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Fate/Issei Order - Capítulo 19

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19: Capitulo 18: Emboscada 19: Capitulo 18: Emboscada Los días posteriores a la incorporación forzosa de Kiyohime y Elizabeth Bathory al creciente séquito de Issei Hyoudou fueron, para decirlo sin ambages, un infierno en la tierra.

Un infierno teñido de llamas azules, celos verdes, egos desbordados y un constante, incesante forcejeo por la atención del joven Maestro.

Issei había soñado con un harén.

Lo había imaginado como un paraíso de chicas hermosas riendo juntas, compitiendo sanamente por su afecto, bañándose en aguas termales mientras él recibía masajes y miradas cómplices.

La realidad era muy diferente.

Kiyohime, la Berserker de la llama azul, había interpretado su juramento del meñique no como una promesa de honestidad, sino como un contrato matrimonial exclusivo.

Desde el momento en que despertaba hasta que cerraba los ojos, su presencia era una constante, un recordatorio vivo de que su Anchin-sama le pertenecía.

Y no solo a ella.

Ese era el problema.

Las mañanas eran particularmente peligrosas.

Tamamo-no-Mae, la esposa kitsune oficial, tenía la costumbre de acurrucarse contra Issei durante la noche, usando su pecho como almohada y su calor como manta.

Nero Claudius, la emperatriz romana, no se quedaba atrás; consideraba que compartir tienda con su «emperador» era su derecho consuetudinario, y solía enroscarse a sus pies o, en las noches más frías, pegada a su espalda, su aliento cálido en su nuca.

Issei, hay que admitirlo, no se quejaba.

Despertar entre dos mujeres tan hermosas, sintiendo la suavidad de Tamamo contra su mejilla y el calor de Nero en su espalda, era un sueño hecho realidad.

Hasta que Kiyohime entraba.

Y siempre entraba.

Aquel fatídico amanecer, la tienda que compartían (por razones logísticas, insistía Issei, aunque nadie le creía) amaneció envuelta en una calma tensa.

Issei yacía en el centro, su cabeza literalmente en el regazo de Tamamo, que dormía sentada contra un saco, mientras Nero, en un descuido, había terminado abrazada a su pierna, su rostro presionado contra su muslo.

Era una imagen de paz, armonía y, para cualquier observador externo, pura envidia.

Kiyohime abrió la lona de la tienda con la parsimonia de un depredador.

Sus ojos cafés, en la penumbra del amanecer, brillaron con un destello azul.

Observó la escena durante un segundo.

Luego dos.

Luego tres.

Su sonrisa, cuando apareció, fue lo más aterrador que Issei había visto en su vida, superando incluso a Fafnir.

«Anchin-sama», canturreó con una dulzura venenosa.

«Qué acogedor cuadro.

Parece que mis compañeras han estado…

muy cómodas esta noche.» El instinto de Issei, forjado en mil batallas pervertidas, le gritó: ¡PELIGRO!

Abrió los ojos de golpe, y lo primero que vio fue la silueta de Kiyohime iluminada por el sol naciente, y detrás de ella, una acumulación de energía azul que no presagiaba nada bueno.

«¡Kiyohime, espera!», gritó, pero ya era demasiado tarde.

«¡FUEGO DE LA SERPIENTE!» Un torrente de llamas azules, frías y voraces, inundó el interior de la tienda.

No era un ataque dirigido, era una cortina de fuego purificador (o incinerador) destinada a separar a su Anchin-sama de aquellas intrusas.

El caos se desató.

Tamamo, con reflejos felinos, despertó de golpe y rodó hacia un lado, arrastrando a Issei con ella.

Pero su cola, su hermosa y esponjosa cola número siete, no fue lo suficientemente rápida.

Las llamas azules lamieron las puntas de su pelaje, y en un instante, el aroma a flores de cerezo se mezcló con el inconfundible hedor a pelo quemado.

«¡MI COLA!», gritó Tamamo, su voz perdiendo toda su habitual elegancia.

Miró a Kiyohime con unos ojos que prometían una maldición de mil años.

«¡MI PRECIOSA COLA!

¡LA HE ESTADO CUIDANDO DURANTE SIGLOS!» Nero, por su parte, se había levantado con la dignidad de una emperatriz, aunque su vestimenta había sufrido el peor daño.

El fuego de Kiyohime, selectivo en su destrucción, había incinerado las partes más delicadas de su atuendo.

Su vestido rojo y dorado, símbolo de su estatus imperial, había quedado reducido a poco más que un elaborado bikini.

Tiras de tela chamuscada colgaban de sus hombros y caderas, dejando al descubierto una generosa extensión de piel pálida y una figura que cualquier escultor romano habría matado por esculpir.

¿Nero se avergonzó?

Por supuesto que no.

Se irguió, estiró los brazos y, con una sonrisa de orgullo, declaró: «Umu!

¡Un nuevo atuendo para la nueva era!

¡Así el mundo podrá apreciar la verdadera gloria del cuerpo de una emperatriz!

¡Que los artistas tomen nota!» Pero sus ojos, al mirar a Kiyohime, prometían una venganza que implicaría fuego solar, espadas y probablemente una ópera completa sobre la caída de las serpientes traicioneras.

Issei, mientras tanto, estaba teniendo su propio problema.

Un problema que comenzó en sus ojos y descendió directamente a su cerebro pervertido, bloqueando cualquier función cognitiva superior.

Nero.

Casi desnuda.

El sol de la mañana filtrándose a través de la lona rasgada de la tienda, iluminando su piel blanca, las curvas de sus caderas, la delgada línea de tela que apenas cubría su pecho.

Su postura, orgullosa y desafiante, hacía que cada músculo se tensara de una manera que era arte puro.

‘Oh, dioses del Olimpo, o del sintoísmo, o de donde sea…’, pensó Issei, sintiendo que la sangre abandonaba su cerebro para dirigirse a destinos menos nobles.

‘Esto es…

esto es demasiado…

¿Por qué tiene que ser tan hermosa?

¿Y por qué su semi-desnudez me afecta más que su desnudez completa?

¡Es el misterio!

¡La sugerencia!

¡Es…!’ «Anchin-sama», la voz de Kiyohime, ahora peligrosamente cerca, lo sacó de su trance.

«Tus ojos están mirando a esa…

esa romana medio desnuda con una intensidad que no me gusta nada.

¿Acaso prefieres su cuerpo al mío?» Issei giró la cabeza y se encontró con el rostro de Kiyohime a centímetros del suyo.

Su sonrisa seguía ahí, pero sus ojos…

sus ojos eran dos pozos de fuego azul a punto de desbordarse.

«¡NO!

¡Quiero decir, no es eso!», tartamudeó.

«Es que…

¡Nero está casi desnuda!

¡Es una reacción natural!» «¿Natural?», repitió Kiyohime, inclinando la cabeza.

«¿Tan natural que olvidas que yo estoy aquí?

Que yo soy tu Anchin-sama prometida?» «¡Prometida no!

¡Solo prometí no mentirte!» «Para mí es lo mismo.» La discusión se vio interrumpida por Tamamo, que se abalanzó sobre Kiyohime con sus garras mágicas extendidas.

«¡Devuélveme el esplendor de mi cola, lagartija piromaniaca!» «¡Tú tienes la culpa por dormir encima de Anchin-sama!

¡Deberías estar agradecida de que solo fuera tu cola!» Nero, viendo la oportunidad de unirse a la refriega, se colocó al lado de Tamamo, su espada Aestus Estus materializándose en su mano.

«Umu!

¡Defenderé el honor de mi nuevo atuendo!

¡Y de paso, el de mi emperador!» Issei, con el instinto de un pacificador acorralado, se interpuso entre las tres.

«¡BASTA!», gritó, su voz resonando en el pequeño claro.

«¡No vamos a matarnos entre nosotras!

¡Somos un equipo!

¡Tenemos una misión!» El silencio que siguió fue tenso.

Las tres se miraron, luego a Issei, luego entre ellas de nuevo.

Tamamo resopló, pero bajó las manos.

Nero, con una reverencia teatral, desmaterializó su espada.

Kiyohime, sin embargo, mantuvo su mirada fija en Issei, y luego, con un suspiro, asintió.

«Por ahora, Anchin-sama.

Por respeto a ti.

Pero que sepan que las tolero, nada más.» Tamamo y Nero intercambiaron miradas que decían claramente: ‘Esta va a ser una relación larga y dolorosa.’ Issei, exhausto solo de pensar en los días venideros, salió de la tienda para encontrarse con el resto del grupo.

Mash, que había presenciado todo desde fuera con una expresión de preocupación, le ofreció una cantimplora con agua.

«Sempai…

¿estás bien?» «Sobreviviendo, Mash.

Sobreviviendo», murmuró, bebiendo con avidez.

Jeanne, que estaba rezando junto a una pequeña roca (probablemente pidiendo paciencia divina), abrió un ojo y lo miró con una mezcla de compasión y resignación.

«El camino de la virtud es a veces tortuoso, Maestro Issei.

Pero recuerda, la moderación y la castidad de pensamiento son…» «Jeanne, por favor», la interrumpió Issei con una mueca.

«Hoy no.

Hoy no puedo con sermones.» Marie, desde su caballo de cristal, observaba la escena con una sonrisa que no se molestaba en ocultar.

«Qué entretenido es el campamento estos días, ¿verdad, Wolfgang?» Mozart, sentado en una roca afilando un instrumento musical con forma de daga, asintió con entusiasmo.

«Una ópera bufa en toda regla.

La rivalidad, los celos, la pasión desbordada…

¡y todo por un joven que no sabe si está en un harén o en un campo de minas!

¡Es inspirador!» Elizabeth, la única que no había participado en la pelea matutina porque aún estaba maquillándose (un proceso que, según ella, requería al menos dos horas), salió de su propia tienda bostezando.

«¿Ya están peleando otra vez?

Qué aburrido.

Las verdaderas estrellas no necesitan rebajarse a esos niveles.» Nadie le prestó atención.

Así, entre tensiones domésticas y el constante peligro de que Kiyohime incendiara a alguien por mirar a Issei «demasiado tiempo», el grupo continuó su marcha hacia el sur.

La información de Kiyohime sobre Georgios era su única guía.

El santo mata dragones se movía constantemente, pero si seguían el rastro de destrucción y los rumores entre los pocos supervivientes que encontraban, tal vez podrían interceptarlo.

El paisaje cambió gradualmente.

Las colinas suaves dieron paso a terrenos más escarpados, con formaciones rocosas y bosques de pinos.

El cielo anillado seguía siendo su compañero constante, aunque aquí, más al sur, el anillo parecía ligeramente más tenue, como si la influencia de la Bruja Dragón se diluyera con la distancia.

O tal vez era solo su imaginación.

Fue al tercer día de viaje desde el incidente de la tienda, cuando atravesaban un desfiladero estrecho entre dos colinas cubiertas de maleza, que el peligro se materializó.

No hubo advertencia.

Un rugido, profundo y primigenio, sacudió el aire.

Delante de ellos, bloqueando completamente la salida del desfiladero, una mole de escamas verdes y músculos se interpuso en su camino.

Era un dragón, pero no un wyvern.

Este era un dragón terrestre de cuatro patas, con un cuerpo macizo cubierto de placas óseas, una cola que terminaba en un mazo de púas y una cabeza con múltiples cuernos.

De sus fauces entreabiertas goteaba un líquido corrosivo que hacía humear la roca donde caía.

Pero lo más alarmante no era el dragón.

Era la figura que montaba sobre su lomo.

Santa Marta.

La domadora de dragones.

Pero no la Marta serena y compasiva de las leyendas.

Esta Marta tenía los ojos inyectados en un brillo rojo y violáceo, la marca inequívoca de la corrupción de Jeanne Alter.

Su expresión, normalmente bondadosa, era una máscara de determinación fría y hostilidad.

En su mano, sostenía su báculo con forma de cruz, pero la cruz parecía más un arma contundente que un símbolo sagrado.

El dragón bajo ella, Tarasque, la bestia legendaria que ella misma había domado con su fe (y, según algunas versiones apócrifas que Issei desconocía, con una buena dosis de fuerza bruta), rugió de nuevo, un sonido que hizo vibrar las rocas del desfiladero.

«Nos ha estado siguiendo», murmuró Tamamo, sus orejas gachas.

«Desde que escapamos de la Bruja.

He sentido su presencia, como una sombra, pero nunca pude confirmarla.

Ahora…

ahora ha decidido atacar.» Jeanne apretó el asta de su estandarte, su rostro pálido.

«Marta…

la santa que domó dragones.

Si está bajo el control de la Bruja…» «No importa por qué está aquí», la interrumpió Nero, su espada ya en la mano.

Su vestido seguía siendo el improvisado bikini de la batalla anterior, pero eso no parecía disminuir su determinación.

«¡Es una enemiga!

¡Y la derrotaremos como a las demás!» Kiyohime, a diferencia de su actitud habitual de acecho silencioso, se colocó al lado de Issei, sus ojos fijos en Marta.

«Esa mujer…

tiene un dragón.

Un dragón de verdad.

No como la lagartija ruidosa esa.» Señaló con la cabeza a Elizabeth, que protestó indignada.

«Si la derrotamos, ¿podré quedarme con el dragón?» «¡No es momento para coleccionar mascotas!», gritó Issei, mientras su mente, traicionera, realizaba el escaneo automático.

Santa Marta.

Túnica de monja modificada.

Armadura ligera.

Hábito ceñido.

Y allí, en su pecho, un par de atributos que rivalizaban, sin duda, con los de la propia Jeanne.

Eran grandes, firmes, contenidos por la tela pero imposibles de ocultar.

La armadura, en lugar de comprimirlos, parecía diseñada para realzarlos, creando una silueta que era a la vez guerrera y maternal.

‘Otra santa.

OTRA.

SANTA.’, pensó Issei, su cerebro pervertido elevándose a nuevas alturas de éxtasis teológico.

‘¿Es un requisito?

¿Para ser santa hay que tener un par así?

¿San Pedro los tenía?

No, él era hombre, no cuenta.

¿Pero las santas?

Jeanne, Marta…

¿Hay alguna santa de pechos pequeños?

Si la hay, no la he visto.

¡Esto es una revelación!

¡La Iglesia debería promocionar esto!

¡”Únete a la fe, hermana, y obtendrás bendiciones pectorales”!

¡Yo me uniría!

¡YA MISMO!’ «Anchin-sama», la voz de Kiyohime, gélida y peligrosa, cortó su ensueño.

«Tus ojos están otra vez en el pecho de una mujer.

¿Quieres que te los arranque?

¿A ti o a ella?» «¡NO!

¡A NADIE!

¡ES UN ANÁLISIS TÁCTICO!», mintió Issei, aunque su promesa de no mentir hizo que la declaración le quemara la lengua.

No hubo tiempo para más.

Marta alzó su báculo, y Tarasque cargó.

El desfiladero se convirtió en un campo de batalla.

«¡Dispersarse!», ordenó Issei, su mente cambiando al modo combate.

«¡Mash, conmigo!

¡Jeanne, apoyo moral y defensa!

¡Tamamo, barreras y maldiciones!

¡Nero, flanqueo izquierdo!

¡Kiyohime, ataque de fuego a distancia!

¡Elizabeth, haz…

haz lo que sea que sepas hacer, pero no cantes!» Elizabeth abrió la boca para protestar, pero un rugido de Tarasque la hizo callar.

El dragón era una fuerza de la naturaleza.

Cada zarpazo levantaba rocas, cada coletazo derribaba árboles.

Su aliento, un torrente de fuego verdoso mezclado con ácido, obligaba a todos a moverse constantemente.

Pero Marta, sobre su lomo, era el verdadero peligro.

Su báculo no era solo un símbolo; era un arma contundente.

Con cada golpe, lanzaba ondas de energía sagrada corrupta que, al impactar contra las rocas, las hacía explotar.

Mash fue la primera en interceptar.

Lord Camelot se plantó frente a una de esas ondas, absorbiendo el impacto.

La barrera brilló intensamente, pero aguantó.

«¡Sempai, su poder es enorme!

¡Pero puedo contenerla!» «¡No te expongas demasiado!», gritó Issei, activando el Boosted Gear.

El guantelete rojo escamoso envolvió su brazo, y la familiar oleada de poder lo inundó.

«¡Ddraig!» «Ya lo sé.

Santa Marta, clase Rider.

Su leyenda de domar dragones le otorga una resistencia natural a ataques de criaturas draconianas, pero también una vulnerabilidad: su fe.

Si logran hacerle dudar de su misión, su conexión con la corrupción de la Bruja podría debilitarse.

Mientras tanto, concéntrate en Tarasque.

Sin su montura, es solo una santa con un palo.» «Entendido.

¡Primer Boost!», susurró Issei, sintiendo el poder acumularse.

Nero, ágil como un rayo, aprovechó una distracción creada por un ataque de Kiyohime para lanzarse contra el flanco de Tarasque.

Su espada, Aestus Estus, brilló con fuego solar.

«¡Siente el peso de Roma!» El tajo impactó contra las escamas del dragón, abriendo una brecha humeante.

Tarasque rugió de dolor, girando la cabeza para morder a Nero, pero ella ya había saltado hacia atrás, riendo.

«¡Umu!

¡Ni siquiera un dragón puede igualar la velocidad de una emperatriz!» Kiyohime, desde una roca elevada, lanzaba torrentes de fuego azul contra Marta directamente.

Pero la santa, con una calma inquietante, levantaba su báculo y el fuego se dispersaba contra una barrera dorada.

«Tu fuego es impresionante, doncella dragón», dijo Marta, su voz teñida de la corrupción.

«Pero mi fe es más fuerte.

Tarasque, ¡aplástala!» El dragón obedeció.

Giró su enorme cuerpo y su cola, con el mazo de púas, se dirigió directamente hacia la roca de Kiyohime.

Ella saltó justo a tiempo, pero la roca explotó en mil fragmentos.

Tamamo, aprovechando la distracción, trazó un sigilo complejo en el aire.

«¡Maldición de la Zorra: Atadura Espiritual!» Lazos de energía púrpura surgieron del suelo y se enredaron alrededor de las patas traseras de Tarasque, ralentizando sus movimientos.

El dragón rugió, forcejeando, pero las ataduras aguantaban.

Jeanne, mientras tanto, no estaba quieta.

Su estandarte brillaba con luz plateada, y cada vez que uno de los suyos recibía un golpe o un raspón, una onda de energía los envolvía, aliviando el dolor y cerrando las heridas superficiales.

«¡No desfallezcáis!

¡La luz nos guía!» Mash era el ancla.

Su escudo absorbía los ataques más directos de Marta, que, al ver que Tarasque estaba inmovilizado, había decidido lanzarse ella misma al combate cuerpo a cuerpo.

Bajó de su montura de un salto y cargó contra Mash, su báculo golpeando Lord Camelot una y otra vez con una fuerza sobrehumana.

Cada impacto hacía temblar los brazos de Mash, pero ella no retrocedía.

«Eres fuerte, doncella escudo», dijo Marta, sus ojos rojos brillando.

«Pero la fuerza sin fe es vacía.

¡Déjame mostrarte el poder de la verdadera creencia!» El báculo brilló con una luz violeta, y el siguiente golpe fue tan poderoso que Mash retrocedió varios pasos, su escudo resonando como una campana.

«¡Mash!», gritó Issei.

«¡Segundo Boost!

¡Transferencia a Mash!» La energía roja del Gear fluyó hacia la Shielder.

Mash sintió cómo su fuerza se multiplicaba, cómo el cansancio en sus brazos se desvanecía.

Plantó los pies y, cuando Marta atacó de nuevo, no solo bloqueó, sino que contraatacó, empujando el escudo hacia adelante con tal fuerza que la santa perdió el equilibrio.

«¡Ahora, Nero!», ordenó Issei.

Nero, que había estado esperando el momento, se lanzó como un proyectil dorado.

Su espada apuntaba directamente al corazón de Marta.

«¡LAURO CEREMONIAL!» No era su Noble Phantasm completo, pero era un ataque poderoso, cargado de la gloria de Roma.

Marta, aún recuperándose del empujón de Mash, apenas tuvo tiempo de levantar su báculo para bloquear.

El impacto fue titánico.

Una onda expansiva de energía dorada y violeta se extendió por el desfiladero.

Marta resistió, pero su báculo crujió, pequeñas grietas apareciendo en su superficie.

«Tercer Boost», murmuró Issei, sintiendo el dolor en sus circuitos.

«Transferencia a Kiyohime.» La Berserker sintió el poder y sus ojos se iluminaron.

«Gracias, Anchin-sama.

Ahora…

¡MUERE, SANTA FALSA!» Un torrente masivo de llamas azules, más concentrado que nunca, se precipitó sobre Marta.

La santa, todavía lidiando con Nero, no pudo esquivar.

Las llamas la envolvieron, y por un momento, su grito de dolor resonó en el desfiladero.

Pero cuando el fuego se disipó, Marta seguía en pie.

Su túnica estaba chamuscada, su armadura abollada, pero sus ojos rojos brillaban con una furia renovada.

«¡Tarasque!», rugió.

El dragón, que había estado forcejeando con las ataduras de Tamamo, finalmente las rompió con un esfuerzo sobrehumano.

Liberado, cargó directamente contra el grupo, su cola arrasando con todo a su paso.

«¡Cuarto Boost!

¡Transferencia a Tamamo!», gritó Issei, sintiendo el ardor en su brazo.

Tamamo, fortalecida, tejió una barrera múltiple en un instante.

Capa sobre capa de energía rosada y dorada se interpusieron entre Tarasque y el grupo.

El dragón chocó contra ellas, rompiendo dos, tres, cuatro capas, pero la quinta lo detuvo, dejándolo aturdido y confundido.

«¡Ahora es nuestra oportunidad!», gritó Jeanne.

«¡Concentremos todo en Marta!

¡Sin su Maestra, Tarasque dejará de luchar!» Issei asintió.

El dolor en su brazo era intenso; cuatro Boost seguidos ya le estaban pasando factura.

Pero podía dar uno más.

Solo uno más.

«Quinto Boost.

Para mí mismo.» El poder lo inundó.

Su percepción se aceleró, su cuerpo se volvió más rápido, más fuerte.

No era suficiente para enfrentarse a una Servant directamente, pero sí para moverse por el campo de batalla con una agilidad sobrehumana.

Corrió hacia el flanco, buscando un ángulo.

Olga, desde dentro del Gear, le susurró instrucciones.

«Marta está debilitada.

Su conexión con la corrupción fluctúa.

Si logras romper su báculo por completo, perderá su ancla.

Apunta a la unión entre la cruz y el asta.

Es su punto débil.» «Entendido.» Marta, acorralada por Nero, Kiyohime y Mash, luchaba con la desesperación de una bestia herida.

Su báculo, aunque agrietado, aún brillaba con energía corrupta.

Cada golpe que daba mantenía a raya a las tres, pero era evidente que no podría resistir mucho más.

Issei se movió como una sombra, aprovechando la confusión.

Cuando Marta levantó el báculo para bloquear un ataque combinado de Nero y Kiyohime, él apareció a su lado.

Con toda la fuerza de su Boost, con toda la concentración de su Reforzamiento, golpeó el punto exacto que Olga había indicado con su puño enguantado en el Gear.

Crac.

El báculo se partió en dos.

La energía violeta que lo envolvía se desvaneció en una explosión de chispas oscuras.

Los ojos de Marta parpadearon, el rojo de la corrupción luchando contra su color natural por un instante.

En ese breve momento de lucidez, sus labios murmuraron: «¿Qué…

qué estoy…?» Pero la corrupción era demasiado fuerte.

El rojo volvió a sus ojos, aunque ahora era más tenue, más inestable.

Sin su báculo, sin su ancla, su poder disminuyó drásticamente.

«¡Ahora, Nero!», gritó Issei.

«¡Termínala!» Nero no necesitaba que se lo repitieran.

Saltó hacia atrás, tomando distancia.

Su espada Aestus Estus se elevó hacia el cielo, y el fuego solar comenzó a concentrarse en su punta.

El aire alrededor se calentó, distorsionándose.

«Contempla, oh mundo, la gloria del Sol de Roma!

¡LAUSA CROWN: EL CÁNTICO DEL SOL NACIENTE!» No era su Noble Phantasm más poderoso, el que requería un escenario y un público.

Era una versión concentrada, rápida, diseñada para un solo objetivo.

Un rayo de luz dorada, pura y abrasadora, cayó del cielo como un juicio divino, atravesando a Marta de parte a parte.

La santa abrió la boca, pero ningún sonido salió.

Miró sus manos, luego a Tarasque, que, al sentir la muerte de su domadora, dejó de luchar y se limitó a observar con una tristeza animal en sus ojos.

Luego, lentamente, su cuerpo comenzó a descomponerse en motas de luz dorada y violeta, las dos energías en pugna hasta el final.

«Lo…

siento…», murmuró Marta, sus últimas palabras, antes de que las motas se elevaran y se desvanecieran en el aire, regresando al Trono de los Héroes.

Tarasque, liberado de su vínculo, emitió un gemido bajo y lastimero.

Miró al grupo con sus grandes ojos, y luego, sin violencia, dio media vuelta y se alejó, desapareciendo entre las rocas del desfiladero.

No había razón para atacarlo; sin Marta, era solo una bestia herida y confundida.

El silencio cayó sobre el campo de batalla.

Solo los jadeos de los combatientes y el crepitar de los últimos rescoldos de fuego rompían la quietud.

Issei dejó caer el brazo, el Gear desvaneciéndose.

El dolor era intenso, una migraña punzante detrás de los ojos y un ardor en cada circuito de su brazo.

Pero estaban vivos.

Habían vencido.

«Se fue», dijo Mash en voz baja, una nota de tristeza en su tono.

«Era una santa…

y la Bruja la corrompió para convertirla en enemiga.» Jeanne asintió, su rostro sombrío.

«Marta…

merecía un final mejor.

Ojalá hubiera podido liberarla de esa corrupción sin tener que…» No terminó la frase.

Tamamo, acariciando su cola chamuscada con una mueca de dolor, suspiró.

«No había otra opción.

Lo intentamos.

Pero su vínculo con la Bruja era demasiado fuerte.» Nero, que había desmaterializado su espada, se acercó a Issei con una sonrisa radiante a pesar de su estado semi-desnudo.

«¡Gran estrategia, Praefectus!

¡Tuve una visión clara de tu orden!

¡Ese golpe final fue magnífico!» Kiyohime, sin embargo, no estaba mirando a Issei con admiración.

Lo estaba mirando con una expresión que helaba la sangre.

Sus ojos se movieron de su rostro al lugar donde Marta había desaparecido, y luego de vuelta a su rostro.

«Anchin-sama», dijo, su voz peligrosamente calmada.

«Antes de la batalla, te vi mirando a esa santa.

Esa Marta.

La estabas mirando de la misma manera que miras a Tamamo, a Nero, a Jeanne…

a todas.

Y luego, cuando desapareció, dijiste algo.

Lo escuché.

Dijiste, en tu mente, que era una lástima perder unos pechos así.

Que eran divinos.» Issei palideció.

«Yo…

no…

bueno, técnicamente lo pensé, pero no lo dije en voz alta…» «Para mí es lo mismo», replicó Kiyohime, y una llama azul comenzó a danzar en su mano.

«Lamentas la pérdida de sus atributos físicos.

Te importa más su cuerpo que su alma.

Eso…

eso es una infidelidad.

Una infidelidad hacia mí, que soy tu Anchin-sama.» «¡NO SOMOS PAREJA OFICIAL!», gritó Issei, retrocediendo.

«¡FUEGO DE LA SERPIENTE!» El chorro de llamas azules se dirigió directamente hacia Issei.

Pero él, gracias a la advertencia instantánea de Ddraig (¡SOCIO, AGÁCHATE!), ya se estaba lanzando al suelo.

El fuego pasó silbando sobre su cabeza, incinerando un arbusto detrás de él.

«¡KIYOHIME!», rugió Tamamo, interponiéndose.

«¡ATACAR A NUESTRO MAESTRO ES INACEPTABLE!» «¡Él me pertenece!

¡Puedo hacer lo que quiera con él!», chilló Kiyohime, su estabilidad mental resquebrajándose.

Nero, riendo, se colocó al lado de Tamamo.

«Umu!

¡Otra ronda!

¡Qué emoción!

¡Pero esta vez, defiendo a mi emperador!» Mash, suspirando, se puso entre Kiyohime e Issei con su escudo.

«Señorita Kiyohime, por favor, cálmese.

Sempai no quiso ofenderla.

Es…

es su naturaleza.» Jeanne se llevó una mano a la frente, murmurando una oración que sonaba sospechosamente a «Dios, ¿por qué me pruebas tanto?».

Marie, desde su caballo, observaba la escena con una sonrisa de satisfacción que no se molestaba en ocultar.

«Qué espectáculo tan maravilloso.

La justicia divina, servida en bandeja.» Mozart, por su parte, había sacado un pequeño violín y comenzó a tocar una melodía dramática y exagerada, como banda sonora de la pelea doméstica.

Elizabeth, la única sensata en ese momento (lo cual era irónico), agarró a Kiyohime por el brazo.

«¡Oye, loca, deja de intentar matar a mi manager!

¡Si lo quemas, ¿quién me va a conseguir conciertos?!» «¡Suéltame, lagartija ruidosa!» «¡No soy ruidosa, soy una ARTISTA!» Issei, desde el suelo, miró al cielo anillado y suspiró profundamente.

La batalla contra Marta había sido dura, pero la verdadera guerra, la guerra por la supervivencia en su propio harén, apenas comenzaba.

Tras varios minutos de forcejeos, amenazas y una pequeña hoguera accidental (cortesía de Kiyohime), el grupo finalmente se calmó.

Kiyohime, aunque aún fulminaba con la mirada a Issei cada vez que este respiraba en dirección de otra mujer, aceptó a regañadientes no incendiarlo «por ahora».

Tamamo y Nero, agotadas de tanto pelear, se sentaron a la sombra de una roca a recomponer sus respectivas vestimentas y dignidades.

Mash, fiel a su naturaleza, se quedó al lado de Issei, ofreciéndole agua y palabras de consuelo.

El camino hacia el sur continuaba.

La batalla contra Marta había sido un recordatorio de que la Bruja Dragón no se quedaría de brazos cruzados mientras ellos reclutaban aliados.

Enviaría a sus secuaces a eliminarlos, y cada encuentro sería más peligroso que el anterior.

Pero también había sido una victoria.

Habían derrotado a una santa y su dragón legendario.

Habían demostrado que, como equipo, podían enfrentarse a enemigos poderosos.

Y aunque las dinámicas internas fueran un caos absoluto, en el fragor de la batalla, funcionaban.

Issei, mientras reanudaban la marcha, miró a su grupo.

Mash, la leal escudera.

Tamamo, la esposa zorro.

Nero, la emperatriz apasionada.

Jeanne, la santa genuina.

Marie, la reina vengativa (aunque su venganza fuera solo contra él).

Mozart, el compositor burlón.

Elizabeth, la idol ruidosa.

Y Kiyohime, la yandere letal que lo seguía como una sombra, prometiéndole amor eterno y muerte ardiente si la traicionaba.

Era un desastre.

Un caos absoluto.

Un harem que era más un campo de batalla que un paraíso.

Pero era su desastre.

Su caos.

Su harem.

Y de alguna manera, contra todo pronóstico, estaban salvando el mundo.

El camino hacia Georgios, el santo mata dragones, continuaba.

Y con él, las aventuras, los combates y las locuras del Rey del Harem de Chaldea.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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