Fate/Issei Order - Capítulo 2
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2: Capitulo 1: Sabotaje 2: Capitulo 1: Sabotaje El suave pero insistente zumbido del sistema de alarma ambiental de su habitación arrancó a Issei Hyoudou de un sueño plagado de imágenes contradictorias: senos voluptuosos flotando en el éter junto a diagramas mágicos y la seria carita de Mash repitiendo “refuerce el flujo en 0.3 pulsos, Sempai”.
Parpadeó, desorientado por un segundo, hasta que la realidad de paredes blancas y la simulación de un cielo estrellado en su ventana lo devolvió a Chaldea.
Otro día.
Con un gruñido, se arrastró fuera de la cama.
La reunión de la Directora Animusphere era a las 0800.
Sabía, por amarga experiencia, que llegar tarde solo añadiría leña a la inevitable pira de regaños que le esperaba.
Se dirigió a la pequeña pero eficiente regadera de su cuarto, dejando que el agua caliente disipara los últimos restos de somnolencia.
Mientras se secaba, se contempló en el espejo.
No era el mismo chico que había llegado tres meses atrás.
El entrenamiento físico, aunque básico, había añadido una definición tenue pero visible a sus brazos y hombros.
Ya no era el “flacucho pervertido” de Kuoh; ahora era un “flacucho pervertido ligeramente tonificado atrapado en una base del fin del mundo”.
Un progreso, se dijo con ironía.
Se puso su uniforme negro de Maste sustituto, ajustándose el cuello con incomodidad.
Siempre le había parecido demasiado ceñido.
“Si al menos fuera un poco más como el uniforme de la academia…
con chicas alrededor”, suspiró, pero la nostalgia fue rápidamente reemplazada por el recuerdo de Mash.
Ella sería su único consuelo en la tediosa jornada que se avecinaba.
Como si su pensamiento la hubiera conjurado, al salir de su habitación la encontró esperando en el pasillo.
Mash Kyrielight estaba inmóvil, perfectamente erguida, con las manos juntas frente a ella.
Llevaba su uniforme impecable, sus gafas reflejando la luz fría de los neones.
“Buenos días, Sempai”, dijo con su formalidad característica.
“He calculado que si salimos ahora, llegaremos al Auditorio Central con un margen de 4.7 minutos antes del inicio de la reunión.
Un tiempo óptimo para evitar comentarios de la Directora sobre puntualidad.” Issei no pudo evitar una sonrisa.
“Siempre tan precisa, Mash.
¿Lista para otra dosis de ‘el genio de los Animusphere nos salvará a todos’?” Mash inclinó ligeramente la cabeza.
“La Directora es muy elocuente en sus exposiciones.
La densidad de información por minuto es notable.” Su tono era neutral, pero Issei, que ya la conocía bien, detectó un micro-movimiento en su ceja izquierda que delataba que ella también encontraba aquellas sesiones…
agotadoras.
Caminaron juntos por los interminables corredores estériles.
Chaldea bullía con una actividad inusual.
Técnicos con tabletas corrían de un lado a otro, las pantallas de información mostraban códigos de preparación en verde brillante, y el aire mismo parecía cargado con una electricidad de anticipación.
Era el día de la Grand Order.
El proyecto definitivo.
El Auditorio Central era una sala enorme, con asientos en gradas que descendían hacia un podio holográfico.
Ya estaba lleno en su mayoría.
En las primeras filas, distinguibles por los bordes dorados en sus uniformes, estaba el Equipo A, los candidatos a Maste élite.
Issei los miró con una mezcla de envidia y resentimiento.
Allí estaba Kirschtaria Wodime, con su cabello platino y su aura de príncipe de otro mundo, conversando en voz baja con Daybit Sem Void, cuyo rostro impasible y mirada penetrante siempre le provocaron escalofríos a Issei.
Eran de otra liga, seres que parecían nacidos para la magia y el liderazgo, no invocados por accidente de un maratón de pornografía.
Él y Mash se deslizaron hacia la sección de los sustitutos, un grupo más variopinto y menos prestigioso, ubicado en las filas traseras.
Issei se hundió en su asiento, preparándose mentalmente para la batalla contra el sueño.
Cinco minutos antes de las 0800, las luces principales se atenuaron y el podio se iluminó.
Unos pasos firmes y decididos resonaron en el silencio que había caído.
Olga Marie Animusphere apareció, caminando con la rigidez marcial que siempre adoptaba para estas ocasiones.
Llevaba su elegante traje blanco y azul de Directora, diseñado con líneas militares que, sin embargo, no podían ocultar, sino que más bien delimitaban y acentuaban, la voluptuosa curvatura de su pecho y sus caderas.
Para Issei, era como ver un letrero de neón parpadeando: “MIRA AQUÍ”.
Y él miró.
Con la devoción de un erudito estudiando una obra maestra.
Su mirada, cargada de un aprecio puramente hormonal y artístico, se posó en el divino atributo de la Directora.
Olga, en medio de ajustar unos documentos holográficos, se detuvo en seco.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, esa sensación peculiar, casi psíquica, que había desarrollado en los últimos meses: la Alarma Hyoudou.
Sabía, con certeza absoluta, que los ojos del error dimensional la estaban escrutando con intenciones lascivas.
Su rostro se crispó en un gesto de fastidio.
Giró la cabeza hacia la sección de sustitutos y sus ojos color lila, afilados como dagas, encontraron los de Issei.
La mirada era un regaño en sí misma, una promesa silenciosa de dolor.
Issei, atrapado in fraganti, se sonrojó y desvió la vista rápidamente, clavándola en el suelo.
Olga contuvo un suspiro de exasperación.
No ahora, pensó.
No en frente de todos los candidatos élite.
Más tarde te despedazo, Hyoudou.
Forzando su compostura, carraspeó y comenzó.
“Candidatos a Master, personal de Chaldea.
Hoy es el día para el cual esta organización fue fundada.” Su voz, amplificada por el sistema, era clara y firme, cargada de una solemnidad que incluso Issei reconoció.
“Los sistemas de observación de la humanidad, Sheba, han confirmado lo inimaginable.
La historia humana ha…
dejado de existir.” Un murmullo de incredulidad recorrió la sala.
Issei se enderezó un poco.
Eso sonaba serio.
Olga continuó, desplegando hologramas complejos que mostraban líneas de tiempo desvaneciéndose, convertidas en ceniza.
Habló de la Incineración de la Humanidad, del Año 2016 convertido en un punto fijo imposible, de un enemigo sin rostro que había reducido el futuro a nada.
Issei trató de seguirla, de verdad que lo intentó.
Los primeros diez minutos logró mantenerse concentrado, fascinado por la gravedad de la situación y, hay que decirlo, por el modo en que el traje de Olga se tensaba cuando gesticulaba.
Pero entonces llegaron los tecnicismos.
“La teoría de las Singularidades cuántico-temporales requiere una recalibración constante del rayshift empleando los principios de la Caja de Laplace, interpolada con los datos de los Espírones de Fundación recuperados por el equipo de análisis de…” Las palabras comenzaron a fundirse en un río monótono de sonidos sin sentido.
Los hologramas se volvieron abstractos, un remolino de números y ecuaciones.
El estómago lleno por el desayuno, la calidez de la sala, el ritmo hipnótico de la voz de Olga…
era una tormenta perfecta para la somnolencia.
La cabeza de Issei comenzó a cabezar.
Parpadeaba fuertemente, intentando resistir.
Vio a Mash a su lado, tomando notas meticulosas en su tablet, su rostro una máscara de concentración.
Ella sí puede, pensó con envidia.
Sus párpados pesaban como plomos.
La voz de Olga se convirtió en un zumbido lejano, como el de un insecto.
El holograma de una compleja esfera de relojería cósmica giró lentamente frente a sus ojos, transformándose en su mente en un enorme, suave y redondo…
¡ZAS!
Un golpe seco en el atril lo despertó.
Olga Marie estaba señalándolo directamente, su rostro congestionado por la furia.
“¡HYOUDOU!”, rugió, su voz haciendo temblar los altavoces.
“¿En el día más crucial de la historia de la humanidad, tú tienes la desfachatez de…
de dormirte?!” Issei se incorporó de un salto, el corazón a mil por hora.
Toda la sala, cientos de personas, lo miraban.
Vio la mirada de desprecio de Wodime, la indiferencia de Daybit, y la preocupación apenas disimulada en los ojos ámbar de Mash.
“L-lo siento, Directora, es que los…
los términos eran muy…” “¡Silencio!”, lo cortó Olga.
Respiró hondo, intentando recuperar el control.
Sabía que era un sustituto, un accidente, pero su insolencia era insoportable.
“Fuera.
Sal de este auditorio ahora mismo.
Tu presencia aquí es tan útil como un paracaídas en un submarino.
El Dr.
Romani se encargará de informarte más tarde de lo que, en tu minúsculo cerebro, logre penetrar.
¡FUERA!” Ardiente de vergüenza, con la mirada clavada en el suelo, Issei se levantó y caminó por el pasillo central, sintiendo todas las miradas como agujas en su espalda.
Al llegar a la puerta, se arriesgó a una última mirada.
Mash lo observaba, y él creyó ver un leve gesto, casi imperceptible, que podría haber sido un “lo siento” o un “te veo después”.
Luego, las puertas se cerraron tras él, aislando el sonido de la voz de Olga, que ya retomaba su discurso.
El trayecto de vuelta a su habitación fue un deambular de vergüenza y resignación.
Se rascó la nuca, caliente por el rubor.
“Lo sabía…
lo sabía que pasaría.
Maldito aburrimiento.” Sabía que lo peor no era la humillación pública, sino la regañiza privada que le esperaba una vez terminara la reunión.
Olga Marie lo buscaría, lo acorralaría en algún pasillo, y descargaría sobre él todo el peso de su frustración y su estrés.
Se estremeció al pensarlo.
Decidió esperar el inevitable castigo en su habitación.
Al menos allí podría estar cómodo.
Al llegar, se dejó caer en su silla, mirando el techo.
Desde su terminal, pudo ver que el protocolo de rayshift para el Equipo A estaba en sus fases finales.
En la pantalla, cifras y gráficos mostraban la cuenta regresiva.
“Bueno, al menos ellos salvarán el mundo”, murmuró con un dejo de amargura.
“Yo solo tengo que sobrevivir a la Directora.” Minutos pasaron.
Luego una hora.
El silencio era inquietante.
Normalmente, el zumbido de fondo de Chaldea era constante, pero ahora parecía…
más profundo, más ominoso.
Issei comenzó a impacientarse.
¿Qué estaba tardando tanto?
Quizás el rayshift del Equipo A había tenido problemas.
Quizás Olga estaba demasiado ocupada para regañarlo.
Un destello de esperanza iluminó su mente.
Tal vez, solo tal vez…
BOOM.
El sonido no fue como cualquier explosión que hubiera escuchado en películas.
Fue un estallido sordo, profundo, que vibró a través de la estructura misma de Chaldea, como si el corazón de la montaña que albergaba la base hubiera gemido.
La luz de su habitación parpadeó violentamente y se apagó, siendo reemplazada por la tenue iluminación de emergencia roja que comenzó a girar, lanzando sombras danzantes y aterradoras.
Issei se quedó helado, el corazón golpeándole el pecho.
“¿Q-qué…?” BOOM.
BOOM-BOOM.
Más explosiones, esta vez en rápida sucesión, más cerca.
Sintió el impacto a través del suelo, un temblor que hizo vibrar los muebles.
Las alarmas, que hasta entonces habían estado en un silencio espeluznante, estallaron de repente en un estruendo ensordecedor: klaxones agudos, sirenas intermitentes y una voz automatizada, distorsionada por la estática, que repetía: “¡NIVEL DE DAÑO CRÍTICO!
¡INCURSION ENEMIGA CONFIRMADA!
¡PROTOCOLO DE CONTENCIÓN FALLIDO!
¡EVACUACIÓN INMEDIATA!” El instinto de supervivencia, más fuerte que la confusión o el miedo paralizante, se apoderó de Issei.
No pensó.
Solo actuó.
Corrió hacia la puerta de su habitación, que se abrió chirriando, apenas obedecciendo a los sistemas de emergencia.
El pasillo que vio no era el corredor blanco e impecable de siempre.
Era una pesadilla.
La mitad del pasillo, justo detrás de su posición, había desaparecido, convertida en un amasijo retorcido de vigas de acero fundido, cables eléctricos serpentando como serpientes heridas y fragmentos de paneles de pared ardiendo con un fuego antinatural, de un color violeta siniestro.
El calor era intenso, y el aire estaba lleno de humo acre y el olor a ozono sobrecargado y carne quemada.
Las explosiones seguían resonando, cada una más cercana, sacudiendo el suelo y haciendo llover polvo y pequeños escombros del techo.
“¡No, no, no, NO!”, gritó Issei, y corrió en la dirección opuesta a la destrucción, hacia donde los pasillos parecían aún intactos.
Escuchó gritos, llantos, el sonido metálico de derrumbes.
Vio figuras arrastrándose, otras inmóviles, manchadas de rojo sobre el blanco.
Su entrenamiento, básico como era, le permitió mantener la calma relativa.
Su cuerpo, más ágil y resistente que tres meses atrás, respondía.
Esquivó una viga que cayó del techo, rodó sobre el suelo para evitar una lluvia de chispas eléctricas.
Ayudó donde pudo.
Arrastró a una técnica con una pierna atrapada bajo un panel, la llevó a un cubículo de almacenamiento que parecía estable.
Encontró a un guardia aturdido, lo guio hacia la misma zona segura.
Actuaba por puro instinto, su mente en blanco excepto por un imperativo: sobrevivir, ayudar, moverse.
Y entonces, como si un rayo de claridad atravesara la neblina del pánico, un nombre, un rostro, emergió con fuerza abrasadora.
Mash.
Ella estaba en la Sala de Comando.
En el corazón de Chaldea.
Justo donde las lecturas de energía y los protocolos de rayshift habrían estado en su punto máximo cuando las explosiones comenzaron.
Un frío peor que cualquier otro se apoderó de él.
La vergüenza, el aburrimiento, el miedo a Olga…
todo se desvaneció, reemplazado por un terror puro, visceral, por su amiga.
“¡MASH!”, gritó, y su carrera se transformó en una carrera desesperada.
Ya no evitaba los peligros con tanto cuidado; los sorteaba, los saltaba, su cuerpo reforzado por el pánico y un atisbo instintivo de su magia de Reforzamiento aplicada en las piernas para impulsarse más rápido.
Las explosiones habían cesado, dando paso a un silencio roto solo por el crepitar de los incendios, las alarmas y sus propios jadeos.
La ruta a la Sala de Comando estaba destrozada.
Puertas reventadas, paredes derrumbadas, equipos vitales convertidos en chatarra humeante.
El aire era casi irrespirable.
Cuando finalmente llegó a las enormes puertas blindadas de la Sala de Comando, estas estaban abiertas de par en par, torcidas en sus goznes.
La vista que tuvo lo detuvo en seco, robándole el aliento más efectivamente que cualquier carrera.
El centro neurálgico de Chaldea, la habitación más avanzada tecnológicamente del planeta, era ahora un monumento a la destrucción.
Las consolas, las pantallas inmensas, los hologramas de proyección…
todo era chatarra carbonizada o derretida.
Incendios de múltiples colores (verdes, azules, violetas) ardían sin consumir por completo, como si se alimentaran de la misma magia que una vez impulsó los sistemas.
El suelo estaba cubierto de escombros, cristales rotos y cuerpos.
Muchos cuerpos.
Entre ellos, distinguió los uniformes dorados del Equipo A.
Y en el centro del caos, cerca de la plataforma principal de rayshift, un pedazo enorme de la estructura del techo, una losa de metal y concreto del tamaño de un automóvil pequeño, se había desplomado.
Y bajo ella, atrapada desde la cintura hacia abajo, yacía Mash.
“¡MASH!”, el grito le desgarró la garganta.
Corrió hacia ella, esquivando restos ardientes, su mente borrando todo excepto su figura.
Ella lo vio llegar.
Su rostro, normalmente sereno, estaba pálido, cubierto de hollín y surcado por un rastro de sangre que le bajaba de la frente.
Sus gafas estaban rotas, colgando de una oreja.
Pero sus ojos ámbar lo miraron con una claridad desgarradora.
“S-Sempai…”, su voz era un hilo de aire, débil pero sorprendentemente calmada.
“No…
no puedes.
Es inútil.
No siento…
mis piernas.
El peso…
es demasiado.” “¡Cállate!”, le ordenó Issei, cayendo de rodillas a su lado.
Su manos se posaron en el borde de la losa, sobre el frío y áspero metal.
“¡Te voy a sacar de ahí!
¡Ahora!”.
Ignorando su advertencia, Issei se plantó, agarró el borde con todas sus fuerzas y tiró.
Los músculos de sus brazos, su espalda, sus piernas, se tensaron hasta el límite.
Un gruñido de esfuerzo escapó de sus labios.
Pero la losa no se movió.
Ni un milímetro.
Era como intentar levantar la montaña misma.
“¡MALDITA SEA!”, gritó, la desesperación apoderándose de él.
Recordó su entrenamiento.
Refuerzo.
Concentró su mana, pobre y limitada como era, y la hizo fluir a través de sus circuitos, hacia sus músculos, potenciándolos más allá de su límite natural.
Sus brazos se hincharon ligeramente, las venas sobresaliendo.
Tiró de nuevo.
Un pequeño crujido, quizás de su propia ropa o de un grano de escombro, pero la losa permaneció inmóvil.
No era suficiente.
Su magia era débil, sus circuitos mediocres.
La desesperación se transformó en rabia, en una frustración feroz y ardiente.
No.
NO.
No puede terminar así.
No después de todo.
No ella.
No Mash, que quería ver el cielo, que me explicaba las cosas, que estaba siempre ahí…
¡NO!
Su mente ya no pensaba en hechizos, en teoría, en pulsos de mana.
Solo había una imagen: Mash, libre, sonriendo, caminando bajo un cielo azul.
Y una determinación absoluta, un deseo que quemaba desde lo más profundo de su ser, más intenso que cualquier deseo lascivo que hubiera sentido jamás: “¡LEVÁNTATE!” Fue entonces que algo, en lo más recóndito de su alma, respondió.
Un calor, no externo sino interno, brotó de su pecho, del mismo lugar donde la luz azul lo había marcado meses atrás.
Pero esta no era azul.
Era un rojo incandescente, el rojo de la brasa viva, del dragón despertando.
Un dolor agudo, como si algo se estuviera grabando a fuego en su piel y en su espíritu, lo atravesó.
De su mano derecha, del dorso, un tatuaje luminoso de un rojo furioso emergió, expandiéndose, formando un intrincado diseño que rodeaba su puño y antebrazo: el perfil estilizado de un dragón, con un brillante círculo verde en su centro, como una joya o un ojo.
Un guantelete de energía roja, escamoso y poderoso, materializó alrededor de su mano y antebrazo derechos.
No era sólido por completo, parecía hecho de luz cristalizada, de pura voluntad ardiente.
En su mente, una voz mecánica, poderosa y antigua, resonó por primera vez, pero no con palabras, sino con un concepto: [BOOST].
Issei no lo entendió.
No le importó.
Solo sintió el poder, una oleada de fuerza cruda, monumental, que inundó cada fibra de su ser.
No era mana.
Era algo más primitivo, más visceral.
Era el poder del deseo hecho tangible.
Con un grito que era tanto de agonía como de triunfo, Issei agarró la losa nuevamente.
Esta vez, sus dedos, envueltos en la energía del guantelete, se hundieron ligeramente en el metal como si fuera arcilla.
Y tiró.
La losa se movió.
Con un chirrido estridente de metal retorcido, se elevó unos centímetros, quizás quince, pero era suficiente.
Un espacio se abrió bajo ella.
“¡MASH, AHORA!”, rugió, su voz distorsionada por el esfuerzo sobrehumano.
Mash, con los ojos abiertos como platos ante la visión del guantelete rojo, reaccionó.
Con un último esfuerzo de su torso y brazos, se arrastró hacia fuera, alejándose del peso mortal.
En el momento en que sus pies (insensibles, pero físicamente libres) salieron de debajo, Issei, con un último jadeo, liberó su agarre.
La losa cayó con un estruendo atronador que sacudió el suelo, levantando una nube de polvo y chispas.
Issei cayó de rodillas, el guantelete rojo destellando una vez más antes de desvanecerse, dejando solo un leve tatuaje rojizo en su piel que rápidamente se fue apagando hasta casi desaparecer.
La oleada de poder lo había dejado exhausto, como si le hubieran drenado la vida.
Jadeaba, tembloroso.
Pero había funcionado.
Mash estaba fuera.
Gateó hacia ella.
“M-Mash…
¿estás…?” Antes de que pudiera terminar la frase, un nuevo sonido los sobresaltó: el chirrido metálico de enormes puertas cerrándose.
Las puertas blindadas de la Sala de Comando, las que estaban torcidas en sus goznes, de alguna manera se activaron, impulsadas por un último estertor del sistema de contención de emergencia.
Se cerraron de golpe con un CLANG definitivo, sellándolos dentro del infierno.
“No…”, susurró Issei, golpeando el suelo con un puño débil.
Estaban atrapados.
En la sala más destruida, con el aire envenenándose, sin salida.
Se arrastró hasta quedar sentado junto a Mash, apoyando la espalda contra los restos de una consola fría.
Mash yacía de lado, respiración entrecortada.
El daño interno debía ser terrible.
Issey tomó su mano.
Estaba fría.
“Sempai…”, murmuró ella, su voz aún más débil.
Sus ojos, sin las gafas, miraban el techo humeante, pero no lo veían.
“Siempre…
quise verlo.
El Dr.
Roman…
me describía el cielo azul.
De un azul…
intenso y profundo.
Con nubes blancas…
y el sol cálido.” Una lágrima, limpia a pesar del hollín, trazó un camino por su mejilla.
“Es estúpido…
querer algo tan simple, ¿verdad?
Vivir aquí…
y anhelar algo que está fuera.” Issei apretó su mano con fuerza, sintiendo un nudo enorme en su garganta.
“No es estúpido”, dijo, su voz ronca por el humo y la emoción.
“Lo veremos.
Te lo juro.
Saldremos de aquí, de Chaldea, y veremos ese maldito cielo azul juntos.
No te rindas, Mash.
Por favor.” Mash volvió la cabeza para mirarlo.
Le dedicó una sonrisa pequeña, triste, pero genuina.
Era la sonrisa más hermosa y desgarradora que Issei había visto jamás.
“Gracias, Sempai.
Por…
por intentarlo.
Por ese poder…
rojo.
Por no dejarme sola.” Hizo una pausa, jadeando.
“¿Podrías…
sostener mi mano…
un poco más?
Me da…
frío.” Issei no pudo hablar.
Solo asintió, enmudeciendo, y rodeó su mano con ambas de las suyas, intentando transmitirle algo de calor, de vida, a través del contacto.
Se inclinó, apoyando su frente contra el dorso de su mano, cerrando los ojos.
Esperaban.
El final parecía inevitable.
El crepitar de los incendios era su réquiem.
Entonces, en la consola destrozada contra la que se apoyaban, una luz parpadeó.
Una única luz verde, tenue pero persistente.
Un panel, milagrosamente intacto, se encendió.
Era el monitor de estado del sistema de rayshift, el más crítico, el que había estado a punto de activarse para el Equipo A.
En la pantalla, líneas de texto distorsionado aparecieron, seguidas por la voz grabada, grave y solemne, del anterior director, Marisbury Animusphere, una grabación de contingencia final: “Confirmación: Incineración de la Humanidad completada.
Anclas de la era: destruidas.
Año 2016: incinerado.
No queda futuro.” “Protocolo de preservación de Chaldea: Fallido.” “Último recurso: Activación del Sistema de Rayshift de Emergencia FATE.” “Buscando coordenadas estables…
encontradas: Singularidad F, A.D.
2004, Fuyuki, Japón.” “Buscando candidatos compatibles con vida…
escaneando…” Un haz de luz escaneó rápidamente la sala destruida, pasando sobre los cuerpos sin vida, hasta detenerse en Issei y Mash.
“Dos firmas de vida localizadas.
Compatibilidad: Marginal.
Condición: Crítica.
Sin opciones alternativas.” “Inicializando rayshift forzado.
Transferencia espiritual en 5…
4…” “¿Q-qué…?”, balbuceó Issei, levantando la cabeza.
Una luz azul, similar pero mucho más violenta y caótica que la que lo había traído, comenzó a emanar del suelo, envolviéndolos a ambos.
Mash abrió los ojos, mirando la luz con asombro.
“¿Rayshift…?” “3…
2…” Issei miró a Mash, apretando su mano con todas sus fuerzas.
El miedo, la confusión, eran abrumadores.
Pero también una última chispa de esperanza.
No era el cielo azul, pero era una posibilidad.
Era movimiento.
Era no rendirse.
“¡No me sueltes, Mash!”, gritó por encima del zumbido creciente.
Ella, con un último esfuerzo, cerró sus dedos alrededor de los suyos.
“No…
no lo haré, Sempai.” “1.” “FATE SYSTEM, SET.” La luz azul estalló, llenando completamente su visión, arrastrando sus conciencias, sus cuerpos dañados, su desesperada promesa, fuera de la sala en ruinas, fuera de Chaldea, fuera de su tiempo.
Los últimos en pie, o más bien, los últimos en caer de rodillas, eran ahora los primeros, y los únicos, en ser lanzados hacia atrás en el tiempo, hacia la primera y más crítica Singularidad.
El viaje era un torbellino de sensaciones desgarradoras.
Issei sentía que cada célula de su cuerpo era separada, analizada y recombinada.
Vio flashes: el guantelete rojo, los ojos ámbar de Mash llenos de lágrimas, los senos divinos de Olga (un último destello de su antigua vida pervertida), y luego, una ciudad en llamas, una torre negra y retorcida perforando un cielo enfermizo de rojo y negro.
Cuando la luz por fin comenzó a desvanecerse, la sensación de frío metal bajo su espalda fue reemplazada por tierra áspera y polvorienta.
Un calor abrasador, no de incendios mágicos, sino de un fuego común y devastador, golpeó su rostro.
Un olor a humo, a ceniza y a sangre llenó sus pulmones.
Issei jadeó, abriendo los ojos con dificultad.
El cielo que vio no era azul.
Era un tono enfermizo, anaranjado y rojo por el reflejo de incontables incendios.
Estaba recostado en lo que parecía el borde de un camino de tierra, en las afueras de una ciudad moderna, japonesa, que ardía en el horizonte.
A su lado, Mash yacía inconsciente, pero su pecho subía y bajaba débilmente.
A pocos metros, un cartaz medio quemado decía: “Bienvenidos a Fuyuki”.
Habían llegado.
A la Singularidad.
Al infierno.
Pero estaban vivos.
Juntos.
Y en la mano de Issei, el tenue fantasma de un tatuaje rojo en forma de dragón palpitó suavemente, una promesa silenciosa del poder que, en su momento de mayor necesidad, había despertado para proteger a alguien.
El sueño del harén legendario parecía ahora una fantasía de otro mundo.
La realidad era esta: ceniza, fuego, y una lucha desesperada por sobrevivir.
El Rey de los Héroes Pervertido había llegado a Fate/Grand Order, no como un maestro elegido, sino como un sobreviviente accidentado, con su kouhai mortalmente herida y un nuevo y misterioso poder latente en su puño.
Su gran aventura, la más peligrosa y trascendental de todas, acababa de comenzar en el peor de los escenarios posibles.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Bien, acabo de recuperar mi compu y ya puedo escribir mejor y mas rapido, segundo episodio de esta historia del dia de hoy, esperen otro mas en la nochesita, voten si les gusta y apoyenme en mi patreon para seguir creciendo y escribiendo mas de estas historias.
Mi patreon: SeathScale
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