Fate of Magic - Capítulo 10
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10: Vacaciones de invierno 10: Vacaciones de invierno Las vacaciones de invierno se acercaban, y Hogwarts, con sus muros encantados y pasillos interminables, empezaba a sentirse distinto.
Los corredores solían estar llenos de voces, risas y discusiones triviales, pero poco a poco se iban vaciando conforme la mayoría de los estudiantes preparaban maletas para regresar a casa.
Para muchos, era la oportunidad de volver con sus familias, compartir las festividades y escapar de la rigurosidad académica del colegio.
Para Gudao, sin embargo, representaba un dilema mucho más profundo.
Se encontraba sentado en silencio dentro de la Sala Común de Slytherin, frente al fuego verde que ardía con un crepitar hipnótico.
Sus manos reposaban entrelazadas sobre sus rodillas y mantenía los ojos cerrados, practicando una especie de meditación personal que había aprendido en Chaldea para ordenar pensamientos cuando la presión lo abrumaba.
Era un ejercicio simple: evaluar los pros y los contras, las posibles rutas de acción, y tratar de encontrar un equilibrio.
El primer escenario que analizaba era el de quedarse en Hogwarts durante las vacaciones.
Había varias razones de peso que lo inclinaban hacia esa opción.
Por un lado, quedarse significaba tiempo.
Tiempo para investigar, tiempo para leer en la biblioteca sin interrupciones, tiempo para explorar los misterios del castillo sin la multitud de estudiantes merodeando.
La piedra filosofal seguía rondando en su mente como una espina que no podía ignorar.
Ahora que sabía de su existencia, dejarla simplemente pasar desapercibida le parecía imposible.
Sentía que, de una u otra forma, él tenía que involucrarse.
Además, un detalle nada despreciable: la mayoría de sus compañeros de Slytherin regresarían a casa.
Entre ellos, Draco Malfoy con su séquito inseparable y Daphne Greengrass, cuyo desdén hacia él era tan gélido como el invierno escocés.
Sin esas presencias, la Sala Común sería mucho más tranquila, un alivio que no podía subestimarse.
Sin embargo, la moneda tenía otra cara.
Si bien los más molestos se irían, eso no significaba que la casa quedara vacía.
Los de quinto año habían decidido quedarse, obligados por la presión de los O.W.L.s, los temidos exámenes que definían gran parte de su futuro académico.
Para Gudao, eso era una pésima noticia, pues entre esos alumnos se encontraban algunos de los más arrogantes y crueles de Slytherin, aquellos que disfrutaban atormentar a los más jóvenes con sus comentarios mordaces y su prepotencia.
Y lo peor: tendrían demasiado tiempo libre para hacerlo.
En cambio, los de séptimo año apenas reparaban en él.
Estaban consumidos por los N.E.W.T.s, exámenes incluso más arduos, y su nivel de estrés era tan alto que difícilmente se distraerían con un niño de primer año.
Así que su principal problema serían esos insoportables de quinto curso, a quienes tendría que esquivar con astucia.
El otro escenario era regresar al orfanato.
Allá lo esperaban camas incómodas y un ambiente más frío que el castillo en pleno diciembre, pero también una tranquilidad distinta.
Podría relajarse, descansar y pasar tiempo con algunos de sus viejos compañeros, aquellos que, pese a las circunstancias, había llegado a apreciar.
La rutina sería menos exigente, sin el peso constante de clases, deberes y secretos mágicos.
Pero incluso al pensar en esa opción, algo dentro de él lo frenaba.
La piedra filosofal.
Ese pensamiento volvía una y otra vez, como una campana resonando en su mente.
Sabía que Dumbledore estaba involucrado, y si algo había aprendido en Chaldea era que donde existían objetos con un poder tan colosal, también existían peligros inevitables.
Dejarlo pasar era como darle la espalda a una calamidad que podía arrasar con todo.
Pero entonces surgía la voz de Archer.
Esa figura sombría, de brazos cruzados y mirada cínica, aparecía en su memoria como un recordatorio incómodo.
“No juegues al héroe.
No es tu responsabilidad cargar con el mundo.
Cuando intentas salvarlo todo, terminas perdiéndolo todo.” Eran palabras duras, crueles incluso, pero llenas de la verdad amarga que solo alguien con cicatrices profundas podía transmitir.
Gudao lo sabía bien.
Archer había visto demasiado, había fallado demasiado, y hablaba desde una experiencia que él apenas comenzaba a comprender.
Y sin embargo…
¿Cómo podía quedarse quieto?
¿Cómo podía pretender que nada sucedía?
La imagen de Mash se alzó en su mente, clara como el día en que la vio sacrificarse en el Templo del Tiempo.
Su sonrisa tierna, su voz calmada, y esa determinación férrea que la llevó a protegerlo hasta el último aliento.
“Senpai…
mientras usted siga vivo, yo estaré feliz.” Esas palabras se clavaban en él como un puñal.
¿De verdad podría vivir consigo mismo si ignoraba la amenaza y permitía que el desastre se desatara?
¿Podría mirarse al espejo sabiendo que tuvo la oportunidad de actuar y la desechó por miedo o comodidad?
La respuesta se formó sola, sin necesidad de más meditaciones.
No.
No podía.
Tal vez no era un héroe.
Tal vez Archer tenía razón en muchas cosas.
Pero si había algo que Gudao había aprendido en Chaldea, era que incluso las acciones pequeñas podían marcar la diferencia.
Y si la piedra filosofal estaba aquí, si alguien planeaba robarla o usarla para fines oscuros, él no sería un espectador más.
Abrió los ojos lentamente, la decisión grabada en ellos como fuego.
El crepitar verde de la chimenea iluminó sus facciones juveniles, haciéndolo parecer más serio de lo que correspondía a un niño de once años.
-Me quedaré en Hogwarts -susurró para sí mismo, con un aire de resolución.
La nieve empezaba a caer más fuerte sobre los terrenos del castillo, como si la naturaleza misma respondiera a su decisión.
El invierno traería silencio y oportunidades, pero también pruebas que pondrían a prueba su temple.
Y Gudao, con Mash en su corazón y la advertencia de Archer en la mente, se preparaba para enfrentarlas.
POV: Gudao La biblioteca de Hogwarts tenía un silencio que no pesaba: era un silencio útil, lleno de páginas moviéndose, de plumas raspando y de polvo flotando como motas de tiempo.
Gudao ocupaba siempre la misma mesa, de espaldas a la pared y con vista a dos pasillos de estanterías.
Había convertido aquel rincón en una base de operaciones: cuaderno, pluma, un par de reglas, tiza, una brújula que en realidad era un talismán para sentir flujos de prana y una pila creciente de libros con títulos que ponían nerviosa a Madam Pince.
Buscaba patrones, no respuestas fáciles.
“Si yo fuera Dumbledore, ¿dónde escondería una piedra capaz de trastocar la vida y la muerte?”, anotó.
La pregunta no era filosófica; era logística.
Dibujó un esquema del castillo desde memoria y lecturas: torres, mazmorras, patios, corredores principales.
Fue tachando lugares por descarte: demasiado transitados, demasiado húmedos para runas estables, demasiado cerca de dormitorios.
A su lista de criterios añadió cosas que otros niños no considerarían: líneas de corriente mágica, accesos con resonancias antiguas, cruces de campos de anulación.
Releyó apuntes de Hogwarts, una historia y otros tomos sobre arquitectura encantada.
El castillo cambia, se mueve; odia los mapas absolutos.
Pero incluso un organismo caprichoso tiene arterias fijas.
Gudao marcó con puntitos los pasillos que casi nunca veía usar a alumnos o profesores, las puertas que “parecían” nuevas este trimestre, los tramos donde los hechizos cotidianos -Lumos, Alohomora- resonaban de forma rara, como si una segunda pared de magia se interpusiera por debajo.
A la mañana siguiente, bajó a desayunar más tarde que de costumbre.
El Gran Comedor estaba a medio gas: muchas bufandas en maletas, prefectos dando instrucciones, lechuzas cruzando con periódicos.
Mientras mordía una tostada, alzó la vista y los vio: el niño que sobrevivió y sus dos satélites inseparables.
Harry Potter hablaba con Ron Weasley y Hermione Granger al pie de la mesa de Gryffindor; por el gesto formal de Hermione y el bulto bien atado de su mochila, Gudao dedujo que se marcharía a casa.
No se acercó: no necesitaba.
Afinó el oído con ese control de respiración que le enseñaron los Assassin, separando el ruido útil del murmullo general.
-…entonces queda en ustedes seguir con lo de Flamel -alcanzó a oír, seguido de un por favor no hagan nada estúpido dicho con la autoridad nerviosa de quien se va pero quisiera quedarse.
Gudao volvió a su plato.
Hermione quería motivos: quién y por qué querría la piedra.
Eso estaba bien.
Pero a él le urgía otro vector: dónde.
La intención sin ubicación es humo.
La teoría obvia daba dos usos: prolongar la vida o catalizar un hechizo de escala absurda.
Lo primero atraería a desesperados; lo segundo, a ambiciosos.
Ninguno de los dos perfiles le tranquilizaba.
Subrayó en su cuaderno: “El ladrón -si no consiguió nada en Gringotts- vendrá aquí.
Hogwarts es ahora el cuello de botella.” Ese mismo día, con el comedor ya vaciándose, volvió a la biblioteca.
Cambió la pila de libros: menos historia moral, más “técnico”.
Trazas de Bounded Fields en Construcciones Vivas, Claves de anclaje para trampas de Transfiguración, Manual de cierres extracurriculares para conserjes (lo consiguió con la excusa de un trabajo de Encantamientos).
Buscaba un hilo práctico: ¿cómo se fijan guardias mágicos en un edificio que se reconfigura?
¿Qué tipo de protección “suena” distinta si te acercas con la sensibilidad abierta?
Cuando la luz se volvió azul detrás de los vitrales, cerró el cuaderno y salió.
No había prisa; había método.
Empezó por los límites conocidos: bajó a las mazmorras, caminó su sala común y los corredores adyacentes, calibrando su brújula-talisman.
Luego subió, planta por planta, tomándose notas del “grano” de la magia en cada tramo.
Normalmente Hogwarts es una marejada suave, como el rumor de un río.
Aquella noche, en el ala del tercer piso, el rumor cambió: un leve zumbido opaco detrás de una pared.
Se detuvo.
Nadie alrededor.
Encendió Lumos apenas lo justo para leer una placa: “Acceso restringido”.
No era nuevo; Dumbledore había advertido a inicio de curso que cierta zona estaba vedada “para quienes apreciaran su integridad”.
El cartel se le antojó un faro para tontos; la verdadera advertencia estaba en la vibración: capas de hechizos superpuestas, recientes.
No intentó abrir nada.
Se limitó a hacer lo que mejor se le daba: escuchar.
Apagó la luz, apoyó la mejilla en la piedra y respiró como si intentara volverse parte del muro.
Primero nada.
Luego, muy al fondo, un sonido grave, rítmico.
Un ronquido que parecía tres roncadores al unísono, con un resoplido húmedo.
El olor le llegó segundos después: animal, saliva, lana mojada.
Apartó la cabeza despacio, sin sonreír, sin celebrar.
Anotó: “Guardianes vivos.
Probablemente tamaño grande.
Acceso único.
Hay algo debajo.” Retrocedió sin cambiar el paso.
Si había un animal allí, había un encargado.
Recordó a Hagrid empujando carretillas de carne en los días fríos.
“No lo sigas -se dijo-.
Recopila, no provoques.” Siguió su circuito nocturno: dos vueltas al corredor, registro de candados invisibles, marcas mínimas con tiza que la piedra absorbe en horas.
Cuando regresó a la Sala de los Menesteres, el cuarto le devolvió un plano simplificado del ala con una X discreta sobre la puerta sospechosa.
No necesitaba más confirmación.
Los días siguientes se volvieron un patrón de reloj: mañanas en biblioteca, tardes de entrenamiento (domar el retroceso de Expulso, afinar Silencio sobre su propio cuerpo, ensayar pasos en presencia cero), primeras horas de la noche en reconocimiento.
Empezó a cruzar datos con logística: avistó a la profesora Sprout recibiendo cajas con tierra oscura y plantas retorcidas -no iban a los invernaderos, curiosamente, sino que desaparecían con ella en el castillo-; vio a Filch rondar el tercer piso con una linterna cuyo cristal estaba hechizado para revelar magia reciente; detectó brillos de Encantamientos pulcros en puertas vecinas al área vedada (la huella de Flitwick era inconfundible en lo “limpio” del lanzamiento).
Sumó a McGonagall por el rumor de transfiguraciones estáticas y a Snape porque, a ciertas horas, el aire olía a ingredientes reactivos sin calentar.
El cuadro emergía solo: capas por profesor.
Dumbledore no había confiado en una cerradura; había encargado una suite de pruebas.
Bajo ese mapa, la piedra no descansaría en una repisa.
Estaría al final de un camino diseñado para quebrar a cualquiera que no combinara cabeza, nervio y técnica.
“Y si el ladrón es un profesor -añadió a regañadientes-, cada capa podría ser también una coartada.” Le desagradó esa línea, pero la dejó escrita.
Una mañana, ya con la nieve pegada a los alféizares, volvió a coincidir con el trío en el desayuno.
Hermione enumeraba instrucciones con la precisión de un prefecto adelantado; Ron escuchaba a medias; Potter asentía serio.
Las palabras “no se metan con Snape” y “busquen menciones cruzadas de Flamel” flotaron hasta su mesa.
Hermione no pasó de ahí: abrazos rápidos, un adiós casi marcial, y se fue rumbo a la lechucería con su equipaje.
Gudao notó algo más útil: al irse ella, se iba la única mente que desafinaba la melodía de Gryffindor con datos.
Los otros dos investigarían, sí, pero a su modo.
Sería ruido valioso, distracción para terceros.
Confirmado el plan, dobló su lista de vacaciones: 1.
Mapear completamente el tercer piso: ritmos de patrulla, ciclos de ruido del guardián, hechizos pasivos.
2.
Revisar en biblioteca textos sobre “cavidades ocultas” bajo corredores (Hogwarts tiene más huecos que paredes).
3.
Colocar dos runas de aviso en pasillos alternos, discretas, no intrusivas: si se activan por un gran flujo de prana nocturno, sabrá que algo se mueve.
4.
No cruzar la línea.
Aún no.
Observar, anticipar.
La Sala de los Menesteres, cómplice, le proporcionó lo que pidió sin palabras: un metrónomo que imitaba el intervalo de los ronquidos del “algo” del tercer piso; un maniquí con tres cabezas para entrenar ángulos de evasión; una cuerda con pesos para practicar pasos sin vibrar el suelo.
Cada sesión terminaba con él frente al espejo, la marca en su mano derechamente tibia.
Los sellos seguían incompletos, pero “miraban”.
A veces, al cerrar los ojos, creía oír las pisadas de Mash detrás de él, el golpe de su escudo.
Abría los ojos y recordaba a Archer: No juegues al héroe.
Asentía.
Luego anotaba otra variable y seguía.
La biblioteca, vacía por vacaciones, le ofreció además pequeños tesoros: un capítulo oscuro sobre “cierres que sólo ceden a la intención correcta”, una nota marginal en un tomo de Alquimia sobre “matrices que reflejan el deseo más íntimo para impedir robos”, y una referencia a un espejo que no describían con detalle.
No se dejó arrastrar por la especulación; lo marcó y lo guardó para después.
Primero, el dónde.
Tres noches después, sentado en un descansillo sin presencia para Filch ni para su gata, vio a Hagrid subir cargando una caja envuelta en arpillera.
Olía a sangre dulce.
Hagrid no iba hacia las cocinas.
Subía, lento, a donde Gudao ya sabía que no debía haber nadie.
Esperó veinte minutos y el zumbido del tercer piso cambió: los ruidos del guardián bajaron de intensidad, el peso de la magia se redistribuyó, como si alguien saciara su hambre.
Aspiró el aire helado y anotó en seco: “Confirmación por logística: entrada activa, guardián alimentado.
La piedra está detrás.” No necesitaba más para fijar su objetivo de invierno: cartografiar sin cruzar.
Si el ladrón -o el profesor- se movía, quería saberlo el primero.
Si todo seguía quieto, mejor; tendría tiempo para preparar un plan que no consistiera en heroísmo, sino en contingencias: rutas de salida, señuelos, cómo avisar sin ser señalado.
No era Chaldea, pero la lección era la misma: los desastres son pacientes, y uno tiene que serlo más.
Cerró el cuaderno al amanecer.
Afuera, la nieve nueva hacía al castillo parecer un gigante dormido.
Gudao recogió sus cosas y, antes de dejar la mesa, escribió en la última página del día: > Motivo: otros lo buscarán por poder; yo busco evitar el desastre.
Método: ver antes que los demás.
Límite: no cruzar por orgullo.
Actuar sólo si es necesario.
Guardó la pluma.
La piedra filosofal, en algún lugar bajo la respiración pesada del tercer piso, no podía esconderse de un mapa que se hacía con paciencia.
Y la paciencia, por fortuna, era lo único que a Gudao nadie podía quitarle.
POV: Harry Potter La noche en que llegó el paquete envuelto en papel áspero y atado con una cuerda, Hogwarts olía a leña y a nieve.
Harry desató el nudo con dedos temblorosos.
Dentro, un tejido plateado se deslizó como agua; al tacto, la capa era ligera y fría.
Había una nota, con una caligrafía elegante y breve: Tu padre la dejó en mi poder.
Es hora de devolvértela.
Úsala bien.
El pecho de Harry se apretó con una especie de vértigo.
La palabra “padre” ardía como una brasa.
Esa misma noche, cuando el castillo calló y la respiración lenta de Ron llenó el dormitorio, Harry se echó la capa sobre los hombros.
Desaparecer fue…
fácil.
Una ráfaga contenida de risa le subió a la garganta.
Se volvió una sombra sin peso.
Descendió las escaleras de la torre con el corazón golpeándole el cuello y salió al pasillo, donde las armaduras parecían vigilar sin ojos.
La biblioteca a esas horas parecía una catedral: alta, inmóvil, con el eco de pasos ajenos pegado a las vigas.
La Sección Prohibida lo recibió con un cordón y un cartel; nada que la capa no volviera irrelevante.
Deslizó el gancho, contuvo la respiración y se internó entre lomos oscuros.
Abrió un volumen al azar-le llamó la atención un broche de metal en la cubierta-y apenas separó las páginas, un alarido salió del libro y se estrelló contra la bóveda como el chillido de un animal herido.
Harry saltó hacia atrás, el corazón convertido en tambor.
Cerró de golpe, se llevó el dedo a los labios por instinto inútil, y corrió.
Filch.
Podía oír a Filch, y el tintineo de la linterna, y la lengua siseante con que llamaba a su gata.
El pasillo se multiplicaba delante de él.
Dobló una esquina, otra, y distinguió una puerta entreabierta.
Se coló dentro y la cerró sin ruido, espalda pegada a la madera, ojos clavados en la rendija de luz que quedaba.
Pasos.
La luz de la linterna pasó como un faro por el suelo.
Silencio.
Cuando por fin se atrevió a despegarse de la puerta, notó la habitación: vacía salvo por un objeto monumental cubierto por una sábana.
El aire era frío allí, con un olor limpio, casi metálico.
Harry dio un paso, luego otro, y tiró de la tela.
El espejo apareció como si siempre hubiera estado esperándolo.
Tallado, antiguo, con una inscripción en un arco: Erised stra ehru oyt ube cafru oyt on wohsi.
No entendía nada, pero tampoco podía apartar la mirada.
Se vio a sí mismo…
y detrás de él, una mujer de cabello rojo, ojos tan verdes como los suyos; un hombre de gafas redondas, despeinado, con una sonrisa tímida.
Sus padres.
“Mamá”, dijo sin voz, la palabra apenas formando el aire.
La mujer levantó la mano, como si pudiera tocarle la mejilla.
El hombre le puso la mano en el hombro-Harry se giró de golpe; en la habitación no había nadie.
Se volvió al espejo, con urgencia.
Ahí estaban.
Riendo.
Orgullosos.
Tan cerca que dolía.
Se quedó allí mucho tiempo, aprendiendo el contorno de esas caras como si así pudiera volver con ellas.
Al final, un hilo de decepción se enroscó entre la felicidad: eran proyecciones, una promesa sin cuerpo.
Pero aun así, una calidez tranquila se abrió paso en el estómago.
No estaba solo del todo.
“Buenas noches”, susurró.
Salió como había entrado, con la capa que olía a recuerdo y a posibilidad.
A la mañana siguiente, despertó a Ron con el pie.
-Tienes que verlo -dijo.
Rehusó explicarlo-no podía explicarse-y arrastró a su amigo cuando cayó la noche otra vez.
-Esto mejor que no sea otra de tus ideas…
-murmuró Ron, pero lo siguió, encogido bajo la capa, riendo entre dientes por lo absurdo de ser invisibles.
Llegaron a la habitación.
El espejo estaba donde lo habían dejado.
Harry apartó la tela con una reverencia involuntaria.
-Míralo -le dijo a Ron, expectante-.
Vas a ver a mis…
Ron no lo dejó terminar.
Había dado un paso al frente, con los ojos como platos.
-¡Soy…
soy yo!
-jadeó-.
¡Soy capitán!
¡Sostengo la Copa!
Y…
y soy prefecto.
¡Mírame, Harry!
Harry parpadeó.
-¿No ves a mis padres?
Ron negó con la cabeza, sin apartarse del espejo.
-Veo a mi familia en la grada…
todos aplauden…
soy…
importante.
La palabra quedó colgando; no tenía veneno, tenía hambre vieja.
Caminaron de vuelta en silencio, la capa protegiendo risas nerviosas, dudas nuevas.
En la cama, Harry miró el dosel y pensó en la diferencia.
El espejo no mostraba lo que uno buscaba con la cabeza, sino lo que dolía más hondo.
El espejo del deseo, se dijo, sin saber aún que el nombre ya existía.
Los días siguientes se apilaron como nieve.
Hermione se había ido a casa por vacaciones, y la torre de Gryffindor parecía más ancha sin su voz organizándolo todo.
Harry y Ron se quedaban más tiempo en el comedor, practicaban conchas saltarinas y, cuando podían, volvían al espejo.
Cada visita dejaba a Harry flotando entre una alegría tierna y un cansancio amargo.
Fue entonces cuando ambos empezaron a notar algo que antes se les escapaba: Gudao Roberts tenía una nueva costumbre.
Por las mañanas, cuando el Gran Comedor aún estaba medio vacío y la luz del invierno entraba pálida por los ventanales, él ya no estaba.
Ni en su mesa de Slytherin, ni en los pasillos por donde cruzaban hacia las prácticas.
A veces lo veían regresar después, con la camisa algo arrugada, una tinta oscura en los dedos y una mirada medida que parecía atravesarlo todo.
Se sentaba lejos, anotaba algo en un cuaderno, apenas comía.
-Siempre desaparece temprano -dijo Ron, con esa suspicacia automática que le salía al hablar de Slytherin-.
Seguro anda merodeando donde no debe.
Harry no respondió de inmediato.
Desde la noche del espejo, estaba más atento a los huecos del castillo: puertas que no encajaban, pasillos que vibraban, carteles que antes no había leído.
Y sí, Gudao se movía por esos huecos.
-Podría estar…
-empezó, y calló.
No quería concederle a Slytherin la dignidad de un misterio.
El rumor de la piedra filosofal flotaba aún en su cabeza como un guijarro en el zapato.
Flamel.
Gringotts.
El paquete que Hagrid había sacado de la bóveda.
Y ahora, Gudao, con sus idas y venidas, con ese modo de caminar que parecía contar los pasos.
Las piezas encajaron con un chasquido agradable y peligroso a la vez.
-¿Y si la está buscando?
-soltó Harry, casi en un susurro-.
¿Y si quiere la piedra para él?
Ron se enderezó.
La idea le daba argumentos y adrenalina.
-Claro que sí.
Es Slytherin.
Y muggle, además.
Si la piedra da oro o…
o vida, ¿qué más querría?
La frase sonó cruda, pero a ambos les supo lógica.
No tenían a Hermione allí para desmontarla pieza por pieza.
Desde ese día, la rutina cambió sin que lo decidieran del todo.
A ratos, seguían visitando el espejo-Harry cada vez con menos tiempo, como si temiera que la felicidad con los padres se volviera un ancla.
Pero el resto del día circulaba alrededor de otra cosa: vigilar, preguntar sin preguntar, juntar migas de pan.
“Filch patrulla más el tercer piso”, “Hagrid subió con una caja rara”, “Snape pasó por el corredor vedado y cerró una puerta con un gesto sin varita”.
Y, entre esas notas, Gudao como un punto que se movía antes del amanecer y volvía cuando la campana del almuerzo tocaba su segunda campanada.
-Si él se adelanta, nos ganará -dijo Ron, con una urgencia a medio camino entre rivalidad y miedo.
-No podemos dejar que la encuentre primero -respondió Harry, y aunque no lo dijo en voz alta, lo pensó: no puedo permitir que alguien más decida qué pasa con algo que puede traer a mis padres de vuelta…
o quitármelos para siempre, incluso en un espejo.
Esa sospecha-equivocada en sus razones, certera en su efecto-prendió como yesca.
Los dos chicos redoblaron su empeño: pasaron más tiempo en la biblioteca (a su manera, torpe pero insistente), se agazaparon en las esquinas a espiar itinerarios, tomaron atajos invisibles bajo la capa hasta sentir que los mapas del castillo se dibujaban solos bajo sus pies.
Cada desaparición de Gudao por la mañana era, para ellos, un reloj que corría más rápido.
No sabían que el muchacho de Slytherin no buscaba poder para sí, sino un modo de que el desastre no se desatara.
No tenían pruebas-solo prejuicios y miedo-y a veces eso basta para mover montañas.
O para empujarlos, capa sobre los hombros, hacia un tercer piso donde la piedra de un hombre legendario latía detrás de capas de magia y de un espejo que devolvía deseos como ecos.
La chispa estaba encendida.
Y el invierno, con su aire fino y sus pasillos vacíos, les dio el oxígeno.
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