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Fate/Issei Order - Capítulo 15

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15: Capitulo 14: Dinamica 15: Capitulo 14: Dinamica El camino que siguió el ahora quinteto de Chaldea fue un sendero tallado no por piedras o raíces, sino por la desolación.

Era como si un dios iracundo hubiera arrastrado un dedo gigantesco y llameante a través del mapa de Francia, dejando una cicatriz negra y humeante que ellos seguían con una mezcla de determinación y creciente horror.

Dejaron atrás Orleans, o lo que quedaba de ella, y se adentraron en la campiña.

El patrón era monótono y terrible.

Primero, el olor: ceniza, carne chamuscada, el dulzón y nauseabundo aroma de la muerte reciente.

Luego, el sonido: el silencio.

Un silencio absoluto, roto solo por el crujido de sus propios pasos sobre tierra carbonizada o el gemido del viento a través de estructuras quemadas.

Finalmente, la vista: pueblos reducidos a esqueletos de vigas negras, campos de cultivo convertidos en páramos de carbón, pozos de agua envenenados con cenizas y, a menudo, los restos.

A veces encontraban supervivientes.

Grupos pequeños, famélicos, con los ojos vacíos de todo excepto del instinto de huida.

Cargaban con lo poco que podían, arrastrando a niños silenciosos y ancianos que miraban hacia atrás como si el pasado fuera un monstruo que podía alcanzarlos.

Issei y su grupo les ofrecían lo que podían: agua purificada por Tamamo, palabras de aliento de Jeanne, una escolta breve hasta un cruce de caminos más seguro.

Los refugiados los miraban con temor y asombro, especialmente a Jeanne, cuya fama y apariencia generaban susurros y miradas de reconocimiento aterrorizado antes de que Mash o Romani pudieran explicar torpemente la diferencia.

Otras veces, no encontraban a nadie con vida.

En una aldea cuyo nombre se había perdido con la señalización, encontraron el primer indicio de que la corrupción del Grial iba más allá de la creación y control de dragones.

El lugar había sido atacado días antes.

Los cuerpos, lo que quedaba de ellos, yacían esparcidos, pasto de cuervos y alimañas.

Pero cuando Issei y los demás se acercaron con la intención de al menos ofrecer unos entierros rápidos, los cuerpos se movieron.

No fue un levantarse elegante.

Fue un espasmo grotesco, un retorcerse de miembros rotos, un alzar de cabezas con ojos vacíos o llenos de un fulgor verde pútrido.

La carne, en descomposición avanzada, se retorcía bajo una energía negra y viscosa que parecía emanar de la tierra misma, alimentada por el exceso de mana corrupto.

«¡Zombis!», gritó Mash, plantando su escudo inmediatamente frente a Issei.

«¡La energía mágica residual los está reanimando!» «Qué asco…

incluso en la muerte no les dan paz», gruñó Nero, su nariz arrugada en desprecio mientras su espada, Aestus Estus, se materializaba en su mano con un destello dorado.

Tamamo frunció el ceño, sus colas erizadas.

«No es necromancia pura.

Es la corrupción del lugar, del Grial.

Mana viciado que insufla una parodia de vida.

Una abominación.» Pero fue Jeanne quien pareció recibir el golpe más fuerte.

Su rostro, ya pálido por el dolor acumulado, se descompuso en una mueca de puro horror y angustia.

Ver a aquellos a quienes no había podido salvar, a quienes su otra yo había masacrado, siendo profanados incluso después de la muerte…

fue una blasfemia contra todo en lo que creía.

«No…

esto no puede…», susurró, su mano apretando el asta de su estandarte hasta que los nudillos quedaron blancos.

Los no-muertos, con gemidos rasposos, se arrastraban y tambaleaban hacia ellos.

Tal vez atraídos por el calor de la vida, tal vez por órdenes residuales de destrucción.

«¡Acabemos con esto!», ordenó Issei, su propia náusea convertida en rabia.

No usó el Boosted Gear.

Esto no lo merecía.

«¡Mash, contenlos!

¡Nero, Tamamo, ataque disperso!

¡Apunten a la cabeza o a destruirlos por completo!

¡Jeanne…» La vio temblar.

«…Jeanne, cúranos si es necesario, o purifica lo que puedas.» La batalla fue macabra pero sencilla.

Estos zombis no eran rival para los Servants.

Mash cargó, y su escudo no solo bloqueó, sino que aplastó y desintegró cuerpos con su peso y poder sagrado.

Nero bailaba entre ellos, su espada dorada cortando miembros y cabezas con elegancia mortífera, incinerando la carne corrupta con el calor de su Noble Phantasm.

Tamamo, con gestos distantes de disgusto, lanzaba bolas de fuego kitsune-bi que consumían a los muertos vivientes en llamas azules y puras, dejando solo cenizas.

Issei usó su Reforzamiento y Gandr, destrozando rodillas y cráneos con golpes potenciados y orbes de maldición.

Era un trabajo sucio, desagradable, pero necesario.

Cada zombi que caía era un acto de misericordia final.

Cuando el último cadáver profanado quedó inerte, esta vez para siempre, un silencio pesado cayó sobre la aldea fantasma.

El olor a podredumbre y ceniza quemada era sofocante.

Sin una palabra, Jeanne se adelantó.

Dejó su estandarte clavado en el suelo y se arrodilló en el centro de la plaza del pueblo, entre los restos esparcidos.

Cerró los ojos, juntó las manos y comenzó a rezar.

Su voz, baja pero clara, cortaba la quietud mortal.

No era un cántico en latín complejo, sino palabras simples en francés, una plegaria por el descanso, por el perdón, por la paz.

Una luz suave, plateada y cálida, emanó de ella, extendiéndose como una onda suave por el suelo mancillado.

No era un hechizo de exorcismo poderoso, sino algo más íntimo: una bendición, un último rito.

La luz no limpió la destrucción, no resucitó a los muertos.

Pero por un momento, el aire pesado y corrupto pareció aligerarse.

La sensación de profanación activa se desvaneció, dejando solo la tristeza natural de la muerte.

Los demás la observaron en silencio.

Mash se unió a la plegaria en silencio, inclinando la cabeza.

Nero, por una vez, no hizo comentarios teatrales, observando con respeto.

Tamamo miró con una expresión inescrutable, sus instintos divinos comprendiendo la naturaleza de la fe que emanaba de la Doncella.

Issei sintió un nudo en la garganta.

No era una escena para pensamientos pervertidos.

Ver a Jeanne, tan poderosa en la batalla, tan vulnerable en su dolor, rezando por almas que una versión de ella misma había condenado a este destino…

era desgarrador.

Y, en el fondo de su ser pervertido pero cada vez más consciente, sintió una chispa de algo nuevo: un profundo respeto.

Esa fue la rutina durante los días siguientes.

Caminar, encontrar destrucción, lidiar con sus secuelas (dragones errantes, zombis esporádicos, supervivientes traumatizados), y luego, Jeanne ofrecía sus plegarias.

Cada aldea, cada campo de batalla improvisado, recibía sus palabras.

Era su penitencia, su manera de luchar contra la sombra que la perseguía.

Mientras la misión avanzaba en un ciclo de ceniza y plegaria, las dinámicas sociales dentro del grupo florecían (o chocaban) con la intensidad propia de un harem en marcha.

Tamamo-no-Mae, como “esposa oficial” autoproclamada, era la más físicamente expresiva y posesiva.

Cualquier momento de pausa, cualquier descanso en el camino, era una oportunidad.

Si Issei se sentaba en un tronco caído para beber agua, Tamamo aparecía a su lado como surgida de la sombra y, sin ceremonia, envolvíalo en un abrazo, presionando su cabeza contra el valle generoso de su pecho.

«Goshujin-sama debe descansar correctamente», murmuraba ella, acariciando su cabello mientras Issei hacía un sonido ahogado entre el placer y el asfixio.

El aroma a flores de cerezo y el calor suave eran, objetivamente, el paraíso.

Pero la fuerza del abrazo de una divinidad zorro era tal que a veces veía estrellas.

«La fatiga se acumula en los hombros.

Deja que tu esposa te cuide.» Desde dentro del Boosted Gear, Olga solía soltar un comentario ácido.

«Si aprietas más fuerte, le harás estallar los circuitos mágicos por la presión intracraneal, zorra.» Pero Tamamo ignoraba elegantemente a la fantasma cascarrabias.

Nero Claudius, por otro lado, abordaba el cortejo como una campaña militar romana mezclada con una producción teatral.

Su enfoque era extravagante, vocal y plagado de gestos grandilocuentes.

No era raro que, al acampar, Nero se plantara frente a Issei con una rosa roja perfecta que parecía haber materializado de la nada.

«¡Contempla, Praefectus!», exclamaba, presentando la flor.

«La rosa, símbolo de la pasión y la belleza efímera…

¡como el fuego que arde en mi pecho por ti!

¡Acepta esta ofrenda, y con ella, el calor eterno del Sol de Roma!» Luego procedía a recitar poemas o frases en latín que, según el traductor, eran una mezcla de declaraciones de amor genuinas y frases robadas de obras históricas romanas sobre la conquista de territorios.

A veces, cuando la rivalidad con Tamamo hervía a fuego lento (generalmente por quién se sentaría más cerca de Issei en la fogata), Nero redoblaba sus esfuerzos.

Podía pasar horas componiendo lo que llamaba «ódicas épico-amorosas» que narraban las «hazañas conjuntas» de Issei y ella, comparándolo con Marte, el dios de la guerra, y a ella con Venus.

Issei, aunque avergonzado, no podía negar que la atención era halagadora, y la visión de Nero, tan segura y poderosa, declamando para él con los ojos brillantes de pasión, tenía su propio encanto peculiar.

Mash Kyrielight era el contrapunto tranquilo y dulce.

No reclamaba derechos de esposa ni de emperatriz.

Pero cuando Tamamo y Nero estaban ocupadas en una de sus disputas silenciosas (miradas asesinas sobre quién tenía derecho a poner la manta sobre los hombros de Issei) o ocupadas en tareas como establecer barreras o cazar para la cena, Mash aprovechaba para acercarse.

Era sutil.

Se sentaba a su lado mientras él revisaba el mapa con Romani.

«Sempai, ¿puedo ayudarte?» Le ofrecía agua, o le señalaba un detalle en el paisaje que podía ser útil.

Sus conversaciones eran sobre la misión, sobre Chaldea, sobre sus preocupaciones.

Pero en su calma, en su sonrisa leve cuando él hacía un comentario tonto pero sincero, y en la forma en que sus ojos lila lo observaban con una mezcla de admiración y algo más tierno, había una quietud que Issei empezaba a apreciar profundamente.

Era un respiro del intenso afecto de las otras dos.

Con Mash, podía ser solo Issei, el chico de Kuoh que estaba en medio de una locura, no un goshujin-sama o un emperador.

Y luego estaba Jeanne d’Arc.

Sus interacciones con Issei eran un baile cómico y tenso de fe, incomodidad y resignación.

Jeanne, como Ruler y como persona de profunda convicción religiosa, trataba de mantener una relación profesional y respetuosa con su Maestro.

Hablaban de estrategia, de la naturaleza de la Singularidad, de la moralidad de sus acciones.

Pero Issei era Issei.

Y Jeanne, aunque vestida con armadura y túnica, poseía aquel atributo que hipnotizaba al Maestro pervertido.

A pesar de sus mejores esfuerzos, sus ojos, como imanes traidores, se desviaban una y otra vez durante las conversaciones.

No era un mirar lascivo abierto (al menos no siempre), sino una fijación profunda, un estudio inconsciente de la forma, el movimiento, la santidad pectoral.

Jeanne lo notaba.

Cada.

Vez.

Una mancha rosada de vergüenza y exasperación subía por su cuello y sus mejillas.

Interrumpía una oración sobre tácticas contra dragones para aclarar la garganta con fuerza.

Cruzaba los brazos sobre su pecho de manera defensiva, lo que, irónicamente, solo realzaba la curvatura y hacía que Issei parpadeara más rápido.

A veces, cuando la mirada de Issei se perdía por demasiado tiempo, ella giraba bruscamente sobre sus talones, su capa ondeando con fuerza.

«Maestro Issei», decía, su voz tensa, «¿podríamos concentrarnos en el terreno, por favor?» O la clásica: «Los ojos están en el rostro, Maestro.

Para observar al interlocutor.» Issei siempre se disculpaba, rojo como un tomate, balbuceando excusas sobre estar «pensando profundamente» o «distraído por el paisaje».

Excusas que nadie, ni siquiera él mismo, creía.

Después de cada una de estas interacciones, Jeanne tenía el irresistible impulso de encontrar un arroyo o al menos un poco de agua limpia para lavarse la cara y, mentalmente, rociarse con agua bendita imaginaria.

‘Dios mío, dame fuerza…’, pensaba, sintiendo que la pureza de su alma estaba siendo puesta a prueba de la manera más absurda posible.

¿Por qué, de todos los Maestros posibles, el contrapunto a su yo vengativo tenía que ser un adolescente con el autocontrol hormonal de una cría de cabra en primavera?

Sin embargo, incluso en su exasperación, notaba algo: sus miradas, aunque pervertidas, no tenían malicia ni intención de degradarla.

Era una admiración animal, casi inocente en su falta de sutileza.

Y eso, de alguna manera, lo hacía ligeramente más tolerable.

Solo ligeramente.

A pesar de los combates macabros, las plegarias tristes y las constantes miradas incómodas, Issei Hyoudou, en el fondo de su corazón, estaba viviendo un sueño.

Tenía un harem de facto en crecimiento.

Una esposa zorro amorosa (y asfixiante), una emperatriz romana que lo cortejaba con fuego y poesía, una kouhai shielder dulce y leal, y ahora…

¡una santa como Servant!

Sí, ella lo miraba con desaprobación y ganas de exorcizarlo, pero estaba ahí.

Y todas eran increíblemente poderosas, hermosas y, en sus propios y a veces aterradores estilos, se preocupaban por él.

Su lógica para seguir el rastro de destrucción, aunque nacida de la simple idea de «seguir el camino del fuego», demostró ser sólida.

No solo los acercaba al epicentro del problema, sino que les permitió ayudar a los necesitados en el camino, ganando información valiosa de los supervivientes y manteniendo la moral del equipo enfocada en un propósito tangible: detener la fuente del sufrimiento que presenciaban.

Debido a esto, y a que sus órdenes en combate seguían siendo efectivas, nadie cuestionaba abiertamente su liderazgo…

ni siquiera su tendencia a dar órdenes mientras esquivaba un abrazo de Tamamo o un poema de Nero.

Olga, desde su refugio espiritual, observaba todo con una mezcla de horror y fascinación resignada.

‘Está dirigiendo una misión para salvar la humanidad como si fuera una partida de rol, con un harem de Servants como compañeros de equipo.

Y, milagrosamente, está funcionando.

El mundo está condenado.’ Ddraig, por su parte, ofrecía comentarios secos.

‘Al menos tu resistencia mental está mejorando.

Soportar el afecto de dos divinidades y los ojos acusadores de una santa sin desmayarte es un logro.

Ahora, si pudieras canalizar esa resistencia para potenciar el Gear con más eficiencia…’ Así avanzaron, día tras día, adentrándose más en el corazón de la Francia distorsionada.

El cielo anillado era su constante compañero, un recordatorio ominoso de que la fuente de todo este dolor seguía allí, observando, girando.

La ciudad se llamaba Tours, o al menos eso decían los restos de una señal carbonizada.

Había sido un lugar de tamaño considerable, un centro comercial y religioso.

Ahora, era otro capítulo en el libro de horrores.

Murallas derrumbadas, calles llenas de escombros, el olor familiar a muerte y ceniza.

Pero aquí, a diferencia de otras paradas, aún se libraba una batalla.

Al acercarse, oyeron los rugidos de los wyverns, los gritos de los defensores y el sonido de la lucha.

Intercambiaron miradas y corrieron.

El espectáculo dentro fue caótico.

Un grupo de maybe cincuenta soldados franceses y milicianos, junto con unos pocos civiles armados con lo que podían, defendían una plaza central desde detrás de barricadas hechas con carretas volcadas y muebles.

Contra ellos se lanzaba una manada de una docena de wyverns, más agresivos y organizados de lo habitual.

No era un ataque aleatorio; parecía coordinado.

«¡Allí!», señaló Mash, y sin esperar órdenes, cargó.

Su escudo impactó contra el costado de un wyvern que se abalanzaba sobre un grupo de milicianos, desviándolo contra una pared con un crujido satisfactorio.

El equipo entró en acción con la sincronización pulida de los días anteriores.

Nero, con un grito de «¡Umu!

¡Llegó el clímax!», se lanzó al aire, su espada trazando arcos dorados.

Tamamo erigió una barrera sobre una sección de la barricada que cedía, dando tiempo a los defensores para reagruparse.

Jeanne, con su estandarte en alto, gritó palabras de aliento, y una oleada de determinación renovada pareció recorrer a los soldados franceses al verla, a pesar de su confusión inicial.

Issei, usando el Boosted Gear para potenciar sus Gandr, derribaba wyverns que intentaban atacar por los flancos.

«¡Mash, cubre el lado este!

¡Nero, limpia el cielo sobre la fuente!

¡Tamamo, esos dos que intentan rodear a Jeanne!» Era una batalla reñida pero manejable.

Los wyverns, aunque numerosos, caían bajo el poder combinado de los Servants y la tenaz defensa de los soldados, ahora inspirados por la aparición de lo que parecía su heroína legendaria luchando a su lado.

Lo que no sabían, mientras combatían entre los escombros de Tours, era que eran el centro de atención de unos ojos muy distintos a los de los aterrados habitantes.

En las alturas de una torre de la iglesia parcialmente derrumbada, una figura observaba, envuelta en sombras y en un aura de silencioso odio.

Vestía una armadura negra y gris, rematada con púas y diseños que evocaban llamas congeladas.

Su cabello, del mismo tono rubio que el de Jeanne, estaba recogido de manera más salvaje, con mechas sueltas que flameaban como si estuvieran bañadas en un fuego oscuro.

En sus manos sostenía una bandera, pero no la blanca y azul de la flor de lis, sino una negra, con el símbolo distorsionado en un dragón estilizado y grotesco.

Sus ojos, de un dorado gélido, no tenían rastro de la fe o la pena de la Jeanne que luchaba abajo.

Solo tenían un desprecio infinito, una ira que ardía con la intensidad de una forja infernal.

Era Jeanne d’Arc, sí.

Pero no la Doncella.

Era la Vengadora.

La Bruja Dragón.

Jeanne Alter.

Había estado observándolos durante días.

Sintiendo la presencia de su contraparte “pura” como una espina en el alma.

Verla luchar, rezar, compadecerse…

le provocaba náuseas.

Esa versión débil, que aceptó su martirio con una sonrisa, que perdonó a sus verdugos…

era un insulto a su dolor, a su rabia.

Ella, la que había abrazado la llama de la venganza, la que había tomado el Grial y doblado su poder a su voluntad para castigar a un mundo que la traicionó, era la verdadera Jeanne.

La fuerte.

La que no se dejó engañar por falsas promesas celestiales.

Y ahora, esa versión falsa tenía un Maestro.

Un chico patético rodeado de otras mujeres, jugando a ser héroe.

Verlos trabajar juntos, esa simulación de camaradería y propósito…

era repugnante.

Pero también era una oportunidad.

Una oportunidad perfecta para demostrar, de una vez por todas, la superioridad de su existencia.

Para romper a la “santa” mostrándole la inutilidad de su fe, la futilidad de su compasión.

Y qué mejor manera que atrapar a su preciado grupo de héroes en un lugar donde su fuerza no significaría nada.

Tours no era un objetivo aleatorio.

Había sido preparado.

Mientras Issei y los demás luchaban en la plaza, sin saberlo, estaban siendo conducidos hábilmente hacia una zona específica de la ciudad.

Los wyverns que atacaban, bajo el control mental absoluto de Jeanne Alter, los empujaban, los canalizaban.

Los soldados franceses, aunque valientes, eran peones inconscientes en su juego, defendiendo posiciones que, en última instancia, servían al diseño de la Bruja.

La batalla en la plaza estaba llegando a su fin.

El último wyvern cayó bajo el fuego combinado de Nero y un potenciado Gandr de Issei.

Un grito agotado pero victorioso surgió de los defensores.

Se apoyaban unos a otros, heridos pero vivos, mirando a sus salvadores con gratitud llorosa.

Jeanne (la verdadera) respiró aliviada, apoyándose en su estandarte.

Una sonrisa cansada pero genuina tocó sus labios.

Habían salvado a otro grupo.

Habían hecho el bien.

Issei bajó el brazo, el guantelete del Gear desvaneciéndose.

«Buen trabajo, todos», dijo, sonriendo a su equipo.

Mash le devolvió la sonrisa, Tamamo se acercó para limpiarle una mancha de hollín de la mejilla, y Nero declaró que esta victoria merecía ser inmortalizada en una ópera de un solo acto.

Fue en ese momento de distensión, cuando la adrenalía empezaba a bajar, cuando se sintieron más vulnerables.

Un sonido los detuvo.

No era un rugido.

Era un latigazo de energía oscura, seguido de un estruendo que hizo temblar la tierra bajo sus pies.

Desde varios puntos de la plaza—de alcantarillas rotas, de sótanos abiertos por los bombardeos, de grietas en el suelo que nadie había notado—emergieron criaturas.

No eran dragones.

Eran seres hechos de sombra y llama negra, con formas caninas y alargadas, ojos rojos como carbones y bocas que goteaban un fuego violeta corrupto.

Sabuesos de la Venganza.

Familiars de bajo nivel, pero numerosos, creados a partir del odio concentrado de Jeanne Alter y la energía corrupta del lugar.

Docenas de ellos, quizás un centenar, surgieron, rodeándolos completamente, llenando cada callejón, cada hueco entre los escombros.

Sus aullidos eran un coro de pesadilla que heló la sangre de los soldados supervivientes.

«¡Una trampa!», gritó Mash, llevando su escudo a una posición defensiva total, cubriendo a Issei y a los civiles más cercanos.

«Umu!

¡Habían preparado una emboscada!», rugió Nero, su espada lista, pero incluso ella podía ver la abrumadora desventaja numérica en el espacio confinado.

Tamamo frunció el ceño, sus colas erizadas.

«Están canalizando la corrupción del leylines aquí…

este lugar fue elegido.

Es una zona de amortiguación mágica, nuestro poder está ligeramente suprimido.» Jeanne miró alrededor, su rostro pálido.

No era el miedo a la batalla, sino la comprensión de la inteligencia y el odio detrás de esta jugada.

Esto era obra de ella.

Antes de que pudieran formar un plan, el aire sobre la plaza se densificó y se calentó.

Una figura descendió del cielo, no en picado, sino con una lentitud deliberada y teatral, como un ángel caído tomando posesión de su reino.

Aterrizó en la punta de la torre de la iglesia más alta aún en pie, mirándolos desde arriba.

Jeanne Alter.

Su armadura negra brillaba con un resplandor siniestro.

Su capa negra ondeaba como las alas de un cuervo.

Su bandera negra, con el dragón retorcido, clavada a su lado.

Sus ojos dorados, fríos como el metal, escrutaron al grupo, deteniéndose finalmente en su contraparte.

«Jeanne d’Arc», dijo su voz.

Era un eco distorsionado de la voz de la Doncella, pero raspado con hielo y ceniza, cargado de un desprecio que podía sentirse en el aire.

«La ‘Santa’.

La ‘Doncella’.

Qué patética te ves, rodeada de estos títeres, jugando a la heroína.» La Jeanne verdadera dio un paso al frente, su rostro endurecido por la determinación.

«Tú…

eres la que ha causado todo este sufrimiento.» «¡Sufrimiento que merecían!», gritó Alter, su voz elevándose con una furia repentina.

«¡Un sufrimiento que es solo un pago a cuenta por las llamas que me dieron, por la traición que me entregó!

¡Tú, que aceptaste todo con una sonrisa estúpida, que perdonaste a esos gusanos…

tú eres la falsa!

¡Yo soy la verdad!

¡La que tomó el poder en sus propias manos!» Issei, sintiendo la amenaza palpable y el peligro inminente para sus Servants y para los civiles atrapados, se interpuso.

«¡No importa quién sea la ‘verdadera’!

¡Estás matando a gente inocente!

¡Eso nunca puede ser justo!» Los ojos dorados de Alter se desviaron hacia él.

Una sonrisa cruel y torcida se dibujó en sus labios.

«Ah, el Maestro.

El niño pervertido que mira a las santas como si fueran putas de taberna.

¿Crees que salvar a unos pocos ratones de ciudad te hace un héroe?» Su risa fue un sonido corto y áspero.

«Solo eres otro tonto que no entiende el verdadero poder.

El poder del odio.

Del rencor.

Mira…» Alzó una mano enguantada.

Los Sabuesos de la Vengananza aullaron en unison, avanzando un paso, apretando el cerco.

Los soldados franceses gritaron, apuntando con armas temblorosas.

«…este es el mundo que merecen.

Un mundo purificado por el fuego de la venganza.

Y tú, ‘hermana’…», dijo, clavando sus ojos en la Jeanne verdadera, «…mereces ver cómo todos tus nuevos amigos, y todos estos insectos a los que intentaste proteger, son consumidos delante de ti.

Para que entiendas, de una vez por todas, que tu fe…

es una mentira.» La trampa estaba completamente cerrada.

Atrapados en una plaza, rodeados por decenas de familiares, con una Servant de poder desconocido (pero ciertamente inmenso) observándolos desde lo alto, y con civiles y soldados dependiendo de ellos.

El camino de destrucción los había llevado no directamente a la batalla final, sino a la antesala diseñada por una venganza que ansiaba no solo destruirlos, sino romper el espíritu de la Doncella ante sus propios ojos.

Issei apretó los puños, el Gear pulsando en su brazo con una rabia respondiendo a la suya.

No era la confrontación que habían planeado, pero era la que tenían.

Y tendrían que luchar para salir de ella, o caerían aquí, en las ruinas de Tours, como otra nota al pie en la tragedia de la Bruja Dragón.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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