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Fate/Issei Order - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Capitulo 19 Division
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20: Capitulo 19: Division 20: Capitulo 19: Division El sol de la mañana, filtrado a través del eterno anillo de nubes, bañaba el paisaje con una luz mortecina y enfermiza.

Issei Hyoudou caminaba al frente del grupo, sus ojos fijos en el horizonte, aunque su mente estaba en otra parte.

O más bien, en varias partes a la vez, todas ellas femeninas y peligrosamente conflictivas.

Los días desde la batalla contra Santa Marta habían sido un ejercicio constante de equilibrio sobre una cuerda floja tendida sobre un foso de llamas azules, celos verdes y egos imperiales.

Kiyohime, la Berserker de la obsesión ardiente, había interpretado la victoria como una confirmación de su vínculo con Issei.

Después de todo, él le había transferido su poder durante el combate, ¿no era eso una muestra de confianza?

¿De afecto?

¿De una conexión especial que excluía a todas las demás?

Tamamo-no-Mae, por supuesto, no estaba de acuerdo.

«Mi goshujin-sama me transfiere poder a mí también», le recordaba cada vez que Kiyohime se acercaba demasiado.

«Es una cuestión táctica, no un certificado de matrimonio.» «Para mí lo es», respondía Kiyohime con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

«Y tú harías bien en recordar tu lugar, zorra de nueve colas.» Nero Claudius, siempre dispuesta a avivar el fuego de la discordia si eso prometía un buen espectáculo, solía interponerse en ese momento con una declaración grandilocuente.

«¡Lugar?

¡El lugar de una emperatriz es junto a su emperador!

¡Y yo, Nero Claudius, he reclamado ese sitio por derecho de conquista y corazón!» «Conquista no significa nada si el conquistado no está de acuerdo», replicaba Kiyohime, sus manos comenzando a brillar con un tenue fulgor azul.

Y entonces empezaba.

No era una batalla campal, gracias a la constante intervención de Mash, pero sí un forcejeo de miradas asesinas, palabras cortantes y, ocasionalmente, algún que otro proyectil de fuego que Issei tenía que esquivar mientras maldecía su suerte.

Elizabeth Bathory, la idol fallida, observaba estos conflictos con una mezcla de desdén y aburrimiento.

«Si en lugar de pelear por un chico se enfocaran en sus carreras artísticas, serían mucho más felices.

Yo, por ejemplo, tengo claras mis prioridades: el estrellato mundial.

Issei solo es mi manager, nada más.» Decía esto mientras se arreglaba el cabello frente a un espejito que siempre llevaba consigo, pero sus ojos se desviaban hacia Issei con más frecuencia de la que estaba dispuesta a admitir.

Marie Antoinette, montada en su caballo de cristal, observaba todo con una sonrisa de satisfacción apenas disimulada.

Desde el incidente de los «atributos reales», había adoptado una postura de neutralidad benevolente que en realidad era una venganza pasivo-agresiva en cámara lenta.

Cada vez que Issei era acorralado por Kiyohime o se veía obligado a separar a Tamamo de Nero, Marie lanzaba un comentario al aire: «Qué complicado debe ser gestionar un harén, ¿verdad, Wolfgang?

Menos mal que yo solo tengo que preocuparme por mi reino.» Mozart, fiel a su estilo, respondía con alguna frase críptica y una melodía burlona en su violín imaginario.

«La vida es una ópera, querida reina.

Y nuestro joven Maestro está interpretando el papel de un tenor acorralado por un coro de sopranos furiosas.

Es magnífico.» Jeanne d’Arc, la santa, era la única que intentaba mantener la paz con argumentos espirituales.

«Debemos recordar que estamos aquí por una misión divina.

La salvación de Francia, de la humanidad.

Nuestras diferencias personales deben quedar en segundo plano.» Nadie le hacía caso, pero ella seguía intentándolo, su fe inquebrantable incluso ante el caos de su propio equipo.

Issei, mientras caminaba, repasaba mentalmente la situación.

Kiyohime le lanzaba una mirada asesina desde su izquierda.

Tamamo, a su derecha, le acariciaba el brazo con posesividad calculada.

Nero, justo detrás, declaraba a todo pulmón las virtudes de Roma.

Mash caminaba a su lado, ofreciéndole agua y una sonrisa tranquilizadora.

Jeanne iba algo más atrás, rezando.

Marie y Mozart cerraban la marcha, comentando la escena como si fuera una obra de teatro.

Elizabeth se quejaba de que nadie apreciaba su talento.

‘Esto es mi vida ahora’, pensó Issei con una mezcla de agotamiento y, en el fondo, una pizca de orgullo.

‘Un harén que es más un campo de batalla que un paraíso, pero es mío.

Y de alguna manera, estamos salvando el mundo.’ El paisaje comenzó a cambiar.

Las colinas escarpadas dieron paso a un valle más abierto, con campos que, aunque quemados en algunas zonas, mostraban signos de incipiente recuperación.

Aquí y allá, se veían parcelas de tierra arada, pequeños brotes verdes desafiando la ceniza.

Y a lo lejos, un pueblo.

No era grande.

Quizás un centenar de casas de piedra y madera, con una pequeña iglesia de campanario puntiagudo en el centro.

Las murallas que lo rodeaban estaban dañadas, con brechas rellenadas apresuradamente con tablones y escombros, pero no mostraban el nivel de destrucción total que habían visto en otras ciudades.

El pueblo estaba herido, sí, pero vivo.

«Este es el lugar», confirmó Kiyohime, sus ojos entrecerrados mientras escudriñaba las calles.

«Hace unos días, pasé por aquí.

Georgios estaba entonces.

Ayudó a los aldeanos a repeler un ataque de wyverns y luego partió hacia el sur.

Pero no sé si sigue allí o ya se ha ido.» Issei asintió.

«Vamos a acercarnos con cuidado.

No queremos asustar a nadie.» Miró a Jeanne, que se había rezagado instintivamente.

«Jeanne, ¿estás bien?» La santa asintió, aunque su expresión era sombría.

«Prefiero esperar aquí, Maestro Issei.

Mi presencia…

podría causar pánico.

Después de todo, la cara que ven es la misma que la de la Bruja que ha estado quemando sus hogares.» Se ocultó tras una formación rocosa, su estandarte recogido.

El grupo, con Issei al frente y Mash a su lado, se acercó a las puertas del pueblo.

Un par de hombres armados con picas y ballestas los vieron llegar y, aunque sus manos temblaban sobre las armas, no atacaron de inmediato.

Habían visto demasiadas cosas extrañas en los últimos días como para sorprenderse de un grupo de mujeres hermosas y un joven con aspecto extranjero.

«¡Alto!», gritó uno de ellos, un hombre barbudo de mediana edad.

«¿Quiénes sois y qué queréis?» Issei levantó las manos en señal de paz, el traductor de Da Vinci brillando en su cuello.

«Somos viajeros.

Buscamos a alguien.

Un hombre con armadura, montado en un caballo.

Un santo guerrero.

¿Sabéis de él?» Los guardias intercambiaron miradas.

El barbudo asintió lentamente.

«¿Georgios?

Sí, estuvo aquí.

Hace unos días.

Nos ayudó a matar a esas malditas lagartijas aladas.

Luego siguió su camino.

Dijo que iba hacia el sur, a buscar a otros como él, a organizar la resistencia.» «¿Hacia el sur?

¿Sabéis exactamente a dónde?», preguntó Tamamo, dando un paso adelante con una sonrisa encantadora que hizo que los guardias se sonrojaran ligeramente.

El más joven de los dos, un muchacho de apenas diecisiete años, tragó saliva.

«Dijo…

dijo que iba hacia Lyon.

Que allí había oído rumores de más supervivientes.

Pero no os aseguro nada.

Los caminos son peligrosos, y un hombre solo, por muy santo que sea, puede cambiar de ruta.» Era una pista.

Vaga, pero una pista.

Issei asintió, agradecido.

«Gracias.

Nos ayudáis mucho.» Antes de que pudieran retirarse, una voz femenina surgió de detrás de los guardias.

Una mujer mayor, con un delantal manchado de harina y el cabello cano recogido en un moño, se abrió paso.

«¡Esperad!», dijo, jadeando ligeramente.

«Vosotros…

buscáis a gente especial, ¿verdad?

Gente que pueda luchar contra los dragones?» Issei asintió.

«Sí, señora.

¿Por qué lo pregunta?» La mujer se acercó más, bajando la voz.

«Mi hermana vive en un pueblo al norte.

Más allá de los bosques de Châteaudun.

Me envió un mensaje con un comerciante antes de que los caminos se volvieran intransitables.

Dijo que allí hay alguien.

Alguien que ha estado matando wyverns como si nada.

No es un soldado, ni un caballero.

Es…

una mujer, creo.

O tal vez dos.

No lo sabía con certeza.

Pero están protegiendo a los suyos, y si buscáis aliados, deberíais ir allí.» La información cayó como una piedra en un estanque tranquilo.

Otro aliado potencial.

Al norte, no al sur.

Dos frentes.

Dos oportunidades.

Issei sintió que su cerebro trabajaba a toda velocidad.

Dos Servants, posiblemente.

Uno al sur (Georgios), otro al norte (desconocido).

No podían estar en dos lugares a la vez.

Necesitaban dividirse.

Fue entonces cuando la voz de Olga Marie, fría y calculadora, resonó desde el Boosted Gear, audible solo para Issei.

«Hyoudou.

Esto es una oportunidad.

Dos posibles aliados en dos direcciones.

Si esperamos a encontrar uno y luego ir por el otro, perderemos un tiempo precioso.

La Bruja no se quedará de brazos cruzados mientras reclutamos.

Dividamos el grupo.» Issei dudó.

«Dividirnos…

no sé, Olga.

Si nos separamos, cada grupo será más débil.

Si uno de los dos se encuentra con un enemigo poderoso…» «Por eso hay que hacerlo con inteligencia.

El grupo que vaya al sur a buscar a Georgios necesita poder de convencimiento, no necesariamente poder de combate.

Georgios es un santo, un aliado potencial.

Si lo encuentran, lo más probable es que se una voluntariamente.

El grupo que vaya al norte se enfrenta a lo desconocido; puede ser un aliado, pero también un enemigo, o una trampa.

Ese grupo debe ser el más fuerte.» Issei procesó la lógica de Olga.

Tenía sentido.

Pero aún así, separarse…

Cada vez que en las películas o los juegos los grupos se separaban, algo malo ocurría.

Era una ley narrativa.

«¿Y quién va a cada lado?», preguntó en voz baja, para que los demás no lo oyeran.

«Tú decides.

Pero recuerda: tú eres el Maestro.

Sin ti, todos los contratos se debilitan.

Tú debes ir al grupo más peligroso.

Y Jeanne…» Olga hizo una pausa.

«Jeanne insistirá en ir al sur.

Lo sé.

Quiere demostrar su valía, enfrentarse a su otra yo de alguna manera, aunque sea indirectamente.

Y tiene razón: su presencia puede ser clave para convencer a Georgios.

Un santo escuchará a otro santo.» Issei respiró hondo.

Maldijo internamente la necesidad de tomar decisiones tan difíciles.

Pero era el Maestro.

Para eso estaba.

Convocó a todos los Servants a su alrededor, en un claro cerca del pueblo, donde Jeanne también pudo unirse sin ser vista por los aldeanos.

Expuso la situación: dos posibles aliados, dos direcciones, la necesidad de dividirse.

Las reacciones fueron inmediatas y variadas.

Jeanne, como Olga había predicho, dio un paso al frente con determinación.

«Iré al sur.

A buscar a Georgios.

Es un santo, como yo.

Podré hablar con él, explicarle la situación.

Y además…» Bajó la voz.

«Necesito hacer algo.

No puedo quedarme de brazos cruzados mientras mi otra yo destruye todo.

Si no puedo enfrentarla directamente aún, al menos puedo traer aliados para quien sí lo hará.» Issei la miró.

Había una tristeza profunda en sus ojos azules, pero también una resolución de acero.

No iba a poder disuadirla.

«Iré con Jeanne», dijo Marie Antoinette, para sorpresa de todos.

La reina cristal desmontó de su caballo y se colocó al lado de la santa.

«Alguien tiene que asegurarse de que no se tome todo demasiado en serio.

Además, un santo y una reina son un buen equipo de negociación, ¿no crees?» «¡Yo también voy!», exclamó Elizabeth, levantando la mano con entusiasmo.

«Un viaje al sur, nuevos públicos potenciales…

¡y además, así me libro de las peleas constantes de estas dos!» Señaló a Kiyohime y Tamamo, que se fulminaban con la mirada.

Issei dudó.

Elizabeth era…

impredecible.

Pero quizás su presencia no sería un problema.

Además, Jeanne y Marie eran lo suficientemente sensatas como para controlarla.

«De acuerdo», asintió.

«Jeanne, Marie y Elizabeth irán al sur en busca de Georgios.

El resto…» Miró a los que quedaban: Mash, Tamamo, Nero, Kiyohime, y Mozart (que no había dicho nada pero levantó una mano con resignación cuando Issei lo miró).

«…iremos al norte, a investigar ese rumor.» Jeanne se acercó a Issei y, para sorpresa de todos (incluido él mismo), le colocó una mano en el hombro.

«Cuídate, Maestro Issei.

Y confía en nosotros.

Traeremos a Georgios.

Te lo prometo.» Issei sintió un nudo en la garganta.

«Yo…

igualmente.

Tened cuidado.

Si encontráis problemas, comunicadlo inmediatamente.

Romani y Da Vinci estarán pendientes.» Los hologramas de Chaldea, que habían estado observando en silencio, asintieron.

«Mantendremos los canales abiertos», confirmó Romani.

«Cualquier problema, avisad.» El momento de la separación fue agridulce.

Marie, con una sonrisa que esta vez no tenía rastro de venganza, le dedicó un gesto de despedida a Issei.

«No te preocupes, pervertido.

Te devolveremos a tu santa sana y salva.

Y si te portas bien, tal vez deje de mirarte con desprecio.» «Eso…

eso sería genial, Marie», dijo Issei, sin saber muy bien cómo responder.

Elizabeth, por su parte, le lanzó un beso exagerado.

«¡Cuida de mi manager, chicas!

¡Y no lo dejéis morir, que todavía tengo que debutar!» Kiyohime, al ver eso, apretó los dientes y sus manos comenzaron a brillar.

Tamamo la sujetó por el brazo.

«Tranquila, lagartija.

Se está despidiendo.

No es una declaración de amor.» «Para mí lo es», gruñó Kiyohime, pero se contuvo.

Jeanne, Marie y Elizabeth se adentraron en el bosque que llevaba hacia el sur, sus siluetas desapareciendo entre los árboles.

Issei las observó hasta que no pudo verlas más, un peso extraño en el pecho.

«Volverán, Sempai», dijo Mash, su voz suave y tranquilizadora.

«Son fuertes.

Y Jeanne…

ella necesita hacer esto.» Issei asintió.

«Lo sé.

Vamos.

Tenemos nuestro propio camino.» El grupo reducido —Issei, Mash, Tamamo, Nero, Kiyohime y Mozart— se dirigió hacia el norte, siguiendo las indicaciones de la anciana.

El camino era accidentado, un sendero de cabras que serpenteaba entre colinas cubiertas de brezo y rocas.

El cielo anillado seguía siendo su compañero, un ojo gigante que parecía observarlos desde arriba.

La dinámica del grupo, curiosamente, mejoró sin Jeanne, Marie y Elizabeth.

No es que Issei quisiera admitirlo, pero la ausencia de la santa (que siempre intentaba mediar) y de la reina (que avivaba el fuego con sus comentarios) redujo la tensión general.

Kiyohime, aunque seguía lanzando miradas asesinas a Tamamo y Nero, no tenía un blanco constante para sus celos, ya que Issei caminaba al frente con Mash, concentrado en el camino.

Mozart, por su parte, amenizaba la marcha con sus melodías, algunas alegres, otras melancólicas, todas impecablemente ejecutadas.

«La música alivia el alma del guerrero», declaró en un momento.

«Y también ayuda a mantener a raya a los wyverns.

No soportan mis arpegios.» «¿Eso funciona?», preguntó Issei, sorprendido.

«Por supuesto que no», rió Mozart.

«Pero suena bien, ¿verdad?» Tamamo, caminando a la izquierda de Issei, aprovechó un momento en que Kiyohime se distrajo con un pájaro para acercarse y susurrarle al oído: «Goshujin-sama, ahora que estamos más solos…

¿no te gustaría pasar más tiempo con tu esposa?» Issei sintió un escalofrío, pero no del todo desagradable.

«Tamamo…

estamos en medio de una misión.» «Las misiones también tienen pausas», insistió ella, su cola rozando suavemente su brazo.

Antes de que pudiera responder, Kiyohime apareció a su derecha como surgida de la nada.

«¿De qué hablabais?», preguntó, sus ojos entrecerrados.

«De estrategia», respondió Issei rápidamente.

«Solo de estrategia.» Kiyohime lo miró fijamente, buscando una mentira.

Al no encontrar ninguna (Issei, técnicamente, no había mentido), asintió y se retiró, aunque sus ojos no dejaban de vigilar a Tamamo.

Nero, que observaba la escena desde atrás, soltó una carcajada.

«Umu!

¡Qué divertido es ver a mi emperador acorralado!

¡Es como un gladiador en la arena, pero con leonas en lugar de leones!» «No ayudas, Nero», murmuró Issei.

«¡No pretendo ayudar!

¡Pretendo entretenerme!» Mash, la única sensata, suspiró y se limitó a caminar al lado de Issei, su presencia silenciosa un bálsamo en medio del caos.

El viaje hacia el norte tomó más de lo esperado.

El sol comenzó a descender, tiñendo el cielo anillado de tonos naranjas y púrpuras.

Acamparon en una cueva que Mozart encontró, un refugio seguro contra los wyverns que, según Tamamo, abundaban en la zona.

Mientras preparaban la cena (raciones de Chaldea mejoradas con la magia de Tamamo), Issei no podía dejar de pensar en Jeanne y las otras.

Habían pasado varias horas desde la separación.

¿Habrían llegado ya a su destino?

¿Habrían encontrado a Georgios?

Como respondiendo a sus pensamientos, el comunicador de Mash parpadeó.

La voz de Romani, clara pero con algo de estática, surgió.

«¿Issei?

¿Me recibes?

Tenemos noticias de Jeanne.

Llegaron al pueblo donde se suponía que estaba Georgios, pero…» El corazón de Issei dio un vuelco.

«¿Pero qué?» «No está allí.

Los aldeanos dicen que partió hace dos días.

Pero hay algo más…

Jeanne dijo que sintió una presencia.

Algo…

familiar.

Cree que la Bruja Dragón sabe que estamos divididos.

Que tal vez…» La comunicación se cortó abruptamente.

Estática.

«¿Romani?

¿Romani!», gritó Issei.

Nada.

Tamamo frunció el ceño.

«Interferencia mágica.

Alguien está bloqueando la señal.

Y solo hay alguien con suficiente poder para hacerlo en esta Singularidad.» «La Bruja», susurró Mash.

Issei sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Jeanne, Marie y Elizabeth estaban solas, al sur, y la Bruja sabía que estaban allí.

Y él estaba aquí, al norte, a horas de distancia.

«Tenemos que volver.

Tenemos que ir a ayudarlas», dijo, levantándose.

«¿Y el otro posible aliado?», preguntó Mozart, con inusual seriedad.

«Si vamos ahora, perdemos esta oportunidad.

Y si la Bruja nos tiende una trampa, puede que sea exactamente lo que quiere: que corramos en círculos mientras ella nos caza uno por uno.» Issei dudó.

Su instinto le decía que corriera, que protegiera a las suyas.

Pero su razón, y la voz de Olga en su oído, le decían lo contrario.

«Hyoudou.

Piensa.

Si vas ahora, llegarás agotado, sin haber cumplido tu misión, y puede que sea demasiado tarde.

Si encuentras a este aliado rápido, si consigues que se una, entonces podrás ir al sur con refuerzos.

Es una apuesta.

Pero es la única jugada que tiene sentido.» Issei apretó los puños.

Las uñas se clavaron en sus palmas.

Odio esta sensación.

Odio tener que elegir.

«Seguimos adelante», dijo finalmente, su voz rota.

«Pero en cuanto tengamos al aliado, sea quien sea, nos dirigimos al sur a máxima velocidad.

¿Entendido?» Todos asintieron.

No había otra opción.

La noche cayó sobre ellos, pesada y llena de presagios.

En el sur, Jeanne, Marie y Elizabeth caminaban hacia lo desconocido, sin saber que el destino les tenía preparada una prueba que cambiaría todo.

La batalla final se acercaba, y ellos, sin saberlo, estaban a punto de perder a una de las suyas.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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