Fate/Issei Order - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capitulo 16 Viaje por mas aliados
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17: Capitulo 16: Viaje por mas aliados 17: Capitulo 16: Viaje por mas aliados La tensión que siguió a la «Purga Real» de Marie Antoinette era un ente palpable, una neblina incómoda que se cernía sobre el grupo de Chaldea incluso bajo el ominoso cielo anillado.
No era el miedo a un enemigo externo, sino el roce áspero de la indignación no del todo apagada contra la torpeza incorregible.
Marie Antoinette, la Reina Cristal, caminaba con una dignidad rígida unos pasos por delante del grupo principal, su espalda menuda transmitiendo una frialdad que podría haber congelado el ya pesado aire.
Ocasionalmente, lanzaba una mirada glacial por encima del hombro, y sus ojos azules, antes llenos de alegría burbujeante, ahora se posaban sobre Issei Hyoudou con la misma calidez que un carámbano en enero.
Issei, por su parte, se movía con la cautela de un gato en una habitación llena de ratoneras, sudando frío cada vez que la silueta de Marie entraba en su campo de visión.
«Nunca pensé que una chica tan… bonita… pudiera mirarme así», musitó para sí, mientras ayudaba a Mash a despejar un camino de ramas caídas.
Se sentía culpable, sí.
Había herido los sentimientos de una aliada, de una reina, y de una chica que, en cualquier otro contexto, habría considerado adorable.
Pero en el fondo de su mente pervertida y sinceramente honesta, una vocecilla se defendía: ‘Pero es la verdad… Es una pena… Y ser honesto es mejor que mentir, ¿no?
Tamamo siempre dice que aprecia mi sinceridad…’ Claro, Tamamo apreciaba la sinceridad cuando se dirigía a ella y a sus atributos, no cuando lamentaba la falta de los mismos en otras.
Era un matiz que el cerebro de Issei, en su simpleza binaria, a veces pasaba por alto.
Jeanne d’Arc caminaba a un lado, su expresión serena pero con una sombra de profunda decepción en los ojos.
Observaba a Issei, su Maestro temporal, el contrapunto elegido por el destino (o por un accidente dimensional absurdo) a su yo vengativo.
Un joven que podía activar un Sacred Gear legendario, inspirar lealtad en seres poderosos y mostrar destellos de astucia táctica, pero cuyo primer instante tras escapar de la muerte era comentar el tamaño de los senos de una aliada.
‘Si este es el último Maestro de la humanidad… ¿qué dice eso sobre el futuro que estamos luchando por salvar?’, pensaba, no por primera vez.
Rezaba en silencio por paciencia y por un milagro de madurez repentina, aunque sospechaba que este último estaba fuera incluso de la jurisdicción divina.
Mash Kyrielight, la eterna mediadora, no sabía muy bien cómo abordar la situación.
Por un lado, entendía la ofensa de Marie.
Por otro, conocía a su Sempai.
Sabía que sus comentarios, por más inoportunos y crudos que fueran, no nacían de la malicia, sino de una obsesión casi infantil y genuinamente desarmante.
«Sempai… tal vez deberías… disculparte de nuevo», le sugirió en voz baja mientras caminaban.
«Pero esta vez, sin mencionar… ya sabes.» «Lo intenté, Mash», susurró Issei, desconsolado.
«Pero cada vez que abro la boca, parece que solo empeoro las cosas.
Es como si mis palabras se torcieran solas.» Tamamo-no-Mae, a su izquierda, envolvía el brazo de Issei en un suave abrazo, presionando su calor contra él.
«Mi goshujin-sama no necesita disculparse por ver la belleza en el mundo, incluso si su forma de expresarlo es… singular», declaró, lanzando una mirada desafiante a la espalda de Marie.
«La que debería disculparse es esa reina presumida por no apreciar la atención sincera de mi esposo.» A la derecha, Nero Claudius asintió con entusiasmo.
«Umu!
¡Exactamente!
Un emperador, un verdadero líder, debe ser franco acerca de sus gustos y deseos.
¡Es la base de la autenticidad romana!
¡Esconder lo que uno piensa es cosa de políticos cobardes, no de héroes!» Para ella, la transparencia pervertida de Issei era una virtud imperial, una prueba de que no era un hipócrita.
En su mente, los grandes césares tomaban lo que querían, y el hecho de que Issei al menos verbalizara sus deseos (por muy específicos que fueran) lo hacía más honesto que la mayoría.
Mozart, el único que parecía encontrar toda la situación enormemente entretenida, caminaba cerca de Marie, tarareando una melodía burlona y ligera.
«¿Y bien, mi reina?
¿El aire frío ayuda a calmar la sangre real?» «Wolfgang, si value tu vida, guarda silencio», respondió Marie, sin mirarlo, su voz gélida.
«Como ordene, su majestad», dijo Mozart con una reverencia exagerada, pero una sonrisa traviesa seguía jugueteando en sus labios.
Así avanzaron, una comitiva disfuncional moviéndose a través de lo que quedaba de la campiña francesa.
El paisaje era un recordatorio constante de por qué estaban aquí: campos quemados, granjas reducidas a esqueletos negros, el silencio omnipresente roto solo por el viento y sus propios pasos.
El objetivo, sin embargo, les daba una dirección.
Marie había mencionado, antes del incidente de los «atributos reales», rumores que había recogido en sus viajes de evasión.
Hacia el sur, más allá de las montañas de Auvernia, se hablaba de un cazador, o cazadores, excepcionalmente efectivos.
No solo sobrevivían a los ataques de dragones, sino que los buscaban activamente y los eliminaban con una eficiencia aterradora.
No eran soldados regulares; los descriptores hablaban de «relámpagos azules», «furias escarlata» y «destellos que partían el cielo».
Para un oído entrenado, sonaba a Servants.
«No podemos enfrentarnos a Fafnir y a esa… persona, sin algo que pueda igualar el campo de juego draconiano», explicó Jeanne, su voz práctica cortando la tensión personal.
«Si existe un Servant con habilidades específicas contra dragones, o simplemente con un poder bruto capaz de dañar a una bestia de ese calibre, debemos encontrarlo.» Issei asintió, agradecido por volver a la misión.
«Marie dijo que los rumores los ubicaban en el sur, moviéndose constantemente.
Es una pista vaga, pero es lo único que tenemos.» Marie, sin volverse, confirmó con un breve «Sí».
Era lo único que le dirigía a Issei directamente.
Guiados por esa esperanza tenue, se adentraron en regiones más agrestes.
Los bosques se volvieron más densos, las colinas más empinadas.
El cielo anillado, sin embargo, seguía siendo su constante compañero, un recordatorio grotesco de que la fuente de la corrupción los observaba desde arriba, inmutable.
El viaje fue largo, agotador.
Pasaron pueblos fantasma, cruzaron ríos cuyas aguas olían a ceniza.
En una ocasión, un grupo de wyverns los atacó desde un barranco, pero fueron eliminados con una eficiencia casi rutinaria por Nero, Tamamo y Mash, con Jeanne brindando apoyo y Mozart desorientando a las bestias con repentinas disonancias mágicas en el aire que las hacía chocar entre sí.
Issei usó su Boosted Gear para potenciar un ataque de Nero, derribando a dos wyverns de un solo tajo de su espada dorada.
Fue durante estos encuentros donde se notó el progreso de Issei.
Las sesiones de entrenamiento matutinas, los consejos ásperos de Olga y los gruñidos de Ddraig estaban dando frutos.
Ya no se agotaba después de dos o tres Boost.
Ahora, como había notado con orgullo (y un poco de dolor muscular), podía manejar siete aumentos consecutivos antes de que sus circuitos protestaran y le llegara una migraña incapacitante.
No era un poder ilimitado, pero le daba una ventana de acción más amplia en combate, permitiéndole potenciar a varios Servants en secuencia o concentrarse en una sola para un ataque devastador.
«No está mal, para un novato», admitió Ddraig en una rara concesión después de una escaramuza particularmente dura.
«Tu cuerpo se está adaptando.
Los circuitos se están acostumbrando al flujo.
Pero no te confíes.
Siete Boost te darían un poder considerable, pero contra un Dragón Celestial completo, o contra una Servant con un Noble Phantasm de alto rango, solo te darían unos segundos de ventaja.
Usa la cabeza, no solo la fuerza.» «Lo intento», pensó Issei en respuesta, frotándose el brazo dolorido donde el Gear se manifestaba.
Mientras tanto, en las sombras de su ruta, una presencia los seguía.
No era hostil, al menos no abiertamente.
Era observadora, paciente, moviéndose con una gracia silenciosa que eludía la detección incluso de los sentidos agudizados de Tamamo o la percepción espiritual de Jeanne.
Santa Marta, la Rider domadora de dragones, había recibido órdenes de su «señora», Jeanne Alter, de rastrear al grupo de la «santa falsa» e informar de sus movimientos.
Pero Marta, en el fondo de su espíritu de santa, sentía una curiosidad conflictiva.
Veía a la otra Jeanne, a la Doncella genuina, y sentía una punzada de algo que no era lealtad a la Bruja Dragón.
Además, ese Maestro… era extraño.
Grosero, sin duda, pero había algo en la forma en que sus Servants, incluso la desdeñosa reina y la emperatriz orgullosa, lo rodeaban… No era simple contrato.
Era algo más desordenado, más humano.
Así que seguía, manteniendo la distancia, su propio pequeño dragón, Tarasque, moviéndose como una sombra entre los árboles a su lado, sus ojos brillantes llenos de una inteligencia antigua.
Tras días de viaje, llegaron a los límites de una ciudad cuyo nombre se había perdido.
Estaba en un valle, y desde la distancia parecía sorprendentemente intacta.
No había columnas de humo, no se veían incendios.
Pero el mismo silencio mortal colgaba sobre ella.
«Aquí», dijo Marie, deteniéndose en una colina que dominaba el valle.
Su voz había perdido parte de su frialdad, reemplazada por la preocupación.
«Los rumones más consistentes situaban actividad aquí.
Alguien… o algo… limpió esta zona de wyverns hace poco.
Demasiado tranquilo.» Tamamo frunció el ceño, sus orejas girando como antenas.
«Siento… una concentración masiva de energía.
Dos fuentes.
Poderosas.
Y en conflicto.» Jeanne asintió, apretando el asta de su estandarte.
«No es la corrupción generalizada de la Bruja.
Es más… personal.
Más intensa.» Antes de que pudieran planificar un acercamiento cauteloso, el valle estalló.
No fue un estallido físico de piedra y polvo, sino una explosión de energía elemental pura.
Una columna de fuego azul cobalto, frío y voraz, se elevó desde el centro de la ciudad, enroscándose como un dragón iracundo.
Al instante, una contraparte de fuego escarlata, caliente y estridente, la atravesó, chocando en una danza de aniquilación mutua.
La onda de choque que siguió no fue de aire, sino de puro calor y presión mágica.
Llegó a la colina con la fuerza de un muro invisible, haciendo temblar el suelo y arrancando hojas de los árboles.
El aire se volvió sofocante, como estar al borde de un horno gigante.
Issei se tambaleó, levantando un brazo para protegerse el rostro del calor repentino.
«¡¿QUÉ DEMONIOS FUE ESO?!» «¡Eso no es un ataque de dragón!», gritó Mash, plantando su escudo para estabilizarse.
«¡Es una batalla entre Servants!
¡Y de un nivel tremendo!» Marie estaba pálida, su indignación olvidada.
«Yo… esperaba una pista, un rastro… ¡no una guerra en toda regla!» Nero, en cambio, sus ojos brillaban con emoción belicosa.
«Umu!
¡Un duelo épico!
¡Debemos presenciarlo!
¡Intervenir!» «¡Espera!», ordenó Jeanne, pero era demasiado tarde.
La curiosidad y la necesidad empujaban al grupo hacia adelante.
Con precaución extrema, descendieron hacia la ciudad, escondiéndose entre las ruinas de las afueras.
Lo que encontraron al llegar a la plaza central fue una escena que desafiaba cualquier expectativa de una batalla entre héroes legendarios.
La ciudad, efectivamente, había sido «limpiada».
Cuerpos de wyverns yacían esparcidos, carbonizados, congelados o destrozados por una fuerza brutal.
Los edificios alrededor de la plaza habían sido derribados no por un asedio prolongado, sino por explosiones concéntricas de poder crudo.
Y en el centro de este caos, dos figuras femeninas estaban… peleando.
Pero no era la elegante esgrima de Nero, ni la magia calculadora de Tamamo, ni la poderosa defensa de Mash.
Esto era algo mucho más… visceral.
Y absurdo.
Una de ellas era una joven de apariencia casi infantil, con largo cabello verde azulado recogido en coletas altas.
Vestía un kimono modificado y ajustado, azul y blanco, que dejaba ver sus piernas.
Su rostro, bonito y pálido, estaba contraído en una expresión de rabia absoluta, y de su cuerpo emanaba un aura de fuego azul helado que tomaba la forma de un dragón serpentino y fantasmal a sus espaldas.
Kiyohime, la doncilla dragón, clase Berserker.
La otra era una adolescente con cuernos pequeños y una cola de dragón, vestida con un extravagante traje de idol rosado y negro, con mangas de murciélago y un tocado ridículo.
Su cabello era plateado y largo, y sus ojos, de un rojo vibrante, brillaban con furia e indignación.
Una aura de fuego rojo estridente, que también formaba una silueta draconiana más torpe y alada, la envolvía.
Elizabeth Báthory, la idol fallida, clase Lancer.
Y no estaban intercambiando Noble Phantasms o técnicas refinadas.
Estaban rodando por el suelo, entre los escombros y los cadáveres de wyverns, agarradas del pelo.
«¡SUELTA, LAGARTIJA RUIDOSA!», gritaba Kiyohime, su voz un silbido cargado de veneno, mientras tiraba de una de las coletas de Elizabeth.
«¡TÚ SUELTA, SERPIENTE CELOSA!
¡MI CABELLO ES MI TESORO!», chillaba Elizabeth, retaliando jalando las coletas verdes de Kiyohime.
«¡CALLATE!
¡TU VOZ ES PEOR QUE EL CLAXON DE UN DRAGÓN MORIBUNDO!
¡DIJE QUE ERES UNA PÉSIMA CANTANTE Y LO MANTENGO!
¡PREFIERO QUE ME ARRANQUEN LOS OÍDOS QUE ESCUCHAR TU «DEBUT»!» «¡¿CÓMO TE ATREVES?!
¡YO SERÉ LA IDOL MÁS FAMOSA DE TODAS LAS ÉPOCAS!
¡MI VOZ CONQUISTARÁ EL MUNDO!
¡TU PALADAR DE ANFIBIO NO SABE NADA DE ARTE!» «¡EL ARTE NO DAÑA A LOS OÍDOS!
¡TU «CANCIÓN» ES UN ATAQUE SONICO!
¡INCLUSO ESTOS WYVERNS MUERTOS SE ESTREMECERÍAN DE HORROR!» «¡MENTIRA!
¡SOY HERMOSA Y TALENTOSA!
¡TÚ SOLO ERES UNA OBSESIVA QUE NO PUEDE DEJAR IR A SU «AN-SAN»!» El intercambio de insultos era tan rápido y absurdo como la pelea física.
Se golpeaban con los puños (Kiyohime con fuerza sorprendente, Elizabeth con torpeza pero entusiasmo), se pateaban, se lanzaban hechizos menores de fuego que explotaban aleatoriamente alrededor, incendiando escombros ya carbonizados.
Un proyectil de fuego azul pasó silbando justo sobre la cabeza del grupo escondido, impactando en una pared ya inestable y derribándola con estruendo.
Otro, un corazón de energía rosa y negra lanzado por Elizabeth (un intento fallido de «nota musical»), se dirigía directamente hacia donde Issei estaba agachado detrás de una fuente rota.
«Goshujin-sama!» Tamamo reaccionó al instante, alzando una mano.
Un sigilo de zorro dorado apareció en el aire, desviando el ataque que estalló contra el suelo, levantando una nube de polvo y dejando un cráter humeante.
Issei sintió el calor en la nuca y se puso pálido.
Su trasero había estado a centímetros de ser bien cocido.
Marie, observando el espectáculo desde detrás de una columna, tenía una gota de sudor de tamaño anime deslizándose por su sien.
«Esto… esto es ridículo.» Jeanne parecía igualmente perpleja, su sentido del decoro y la santidad violado por la escena grotesca.
«Son… poderosas.
Su energía es draconiana, sin duda.
Pero su comportamiento…» Mozart se tapaba la boca, sus hombros sacudidos por risas silenciosas.
«¡Oh, la disonancia!
¡El caos!
¡Es música para mis oídos!
¡Una sinfonía del absurdo!» Issei, una vez que su corazón dejó de querer salírsele por la boca, miró la pelea.
Dos chicas.
Ambas, a su manera, monstruosamente poderosas.
Ambas, en ese momento, actuando como niñas de escuela en una pelea de patio.
Y ambas, irrelevante para la situación mortal, tenían… atributos notables.
Kiyohime, bajo su kimono ajustado, tenía una figura sorprendentemente madura y curvilínea.
Elizabeth, a pesar de su apariencia de adolescente, también tenía un desarrollo considerable, realzado (o comprimido) por su extravagante traje de idol.
Pero este no era el momento.
Incluso para él.
El peligro era real.
Cada explosión aleatoria podía matar a un civil si lo hubiera, o a uno de ellos.
Y necesitaban información.
Estas dos, siendo draconianas, podrían saber algo sobre un cazador de dragones, o al menos sobre los movimientos de la Bruja.
Con una valentía que rayaba en la estupidez temeraria (pero que era, en el fondo, puro instinto de Maestro tratando de controlar una situación fuera de control), Issei se puso de pie y dio un paso adelante desde su escondite.
«¡OYE!
¡¿QUÉ CREEN QUE ESTÁN HACIENDO?!» gritó, su voz amplificada por el traductor y por su propia desesperación.
El efecto fue instantáneo.
Como si un interruptor se hubiera accionado, Kiyohime y Elizabeth se separaron de un salto, dejándose mutuamente mechones de pelo en las manos.
Ambas giraron hacia el nuevo sonido, sus auras de fuego azul y rojo crepitando con renovada intensidad.
Por un segundo, sus ojos, llenos de rabia hacia la otra, se centraron en Issei.
Y en ese momento, encontraron un enemigo común: el interrumpidor.
«¿Quién eres tú para interrumpir nuestro duelo?», siseó Kiyohime, su fuego azul enfocándose en sus manos en forma de garras energéticas.
«¡Sí!
¡Estabas espiando nuestro ensayo privado!
¡Espía!
¡Fan acosador!», acusó Elizabeth, apuntando con su lanza- micrófono (que parecía más un arma pesada que un instrumento musical) hacia él.
«¡No es un duelo, es una pelea de gatas!», replicó Issei, sin pensar.
«¡Y están destruyendo lo poco que queda en pie!» Eso fue la gota que colmó el vaso.
El insulto «pelea de gatas» unió a las dos enemigas en un frente unido de indignación.
«¡¿GATAS?!» «¡¿CÓMO TE ATREVES?!» Con un grito al unísono que era desafinado y aterrador, ambas se abalanzaron sobre Issei.
Kiyohime se movió como un relámpago azul, su cuerpo dejando un rastro de escarcha y llamas frías.
Elizabeth cargó de manera más torpe pero con fuerza bruta, su lanza arrastrando un estela de energía rosa sónica.
«¡PROTECCIÓN!», rugió Mash, saltando al frente.
Lord Camelot se plantó en el suelo con un sonido metálico, justo a tiempo para recibir el golpe combinado.
El impacto fue titánico, una explosión de fuego azul y rojo que se estrelló contra la barrera sagrada, haciendo que Mash resbalara hacia atrás unos centímetros, sus botas surcando la tierra.
Pero aguantó.
«¡Nadie toca a mi esposo!», declaró Tamamo, sus nueve colas desplegándose como un abanico de poder.
Orbes de kitsune-bi de color púrpura oscuro, cargados de maldiciones divinas, se materializaron alrededor suyo y salieron disparados hacia las dos atacantes.
«¡Umu!
¡Una batalla digna de un coliseo!
¡Yo seré vuestra contrincante!», gritó Nero, cargando por el flanco, su espada Aestus Estus brillando con el fuego del sol.
Jeanne no perdió tiempo.
«¡Luz, fortalécenos!» Su estandarte brilló, y una oleada de energía plateada bañó a Mash, Tamamo y Nero, reforzando sus defensas y agudizando sus sentidos.
Marie, aunque aún resentida, no era tonta.
«¡Wolfgang!» «Ya lo sé, mi reina.» Mozart alzó las manos, y una compleja partitura de luz apareció frente a él.
«Allegro con fuoco… pero desincronizado!» Golpeó un acorde imaginario.
El aire alrededor de Kiyohime y Elizabeth se distorsionó; sus movimientos, por un microsegundo, perdieron coordinación.
La carga de Elizabeth se desvió ligeramente, estrellándose contra el suelo al lado de Mash, mientras que el ataque de Kiyohime fue interceptado por una barrera de Tamamo que apareció en el último momento.
La batalla estaba armada.
Issei, con el corazón en un puño, activó el Boosted Gear.
El guantelete rojo escamoso envolvió su brazo, y el familiar poder fluyó por sus venas.
«¡Ddraig!» «Aquí.
Dos seres con sangre de dragón, pero diluida, distorsionada.
Una por obsesión, la otra por… egolatría.
No son rivales para un Dragón Celestial, pero juntas son peligrosas.
Coordina a tus chicas.
Divide y vencerás.» Issei asintió, su mente entrando en el modo de combate.
«¡Mash, mantén a Elizabeth ocupada!
¡Es más lenta, pero golpea fuerte!
¡Tamamo, suprime a Kiyohime con maldiciones y barreras!
¡Nero, ataca a la que esté más vulnerable!
¡Jeanne, apoyo general y curación!
¡Marie, Mozart, desorientación!» Era la primera vez que daba órdenes directas a los nuevos aliados.
Marie, tras un momento de duda, asintió con sequedad.
Su caballo de cristal se materializó a su lado, y ella montó.
«¡Vamos, mi noble corcel!
¡Distrae a la… a la lagartija azul!» El caballo relinchó y cargó, no para atacar, sino para correr círculos alrededor de Kiyohime, dejando un rastro de cristales reflectantes que confundían la vista.
Mozart, con una sonrisa de disfrute puro, comenzó a «dirigir» la batalla como si fuera una orquesta, sus gestos haciendo que el sonido del entorno —el crepitar del fuego, el choque de armas— se amplificara o amortiguara selectivamente, desequilibrando el ritmo de las dos Berserker/Lancer.
Kiyohime era un torbellino de furia fría.
Sus ataques eran rápidos y precisos, buscando puntos vitales con sus garras de fuego azul.
Pero Tamamo era una maestra de la defensa y las maldiciones.
Cada vez que Kiyohime se acercaba, se encontraba con una barrera de sigilos de zorro, o con ilusiones que multiplicaban la imagen de Issei (lo que la enfurecía aún más, haciéndola atacar fantasmas).
«¡AN-SAN!
¡Déjame verte!
¡Este zorro malvado te está ocultando!» Elizabeth, por su parte, era un caos andante.
Golpeaba con su lanza con fuerza brutal, pero sus movimientos eran predecibles.
Mash la contenía con facilidad, desviando cada golpe con su escudo y contraatacando con golpes precisos del borde que hacían retroceder a la idol.
«¡Deja de bloquearme!
¡Tengo un público que impresionar!» Chillaba, intentando a veces entonar una nota, que resultaba en un cono de fuerza sónica desgarradora que Mash simplemente absorbía con Lord Camelot.
Nero, la espada libre, aprovechaba cualquier apertura.
Cuando Kiyohime estaba distraída por los cristales de Marie o las ilusiones de Tamamo, Nero se colaba y le asestaba un tajo en la espalda con su espada dorada, haciendo que la Berserker gritara de dolor y furia.
Cuando Elizabeth se recuperaba de un bloqueo de Mash, Nero estaba allí para interceptarla con una ráfaga de golpes rápidos.
Issei no estaba inactivo.
Moviéndose por el perímetro, usaba sus Boost de manera estratégica.
«¡Boost!» y potenciaba un ataque de Nero, haciendo que su espada cortara el aura de fuego azul de Kiyohime como si fuera papel.
«¡Boost!» y fortalecía la barrera de Tamamo justo cuando Elizabeth lanzaba un chillido especialmente potente.
«¡Boost!» y aumentaba la velocidad de Mash para que pudiera esquivar un ataque por la espalda de Kiyohime.
Era un despliegue de trabajo en equipo impresionante.
Siete Boost.
Los usó con cuidado, midiendo el flujo de la batalla.
Cuando llegó al quinto, sintió un dolor punzante en los circuitos de su brazo, pero ignoró.
Kiyohime, acorralada por Tamamo, Nero y las distracciones de Marie, lanzó un último y desesperado ataque, transformando parcialmente su brazo en la cabeza de un dragón azul que escupió un chorro de llamas gélidas directamente hacia Issei.
«¡SEXTO BOOST!», gritó Issei, concentrando toda la multiplicación en su propio Reforzamiento y en un Gandr.
Su cuerpo se movió con velocidad sobrehumana, esquivando el chorro principal, y lanzó el orbe de maldición potenciado no a Kiyohime, sino al suelo frente a ella.
La explosión de energía negra y fuerza bruta la levantó por los aires, rompiendo su concentración y haciendo que cayera aturdida.
Elizabeth, viendo a su «compañera» de pelea caer, entró en pánico.
«¡Eso no es justo!
¡Son muchos contra una!» Intentó lanzar su Noble Phantasm, un concierto destructivo, pero Mozart, anticipándose, cambió la música ambiental a un silbido agudo y penetrante que interfirió con su concentración mágica.
Mash aprovechó la apertura y, con un poderoso golpe de escudo, la golpeó en el estómago, haciéndola doblarse.
Nero llegó entonces y, con el pomo de su espada, le dio un golpe seco en la cabeza.
Clonk.
Clonk.
Dos sonidos sordos.
Kiyohime y Elizabeth cayeron al suelo, inconscientes, con chichones visibles brotando en sus frentes y diminutos espirales girando en sus ojos.
Sus auras de fuego se desvanecieron.
El silencio, repentino y absoluto, volvió a la plaza destrozada, solo roto por el jadeo de los combatientes de Chaldea.
Issei dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo, el guantelete del Gear desvaneciéndose.
El dolor en su brazo era agudo, y una fatiga profunda se apoderó de él, pero estaban a salvo.
Habían vencido a dos Servants poderosas (y completamente locas) sin bajas graves.
Marie desmontó de su caballo, que se disolvió en luz.
Miraba a las dos inconscientes con una mezcla de alivio y perplejidad residual.
«¿Y… ahora qué?» Jeanne se acercó, examinando a las derrotadas.
«Su energía es draconiana.
Podrían tener información.
Sobre la Bruja, sobre Fafnir, sobre el cazador que buscamos.» Issei, frotándose el brazo adolorido, asintió.
«Atémoslas.
Cuando despierten, las interrogaremos.» Miró a su alrededor, al campo de batalla secundario que habían creado.
«Y… busquemos un lugar más seguro para hacerlo.
No quiero estar aquí si vuelven a despertar con mal humor.» Mash y Nero procedieron a asegurar a Kiyohime y Elizabeth con cuerdas mágicas proporcionadas por Tamamo (que alegó que eran «lazos conyugales de prueba», lo que hizo que Issei se sonrojara).
Las cargaron sobre hombros (Nero con Elizabeth, Mash con Kiyohime) y el grupo, exhausto pero victorioso, abandonó la plaza devastada, buscando refugio entre las ruinas más estables de la ciudad.
Habían encontrado a los cazadores de dragones, aunque no como esperaban.
Ahora, tenían que sacarles información antes de que su furia draconiana (y su animosidad mutua) se desatara de nuevo.
Y en las sombras, observando desde una torre lejana, Santa Marta, con una expresión pensativa, vio todo.
Tal vez era hora de informar… o tal vez de reconsiderar sus lealtades.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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