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Fate of Magic - Capítulo 11

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11: Manipulacion 11: Manipulacion POV: Gudao El tercer piso respiraba distinto.

Había aprendido a escuchar la vibración del castillo como quien palpa un pulso: allí, detrás de esa puerta, el zumbido de capas mágicas se mezclaba con un ronquido grave, húmedo y triplicado.

Un guardián vivo.

Y, según sus pesquisas, un guardián con una debilidad simple: la música.

Simple…

pero no para él.

No sabía tocar ningún instrumento.

Y menos aún hechizar uno para que ejecutara una melodía de forma estable mientras él hacía otra cosa (como no morir).

Así que añadió un renglón nuevo a su libreta de objetivos, con letra firme: “Encantar instrumento → reproducir melodía sin intérprete”.

Debajo, subpuntos: memoria musical, automatismo de movimiento, ritmo estable, control de volumen, activación y apagado a distancia, blindaje de hechizo contra interferencias.

El tipo de lista que habría hecho sonreír a un profesor de Encantamientos…

y fruncir el ceño a cualquiera que supiera lo difícil que era cada elemento.

Pasó el resto de la mañana enterrado en la biblioteca.

Pidió a Madam Pince —con su tono más neutro y el historial de lector impecable— varios tomos que rara vez salían de los estantes: Cadenas de Encantamientos Funcionales, Automatismos y Ritmos en Objetos Animados, Runomancia Aplicada a Mecanismos Simples y un viejo manual con las esquinas masticadas: Cantus & Motus: Música para Magos Impacientes.

En todos aparecía la misma advertencia, explícita o a media tinta: “La secuencia es la clave.

Un hechizo aislado se deshace; dos mal ordenados se pelean; tres sin anclaje queman el objeto.” Llenó páginas con diagramas: matrices de memoria (Cantus Memoria), lazos de repetición (Lupus Repetitio), animación de partes móviles (Animare Digitus para dedos/falanges falsas, Chordae Excita para cuerdas), metrónomo ligador (Tempo Vinculum), control remoto sencillo (Flecte—responde a gesto/palabra clave).

Nada de eso era estándar de primer curso.

La biblioteca lo decía sin rodeos: eran hechizos de dificultad alta que exigían precisión y resistencia.

Su estimación, fría y práctica, fue clara: meses de práctica sostenida para conseguir una versión fiable.

Bien.

No le gustaba, pero lo aceptó.

“No hay mejor lugar para empezar que el presente”, murmuró, cerrando el último tomo.

Subió al séptimo piso.

Caminó tres veces frente a la pared vacía, ordenando en la cabeza lo que necesitaba.

La Sala de los Menesteres respondió como siempre, con esa puntualidad que rozaba la telepatía: cuando la puerta se materializó y la cruzó, lo esperaba un taller de luthier y laboratorio de encantamientos anudado en uno.

Mesas despejadas, una pizarra negra, tizas, instrumentos sencillos —una flauta dulce, un violín barato, una lira pequeña—, un metrónomo, bobinas de hilo, herramientas, y un estante con maderas resistentes a la magia.

Incluso había un gramófono despiezado, por si quería estudiar su mecánica.

—Bien —dijo, sin sonreír, pero con el alivio de quien ve su plan tomar forma.

Empezó por lo mínimo: la lira.

Elegida Punto de vista de Harry…

Las vacaciones de invierno habían llegado a su fin, y el aire en Hogwarts se sentía más frío que de costumbre.

El viento soplaba con fuerza a través de las ventanas altas del Gran Comedor, haciendo que las velas flotantes parpadearan tenuemente.

Harry se encontraba junto a Ron en la mesa de Gryffindor, intentando concentrarse en su desayuno mientras los estudiantes regresaban poco a poco de sus hogares.

El murmullo de las conversaciones llenaba el ambiente, pero todo se interrumpió cuando la puerta principal se abrió de golpe y una figura con bufanda, gorro y el rostro sonrojado por el frío entró con paso decidido.

Hermione Granger había vuelto.

Harry y Ron no pudieron evitar sonreír, aunque Ron, con la boca llena de tostada, apenas pudo articular un saludo: —¡Hermione!

—exclamó Harry, alzando la mano.

La joven se dejó caer a su lado, sacudiendo la nieve de su capa.

Apenas los miró, porque lo primero que dijo fue con tono urgente: —Bien, contadme todo.

¿Qué habéis averiguado sobre la piedra filosofal?

Harry y Ron intercambiaron una mirada incómoda.

Ambos sabían que no habían avanzado mucho en sus pesquisas durante las vacaciones.

Habían seguido algunos rumores, observado movimientos sospechosos, pero nada que diera una respuesta concreta.

—Bueno…

—empezó Ron, con algo de vergüenza—, vimos a Gudao otra vez en la biblioteca.

Siempre está ahí, escarbando entre libros rarísimos, incluso durante las vacaciones.

Y escuchamos que preguntaba cosas sobre la escuela, como si buscara pasadizos o salas que nadie usa.

—Sí —añadió Harry, bajando un poco la voz—.

Creo que está detrás de la piedra.

Todo encaja.

Hermione se tensó.

La expresión de preocupación se dibujó en su rostro al instante.

—¿Estáis diciendo que creéis que Gudao…

que él quiere robar la piedra filosofal?

Harry asintió despacio.

No era solo una corazonada, algo en su interior le decía que aquel extraño estudiante transferido no estaba en Hogwarts solo para aprender magia.

Hermione, sin embargo, respiró hondo y volvió a lo que mejor sabía hacer: pensar.

—Sea lo que sea, tenemos que entender exactamente qué es la piedra.

No podemos suponer nada sin pruebas.

Durante los días siguientes, Hermione se entregó de lleno a su investigación.

Revisó todos los volúmenes que había traído de casa y luego se lanzó a recorrer cada estante de la biblioteca.

Harry y Ron la acompañaban la mayor parte del tiempo, aunque más como apoyo que como investigadores.

Entre montones de páginas amarillentas, diagramas de círculos alquímicos y teorías imposibles, Hermione parecía cada vez más frustrada.

Hasta que un mediodía, mientras el sol de enero apenas iluminaba las vidrieras, Hermione se detuvo en seco frente a un libro polvoriento de alquimia que hasta entonces había pasado por alto.

Con emoción, lo llevó a la mesa y lo abrió con fuerza, haciendo que Ron diera un respingo.

—¡Aquí está!

—exclamó—.

Lo sabía, tenía que estar en algún lado.

Harry y Ron se inclinaron sobre el libro mientras ella leía en voz alta: —”La piedra filosofal es el mayor logro de la alquimia.

Capaz de transformar cualquier metal en oro y, lo más importante, de producir el elixir de la vida, otorgando inmortalidad a quien lo beba.” Los ojos de Ron se abrieron como platos.

—¿Inmortalidad?

¿Quieres decir que alguien podría vivir para siempre con esa cosa?

Hermione asintió con gravedad.

—Sí.

Y también, en teoría, podría usarse como catalizador en rituales mágicos de un poder inimaginable.

Harry sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

De pronto, todo empezaba a encajar en su mente: la obsesión de Snape por vigilar los pasillos, los murmullos sobre un tesoro escondido en la escuela…

y sobre todo, aquella visión que nunca podría olvidar.

—Hay algo más —dijo Harry, con la voz baja y seria—.

¿Recordáis cuando nos castigaron y fuimos con Hagrid al bosque prohibido?

Hermione lo miró expectante, y Ron frunció el ceño al recordar.

—Claro, ¿cómo olvidarlo?

—dijo Ron—.

Fue allí cuando vimos esa cosa horrible beber sangre de unicornio.

Harry apretó los puños.

—No era “esa cosa”.

Era Voldemort.

—Las palabras salieron casi como un susurro, pero el nombre resonó entre los tres como un trueno.

Hermione palideció, pero no lo interrumpió.

—Lo vi con mis propios ojos —continuó Harry—.

Estaba tan débil que apenas podía sostenerse, y aun así bebía la sangre plateada de un unicornio.

Firenze me lo explicó: es un acto desesperado, maldito, pero puede mantenerte con vida incluso al borde de la muerte.

El silencio que siguió fue insoportable.

Hermione juntó las manos con nerviosismo.

—¿Quieres decir que…

Voldemort también está detrás de la piedra?

Harry asintió.

—Sí.

Pero no es solo eso.

Estuve pensando…

¿y si Gudao está involucrado?

Quizás Malfoy o incluso Snape le prometieron dejar de molestarlo si les ayuda a conseguir la piedra.

Es inteligente, lo suficiente para rastrear pistas y evitar sospechas.

Ellos no arriesgan nada, y si atrapan a Gudao, siempre podrían negarlo todo.

Ron puso los ojos en blanco, aunque no lo dijo en tono de burla, sino de preocupación.

—Eso tendría sentido…

pero también suena a que Gudao se está metiendo en algo mucho más grande de lo que cree.

Hermione, sin embargo, no parecía convencida del todo.

—No lo sé.

Voldemort odia a los muggles y a los nacidos de muggles.

No tendría sentido que se aliara con alguien como Gudao, que ni siquiera pertenece del todo a nuestro mundo mágico.

Harry se inclinó hacia adelante, con expresión sombría.

—Eso es lo que más me preocupa.

Que Gudao ni siquiera se dé cuenta de con quién se está metiendo.

Y si Voldemort lo está manipulando…

entonces podría ser tan peligroso como Snape o Malfoy.

La conversación quedó suspendida.

Los tres amigos se miraron con inquietud, sabiendo que, aunque habían descubierto la verdad de la piedra, ahora tenían más preguntas que nunca.

La sombra de Voldemort se cernía de nuevo sobre Hogwarts, y ahora, quizá, con un aliado inesperado en Gudao.

El día del partido de semifinales de Quidditch amaneció frío, con un viento cortante que atravesaba los terrenos de Hogwarts y hacía ondear con fuerza las banderas de las casas.

El estadio ya estaba abarrotado de estudiantes ansiosos; los colores rojo y dorado de Gryffindor contrastaban con el amarillo y negro de Hufflepuff.

El murmullo de la multitud vibraba en el aire, acompañado por los graznidos de los cuervos que sobrevolaban el castillo.

En los vestidores de Gryffindor, Harry se ajustaba los guantes con manos ligeramente temblorosas, aunque sus ojos brillaban con determinación.

El partido era crucial: de la victoria dependía que su equipo pasara a la final.

Wood, el capitán, caminaba de un lado a otro con un entusiasmo contagioso, dándoles un último discurso sobre la gloria que los esperaba si trabajaban como un verdadero equipo.

Cuando salieron al campo, el rugido de la multitud se escuchó ensordecedor.

Harry montó su Nimbus 2000, sintiendo la familiar adrenalina recorrer su cuerpo.

Desde las gradas, Ron agitaba una bandera improvisada con el león de Gryffindor garabateado a mano, mientras Hermione aplaudía con seriedad, sus ojos atentos a cada detalle, como si estuviera resolviendo un examen.

El silbato del árbitro sonó y, en un instante, los jugadores se elevaron al cielo.

Harry subió con rapidez, el aire frío golpeándole el rostro mientras escaneaba el campo en busca del brillo dorado de la snitch.

El partido comenzó con fuerza: las Bludgers zumbaban de un lado a otro y los Cazadores de ambos equipos competían con ferocidad por el quaffle.

Por un rato todo parecía ir de maravilla.

Harry volaba con precisión, esquivando con elegancia a los jugadores de Hufflepuff y manteniendo sus ojos entrenados en los destellos de la snitch.

Sin embargo, a mitad del partido, algo extraño ocurrió.

Su escoba dio un sacudón violento, tan brusco que Harry casi perdió el agarre con las manos.

Los espectadores pensaron que era el viento, pero pronto quedó claro que no era normal.

La Nimbus comenzó a balancearse de manera errática, elevándose y descendiendo bruscamente como si tuviera vida propia.

Harry apretó las piernas con fuerza, tratando de mantener el control, pero la escoba parecía empeñada en sacudirlo.

En las gradas, Ron se levantó de golpe.

—¡Harry no está controlando eso!

—exclamó, alarmado.

Hermione, con la mirada aguda, empezó a observar a su alrededor, buscando una explicación.

Fue entonces cuando lo vio: en la tribuna de profesores, el severo rostro de Snape permanecía fijo en Harry, sus labios moviéndose en un murmullo constante.

No parpadeaba, no apartaba los ojos del muchacho, como si estuviera atado a él con un hechizo invisible.

—¡Es Snape!

—dijo Hermione con voz temblorosa, tirando de la manga de Ron—.

¡Está maldiciendo la escoba de Harry!

Ron abrió la boca, incrédulo, pero al mirar de nuevo la expresión concentrada del profesor, sintió un escalofrío que confirmaba lo dicho.

—Tenemos que hacer algo —dijo con urgencia.

Harry, arriba, se aferraba con todas sus fuerzas mientras la Nimbus se sacudía con violencia.

El público empezó a gritar; algunos pensaban que era parte del espectáculo, otros veían con terror cómo el buscador de Gryffindor podía caer desde decenas de metros de altura.

Hermione no lo dudó más.

Se lanzó corriendo entre los estudiantes, bajó los escalones de la grada con determinación y llegó a la sección donde se encontraba Snape.

Su corazón latía con fuerza; no tenía un plan claro, solo sabía que debía interrumpirlo.

Mientras tanto, la Nimbus giraba de lado, y Harry estuvo a un segundo de perder el equilibrio por completo.

El viento helado silbaba en sus oídos y, con esfuerzo sobrehumano, logró enganchar un pie en la madera del mango para no caer.

Desde abajo, se escuchaban gritos de pánico.

Hermione, desesperada, sacó su varita.

Con un movimiento rápido, conjuró un pequeño incendio debajo de las túnicas de Snape.

Una llamarada inesperada apareció entre sus pies.

El profesor saltó sobresaltado, sacudiéndose las ropas mientras el humo comenzaba a subir.

La concentración de Snape se quebró de inmediato.

En ese instante, la Nimbus recuperó su estabilidad como si nada hubiera pasado.

Harry, jadeante, aprovechó el control recuperado y ascendió de nuevo, buscando con urgencia el rastro de la snitch.

No pasó mucho tiempo antes de que la viera: un destello dorado revoloteando cerca de los aros de Gryffindor.

Sin pensarlo, se lanzó en picada.

El aire rugió en sus oídos, la velocidad le hizo lagrimear los ojos, pero su mano se cerró con fuerza alrededor de la pequeña esfera alada.

El silbato sonó: Gryffindor había ganado.

El estadio explotó en vítores y aplausos.

Los estudiantes de Gryffindor saltaron de alegría, agitando banderas y abrazándose.

Ron gritaba emocionado desde las gradas, y Hermione, todavía con la varita en mano, respiraba con alivio, aunque sus ojos no se apartaban de Snape, que ahora miraba la escena con una expresión oscura e impenetrable.

En el campo, Harry aterrizó con la snitch en la mano, recibiendo las felicitaciones de su equipo.

Aunque sonreía, su corazón aún palpitaba con fuerza, y en lo más profundo sabía que algo raro había sucedido.

No era solo un partido: alguien había intentado lastimarlo, y esa certeza se grabó en su mente.

POV.

Gudao…

El aire fresco de la tarde se filtraba entre las hojas, mecidas suavemente por la brisa que corría desde el Bosque Prohibido.

El sol caía en un ángulo oblicuo, pintando el cielo con tonalidades anaranjadas y violetas, y en lo alto de un árbol, sentado sobre una rama firme, Gudao descansaba.

Aquella no era una simple costumbre improvisada: había convertido la habilidad de escalar árboles en un recurso natural.

Gracias a las enseñanzas de los Assassin de Chaldea —Hassan of the Cursed Arm, la silenciosa Serenity, incluso la impasible Shiki— había comprendido que, en ocasiones, la mejor defensa era desaparecer del campo de visión del enemigo.

Subir a los árboles no solo ofrecía una ventaja táctica, sino también un refugio que los magos poco solían considerar.

A su alrededor, runas apenas visibles palpitaban en las cortezas cercanas.

Se trataba de un encantamiento de ocultamiento que lo envolvía como un manto.

Scáthach, siempre rigurosa, le había instruido en las formas más complejas, con combinaciones que exigían precisión matemática y un control férreo de la energía mágica.

Sin embargo, había descubierto que las runas más básicas de los Assassin eran igualmente efectivas para pasar inadvertido.

“La simplicidad mata al exceso”, recordaba con claridad las palabras de su maestra.

Desde su escondite natural, Gudao repasaba mentalmente la estructura del hechizo que estaba preparando.

Aquel encantamiento debía envolver un objeto —un instrumento que había escogido con sumo cuidado— para inducir el sueño en la bestia que guardaba el acceso al tercer piso prohibido.

En apenas un mes de práctica, su progreso era tangible: los círculos mágicos que antes le temblaban en la mano al dibujarlos ahora surgían más firmes, y el flujo de energía se sostenía con mayor estabilidad.

No obstante, la perfección aún estaba lejos.

Un error de cálculo y todo el plan podía venirse abajo.

Mientras se concentraba en pulir las últimas variaciones de la fórmula, unas voces interrumpieron el silencio del lugar.

Reconoció los tonos al instante.

—Te digo que Snape quiere la piedra —insistía Harry Potter con la voz cargada de enojo.

Entre las ramas, Gudao giró la cabeza y observó hacia abajo.

Harry, Ron y Hermione se acercaban a la cabaña de Hagrid con paso rápido.

El trío parecía agitado; Harry, en particular, tenía el ceño fruncido y los puños cerrados.

Tocaron a la puerta y el semigigante apareció, imponente como siempre, con su sonrisa cordial.

—¿Snape?

¡Tonterías!

—rio Hagrid con un gesto despreocupado, aunque su expresión se endureció levemente al notar la seriedad de los jóvenes—.

Él es uno de los protectores de la piedra, no uno de los ladrones.

La frase golpeó con fuerza a Harry y sus amigos.

El muchacho del rayo en la frente retrocedió un poco, incrédulo.

Hermione, siempre analítica, ladeó la cabeza, como si las piezas del rompecabezas no encajaran con la teoría que había elaborado.

Ron frunció el ceño, cruzando los brazos, frustrado.

Gudao, desde arriba, observaba la escena con calma.

Ya sabía de antemano que Snape tenía un papel en la protección de la piedra.

Lo había visto más de una vez salir de aquella sala prohibida, y hasta había notado los restos mágicos de un hechizo de defensa personal, una contribución propia del profesor.

Esa prueba estaba diseñada para ahuyentar intrusos…

pero ese conocimiento no estaba al alcance de Harry ni de sus amigos.

Tras unos minutos de discusión con Hagrid, los tres se marcharon con expresiones confusas, aunque no derrotadas.

Gudao distinguió cómo sus palabras se entremezclaban mientras se alejaban hacia el castillo.

—¿Y si Snape está probando algo con él?

—susurró Ron, mirando de reojo hacia el bosque.

—O peor —añadió Hermione con seriedad—, ¿y si Gudao es parte del plan de Snape para conseguir la piedra?

Harry no respondió de inmediato, pero el ceño fruncido bastaba como respuesta.

Las palabras resonaron como un eco ácido en la mente de Gudao.

No era la primera vez que escuchaba esa clase de especulaciones.

Se reclinó contra la corteza y apretó los dientes.

¿Ser visto como un aliado de la oscuridad?

No era algo que lo sorprendiera, pero le dolía más de lo que admitiría.

Y fue entonces que una voz, seca y cargada de cinismo, brotó en su cabeza.

—Los héroes no están libres de prejuicios —sentenció Emiya Archer, su tono grave reverberando como un recuerdo incómodo—.

Por más que intentes hacer el bien por los demás, ese mismo bien para unos pocos puede ser un mal para otros.

Gudao cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo.

Archer siempre tenía ese efecto en él.

Sus palabras eran más que simples consejos: eran heridas abiertas, lecciones talladas en carne viva por un pasado de contradicciones.

El cinismo del arquero parecía más propio de un profeta que de un héroe, como si hubiese compartido secretos con Nostradamus y hubiera comprendido que la tragedia era un destino inevitable.

El joven maestro de Chaldea entrelazó las manos y, con un murmullo casi inaudible, reanudó sus prácticas.

Esta vez con más urgencia, más fuerza, como si el rechazo velado de Harry y sus amigos le encendiera un fuego nuevo en el pecho.

Las runas brillaron tenuemente entre sus dedos, expandiéndose como un halo translúcido que se desvanecía con cada respiración.

El hechizo debía ser perfecto.

No había espacio para fallos ni para dudas.

Porque si el mundo ya lo veía como una amenaza, entonces al menos se aseguraría de ser un enemigo imposible de derrotar.

O al menos eso quería pero no podía hacerlo para respetar los deseos de Mash.

POV tercera persona…

El aire en los pasillos de Hogwarts estaba más frío de lo normal aquella noche.

El castillo, en su acostumbrada majestuosidad, parecía contener la respiración mientras tres jóvenes magos recorrían a hurtadillas corredores oscuros.

Harry, Hermione y Ron tenían un objetivo claro: llegar antes de que alguien más se hiciera con la Piedra Filosofal.

Durante días habían reunido pistas, y aquella tarde habían descubierto el modo de pasar al perro de tres cabezas que protegía la entrada: música.

Bastaba tocar unas notas para adormecerlo.

Pero cuando llegaron a la habitación en cuestión, el corazón de Harry dio un vuelco.

—Ya está dormido —susurró Hermione, con un tono entre alivio y miedo.

El enorme can, con sus tres fauces entreabiertas, resoplaba con un ronquido gutural.

Nadie lo había adormecido esa noche; significaba que alguien más había entrado.

Y lo peor era que esa persona debía estar ya encaminada hacia la Piedra.

Harry tragó saliva.

La idea de Gudao, el extraño muchacho de intercambio que había aparecido hacía unos meses, rondó su mente.

¿Y si era él el culpable?

O, peor aún, Snape, y detrás de él, Voldemort.

No podían perder más tiempo.

Sin detenerse a pensar, empujaron la trampilla bajo las patas del perro y se lanzaron al vacío.

La caída terminó en una maraña de tallos gruesos y retorcidos.

Harry sintió cómo las plantas se aferraban a su cuerpo, apretándolo con fuerza.

Hermione reconoció de inmediato el peligro.

—¡Es la mata del Diablo!

¡No os mováis demasiado!

—gritó, intentando recordar lo que había leído en sus libros.

Ron, nervioso, se debatía contra las lianas, lo que solo provocó que lo atraparan más fuerte.

La presión en su pecho aumentaba, y comenzaba a quedarse sin aire.

Hermione, en un ataque de ingenio, conjuró una esfera de luz brillante.

Las plantas se encogieron, apartándose como si el resplandor fuese veneno.

Ron cayó al suelo, jadeando, con el rostro rojo y el cabello empapado de sudor.

—Eso estuvo cerca —dijo Harry, ayudándolo a incorporarse.

Avanzaron hasta una habitación distinta.

Esta vez, un zumbido metálico llenaba el aire.

Decenas de llaves aladas revoloteaban en el aire, como un enjambre de insectos brillantes.

Frente a ellos, una vieja puerta de roble.

Y junto a ella, una escoba.

—La puerta es antigua…

—murmuró Hermione, examinándola con detalle—.

La llave debe ser igual de antigua.

Harry alzó la vista.

En medio de todas las llaves brillantes y relucientes, distinguió una con un aspecto diferente: más desgastada, con el ala ligeramente torcida.

Montó la escoba y se lanzó al aire.

Las llaves comenzaron a perseguirlo como una bandada furiosa, pero Harry clavó la vista en la más vieja.

Con un movimiento rápido, estiró la mano y la atrapó.

La llave se agitó, intentando escapar, pero Harry descendió de golpe y abrió la puerta.

El siguiente cuarto los recibió con un silencio solemne y un tablero gigante de ajedrez mágico.

Piezas del tamaño de humanos se alzaban imponentes, todas con las armas listas.

El único camino para avanzar era jugar.

Ron, con un brillo extraño en los ojos, avanzó decidido.

—Yo me encargo.

Siempre se me ha dado bien el ajedrez mágico.

Hermione y Harry ocuparon sus puestos como alfiles.

El juego comenzó con estrépito, cada movimiento acompañado del choque de las piezas de piedra.

El corazón de Harry latía con fuerza; cada error podía significar quedar atrapados allí.

Ron jugaba con concentración total, sus ojos siguiendo patrones invisibles en el tablero.

Finalmente, llegó el momento decisivo.

Ron dio un paso al frente, con la frente perlada de sudor.

—Harry, tienes que avanzar.

Es la única manera.

—¿Qué dices?

—replicó Harry.

—Tengo que sacrificarme.

—Ron sonrió, con la valentía de alguien mucho mayor a sus once años—.

Adelante.

El caballo enemigo lo golpeó con violencia, haciéndolo caer inconsciente al suelo.

Hermione gritó, pero Harry, sin más opción, avanzó y dio jaque mate.

La puerta se abrió con un gemido metálico.

Hermione se inclinó sobre Ron, revisando su pulso.

—Está vivo…

pero herido.

No puede seguir.

Harry dudó un segundo, mirando a sus amigos.

—Voy yo solo.

Tenéis que cuidar de Ron.

Hermione asintió con los labios temblorosos, y Harry atravesó la puerta.

El pasillo final lo condujo a una habitación oscura.

Allí estaba el Espejo de Erised, brillando con su marco dorado.

Pero lo que paralizó a Harry no fue el espejo.

Fue la figura que se encontraba frente a él.

El profesor Quirrell, con sus temblores nerviosos ausentes por primera vez, sostenía a alguien por el cuello.

Con un gesto despreocupado, lo arrojó al suelo como si fuera un objeto sin valor.

Harry jadeó.

El cuerpo que cayó con un golpe sordo era Gudao Roberts.

Estaba ensangrentado, con cortes en el rostro y la ropa desgarrada.

Se retorcía de dolor, intentando levantarse, pero sus fuerzas lo traicionaban.

—¡Profesor…!

¿Qué hace usted aquí?

—preguntó Harry, confundido, con la varita temblando en su mano.

Quirrell sonrió, un gesto frío y cruel que jamás había mostrado en clase.

—Ah, Potter…

qué inoportuno.

—Su voz carecía de los habituales tartamudeos—.

Llegas justo en el momento más importante.

Harry dio un paso atrás, el corazón golpeándole en el pecho.

Sus ojos pasaron del espejo a Gudao, que intentaba incorporarse, y luego a Quirrell, cuyo rostro se iluminaba con un extraño fervor.

La escena quedó congelada: el resplandor del espejo, el cuerpo herido de Gudao en el suelo, y la revelación de que todo lo que habían sospechado era cierto.

Harry apretó la varita, sin saber qué hacer, mientras el destino de la Piedra Filosofal pendía de un hilo.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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