Fate/Issei Order - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- Fate/Issei Order
- Capítulo 5 - 5 Capitulo 4 Una invocacion
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Capitulo 4: Una invocacion 5: Capitulo 4: Una invocacion El camino hacia la iglesia en las colinas fue una marcha tensa y silenciosa, interrumpida solo por las instrucciones ocasionales de Cú Chulainn y el constante traqueteo de esqueletos en la distancia.
El aire, cargado de ceniza y la energía corrupta de la Singularidad, pesaba sobre ellos.
Issei caminaba un poco por delante, sintiendo la mirada de Olga quemándole la nuca con la intensidad de un láser.
Cada vez que se arriesgaba a mirar atrás, encontraba sus ojos lilas clavados en él, cargados de una mezcla de furia residual, incredulidad y un profundo, profundo fastidio.
“No podía simplemente callarse, ¿verdad, Hyoudou?”, dijo ella en un momento, su voz un filo de hielo.
“¿‘Un homenaje a la forma femenina’?
¿En medio de una zona de combate catastrófica?
¿Con una Lancer Class que podría haberlos ensartado a los tres en un solo movimiento?” “¡Era una observación de campo!”, intentó defenderse Issei, encogiéndose un poco.
“¡Evaluación de las capacidades del enemigo!
¡Su… su agilidad y su armadura sugerían una formidable…!” “¡Cállate!”, lo cortó Olga, apretando los puños.
“Tu cerebro está podrido.
Podrido hasta la médula.
Es un milagro que los circuitos mágicos que tienes, por decentes que sean, no se hayan infectado con tu perversión.” Caster, caminando a la cabeza del grupo con una sonrisa burlona permanente, lanzó una mirada divertida por encima del hombro.
“Relájense, ustedes dos.
El chico tiene buen ojo, hay que admitirlo.
Esa Lancer tenía… una presencia imponente.
Pero, señorita Directora, tiene razón en que en el campo de batalla es mejor guardarse esos pensamientos para después.
A menos que quieras que te los arranquen de un lanzazo.” Mash, caminando entre ellos como un muro viviente de compostura púrpura, añadió: “La eficiencia en combate requiere concentración total, Sempai.
Las observaciones estéticas, aunque comprensibles dada la biología humana y tus inclinaciones previamente documentadas, deberían ser pospuestas para un análisis post-operatorio.” Issei suspiró, derrotado.
“Todos están en mi contra…” Finalmente, llegaron a las afueras de lo que había sido un barrio residencial más tranquilo, ahora reducido a esqueletos de casas y jardines carbonizados.
En lo alto de una colina, semi-oculta por una arboleda muerta y retorcida, se alzaba la iglesia.
No había escapado a la devastación – una de sus torres laterales se había derrumbado, y los vitrales eran agujeros negros – pero la estructura principal parecía sorprendentemente intacta.
Al acercarse, Issei sintió un hormigueo en la piel, como pasar a través de una cortina de agua invisible y cargada de electricidad estática.
“Barreras”, explicó Caster sin detenerse, haciendo un gesto con su bastón hacia lo que parecían marcas descoloridas en el suelo y en los postes de una valla derruida.
Runas nórdicas, apenas visibles, emitían un suave brillo azul al pasar.
“De detección, de disuasión, de confusión.
Nada que pueda detener a un Servant determinado, pero hará mucho ruido y les dará tiempo de sobra a los de dentro para prepararse.
O escapar, que también es una opción válida.” La puerta principal de la iglesia, de madera pesada reforzada con hierro, cedió con un chirrido quejumbroso cuando Caster la empujó.
El interior era un refugio de silencio relativo y sombras frescas.
Los bancos estaban cubiertos de polvo y algunos volcados, el altar estaba dañado, pero el techo aguantaba.
La luz que filtraban los vitrales rotos pintaba losas de colores enfermizos en el suelo de piedra.
Olía a viejo, a humedad y a incienso rancio, un contraste extrañamente reconfortante después del olor a quemado de la ciudad.
Olga se desplomó en uno de los bancos menos polvorientos, liberando un suspiro que parecía llevar el peso de las últimas horas.
Mash se puso en guardia cerca de la entrada, escaneando el exterior a través de la puerta abierta.
Issei se dejó caer en otro banco, frotándose los brazos donde el uso de su Código Místico y la tensión habían dejado una sensación de fatiga mágica.
“Bien”, dijo Olga después de unos minutos, enderezándose y adoptando de nuevo su aire de mando, aunque su rostro pálido y sucio la delataban.
“Tenemos un respiro.
Y un aliado con conocimiento local.” Miró a Caster.
“Aprecio la asistencia, Cú Chulainn.
Pero necesitamos evaluar nuestra posición con crudeza.
Mash es una Demi-Servant poderosa, pero novata.
Issei es un Maestro con potencial… crudo.” La palabra sonó como un insulto.
“Tú eres un Caster, una clase más orientada a la magia y el apoyo que al combate directo prolongado.
Y este lugar… esta Singularidad, huele a algo mucho más grande que hordas de no-muertos y un Lancer errante.” Caster se apoyó en su bastón, asintiendo lentamente.
“Tienes buen instinto, jefa.
Fuyuki es una herida purulenta.
Esa corrupción que sientes tiene una fuente.
Un núcleo.
Y alrededor de ese núcleo, hay más jugadores.
No todos son tan… directos como la chica púrpura.” “¿Más Servants?”, preguntó Issei, interesándose de repente.
“Al menos un par más con los que me he cruzado, y rumores de otros.
Algunos, como yo, probablemente estén atrapados o confundidos.
Otros… pueden ser parte del problema.
O pueden estar sirviendo a la fuerza que torció el Grial.” Caster hizo una pausa.
“Lo que quiero decir es que, incluso con mi ayuda, somos pocos.
Y débiles, en el gran esquema de las cosas.” Olga asintió, sus dedos tamborileando sobre la madera del banco.
“Eso es lo que temía.” Miró a Issei, luego a la mano donde brillaban los Command Spells.
“Hyoudou.
Tienes tres sellos.
Y solo un Servant.” Issei parpadeó.
“¿Eh?
Sí, Mash es mi Servant.
¿Qué…?” “Las reglas de una Guerra del Santo Grial ordinaria limitan a un Maestro a un solo Servant”, continuó Olga, su tono tomando un aire pedagógico y forzado, como si le costara admitir lo que iba a decir.
“Es una ley fundamental de la magecraft de invocación.
El sistema no está diseñado para soportar múltiples contratos.
La carga en los circuitos del Maestro, la interferencia espiritual… es teóricamente imposible y altamente peligroso.” En ese momento, el holograma de Romani parpadeó débilmente sobre el escudo de Mash.
“¡Olga, espera!
¡Lo que estás sugiriendo es una violación masiva de las leyes de la magecraft!
¡Y de las normas de seguridad de Chaldea!
¡Un Maestro con dos Servants… el estrés podría matarlo, o causar una retroalimentación espiritual que los destruya a todos!
¡Es una locura!” Olga cerró los ojos por un momento, apretando el puente de su nariz.
“Lo sé, Romani.
Lo sé perfectamente.
Pero mira a tu alrededor.
¿O mejor dicho, míranos a nosotros?” Su voz se quebró ligeramente.
“Chaldea está en ruinas.
El Equipo A está congelado, al borde de la muerte.
Estamos en el epicentro de una Singularidad que ha incinerado el futuro de la humanidad.
Tenemos a una Directora sin su organización, a un Maestro sustituto que hace tres meses veía pornografía en su habitación, y a una chica de diseño que acaba de convertirse en escudera.” Abrió los ojos, y en ellos ardía una determinación desesperada.
“¿Vas a hablarme de ‘leyes mágicas’ ahora, Romani?
¿De ‘protocolos seguros’?
Necesitamos poder de fuego.
Necesitamos cada ventaja que podamos robar, tomar o inventar.
Si hay una posibilidad, por remota que sea, de que Hyoudou pueda invocar y mantener a otro Servant… tenemos que intentarlo.” El silencio que siguió fue pesado.
Romani, en Chaldea, se quedó sin palabras, su rostro holográfico mostrando una lucha interna entre el médico que quería proteger y el técnico que sabía que Olga tenía razón, en su propia y desesperada manera.
Caster silbó suavemente.
“Audaz.
Estúpido, pero audaz.
Me gusta.” Mash miró a Issei con preocupación.
“Sempai… el riesgo para tu integridad espiritual sería significativo.” Issei observó las caras a su alrededor: la desesperación pragmática de Olga, la preocupación de Mash, la curiosidad macabra de Caster.
Sintió el peso de los Command Spells en su mano.
No era un héroe.
Era un pervertido al que le gustaban los videojuegos y los pechos grandes.
Pero también era el que había prometido a Mash ver el cielo azul.
El que había despertado un poder dragón para salvarla.
Y, aunque no lo admitiría en voz alta, la idea de invocar a otro héroe legendario, especialmente si había una posibilidad de que fuera una heroína… le hacía cosquillas en ese lugar de su cerebro donde residían sus sueños más preciados.
“Lo haré”, dijo, su voz más firme de lo que esperaba.
“Si puede ayudarnos a salir de esto, a arreglar este desastre y… y a encontrar una manera de volver a casa, lo intentaré.” Olga lo miró, sorprendida por la falta de quejas o bromas pervertidas.
Asintió, una sola vez.
“Bien.
Pero no podemos hacerlo a ciegas.
Necesitamos un catalizador, algo que enfoque y estabilice el ritual, dada la… naturaleza improvisada de todo esto.” Sus ojos se posaron en el escudo de Mash.
“Ese escudo.
Mash, dijiste que el Espíritu Heroico dentro de ti es de la leyenda artúrica, ¿correcto?” “Sí, Directora.
Es Sir Galahad.
El escudo es una representación de la Mesa Redonda.” “Perfecto.” Olga se levantó.
“La Mesa Redonda es un símbolo de camaradería, de aliados unidos bajo un ideal.
Un foco de convocatoria poderosísimo para cualquier espíritu heroico, especialmente aquellos de la misma mitología o de ideales compatibles.
Usaremos el escudo como catalizador.
Hyoudou, realizarás el ritual de invocación estándar que, supuestamente, deberías haber memorizado durante tu entrenamiento.” Issei palideció.
El ritual de invocación… había leído sobre él.
Era un cántico largo, complejo, lleno de frases en latín y conceptos thaumaturgical avanzados.
Lo había estudiado a regañadientes, aburrido hasta las lágrimas.
Los detalles se le escapaban como arena entre los dedos.
“Eh… el cántico…”, murmuró, sudando.
“¿No te lo sabes?”, preguntó Olga, su voz peligrosamente tranquila.
“¡Lo estudié!
Pero… eran muchas palabras raras… Fill, fill, fill, fill… algo de cinco veces… y luego algo sobre el espíritu y la plata y… uh…” Olga pareció a punto de sufrir un aneurisma.
“Dios mío.
Eres inútil.
Absolutamente in…” “¡Déjame intentarlo!”, interrumpió Issei, levantándose.
El miedo al fracaso y una extraña chispa de desafío lo impulsaban.
Caminó hacia el centro del pasillo de la iglesia, frente al altar dañado.
Mash, siguiendo una indicación de Olga, plantó su escudo en el suelo frente a él, el metal resonando suavemente.
Issei cerró los ojos, tratando de recordar.
Nada.
Solo un revoltijo de sílabas.
Respiró hondo.
Si las palabras mágicas precisas servían para enfocar la voluntad y el mana… ¿no bastaría con su voluntad?
Su deseo era claro: un aliado.
Alguien fuerte.
Alguien que ayudara a salvar a Mash, a sobrevivir, a arreglar esto.
Y, en lo más profundo de su corazón de hombre-dragón-pervertido, un deseo secundario, tan fuerte que casi lo ahogaba: que fuera una chica hermosa, voluptuosa, con unos pechos que hicieran llorar a los ángeles.
Abrió los ojos.
Los Command Spells en su mano ardieron con un calor repentino.
Olga, al verlo posicionarse, abrió la boca para dictarle el cántico correcto, pero Issei ya había comenzado.
Con una voz que temblaba ligeramente al principio, pero que ganó fuerza, habló no en latín, sino en japonés, desde el corazón: “¡Por mi nombre, que es Hyoudou Issei!” Olga se quedó boquiabierta.
“¿Qué…?” Un círculo de luz, no del azul tradicional de Chaldea, sino de un rojo intenso y dorado, comenzó a formarse en el suelo a sus pies, centrado en el escudo.
Las runas que aparecían no eran las clásicas; parecían más… orgánicas, dinámicas, como llamas congeladas o garras grabadas en la luz.
“¡Hago el llamado a través de este símbolo de camaradería, de esta mesa de héroes!” El aire en la iglesia comenzó a vibrar.
El polvo en los bancos se elevó.
Caster, que había estado observando con escepticismo divertido, enderezó la postura, sus ojos rojos abriéndose ligeramente.
“No puede ser…” “¡Invoque a quien sea, espíritu heroico, leyenda, alma poderosa…!” Issei alzó la mano con los Command Spells, que ahora brillaban como carbones al rojo vivo.
El vínculo con Mash se tensó, pero no se rompió; en cambio, pareció extenderse, buscando otro punto de anclaje a través del escudo.
“…que quiera pelear a mi lado ante esta crisis!
¡Que escuche mi deseo de sobrevivir, de proteger y de…!” Aquí, su entusiasmo y su deseo secundario, alimentado por meses de privación en Chaldea y la visión reciente de Medusa, lo traicionaron por completo.
Con un brillo de puro anhelo en los ojos, terminó su “cántico” con un grito sincero y potente: “¡…Y SI ES UNA CHICA DE PECHOS GRANDES, MEJOR!” El silencio que siguió fue absoluto y atronador.
Olga estaba petrificada, su rostro una máscara de horror absoluto.
“Tú… tú… idiota… imbecil… HAS ARRUINADO EL RITUAL, HAS OFENDIDO A TODA LA THAUMATURGIA…!” Pero el círculo en el suelo explotó en luz.
No se apagó.
Se volviío cegador.
Las “runas” rojas y doradas giraron violentamente, y el escudo de Mash resonó con un sonido grave y antiguo, como cien espadas chocando contra cien escudos.
El aire se llenó de un olor a flores de cerezo, a sake, y a algo salvaje y divino a la vez.
“¡No puede ser!”, chilló Romani desde el holograma, su voz distorsionada por la interferencia de la energía masiva.
“¡El sistema está reconociendo el ritual!
¡Pero los parámetros son… son absurdos!
¡Está canalizando una cantidad descomunal de mana, pero no del chico, de… de otra parte!
¡Del catalizador, del deseo mismo!” En Chaldea, en un laboratorio lateral que había escapado a la mayor parte de la destrucción, una figura observaba una pantalla con fascinación absoluta.
Era una mujer de belleza renacentista perfecta, con una sonrisa juguetona y unos ojos que brillaban con una inteligencia milenaria.
Un largo cabello dorado enrulado caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro hermoso y un cuerpo vestido con un atuendo azul y blanco que, efectivamente, presentaba un escote generoso y unas caderas bien formadas.
Da Vinci – o más precisamente, la encarnación del Genio Universal en un cuerpo femenino de su propio diseño – se rió, un sonido claro y musical.
“¡Oh, esto es maravilloso!
¡Empírico, caótico y completamente efectivo!
¡El chico no está invocando con fórmulas, está invocando con deseo puro!
¡Y qué deseo más… específico!
El catalizador de la Mesa Redonda está actuando como un amplificador, buscando en el Trono de los Héroes una respuesta que se alinee no con un héroe específico, sino con la intención más ferviente del Maestro: aliado, poder, y… ‘atributos estéticos prominentes’.
¡Es gloriosamente estúpido y brillante!” De vuelta en Fuyuki, en la iglesia, la luz comenzó a condensarse.
No en una forma humana genérica, sino en una silueta claramente femenina, curvilínea y grácil.
El olor a cerezo se intensificó.
Olga tenía la boca abierta, incapaz de articular sonido.
Mash observaba con asombro puro.
Caster ya no podía contenerlo.
Una risa profunda, ronca y llena de genuina diversión, estalló de sus labios.
“¡JAJAJAJA!
¡¡No puedo creerlo!!
¡El chico grita que quiere tetas y el Santo Grial, o lo que sea que esté escuchando, le dice ‘¡Toma, cabrón!’!
¡Esto es lo más divertido que he visto en diez años de este infierno!” La luz se desvaneció.
De pie en el centro del círculo, sobre el escudo de Mash, había una mujer.
Era exquisita.
Tenía el pelo largo y sedoso de un color rosa suave, recogido en elaborados adornos que recordaban flores.
De su cabeza surgían, de manera inconfundible y adorable, un par de orejas peludas de zorro, del mismo color rosa, que se movían ligeramente, atentas.
Por detrás, ondeando con suavidad, había nueve, nueve colas esponjosas del mismo tono.
Llevaba un kimono azul índigo, hermosamente decorado con motivos lunares y estelares, que estaba atado de una manera que, si bien era elegante, dejaba un generoso escote que mostraba una profunda y suave cleavance.
Los pechos que albergaba ese escote eran, efectiva e innegablemente, enormes.
Perfectamente formados, voluptuosos, el sueño hecho realidad de cualquier amante de los senos.
Su rostro era de una belleza etérea y astuta a la vez, con ojos dorados y almendrados que brillaban con una mezcla de curiosidad, diversión y una antigua sabiduría.
Issei la miró.
Sus ojos se desplazaron de las orejas de zorro, a la sonrisa juguetona, a las colas, y finalmente, se anclaron en el escote.
Su cerebro emitió un cortocircuito.
Todo su entrenamiento, todo el miedo, toda la tensión, se evaporaron en un instante, reemplazados por una oleada de puro y absoluto éxtasis.
Había funcionado.
HABÍA FUNCIONADO.
La mujer de zorro inclinó la cabeza, sus orejas se agacharon un poco.
Sus labios, pintados de un rojo suave, se curvaron en una sonrisa amplia y cariñosa.
“¿Konnichiwa, goshujin-sama?
¿Fuiste tú quien me llamó con ese… encantador y sincero deseo?” Su voz era melosa, musical, con un dejo de travesura que hacía que cada sílaba sonara como una caricia.
Olga encontró finalmente su voz.
Era un chillido agudo, cargado de histeria.
“¡¿TAMAMO NO MAE?!
¡¿LA DIVINIDAD ZORRO DE NUEVE COLAS?!
¡¿INVOCASTE A UNA DIVINIDAD CON UN CÁNTICO SOBRE PECHOS GRANDES?!” En Chaldea, Romani dejó caer la tableta que sostenía.
El sonido del plástico golpeando el suelo fue el único ruido en la sala de control silenciosa, excepto por la risa continua y deliciosada de Da Vinci que se filtraba por los altavoces.
Caster se agarraba el estómago, llorando de risa.
“¡Una divinidad!
¡¡Invoca a una diosa-zorro porque pidió tetas!!
¡Chico, eres mi héroe!
¡Nunca cambies!” Mash, siempre práctica, recuperó la compostura primero.
Se cuadró frente a la recién llegada.
“Servant identificada como… Tamamo-no-Mae.
Clase: Caster.
Eres… una aliada?” Tamamo-no-Mae (Caster) giró su sonrisa hacia Mash.
“Oh, una kouhai tan formal y linda.
Y con un olor… interesante.
Galahad, ¿verdad?
Qué compañía tan noble.” Luego, su atención volvió a Issei, que seguía en estado de shock, su mirada aún fija en su pecho.
Ella no pareció molestarse; al contrario, pareció halagada.
Dio un paso elegante fuera del círculo, sus colas ondeando, y se acercó a Issei.
“Mi nombre es Tamamo-no-Mae.
Pero para ti, goshujin-sama, puedes llamarme Tamamo.
O ‘esposa’, si prefieres.” Ante la mirada atónita de todos, extendió sus brazos y envolvió a Issei en un abrazo cálido, suave y extremadamente bien dotado, enterrando su rostro en su hombro.
“¡Finalmente te he encontrado!
Mi esposo, mi Maestro, la persona que me llamó con el deseo más puro y simple que he sentido en siglos.
¡No te preocupes por los detalles aburridos ahora!
Lo importante es que estoy aquí, para ti.” Issei sintió la suavidad y la calidez abrumadora contra su cuerpo, el perfume a cerezo, la sensación de las colas esponjosas rodeándolo suavemente.
Su nariz comenzó a palpitar de manera peligrosa.
“E-esposa…?
Pero… apenas nos conocemos…” Tamamo se separó solo lo suficiente para mirarlo a los ojos, su sonrisa era luminosa.
“Los detalles son para los aburridos, goshujin-sama.
El destino, el deseo, el vínculo que acaba de formarse… es más que suficiente.
Tú me deseaste, con todo tu corazón.
Y yo respondí.
Eso es un contrato, ¿no?
Y en mi libro, un contrato tan poderoso es prácticamente una propuesta de matrimonio.” Le guiñó un ojo.
“Además, prometiste apreciar mis… ‘atributos’.
Y soy una esposa que cumple sus promesas.” Olga hizo un sonido parecido a un globo desinflándose y se dejó caer en el banco, la cabeza entre las manos.
“Esto… esto no está pasando.
Es una pesadilla.
Una pesadilla pervertida, estúpida y mágicamente imposible.” Caster, recuperando el aliento, se secó una lágrima de risa.
“Bien, equipo.
Tenemos una divinidad en nuestras filas.
Una Caster, como yo, lo que significa el doble de magia y el doble de problemas.
Y una que está decidida a ser la esposa de nuestro Maestro pervertido.” Se dirigió a Tamamo.
“Encantado, zorra.
Soy Cú Chulainn.
También Caster.
Parece que vamos a tener que compartir el rol de artillero mágico.” Tamamo lo miró, su sonrisa nunca decayendo, pero sus ojos dorados evaluaron al héroe irlandés con rapidez.
“Cú Chulainn.
El Saber original, ¿no?
Qué giro interesante del destino.
Encantada.
Y no te preocupes, senpai.
Hay magia de sobra para todos.
Yo me especializo en bendiciones, maldiciones y… en mantener a mi goshujin-sama feliz y a salvo.” Le acarició el brazo a Issei, quien seguía pareciendo un pez fuera del agua, pero un pez extremadamente feliz.
Mash se acercó a Issei y le dio un pequeño codazo.
“Felicidades por una invocación exitosa, Sempai.
Aunque los métodos fueron… no ortodoxos, el resultado es una Servant de poder excepcional.
Debemos proceder con la integración táctica.” Issei finalmente parpadeó y miró a Tamamo, luego a sus Command Spells.
Sentía… diferente.
El vínculo con Mash era una línea clara y sólida de determinación y protección.
El vínculo con Tamamo era como un río cálido y juguetón de afecto y poder antiguo, que fluía hacia él y lo envolvía.
No sentía que lo estuviera drenando; al contrario, se sentía… energizado.
Quizás era la adrenalía, o quizás era la naturaleza única de Tamamo como divinidad, o la absurda eficacia de su “deseo puro” como catalizador.
Pero funcionaba.
Tenía dos Servants.
Tomó una respiración profunda, una sonrisa tonta e imborrable en su rostro.
“Gracias, Mash.
Y… bienvenida, Tamamo.” Se atrevió a mirarla a los ojos, evitando conscientemente el escote por un milisegundo de puro esfuerzo heroico.
“Necesitamos tu ayuda.
Este lugar… es un infierno.
Y tenemos que arreglarlo.” Tamamo asintió, su expresión volviéndose un poco más seria, aunque la luz juguetona nunca desapareció del todo.
“Lo sé, goshujin-sama.
Puedo sentir la corrupción.
Huele a desesperación y a un poder torcido.
Pero no te preocupes.” Su sonrisa regresó, confiada y cálida.
“Con tu deseo como mi fuerza, y con esta kouhai tan capaz a nuestro lado, limpiaremos este lugar.
Y después…” se acercó a su oído y susurró, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran, “podremos concentrarnos en los aspectos más… agradables de nuestro contrato matrimonial.” Olga gimió desde el banco.
Caster soltó otra carcajada.
Mash inclinó la cabeza, procesando.
“Entendido.
Una alianza matrimonial táctico-estratégica.
Anotado.” Issei Hyoudou, el Maste sustituto accidental, el pervertido declarado, el poseedor del misterioso Boosted Gear, ahora también era el “esposo” de una diosa zorro de nueve colas.
El camino hacia el corazón de la Singularidad de Fuyuki, que antes parecía una marcha hacia la muerte, de repente adquirió un nuevo y extraño matiz.
No solo luchaban por salvar la humanidad.
Issei, en lo más profundo de su ser, sintió que ese sueño imposible, el sueño del Rey del Harem, acababa de recibir su primer y más espectacular miembro.
Y con Tamamo a su lado, riendo suavemente mientras le acariciaba el brazo, supo que ninguna horda de esqueletos, ningún Lancer errante, ni siquiera un cielo en llamas, podría detener la absurdamente poderosa fuerza que acababa de desatar: la combinación de un deseo sincero, un corazón protector y un amor eterno e incuestionable por los pechos grandes.
La batalla por Fuyuki, y por el futuro de Issei, acababa de volverse mucho más interesante.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Si les gusto el episodio, voten y apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com