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Fate/Issei Order - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Capitulo 2 Singularidad F
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3: Capitulo 2: Singularidad F 3: Capitulo 2: Singularidad F La conciencia regresó a Issei Hyoudou como una marea fría y dolorosa.

Un jadeo áspero le rasgó la garganta al inhalar por primera vez el aire de Fuyuki: caliente, espeso con el olor a humo de madera quemada, plástico fundido y algo más… una dulzura metálica y enfermiza que reconocía vagamente como sangre seca.

El suelo bajo su espalda era duro, irregular, cubierto de gravilla y polvo.

Abrió los ojos.

El cielo era una pesadilla.

No era el cielo azul que había prometido a Mash, ni siquiera la simulación estrellada de Chaldea.

Este era un lienzo de tonalidades enfermizas: naranja opaco por los incontables incendios que crepitaban en la distancia, manchado de negros borrones de humo y atravesado por vetas de un rojo profundo, como venas en un ojo inyectado en sangre.

No había sol, solo esa iluminación fantasmagórica y constante.

“Mash…”, la palabra salió de sus labios agrietados antes de que su mente pudiera ordenar sus pensamientos.

El recuerdo lo golpeó con la fuerza de un martillo: la Sala de Comando destruida, ella atrapada bajo la losa, el guantelete rojo, la luz azul arrebatándolos… Se incorporó de un salto, una oleada de náuseas y mareo haciéndole dar tumbos.

“¡Mash!” Su mirada barrió el área con frenesí.

Estaba en lo que parecía el arcén de una carretera rural, bordeada por postes de teléfono inclinados y setos consumidos por el fuego.

A unos metros, el cartel medio carbonizado: “Bienvenidos a Fuyuki”.

Pero no había rastro de la chica de cabello lila.

Solo la desolación y el silencio, roto por el lejano crepitar de las llamas y el gemido del viento caliente a través de las ruinas.

Un pánico frío, más paralizante que cualquier explosión en Chaldea, comenzó a cerrarle el pecho.

¿La había perdido?

¿Había fallado el rayshift?

¿Estaba ella… en otro lugar, herida, sola?

Se miró las manos, buscando algo, cualquier señal.

Y entonces lo vio.

En el dorso de su mano derecha, donde antes solo había tenido la tenue sensación residual del calor del guantelete, ahora había un diseño vívido y claro.

No era un tatuaje.

Parecía grabado con tinta de un rojo intenso, casi vivo, en tres partes distintas pero interconectadas.

Al observarlo, la forma general era inconfundible: era un dragón.

Las tres “plumas” o “sellos” principales formaban la silueta de una bestia alada enroscada, protectora pero poderosa, con el círculo central, ahora de un verde brillante como una esmeralda, haciendo las veces de ojo o de un núcleo de poder.

Los Command Spells.

Los sellos que ataban a un Maste con su Servant.

Había visto diagramas de ellos en los aburridos manuales de Chaldea.

Eran la prueba, el contrato, el símbolo de autoridad.

“¿Esto… esto quiere decir…?”, murmuró, su confusión dando paso a una chispa de esperanza.

Si tenía los Command Spells, y Mash se había convertido en… en algo más antes del rayshift, quizás… Un sonido lo arrancó de sus pensamientos.

No era el fuego.

Era un traqueteo seco, metódico, como huesos chocando entre sí.

Provenía de unos arbustos quemados a su izquierda.

Issei se giró, su cuerpo aún dolorido adoptando una posición defensiva torpe.

De entre las sombras y la ceniza, surgieron fragmentos blancos y sucios.

Costillas, fémures, cráneos.

No eran restos esparcidos; se movían, arrastrándose unos hacia otros como atraídos por un magnetismo macabro.

Con un ruido que le erizó el vello de la nuca, los huesos se ensamblaron, encajando con precisión espeluznante.

En cuestión de segundos, donde antes había osamenta dispersa, ahora se erguía un esqueleto completo, vacío, las cuencas oculares oscuras mirando hacia la nada.

En su mano ósea, un sable oxidado y mellado materializó de una neblina negruzca.

Issei contuvo la respiración.

Esto no estaba en ningún manual.

No era magia teórica, ni un ejercicio de Gandr contra un objetivo de práctica.

Era la muerte, animada, y venía directamente hacia él con pasos vacilantes pero decididos.

Todas las lecciones, todo el entrenamiento, se esfumaron.

El instinto más básico, el de la bestia acorralada, tomó el control.

Issei giró sobre sus talones y corrió.

No pensó en dirección, solo en alejarse.

Sus pies golpeaban la tierra polvorienta, el calor sofocante llenando sus pulmones.

Pero a donde fuera, el traqueteo lo seguía, o peor, le salía al paso.

De una cuneta, otro conjunto de huesos se levantó.

De los restos de una casa carbonizada, tres esqueletos emergieron blandiendo herramientas oxidadas.

No corrían, pero su marcha implacable y su número creciente fueron acorralándolo, dirigiéndolo sin querer hacia las calles más densas de la ciudad en llamas.

Fuyuki, o lo que quedaba de ella, era un paisaje de pesadilla.

Edificios derrumbados, coches volcados y chamuscados, faroles doblados como juncos.

El pavimento estaba agrietado, y en algunas calles, grietas oscuras emanaban un vapor pútrido.

Los esqueletos eran parte del mobiliario, surgiendo de callejones, de ventanas rotas, como una plaga infinita.

Issei esquivó, tropezó, rodó para evitar golpes torpes pero letales.

Usó su Reforzamiento en las piernas para ganar distancia, pero el agotamiento y el miedo puro comenzaban a ganarle la partida.

Finalmente, tropezó y cayó de espaldas en lo que había sido una plaza pequeña.

Rodeado.

Por todos lados, el traqueteo siniestro se cerraba.

Una docena, quizás más, de esqueletos con armas variopintas formaban un círculo a su alrededor, sus cuencas vacías fijas en él.

Issei jadeaba, escudriñando desesperadamente una salida.

No la había.

Su mano derecha se cerró en un puño, y el tatuaje del dragón pulsó con un calor tenue, pero él no sabía cómo invocar ese poder a voluntad.

Solo había respondido al deseo desesperado de salvar a Mash.

Esto es todo, pensó, un extraño momento de calma descendiendo sobre él.

Me desaparecen de mi cuarto, me tiran a un infierno, y me matan unos malditos huesos.

Ni siquiera pude ver el cielo azul con Mash.

Qué vida más estúpida… Levantó la vista al cielo naranja, como buscando una última respuesta.

Y la respuesta cayó.

No del cielo exactamente, sino de lo alto de un edificio derruido cercano.

Una figura se lanzó al vacío, una silueta contra el fulgor de los incendios.

Cayó con un impacto que hizo temblar el suelo, no con un golpe seco, sino con un retumbo metálico y firme, levantando una nube de polvo y ceniza entre Issei y los esqueletos más cercanos.

Cuando el polvo se asentó, Issei vio.

Era Mash.

Pero no la Mash que conocía.

Su ropa casual, su uniforme de Chaldea, habían desaparecido.

En su lugar, llevaba una armadura.

No era una armadura completa de placas, sino una combinación de tela resistente de color púrpura y gris, y placas de metal blanquecino, ornamentadas con líneas doradas, que protegían sus hombros, brazos, pecho y muslos.

En sus manos, sostenía un escudo.

No era un escudo pequeño, era enorme, rectangular, casi tan alto como ella, con un borde dorado y un diseño intrincado en el centro que parecía un patrón geométrico o una rosa estilizada.

Era un objeto de leyenda, de un peso que debería ser imposible de manejar, y sin embargo, ella lo sostenía con una soltura natural, como una extensión de su propio brazo.

Su cabello, aún lila, parecía más brillante.

Sus ojos, ahora visibles sin las gafas (que habían desaparecido), tenían el mismo color ámbar, pero en ellos ardía una determinación nueva, una chispa de poder que no estaba allí antes.

Su expresión, sin embargo, conservaba parte de su seriedad característica, aunque templada por una nueva confianza.

“Sempai”, dijo su voz, firme y clara, cortando el traqueteo de los esqueletos.

“Por favor, mantén la calma.

Yo me encargaré de esto.” Issei solo pudo balbucear, “M-Mash… tu… tu ropa…” Ella no respondió.

En lugar de eso, giró sobre sus talones, y con un movimiento fluido y poderoso que no cuadraba con su figura menuda, blandió el escudo.

No fue un bloqueo defensivo; fue un ataque.

El borde dorado del escudo impactó contra tres esqueletos que se acercaban, reduciéndolos a astillas de hueso voladoras con un estruendo satisfactorio.

Era pura fuerza bruta canalizada a través de un objeto defensivo, transformándolo en un arma de destrucción masiva.

Mash se movió.

No con la velocidad sobrenatural de algunos relatos de héroes, pero con una eficiencia devastadora.

Cada golpe del escudo era calculado, económico, destrozando pelvis, espinas dorsales, cráneos.

Los esqueletos, que para Issei habían sido una amenaza aterradora, ante ella parecían juguetes de cristal.

Giró, bloqueó un golpe de espada con el centro de su escudo (el metal apenas resonó), y contragolpeó con el mismo impulso, barriendo las piernas de dos atacantes y aplastándolos después.

Issei la miraba, atónito, el miedo reemplazado por un asombro absoluto.

Ella… es increíble.

Pero en su asombro, y en la confianza absoluta que Mash proyectaba, él cometió un error.

Se relajó.

Y un esqueleto que había estado al borde del círculo, pasando desapercibido entre las sombras de un edificio derruido, aprovechó la apertura.

Mash estaba de espaldas a él, ocupada destrozando a otro grupo.

El esqueleto alzó una lanza oxidada y se abalanzó, su punta dirigida directamente a la espalda desprotegida de Mash, donde la armadura daba paso a la tela.

“¡MASH, DETRÁS!”, gritó Issei, su voz un chillido de puro terror.

Mash empezó a girar, pero era demasiado lenta.

La lanza estaba ya a medio metro de su espalda.

En ese instante, el tiempo pareció dilatarse para Issei.

No vio a la Mash guerrera, la Demi-Servant.

Vio a la Mash que le explicaba magia con paciencia, a la que acompañaba en silencio por los pasillos de Chaldea, a la que había prometido ver el cielo azul.

La que tenía frío y le pidió que no soltara su mano.

No.

No otra vez.

El calor estalló en su pecho antes de que pudiera formular el pensamiento.

Fue una reacción visceral, un rugido sordo de su propia alma.

El dolor-agradable del grabado se repitió, y el diseño del dragón en su mano ardió con una luz roja cegadora.

El guantelete de energía escamosa, el Boosted Gear, materializó alrededor de su antebrazo y mano derechos con un sonido como de cristal resonante.

La voz mecánica, más clara esta vez, retumbó en su cráneo: [BOOST].

La oleada de poder no fue tan abrumadora como la primera vez, pero fue más controlada, más suya.

Sintió la fuerza multiplicándose, fluyendo hacia sus piernas.

No pensó en técnica.

Solo actuó.

Con un grito que era mitad gruñido, mitad desafío, Issei se impulsó.

No corrió; se disparó desde su posición, dejando una pequeña nube de polvo a sus espaldas.

Cruzó la distancia que lo separaba del esqueleto atacante en menos de un segundo.

Su puño derecho, envuelto en la energía roja del guantelete, se cerró y se lanzó hacia adelante en un golpe recto, torpe pero cargado de fuerza bruta.

El puño impactó no en la lanza, sino directamente en el esternón del esqueleto.

No hubo un crujido de huesos; hubo una explosión.

El esqueleto entero se desintegró en una lluvia de polvo blanco y fragmentos diminutos, la lanza cayendo al suelo con un sonido metálico inútil.

El ímpetu del golpe fue tan fuerte que Issei siguió la trayectoria, dando varios pasos tambaleantes antes de recuperar el equilibrio, jadeando, el guantelete destellando y desvaneciéndose de nuevo, dejando su mano humeante y el tatuaje pulsando.

Mash, que se había girado completamente ahora, lo miró con ojos muy abiertos.

Había visto el poder rojo en Chaldea, pero verlo en acción, usado para protegerla de manera tan instintiva y violenta, fue otra cosa.

En sus ojos ámbar brilló algo nuevo: gratitud, y un profundo respeto.

“Sempai…”, comenzó a decir, pero no hubo tiempo para más.

Los esqueletos restantes, sin mente pero con una programación básica de ataque, cargaron.

Mash e Issei intercambiaron una mirada.

No hubo palabras, pero un entendimiento pasó entre ellos.

Mash asintió levemente, una esquina de su boca casi, casi, se curvó en lo que podría haber sido el principio de una sonrisa.

El combate que siguió fue caótico, torpe, pero efectivo.

Mash era el muro, el punto focal.

Su escudo era un bastión indestructible, atrayendo la atención y los golpes.

Issei, con su Boosted Gear activándose en ráfagas cortas y agotadoras cada vez que un esqueleto se le acercaba por un flanco o amenazaba con pasar a Mash, era el martillo errante.

No era elegante.

Golpeaba, pateaba, a veces simplemente embestía con el hombro potenciado.

Aprendió rápido a no mantener el guantelete activo; el drenaje de energía, de algo que no era exactamente mana, era inmenso, y tras cada uso sentía como si le extrajeran un litro de sangre.

Pero funcionaba.

Él cubría sus puntos ciegos, ella aniquilaba la masa principal.

Fue un baile de destrucción entre dos novatos, uno empuñando un poder legendario que apenas entendía, y el otro cargando con el peso de un héroe que aún no conocía por completo.

Pero había sincronía.

Confianza.

Cuando el último esqueleto se deshizo en polvo bajo el golpe final del escudo de Mash, la plaza quedó en silencio, solo con el sonido de su respiración entrecortada, principalmente la de Issei.

Él cayó de rodillas, luego se desplomó sentado en el suelo, sudor chorreando por su rostro, temblando de agotamiento.

Su mano derecha latía con dolor.

Mash permaneció de pie, respirando apenas más fuerte de lo normal, su escudo plantado en el suelo junto a ella.

Lo miró, y luego escudriñó los alrededores, alerta.

“Parece… que el área está despejada, por ahora, Sempai”, anunció.

Issei solo pudo asentir, jadeando.

Después de un minuto, logró articular palabras.

“Mash… ¿qué… qué te pasó?

Esa armadura… el escudo… ¿Cómo…?” Mash se volvió hacia él completamente.

Bajó su escudo, sosteniéndolo de manera menos combativa.

“Durante el rayshift, mientras estábamos inconscientes, ocurrió una… fusión”, explicó, su tono regresando a ese modo ligeramente clínico que le era familiar, pero con una nueva cadencia, como si las palabras del héroe dentro de ella influyeran en su vocabulario.

“Un Espíritu Heroico, un alma de un héroe legendario, se acercó a mi conciencia.

Me ofreció un contrato, su poder, para cumplir con la misión de salvar la humanidad.

Acepté.

Esta forma es el resultado.

Soy una Demi-Servant, una fusión entre mi ser humano y ese Espíritu Heroico.

Él presta su poder, y yo… yo soy el ancla en este lado.” Issei la escuchaba, tratando de procesarlo.

Un héroe legendario… dentro de Mash.

Era alucinante.

Pero la veía ahí, fuerte, segura, viva.

Un alivio tan profundo lo inundó que antes de que pudiera pensarlo dos veces, se levantó con dificultad, cerró la distancia entre ellos y la abrazó.

Fue un abrazo torpe, incómodo, cargado del sudor y el polvo de la batalla.

Issei enterró su rostro en su hombro, sintiendo el frío metal de la armadura en su mejilla y la cálida tela debajo.

“Estoy… tan contento de que estés bien”, murmuró, su voz ronca por la emoción.

Mash se puso rígida como una tabla.

Su amplia experiencia en interacciones sociales no incluía protocolos para abrazos espontáneos, especialmente de su Sempai pervertido.

Sus brazos colgaban a los lados, sujeta aún al escudo con una mano.

“S-Sempai… esto es… un contacto físico innecesario en un entorno de combate potencialmente hostil…”, farfulló, pero su voz carecía de su firmeza habitual.

Un tinte rosado se extendió por sus orejas.

Lentamente, titubeante, su brazo libre se levantó y dio unas palmadas muy torpes en la espalda de Issei.

“Pero… agradezco… tu preocupación.” Issei se separó, un poco avergonzado él también, pero con una sonrisa amplia y genuina en el rostro.

“¡Es que me asustaste!

Pensé que te había perdido.

Pero mira tú, ¡ahora eres toda una superheroína!” Mash bajó la mirada, ajustando su agarre en el escudo.

“No es… para tanto.

Solo estoy cumpliendo mi propósito designado.” Hizo una pausa.

“Tu poder, Sempai… ese guantelete rojo.

Es el mismo que usaste en Chaldea.” “Ah, eso…”, Issei miró su mano.

“No sé muy bien qué es.

Solo pasa cuando… cuando estoy desesperado por proteger algo.

O a alguien.” Sus ojos se encontraron con los de ella, y ambos entendieron el significado no dicho.

Después de que Issei recuperara algo el aliento, Mash propuso explorar.

“Necesitamos entender la naturaleza de esta Singularidad y encontrar su núcleo.

Eso es lo que debemos corregir.” Caminaron por las calles devastadas de Fuyuki, Mash adelantándose un paso, su escudo listo, sus sentidos de Demi-Servant alerta a cualquier amenaza.

Issei iba a su lado, aún dolorido pero con una nueva determinación.

Destruyeron pequeños grupos de esqueletos que encontraban; ahora Issei usaba su Reforzamiento para potenciar golpes normales o para esquivar, reservando el Boosted Gear solo para emergencias.

Mientras caminaban, Mash intentó explicar.

“Esta es la Singularidad F, identificada en Fuyuki, Japón, año 2004.

Una Singularidad es una distorsión en el tejido del tiempo humano, un punto donde la historia ha sido alterada de manera catastrófica, creando una realidad independiente y aberrante que amenaza con corroer la historia correcta.” Issei frunció el ceño, tratando de seguirle el ritmo.

“O sea… esto no es el pasado real.

Es como… una versión equivocada del pasado.” “Sí, Sempai.

Una versión donde algo ocurrió que no debería haber ocurrido, y ese error ha creado esta… realidad de bolsillo llena de anomalías, como esos esqueletos.

Nuestra misión es localizar la causa de la distorsión, el ‘núcleo’ de la Singularidad, y eliminarlo.

Eso restaurará esta línea temporal a su estado correcto… o al menos, la borrará como una anomalía, permitiendo que la historia humana fluya de nuevo.” “Suena… complicado.” “Lo es.” “Y nosotros tenemos que arreglarlo…¿solo nosotros dos?” “Por el momento,parece que sí.

Los sistemas de Chaldea están dañados.

Somos los únicos operativos en campo.” Issei se detuvo, mirando el infierno a su alrededor.

“¿Y los… Espíritus Heroicos de los que hablas?

¿Los que son como el que está contigo?” “Es probable que otros hayan sido convocados a esta Singularidad,ya sea por la distorsión misma o por algún factor externo.

Pueden ser aliados… o enemigos.

Depende de su naturaleza y de los deseos de sus Amos, si los tienen.” Una chispa se encendió en los ojos de Issei.

La chispa que nunca se apagaba del todo.

“¿Espíritus Heroicos…?

O sea, ¿héroes y heroínas de leyendas?

¿De todas las épocas y culturas?” “Sí, Sempai.” “Y…¿entre ellos… hay…?” Issei hizo un gesto con las manos frente a su pecho, un gesto universal y elocuente.

Sus ojos brillaron con una esperanza renovada, pero de un tipo muy distinto al de sobrevivir.

“¿Mujeres… con… atributos… legendarios?” Mash lo miró.

Parpadeó.

Su cerebro procesó la pregunta, la cruzó con su banco de datos históricos y mitológicos.

“Es… estadísticamente probable, Sempai.

Muchas diosas, reinas y guerreras de leyenda son descritas con… características físicas notables.” La sonrisa que se extendió por el rostro de Issei fue de puro éxtasis.

El cansancio, el miedo, la desolación… todo pareció desvanecerse ante esa revelación.

“¡¿EN SERIO?!

¡Oh, cielos!

¡Entonces hay una posibilidad!

¡Aquí, en medio de este infierno, puede haber… senos divinos!

¡Senos heroicos!

¡Senos que han forjado la historia!” “Sempai, tu frecuencia cardíaca y tu entusiasmo parecen desproporcionados respecto al contexto estratégico de la información”, observó Mash, aunque su tono era más de curiosidad que de reproche.

Ya estaba acostumbrada a estas desviaciones.

“¡Es el contexto más importante, Mash!

¡Es la luz en la oscuridad!

¡La recompensa tras la batalla!

El sueño de todo… bueno, mi sueño.” Se puso serio de repente, o tan serio como podía ponerse.

“Pero primero, tenemos que sobrevivir.

Y arreglar esto.

Para que esas heroínas… existan.

O algo así.” Mash asintió, decidida a no profundizar en la lógica (o falta de ella) de su Sempai.

Estaban a punto de reanudar la marcha cuando un sonido diferente cortó el aire.

No era traqueteo de huesos ni crepitar de fuego.

Era un grito.

Agudo, femenino, lleno de pánico y furia.

Y era inconfundible.

“¡¿QUÉ CLASE DE LUGAR ES ESTE?!

¡¿QUÉ SON ESTOS MONTONES DE HUESOS INSISTENTES?!” Issei y Mash se miraron.

“La Directora”, dijeron al unísono.

Corrieron en dirección al grito, doblando la esquina de una calle llena de escombros.

La escena que encontraron era, en cierto modo, cómica, si no fuera tan peligrosa.

Olga Marie Animusphere, con su traje blanco y azul ahora manchado de hollín y desgarrado en un faldón, estaba acorralada contra la pared derruida de una tienda.

Un círculo de una docena de esqueletos se cerraba lentamente a su alrededor.

Olga blandía un trozo de tubería metálica que había arrancado de alguna parte, golpeando a los esqueletos con movimientos salvajes y poco efectivos.

“¡Aléjense!

¡Soy la Directora de Chaldea!

¡No son más que anomalías mágicas de baja categoría!

¡Fuera!” Un esqueleto se lanzó hacia ella.

Olga gritó y descargó la tubería contra su cráneo, que se astilló, pero el esqueleto, apenas afectado, agarró la tubería y tiró de ella, haciendo que Olga perdiera el equilibrio.

“¡Intervención, Mash!”, ordenó Issei, ya en movimiento.

“¡Entendido!” Mash fue un proyectil púrpura.

Saltó por encima de Issei, su escudo en alto, y cayó como un meteorito entre Olga y los esqueletos más cercanos.

El impacto del escudo contra el suelo creó una onda de choque que derribó a tres esqueletos.

Ella se levantó y comenzó su danza destructiva, barriendo huesos a izquierda y derecha.

Issei, mientras tanto, se dirigió a los flancos.

Sin el Boosted Gear, pero con su cuerpo reforzado y la adrenalía fluyendo, se abalanzó sobre un esqueleto que intentaba acercarse a Mash por la espalda.

Lo derribó con un placaje bajo y, una vez en el suelo, le aplastó el cráneo con una piedra grande.

Giró, vio otro, y lo embistió con el hombro, lanzándolo contra una pared donde se desarmó.

Era bruto, poco técnico, pero efectivo.

Mash, consciente de sus movimientos, ajustaba su ángulo para cubrirlo, creando un perímetro de seguridad.

En menos de un minuto, los esqueletos yacían destruidos.

Olga Marie, jadeando, se apoyó contra la pared, su rostro pálido y sucio, su pelo plateado despeinado.

Sus ojos, lila, pasaron de Mash, impresionante en su armadura, a Issei, que se limpiaba el polvo de las manos, y luego de nuevo a Mash.

La procesión dentro de su cabeza fue clara: alivio, luego confusión, luego asombro, y finalmente, al fijarse en Issei, una irritación profunda y familiar.

“Tú…”, dijo, su voz temblorosa pero recuperando su filo autoritario.

“Hyoudou.

Por supuesto.

No podía ser Wodime.

No, tenía que ser… el pervertido de turno.” Suspiró, un sonido cargado de todo el estrés del universo.

Luego se enderezó, tratando de recuperar algo de dignidad.

“Informe.

Situación.

Ahora.” Mash se cuadró militarmente.

“Directora Animusphere.

Soy Mash Kyrielight.

He entrado en estado de Demi-Servant tras fusionarme con un Espíritu Heroico no identificado durante el rayshift de emergencia.

Issei Hyoudou Sempai posee los Command Spells y actúa como mi Maste provisional.

La Singularidad F, Fuyuki 2004, está confirmada.

La población humana parece ausente, reemplazada por entidades esqueléticas hostiles.

No hemos establecido contacto con Chaldea.” Olga escuchó, su rostro un torbellino de emociones.

Demi-Servant.

Hyoudou como Maste.

Era la combinación más absurda, más indignante posible.

Sus ojos se clavaron en Issei.

“¿Y tú?

¿Algo que añadir?

¿O solo estabas ahí, mirando como de costumbre?” Issei se puso nervioso bajo su mirada gélida.

“Eh… yo… ayudé a destruir esqueletos.

Y corrí mucho.” “Sí, te vi.

Golpeando cosas como un salvaje.” Olga cerró los ojos un momento, contando hasta diez mentalmente.

“Y lo de dormirte en mi briefing… lo de no prestar atención… lo de mirarme constantemente con esos ojos de… de…” Aquí, Issei, impulsado por una mezcla de nerviosismo y una sinceridad absolutamente tonta, interrumpió.

“¡Es que es inevitable, Directora!

¡Cuando una belleza con… con unos atributos tan divinos y un carácter tan fuerte está delante, mis ojos reaccionan por su cuenta!

¡Es un reflejo de admiración!” El silencio que siguió fue absoluto.

El crepitar de los fuegos pareció apagarse.

Mash parpadeó, procesando el ‘cumplido’.

Olga Marie se quedó boquiabierta.

Un rubor intenso, que nada tenía que ver con el calor de los incendios, subió desde su cuello hasta la raíz de su cabello.

Nadie, en toda su vida de aristócrata maga, tratada con temor o deferencia, le había dicho algo tan… tan crudo, tan sincero, tan estúpidamente atrevido.

Y provenía de él.

“¿Q-qué… qué insolencia…?”, balbuceó, pero la fuerza había abandonado su voz.

Volvió la cabeza hacia otro lado con un “¡Hmph!” sonoro, cruzando los brazos, lo que, irónicamente, acentuó aún más el atributo en cuestión, haciendo que Issei tuviera que hacer un esfuerzo sobrehumano para no mirar directamente.

La atmósfera estaba cargada de una tensión absurda.

Fue Mash quien, con la sincronización de un reloj, rompió el momento.

“Directora, recibo una señal de comunicación de baja frecuencia.

Es de Chaldea.” Un pequeño holograma parpadeó sobre el borde de su escudo, y la imagen inconfundible del Dr.

Romani Archaman, con su cabello naranja despeinado y una profunda preocupación en sus ojos, apareció.

“¡Olga!

¡Mash!

¡…y Issei!

¡Gracias a Dios!

¡Están vivos!” Su alivio era palpable.

“Romani”, dijo Olga, recuperando parte de su compostura al cambiar a un problema que podía entender.

“¿Qué pasó?

¿Por qué estás tú a cargo?

¿Dónde está el resto del personal de mando?” La cara de Romani se ensombreció.

“Olga… Chaldea fue atacada.

Una explosión de mana de origen desconocido, seguida de incursiones de… cosas.

La mayoría del personal está… muerto.

O herido de gravedad.

Los sistemas están al 30%.

Soy el oficial de mayor rango que queda operativo.” Olga palideció aún más.

“¿El… el Equipo A?

Wodime, Daybit… los candidatos…” Romani negó lentamente con la cabeza.

“Gravemente heridos.

En estado crítico.

Sus cápsulas de rayshift los protegieron parcialmente, pero las sobrecargas de energía… no sé si…” Olga sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

Su legado, los candidatos perfectos, la esperanza de la humanidad… “Tienes que estabilizarlos, Romani.

Usa la criogenización de emergencia en las cámaras médicas.

Todo el poder que necesites.

No pueden… no pueden morir.” Su voz temblaba.

La responsabilidad, el peso de todas esas vidas, la aplastaba.

“Ya lo estoy haciendo, Olga.

Pero toma tiempo, y recursos.

Por ahora… ustedes están solos allí.

Son los únicos que pueden actuar.” Olga asintió, tragando seco.

“Entendido.

Mantennos informados.” La comunicación se cortó.

El trío quedó en silencio otra vez, pero ahora la frivolidad había desaparecido.

La realidad era más cruda que nunca.

Estaban verdaderamente solos, en un infierno temporal, con todo el peso de la misión sobre sus hombros: los hombros de una aristócrata maga traumatizada, una chica experimental convertida en escudera novata, y un pervertido accidental con un puño dragón.

Olga miró a Issei, luego a Mash.

“Muy bien.

La situación es catastrófica.

Pero tenemos una misión.

Mash, eres nuestra principal unidad de combate.

Hyoudou…”, dudó, como si la palabra le quemara la lengua, “…tus Command Spells son legítimos.

Y ese poder extraño puede ser útil.

Coordinense.

Sobrevivan.

Encuentren el núcleo de esta Singularidad.” Era una orden, pero también una admisión resignada de su dependencia actual.

Mientras daba esas instrucciones, ninguno de los tres notó la presencia que los observaba desde las sombras más profundas de un edificio en ruinas al otro lado de la calle.

Desde una ventana rota en un segundo piso, un par de ojos, ocultos tras una visera púrpura metálica, los estudiaba con intensidad glacial.

El pelo largo y violeta de Medusa, en su forma de Lancer, se movía suavemente con el viento caliente.

Su lanza, ¡Hásta de la Muerte Inmortal!, descansaba junto a ella.

Había observado la pelea contra los esqueletos, la dinámica del grupo, la aparición de la comunicación holográfica.

Un leve suspiro, apenas audible, escapó de sus labios.

Sus órdenes eran claras: eliminar a cualquier intruso en la Singularidad, especialmente aquellos que parecieran tener conexión con la fuente de la distorsión o que pudieran interferir con el plan de su Amo.

Este trío, aunque pintoresco y aparentemente inexperto, había demostrado una capacidad de combate sorprendente y poseía una extraña conexión con la organización que había causado el rayshift.

Eran una variable.

Y las variables debían ser eliminadas.

Sus dedos, largos y pálidos, se cerraron alrededor del asta de su lanza.

No atacaría aún.

Los dejaría adentrarse un poco más, alejarse de cualquier posible ruta de escape hacia las afueras.

Los cazaría en un momento de distracción, cuando la maga arrogante estuviera ocupada dando órdenes, el chico con el puño extraño estuviera exhausto, y la pequeña escudera cargara con el peso de su nuevo papel.

Una caza silenciosa era, después de todo, su especialidad.

Y la presa ya estaba en movimiento, adentrándose sin saberlo en las fauces de la serpiente.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Tercer y ultimo episodio de este dia del maraton de esta semana, voten si les gusto y apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias, mañana se publicaran 2 episodios de esta historia.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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