Fate/Issei Order - Capítulo 9
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9: Capitulo 8: Despertar 9: Capitulo 8: Despertar El alivio por haber sobrevivido a Fuyuki era palpable en los pasillos de Chaldea, pero estaba teñido de una sombra de urgencia agobiante.
En la Sala de Control Principal, ahora operando con apenas un tercio de sus consolas activas y luces de emergencia parpadeantes en los rincones, el aire olía a ozono, café recalentado y tensión.
Issei, vestido con un uniforme de trabajo sencillo en lugar de su traje de Maestro, se encontraba de pie junto a Mash y Tamamo frente al holograma central, donde las imágenes distorsionadas del Dr.
Romani y Da Vinci flotaban.
Romani lucía más demacrado que nunca, con profundas ojeras que hablaban de noches sin dormir.
“Los datos de Fuyuki se han integrado al sistema Sheba”, anunció Romani, pasando una mano por su despeinado cabello naranja.
“La Singularidad F ha sido corregida.
El tiempo en ese punto ha vuelto a su curso adecuado…
o más bien, la anomalía ha sido eliminada.
Es un respiro, pero solo eso.” “¿Y la siguiente?”, preguntó Mash, su voz serena como siempre, pero con una nota de anticipación.
Su escudo descansaba a un lado, limpio y pulido.
Ahí fue donde Romani frunció el ceño, un gesto de frustración profunda.
“Ese es el problema, Mash.
No lo sabemos con certeza.
Sheba está gravemente dañada.
Fuyuki fue como una baliza de emergencia, la más cercana y detectable.
Las otras distorsiones…
son más sutiles, o están mejor enmascaradas.
Identificar su ubicación temporal y espacial exacta requiere un análisis minucioso que, con el personal que nos queda y el estado de los sistemas, tomará tiempo.
No es algo que podamos saber de la noche a la mañana.” Issei se cruzó de brazos, una mueca de preocupación en su rostro.
“¿Tiempo?
¿Cuánto tiempo?
¿Y mientras tanto…
el mundo sigue incinerado?” “Así es”, confirmó Da Vinci desde su holograma, su tono era más ligero, pero no carecía de gravedad.
“El mundo exterior, el 2016 correcto, sigue…
ausente.
Incinerado.
Chaldea existe en una burbuja de realidad mantenida por los últimos generadores de la Cofre de Simulación.
Estamos completamente aislados.
No hay comunicaciones externas, no hay rescate, no hay refuerzos.
Lo que quedó vivo después del sabotaje…
somos nosotros.
Y unos cuantos cientos de técnicos y personal de soporte, muchos de ellos heridos.” La magnitud del aislamiento golpeó a Issei con una fuerza nueva.
No solo estaban en una misión imposible; estaban varados en el centro de la nada, en una base dañada, con el universo entero borrado a su alrededor.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal.
“Pero no todo son malas noticias, goshujin-sama!”, añadió Da Vinci, su sonrisa recuperando su brillo pícaro.
“Mientras Roman y su equipo trabajan en identificar la próxima Singularidad, hemos estado analizando los datos de tu desempeño.
Y los resultados son, en una palabra, fascinantes.” Se acercó un poco en el holograma, como si pudiera salir de él.
“Tu afinidad para sostener contratos con Servants no es solo buena, Issei.
Es absurda.
Monstruosa.
Rompe todos los modelos thaumaturgicales establecidos.
El estrés espiritual que debería matar a un mago común por tener un solo Servant, y mucho menos dos, en ti es…
manejable.
Tus circuitos, aunque de calidad ‘decente’, tienen una resiliencia y una capacidad de adaptación que no tiene precedentes.
Parece ser una característica intrínseca de tu ser, potenciada por esa curiosa Sacred Gear tuya.” Mash y Tamamo intercambiaron una mirada, y ambas sonrieron, visiblemente aliviadas.
Para Mash, significaba que no era una carga excesiva para su Sempai.
Para Tamamo, confirmaba que su elección de “esposo” era aún más acertada de lo que pensaba.
“En términos prácticos”, continuó Da Vinci, “esto significa que puedes, en teoría, invocar y mantener a más Servants sin sufrir colapso espiritual.
Tu límite no está definido por las reglas, sino por tu propia resistencia física y mental.
Eres, literalmente, el Maestro con mayor potencial de carga contractual que hemos registrado jamás.” Issei parpadeó, procesando la información.
Más Servants.
Más aliados poderosos.
Más…
heroínas legendarias.
Una sonrisa tonta comenzó a dibujarse en sus labios, pero la cortó de inmediato al ver la mirada de advertencia que Mash le lanzaba, como si pudiera leer sus pensamientos.
“Eso…
suena bien.
Para la misión, quiero decir.” “Por supuesto, para la misión”, dijo Da Vinci con un guiño evidente.
“Pero la invocación puede esperar.
Primero, necesitamos estabilizar Chaldea, reparar lo básico, y necesitamos que tú, nuestro valiente Maestro, ayudes con algo igual de crucial.” Hizo una pausa dramática.
“Los reportes.” Issei palideció.
“¿R-reportes?
¿Como…
tareas escritas?” “Exactamente”, asintió Romani, mostrando una tableta llena de formularios digitales.
“Informe detallado de los eventos en Fuyuki: avistamientos de enemigos, capacidades de los Servants enfrentados, análisis táctico, estado del Santo Grial corrupto, interacción con Cú Chulainn, parámetros de tu Boosted Gear…
Necesitamos documentar todo.
Cada dato puede ser vital para entender las futuras Singularidades.
Y dado que fuiste el testigo principal y el actor clave…” Issei dejó escapar un suspiro tan profundo que pareció desinflarse.
Había pensado que, al salir de la preparatoria y ser arrojado a una guerra por la existencia, se había librado de las tareas escolares.
El universo, al parecer, tenía un sentido del humor cruel.
“¿En serio?
¿No puedo…
no sé, entrenar o algo?” “Después de los reportes”, dijo Romani con una sonrisa simpática pero firme.
“Y después de otra cosa.
El personal de mantenimiento está sobrecargado.
Hay escombros que limpiar, pasillos que despejar, habitaciones que habilitar para el personal herido.
Todos tenemos que poner de nuestra parte, Issei.
Incluido el ‘héroe que corrigió la Singularidad’.” Así, con el corazón un poco más pesado, Issei se encontró, una hora después, no en un glorioso campo de batalla o en un ritual de invocación, sino en el Sector 7 de los dormitorios de personal, con una escoba en las manos y una máscara antipolvo en la cara.
— Mientras Issei maldecía su suerte entre estornudos por el polvo, en un plano de existencia completamente diferente, la conciencia de Olga Marie Animusphere se arrastraba de regreso a la lucidez.
Su último recuerdo claro era de un dolor atroz, no físico, sino existencial: la traición de Lev, la revelación de su propia muerte, la terrorífica visión de una Chaldea corrupta, y la sensación de su alma siendo atraída hacia la aniquilación.
Luego, calor.
Un calor rojo y verde, y una mano que la agarraba con una fuerza desesperada.
Había asumido, en los ecos fragmentados de su pensamiento, que todo había sido un sueño.
Una pesadilla elaborada y cruel producto del estrés.
Los huesos, el Rey Arturo plano, las insolencias de Hyoudou, la traición de Lev…
demasiado absurdo para ser real.
Tenía que despertar en su suite de Directora, con Lev tocando a la puerta con el informe matutino.
Pero no despertó en su cama.
Su conciencia se solidificó en un lugar de una quietud irreal.
Abrió lo que sintió como ojos, y vio nada.
Un vasto páramo blanco, sin características, sin sonido, sin temperatura.
No estaba de pie ni acostada; simplemente era, flotando en una nada perceptual.
El pánico, un viejo conocido, comenzó a apretarle el pecho (¿tenía pecho aquí?).
¿Esto es el limbo?
¿El vacío entre la vida y la muerte?
¿El castigo por mi incompetencia?
Los pensamientos giraban en su mente, cada uno más aterrador que el anterior.
Si esto era la eternidad, era peor que cualquier infierno descrito por los magos.
“Tranquilízate, alma fracturada.
No estás muerta.
O al menos, no de la manera que crees.” La voz la hizo “girarse”.
No hubo movimiento físico, pero su perspectiva cambió.
Y entonces lo vio.
Era una criatura de pesadilla y grandeza.
Un dragón de escala colosal, de un rojo tan profundo y vívido que parecía hecho de rubíes líquidos y sangre de soles.
Sus ojos amarillos ardientes la observaban con una inteligencia que trascendía lo mortal.
La aura de poder que emanaba era tan densa que Olga, incluso en su estado incorpóreo, sintió el impulso primordial de postrarse, de huir, de desaparecer.
Este ser era de una categoría diferente a cualquier Espíritu Heroico o bestia mágica que hubiera estudiado.
Esto era un Dragón Celestial, un ser del mito más profundo.
“¿Q-qué…
qué eres tú?”, logró articular, su “voz” un susurro tembloroso en el vacío blanco.
“¿Un guardián del más allá?
¿Un demonio?” El dragón, Ddraig, emitió un sonido que era un suspiro resonante que hacía vibrar la mismísima blancura.
“Soy el residente.
El inquilino de larga data de la herramienta que ahora te alberga.
Y tú, Olga Marie Animusphere, eres la invitada de última hora.” “¿Herr…
herramienta?
¿Alberga?” Olga intentó dar sentido a las palabras.
Su mente de maga, incluso en shock, comenzó a conectar puntos.
Un espacio interior blanco.
Una presencia dragontina.
Había leído sobre ciertos artefactos legendarios, Sacred Gears de nivel excepcional, que albergaban conciencias…
“¿El Boosted Gear?
¿El poder de Hyoudou?
¿Estoy…
dentro de la Sacred Gear de ese…
ese pervertido?” “Agudo, para estar al borde de la disolución.
Sí.
Tu alma fue reclamada por el Boosted Gear en respuesta al deseo de su portador.
Este espacio es un dominio adjunto a mi propia prisión, digamos…
una suite para invitados.” Ddraig inclinó su enorme cabeza.
“No temas.
No soy tu carcelero.
Soy, en cierto modo, tu anfitrión.
Y tu salvador indirecto.” Olga trató de calmar el torbellino de emociones.
No estaba muerta.
Estaba atrapada dentro de la Sacred Gear de Issei Hyoudou.
La idea era tan humillante como increíble.
“¿Salvador?
¿Fue…
fue él?
¿Hyoudou me salvó?” “Con cada fibra de su deseo.
Cuando tu alma se desprendía, él solo pensó en protegerte, en darte un lugar seguro.
El Gear respondió.
Es un artefacto que se alimenta de la voluntad, y la voluntad de ese chico, cuando se centra en proteger a los suyos, es formidable.” Ddraig hizo una pausa, sus ojos brillantes estudiándola.
“Aunque, por lo que he observado, no eras precisamente ‘de los suyos’.
Lo regañabas constantemente.” Un rubor de vergüenza (¿cómo se ruborizaba un alma?) cubrió la conciencia de Olga.
Era cierto.
Desde el momento en que Issei había aparecido como un error molesto, ella no había hecho más que despreciarlo, insultarlo, regañarlo.
Lo había considerado una plaga, un obstáculo, una vergüenza.
Y sin embargo, cuando todo se derrumbó, cuando Lev la traicionó y la condenó, ¿quién había corrido hacia ella?
¿Quién había extendido la mano a través de la corrupción y el peligro?
No Wodime, el perfecto.
No ningún otro miembro de su personal.
Issei Hyoudou.
El pervertido.
El fanático de los pechos.
El que lloró porque el Rey Arturo era plano.
Un sentimiento complejo y completamente nuevo se agitó en lo que quedaba de su ser.
No era solo gratitud.
Era un reconocimiento profundo, doloroso, de su propia miopía.
Había subestimado por completo a ese chico.
Lo había juzgado solo por su aspecto más superficial y molesto, ignorando la tenacidad, la lealtad instintiva y el poder latente que poseía.
Y él, a pesar de todo, había arriesgado algo (¿su propia alma?
¿su energía?) para salvarla.
“Sí…”, murmuró, su voz mental era baja.
“Fue él.
El que menos esperaba…” No podía terminar la frase.
Admitir que Issei era su salvador era admitir que estaba equivocada en casi todo lo referente a él.
Y para alguien tan orgullosa como Olga Marie, era una píldora amarga de tragar.
“Así es.
Ahora, responde a tus otras preguntas: la Singularidad de Fuyuki ha sido corregida.
El grupo de tu chico Maestro, con la ayuda del Caster Cú Chulainn y de mi portador, derrotó a la versión corrupta del Rey Arturo.
El núcleo de la distorsión fue eliminado.” Olga asintió lentamente.
Al menos esa parte de la misión había sido un éxito.
“¿Y Chaldea?
¿Issei?
¿Qué están haciendo ahora?” “Chaldea sobrevive, pero gravemente herida.
La mayoría del personal está muerto o incapacitado.
El Dr.
Romani Archaman y la encarnación de Leonardo da Vinci están a cargo.
Tu cuerpo físico fue destruido en la explosión inicial, por lo que no puedes regresar a él.
Sin embargo…” Ddraig pareció sonreír, una sensación de satisfacción técnica en su tono.
“…el genio universal, Da Vinci, atendiendo la petición de Issei, ha comenzado a diseñar y cultivar un nuevo cuerpo homuncular para ti.
Uno mejorado, con mayor afinidad mágica, capaz de albergar tu alma sin rechazo.” “¿Un…
nuevo cuerpo?
¿Da Vinci?
¿Está aquí?” La información era abrumadora, pero esta noticia era un rayo de esperanza en la blancura desolada.
“Sí.
Mientras tanto, el resto trabaja en estabilizar las instalaciones.
Tu Maestro, en particular, está ocupado en dos frentes: ayudando a redactar los tediosos pero necesarios reportes post-misión y, en lo físico, auxiliando en la limpieza de escombros y la rehabilitación de áreas críticas.” “¿Hyoudou…
limpiando escombros?” La imagen era tan discordante con su idea del chico pervertido y holgazán que casi le hizo reír.
Casi.
“Así es.
Parece decidido a contribuir.
En cuanto al futuro, Romani ha informado de la detección de otras siete Singularidades.
La Grand Order está lejos de terminar.” “Siete más…”, susurró Olga.
La escala del desastre era monumental.
Y todo recaía sobre los hombros de un puñado de sobrevivientes, con Issei Hyoudou como su único Maestro operativo.
La responsabilidad que ella misma había sentido ahora pesaba sobre él, y la idea la inquietaba de una manera extraña.
No por envidia, sino por…
preocupación.
Dejó de hacer preguntas.
Necesitaba procesar.
Todo: su muerte, su salvación, su nuevo estado, la traición de Lev, la realidad de las Singularidades, la verdad sobre Issei…
Era demasiado.
“Entiendo”, dijo finalmente, su tono más firme, recuperando un ápice de su compostura de Directora, incluso aquí, como un alma en un páramo.
“Gracias por la información.
Y por…
la hospitalidad.” Ddraig asintió, una sensación de aprobación fluyendo hacia ella.
“Descansa, Olga Marie.
Este espacio es estable.
Tu alma se recupera aquí.
Te avisaremos cuando tu nuevo cuerpo esté listo.
Puede tomar algunos días.
Aprovecha para…
reflexionar.” Con eso, la inmensa presencia del Dragón Carmesí comenzó a desvanecerse, disolviéndose en la blancura hasta desaparecer, dejándola sola con sus pensamientos.
Olga “se sentó”, o adoptó una postura contemplativa en la nada.
Reflexionar.
Sí, tenía mucho en qué pensar.
Sobre Lev, sobre su padre, sobre su legado destrozado.
Pero, inesperadamente, la imagen que más se repetía era la de Issei: su sonrisa tonta, su mirada pervertida, su determinación feroz al proteger a Mash, su llanto absurdo por los pechos de Artoria, y finalmente, su mano extendida hacia ella en medio del infierno.
Un calor extraño, no desagradable, se extendió por su conciencia.
Era confusión, vergüenza, gratitud…
y algo más que no estaba lista para nombrar.
Con un suspiro mental, decidió seguir el consejo de Ddraig.
Se “acostó” en la blancura, cerrando sus ojos de conciencia, permitiéndose descansar por primera vez desde que todo comenzó.
— De vuelta en la realidad física de Chaldea, Issei Hyoudou estaba lejos de descansar.
Sudor le corría por la frente, manchando el polvo de su máscara.
El Sector 7 de los dormitorios había sido uno de los más golpeados por las explosiones internas.
Pasillos estaban bloqueados por vigas caídas, puertas reventadas, y el equipo personal de decenas de técnicos yaba esparcido, destruido o cubierto de yeso.
“Por aquí, Hyoudou-san”, indicó un técnico con el brazo en cabestrillo, señalando un montón de escombros de paneles de pared y mobiliario metálico retorcido.
“Si podemos despejar esto, podremos acceder a las habitaciones del ala oeste.
Creemos que puede haber suministros médicos almacenados allí.” “¡Déjame a mí!”, dijo Issei, escupiendo en sus manos (un gesto que Tamamo, observando desde un extremo del pasillo con una expresión de divertido asco, consideró ‘espantosamente humano’).
Agarró una viga de metal que pesaba tanto como él.
Antes, habría sido imposible.
Ahora, con su cuerpo fortalecido por el entrenamiento en Chaldea y un atisbo consciente de Reforzamiento aplicado a sus brazos, logró moverla con un gruñido de esfuerzo, arrastrándola hacia un carro de transporte.
Mash trabajaba a su lado, usando su fuerza de Servant para levantar escombros mucho mayores con una facilidad que hacía que los técnicos heridos miraran con asombro.
Ella no usaba su escudo, pero su eficiencia era militar.
Tamamo, por su parte, se había ofrecido a ayudar “de manera mágica”, pero al ver que sus hechizos de telequinesis podían hacer volar escombros de manera peligrosa, se le asignó la tarea de repartir agua y barrer el polvo más fino con una de sus colas, lo que hacía con una elegancia etérea que convertía la limpieza en un espectáculo.
“Vaya, Sempai, estás sudando mucho”, observó Mash, pasándole una botella de agua.
“¡Es trabajo honesto!”, jadeó Issei, bebiendo con avidez.
“Además, Ddraig dijo que entrenar el cuerpo ayuda con el Gear.
Esto cuenta como entrenamiento, ¿no?” “Una filosofía admirable, goshujin-sama”, dijo Tamamo, acercándose y usando un pañuelo de su kimono para limpiarle suavemente la frente, una acción tan íntima que hizo que Issei se sonrojara y que varios técnicos sonrieran entre dientes.
“Sudor de esfuerzo por reconstruir el hogar.
Es muy masculino.” Issei se sonrojó aún más.
A lo largo del día, fue testigo de la devastación de primera mano.
Vió salas de control carbonizadas, laboratorios destrozados, y el dolor en los ojos del personal sobreviviente que intentaba rescatar lo que podía de sus estaciones de trabajo o buscar pertenencias de compañeros desaparecidos.
No era la batalla épica contra un Servant, pero era una lucha igual de importante: la de seguir vivos, de mantener una chispa de normalidad y esperanza.
Al caer la “noche” artificial del ciclo de Chaldea, Issei, Mash y Tamamo regresaron a sus habitaciones (la de Issei había sido reparada mínimamente).
Estaba exhausto, pero con una satisfacción extraña.
Había sido útil de una manera mundana, tangible.
Antes de dormir, miró la mano donde residían los Command Spells y el vínculo con Ddraig.
Pensó en Olga, atrapada en ese páramo blanco.
Pensó en las siete Singularidades que pendían sobre ellos como espadas.
Pensó en Mash, en Tamamo, en el largo camino por delante.
No era el héroe clásico.
Era un chico pervertido al que le gustaban los pechos grandes, con un dragón en el alma y una directora fantasma como acompañante.
Pero tenía un lugar aquí.
Una misión.
Y, por primera vez desde que llegó a este lugar, una sensación de pertenencia.
Con esa mezcla de cansancio, determinación y un leve hormigueo de anticipación por lo que vendría (¿y qué nuevas heroínas conocería?), Issei Hyoudou cerró los ojos, dejando que el suave zumbido de una Chaldea herida pero viva lo arrullara.
El prólogo había terminado.
El primer capítulo, también.
Ahora, la verdadera epopeya, con toda su gloria, su terror y sus promesas de senos legendarios, aguardaba entre las sombras del tiempo distorsionado.
Y él, aunque no lo supiera del todo, estaba listo.
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