Fate/Issei Order - Capítulo 7
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7: Capitulo 6: Artoria Pendragon 7: Capitulo 6: Artoria Pendragon La oscuridad de la caverna era profunda y cargada, como si el mismo aire hubiera sido horneado en la corrupción del Grial.
La luz tenue de las runas flotantes de Cú Chulainn y los orbes suaves de Tamamo iluminaban el camino, creando sombras danzantes y alargadas sobre las paredes irregulares de roca.
El silencio era opresivo, solo roto por el eco de sus pasos y el crujido ocasional de grava bajo sus botas.
Issei caminaba en el centro del grupo, un nudo de nervios y determinación en el estómago.
A su derecha, Tamamo se había aferrado a su brazo con una ternura posesiva, y en un movimiento que parecía casual pero era deliberadamente preciso, había colocado su brazo de manera que su antebrazo quedaba firmemente aprisionado entre la suave y generosa curva de sus pechos.
Cada paso, cada movimiento de ella, enviaba una oleada de calor y una sensación de voluptuosa suavidad a través de la tela de su uniforme.
Issei, a pesar de la tensión del momento, no pudo evitar que una sonrisa tonta y completamente pervertida se extendiera por su rostro.
Era el paraíso.
Un paraíso acorazado y mortal, pero paraíso al fin.
Olga Marie, caminando justo detrás de ellos con Mash cubriendo la retaguardia, observaba la escena con una mezcla de fastidio profundo y una incipiente migraña.
Sus creencias como hechicera, los cimientos mismos sobre los que se había construido su mundo, yacían hechos añicos a sus pies.
Un Maestro sustituto, un civil pervertido, había invocado no uno, sino dos Servants, el segundo siendo una divinidad, usando un cántico que era una burla a siglos de investigación thaumaturgical.
Y ahora, esa misma divinidad, Tamamo-no-Mae, parecía genuinamente apegada, incluso enamorada, de ese mismo chico patético.
¿Qué clase de ley universal torcida permitía esto?
¿Dónde estaba la justicia mágica?
¿Dónde el equilibrio cósmico?
Observó a Issei, cuyo único signo de estrés parecía ser si lograba o no mantener el contacto con los senos de Tamamo, y un profundo suspiro de resignación escapó de sus labios.
Sus leyes estaban rotas.
Sus protocolos, violados.
Y sin embargo, el chico no mostraba signos de colapso espiritual, de sobrecarga de circuitos.
Al contrario, los vínculos con Mash y Tamamo parecían estables, fuertes incluso.
Issei Hyoudou, por razones que escapaban a toda lógica, tenía una afinidad monstruosa para la invocación y la manutención de Servants.
Y dado que el Equipo A y todos los demás candidatos estaban en criostasis, al borde de la muerte… este pervertido irredento era, en este momento, la única esperanza operativa de Chaldea.
La única esperanza de la humanidad.
El pensamiento era tan amargo que casi le hizo reír con histeria.
“Se acerca”, murmuró Cú Chulainn de repente, su voz baja pero clara en la oscuridad.
Su bastón estaba listo, las runas a lo largo de su longitud brillando con una luz contenida.
“Puedo sentir la presión.
Como el filo de una espada apoyado en la nuca.” Tamamo asintió, su expresión juguetona dando paso a una serenidad alerta.
“Una tristeza feroz.
Una voluntad de acero sumergida en lodo negro.
Mi goshujin-sama, prepárate.” El túnel se ensanchó abruptamente, desembocando en una cámara cavernosa de dimensiones colosales.
El techo se perdía en la oscuridad, pero el suelo estaba iluminado por una fuente enfermiza: un cráter central, del que emanaba una luz roja pulsante y maligna, como el latido de un corazón corrupto.
El aire olía a ozono quemado, a hierro derretido y a una desesperación antigua.
Y en el borde de ese cráter, de espaldas a ellos, contemplando el núcleo de la corrupción, había una figura.
Era una silueta femenina, enhiesta e inmóvil como una estatua.
Llevaba una armadura de un negro azabache, sin adornos, funcional y mortífera, que parecía absorber la escasa luz de la cámara.
Una capa negra colgaba de sus hombros.
Su cabello, de un dorado pálido y sin vida, caía en una melena corta y práctica.
En su mano derecha, descansando la punta en el suelo, sostenía una espada.
No Excalibur en su gloria, sino una versión pervertida de ella: Excalibur Morgan, una hoja oscura con venas de un rojo corrupto que palpitaba al unísono con el cráter.
Artoria Pendragon.
O más precisamente, Artoria Pendragon (Alter).
La versión del Rey de los Caballeros corrompida por el odio, la desilusión y la influencia del Grial impuro.
Issei la miró.
Su cerebro, entrenado en la apreciación de la forma femenina a través de mil horas de material dudoso, hizo un escaneo rápido.
La espalda era ancha para una mujer, los hombros firmes bajo la armadura, la cintura esbelta… y luego, cuando ella, como si hubiera sentido su mirada, comenzó a girarse lentamente, su perfil confirmó lo que Cú Chulainn había dicho.
El rostro que se reveló era de una belleza fría y severa.
Piel pálida, ojos de un verde esmeralda que deberían haber sido brillantes pero que en su lugar eran planos, como lagos helados llenos de ceniza.
Rasgos finos y nobles, una boca dibujada en una línea delgada de desprecio.
Y entonces, Issei bajó la vista.
La armadura negra se ceñía a su torso.
Era una pieza funcional, de placas, diseñada para la batalla, no para la estética.
Y revelaba, de manera innegable e inequívoca, la misma verdad que el héroe irlandés había anunciado: Artoria Alter era, en términos del más profundo y sentido vocabulario de Issei Hyoudou, completamente plana.
No había suave curva, no había promesa de voluptuosidad, ni siquiera un modesto relieve.
Solo la superficie lisa y dura del metal negro sobre un torso que parecía más el de un efebo guerrero que el de una reina.
Algo dentro de Issei se quebró.
No fue el miedo al legendario Rey de los Caballeros.
No fue el terror ante la espada de oscuridad.
Fue una profunda, visceral, artística decepción.
Con un gemido que surgió de lo más hondo de su alma, Issei cayó de rodillas en el suelo polvoriento de la caverna.
Sus manos se aferraron a su cabeza.
“No… no puede ser…”, susurró, su voz temblorosa.
Olga, que se había puesto en guardia al ver a Artoria, se sobresaltó al verlo caer.
“¿Hyoudou?
¿Qué diablos…?
¿Estás herido?” “¡Es una injusticia!”, gritó Issei, levantando la cabeza, sus ojos brillando con lágrimas de genuino pesar.
“¡Una blasfemia contra la creación!
¡Mira esa belleza!
¡Esa dignidad regia!
¡Esa… esa presencia!
¡Y luego… y luego… eso!” Señaló con un dedo trémulo el pecho de Artoria.
“¿Por qué, universo?
¿Por qué le diste todo y le quitaste lo más importante?
¡Podría haber sido perfecta!
¡Una diosa de la guerra con atributos divinos!
¡Pero no!
¡Es como… como una obra de arte inacabada!
¡La Tragedia de los Pechos Omitidos!” El silencio que siguió fue tan absoluto que el zumbido del cráter pareció callarse por respeto.
Olga Marie Animusphere sintió cómo la última fibra de su paciencia se desintegraba.
Un tic nervioso comenzó en su ojo izquierdo.
Lentamente, muy lentamente, se giró hacia Issei.
“¿Estás… llorando… porque el Rey Arturo, la encarnación de una leyenda, el enemigo que puede borrarnos de la existencia con un movimiento, no tiene… suficiente pecho para ti?” “¡Sí!
¡Es una pérdida irreparable!
¡Un crimen contra la estética!
¡Una… AUCH!” Olga no había usado un hechizo esta vez.
Simplemente se acercó y le dio un zape tan fuerte en la parte posterior de la cabeza que Issei se tambaleó hacia adelante, su lamentación cortada de cuajo.
“¡DESPIERTA, IMBECIL!
¡ESTAMOS A PUNTO DE LUCHAR POR NUESTRAS VIDAS!
¡TU CEREBRO PERVERTIDO DEBERÍA ESTAR EN MODO SUPERVIVENCIA, NO EN MODO CONCURSO DE MISS UNIVERSO!” Pero el daño ya estaba hecho.
O, más bien, la ofensa.
Artoria Alter, que los había estado observando con su fría indiferencia, había escuchado cada palabra.
La venita que apareció en su sien, palpando con un color púrpura iracundo contra su piel pálida, no era parte de su diseño original.
Era puro, crudo, enojo femenino trascendiendo incluso la corrupción del Grial.
Sus ojos de esmeralda helada se clavaron en Issei.
La voz que surgió de sus labios era grave, melodiosa, pero cargada de una peligrosa calma.
“¿Insultas… la forma de tu rey, gusano?” Issei, frotándose la cabeza, parpadeó.
“Eh?
No, no era un insulto, era una crítica constructiva sobre la distribución de la belleza en el arquetipo del héroe…” Artoria no esperó a que terminara.
Con un movimiento que fue un borrón negro, cargó.
No hacia el grupo, no hacia Mash con su escudo.
Directamente hacia Issei.
Su espada oscura, Excalibur Morgan, se alzó en un golpe lateral destinado a cortarlo en dos con despreocupada furia.
“¡SEMPAI!”, gritó Mash.
El instinto de la Demi-Servant fue más rápido que el pensamiento.
Mash se lanzó, no con el escudo por delante, sino en un salto de interceptación, colocándose entre la trayectoria de la espada y Issei.
¡CLANG-SHAAAAA!
El sonido fue diferente al de los golpes contra la lanza de Medusa.
Fue un estruendo metálico que resonó en los huesos, seguido de un chirrido de energía corruptora contra la superficie sagrada del escudo.
Mash fue desplazada varios metros, sus botas surcando el suelo de piedra.
La fuerza del golpe era monstruosa.
“¡No toques a mi Maestro, falsa reina!”, rugió Mash, empujando con todas sus fuerzas para desviar la espada.
La batalla había comenzado.
Cú Chulainn ya estaba en movimiento.
“¡Zorra, apoya a la escudera!
Yo me ocupo de distraerla!” Su bastón describió un arco en el aire, y una docena de runas de fuego, Berkano, se dispararon como misiles hacia Artoria, estallando contra su armadura negra.
Las llamas no la atravesaron, pero la hicieron retroceder un paso, distrayéndola de su intento de aplastar a Mash.
Artoria giró hacia él, su desprecio ahora mezclado con irritación.
“Un Caster.
Patético.” Blandió su espada, y una onda de energía oscura, un Viento de la Tormenta corrupto, salió de la hoja y se abatió sobre Cú.
Él cruzó los brazos, una barrera de runas azules apareciendo frente a él.
La onda la impactó y lo hizo retroceder, pero la detuvo.
Tamamo, mientras tanto, había extendido sus manos hacia Mash.
“¡Kagura, danza de la bendición!” Anillos de luz dorada envolvieron a Mash, fortaleciendo su resistencia, sellando pequeñas grietas en su armadura causadas por el primer golpe.
“¡Aguanta, kouhai!
¡No dejes que esa mujer amargada se acerque a mi esposo!” Issei, recuperándose del susto y del zape, se puso en pie.
El tiempo de las lágrimas había terminado.
Ahora era el momento de la batalla.
Sintió el vínculo con sus Servants, los dos flujos de energía: la sólida y protectora de Mash, la cálida y poderosa de Tamamo.
Su Código Místico brilló en su pecho.
Aceleración para Mash, pensó, y empujó su mana.
El patrón azul destelló, y Mash, sintiendo la oleada, se movió con mayor rapidez para interceptar el siguiente golpe de Artoria, un golpe descendente que habría partido una roca.
El escudo lo recibió, y Mash, con la fuerza y velocidad potenciadas, no solo lo bloqueó, sino que empujó, haciendo que Artoria retrocediera un paso, sorprendida.
“¡Bien, Sempai!”, exclamó Mash.
Pero Artoria era el Rey de los Caballeros.
Su habilidad con la espada era legendaria.
Acometió de nuevo, una serie de estocadas y golpes tan rápidos que parecían una tempestad de acero oscuro.
Mash bloqueaba, desviaba, retrocedía.
Cada impacto hacía temblar su cuerpo y resonar su escudo.
Cú Chulainn lanzaba hechizos ofensivos incesantemente: lanzas de hielo, explosiones de fuego runico, rayos de energía pura.
Artoria los esquivaba con movimientos minimalistas, o los dejaba impactar en su armadura, que parecía absorber parte de la magia.
Tamamo alternaba entre fortalecer a Mash, lanzar maldiciones debilitantes hacia Artoria (que la reina negra parecía ignorar en su mayoría) y crear espejismos para confundir sus ataques.
Issei estaba en la periferia, sudando, concentrado.
Sentía su mana menguar con cada uso del Código Místico.
Enviaba un impulso de curación menor a Mash cuando una estocada especialmente feroz le arañó el hombro.
Usaba la ilusión para crear un destello cegador momentáneo que permitía a Cú lanzar un hechizo más potente.
Pero era como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua.
Artoria era una fuerza de la naturaleza.
A pesar de los esfuerzos combinados de dos Servants y un Maestro, ella los estaba desgastando.
Después de lo que pareció una eternidad, Issei sintió un vacío punzante en su pecho.
Su mana se había agotado.
Cayó de rodillas, jadeando.
“No… no puedo más…” Artoria, viendo su debilidad, sonrió con frialdad.
“El Maestro cae.
Luego los sirvientes.” Concentró su poder en Excalibur Morgan, la hoja comenzó a llenarse de una oscuridad palpable, el preludio de un ataque devastador.
La desesperación se apoderó de Issei.
No podía fallar.
No aquí.
No después de haber llegado tan lejos.
Miró su mano derecha, donde el tatuaje del Boosted Gear estaba latiendo con un calor débil.
No lo entendía.
No sabía controlarlo.
Pero en Chaldea, y contra los esqueletos, había respondido a su deseo más profundo.
¿Y ahora?
Su deseo era… poder.
Energía.
¡Algo para seguir luchando!
Con un grito gutural, Issei cerró el puño y forzó su voluntad a través del tatuaje.
“¡DAME FUERZA!” El dolor fue instantáneo y electrizante.
El diseño del dragón en su mano arder con un rojo feroz.
El guantelete de energía escamosa materializó alrededor de su antebrazo y mano con un sonido como de cristal quebrado.
Pero esta vez, no hubo una oleada de fuerza física.
En cambio, sintió algo diferente: un bombeo, una multiplicación.
La voz mecánica resonó en su mente: [BOOST]… [MANA CIRCUIT EFFICIENCY]… [OD CONVERSION RATE]… BOOST!] No era que generara mana de la nada.
Era que los circuitos que tenía, de calidad “decente”, de repente funcionaban con una eficiencia diez veces mayor.
El cansancio mental se desvaneció, reemplazado por una claridad fría.
Un manantial de energía, tomado de su propia reserva de fuerza vital pero optimizada de manera imposible, brotó dentro de él.
Su mana, que había estado en cero, se recuperó hasta la mitad en un instante.
“¡¿Qué?!”, exclamó Olga, observando el fenómeno desde donde se había refugiado tras una columna de roca.
Issei no perdió tiempo.
Se levantó, su Código Místico brillando de nuevo con fuerza renovada.
“¡Mash, aguanta!
¡Tamamo, potencia el próximo hechizo de Caster!” Gritó, y lanzó simultáneamente un hechizo de aceleración a Mash y un hechizo de potenciación pura hacia Cú Chulainn.
Mash, revitalizada, plantó su escudo con una nueva determinación.
Tamamo, asintiendo con una sonrisa feroz, concentró sus orbes en Cú.
“¡Toma toda mi apoyo, senpai!” Cú Chulainn sintió la oleada combinada de la potenciación de Issei y la bendición de Tamamo.
Sus ojos rojos brillaron.
“¡Ahora o nunca!
¡Reycito arrogante, prueba esto!” Saltó hacia atrás, creando distancia.
Clavó su bastón en el suelo.
Las runas a su alrededor explotaron en un círculo de fuego antiguo.
“¡Con la maldición de mi lanza, la ira de los dioses, la furia de los muertos… yo te juzgo!
¡Aparece, gigante de venganza!
¡WICKER MAN!” No era el Gáe Bolg.
Era su Noble Phantasm como Caster, una invocación de leyenda celta.
Del círculo de runas surgió una figura colosal, un gigante hecho de ramas entrelazadas y llamas verdes y blancas, con un cráneo de ciervo como cabeza.
El Wicker Man avanzó con pasos que hacían temblar la caverna, sus brazos extendidos hacia Artoria.
Artoria, viendo la amenaza, interrumpió su carga contra Mash.
Giró hacia el gigante de fuego, Excalibur Morgan brillando con oscuridad concentrada.
“¡Fuego contra oscuridad!
¡Veamos cuál prevalece!
¡EXCALIBUR MOR…!” Pero era demasiado lento.
El Wicker Man la envolvió en un abrazo ardiente.
No fue un corte limpio, sino una inmolación.
Las llamas sagradas y malditas del gigante celta se entrelazaron con la oscuridad corrupta de la espada del rey.
Un grito de rabia y agonía, el primero y único que Artoria Alter emitió, llenó la cámara.
La luz fue cegadora: verde blanquecino contra rojo negro.
Cuando se desvaneció, el Wicker Man se deshacía en cenizas ardientes.
En el centro, de rodillas, con su armadura negra agrietada y humeante, estaba Artoria.
Su espada yacía a su lado, apagada.
Alzó la vista, sus ojos verdes, por un instante, parecieron perder su helado desdén, mostrando solo un atisbo de la joven que una vez fue, cargada con un peso imposible.
Luego, su cuerpo comenzó a desintegrarse en partículas de luz negra y dorada.
Sin una palabra más, el Rey de los Caballeros Alter regresó al Trono de los Héroes.
El silencio regresó, más profundo que antes.
El latido maligno del cráter parecía haberse debilitado.
Cú Chulainn se dejó caer contra una roca, jadeando.
“Uf… eso sí que estuvo cerca.” Tamamo corrió hacia Issei, revisándolo con preocupación.
“Goshujin-sama, ¿estás bien?
Tu energía… fluctúa de manera extraña.” Issei asintió, el guantelete rojo desapareciendo, dejándolo exhausto pero consciente.
“Estoy… bien.
Lo logramos.” Mash se acercó, ofreciendo una mano para ayudarlo a levantarse.
“Fue una batalla increíblemente dura, Sempai.
Tu apoyo final fue crucial.” Fue entonces cuando Cú Chulainn miró hacia el cráter, luego hacia su propia mano, que comenzaba a transparentarse.
“Parece que mi contrato aquí se cumple.
El núcleo de la Singularidad está dañado.
Sin Artoria sustentando la corrupción, esto colapsará pronto.” Miró a Issei con una sonrisa genuina, sin burla esta vez.
“Chico, eres un desastre andante, pero tienes agallas.
Y un corazón más grande de lo que aparenta esa cabeza pervertida.
Cuida de la zorra y de la pequeña escudera.
Y a ti, jefa,” le dijo a Olga, “intenta no gritarle tanto.
Podría ser útil algún día.” Con una última sonrisa, su cuerpo se disolvió en partículas de luz azul, regresando al Trono.
Tamamo, ahora la única Servant a tiempo completo, se aferró de nuevo al brazo de Issei, reinstalando su brazo en su posición preferida entre sus pechos.
“Solo nosotros ahora, goshujin-sama.
Y la kouhai, por supuesto.” Olga salió de detrás de la columna, mirando el cráter ahora inerte.
Un alivio inmenso, mezclado con un agotamiento total, la inundó.
Habían sobrevivido.
Habían corregido la Singularidad.
O al menos, eso creían.
Fue entonces cuando el sonido empezó.
Un aplauso lento, medido, burlón, resonó desde la entrada de la cámara que habían usado.
Clap.
Clap.
Clap.
Todos se giraron.
Allí, recostado contra la pared de roca como si estuviera viendo una obra de teatro, estaba un hombre.
Alto, delgado, con un traje impecable y un rostro afilado coronado por un cabello negro peinado hacia atrás.
Llevaba una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos y calculadores.
Olga se quedó paralizada.
“L-Lev…?
¿Lev Lainur?
¿Pero… cómo…?” Lev Lainur, el director de seguridad de Chaldea, su mano derecha de confianza desde la muerte de su padre, continuó aplaudiendo.
“Bravo, querida Olga.
Bravo.
Lograste guiar a este… peculiar grupo a través del laberinto.
Aunque, para ser justos, fue más mérito del chico pervertido y sus mascotas legendarias que tuyo.” Su tono era dulce como el veneno.
Olga palideció.
“Lev, ¿qué estás diciendo?
¿Qué haces aquí?
¿Cómo llegaste…?” “¿Aquí?
Querida, siempre he estado aquí.
O más bien, siempre he estado allá.” Señaló con la cabeza en una dirección indefinida.
“Observando.
Dirigiendo.
Asegurándome de que el guion se desarrollara como mi rey deseaba.” “Tu… rey?” La voz de Olga era un hilo.
“El verdadero poder detrás de esta Incineración.
El que encontró un uso mucho mejor para el Grial y para Chaldea.” Su mirada se posó en Issei con desprecio.
“Y tú, pequeño accidente dimensional.
Una molestia inesperada.
Una variable que casi arruina la purga limpia que había planeado para Chaldea.
Pero no importa.
Te hemos observado.
Tu gear es… interesante.” Issei sintió un frío recorrerle la espina dorsal.
“¿Tú… tú fuiste el que…?” “¿El que colocó los explosivos en Chaldea?
¿El que aseguró que la Grand Order comenzara con un baño de sangre y no con un triunfo de esa banda de niños ricos que llamabas Equipo A?
Sí.” Lev sonrió, un gesto horrible.
“Fue muy satisfactorio.
Ver tus caras de pánico.
Ver cómo todo tu legado, Olga, todo el trabajo de tu padre, se hacía añicos en llamas.
Porque al final, eras exactamente lo que siempre pensé: una niña mimada jugando a ser directora.
Una buena para nada.” Cada palabra era un cuchillo.
Olga retrocedió como si la hubieran golpeado físicamente.
“No… eso no es cierto… mi padre… Chaldea…” “Tu padre era un sentimentalista débil.
Yo veo el panorama más grande.
La humanidad necesita ser purgada, restaurada.
Y Chaldea era el instrumento perfecto… una vez que se le quitara a la incompetente de su hija.” Lev suspiró con falsa pena.
“Ah, y hablando de eso… hay algo que debes saber, Olga.
Algo sobre tu condición actual.” Olga lo miró, sus ojos llenos de un miedo creciente.
“¿Mi… condición?” “Cuando el rayshift te atrapó, querida, no fue un accidente.” Lev se inclinó ligeramente hacia adelante, disfrutando cada momento.
“Tu cuerpo en Chaldea… fue vaporizado en la explosión inicial.
Lo que está aquí, lo que camina, respira y grita, es solo un fantasma.
Un alma atrapada en el rayshift, aferrándose a la Singularidad porque no tiene un cuerpo al que regresar.
Estás muerta, Olga Marie.
Físicamente, al menos.” El mundo se detuvo para Olga.
El sonido se desvaneció.
Sintió un vacío en el pecho donde debería estar su corazón.
Muerta.
Un fantasma.
Todo por lo que había luchado, su posición, su autoridad, su vida… era una ilusión.
Un eco atrapado en el infierno que este hombre había creado.
“No…”, susurró, su voz quebrada.
“No puede ser… Romani, ¡dime que no es cierto!” El holograma de Romani en el escudo de Mash parpadeó, su rostro era una máscara de horror y dolor.
“Olga… los escaneos de vida en tu cápsula… están en cero desde el inicio.
No quería decírtelo… no hasta que…” La confirmación fue el golpe final.
Olga cayó de rodillas, un grito ahogado, más un sollozo de agonía que un sonido, escapó de su garganta.
Estaba rota.
Lev rió.
“Patética hasta el final.” Luego, levantó una mano.
Un portal de energía retorcida, un vórtice oscuro, se abrió en el aire frente a él.
Al otro lado, se podía ver… Chaldea.
Pero no la Chaldea que conocían.
Era un paisaje de rojo y negro, de estructuras fusionadas y retorcidas, bañadas en un fulgor infernal.
El cielo a través de las ventanas era rojo sangre.
“¿Ves?
Mi rey ya ha reclamado vuestro nido.
La Incineración es completa.
Y tú, fantasma inútil, ya no sirves para nada.
Ni siquiera como advertencia.” Con un gesto de su mano, una fuerza mágica invisible agarró a Olga y la levantó del suelo, acercándola lentamente, inexorablemente, al portal que mostraba la Chaldea corrupta.
Olga gritó, un sonido de puro terror existencial.
“¡NO!
¡Suéltame!
¡No quiero…!
¡Acercarme a eso… me desintegraría!
¡Mi alma…!” Issei observó la escena.
La arrogancia de Olga, sus regaños, su desprecio… todo se desvaneció en su mente, reemplazado por la imagen de una chica joven, aterrada, traicionada por la persona en quien más confiaba, a punto de ser aniquilada por segunda vez.
Una ira fría, más profunda que cualquier excitación hormonal, brotó en su pecho.
No.
No lo permitiría.
“¡MASH, TAMAMO, DETÉNGANLO!”, rugió, y se lanzó a correr.
Mash y Tamamo ya se movían, pero Lev, con otro gesto, erigió un muro de energía púrpura y espinas que las detuvo en seco.
“No interfieran.
Esto es una limpieza.” Issei corrió más rápido, ignorando el dolor, el agotamiento.
No tenía un plan.
No sabía cómo salvar a un alma.
Solo sabía que no podía quedarse mirando.
Olga, a metros del portal que destilaba pura corrupción, extendía sus manos hacia la nada, sus gritos desgarradores llenando la cámara.
Tengo que salvarla.
A como dé lugar.
No importa cómo.
Su deseo era un grito sordo en su alma.
En ese instante, el tatuaje en su mano no solo ardió, explotó en luz roja.
El Boosted Gear se materializó alrededor de su brazo derecho, pero esta vez era diferente.
Las escamas de energía parecían más definidas, el círculo verde en el centro brillaba con una intensidad cegadora.
La voz mecánica resonó, no como un eco, sino como una respuesta: [DESIRE FOR PRESERVATION… ACKNOWLEDGED.
ADAPTING… SOUL RESONANCE SEARCH…].
Issei no lo entendía.
Solo corría.
Alcanzó a Olga justo cuando los dedos de sus pies estaban a punto de cruzar el umbral del portal.
El calor corrupto ya le chamuscaba la ropa.
Extendió su brazo, el brazo envuelto en el guantelete rojo del dragón.
“¡OLGA, AGÁRRATE!” Olga, a través de sus lágrimas y su terror, vio la mano extendida.
La mano del chico pervertido, del error, de su última y desesperada esperanza.
Sin pensarlo, con el último vestigio de su voluntad, estiró su propia mano fantasma y la aferró a la de Issei.
En el momento en que sus manos se tocaron, algo extraordinario sucedió.
El guantelete del Boosted Gear brilló con un fulgor verde esmeralda tan intenso que todos, incluso Lev, tuvieron que apartar la vista.
No fue un destello de energía, sino de algo más… conceptual.
Un zumbido agudo, como el sonido del espacio mismo desgarrándose, llenó el aire.
Cuando la luz se desvaneció, Olga Marie había desaparecido.
No había sido absorbida por el portal.
Simplemente ya no estaba allí.
Issei cayó de rodillas, el guantelete desapareciendo, dejándolo más débil que nunca, como si le hubieran extraído parte de su propia esencia.
Tamamo, habiendo derribado el muro de Lev con un hechizo concentrado, llegó a su lado en un instante, sosteniéndolo.
“Goshujin-sama!
¿Qué… qué fue eso?” Lev bajó la mano que sostenía el portal, su expresión de desprecio se había convertido en una máscara de confusión y luego de furia.
“¿Qué has hecho, gusano?
¿Dónde está?
¿Qué fue ese poder?” Issei ni siquiera podía responder.
Solo jadeaba, una extraña sensación de… plenitud en su pecho, donde antes había un vacío por el agotamiento.
No era mana.
Era algo distinto, como un eco, un latido ajeno junto al suyo.
Romani gritó desde el holograma.
“¡La firma espiritual de Olga… ha desaparecido del registro de la Singularidad!
¡Pero no fue destruida!
¡Fue… trasladada!
¡A algún lado dentro del sistema de Issei!” Lev miró a Issei con ojos que ahora ardían con un interés genuino y peligroso.
“¿Así que tu gear no solo multiplica poder?
¿Interactúa con las almas?
Fascinante.
Mi rey querrá estudiarlo.” Pero entonces, la caverna entera tembló violentamente.
Sin Artoria y con el Grial dañado, la Singularidad colapsaba.
“Parece que el escenario se cierra”, dijo Lev, recuperando su compostura.
Abrió otro portal, esta vez a un lugar de sombras y columnas infinitas.
“No importa.
Esto fue solo el prólogo.” Se volvió hacia ellos, y por primera vez, su sonrisa fue amplia y genuina, llena de malicia cósmica.
“¡Que dé comienzo la verdadera Grand Order!
¡Disfruten el fin del mundo, insectos!” Y con eso, cruzó el portal, que se cerró tras él.
La caverna se sacudía, grandes trozos de techo comenzaban a caer.
El sistema de rayshift de emergencia de Chaldea, detectando el colapso de la Singularidad, se activó automáticamente.
Un vórtice azul envolvió a Issei, Mash y Tamamo.
Issei, sostenido por Tamamo, tuvo una última visión de la cámara derrumbándose, del cráter apagándose, antes de que la familiar sensación de ser estirado y recomprimido lo arrastrara.
La primera Singularidad había terminado.
Habían sobrevivido.
Habían ganado.
Pero a un costo terrible, y con una nueva y aterradora verdad sobre sus hombros.
Y en el pecho de Issei Hyoudou, junto al latido de su propio corazón, algo más, algo frágil y salvado, parecía haber encontrado un nuevo y extraño hogar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale voten si les gusto el episodio, apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias y asi crecer mas.
Mi patreon: SeathScale
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