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Fate/Issei Order - Capítulo 8

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8: Capitulo 7: Regreso 8: Capitulo 7: Regreso La conciencia de Issei Hyoudou no regresó al suave abrazo de la inconsciencia o a la familiar sensación de su cama en Chaldea.

En cambio, se encontró flotando, o más bien, de pie, en una vastedad imposible.

Un páramo blanco e infinito se extendía en todas direcciones, sin horizonte, sin cielo, sin suelo discernible.

No había sonido, ni temperatura, ni gravedad.

Solo una quietud absoluta y opresiva.

El silencio era tan profundo que podía oír el latido de su propio corazón, un sonido anormalmente fuerte en el vacío.

“¿Dónde…?” Su voz no hizo eco.

Se perdió en la blancura, absorbida.

“Vaya problema en el que te has metido, socio.” La voz que resonó a sus espaldas no fue un sonido en el aire.

Fue una vibración que atravesó sus huesos, un trueno contenido, una presencia que hacía temblar la misma esencia de ese espacio no-espacio.

Issei se giró, tan lento como en un sueño pesado.

Y lo vio.

Era un dragón.

No una criatura de leyendas vagas o de ilustraciones de juegos.

Era la encarnación misma del poder primordial, de la furia escamada, del dominio absoluto.

Su tamaño era inconmensurable; llenaba la visión de Issei, aunque paradójicamente, parecía estar a una distancia precisa.

Escamas de un rojo carmesí profundo, cada una del tamaño de un escudo, brillaban con un fulgor interno, como si contuvieran ríos de magma.

Sus garras eran hoces de obsidiana que parecían poder desgarrar dimensiones.

Sus ojos, dos soles gemelos de un amarillo ardiente con pupilas verticales, lo miraban con una inteligencia antigua y una curiosidad abrasadora.

Un par de cuernos majestuosos y retorcidos se elevaban desde su cráneo, y de su lomo surgían alas membranosas que, si se desplegaran, podrían eclipsar galaxias.

Una aura de puro, indiscutible poder emanaba de él, tan densa que Issei sintió que le costaba respirar, aunque en ese lugar no necesitaba aire.

“¡¿QUÉ…

QUÉ ERES TÚ?!”, gritó Issei, retrocediendo instintivamente, pero sus pies no se movían en la nada blanca.

“¿Esto…

esto es un sueño?

¡Tiene que ser un sueño!

¡O morí y esto es…

no sé, el lobby de la muerte!” Los ojos-dragón parecieron entrecerrarse ligeramente, un gesto de fastidio divino.

“Un sueño.

Qué concepto tan limitado para una mente humana.

No, Issei Hyoudou.

Esto no es un sueño.

Es el interior.

El espacio entre tu alma y el artefacto que la habita.” La voz de la bestia no salía de una boca; resonaba directamente en la mente de Issei, cada palabra cargada de un peso y una autoridad que hacían que las regañinas de Olga parecieran susurros.

“¿Artefacto…?

¿El…

el guantelete rojo?”, balbuceó Issei, mirando sus propias manos, que parecían normales aquí.

“Una manifestación.

Un conducto.

Yo soy lo que reside dentro.

El que ha respondido a tus gritos de desesperación, a tu deseo feroz de proteger.” El dragón inclinó su colosal cabeza, un movimiento que hizo temblar la blancura a su alrededor.

“Yo soy Ddraig.

El Dragón Carmesí.

El Emperador Dragón de la Supremacía.

Y dentro de tu mundo, soy conocido por un título más…

pragmático: uno de los Dos Dragones Celestiales, cuyo poder y cuya mera existencia hacen temblar a las Tres Grandes Facciones.” Issei parpadeó.

Dragón Carmesí.

Dos Dragones Celestiales.

Tres Grandes Facciones.

Las palabras sonaban épicas, sacadas de los juegos de rol más exagerados que había jugado.

Pero la presencia frente a él dejaba claro que no era ficción.

“Facciones…

¿Qué facciones?

¿De qué estás hablando?

¿Y por qué estás…

dentro de mí?” Ddraig emitió un sonido que podría haber sido el equivalente dragón a un suspiro, una exhalación que hizo ondular el espacio blanco.

“Ignorante.

Como era de esperar de un humano criado en la ignorancia de su propio mundo.

Tu planeta, Issei Hyoudou, no es el simple pedazo de roca habitado por monos inteligentes que crees.

Es un campo de batalla, un tablero de ajedrez, una fruta madura disputada por poderes que superan tu comprensión.” Sus ojos ardientes se clavaron en él.

“Ángeles.

Ángeles Caídos.

Demonios.

Dioses olvidados.

Yokai.

Seres sobrenaturales de toda clase y mitología existen, se ocultan, conspiran y guerrean en las sombras de tu ‘mundo normal’.

La ciudad donde vivías, Kuoh, es particularmente…

interesante.

Un punto caliente de actividad sobrenatural.

Y tú, sin saberlo, has vivido allí, intacto, hasta el día en que ese hechizo torpe te arrancó de tu realidad y te arrojó a este otro desastre.” La revelación golpeó a Issei como un mazo.

Ángeles.

Demonios.

Vivían en Kuoh.

¿En su escuela?

¿En el supermercado?

Su mente trató de procesarlo y generó imágenes absurdas: un ángel detrás del mostrador de la tienda de conveniencia, un demonio en el club de estudios…

“Es…

imposible.” “Es la única verdad.

Tu mundo está plagado de monstruos y deidades.

Y los humanos, frágiles y cortevidos como son, no están completamente indefensos.” Ddraig extendió una de sus garras, no para atacar, sino para señalar a Issei.

“El Dios de la Biblia, antes de su desaparición, creó un sistema.

Herramientas sagradas.

Sacred Gears.

Fragmentos de poder divino implantados en las almas de humanos selectos al nacer.

Un mecanismo, quizás de misericordia, quizás de equilibrio, para que la humanidad pudiera defenderse, o al menos, no fuera completamente pasto para los depredadores sobrenaturales.” “Sacred Gears…”, repitió Issei, la palabra haciéndose eco en su mente.

“¿Como…

el guantelete?” “Exactamente.” El orgullo, un orgullo antiguo y feroz, resonó en la voz mental de Ddraig.

“Tu Boosted Gear no es un simple poder mágico extraño.

Es una Sacred Gear de clase de equilibrio a largo plazo, una de las más poderosas jamás creadas.

Y yo, Y Ddraig Goch, el Dragón Emperador Rojo, soy el ser que reside en su núcleo.

No un mero poder, sino una conciencia.

Un alma.

Tu compañero, desde el día en que naciste.” “¿Desde que nací…?

¿Has estado…

viendo todo?

¿Todo lo que he…?” El rubor subió a las mejillas de Issei al pensar en todas las cosas embarazosas, privadas y terriblemente pervertidas que había hecho en su vida, todas presenciadas por un dios-dragón ancestral.

Ddraig pareció sonreír, una sensación de divertida exasperación que fluyó a través del vínculo.

“Tu obsesión con las glándulas mamarias de las hembras de tu especie es…

singularmente intensa.

Pero también he visto tu bondad simple, tu lealtad torpe y ese deseo feroz de proteger que acabas de demostrar.

Fue eso, no tus fantasías lascivas, lo que me hizo decidir hablarte ahora.

Has probado ser un portador…

aceptable.” Issei no sabía si sentirse halagado o mortificado.

Pero una pregunta más urgente surgió.

“¿Y Olga?

¿La Directora?

¿Qué pasó con ella?

¿Está…?” “La maga de espíritu quebrado y pechos notables.

Sí.” Ddraig asintió, su gran cabeza moviéndose lentamente.

“Tu deseo en ese momento no fue solo ‘salvarla’.

Fue ‘preservarla’.

‘Darle un lugar seguro’.

El Boosted Gear escucha los deseos más profundos de su portador.

No solo multiplica poder; puede interactuar con conceptos, con almas, cuando la voluntad es lo suficientemente fuerte.

Su alma, destrozada y sin ancla, estaba a punto de dispersarse.

Tu gear la reclamó, la estabilizó y la trajo aquí, dentro de este espacio contiguo a mi dominio.

Descansa, inconsciente, en un estado de estasis espiritual.” Un alivio inmenso, tan grande como el propio dragón, inundó a Issei.

“¡Está viva!

O…

¡al menos su alma está a salvo!

¡Gracias, Ddraig!” “No me agradezcas a mí.

Fue tu voluntad.

Yo solo soy el instrumento.” Ddraig hizo una pausa, su tono se volvió más grave.

“Pero no cantes victoria, socio.

Ella es un alma sin cuerpo.

Un fantasma atrapado en una caja de herramientas sagrada.

No puede permanecer aquí indefinidamente sin deteriorarse.

Y si la liberas tal como está, sin un recipiente físico que la ancle a la realidad, su alma se desvanecerá en el ciclo de reencarnación o, peor, se perderá en el vacío dimensional.” La esperanza de Issei se empañó.

“¿Entonces…?

¿Necesita un cuerpo nuevo?” “Exacto.

Un vaso físico.

Un homúnculo, un cuerpo mágico, algo que pueda albergar su esencia y darle una segunda oportunidad.

Es la única manera de salvarla por completo.” Issei asintió, determinación endureciendo su expresión incluso en este plano onírico.

“Lo haremos.

Encontraremos una manera.

En Chaldea, con toda su tecnología…

debe haber una.” “Bien.” Ddraig pareció satisfecho.

“Ahora escucha, porque nuestro tiempo aquí se acaba.

El Boosted Gear ha despertado plenamente.

Ya no es el ‘Twice Critical’ rudimentario que usaste por instinto.

Ahora tienes acceso a su verdadera naturaleza.

Puedes Boostear (Multiplicar) el poder de cualquier cosa: tu fuerza, tu velocidad, la potencia de un hechizo, la defensa de un aliado…

incluso conceptos abstractos como la ‘suerte’ o la ‘determinación’, aunque eso es mucho más avanzado.

El límite es tu propia resistencia física y espiritual, y la calidad del objetivo.

Y, cuando sea necesario…

yo podré intervenir de manera más directa.” El espacio blanco comenzó a oscurecerse en los bordes, como tinta derramándose en agua.

“¿Se está acabando?

¿Despertaré?” “Sí.

Recuerda esto, Issei Hyoudou.

Eres mi portador.

Eres el dueño de una de las Sacred Gears más temidas y codiciadas en tu mundo.

Los seres sobrenaturales que ignorabas…

si alguna vez regresas, te detectarán.

Debes estar preparado.

Entrena tu cuerpo.

Un físico más fuerte facilita el uso del Gear y soporta mejor sus demandas.

Ahora, despierta.

Tu zorra y tu kouhai te esperan.” La visión de Ddraig, el dragón carmesí, comenzó a desdibujarse, a desintegrarse en partículas de luz roja que se mezclaban con la blancura que se desvanecía.

“¡Espera!

¿Y tú?

¿Seguirás ahí?” La última voz de Ddraig resonó, ya lejana, pero clara: “Siempre.

Observando.

Esperando.

Y, ocasionalmente, lamentando tus elecciones en materia de entretenimiento visual.

Ahora, ¡DESPIERTA!” — La transición fue violenta.

La nada blanca se colapsó en una oscuridad densa, y luego en sensaciones físicas: el olor antiséptico de una enfermería, la textura áspera de unas sábanas de hospital, un peso cálido y suave en su brazo derecho.

Issei abrió los ojos con un jadeo.

El techo blanco y liso de la enfermería de Chaldea se encontraba sobre él.

La iluminación era tenue, indicando que era de noche o muy temprano en la mañana.

Giró la cabeza lentamente, sintiendo una pesadez y un dolor sordo en todos sus músculos.

Al lado de su cama, sentada en una silla pero con la cabeza y los brazos apoyados en el borde del colchón, dormía Tamamo-no-Mae.

Había cambiado su kimono de batalla por una versión más simple, de un azul claro, pero su escote seguía siendo generoso.

Su rostro, en reposo, era una imagen de serenidad perfecta, sus orejas de zorro relajadas y sus nueve colas enmarañadas en el suelo como un esponjoso edredón púrpura.

Roncaba suavemente, un sonido adorablemente incongruente con su naturaleza divina.

Claramente, se había quedado dormida tras horas de vigilia.

Issei la miró, y el recuerdo de todo lo ocurrido -la batalla, Lev, Ddraig- chocó con la normalidad del momento.

Sintió una oleada de gratitud.

Ella, una diosa, había velado por él.

Intentó moverse lentamente, para no despertarla, pero una necesidad fisiológica apremiante se hizo sentir.

Con un gemido, se incorporó.

El leve crujido del colchón fue suficiente.

Las orejas de zorro de Tamamo se erizaron, y sus ojos dorados se abrieron de par en par, instantáneamente alertas.

Al ver a Issei despierto y moviéndose, su expresión se iluminó con un gozo tan puro y radiante que hizo que a Issei se le olvidara por un segundo la vejiga.

“Goshujin-sama!”, exclamó, su voz cargada de emoción y sueño.

Sin preámbulo, se lanzó sobre él, envolviéndolo en un abrazo tan fuerte y repentino que Issei cayó de nuevo sobre la almohada.

Y, en el proceso, su rostro quedó enterrado directamente en el profundo, suave y fragante valle de su escote.

“Mmmph!

T-Tamamo…

no puedo…

respirar…”, farfulló Issei, su voz amortiguada por la carne divina.

Era, sin lugar a dudas, el paraíso.

El sueño de cualquier otaku.

Pero también era sofocante, literalmente.

Y la necesidad de ir al baño era una sirena de alarma en su mente.

Tamamo no se soltó.

En cambio, lo apretó más fuerte, acurrucando su cabeza contra su pecho.

“¡Estuve tan preocupada!

Tu energía estaba tan baja, tan frágil…

¡No te atrevas a asustarme así de nuevo, esposo!” Su tono era de tierna reprimenda.

“Lo…

lo siento…

pero…

Tamamo…

necesito…

el baño…

URGENTE”, logró articular Issei, golpeando suavemente su espalda.

“¿Eh?

¡Ah!” Tamamo finalmente se separó, un rubor leve en sus mejillas.

“¡Perdón, goshujin-sama!

¡Claro, claro!” Se levantó con elegancia y lo ayudó a salir de la cama.

Issei, con las piernas temblorosas, se apoyó en ella.

Tamamo no se limitó a guiarlo; lo sostuvo todo el camino hasta la puerta del pequeño baño adjunto a la enfermería, manteniendo su brazo firmemente anclado entre sus pechos.

“Puedo…

puedo entrar solo”, dijo Issei, su rostro encendido.

Tamamo puso un puchero exagerado.

“¿Y si te caes?

¿O si te desmayas?

¡No!

Te acompañaré hasta la puerta.

No pienso alejarme.” Su determinación era inquebrantable.

Issei, demasiado débil y apurado para discutir, asintió.

Una vez que cumplió con su necesidad y se lavó las manos (con Tamamo esperando justo al otro lado de la puerta, cantando suavemente una canción antigua japonesa), salió.

Al instante, Tamamo reanudó su posición, abrazando su brazo y apoyando la cabeza en su hombro.

“Estoy tan, tan feliz de que estés bien”, murmuró, su voz un susurro cálido en su oído.

“Cuando ese hombre horrible te dejó tan débil…

mi corazón casi se detiene.” Issei sintió una punzada de genuino cariño.

“Gracias, Tamamo.

Por cuidarme.

Por…

estar aquí.” Tamamo se separó lo suficiente para mirarlo a los ojos.

Su expresión era juguetona, pero sus ojos tenían una profundidad sincera.

“Un ‘gracias’ no es suficiente, goshujin-sama.

Después del susto que me diste, necesito una demostración más…

tangible de tu gratitud.” “¿D-demostración?”, preguntó Issei, nervioso ante el brillo en los ojos dorados de la zorra.

“Mmm-hmm.” Tamamo llevó su dedo índice a sus labios, en un gesto de pensamiento exageradamente adorable.

“Déjame ver…

¿qué podría ser…?” Su mirada recorrió su rostro, bajó a sus labios, y luego regresó a sus ojos.

Un brillo de “eureka” iluminó su rostro.

“¡Ya sé!” Antes de que Issei pudiera preguntar, Tamamo se acercó.

Lentamente, deliberadamente.

Sus ojos se entornaron, su respiración se hizo más perceptible.

Issei se quedó paralizado, sin saber qué esperar.

¿Un hechizo?

¿Una bendición?

¿Un…?

Ella cerró la distancia final.

Sus labios se encontraron con los de Issei.

Fue suave, cálido, y sorprendentemente tierno.

No fue un beso apasionado o hambriento; fue un beso de afirmación, de afecto, de posesión dulce.

Issei sintió la suavidad de sus labios, el sutil sabor a cerezos y té verde, y la abrumadora cercanía de su cuerpo.

Sus nueve colas se agitaban suavemente detrás de ella, como un abanico de felicidad pura.

El beso duró unos segundos eternos y gloriosos.

Cuando Tamamo se separó, sus labios estaban ligeramente sonrojados, y una sonrisa de satisfacción absoluta iluminaba su rostro.

“Esa es la manera, esposo.” Luego, sin darle tiempo a reaccionar, se dio la vuelta y regresó caminando con elegancia a la habitación de la enfermería, sus colas ondeando con un ritmo alegre, dejando a Issei plantado en el pasillo, tocándose los labios con los dedos.

Su primer beso.

No con una chica de su escuela, no en un sueño húmedo.

Con una diosa zorro de nueve colas, legendaria, voluptuosa y declarada su esposa.

Su cerebro emitía un pitido agudo de cortocircuito.

Por un lado, el éxtasis.

Por otro, el pánico absoluto.

¿Qué significaba esto?

¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

¿Era esto parte del “contrato matrimonial”?

Regresó a la enfermería en modo piloto automático, su rostro aún caliente.

Tamamo ya estaba sentada de nuevo, componiendo su kimono con una inocencia estudiada.

Poco después, el Dr.

Romani entró, con su habitual aire de preocupación amable.

“¡Issei!

¡Estás despierto!

¡Gracias a Dios!” Procedió a hacerle un examen exhaustivo: escáneres mágicos, chequeo de circuitos, análisis de signos vitales.

Tamamo observaba cada movimiento con la intensidad de una leona protectora.

“Lo más sorprendente”, dijo Romani, estudiando una tableta, “es tu estado espiritual.

Estás agotado físicamente, pero tu aura…

es más estable de lo que debería ser.

Y hay una firma extraña, una resonancia secundaria dentro de tu sistema místico.” Miró a Issei directamente.

“Issei.

Olga Marie.

La detectamos.

Su firma espiritual desapareció de los registros de la Singularidad, pero reapareció…

atada a ti.

Como un eco.

¿Qué pasó?

¿Dónde está?” Todos los ojos estaban puestos en él: Romani, preocupado; Tamamo, curiosa; Mash, que había entrado discretamente, con expresión seria.

Issei respiró hondo.

Era hora de las explicaciones.

Les contó, omitiendo algunos detalles de la conversación con Ddraig sobre el mundo sobrenatural (era demasiado para digerir ahora), sobre el Boosted Gear, su verdadera naturaleza como Sacred Gear, y que Ddraig, el Dragón Carmesí, habitaba en él.

Les explicó que, en respuesta a su deseo, el Gear había capturado y estabilizado el alma de Olga, manteniéndola a salvo en un espacio dentro del mismo artefacto.

“¿Un…

dragón?

¿Dentro de ti?

¿Y la Directora está…

en tu guantelete?”, preguntó Romani, frotándose los ojos bajo sus gafas.

“Eso es…

científicamente y mágicamente…

tremendamente imposible y, sin embargo, los datos no mienten.” “Ella está a salvo, pero solo es un alma”, añadió Issei.

“Ddraig dice que necesita un cuerpo nuevo.

Un recipiente físico, o se perderá.” En ese preciso momento, las puertas de la enfermería se abrieron con un sonido suave, y una nueva figura hizo su entrada.

Issei la vio y su cerebro, aún recuperándose del beso de Tamamo, recibió otro impacto sísmico.

Era una mujer de belleza renacentista perfecta.

Llevaba un elegante atuendo azul y blanco que parecía una mezcla de bata de laboratorio y vestido de alta costura, confeccionado para acentuar cada curva de un cuerpo que era, en una palabra, divino.

Su cabello, de un dorado cálido y lujuriante, caía en ondas perfectas alrededor de un rostro de proporciones ideales, con ojos inteligentes y traviesos de un azul profundo, y una sonrisa que irradiaba confianza y genialidad.

Sus pechos eran grandes, redondos y perfectos, su cintura estrecha, sus caderas generosas.

Era, sin lugar a dudas, la mujer más hermosa y voluptuosa que Issei había visto en Chaldea, rivalizando e incluso superando a Tamamo en términos de diseño “ideal”.

Issei se quedó boquiabierto.

¿Quién era esa?

¿Otra Servant?

¿Una nueva empleada?

¡Chaldea sí tenía secretos maravillosos!

La mujer hizo una pose exagerada, una mano en la cadera, la otra levantada en un gesto de saludo teatral.

“¡Ciao a todos!

Veo que nuestro héroe pervertido ha despertado.

Y justo a tiempo para las preguntas importantes, ¡qué conveniente!” Su voz era melodiosa, llena de una energía vibrante y una inteligencia palpable.

“Da Vinci”, saludó Romani con un suspiro de resignación afectuosa.

“Así es, soy yo, el Genio Universal, Leonardo da Vinci.

Encantada de conocerte en persona, o mejor dicho, en carne propia, Issei Hyoudou.” Dio un paso adelante, y Issei pudo apreciar aún más la sublime obra de arte que era su figura.

Issei, recuperando el habla, balbuceó: “D-Da Vinci…

pero…

¡tú eres un hombre!

¡En los libros de historia!

¡Eras un hombre!” Da Vinci rió, un sonido claro y alegre.

“¡Ah, la perspicacia!

Efectivamente, en mi vida anterior, fui un hombre.

Un genio, por supuesto, pero anatómicamente masculino.” Hizo un gesto amplio hacia su propio cuerpo.

“Pero cuando el sistema de invocación de Servants de Chaldea me trajo, tuve una opción.

¿Por qué encarnar la forma limitada y mortal de mi vida pasada, cuando puedo manifestarme en la encarnación del ideal de belleza que siempre perseguí?” Sus ojos brillaron con picardía.

“Esta forma está basada en mi propia obra, la Mona Lisa, que considero el pináculo de la belleza femenina.

¿No es maravillosa?

Es la fusión perfecta de arte, ciencia y estética.” Issei la escuchó.

Procesó las palabras.

“Hombre…

ideal…

Mona Lisa…” Su mundo, ya tambaleante, se inclinó peligrosamente.

Una belleza tan absoluta, unos atributos tan perfectos…

y en su esencia, un hombre.

Un genio, pero un hombre.

La contradicción, la paradoja, fue demasiado para su mente pervertida pero esencialmente heteronormativa.

Un grito ahogado escapó de sus labios.

“¡NOOOOOO!” Se desplomó de rodillas, y esta vez, no fueron lágrimas de decepción artística, sino de confusión existencial pura.

Enterró su rostro en el regazo de Tamamo, que se había apresurado a arrodillarse a su lado.

“¡Es…

es un hombre!

¡Pero es tan…

tan perfecta!

¡Mi cerebro no sabe si admirar o huir!

¡Es el paraíso y la pesadilla al mismo tiempo!” Tamamo lo acarició suavemente el cabello, lanzando una mirada de divertida exasperación a Da Vinci.

“Shhh, goshujin-sama.

La identidad de género es un concepto fluido para los espíritus heroicos.

Concéntrate en la belleza de la forma, no en los detalles aburridos del pasado.” Da Vinci soltó una carcajada genuina y sin malicia.

“¡Oh, esto es precioso!

¡Tu reacción es un tesoro de datos psicológicos!

No te preocupes, pequeño Maestro.

Piensa en mí como una obra de arte viviente.

Aprecia la superficie.

El contenido…

bueno, el contenido es genial, literalmente.” Fue Romani quien, tras dejar que Issei tuviera su crisis por un momento, retomó el tema importante.

“Da Vinci, Issei dice que la Directora necesita un nuevo cuerpo.

Un homúnculo.

¿Es eso…

posible?” Da Vinci se puso seria de inmediato, su expresión cambiando a la de una científica concentrada.

“Un alma estabilizada pero sin cuerpo, alojada en una Sacred Gear de naturaleza conceptual…

Un desafío fascinante.” Se acarició la barbilla.

“Sí.

Es posible.

No será fácil.

Requerirá recursos, tiempo y una cantidad obscena de mi genialidad.

Pero puedo diseñar y cultivar un cuerpo homuncular de alta afinidad mágica, un receptáculo que pueda albergar su alma sin rechazo.

Será como ella era, físicamente, pero…

mejorada.

Libre de las limitaciones biológicas humanas más débiles.

Claro, si es lo que todos quieren.” “¡Sí!”, dijo Issei inmediatamente, levantando la cabeza de los senos de Tamamo.

“¡Por favor, hágalo!

¡Tenemos que salvarla!” Mash asintió con fuerza.

“Es nuestro deber.” Romani miró a Da Vinci, quien le devolvió una sonrisa segura y un pulgar en alto.

“Muy bien.

Da Vinci, comienza los preparativos.

Usa todos los recursos que necesites.” Luego, se volvió hacia Issei, su expresión era una mezcla de orgullo y profunda preocupación.

“Issei…

lo que lograste en Fuyuki fue extraordinario.

Corregiste la Singularidad.

Salvaste a Mash repetidamente, hiciste aliados, y hasta salvaste el alma de la Directora.

Chaldea, lo que queda de ella, te lo debe todo.” Issei se ruborizó, incómodo con el elogio.

“Pero”, continuó Romani, y su tono se volvió grave.

Apagó las luces de la enfermería y activó un holograma principal.

Mostró el globo terráqueo, pero no como era.

Siete puntos brillantes, de un rojo enfermizo, parpadeaban en distintos lugares y épocas.

“Fuyuki era solo el principio.

El primero de los focos de distorsión que están destruyendo la historia humana.

Sheba ha identificado siete Singularidades más.

Siete puntos en el tiempo donde la historia se ha torcido de manera catastrófica, cada una más peligrosa que la anterior.

La Incineración de la Humanidad no se detuvo; solo hemos tapado una grieta en un dique que se está rompiendo por todas partes.” La imagen era abrumadora.

Siete.

Issei miró sus manos, luego a Mash, a Tamamo.

Sintió el peso del guantelete invisible en su alma, el eco del alma de Olga, la promesa de Ddraig.

“Tu viaje, Issei Hyoudou”, dijo Romani, su voz eco en la sala silenciosa, “apenas ha comenzado.

Eres nuestro único Maestro activo.

La Grand Order…

la verdadera lucha para recuperar el futuro de la humanidad…

depende de ti.” Issei tragó saliva.

El camino ante él era infinitamente más largo y aterrador de lo que había imaginado.

Pero a su lado, tenía a una escudera leal, a una diosa zorro enamorada (¿esposa?), el poder de un dragón en su puño, y el alma de una orgullosa directora que dependía de él.

Y, en algún lugar del caos, la promesa de más heroínas legendarias, con o sin los atributos de su preferencia.

Tomó una respiración profunda.

El miedo estaba allí, pero también una chispa de esa determinación pervertida-heroica que lo había llevado hasta aquí.

Asintió, mirando los siete puntos rojos en el mapa.

“Está bien”, dijo, su voz firme por primera vez desde que despertó.

“Entonces…

¿cuál es la siguiente?” REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale voten si les gusto y apoyenme en mi patreon se gustan para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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