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Fate/Issei Order - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capitulo 17 Asesino de dragones
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18: Capitulo 17: Asesino de dragones 18: Capitulo 17: Asesino de dragones El silencio en el refugio improvisado era tan denso como el mana corrupto que flotaba en el exterior.

Las ruinas de lo que alguna vez fue una capilla ofrecían cierto resguardo de los elementos y, con suerte, de las miradas de la Bruja Dragón y sus secuaces.

En el centro del espacio, atadas con cuerdas que brillaban débilmente con la magia de Tamamo, yacían dos figuras femeninas, sus respiraciones profundas indicando que aún estaban sumergidas en la inconsciencia.

Kiyohime, la doncella serpiente, tenía el cabello verde azulado desparramado sobre el suelo de piedra, su expresión, incluso dormida, mostraba un rastro de la furia obsesiva que la caracterizaba.

A su lado, Elizabeth Bathory, la idol fallida, tenía un pequeño hilo de baba cayendo de la comisura de sus labios mientras murmuraba algo sobre «aplausos» y «ventas de discos».

El equipo de Chaldea las rodeaba en un semicírculo, una medida de precaución que todos consideraban necesaria.

Mash tenía su escudo a un lado pero listo para ser empuñado.

Tamamo mantenía sus dedos preparados para trazar sigilos.

Nero, aunque apoyada contra una columna con falsa indolencia, tenía la mano cerca de donde su espada solía materializarse.

Jeanne observaba con una expresión de seria expectación, su estandarte plantado en el suelo a su lado.

Marie, sentada en un escombro algo alejada, lanzaba miradas de reojo a Issei y a las prisioneras, su orgullo aún ligeramente resentido pero su curiosidad más fuerte.

Mozart, como siempre, parecía encontrar toda la situación enormemente entretenida, tarareando una melodía inquietantemente alegre.

Issei, frotándose el brazo donde el Gear había pulsado con fuerza durante la batalla, esperaba.

El dolor residual de los siete Boost estaba disminuyendo, pero la tensión de la situación lo mantenía alerta.

Fue Elizabeth la primera en mostrar signos de despertar.

Un gemido bajo, un parpadeo.

Sus ojos rojos se abrieron lentamente, enfocándose con dificultad en las figuras que la rodeaban.

Inmediatamente después, Kiyohime también comenzó a moverse, sus párpados agitándose antes de abrirse para revelar sus pupilas verticales, que escanearon el entorno con una rapidez felina.

Por un momento, ambas se quedaron quietas, procesando la información: estaban atadas, rodeadas por las personas con las que habían estado peleando hacía apenas un rato.

La tensión en el aire se disparó.

«Esto…», comenzó Kiyohime, su voz un susurro engañosamente calmado que escondía un volcán a punto de estallar.

«Esto es lo que llaman ‘cebar a la serpiente’?» Sus ojos se estrecharon, enfocándose en Issei con una intensidad que helaba la sangre.

«Nos atacan en superioridad numérica, nos derrotan cuando estamos distraídas la una con la otra, y ahora nos atan como animales.

Qué…

valientes.» Elizabeth, recuperándose más rápido, se unió a la queja con un tono dramático.

«¡Exactamente!

¡Esto es un secuestro!

¡Una privación ilegal de la libertad de una estrella en ascenso!

¡Mi público me extrañará!

¡Bueno, cuando tenga público!

¡Pero me extrañarán!» Issei levantó las manos en un gesto de paz, dando un paso adelante.

Su instinto le decía que la confrontación directa no funcionaría con estas dos.

«Espera, espera.

No es un secuestro.

Es una…

medida de seguridad.

No sabíamos si al despertar iban a reanudar su pelea inmediatamente.

No queríamos más destrucción ni que nadie saliera herido.» Kiyohime lo miró fijamente.

Sus ojos, de un tono café claro inusual, parecían perforar su alma.

Buscaba algo.

¿Una mentira?

¿Un engaño?

Tras unos segundos que se sintieron como horas, su postura se relajó ligeramente.

«No…

no estás mintiendo.

Lo dices en serio.» Un dejo de sorpresa, tal vez incluso un ápice de aprobación, cruzó su rostro.

«Eso es…

inusual.» Elizabeth, en cambio, no parecía tan convencida.

«¡Pues podrían haber usado un método menos…

bochornoso!

¡Mira cómo tengo el pelo!

¡Necesito mi cepillo de inmediato!» Jeanne, tomando la iniciativa con su autoridad natural, se adelantó.

Su presencia pareció calmar un poco el ambiente, aunque Kiyohime la observó con una curiosidad recelosa.

«Os pido disculpas si el método resultó brusco.

No era nuestra intención humillaros.

Nuestra prioridad era evitar más derramamiento de sangre y, honestamente, necesitábamos hablar con vosotras.» «¿Hablar?», Kiyohime inclinó la cabeza, un gesto que resultaba extrañamente aniñado en alguien con un aura tan peligrosa.

«¿Sobre qué?» Issei respiró hondo.

Era momento de ser directo.

«Buscamos información.

Hemos estado siguiendo el rastro de destrucción de la Bruja Dragón, la Jeanne oscura que controla a los dragones.

Necesitamos encontrar a alguien con habilidades para combatirlos.

Alguien que pueda darnos una ventaja contra Fafnir y su ejército alado.» Elizabeth parpadeó.

«¿Fafnir?

¿Ese lagarto enorme?

¿Lo has visto?» Por un momento, su actitud de diva se desvaneció, reemplazada por un interés genuino (y un poco de miedo).

«Yo…

no llevo mucho tiempo invocada.

Aparecí aquí, con esta horrible energía por todas partes, y lo único que he encontrado son wyverns y…» Miró a Kiyohime con resentimiento.

«…y esta lagartija verde que no para de insultar mi arte.» «No es arte, es contaminación acústica», replicó Kiyohime automáticamente, aunque sin la agresividad previa.

Luego, volvió su atención a Issei.

«Un cazador de dragones…» Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

«Hace unos días, me crucé con alguien.

Un hombre con armadura, montado en un caballo.

Tenía un aura…

particular.

Cuando me vio, por un momento pensé que atacaría.

Su lanza apuntaba directamente a mí.

Pero cuando se acercó y percibió mi naturaleza—que soy Berserker por mi propia obsesión, no por la corrupción de esa bruja—se detuvo.

Bajó la lanza y dijo: ‘No eres una de las corrompidas.

Sigue tu camino, doncella de la llama azul’.

Y se fue.» El interés de Issei se disparó.

«¿Sabes cómo se llamaba?

¿Quién era?» Kiyohime asintió lentamente.

«Dijo su nombre antes de partir.

Se llamaba…

Georgios.» El nombre cayó en el silencio de la capilla.

Y entonces, una voz fría y cortante, que todos reconocían ya, irrumpió desde el Boosted Gear de Issei.

«¿GEORGIOS?» Olga Marie, la directora fantasma, había estado escuchando en silencio, pero ahora su interés era evidente.

Su voz, aunque aún áspera, tenía un matiz de urgencia.

«¿Estás completamente segura de que dijo Georgios?

¿El santo?» Kiyohime, sorprendida por la voz incorpórea, miró a Issei con una nueva curiosidad.

«Tienes un espíritu dentro de tu artefacto.

Qué interesante.» Luego, volviendo a la pregunta: «Sí.

Dijo Georgios.

Y su aura era…

santa.

Pura.

No como la de la Jeanne falsa, que es odio disfrazado de fuego.

Era genuina.» Hubo un momento de silencio en el que todos procesaron la información.

Luego, Olga continuó, su tono ahora claramente esperanzado (aunque intentara disimularlo).

«Issei, idiota, si realmente Georgios está en esta Singularidad, es nuestra mejor apuesta.

¿Sabes quién es?

San Jorge.

El santo guerrero, el mártir.

Su leyenda más famosa es, precisamente, la de haber matado a un dragón.

Tiene una lanza, Ascalon, que está conceptualmente diseñada para atravesar la piel de las bestias draconianas.

Contra Fafnir, contra los wyverns, contra cualquier criatura con sangre de dragón…

Georgios es una counter natural.

Si podemos convencerlo de unirse a nosotros, nuestras posibilidades aumentan exponencialmente.» Issei sintió una oleada de esperanza.

¡Un santo mata dragones!

¡Justo lo que necesitaban!

«¿Dónde?

¿Hacia dónde se dirigía?», preguntó a Kiyohime.

La Berserker negó con la cabeza.

«No lo sé.

Siguió su camino hacia el este, creo.

Pero no te aseguro nada.

Los santos tienen sus propias misiones.» Era una pista, pero era algo.

Issei asintió, agradecido.

«Gracias.

Esto nos ayuda mucho.» Jeanne dio un paso al frente.

«Entonces tenemos un objetivo.

Encontrar a Georgios.

Si podemos sumar su lanza a nuestras fuerzas, tendremos una respuesta para los dragones.» Nero sonrió, su entusiasmo siempre listo.

«Umu!

¡Un santo guerrero!

¡Qué adición tan gloriosa a nuestra ópera!» Tamamo, sin embargo, se mostraba más cautelosa.

«Los santos suelen ser…

complicados.

Especialmente con seres como nosotras.

Pero si es necesario, negociaremos.» Marie, desde su escaño, hizo un gesto de asentimiento.

«Un santo francés, además.

Sería un honor tenerlo de nuestro lado.» Con la información obtenida y la tensión disminuida, Issei tomó una decisión.

Miró a Kiyohime y Elizabeth, que seguían atadas en el suelo.

«Bueno, ya tenemos lo que necesitábamos.

No tenemos razón para retenerlas más.» Se acercó y, con manos temblorosas por si una de ellas decidía morderlo, comenzó a desatar los nudos mágicos.

Tamamo frunció el ceño pero no intervino; sus lazos eran seguros, pero también fáciles de deshacer para quien conocía su magia (o para su goshujin-sama, a quien no podía negarle nada).

En cuestión de segundos, Kiyohime y Elizabeth estaban libres.

La primera se puso de pie con una gracia serpentina, estirando sus brazos y masajeándose las muñecas donde las cuerdas habían dejado ligeras marcas.

Elizabeth hizo lo propio, quejándose dramáticamente mientras se arreglaba el desordenado cabello.

«Bien», dijo Issei, sintiendo que lo correcto era ser amable.

«El camino es libre.

Espero que encuentren lo que buscan.

Buena suerte.» Y con eso, el grupo de Chaldea comenzó a recoger sus cosas para prepararse para partir.

Marie montó en su caballo de cristal.

Mozart se ajustó el abrigo.

Jeanne recogió su estandarte.

Issei, con Mash a su lado, se dirigió hacia la entrada de la capilla.

Nadie miró atrás.

Era mejor así.

Dejar que esas dos fueran por su camino y ellos por el suyo.

Un encuentro extraño, una información valiosa, y un adiós sin más.

Simple.

O eso creyeron.

Salieron de la capilla y se adentraron en las calles en ruinas de la ciudad, siguiendo una dirección aproximada hacia el este, donde Kiyohime había señalado que Georgios podría haberse dirigido.

El sol, aunque oculto tras el eterno anillo de nubes, indicaba que era media tarde.

Tenían unas horas de luz antes de tener que buscar otro refugio.

Caminaron en silencio durante unos minutos.

Issei estaba absorto en sus pensamientos, planeando cómo abordarían la búsqueda de un santo errante.

Mash caminaba a su lado, alerta.

Tamamo y Nero flanqueaban a su goshujin-sama con su habitual celo protector.

Jeanne y Marie iban algo más adelante, discutiendo en voz baja sobre estrategias.

Mozart cerraba la marcha, silbando una melodía alegre.

Pero algo molestaba a Issei.

Una sensación, un cosquilleo en la nuca, como si alguien los observara.

Al principio pensó que era la paranoia post-batalla.

Pero después de diez minutos, la sensación no solo no desapareció, sino que se intensificó.

Se volvió, discretamente, para echar un vistazo.

Y allí estaban.

A unos veinte metros de distancia, caminando con una naturalidad que resultaba sospechosamente forzada, iban Kiyohime y Elizabeth.

Kiyohime observaba las ruinas con fingido interés, mientras Elizabeth se arreglaba el cabello y tarareaba una canción que sonaba desafinada incluso en susurros.

Issei parpadeó.

Se volvió hacia el frente y siguió caminando.

‘Coincidencia.

Solo van en la misma dirección.’ Cinco minutos más tarde, se volvió de nuevo.

Seguían allí.

A la misma distancia.

Kiyohime lo miró directamente a los ojos y le dedicó una sonrisa pequeña y escalofriante.

Elizabeth, al notar la mirada de Issei, desvió la mirada hacia otro lado con un «¡Hmph!» exagerado.

Un sudor frío recorrió la espalda de Issei.

Aceleró el paso sin querer, acercándose a Mash.

«Oye, Mash…

¿tú ves lo mismo que yo?» Mash, obediente, miró hacia atrás.

«¿Se refiere a las señoritas Kiyohime y Elizabeth, Sempai?

Sí, las veo.

Parece que…

van en la misma dirección que nosotros.» «¿Coincidencia?», preguntó Issei, con una esperanza que sonaba a falsa.

«Mm…», Mash dudó.

«No lo sé, Sempai.

Llevamos veinte minutos caminando.

La ciudad ya quedó atrás.

Este es un camino en medio de la nada.

No hay mucho que justifique que dos personas tomen exactamente la misma ruta que nosotros por casualidad.» Tamamo, que había escuchado la conversación, se volvió con una expresión que mezclaba irritación y diversión.

«Goshujin-sama, creo que tenemos unas…

seguidoras.» Nero, siempre directa, se giró por completo y alzó la voz.

«¡Eh, vosotras!

¿Qué pretendéis siguiéndonos?

¿Buscáis otra ronda?

¡Por mí encantada!» Kiyohime y Elizabeth se detuvieron en seco al ser descubiertas.

La primera mantuvo su sonrisa inquietante.

La segunda se puso roja y comenzó a agitar las manos.

«¡N-no os estamos siguiendo!

¡Es una coincidencia!

¡El camino es libre, podemos ir por donde queramos!» Jeanne suspiró, frotándose la sien.

«Esto va a ser una larga caminata.» Marie, desde su caballo, observaba la escena con una mezcla de curiosidad y algo que, si uno miraba de cerca, podría interpretarse como una sonrisa de satisfacción apenas contenida.

‘Que sufra un poco el pervertido’, pensó.

‘Así aprende a no juzgar a las reinas por su…

anatomía.’ Mozart, por supuesto, estaba encantado.

«¡Oh, maravilloso!

¡Dos nuevas incorporaciones a nuestro séquito!

¡Y qué carácter tienen!

Esto promete ser una sinfonía de conflictos y pasiones desbordadas.» Issei, con el alma en un puño, decidió que era mejor enfrentar el problema de frente que arrastrar la incertidumbre durante horas.

Con una determinación que todos admiraron (y algunos temieron por su integridad física), se separó del grupo y caminó directamente hacia las dos rezagadas.

Kiyohime lo observó acercarse sin inmutarse.

Elizabeth, en cambio, parecía debatirse entre huir o mantener la pose.

Cuando estuvo frente a ellas, Issei respiró hondo.

«¿Por qué nos estáis siguiendo?» El silencio se hizo incómodo.

Kiyohime lo miró fijamente, sus ojos cafés escudriñando cada centímetro de su rostro.

Elizabeth abrió la boca, la cerró, la abrió de nuevo, claramente luchando por encontrar las palabras adecuadas.

Fue la idol quien habló primero, aunque de una manera que resultaba extrañamente…

tsundere.

«¡N-no es que quiera seguirles!

¡Pero…!» Miró hacia otro lado, cruzando los brazos.

«He pensado que…

un Maestro como tú, que coordina bien a sus Servants, que tiene un poder interesante…

podría ser un buen…

manager.» La última palabra la dijo en un susurro, como si le costara admitirlo.

«Para mi carrera de idol, claro.

Necesito a alguien que me ayude a llegar al estrellato, y tú…

bueno, no eres el peor candidato que he visto.» Issei parpadeó.

«¿Manager?

¿De idol?» «¡No me hagas repetirlo!», chilló Elizabeth, su rostro rojo como un tomate.

Antes de que pudiera procesar esa oferta (¿era una oferta?), sintió una presencia a su lado.

Kiyohime se había movido con una velocidad serpentina y ahora estaba literalmente a centímetros de él, rodeándolo lentamente mientras lo inspeccionaba de arriba abajo.

Su expresión era de concentración absoluta, como si estuviera realizando un diagnóstico espiritual.

«Tú…», murmuró, deteniéndose frente a él.

Sus ojos se encontraron con los de Issei.

«No mientes.

Eso es raro.

Casi nadie deja de mentir cuando está cerca de mí.

Pero tú…

tu esencia, tu corazón…

es transparente.

Veo tus deseos, tus miedos, tus obsesiones.» Una sonrisa lenta, peligrosa y a la vez extrañamente tierna, se dibujó en sus labios.

«Eres puro, de una manera extraña.

Y además…» Inclinó la cabeza, como si escuchara algo que nadie más podía oír.

«Mi instinto me dice…

que tú eres mi Anchin-sama.» Issei sintió que la sangre se le helaba en las venas.

Anchin-sama.

La historia de Kiyohime.

La doncella que se enamoró de un monje llamado Anchin, que le prometió amor y luego la rechazó.

La doncella que, consumida por la obsesión y la mentira, se transformó en un dragón y persiguió a su amado hasta un río, donde lo quemó vivo junto con la campana de un templo donde intentó esconderse.

Una yandere.

La pesadilla de cualquier aspirante a Rey del Harem.

Issei recordaba haber escuchado esa historia cuando era niño.

Le había parecido trágica, pero también aterradora.

La idea de que alguien pudiera amar con tanta intensidad que destruyera todo, incluido al objeto de su amor, era algo que su mente pervertida pero no autodestructiva no podía comprender del todo.

Y ahora, esa misma yandere, esa personificación de la obsesión letal, le estaba diciendo que él era su Anchin-sama.

«E-eh…

espera…

Kiyohime, ¿verdad?», tartamudeó Issei, dando un paso atrás.

«Yo…

yo aprecio el sentimiento, de verdad, pero…

yo no soy monje, ni prometo nada a nadie de esa manera, y además…

yo aspiro a tener un harén, ¿sabes?

¡Un harén!

¡Muchas chicas!

Eso significa que no puedo serle fiel a una sola, porque el concepto de harén es…» Se detuvo al ver que la sonrisa de Kiyohime no cambiaba.

Si acaso, se volvía más…

intensa.

«Un harén», repitió ella, saboreando la palabra.

«Muchas chicas.

Muchas compitiendo por ti.

Muchas que podrían intentar alejarte de mí.» Su tono era dulce, casi cantarín.

Pero sus ojos brillaban con un fuego azul que no presagiaba nada bueno.

«Eso significa que tendría que eliminar a muchas competidoras.

Quemarlas.

Reducirlas a cenizas.

Para que solo yo quede a tu lado.

¿Es eso lo que quieres, Anchin-sama?» Issei palideció.

Literalmente, sintió que el color abandonaba su rostro.

«¡NO!

¡Eso no es lo que quiero!

¡Yo quiero que todas se lleven bien!

¡Como una familia!» «¿Una familia?», Kiyohime inclinó la cabeza.

«Pero las familias también tienen conflictos.

Y si una de tus ‘esposas’ intentara lastimarte, yo tendría que protegerte.

Aunque eso signifique…

eliminarla.» Su sonrisa se volvió beatífica.

«Por tu bien, Anchin-sama.

Siempre por tu bien.» Issei sintió que un abismo se abría a sus pies.

Esto era peor que cualquier dragón.

Peor que la Bruja.

Peor que Fafnir.

Kiyohime era una amenaza existencial para su sueño de harem.

Intentó buscar ayuda con la mirada.

El resto del grupo observaba la escena desde la distancia.

Tamamo tenía una expresión de alerta máxima, sus colas erizadas.

Nero parecía confundida, tratando de evaluar si esta nueva mujer era una aliada o una enemiga.

Mash tenía una mano en el escudo, lista para intervenir.

Jeanne rezaba en silencio con los ojos cerrados, claramente pidiendo fuerzas.

Marie…

Marie estaba sonriendo abiertamente, disfrutando cada segundo del sufrimiento de Issei.

Mozart se tapaba la boca, sus hombros sacudidos por la risa contenida.

No iba a recibir ayuda de ellos.

Al menos no inmediata.

«Mira, Kiyohime», intentó razonar, aunque su voz temblaba.

«Yo…

yo te agradezco el interés.

En serio.

Pero esto es muy repentino.

Apenas nos conocemos.

No podemos formar un contrato basado en…

en una corazonada.

¿Y si te equivocas?

¿Y si no soy tu Anchin-sama?» Los ojos de Kiyohime se estrecharon peligrosamente.

«¿Me estás mintiendo?

¿Estás tratando de rechazarme con excusas?» «¡NO!

¡No te miento!

Es que…

es que es verdad!

¡Es demasiado pronto!

¡No te conozco!

¡Tú no me conoces a mí!» Kiyohime lo estudió por un largo momento.

Luego, su expresión se suavizó.

«No…

no mientes.

Realmente crees lo que dices.

Eso es…» Suspiró, y por un momento pareció casi normal.

«Está bien.

Entiendo que necesitas tiempo para aceptar nuestro vínculo.

Pero hay algo que debemos hacer ahora mismo.» Antes de que Issei pudiera preguntar qué, Kiyohime alargó la mano y enganchó su meñique con el de él.

El contacto fue eléctrico, no por magia, sino por la pura intensidad de la mirada de la Berserker.

«Prométeme», dijo, su voz ahora seria, sin rastro de la dulzura perturbadora anterior.

«Prométeme que nunca me mentirás.

Prométeme que siempre serás honesto conmigo, pase lo que pase.

Eso es todo lo que pido por ahora.

Honestidad.» Issei tragó saliva.

Un juramento del meñique.

Un pacto infantil, pero cargado de un significado profundo en la cultura japonesa.

Y viniendo de Kiyohime, cuyo odio a las mentiras era la base de su misma existencia como Berserker, era una promesa con peso de espada de Damocles.

«Yo…

te lo prometo», dijo, su voz saliendo más firme de lo que esperaba.

«No te mentiré, Kiyohime.

No puedo prometerte nada más, porque no sé qué pasará, pero no te mentiré.

Eso te lo juro.» La sonrisa de Kiyohime, esta vez, fue genuina.

Cálida.

Y aun así, en el fondo de esa calidez, Issei juró ver un destello del fuego azul que podía consumirlo todo si rompía su palabra.

«Entonces estamos unidos, Anchin-sama», dijo ella, y el vínculo de un contrato temporal de Maestro-Servant se estableció entre ellos, un lazo tenue pero real.

Issei sintió su presencia en su conciencia, un calor extraño y reconfortante, pero también una advertencia constante: no mientas.

Elizabeth, que había observado toda la escena con una mezcla de fascinación y celos (¿cómo esa lagartija loca había conseguido un contrato tan fácilmente?), dio un paso adelante.

«¡Eh!

¡No es justo!

¡Ella solo dijo una frase y ya tiene contrato!

¡Yo también quiero uno!» «No es un concurso», intentó decir Issei, pero Elizabeth ya estaba frente a él, plantándose con las manos en las caderas.

«¡Claro que es un concurso!

¡Todo es un concurso cuando se trata de una idol!

¡Y yo no puedo quedarme atrás!

Así que…» Hizo una mueca, luchando contra su orgullo.

«…tú.

Sé mi manager.

O Maestro.

O lo que sea.

Pero haz un contrato conmigo también.

Y te prometo que cuando sea la idol más famosa de la historia, compartiré mi gloria contigo.

¡Y no te dejaré morir!

Probablemente.» Issei parpadeó.

«¿’Probablemente’?» «¡Es una expresión!», chilló Elizabeth, sonrojándose.

«¡No seas tan quisquilloso!

¿Aceptas o no?» Kiyohime observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

«Otra competidora.

Interesante.

Tendré que vigilarte de cerca, lagartija ruidosa.» «¡No soy ruidosa!

¡Soy una cantante!», protestó Elizabeth, aunque su voz era, efectivamente, bastante estridente.

Issei miró al cielo, suplicando paciencia.

Luego, con un suspiro, extendió su mano.

Elizabeth la agarró con entusiasmo, y un segundo contrato temporal, más débil y caótico que el de Kiyohime, se formó.

La presencia de la idol en su mente era como un anuncio publicitario constante, lleno de brillos y notas musicales desafinadas.

‘¿En qué me he metido?’, pensó Issei.

Cuando regresaron al grupo, las reacciones fueron variadas.

Marie Antoinette, desde su caballo, no pudo contener una sonrisa radiante de satisfacción.

«Oh, qué maravilloso.

El destino siempre encuentra la manera de equilibrar las cosas, ¿verdad?

Un pequeño castigo divino por ciertos comentarios…

inapropiados.» Su mirada se clavó en Issei con una mezcla de venganza cumplida y diversión maliciosa.

Jeanne d’Arc, por su parte, suspiró profundamente y murmuró algo que sonó sospechosamente a «Dios existe y ha escuchado mis plegarias para probar la paciencia de este pecador».

Luego, en voz más alta, dijo: «Bienvenidas al grupo.

Espero que podamos trabajar juntas.

Por el bien de Francia.» Pero sus ojos decían: ‘Que Dios nos coja confesados a todos’.

Mash Kyrielight, la única con un corazón genuinamente compasivo, se acercó a Issei y le puso una mano en el hombro.

«Sempai…

ánimo.

Estoy segura de que todo saldrá bien.

De alguna manera.» No sonaba muy convincente, pero la intención era buena.

Tamamo-no-Mae evaluó a las dos nuevas incorporaciones con una mezcla de celos profesionales y curiosidad.

Kiyohime, una Berserker obsesiva, podría ser una rival peligrosa.

Elizabeth, una Lancer ruidosa y egocéntrica, era más una molestia que una amenaza real.

Pero ambas, ahora, eran parte del grupo.

Tendría que adaptarse.

Nero Claudius, en cambio, recibió a las nuevas con los brazos abiertos.

«Umu!

¡Más compañeras para nuestra ópera!

¡Una doncella dragón y una aspirante a artista!

¡Qué elenco tan variado y prometedor!» Para ella, mientras más, mejor.

Aumentaba el drama y las posibilidades de momentos gloriosos.

Mozart simplemente se inclinó en una reverencia teatral.

«Damiselas, bienvenidas a esta improvisada orquesta del caos.

Yo seré el director musical.

Espero que sus…

contribuciones sonoras no dañen demasiado mis oídos.» Miró a Elizabeth con un brillo de advertencia en los ojos.

Kiyohime ignoró a todos excepto a Issei, a quien siguió como una sombra, sus ojos siempre vigilantes.

Elizabeth, por su parte, comenzó inmediatamente a explicarle a Nero sus planes de debut, su repertorio (imaginario) y la importancia de tener un público adecuado.

Así, el grupo de Chaldea, ahora aumentado por una yandere de fuego azul y una idol fallida de voz estridente, continuó su marcha hacia el este.

El objetivo seguía siendo el mismo: encontrar a San Jorge, el santo mata dragones.

Pero ahora, la dinámica del grupo se había vuelto infinitamente más complicada.

Issei caminaba al frente, con Mash a un lado y Kiyohime pegada al otro, sintiendo el peso de sus decisiones (y de sus palabras imprudentes) sobre sus hombros.

Detrás, escuchaba a Elizabeth discutir con Tamamo sobre quién tenía más derecho a llamar a Issei «suyo», mientras Marie reía con satisfacción y Jeanne rezaba por fortaleza.

El camino para salvar Francia se había convertido, también, en el camino para sobrevivir a su propio harem en expansión.

Y por primera vez, Issei Hyoudou, el aspirante a Rey del Harem, sintió un escalofrío genuino al pensar en lo que le esperaba.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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