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Fate/Issei Order - Capítulo 16

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Capítulo 16: Capitulo 15: Encontronazo

La declaración de la Bruja Dragón resonó en la plaza silenciada por el miedo, un desafío grabado con odio en el aire cargado de ceniza. Pero las palabras no fueron lo que más capturó la atención inmediata de Issei Hyoudou.

Desde su posición elevada en la torre, iluminada por la tenue luz que se filtraba a través del humo y el ominoso cielo anillado, Jeanne Alter era una silueta de poder distorsionado y furia concentrada. Y montado junto a ella, surgiendo de las sombras detrás de la torre como una pesadilla hecha carne, estaba él.

Un dragón. Pero no un wyvern bestial y relativamente pequeño. Este era un monstruo de leyenda, una criatura de proporciones que desafiaban la razón. Su cuerpo, largo y serpentino, estaba cubierto de escamas de un negro azabache que absorbía la luz, con reflejos enfermizos de verde y púrpura corrupto. Sus alas, membranosas y desgarradas en los bordes como telarañas viejas, se extendían lo suficiente como para cubrir media plaza con su sombra. Su cabeza, alargada y coronada con cuernos retorcidos como ramas de árboles quemados, albergaba ojos que eran pozos de fuego violeta, sin inteligencia, solo una destructividad voraz e infinita. De sus fauces entreabiertas goteaba un licor espeso y corrosivo que hacía hervir la piedra donde caía. Un hedor a azufre, a metal quemado y a muerte antigua emanaba de él.

Era Fafnir. El dragón de la leyenda nórdica, el guardián de tesoros malditos, aquí reducido (o elevado) a un montura, un instrumento de destrucción absoluta al servicio de la venganza de una sola mujer.

Jeanne Alter posó una mano enguantada en el cuello escamoso de la bestia, un gesto de posesión obscena. «Fafnir», anunció, su voz distorsionada por el orgullo y el odio. «Mi más fiel ejecutor. La encarnación de la avaricia y la destrucción que este mundo merece.»

Issei sintió que las piernas le flaqueaban. No por miedo, aunque eso estaba presente, sino por el puro impacto de la presencia del dragón. Era como si Ddraig, dentro de su Gear, hubiera erizado sus escamas espirituales. Un rival. Un igual en categoría, pero corrompido, envilecido. Un Dragón Celestial mancillado.

Pero incluso ante esa visión apocalíptica, incluso con Fafnir llenando el cielo con su amenaza, los ojos de Issei, traidores y obstinados, realizaron un escaneo rápido y automático. De la torre a la jinete. De la bestia a la doncella oscura.

Y allí, en medio de la armadura negra de púas, la capa ondeante como llamas congeladas, el cabello rubio blanquecino y salvaje, y los ojos dorados y gélidos… estaban ellos.

Los pechos de Jeanne Alter.

La lógica pervertida de Issei, que operaba a velocidades sublumínicas en estas situaciones, procesó los datos: Misma estructura facial que Jeanne (santa). Cabello más claro, expresión malvada… pero la estructura ósea, la forma… Confirmado: es una Jeanne. Por lo tanto, proporciones corporales probablemente idénticas. Análisis visual cruzado: armadura negra con silueta similar… sí. Sí. ¡CONFIRMADO! ¡EL MISMO TAMAÑO! ¡EL MISMO VOLUMEN! ¡LA MISMA FORMA DIVINA! ¡DUPLICADO! ¡HAY DOS!

Un sollozo, extraño y estrangulado, escapó de sus labios. No era de miedo. Era de una abrumadora, incontestable alegría. Lágrimas de pura, cristalina felicidad comenzaron a brotar de sus ojos, surcando el hollín de su rostro. En medio de una trampa mortal, rodeado de monstruos y una bruja dragón que montaba una bestia de leyenda, Issei Hyoudou lloraba de gozo.

«Dos…», murmuró, su voz temblorosa por la emoción. «Dos Jeannes… con… con esos pechos perfectos… es… es demasiado… mi corazón…»

El sonido de su llanto confundido de alegría fue tan inesperado que por un segundo, incluso los aullidos de los Sabuesos de la Vengananza parecieron amortiguarse. Todos lo miraron.

Jeanne (la verdadera), que había estado observando a su contraparte con una mezcla de horror y tristeza, desvió la mirada hacia su Maestro. Al ver sus lágrimas y la dirección de su mirada aún fija en la región pectoral de la Bruja Dragón, comprendió al instante. Una oleada de rubor abrasador, mezclado con una exasperación cósmica, la inundó. «¡Maestro Issei! ¡NO es el momento!», gritó, instintivamente cruzando los brazos sobre su propio pecho en un gesto defensivo que, como siempre, solo logró realzar la curvatura y atraer la mirada errante de Issei hacia ella por contraste. «¡Por todos los santos, concéntrate!»

Jeanne Alter, desde su torre, también había captado la mirada. No era la mirada de miedo, de odio o de desafío que esperaba. Era… una mirada de admiración lasciva. Sintió un escalofrío repugnante recorrer su espina dorsal, una violación de su presencia intimidante tan profunda que la dejó sin aliento por un segundo. Sus ojos dorados, llenos de furia homicida, se clavaron en Issei.

«¿Tú… tú insecto… me estás MIRANDO?», su voz fue un silbido cargado de veneno, mucho más peligroso que su grito anterior. La energía a su alrededor se densificó, el aire crepitó.

Issei, aún atrapado en su éxtasis pervertido, parpadeó. «Eh… es solo que… son muy…»

No terminó la frase. Jeanne Alter alzó una mano, y un remolino de fuego negro y violeta se concentró en su palma. No era el fuego sagrado de la Doncella, ni el fuego natural de un dragón. Era odio solidificado, rencor hecho llama. «¡MUERE, PERVERTIDO ASQUEROSO!»

Lanzó una lanza compacta de ese fuego corrupto directamente hacia Issei. No era un ataque a la plaza, era un disparo preciso, destinado a vaporizarlo donde estaba.

«¡BOOST!» El rugido de Ddraig en su mente fue un despertar brutal.

El instinto de supervivencia, combinado con la advertencia de Ddraig y el súbito aumento de velocidad y percepción que el Boost le otorgó, hizo que Issei se tirara hacia un lado. La lanza de fuego negro pasó silbando a centímetros de su oreja, impactando contra los escombros detrás de él y explotando en un silencio siniestro que consumió la piedra, dejando un cráter humeante de nada pulverizada.

El frío de la muerte que rozó su piel barrió cualquier pensamiento pervertido restante. «¡MALDITA SEA!», gritó Issei, rodando y levantándose, el guantelete del Boosted Gear ahora completamente materializado y pulsando con una luz carmesí iracunda. «¡Eso dolió… casi!»

El ataque personal fue la chispa. La batalla estalló en caos total.

«¡Defensa!», ordenó Mash, plantando a Lord Camelot en el suelo con un golpe que hizo temblar la tierra. La barrera de luz se expandió, protegiendo a un grupo de civiles y soldados que estaban detrás de ella. Los Sabuesos de la Vengananza se abalanzaron contra el domo, arañando y mordiendo con sus fauces de fuego oscuro, haciendo que la barrera resonara.

«¡Umu! ¡La villana muestra su verdadera cara! ¡A la carga!», rugió Nero, cargando no hacia la torre (una locura), sino hacia la mancha más densa de Sabuesos, su espada Aestus Estus convirtiéndose en un torbellino dorado que destrozaba criaturas oscuras.

Tamamo, con los ojos fríos y calculadores, evaluó la situación. «Ella no se unirá al combate directo todavía. Disfruta del espectáculo, nos ve como ratas en un laberinto. Nuestra prioridad es abrir una salida, no enfrentarnos a ese dragón o a ella directamente.» Lanzó una ráfaga de orbes kitsune-bi que barrieron una fila de Sabuesos, abriendo un camino temporal hacia una calle lateral que parecía menos bloqueada. «¡Por aquí, goshujin-sama!»

Jeanne, sacudiendo su vergüenza y enfocándose en la crisis, alzó su estandarte. «¡Luz que guía!» Una onda de energía plateada y calmante se expandió desde ella, no un ataque, sino un fortalecimiento. Issei sintió cómo su fatiga se aliviaba, su mente se aclaraba. Los soldados franceses, aterrorizados, sintieron un valor renovado. Era el apoyo de un líder nato, un poder que fortalecía la voluntad más que el cuerpo.

«¡Gracias, Jeanne!», gritó Issei, corriendo hacia el camino que Tamamo había abierto. «¡Todos, hacia esa calle! ¡Mash, cubre la retaguardia! ¡Nero, cabeza de lanza! ¡Tamamo, suprime a los que vengan de los flancos!»

Trabajaron como un organismo. Nero abría camino con fuerza bruta y habilidad. Tamamo cubría los costados con barreras y ataques mágicos precisos. Mash retrocedía lentamente, su escudo inmenso bloqueando las oleadas de Sabuesos y los ocasionales chorros de fuego violeta que Jeanne Alter lanzaba desde la distancia, cada uno más potente que el anterior, probando sus defensas. Jeanne fortalecía y curaba las heridas menores, y usaba destellos de luz sagrada para cegar y repeler a los Sabuesos que se acercaban demasiado.

Issei, en el centro, usaba el Boosted Gear de manera intermitente. Potenciaba los ataques de Nero con impulsos de su Código Místico. Lanzaba Gandr potenciados contra los ojos de Fafnir cuando la bestia bajaba la cabeza con un rugido, haciendo que retrocediera momentáneamente, aunque fuera como molestar a un elefante con un alfiler. Principalmente, coordinaba. «¡Izquierda, Nero, tres más! ¡Tamamo, barrera arriba! ¡Mash, aguanta!»

Fue una lucha de desgaste, una retirada bajo una presión inmensa. Lograron llegar a la boca de la calle lateral, pero estaba semi-derrumbada. Con un esfuerzo combinado, Mash y Nero despejaron el camino lo suficiente. Comenzaron a filtrarse, los civiles y soldados primero, luego los Servants.

Desde la torre, Jeanne Alter observaba con una sonrisa cruel y aburrida. «¿Huir? ¿Es ese vuestro gran plan? Patético.» Alzó la mano nuevamente. «Pero el entretenimiento ha terminado. Es hora de que mis verdaderos siervos se unan a la caza.»

Chasqueó los dedos. No fue un sonido fuerte, pero se sintió en el tejido mismo de la realidad. Las sombras alrededor de la plaza, ya profundas y antinaturales, comenzaron a bullir. De ellas, como emergiendo de un charco de alquitrán, cuatro figuras se materializaron, bloqueando la única salida que el equipo de Chaldea estaba tratando de alcanzar.

La primera, junto a los escombros, era una mujer de piel pálida como la porcelana y cabello plateado largo. Vestía un elaborado vestido negro y rojo que combinaba elegancia macabra con funcionalidad letal. En sus manos sostenía unas enormes y grotescas garras metálicas que destilaban un aura de sadismo y sangre vieja. Sus ojos, de un rojo rubí, brillaban con un hambre perversa. Carmilla. La condesa Bathory en su aspecto más legendario y monstruoso, clase Assassin.

La segunda, plantada en el centro del camino con una presencia que deformaba el espacio a su alrededor, era un hombre alto y esquelético, vestido con harapos que alguna vez fueron ropas nobles. Su piel era grisácea, sus ojos hundidos brillaban con una locura roja e indistinta. De su cuerpo sobresalían estacas de madera oscura, como si hubiera sido empalado y aún las llevara consigo. Un hedor a tierra de tumba y sangre seca lo rodeaba. Vlad III, pero no el estratega de clase Lancer. Este era el Berserker, el «Impaler» liberado de toda razón, consumido por la leyenda y la maldición.

La tercera figura era más esbelta, ágil. Vestía un atuendo blanco y azul de la Francia del siglo XVIII, con una capa ligera y una espada elegantemente larga en la mano. Su rostro era de una belleza andrógina y perfecta, con largas pestañas y rasgos delicados. Su cabello, rubio ceniza, caía en ondas suaves. Chevalier d’Eon, el espía maestro, clase Saber. Su presencia era tranquila, calculadora, sus ojos escaneando al grupo con una frialdad profesional.

La cuarta y última apareció con un suave resplandor dorado que contrastaba grotescamente con la oscuridad circundante. Una mujer joven con un hábito de monja modificado, que dejaba ver una armadura ligera debajo. Su cabello castaño estaba recogido, y su rostro mostraba una expresión de serena determinación. En sus manos sostenía un enorme báculo con forma de cruz, y a su lado, sacudiendo su cabeza con impaciencia, había un dragón. No era enorme como Fafnir, sino del tamaño de un caballo grande, de escamas verdes y ojos inteligentes. Santa Marta, la domadora de dragones, clase Rider.

Issei, al ver el nuevo escuadrón, sintió que el corazón se le encogía. Cuatro Servants más. Y uno de ellos, Vlad Berserker, emanaba un poder tan brutal y caótico que hacía palpitar el aire.

Pero luego, su mirada, como siempre, realizó un escaneo rápido de las nuevas llegadas.

Carmilla: ‘Vestido ajustado… silueta pronunciada… sí. Confirmado: pechos grandes y de forma perfecta, aunque con un aura aterradora… pero los pechos son los pechos.’

Santa Marta: ‘Hábito… pero la tela cae de cierta manera… la armadura subyacente define la forma… sí. Confirmado: también grandes. Firmes. De santa… ¿todas las santas tienen este don? ¡Dios es generoso!’

Chevalier d’Eon: Aquí, su radar pervertido encontró interferencia. Sus ojos veían una figura esbelta, grácil, con rasgos finos y una belleza indudablemente femenina. Su mente registró: ‘Chica… bonita… pecho plano… muy plano… casi como Mash pero con aún menos…’ Pero algo más profundo, un instinto animal o quizás un tenue susurro de Ddraig que percibía la verdad espiritual del héroe, hizo sonar una alarma. ‘Espera… algo no cuadra. Es… ¿es una chica? Tiene que serlo… pero…’ Se sintió confundido. La figura era engañosamente ambigua, y su mente, acostumbrada a clasificaciones binarias basadas en características físicas obvias, se trabó.

Ddraig, dentro del Gear, percibió la confusión. Una sensación que podría ser el equivalente dragón de una sonrisa maliciosa recorrió su enlace. ‘Oh, esto es divertido. El primate se enfrenta a la ambigüedad de género de un héroe legendario. Decidí no ayudarlo. Que sufra.’

La aparición de los cuatro Servants enemigos selló cualquier esperanza de una retirada limpia. Estaban atrapados en la encrucijada, con los Sabuesos de la Vengananza a sus espaldas, Fafnir y Jeanne Alter en lo alto, y ahora un equipo letal de Servants bloqueando su única ruta de escape. Hasta Vlad Berserker, que parecía a punto de cargar en cualquier momento, emitiendo gruñidos guturales y haciendo crujir las estacas que sobresalían de su cuerpo.

«Bueno, esto sí que es un aprieto», murmuró Tamamo, su voz tensa por primera vez desde que Issei la conocía. Incluso su poder divino parecía empequeñecido ante semejante alineación.

Nero apretó el mango de su espada, su expresión feroz pero consciente de las probabilidades. «Umu… una audiencia digna para una tragedia, pero yo prefiero los finales felices.»

Mash respiró hondo, sudor corriendo por su frente. «Sempai… no veo una salida fácil.»

Jeanne cerró los ojos por un segundo, sus labios moviéndose en una silenciosa plegaria. Luego los abrió, llenos de una determinación férrea. «Lucharemos. Hasta el final. Es lo único que podemos hacer.»

Issei sintió un nudo de desesperación en el estómago. Había dirigido batallas, había usado el Gear, había tenido ideas. Pero esto… esto era una sentencia de muerte. Cuatro Servants de clase alta, un dragón legendario, una Bruja Dragón con un Grial, y hordas de criaturas menores. Ni siquiera con el Boosted Gear en su estado actual podían…

Fue entonces cuando el sonido llegó.

No era un rugido, ni un hechizo, ni un grito de batalla.

Era música.

Una melodía ligera, alegre y burbujeante, como de un carillón de cristal, surgió en el aire, cortando la opresión mágica como un cuchillo caliente a través de la mantequilla. Provenía de ninguna parte y de todas partes a la vez. Era una tonada simple, casi infantil, pero tocada con una pureza y una habilidad sobrenaturales.

Todos, amigos y enemigos, hicieron una pausa. Los Sabuesos de la Vengananza dejaron de aullar, confundidos. Vlad Berserker giró su cabeza loca, buscando la fuente. Jeanne Alter frunció el ceño, su mirada escudriñando los cielos.

Luego, el sonido de cascos. No pesados como de un caballo de guerra, sino ligeros, cristalinos, como si el hielo golpeara contra el mármol. Desde el extremo más alejado de la calle bloqueada, desde detrás de los Servants enemigos, una luz comenzó a crecer.

Era un brillo blanco-azulado, puro y deslumbrante. Y de dentro de esa luz, emergió un caballo. Pero no un caballo cualquiera. Era una criatura de belleza irreal, hecha de lo que parecía ser cristal transparente y sólido, con una melena y una cola que ondeaban como si fueran de agua congelada iluminada desde dentro. Sus ojos eran dos zafiros brillantes. Y sobre su lomo, sentada con una gracia y una postura regias imposibles de falsificar, iba una chica.

Ella era menuda, con un rostro de muñeca, grandes ojos azules llenos de una curiosa mezcla de inocencia y astucia. Llevaba un elaborado vestido blanco y azul cielo, con volantes, lazos y joyas que centelleaban incluso en la tenue luz. Su cabello, rubio ceniza claro, estaba recogido en un elaborado peinado adornado con más joyas y una pequeña corona. Parecía una princesa de un cuento de hadas, completamente fuera de lugar en este infierno de ceniza y odio.

«¡Oh, cielos! ¡Parece que llegamos justo a tiempo para el acto más emocionante!», exclamó la chica, su voz melódica y cantarina, como campanillas. «¡Y qué público tan… variopinto!»

Sin más preámbulo, alzó una mano enguantada. El caballo de cristal relinchó, un sonido como campanas quebrándose, y de sus cascos y crin, una explosión de cristales se proyectó hacia adelante. No eran afilados ni destructivos. Eran pequeños, brillantes, prismas de luz pura que llenaron el aire, reflejando y refractando la luz en un millón de direcciones, creando un caleidoscopio cegador y desorientador.

Los cristales revolotearon alrededor de los Servants enemigos, de los Sabuesos, incluso se elevaron hacia Fafnir. No hacían daño, pero eran increíblemente distractores. Carmilla gruñó, protegiéndose los ojos sensibles. Vlad Berserker rugió, confundido por los destellos. Chevalier d’Eon entrecerró los ojos, tratando de ver a través del espectáculo. Santa Marta calmó a su dragón, que resoplaba nervioso ante la luz.

La melodía en el aire cambió. Se volvió más compleja, intrincada, una fuga rápida y enrevesada que parecía enredarse en la mente. Fafnir, cuya inteligencia bestial era fácil de confundir, sacudió la cabeza con un gruñido de irritación, el fuego en sus ojos parpadeando. Jeanne Alter, en su lomo, apretó los dientes. «¿Qué… qué es este ruido? ¡Cállate!» Pero la música no provenía de un punto fijo; era ambiental, mágica, y interfería con su concentración, con su control sobre las bestias y la corrupción.

«¡AHORA!», gritó la chica del caballo de cristal, señalando con dramatismo hacia un callejón que Issei no había notado antes, que se abría entre dos edificios derrumbados justo al lado de donde estaba Chevalier d’Eon, momentáneamente distraído por un cúmulo de cristales especialmente brillante.

No necesitaban que se lo dijeran dos veces.

«¡POR AHÍ!», rugió Issei, cargando hacia la nueva apertura. «¡MASH, NERO, COBERTURA! ¡TAMAMO, JANNE, A POR LOS CIVILES!»

Fue una retirada frenética, caótica y milagrosa. El equipo de Chaldea, seguido por los soldados y civiles que podían correr, se precipitó por el estrecho callejón. Nero y Mash corrieron de espaldas, bloqueando los primeros ataques de los Servants enemigos que se recuperaban: un látigo de sombra de Carmilla que rebotó en Lord Camelot, una estaca arrojadiza de Vlad que Nero desvió con su espada. Tamamo lanzó una última barrera de kitsune-bi en la entrada del callejón, sellándola temporalmente con fuego espiritual.

El caballo de cristal y su jinete dieron media vuelta y galoparon delante de ellos, guiándolos a través de un laberinto de ruinas, sus cascos dejando un rastro de escarcha luminosa que parecía desorientar a los Sabuesos que los perseguían. La música en el aire los seguía, cambiando a una melodía apresurada y alegre que, de manera inexplicable, les daba un ligero impulso de velocidad, como si los compases mismos los empujaran.

Corrieron durante lo que pareció una eternidad, dejando atrás los rugidos de Fafnir, los gritos de ira de Jeanne Alter y los sonidos de la batalla que se reanudaba detrás de la barrera de Tamamo. Finalmente, salieron de los límites de Tours, adentrándose en un bosque denso al otro lado del río. La chica del caballo los guio a un claro oculto, rodeado de rocas altas y árboles gruesos. Allí, el caballo de cristal se detuvo y relinchó suavemente, disolviéndose en una niebla de luz azulada que se desvaneció.

La chica saltó ágilmente al suelo y se volvió hacia ellos, sonriendo ampliamente. «¡Bien! ¡Creo que los perdimos! Al menos por ahora.»

En ese momento, de las sombras más profundas bajo un roble, otra figura se materializó. Era un hombre delgado, vestido con ropas del siglo XVIII, elaboradas pero algo desgastadas. Tenía el cabello castaño largo y atado, un rostro afilado con una expresión de perpetuo sarcasmo y genio, y ojos que brillaban con una inteligencia viva y traviesa. En sus manos sostenía un pequeño violín que desapareció en un destello de luz.

«Aunque debo decir, querida, que tu entrada fue un poco… demasiado teatral», dijo el hombre, con una voz suave y educada, cargada de ironía. «Podríamos haber logrado el mismo efecto con un simple fortissimo en el acorde correcto, sin necesidad de toda esa… cristalería.»

«¡Oh, calla, Wolfgang!», dijo la chica, poniendo las manos en las caderas. «¡A ti también te encantó! ¡Y funcionó, ¿no es así?!»

El hombre, Wolfgang, se encogió de hombros con una sonrisa. «Indiscutible. Aunque ahora tenemos invitados.»

Todos los ojos estaban puestos en los dos recién llegados. Issei, jadeando y con el corazón aún acelerado, se enderezó. La adrenalía estaba bajando, siendo reemplazada por una abrumadora gratitud y curiosidad.

«Ustedes… nos salvaron», dijo, su voz ronca. «Gracias.»

La chica hizo una reverencia ligera y juguetona. «¡Es nuestro placer! ¡No podíamos dejar que semejante grupo interesante fuera aplastado por esa pesada de negro y su lagarto malhumorado!» Luego, con un brillo en los ojos, añadió: «Yo soy Marie Antoinette. Reina de Francia, o… lo fui. Y este cascarrabias es Wolfgang Amadeus Mozart. Un compositor bastante decente, cuando no está criticando mi sentido del espectáculo.»

Mozart hizo una reverencia irónica. «Encantado. Aunque debo corregir, mi reina, no era un lagarto, era una manifestación distorsionada de Fafnir, claramente influenciada por la corrupción del Grial y la distorsión emocional de la llamada ‘Bruja Dragón’. Pero ‘lagarto malhumorado’ también es descriptivo, supongo.»

Issei parpadeó. Una reina y un compositor famoso. Más Servants. Aliados potenciales. Su mente de Maestro comenzó a trabajar, pero su lado pervertido ya había realizado un escaneo rápido de Marie Antoinette.

Análisis: Rostro adorable, tipo muñeca. Cuerpo menudo, grácil. Vestido elaborado… silueta… Y entonces, llegó a la conclusión. Confirmado: pechos pequeños. Muy pequeños. Casi inexistentes. Una lástima… una verdadera lástima. Con una cara tan linda…

Pero primero, lo primero. Respiró hondo y se presentó, adoptando la postura más formal que pudo, que no era mucha. «Yo soy Issei Hyoudou. El último Maestro activo de Chaldea, la organización para la preservación de la humanidad.» Hizo una pausa, y luego, por pura fuerza del hábito y un sentido del honor absurdo, añadió: «…y futuro Rey del Harem.»

Un silencio incómodo cayó sobre el claro. Tamamo suspiró con una sonrisa de resignación. Nero asintió con orgullo, como si fuera un título perfectamente legítimo. Mash se frotó la sien. Jeanne se llevó una mano a la frente, murmurando algo sobre «fuerzas de la tentación».

Marie Antoinette parpadeó, su sonrisa se congeló ligeramente. «¿…Rey del… qué?»

Mozart soltó una risita ahogada, sus ojos brillando con diversión maliciosa. «Oh, esto promete.»

Issei, ignorando (o no notando) la reacción, procedió con las presentaciones. «Esta es Mash Kyrielight, mi kouhai y Shielder.» Mash hizo una reverencia formal. «Tamamo-no-Mae, Caster, mi… esposa kitsune.» Tamamo hizo una reverencia elegante, con una sonrisa que decía «y no lo olvides». «Emperatriz Nero Claudius, Saber, mi… emperatriz romana.» Nero se irguió, inflando el pecho. «Y Jeanne d’Arc, Ruler, nuestra aliada más reciente.»

Al mencionar el nombre de Jeanne, las expresiones de Marie y Mozart se tornaron serias. Ambos hicieron una reverencia más respetuosa hacia la Doncella. «Un honor, Señorita Jeanne», dijo Marie.

Jeanne asintió, su rostro aún sombrío por los eventos recientes. «El honor es mío. Pero, por favor, necesitamos explicar la situación.»

Durante los siguientes minutos, con intervenciones de Romani y Da Vinci a través del holograma de Mash, le explicaron a Marie y Mozart la naturaleza de la Singularidad, la existencia del Grial, y el hecho de que la Bruja Dragón era una versión alterna y corrompida de Jeanne, impulsada por la venganza.

Marie escuchaba con creciente horror, poniendo sus pequeñas manos sobre sus mejillas. «¡Oh, qué terrible! ¡Pobre Jeanne! ¡Y pobre Francia!» Mozart, mientras tanto, asentía, su mente analítica procesando la información. «Una distorsión emocional amplificada por un artefacto de deseos… sí, produciría exactamente este tipo de pesadilla estética. La música aquí es… atroz. Disonante y sin armonía.»

Una vez que terminaron, Marie tomó la palabra, su expresión determinada. «¡Entonces tenemos que ayudar! ¡No podemos dejar que esa… esa falsa oscuridad destruya nuestra hermosa Francia! Wolfgang y yo hemos estado evitando a sus dragones y recogiendo rumores. ¡Pero con ustedes, tal vez podamos hacer algo real!»

Mozart asintió. «Nuestras habilidades son más adecuadas para el apoyo y la confusión que para el combate frontal, pero contra un enemigo que depende del control y la corrupción, podemos ser… molestos significativos.»

Issei sintió un impulso de esperanza. Aliados. Servants adicionales. Esto cambiaba las cosas. «¡Gracias! ¡Cualquier ayuda es bienvenida!»

Fue entonces, en el momento de camaradería y alivio posterior a la batalla, cuando la mente de Issei, liberada de la presión inmediata de la muerte, volvió a su estado natural de reposo: el análisis pervertido.

Su mirada, casi de manera autónoma, se posó de nuevo en Marie Antoinette. La estaba escuchando hablar con Jeanne sobre posibles puntos débiles de la Bruja Dragón, gesticulando con animación. Su vestido, aunque elaborado, no podía ocultar la verdad. La menuda figura, la gracia infantil… y la completa ausencia de cualquier curvatura significativa en el pecho.

Un sentimiento de profunda y sincera lástima se apoderó de Issei. No era desprecio, no era falta de atracción (su rostro era ciertamente bonito), era una pena genuina, casi filosófica, por el potencial desperdiciado. Era el mismo sentimiento que tuvo al ver a Artoria Pendragon (y su versión Alter) en Fuyuki. La tristeza de ver una obra de arte incompleta, una flor que no había alcanzado su plena floración.

Sin poder contenerse, las lágrimas volvieron a brotar. Esta vez, no eran de alegría, sino de un dolor empático. «Es… es tan triste…», murmuró, su voz quebrada.

La conversación se detuvo. Todos lo miraron.

Marie, confundida, vio sus lágrimas. «¿Señor Issei? ¿Está bien? ¿Está herido?»

Issei sacudió la cabeza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano enguantada del Gear, que aún no se había desvanecido por completo. «No… no es eso. Es solo que… mirándote, Marie…» Su voz tembló con emoción. «…eres tan linda, tan encantadora, una reina de verdad… pero… pero…» Tragó saliva, luchando por expresar su pena. «…¿POR QUÉ NO TIENES PECHOS? ¡Es una injusticia! ¡Una cara tan bonita merece un par divino que la acompañe! ¡Es como… como un altar sin su reliquia sagrada! ¡Una obra maística con un espacio en blanco! ¡AAAAH, ES TAN TRISTE!»

El claro quedó en silencio absoluto. Solo el sonido del viento en las hojas.

La sonrisa de Marie Antoinette se congeló, luego se desvaneció lentamente. Sus grandes ojos azules se abrieron aún más, luego se entrecerraron. Una mancha roja de indignación pura, no la furia fría de Jeanne Alter, sino la ira fogosa de una reina que había sido insultada de la manera más absurda e impertinente posible, subió desde su cuello hasta la raíz de su cabello. Una vena, delgada pero perceptible, palpitó en su templo.

Mozart dejó escapar una risa ahogada que se convirtió en una carcajada abierta y sin control. Se dobló por la cintura, sosteniéndose el estómago. «¡Oh, por todos los…! ¡JAJAJA! ¡Lo hizo! ¡Realmente lo hizo! ¡Nadie me creerá!»

Tamamo cerró los ojos, murmurando: «Goshujin-sama, por favor… no otra vez…»

Nero parecía ligeramente ofendida en nombre de todas las mujeres de pecho pequeño. «Umu… la belleza no reside solo en la exuberancia física, Praefectus… aunque la exuberancia ciertamente ayuda.»

Mash gimió, enterrando su rostro en sus manos. «Sempai… no…»

Jeanne simplemente suspiró, un suspiro largo y cansado que parecía venir desde lo más profundo de su alma. «Dame paciencia…»

Pero el clímax fue la reacción de Olga Marie, cuya voz estalló desde el Boosted Gear con el volumen de un altavoz distorsionado, proyectando su furia directamente en los oídos de Issei y, gracias a la conexión abierta, para que todos la oyeran. «¡ISSEI HYOUDOU, IDIOTA SIN REMEDIO! ¡¿EN MEDIO DE UNA ALIANZA CRUCIAL, DESPUÉS DE ESCAPAR POR LOS PELOS DE LA MUERTE, LO ÚNICO QUE SE TE OCURRE ES COMENTAR SOBRE EL TAMAÑO DE LOS PECHOS DE UNA REINA LEGENDARIA?! ¡¿ESTÁS TRATANDO DE HACER QUE NOS MATEN A TODOS DE UNA VEZ?! ¡TU CEREBRO ESTÁ PODRIDO POR EL PORN—!»

La voz de Olga fue cortada abruptamente, probablemente por Da Vinci en Chaldea, pero el daño estaba hecho.

Marie Antoinette ya no estaba sonrojada. Estaba blanca de ira pura. Su cuerpo temblaba levemente. Cuando habló, su voz era dulce como la miel envenenada, pero cada palabra era un fragmento de hielo afilado. «¿…Una injusticia, dices? ¿Un altar sin reliquia? ¿Una… obra maística incompleta?»

Issei, finalmente dándose cuenta del abismo que había abierto, dio un paso atrás. «E-eh… quise decir… que eres muy bonita… tal como eres…»

«¡SILENCIO!», tronó Marie, su voz perdiendo toda su melodía anterior. «¡Yo, Marie Antoinette, Reina de Francia, no necesito lecciones de… de completitud de un salvaje pervertido que apenas puede mantener los ojos en el lugar correcto! ¡Mi valor no se mide en… en cantidad de carne!»

«¡Lo siento! ¡De verdad!», gritó Issei, empezando a retroceder.

«¡Lo sientes? ¡LO SIENTES?!», Marie avanzó, sus pequeños puños apretados. Un aura rosada y peligrosa, nada que ver con su alegre caballo de cristal, comenzó a emanar de ella. Era el aura de una reina profundamente ofendida. «¡Te haré SENTIR! ¡Te daré un castigo real! ¡Una purga! ¡UNA PURGA REAL!»

Con un grito de furia, Marie se lanzó hacia Issei. No usó magia, ni su caballo. Simplemente cargó hacia él con la intención de golpearlo con sus pequeños puños.

Issei gritó y salió corriendo, esquivando entre los árboles del claro. «¡NO FUE MI INTENCIÓN! ¡ERA UN CUMPLIDO… EN MI MENTE!»

«¡¡UN CUMPLIDO?!», rugió Marie, persiguiéndolo, su vestido azul y blanco ondeando. «¡TE ENSEÑARÉ CUMPLIDOS! ¡CON TU PROPIA CARA!»

La escena se volvió surrealista. El Maestro de Chaldea, el portador del Boosted Gear, el que había enfrentado a wyverns y zombis y había mirado a la Bruja Dragón a los ojos, ahora era perseguido en círculos por una menuda reina francesa enfurecida, mientras un compositor genial se reía a carcajadas, una esposa zorro suspiraba, una emperatriz observaba con curiosidad, una shielder se avergonzaba y una santa rezaba por una intervención divina.

La purga real duró varios minutos, hasta que Marie, sin aliento y con el cabello despeinado, finalmente se detuvo, apoyándose contra un árbol. Issei, jadeando a salvo detrás de Mash (que se había interpuesto como escudo humano final), tenía el pelo alborotado y un pequeño moretón en la ceja donde un golpe afortunado (o desafortunado) había conectado.

La tensión de la batalla mortal, la desesperación de la trampa, el miedo a la aniquilación… todo se había disipado, reemplazado por lo absurdo de la situación. No era la relajación ideal, pero era una distensión.

Mozart, secándose las lágrimas de risa, se acercó a Marie, que aún respiraba con fuerza. «Querida, creo que le has dado su merecido. Y, hay que admitirlo, ha inyectado un elemento de… comedia negra única a nuestra situación.»

Marie le lanzó una mirada asesina, pero luego sus hombros se hundieron. Un suspiro, menos iracundo y más exasperado, escapó de sus labios. «Es… insufrible. ¿Cómo puede alguien así ser un Maestro?»

«Pregúntaselo al mundo», murmuró Jeanne, acercándose. «Pero… a pesar de todo, es nuestro Maestro. Y, de alguna manera extraña, funciona.»

Issei, desde detrás de Mash, se asomó. «¿Estás… menos enfadada?»

Marie lo miró fijamente, luego giró la cabeza con un «hmph». «No. Pero estoy demasiado cansada para seguir golpeándote. Por ahora.» Luego, mirando al grupo, añadió: «Pero si vuelves a mencionar… eso… usaré mi carruaje.»

Issei tragó saliva y asintió con rapidez.

Con la purga terminada y un nuevo, aunque frágil, entendimiento establecido, el grupo se reunió alrededor de un fuego pequeño que Tamamo encendió. Tenían nuevos aliados, habían escapado de una trampa mortal, y ahora tenían que planificar su próximo movimiento. El camino para enfrentar a la Bruja Dragón y su séquito de Servants y dragones se veía más desafiante que nunca, pero al menos ya no estaban solos. Y, a pesar de los llantos pervertidos y las persecuciones reales, la determinación en el claro era palpable. La lucha por Francia, y por la Historia, continuaría.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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