nero, desviando las llamas hacia el cielo.
Mientras, Issei se concentró en un wyvern que intentaba flanquearlos por la derecha. Sintió el impulso de Ddraig, el antiguo dragón, casi desdeñando a estas bestias menores. «Boost.» La palabra surgió de sus labios sin pensarlo. El guantelete rojo del Boosted Gear apareció envolviendo su brazo derecho, y una oleada de poder lo inundó. No era el poder completo de Ddraig, sino una fracción, un préstamo. Su percepción se aceleró. Vio cómo el wyvern abría sus fauces, la garganta incandescente preparándose para escupir.
«Ahora, lanza un Gandr potenciado justo ahí.» La voz de Olga era fría y precisa en su oído. «El punto débil detrás de la lengua. Interrumpe la acumulación de calor.»
Issei obedeció. Extendió su mano izquierda, el índice apuntando. «¡Gandr!» El orbe de maldición oscura salió disparado, pero esta vez, alimentado por el Boost que aún resonaba en su brazo derecho, no era un simple golpe paralizante. Era un proyectil del tamaño de un puño, negro con vetas rojas ardientes, que silbó en el aire y se coló directamente en la garganta abierta del wyvern.
El efecto fue instantáneo y violento. El fuego que se gestaba dentro de la criatura retrocedió, provocando una implosión seguida de un estallido ahogado. El wyvern se convulsionó en el aire y cayó, muerto antes de tocar el suelo.
«Bien. Usaste el Boost para multiplicar la potencia conceptual de la maldición, no solo su fuerza bruta. Aprendes rápido, para ser un primate.» El elogio de Olga era casi imperceptible, pero Issei lo captó.
«¡Sempai, increíble!», exclamó Mash, que había visto el movimiento. Su escudo estaba limpio; ningún otro enemigo había aparecido.
Tamamo, mientras disipaba su barrera, lanzó una mirada ligeramente preocupada a Issei. «Mi esposo está usando ese poder sin pensar en el costo para su cuerpo. Por favor, sé cuidadoso.»
«Umu! ¡Una maniobra espectacular, Praefectus!», aprobó Nero, limpiando la sangre de dragón de su espada con un paño que sacó de la nada. «¡Así se dirige una ópera de batalla!»
Issei respiró hondo, sintiendo cómo el guantelete se desvanecía. Un ligero dolor punzante recorrió sus circuitos mágicos, pero era manejable. «Fue… gracias al consejo de Olga», admitió.
El viaje continuó así durante cuatro días. Día tras día, caminando, acampando en claros protegidos por barreras de Tamamo, luchando contra oleadas esporádicas de wyverns. Issei aprovechó cada encuentro para entrenar con el Boosted Gear. Aprendió a potenciar su propio cuerpo para esquivar ataques con mayor velocidad, a aumentar la dureza de un objeto (como cuando usó un trozo de roca como proyectil reforzado contra un wyvern), e incluso intentó potenciar un hechizo de Tamamo, resultando en una explosión de fuego zorro que vaporizó a dos criaturas de una vez, aunque dejó a la Caster jadeando por el inesperado drenaje de mana.
Olga, desde su prisión espiritual dentro del Gear, se convirtió en su asesora táctica en tiempo real. Sus comentarios eran ácidos pero efectivos. «No impulses solo la fuerza, potencia la intención. Un golpe para matar no es lo mismo que un golpe para derribar. Enfoca. El Gear responde a tu voluntad, no a tus músculos.» O: «Esa bruja zorro está gastando demasiada energía en decoraciones. Dile que sus barreras con motivos de flores son un desperdicio estético.» Tamamo, que parecía poder sentir de alguna manera las críticas de Olga, respondía con sonrisas tranquilas que no llegaban a sus ojos.
Mash, por su parte, era la roca. Su escudo era una fortaleza móvil, su presencia serena un antídoto contra el caos. Aprendió a anticipar los movimientos de Issei, cubriendo sus puntos ciegos sin necesidad de órdenes. Nero era la espada ofensiva, exuberante y letal, siempre ansiosa por entrar en acción. Y Tamamo era el apoyo versátil, curando magulladuras, purificando el agua, y lanzando hechizos que podían ser desde devastadores hasta desconcertantemente prácticos, como hacer que la maleza creciera para enredar las patas de un wyvern.
Era un trabajo en equipo que, contra todo pronóstico, funcionaba. Issei, el eslabón más débil en términos de poder bruto, era el núcleo, el director que orquestaba sus fuerzas. Y cada batalla, cada día de viaje, le hacía sentirse un poco más seguro, un poco más merecedor del título de “Maestro” que Chaldea le había otorgado a regañadientes.
Hasta que, al cuarto día, el paisaje cambió.
El olor llegó primero. No era el olor a tierra húmeda y flores silvestres, sino a ceniza, madera quemada y algo más dulzón y nauseabundo: carne chamuscada. Luego, el sonido: el silencio se volvió absoluto, ni siquiera el viento susurraba. Finalmente, la vista: sobre la cresta de una colina, avistaron Orleans.
La ciudad que una vez fue un símbolo de esperanza yacía destrozada. Las murallas de piedra estabtían derrumbadas en grandes secciones, como si gigantes las hubieran pateado. Las torres se inclinaban peligrosamente o eran poco más que montones de escombros. Dentro, se veían los esqueletos carbonizados de edificios, calles cubiertas de cascotes y, aquí y allá, formas inertes tendidas en el suelo. No muchas, pero suficientes para helar la sangre. Algunas estaban cubiertas con harapos o trozos de madera, entierros apresurados. Otras, simplemente yacían al descubierto, ofrendas trágicas a la indiferencia del cielo anillado.
No estaba completamente muerta. Se veía movimiento. Figuras encorvadas que arrastraban objetos, que apagaban brasas persistentes, que vigilaban desde los puntos altos que aún permanecían en pie. Pero la energía, la vitalidad de una ciudad, había sido saqueada. Lo que quedaba era el instinto de supervivencia, puro y desesperado.
«Dios mío…», murmuró Mash, su voz temblorosa. Sus dedos se aferraron al mango de su escudo con fuerza blanca.
Nero frunció el ceño, su expresión teatral por una vez reemplazada por una seriedad feroz. «Umu. Una ciudad conquistada y saqueada… pero esto no es obra de un ejército humano. Es una furia desatada, un incendio sin propósito más que la destrucción misma.»
Tamamo se acercó más a Issei, sus colas bajas y erizadas. «El odio aquí es palpable, goshujin-sama. Impregna las piedras. Debemos tener cuidado.»
Sin decir una palabra, Issei comenzó a caminar cuesta abajo hacia la brecha más grande en las murallas. Su corazón latía con una mezcla de horror y determinación. Esto era lo que la “Bruja Dragón” había hecho. Esto era el resultado de una venganza santificada por la distorsión.
Al cruzar el umbral de la ciudad, la desolación los envolvió. Los pocos supervivientes que los vieron se apresuraron a esconderse, sus ojos brillando con un miedo animal desde detrás de ventanas rotas o pilares caídos. Unos pocos soldados, con armaduras sucias y rostros demacrados, los observaban desde una barricada improvisada. Sus miradas estaban vacías, desprovistas de esperanza, solo paranoia pura. Pero reconocieron que no eran dragones, y tras un tenso intercambio de miradas, bajaron sus ballestas, no por confianza, sino por agotamiento.
Issei no esperó a que se acercaran. Su instinto, ese mismo que lo hacía proteger a las chicas de su escuela de miradas indiscretas (aunque él fuera el principal infractor), lo impulsó a la acción. Vio a una mujer anciana intentando arrastrar un saco de grano medio quemado. Sin pensarlo, se acercó. «Permítame.»
La mujer retrocedió, asustada, pero Issei, con su Reforzamiento activado suavemente, tomó el saco con facilidad y lo colocó donde ella señalaba con un dedo tembloroso. Luego, vio a un niño llorando junto a lo que parecía el cuerpo de un adulto cubierto con un manto. Se acercó, se arrodilló. No tenía palabras, pero su presencia, torpe pero sincera, hizo que el niño dejara de llorar y lo mirara con ojos desconcertados.
«Tamamo», dijo Issei, su voz suave pero firme.
La Caster entendió al instante. Con un movimiento elegante, se acercó al niño y colocó una mano sobre su frente. Un brillo dorado y suave emanó de sus dedos. «Shizuka ni nemure… Duerme en paz, pequeño. El dolor se alejará por un tiempo.» No era una cura para el dolor del alma, pero era un alivio momentáneo, una bendición de paz. El niño dejó caer los párpados y se quedó dormido, agotado.
Tamamo luego se dirigió a los heridos que yacían en una esquina, atendidos por una mujer que parecía una monja laica, sus vendajes poco más que trapos sucios. «Permítame ayudar.» Sus manos comenzaron a brillar con una luz más intensa, de color rosa pálido. Las heridas, infectadas y supurantes, empezaron a cerrarse bajo su toque, la carne regenerándose a un ritmo visible aunque no milagroso. La monja la miró con asombro, cruzándose.
Mash y Nero, tras un rápido intercambio de miradas, se dividieron. Mash fue a la barricada principal a hablar con los soldados, usando su presencia calmada y su traductor para intentar obtener información táctica: puntos débiles, patrones de ataque, avistamientos de la Bruja. Nero, por su parte, con su aire imperial, empezó a organizar a los civiles más capaces, dirigiendo la limpieza de escombros en una calle principal para crear una vía de escape más clara y distribuyendo lo poco que quedaba de comida y agua con una autoridad que nadie se atrevió a cuestionar.
Issei trabajó sin descanso. Ayudó a despejar piedras, a apagar brasas persistentes con tierra, a cargar agua desde un pozo que milagrosamente no estaba contaminado. Su cuerpo, fortalecido por el entrenamiento y el Reforzamiento, aguantaba bien, pero era el peso emocional de la escena lo que lo agotaba. Cada rostro vacío, cada cuerpo sin vida, era un recordatorio de lo que estaba en juego. Esto no era un videojuego donde los NPCs se reiniciaban. Era real.
Trabajaron así durante un par de horas, ganándose lentamente, gota a gota, la confianza de los supervivientes. Las miradas de miedo empezaron a mezclarse con la curiosidad, y luego con una débil chispa de algo parecido a la esperanza. Tal vez estos extraños poderosos eran diferentes. Tal vez…
Fue entonces cuando el sonido llegó: un grito desgarrado, humano, desde una de las torres de vigilancia semiderruidas. «DRAGOOONS! DU CIEL! ILS REVIENNENT!»
El pánico, contenido hasta ahora por el agotamiento, estalló de nuevo con una fuerza renovada. Los civiles corrieron hacia las ruinas de las bodegas y sótanos. Los soldados en la barricada se pusieron en posición, sus manos temblorosas en las ballestas y picas.
Issei miró al cielo. Contra el telón de fondo del anillo de nubes, ahora teñido de rojo y naranja por el sol de la tarde, una docena de puntos negros se acercaba rápidamente. Wyverns. Más que en cualquier encuentro anterior. Y venían directo hacia el corazón de la ciudad, hacia donde estaban los supervivientes.
«¡A las posiciones!», gritó Issei, su voz amplificada por la adrenalina y el traductor. «¡Mash, cubre la entrada del refugio principal! ¡Nero, Tamamo, conmigo, los interceptamos antes de que lleguen a las ruinas!»
No hubo tiempo para un plan elaborado. Los primeros wyverns se lanzaron en picado, escupiendo torrentes de fuego verde que incendiaron lo poco que quedaba por quemar. Issei corrió hacia adelante, el guantelete del Boosted Gear materializándose en su brazo con un destello rojo. «¡Boost!»
Esta vez, no solo potenció su cuerpo. Potenció su voluntad, su orden. «¡Tamamo, barrera amplia sobre el refugio! ¡Nero, líbrate de los que bajan!»
Tamamo, con un gesto amplio de sus brazos, invocó un domo de energía rosada y dorada que se extendió sobre el edificio semiderruido donde se apiñaban los civiles. Los chorros de fuego se estrellaron contra él y se deslizaron, incapaces de penetrar. Nero, con un grito de batalla, saltó al encuentro del primer wyvern, su espada dorada brillando como un meteorito. «¡Venite, ad spectaculum!»
Pero eran demasiados. Dos wyverns eludieron a Nero y se dirigieron directamente hacia Issei y un grupo de soldados que intentaban defender una calle lateral. Issei levantó el brazo con el Gear. «¡Gandr, doble!» Dos orbes oscuros potenciados salieron disparados, impactando en el pecho de uno de los wyverns y haciéndolo retroceder, pero el otro estaba demasiado cerca.
Justo cuando las fauces llenas de llamas se abrían sobre él, una figura se interpuso.
No era Mash, ni Tamamo, ni Nero.
Era una chica.
Llegó como una ráfaga de viento puro, de tela blanca y azul. Una armadura ligera de metal brillante, una capa que ondeaba como un estandarte. En sus manos sostenía un asta de la que ondeaba una bandera: la flor de lis de Francia sobre un fondo blanco. Su cabello, del color de la luz del sol, estaba cortado en un bob corto y práctico. Y sus ojos, de un azul intenso como el cielo de un día sin anillos, brillaban con una fe inquebrantable y una furia santa.
«En avant, pour la France! Ne perdez pas espoir!» Su voz era clara, melodiosa, pero poderosa, cortando el estruendo de los dragones y los gritos. «¡Levantaos, soldados de Francia! ¡No es el momento de desesperar! ¡Defended vuestros hogares, defended a vuestras familias! ¡Dios no ha abandonado esta tierra!»
Los soldados, que momentos antes estaban paralizados por el miedo, la miraron. Confusión, terror. ¿Era… ella? ¿La Doncella? ¿La Bruja? Pero su bandera era la correcta, su armadura era la de la leyenda, y sus palabras eran de aliento, no de odio.
La chica, sin perder un segundo, giró hacia el wyvern que amenazaba a Issei. No tenía miedo. Alzó su estandarte, no como un arma contundente, sino como un foco. «¡Lumiere!» Una explosión de luz dorada, pura y sagrada, emanó de la punta del asta. No era fuego, no era un rayo destructivo. Era una onda de fuerza concussiva bendita que golpeó al wyvern en el costado. La criatura chilló, no de dolor físico, sino de algo más profundo, como si su misma naturaleza corrompida fuera repelida por la luz. Se desvió, su ataque falló, y se estrelló contra una pared cercana, aturdida.
La chica entonces se movió entre los soldados, su estandarte girando como una extensión de su cuerpo. Paraba golpes de garras con el asta, desviaba cabezazos con movimientos precisos. «¡No os rindáis! ¡Cada golpe que déis es una oranza por Francia! ¡Cada vida que protejáis es una victoria!»
Su valor era contagioso. Uno, luego otro, luego todos los soldados en esa calle encontraron una fuerza que creían perdida. Con gritos roncos, cargaron contra los wyverns restantes, aprovechando el momento de confusión creado por la recién llegada. No mataban dragones por sí solos, pero los distraían, los herían, les daban a Issei y a la chica oportunidades.
Issei, por su parte, estaba… hipnotizado.
No por la habilidad de la chica, que era impresionante. No por su valor, que era evidente. No.
Estaba hipnotizado por sus pechos.
Bajo la armadura de metal y la túnica, se movían con una gracia y un volumen que capturaron toda su atención. Con cada giro del estandarte, cada carga contra un wyvern, cada movimiento para proteger a un soldado, aquellos atributos perfectos, redondos y firmes, rebotaban y se tensaban de una manera que era a la vez poderosa y… profundamente hermosa. Eran grandes, sí, pero no obscenamente. Eran el epítome de la proporción femenina, un equilibrio perfecto entre tamaño y forma, realzados por la armadura que los ceñía sin comprimirlos. El escote de su túnica, modesto pero no puritano, ofrecía un vistazo de la piel clara y la promesa de una curvatura sublime.
Para Issei Hyoudou, autoproclamado Bestia Pervertida y experto en el tema, era una obra de arte en movimiento. Olvidó momentáneamente los dragones, la ciudad en llamas, la misión. Sus ojos, con la concentración de un águila (o de un halcón pervertido), siguieron cada balanceo, cada vibración. Era la encarnación de su ideal. Heroica, poderosa, y dotada con un par de senos que podían inspirar poesías (o fantasías muy vívidas). Incluso en medio del caos y la muerte, su mente subconsciente calculaba: “¿Son más grandes que los de Tamamo? Por unos milímetros quizás no, pero la forma… la forma es divina. Y el movimiento en combate… es como ver a una diosa del campo de batalla. Santo cielo, literalmente una santa con unos pechos…”
Su trance fue tan profundo que no notó que Tamamo, desde su posición manteniendo la barrera, lo estaba observando. Sus afilados ojos de zorro, capaces de percibir cambios sutiles en el mana y las emociones, siguieron la línea de la mirada de su goshujin-sama. Y no llevó a los ojos azules y determinados de la misteriosa guerrera, ni a su estandarte sagrado. Llevó directamente, sin posibilidad de error, a la región pectoral de la chica.
Un tic nervioso recorrió la hermosa cara de Tamamo. Sus orejas se aplastaron contra su cabeza. Una sonrisa tensa, que no mostraba ningún diente pero prometía un castigo divino, se dibujó en sus labios. «Goshujin-sama…», murmuró para sí, pero el tono hizo que incluso algunos soldados cercanos sintieran un escalofrío.
Issei no oyó nada. Estaba demasiado ocupado viendo cómo, al bloquear un golpe de cola de wyvern, el impacto hacía que aquella maravilla anatómica temblara de una manera que debería ser estudiada por científicos (pervertidos).
Finalmente, cuando un wyvern particularmente grande se abalanzó sobre la chica rubia desde atrás y ella, concentrada en otro, no lo vio venir, Issei reaccionó por instinto. «¡Cuidado!» Su brazo con el Gear se alzó. «Boost! ¡Gandr, máxima potencia!»
El orbe negro y rojo salió como un cohete, impactando en la cabeza del wyvern y explotando en una nube de energía de maldición y fuerza bruta. La criatura se desplomó, muerta.
La chica rubia giró, sorprendida, y sus ojos azules se encontraron con los de Issei. Por un momento, hubo un reconocimiento mutuo, una evaluación rápida. Ella vio a un joven con un brazo cubierto por un guantelete escamoso rojo, con una expresión de preocupación genuina (y, aunque ella no podía saberlo, los ecos residuales de admiración pectoral). Él vio de cerca su rostro: hermoso, juvenil, pero marcado por la determinación y una tristeza profunda. Y, desde esta distancia, confirmó que sus pechos eran tan perfectos como había imaginado.
Fue en ese momento preciso que Tamamo, habiendo asegurado que la barrera se mantuviera (y habiendo lanzado unos kitsune-bi asesinos contra un par de wyverns con una ferocidad inusual), se deslizó a su lado. Su mano, delicada y con garras retráctiles apenas visibles, encontró la mejilla de Issei.
Y pellizcó.
No fue un pellizco cariñoso. Fue una torsión precisa y dolorosa de la piel y el músculo subyacente, aplicada con la fuerza de una Caster divina que estaba ligeramente irritada.
«¡AIIII!» El grito de Issei cortó el aire, más estridente que los chillidos de los wyverns. Sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias. La visión celestial de los pechos de la santa se desvaneció, reemplazada por el dolor agudo y la visión de la sonrisa beatífica pero peligrosísima de Tamamo.
«Goshujin-sama», dijo Tamamo con una dulzura que hacía que el pellizco pareciera aún más cruel. «¿Estás bien? Parecías… distraído. El campo de batalla es un lugar peligroso para soñar despierto.»
«¡S-sí! ¡Estoy bien! ¡Gracias, Tamamo!», tartamudeó Issei, frotándose la mejilla que seguramente estaba roja. La realidad volvió a él de golpe: los dragones, la ciudad, la misión. Y la chica rubia que ahora los miraba a ambos con curiosidad.
La batalla, gracias a la intervención de la misteriosa guerrera y el esfuerzo combinado, terminó pronto. Los últimos wyverns fueron derrotados o huyeron. Un silencio cansado cayó sobre la calle, roto solo por los gemidos de los heridos y el crepitar de los incendios.
Fue entonces cuando Mash y Nero llegaron corriendo desde sus posiciones. «¡Sempai! ¿Estás…?» Mash se detuvo, sus ojos yendo de Issei (que se frotaba la mejilla) a Tamamo (sonriendo inocente) a la chica rubia con el estandarte.
Nero, por su parte, evaluó a la recién llegada de arriba abajo. «Umu. Una nueva guerrera en el escenario. Y con una presencia… familiar.»
La chica rubia plantó la punta de su estandarte en el suelo, entre los escombros. Respiró hondo, y luego hizo una reverencia ligera, más un gesto de respeto que de sumisión. «Gracias por vuestra ayuda. Sois… no sois de aquí. Vuestro poder es extraño, pero vuestro corazón parece estar en el lugar correcto.» Hablaba en francés, pero el traductor de Issei funcionó a la perfección.
Issei, recuperando algo de compostura (aunque su mejilla aún ardía), dio un paso al frente. «Nosotros… somos viajeros. Buscamos poner fin a esto. A los dragones, al cielo… a la Bruja Dragón.»
Al mencionar ese nombre, la expresión de la chica se ensombreció. Una profunda pena cruzó sus ojos azules, seguida de una resolución de acero. «La Dragon Witch…», murmuró. «Sí, es por ella que todo esto sucede. Pero no soy ella.»
Mash, con su lógica implacable, articuló la pregunta que ahora resonaba en la mente de todos. «Disculpe… entonces, ¿quién es usted?»
La chica se enderezó, su mirada recorrió al grupo: a la shielder con su escudo imposible, a la mujer-zorro con sus colas mágicas, a la emperatriz con su aura dorada, y finalmente al joven con el guantelete rojo que la había ayudado (y la había mirado de una manera que, aunque ella no lo entendía del todo, la hizo sentir ligeramente consciente de su armadura). Tomó aire.
«Mi nombre es Jeanne. Jeanne d’Arc. La Doncella de Orleans.»
La declaración cayó como una losa en el silencio.
Jeanne d’Arc. La Santa. La heroína. La que, según la historia y los rumores de esta Singularidad, se había convertido en la Bruja Dragón, la vengadora que comandaba las bestias que acababan de atacar.
Pero esta mujer frente a ellos no irradiaba odio ni corrupción. Su luz era cálida, sagrada, aunque teñida de una pena inmensa. No había rastro de llamas verdes ni de ojos inyectados en sangre. Solo determinación y una tristeza que parecía tan antigua como la fe misma.
Issei, a pesar de la confusión, de la misión, del peligro, no pudo evitar que su mente pervertida hiciera una última observación, un susurro interno que solo Ddraig y Olga podrían haber captado: “Jeanne d’Arc… tiene unos pechos increíbles.”
Tamamo, a su lado, suspiró profundamente, un suspiro que hablaba de una paciencia infinita puesta a prueba diariamente. Su esposo, el Maestro de Chaldea, el portador del Boosted Gear, el único capaz de dirigirlos contra las Singularidades, era, en el fondo y en la superficie, un pervertido de primera clase. Y, por algún motivo que solo los caprichos del destino podrían explicar, ese mismo pervertido parecía atraer a mujeres poderosas y bien dotadas como un imán.
La situación, sin duda, se había vuelto infinitamente más confusa.
Si la verdadera Jeanne d’Arc estaba aquí, luchando por Francia y protegiendo a su gente…
¿Quién diablos era la Bruja Dragón que gobernaba desde las ruinas de Orleans?
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