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Fate/Issei Order - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capitulo 13 Confusion
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14: Capitulo 13: Confusion 14: Capitulo 13: Confusion El silencio que siguió a la declaración de la chica rubia fue tan absoluto y cargado como el aire saturado de mana de Orleans.

Los sonidos residuales de la batalla —el crepitar de maderas quemadas, los gemidos de los heridos, el jadeo de los soldados exhaustos— parecieron desvanecerse en un vacío de puro desconcierto.

Jeanne d’Arc.

La Doncella de Orleans.

La heroína francesa.

La mártir quemada en la hoguera.

El núcleo de esta Singularidad distorsionada.

La mismísima Bruja Dragón que, según todos los testimonios, había regresado de la muerte para arrasar Francia con un ejército de bestias aladas.

Pero la mujer que tenían frente a ellos, con su estandarte manchado de hollín pero erguido con orgullo, con sus ojos azules claros llenos de tristeza determinada, con su aura que desprendía una sensación de pureza casi tangible…

no encajaba en esa descripción.

En absoluto.

La pregunta, no verbalizada pero vibrando en el aire entre Issei, sus Servants, los soldados franceses atónitos y los civiles que se asomaban con cautela, era una sola, repetida como un mantra de confusión: ¿Quién diablos era, entonces, la Jeanne que controlaba a los dragones?

Mash fue la primera en articularlo, su voz un susurro incrédulo que el traductor proyectó en un francés igualmente vacilante.

«Jeanne d’Arc…

pero eso significaría…

¿que la que comanda a los dragones, la Bruja…

es…?» «Una impostora», declaró Nero con firmeza, aunque su ceño fruncido delataba que la situación era más compleja que eso.

«Umu.

Nadie usurpa el nombre y la gloria de un héroe sin pagar el precio.

Debemos encontrarla y hacerle frente a su farsa.» Tamamo, sin embargo, no apartaba sus ojos afilados de la supuesta Jeanne.

Sus colas se movían lentamente, sensibles a las corrientes mágicas.

«No es una impostora común…

Su espíritu, su esencia…

resuena con la leyenda.

Es una Jeanne d’Arc.

La pregunta es cuál.» Mientras sus compañeras analizaban la situación con una mezcla de lógica y intuición mágica, Issei Hyoudou se encontraba en un estado mental…

diferente.

La revelación de la identidad de la chica rubia había activado un interruptor en su cerebro pervertido, redirigiendo toda su capacidad de procesamiento hacia un solo canal.

El nombre ‘Jeanne d’Arc’ pasó por su consciencia como un dato histórico vago, algo sobre una santa y una hoguera.

Pero lo que realmente capturó, ancló y amplificó su atención fue la confirmación de que aquellos pechos divinos, esa obra maestra de la biomecánica femenina que había observado en combate, pertenecían a una santa canonizada.

Una santa.

Una mujer venerada por millones, representante de la fe y la pureza.

Y para Issei, eso los hacía aún más fascinantes.

‘Jeanne d’Arc…

santa…

pechos de santa…’ Su mente repetía el ciclo, construyendo una espiral de pensamientos cada vez más absurdos.

‘¿Los santos en el cielo tienen pechos así?

¿Es un requisito para la santidad?

¿Habrá una medición divina?

Dios, debe ser un genio del diseño…

La forma, el tamaño, la forma en que se mueven con fe…

Es como si cada balanceo fuera una oración…

Una oración que dice “mírame, Issei Hyoudou”…’ Su mirada, disimulada (o eso creía él) detrás de un parpadeo excesivamente lento, se posó de nuevo en el área pectoral de Jeanne, estudiando cómo la respiración aún acelerada por la batalla hacía subir y bajar la armadura y la túnica.

‘Incluso su armadura es misericordiosa…

no los oprime, les da espacio para respirar…

Oh, qué piadosa…’ Estaba tan ensimismado en su análisis teológico-pervertido que no notó la mirada glacial que Tamamo le lanzaba, ni el leve rubor de incomodidad que empezaba a teñir las mejillas de Jeanne bajo su escrutinio inconscientemente intenso.

Tampoco notó la forma en que Ddraig, dentro del Gear, emitía un suspiro mental que sonaba como el roce de escamas gigantes.

«Soci…

en serio.

En medio de una crisis existencial-histórica, tú…» Fue entonces cuando el peligro, que nunca dormía en esta Singularidad, decidió intervenir para salvar a Issei de sí mismo y a Jeanne de su mirada.

No fue un rugido lo que lo anunció, sino un silbido siniestro, el sonido del aire siendo cortado por algo grande, rápido y letal.

Un wyvern, herido y desorientado durante la batalla, había reptado por los escombros de un edificio colapsado y, en un último arranque de furia agonizante, se lanzó desde una altura de dos pisos directamente hacia la espalda desprevenida de Issei.

Sus fauces, aún goteando fuego verde, se abrieron para un mordisco final.

«¡ISSEI!

A TU DERECHA, ARRIBA!» El rugido de Ddraig en su mente fue un látago de pura adrenalina.

Los instintos de Issei, pulidos por las batallas recientes y los entrenamientos de Olga, reaccionaron antes de que su mente consciente terminara de procesar la imagen mental de los pechos santos.

Su cuerpo giró, el Boosted Gear materializándose en su brazo derecho en un destello de luz roja carmesí.

No hubo tiempo para un Boost completo, ni para un hechizo.

Solo para la reacción bruta.

«¡HYAH!» Con un grito gutural, Issei lanzó su brazo enguantado hacia arriba, no para golpear, sino para atrapar.

Las garras de energía dragónica del Gear se cerraron alrededor de la mandíbula inferior del wyvern en el mismo instante en que los dientes afilados como dagas intentaban clausurarse sobre su hombro.

Un crujido metálico y óseo resonó.

El aliento fétido y caliente del monstruo le dio en la cara.

La fuerza del impacto hizo que Issei retrocediera un paso, sus botas arrastrando escombros.

El wyvern, sorprendido, forcejeó, pero el agarre del Gear era de una potencia absurda.

Los ojos bestiales, llenos de odio y agonía, se encontraron con los de Issei, que ahora brillaban con un destello de furia no pervertida, sino protectora.

«¡No…!

¡Hoy no!» gruñó, y con un movimiento torpe pero poderoso, impulsado por el Gear y su propio Reforzamiento, giró sobre su eje y estrelló al wyvern contra el suelo de piedra con toda su fuerza.

El impacto, potenciado por la energía dragónica, fue tremendo.

La criatura emitió un chillido quebrado y quedó inmóvil, su cuello roto.

Issei jadeó, soltando la mandíbula ahora floja.

El guantelete se desvaneció.

Un silencio nuevo, esta vez de asombro, cayó sobre la plaza.

Los soldados franceses, que apenas habían tenido tiempo de gritar una advertencia, lo miraban con los ojos como platos.

Habían visto a la Doncella luchar con gracia y luz sagrada.

Habían visto a la mujer-zorro y a la emperatriz luchar con poder mágico y marcial sobrehumano.

Pero lo que acababa de hacer este joven extranjero…

había sido algo visceral, primario, una demostración de fuerza bruta contenida que resonaba de manera diferente, más comprensible y aterradora a la vez.

Pero el alivio duró poco.

El ataque del wyvern agonizante pareció ser una señal.

Desde el cielo anillado, respondiendo a algún llamado imperceptible, varias figuras más comenzaron a descender en picado hacia su ubicación.

No era un ataque masivo como antes, sino una manada más pequeña, tal vez atraída por la muerte de su congénere o por la concentración de energía espiritual.

La batalla que siguió fue un resumen rápido, eficiente y brutal de lo que el equipo de Chaldea había aprendido a hacer.

No hubo necesidad de órdenes elaboradas.

Jeanne se movió primero, su estandarte alzado.

«¡Proteged a los civiles!

¡A las barricadas!» Su voz, clara y autoritaria, hizo que los soldados reaccionaran por puro reflejo disciplinado.

Nero cargó al frente con un grito de júbilo, su espada dorada trazando líneas de fuego solar que atravesaban membranas alares.

«¡Umu!

¡Aún hay protagonismo para esta actriz!» Tamamo, con un gesto de fastidio (¿hacia los dragones o hacia la atención que Issei le había prestado a Jeanne?), lanzó una ráfaga de orbes kitsune-bi que explotaron como fuegos artificiales mortales alrededor de dos wyverns, desorientándolos y quemándolos.

Mash plantó su escudo entre los dragones que se acercaban y el refugio principal, convirtiéndose en una muralla inquebrantable.

Cada embestida, cada chorro de fuego, se estrellaba contra la superficie de Lord Camelot y se desvanecía.

Issei, con el corazón aún acelerado por el susto y la acción, se concentró en la coordinación.

«¡Mash, cubre el flanco izquierdo!

¡Nero, el que intenta rodear!

¡Tamamo, nubla la vista del grande!» Usó su Código Místico para dar a Nero un breve impulso de velocidad, permitiéndole interceptar a un wyvern que intentaba flanquear a Mash.

Fue una danza de destrucción coreografiada en segundos.

En menos de cinco minutos, los últimos wyverns yacían muertos o huían heridos.

La victoria era clara, indiscutible.

Pero la confusión entre los habitantes de Orleans era palpable, casi un ser vivo más en la plaza.

Miraban a Jeanne d’Arc, la heroína que acababa de liderar su defensa, con una mezcla de gratitud, miedo y profunda perplejidad.

Susurros corrían entre ellos como llamas en la paja.

«Es la Doncella…

pero la Doncella es la bruja…» «¿Nos ha salvado?» «¿Es un truco?

¿Una ilusión antes del matanza final?» «¡Pero su bandera!

¡Sus palabras!» Jeanne, receptiva a la angustia de su pueblo como siempre lo había sido, absorbió esa confusión como un dolor físico.

Su rostro, ya marcado por la tristeza, se ensombreció aún más.

Comprendió que su mera presencia aquí, ahora, era un factor de desestabilización.

Estos hombres y mujeres habían sido aterrorizados por alguien que llevaba su rostro y su nombre.

Cada mirada de gratitud estaba teñida por la duda, cada suspiro de alivio era seguido por un temblor de temor.

Ella no podía quedarse.

No así.

Sus ojos azules, buscando una respuesta, una ancla en este mar de paradojas, se posaron en Issei Hyoudou.

Y esta vez, no vio solo al joven fuerte con el brazo dragón.

Vio algo más.

Una cualidad espiritual, una conexión con el mundo de los héroes, un contrato latente.

Sus habilidades como Ruler, la clase de Servant diseñada para supervisar guerras santas, le permitieron percibir lo que otros no podían: los lazos dorados y tenues que conectaban a Issei con Tamamo, con Nero, incluso con la sombra dentro del escudo de Mash.

Él era un Maestro.

Un convocante de espíritus heroicos.

Alguien que, por definición, estaba involucrado en alteraciones de la historia.

Era la pieza que no encajaba, y por tanto, la clave.

Con una decisión repentina, Jeanne se movió.

No con la gracia del campo de batalla, sino con la determinación rápida de quien captura una oportunidad.

Cruzó la distancia entre ellos en tres zancadas largas.

Antes de que Issei, que estaba revisando un rasguño en su brazo, pudiera reaccionar, la mano enguantada de Jeanne se cerró no alrededor de su muñeca, sino alrededor del cuello de su Code Mystic, el broche plateado que Da Vinci había creado y que ahora también servía de anclaje para el traductor universal.

«¡Oye!

¿Qué…?» fue todo lo que Issei logró decir antes de sentir un tirón irresistible.

Jeanne, con una fuerza sorprendente para su estatura, lo giró y comenzó a arrastrarlo, no con violencia, pero sí con una firmeza absoluta, alejándolo de la plaza, hacia una calle lateral menos dañada.

«¡ALTO!» El grito de Tamamo fue un latigazo de furia proteccionista mezclada con celos arcaicos.

«¡Suelta a mi esposo, ladrona santurrona!» Mash parpadeó, completamente perdida.

«¿Eh?

¿Señorita Jeanne?

¿Por qué…?» Nero, por su parte, reaccionó con indignación imperial.

«¡Umu!

¡¿Qué insolencia es esta?!

¡Nadie se lleva a mi Praefectus, mucho menos a mi emperador, sin el consentimiento de Roma!

¡Detente!» Las tres Servants, unidas en su preocupación por Issei (aunque por razones ligeramente diferentes), se lanzaron en su persecución.

Mash por lealtad y deber, Tamamo por amor posesivo y desconfianza hacia otra mujer de pechos grandes, y Nero por orgullo herido y un sentido de propiedad recién declarado.

Issei, tambaleándose mientras era arrastrado, solo podía balbucear protestas ininteligibles.

«¡Espera, puedo caminar!

¡El cuello, el cuello!» Pero Jeanne no soltaba.

Corría con determinación, su capa azul ondeando, arrastrando a un Maestro de Chaldea completamente desconcertado detrás de ella.

La persecución fue breve pero caótica.

Tamamo lanzó orbes de energía que Jeanne esquivó con giros bruscos, haciendo que Issei se balanceara como un muñeco de trapo.

Nero intentó cortarles el paso, pero Jeanne, con un conocimiento intuitivo de las calles (¿un residuo de sus memorias como la Doncella de esta ciudad?), tomó un atajo a través de una casa semiderruida.

Mash, la más sensata, simplemente los seguía de cerca, calculando la manera de interceptarlos sin dañar a Issei.

Finalmente, Jeanne llegó a un pequeño patio interior, una plaza minúscula rodeada por los muros altos de lo que alguna vez fueron casas adosadas.

Una fuente seca y cubierta de escombros ocupaba el centro.

Allí se detuvo, soltando finalmente el Code Mystic de Issei, quien cayó de rodillas, tosiendo y frotándose el cuello.

«¡LO LOGRASTE!

¡LA HAS ROTO!», gritó Tamamo, irrumpiendo en el patio como un tifón de nueve colas erizadas, seguida de cerca por Nero, cuya espada brillaba con fuego solar listo para ser desatado, y Mash, que se interpuso prudentemente entre todos con su escudo bajo.

Jeanne se volvió para enfrentarlas, pero no en una postura de combate.

Sostuvo su estandarte con una mano, mientras con la otra hizo un gesto de “calma”.

Su expresión era severa, intensa, pero no hostil.

Sus ojos azules, ahora examinando a Issei con una concentración analítica que borraba cualquier rastro de la timidez anterior, parecían querer atravesarlo.

«No deseo hacerle daño», dijo, su voz firme.

«Solo necesitaba…

ver.

Entender.» «¿Entender QUÉ, exactamente, arrastrando a mi goshujin-sama como un saco de patatas?», espetó Tamamo, sus colas agitándose como serpientes enfurecidas.

Sus dedos ya brillaban con energía preparatoria para un hechizo que no sería de curación.

Nero se plantó al lado de Tamamo, por una vez en acuerdo total con su rival.

«¡Explicaciones, doncella!

¡O enfrentarás la ira de Roma y del Inframundo Zorro simultáneamente!» Issei, todavía jadeando, levantó una mano.

«Esperen…

esperen…

creo que…» Tragó saliva.

La mirada de Jeanne sobre él era desconcertante.

No era la mirada admirativa (o exasperada) de las otras chicas.

Era una mirada de evaluación espiritual, como si lo estuviera escaneando en busca de defectos de fabricación divina.

Y, siendo Issei un adolescente con el autoestima basado principalmente en su resiliencia y sus fantasías pervertidas, sentirse examinado así por una santa hermosa era…

raro.

Muy raro.

Pero también, en el fondo de su mente pervertida, un pensamiento emergió: ‘Está mirándome fijamente…

a mí…

Issei Hyoudou…

una santa…’ Lo cual, por supuesto, llevó a: ‘¿Sus ojos son del mismo azul que el cielo antes del anillo?

Qué profundos…’ y luego, inevitablemente: ‘Se está inclinando un poco…

la armadura…

la vista desde aquí es…

increíble…’ Afortunadamente para su integridad física (y la de él), antes de que su mente pudiera divagar más, Tamamo y Nero se abalanzaron sobre él.

«¡Goshujin-sama!

¡¿Estás bien?!

¡¿Te lastimó?!» Tamamo lo agarró de los hombros, sacudiéndolo suavemente mientras sus ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo en busca de heridas.

Sus manos, suaves pero insistentes, lo palpaban a través del uniforme.

«¡Praefectus!

¡Dime si ese salvaje disfrazado de santa te hizo algo!

¡Mis médicos romanos son los mejores!» Nero se unió al examen, tocando sus brazos, su pecho, con una eficiencia marcial que era igualmente invasiva.

«Estoy bien, de verdad, solo un poco…

mareado…», intentó decir Issei, pero fue ignorado.

«¡Aquí no hay moretones visibles!», declaró Tamamo, sus manos bajando hacia su cintura.

«¡Pero debemos revisar por completo!

¡Las lesiones internas son traicioneras!» Sus dedos encontraron el cinturón de su uniforme.

«¡Umu!

¡Concuerdo!

¡Una inspección completa es necesaria!

¡La deshonra de un emperador no se limita a lo superficial!» Nero, quizás sin entender completamente lo que implicaba, pero no queriendo quedarse fuera, agarró el borde de la chaqueta de Issei.

Issei sintió el pánico.

«¡Eh, chicas, ESPEREN!

¡No es necesario…!» Pero era demasiado tarde.

Tamamo, en su frenesí protector-celoso, comenzó a desabrochar su cinturón con destreza inquietante.

«¡Debemos asegurarnos de que tus…

tus ‘joyas familiares’, como dices tú, estén a salvo!

¡Una doncella vengativa podría haber apuntado allí!» «¡SÍ!

¡El futuro linaje debe protegerse!», añadió Nero con fervor, aunque su conocimiento de anatomía masculina era probablemente más teórico que práctico.

«¡NO, DETENEOS!» Issei gritó, aferrándose a su pantalón con ambas manos, su rostro rojo como un tomate.

La perspectiva de ser desnudado a la fuerza por su esposa zorro y su emperatriz romana, en frente de una santa real, era la materialización de una pesadilla muy específica (y no del tipo placentero).

Jeanne, que había estado observando la escena con creciente incomodidad, finalmente rompió su severidad.

Sus mejillas se tiñeron de un rojo brillante que rivalizaba con el de Issei.

«¡Q-Que…

qué impúdico!

¡Deteneos esta instantá!

¡Esto es…

es pecaminoso!» Gritó, girando completamente sobre sus talones para dar la espalda al grupo, su capa ondeando con fuerza.

Sus hombros estaban tensos, y llevó una mano a su frente, como si rezara por fuerza.

Fue Mash, la voz de la cordura en el caos, quien finalmente intervino físicamente.

Con un movimiento rápido, se interpusó entre Issei y las dos Servants sobreexcitadas.

«¡Tamamo!

¡Nero!

¡Por favor, basta!

¡Sempai dice que está bien!» Su voz, aunque tranquila, tenía una firmeza que hizo que ambas se detuvieran.

Tamamo parpadeó, como saliendo de un trance.

Nero bajó las manos, pareciendo un poco avergonzada de su propio arrebato.

Ambas dieron un paso atrás, aunque Tamamo no dejaba de lanzar miradas asesinas a la espalda de Jeanne.

Issei, respirando aliviado, se recompuso rápidamente, abrochándose el cinturón y alisando su uniforme arrugado.

«Gracias, Mash», dijo, su voz aún un poco temblorosa.

Un silencio incómodo llenó el patio.

Solo el sonido lejano de los esfuerzos de reconstrucción en la ciudad llegaba hasta ellos.

Jeanne, tras tomar un momento para recuperar la compostura, se volvió lentamente.

Su rostro aún estaba ligeramente sonrojado, pero su expresión había vuelto a ser seria, aunque ahora con un toque de exasperación.

«Disculpad…

el arrebato», dijo, dirigiendo sus palabras a Issei principalmente.

«Pero mi acción tenía un propósito.

Sois…

un Maestro.

Un convocante de Espíritus Heroicos.

Y esas tres mujeres…» Su mirada recorrió a Tamamo, Nero y Mash.

«…son Servants.

Espíritus de leyenda, traídos a este mundo.

Sois una anomalía en esta tierra ya distorsionada.

Y necesito saber por qué estáis aquí.» Issei, finalmente recuperando algo de su equilibrio (tanto físico como mental), asintió.

Era hora de las explicaciones.

Respiró hondo.

«Tienes razón.

Soy Issei Hyoudou.

Un Maestro…

sustituto, de Chaldea.» Hizo una pausa, recordando las presentaciones formales.

«Esta es Tamamo-no-Mae, Caster, una divinidad zorro de Japón.» Tamamo, recuperando su gracia habitual, hizo una reverencia ligera, aunque su sonrisa era un poco tensa.

«Encantada.

Y para corregir a mi querido goshujin-sama, no soy solo su Servant.

Soy su esposa kitsune, jurada y comprometida.» Issei se sonrojó de nuevo.

«E-emperatriz Nero Claudius, Saber, de Roma.» Nero se irguió, inflando el pecho con orgullo imperial.

«¡Umu!

¡Así es!

Y él no es solo mi Praefectus, sino mi emperador por ley y conquista del corazón!» declaró, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Issei sintió que el rubor se extendía hasta las orejas.

«Y esta es Mash Kyrielight, mi…

kouhai y shielder.

No es exactamente una Servant, es una Demi-Servant, fusionada con Sir Galahad.» Mash, la única que parecía entender la noción de modestia, hizo una respetuosa reverencia a Jeanne.

«Es un honor conocerla, Señorita Jeanne.

He leído sobre sus hazañas.» Jeanne los observó a todos, su procesamiento mental visible en su rostro.

Issei Hyoudou, un nombre extraño.

Una esposa kitsune divina.

Una emperatriz romana que lo reclamaba como emperador.

Una shielder con el espíritu de un caballero de la Mesa Redonda.

Y todas, claramente, extremadamente apegadas a él de maneras que iban más allá de lo contractual.

Era…

abrumador.

Y profundamente extraño.

«Veo», dijo finalmente, su voz cuidadosamente neutral.

«Y…

Chaldea es…» «Una organización para la preservación de la humanidad», explicó Mash.

«Observamos la historia humana y la protegemos de amenazas existenciales.

Esta…

esta realidad está rota.

Es una Singularidad, un punto en el tiempo que ha sido distorsionado, desviado de su curso correcto.

Nosotros hemos venido a corregirla.» «Y la fuente de la distorsión», continuó Issei, encontrando su ritmo, «parece ser el Santo Grial, un artefacto de poder inmenso.

Y todo lo que hemos escuchado, de soldados, de civiles, de supervivientes…

es que la persona que tiene el Grial, la que está causando este caos, la que comanda a los dragones y mantiene ese anillo en el cielo…

es Jeanne d’Arc.

Una Jeanne d’Arc que regresó para vengarse.» Al escuchar esto, el rostro de Jeanne se crispó en una mueca de dolor genuino.

«Yo…

no he estado aquí por mucho tiempo.

Fui invocada, sentí el llamado del Grial, pero cuando llegué…

todo esto.» Hizo un gesto amplio que abarcaba la ciudad destruida, el cielo anormal.

«Tenía fragmentos de entendimiento, sabía que algo estaba terriblemente mal, que yo era el centro de ello de alguna manera…

pero no podía comprenderlo.» En ese momento, los hologramas de Romani Archaman y Leonardo da Vinci parpadearon sobre el escudo de Mash, que Issei había dejado en el suelo.

Habían estado observando en silencio.

«¡Hola!

¡Sí, nosotros!

Los tipos desde la base!», saludó Romani, con su habitual falta de ceremonia.

«Jeanne d’Arc, ¿verdad?

Un placer, un verdadero placer.

Lecturas espirituales confirmadas, clase…

Ruler.

Interesante, muy interesante.» Da Vinci asintió, su mente ya analizando las implicaciones.

«Tu presencia aquí es a la vez la clave y la paradoja, querida.

Lo que el equipo te ha dicho es correcto.

Pero la Jeanne d’Arc que está causando estragos…

no es exactamente una impostora.» La voz de Olga Marie surgió entonces del propio Issei, como un susurro fantasmal que todos pudieron oír gracias a la conexión abierta.

«Explícalo de manera que él lo entienda, Da Vinci.

Para el cerebro pervertido.» Da Vinci sonrió.

«Déjame ponerlo en términos simples.

El Trono de los Héroes, el lugar de donde provienen los Servants, no es una biblioteca con un solo libro por héroe.

Es más bien…

un archivo con múltiples ediciones, traducciones, e incluso borradores alternativos de la misma historia.

La Jeanne d’Arc que está quemando Francia es una de esas ‘ediciones alternativas’.

Una versión de lo que podría haber sido si ciertos eventos, ciertas emociones, hubieran prevalecido.

En este caso, una Jeanne llena de ira, traicionada y quemada, que renuncia a su fe y abraza la venganza.» Jeanne palideció.

«Una versión…

de mí?» «Exacto», continuó Olga, su tono menos cortante, casi clínico.

«No es la ‘verdadera’ tú, ni la ‘falsa’ tú.

Es una posibilidad registrada en el registro del Trono.

Alguien, utilizando el Grial, la ha invocado y dado forma a esta Singularidad a su imagen distorsionada.

Tú, como la Jeanne d’Arc ‘estándar’, la del registro histórico principal, has sido invocada quizás como un contrapeso, o simplemente como una anomalía colateral.» La explicación, aunque simplificada, tuvo sentido para Issei.

Era como en los videojuegos, con finales alternativos y personajes “what if”.

Solo que aquí, el “what if” estaba quemando ciudades reales.

Jeanne se llevó una mano al pecho, sobre su armadura, como si sintiera un dolor físico.

El concepto de que una versión de ella misma, nacida de su propio dolor y desesperación, fuera la autora de tal destrucción…

era una tortura espiritual.

«No puedo…

no puedo aceptar que algo que lleve mi nombre, mi rostro, haya hecho esto.

A los que me traicionaron, quizás…

pero no a toda Francia.

No a gente inocente.» Su mirada se endureció, el fuego de la determinación reemplazando a la pena en sus ojos azules.

Miró a Issei directamente.

«Issei Hyoudou de Chaldea.

Vos y vuestros…

compañeros…» Su mirada se desvió brevemente hacia Tamamo y Nero, que aún lo flanqueaban posesivamente, «…tenéis el objetivo de corregir esta Historia, de detener a esa…

otra yo.

¿Es correcto?» Issei asintió con firmeza.

«Sí.

Esa es nuestra misión.

Salvar la humanidad.» Jeanne respiró hondo, como tomando una decisión que cambiaría su existencia como Servant.

«Entonces, yo también debo unirme a ese objetivo.

No puedo permitir que una sombra de mi alma continúe esta masacre.

No en mi nombre.

Ayudaré.

Pondré mi lanza y mi fe a vuestro servicio para detenerla.» Extendió su mano hacia Issei, no en un gesto de saludo, sino en una oferta formal.

Era un gesto de contrato, de formar un vínculo de Maestro y Servant.

Issei miró la mano enguantada, luego a los ojos serios y decididos de Jeanne.

En su mente, una guerra brevísima estalló.

Por un lado, el pervertido que gritaba: ‘¡Una santa!

¡Una santa va a ser mi Servant!

¡Con esos pechos!

¡Esto es el cielo!

¡O el paraíso pervertido!’ Por otro, el Maestro, el héroe en ciernes, que entendía el peso de aceptar a otro Servant, especialmente uno de la clase Ruler, y la responsabilidad de guiarla contra su propia sombra.

El Maestro ganó.

Pero por poco.

Alargó su mano y la colocó sobre la de Jeanne.

En el instante en que sus palmas se encontraron (a través del guante), una descarga silenciosa de energía los recorrió a ambos.

No era el destello dorado de un contrato normal, sino una luz plateada y azul, pura y clara, que se expandió en un círculo a sus pies, mostrando por un instante el símbolo de la flor de lis entretejido con el diseño de dragón del Boosted Gear.

Issei sintió una nueva conexión formarse en su interior, diferente a las de Tamamo y Nero.

Era una conexión más…

estable, más firme, como un juramento sagrado más que un lazo pasional o de lealtad fanática.

Sintió el flujo de mana establecerse, pero también sintió algo más: la inmensa tristeza de Jeanne, su fe inquebrantable, y su feroz determinación para enmendar lo imposible.

El contrato estaba sellado.

Jeanne d’Arc, la Santa Doncella de Orleans, era ahora oficialmente su Servant.

Separaron las manos.

Jeanne hizo una reverencia ligera, formal.

«Gracias, Maestro Issei.

Confío en que juntos podremos enderezar este camino torcido.» «El…

el gusto es mío», dijo Issei, aún sintiendo el hormigueo del contrato en su mano.

Ahora, con una Ruler en su equipo, la dinámica había cambiado.

Pero el objetivo principal seguía siendo el mismo.

«Bien», dijo Issei, tomando la iniciativa.

«Tenemos que detener a la Bruja Dragón.

Pero no sabemos exactamente dónde está, aparte de rumores de que opera desde Orleans.

Y necesitamos más información, más aliados.

No podemos enfrentarnos a un ejército de dragones y una Servant poderosa solo con nosotros.» «¿Qué propones, goshujin-sama?», preguntó Tamamo, observando cómo Jeanne se incorporaba a su lado con naturalidad, lo que le hizo fruncir ligeramente el ceño.

Issei pensó rápidamente.

Su mente, acostumbrada a buscar patrones en videojuegos de rol, encontró una lógica.

«Seguiremos el rastro de destrucción.

Vayamos a los lugares más recientemente atacados, a las ciudades o pueblos que hayan sufrido bajo los dragones en los últimos días.

Allí podríamos encontrar pistas frescas, testigos, o…

quizás, otros que estén luchando contra ella.

Otros Servants, tal vez.

No podemos ser los únicos espíritus heroicos arrastrados a este caos.» Jeanne asintió, su expresión pensativa.

«Tiene sentido.

La…

la otra yo, debe estar moviéndose, expandiendo su territorio de ira.

Si seguimos la estela de fuego, nos acercaremos a ella, y quizás encontremos aliados en el camino.» «Umu!

¡Una búsqueda épica!», exclamó Nero, siempre lista para el drama.

«¡De ciudad en ciudad, desenmascarando a la villana y reclutando héroes para nuestra causa!

¡Es una ópera perfecta!» Mash asintió.

«Es un plan sólido, Sempai.

Y nos permitirá evaluar la extensión total del daño mientras buscamos el Grial.» Romani asintió desde el holograma.

«Nosotros monitorearemos desde aquí y trataremos de triangular las mayores concentraciones de energía de dragones o Servants.

¡Buena idea, Issei!» Así, con un nuevo aliado, un contrato sagrado y un plan en marcha, el equipo de Chaldea se reorientó.

No solo buscaban corregir una Singularidad; ahora buscaban enfrentar el lado oscuro de una leyenda, acompañados por la leyenda misma.

Y en el centro de todo, Issei Hyoudou, el Maestro pervertido, ahora tenía bajo su mando a una santa, una diosa zorro y una emperatriz romana, todas determinadas a salvar el mundo, aunque por razones que a menudo entraban en conflicto entre sí y con sus propias fantasías.

El camino hacia la siguiente ciudad atacada, y hacia el corazón de la venganza ardiente de la Bruja Dragón, comenzaba ahora, bajo la mirada imperturbable del Cielo Anillado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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