Fate of Magic - Capítulo 12
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12: Verdad 12: Verdad Gudao había esperado ese momento durante semanas.
Había estudiado, practicado y planeado cada paso con la paciencia de un mago veterano, aunque apenas era un estudiante.
Esa noche, en el silencio espeso de los corredores, finalmente se internó en el tercer piso prohibido.
Cada prueba fue cayendo ante él como piezas de un rompecabezas.
La planta del Diablo, que había atrapado a Harry y sus amigos, no le fue un obstáculo.
Gudao permaneció inmóvil, calmando sus pulsaciones y respirando con la serenidad que Scáthach le había enseñado en sus entrenamientos.
El monstruo vegetal, al no encontrar resistencia, lo dejó pasar.
En la habitación de las llaves aladas, no perdió tiempo.
Estudió la bandada durante unos segundos, identificó la más antigua y, con un movimiento calculado, la atrapó en el aire.
Su cuerpo, entrenado por los Assassin de Chaldea, reaccionó con precisión quirúrgica.
El ajedrez mágico, un desafío mortal para cualquiera de su edad, terminó en menos de diez movimientos.
Sus estrategias, aprendidas de incontables simulaciones con Servants estrategas y reyes de antaño, superaron a las piezas vivientes con una frialdad implacable.
Pero cuando llegó al último cuarto, sus expectativas se detuvieron en seco.
No había monstruos, no había laberintos ni acertijos letales.
Solo un espejo.
El Espejo de Erised.
Gudao se acercó, cauteloso, y la superficie reflejante cobró vida.
No vio poder, ni riquezas, ni títulos.
Lo que observó lo golpeó como un puñetazo en el estómago: él mismo, de pie en Chaldea, rodeado por sus Servants.
Mash, con su sonrisa cálida, lo miraba como solía hacerlo.
Un hogar que había perdido y que deseaba recuperar.
El reflejo cambió, y en su mano apareció un pequeño objeto rojo brillante: la Piedra Filosofal.
El reflejo guardó la piedra en el bolsillo de su túnica…
y Gudao, por instinto, llevó la mano al suyo.
Allí estaba, real, pesada, cálida.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No tuvo tiempo de asimilarlo.
El eco de pasos apresurados rompió la quietud del cuarto.
Actuó sin dudar: sacó la piedra de su bolsillo y, con las runas antiguas que Scáthach le había enseñado, la ocultó detrás del espejo, en un pliegue dimensional imposible de detectar.
Apenas había terminado el conjuro cuando la puerta se abrió.
Y entró el profesor Quirrell.
Gudao se paralizó.
El tartamudeante y tembloroso maestro de Defensa contra las Artes Oscuras se mostraba ahora distinto.
Su expresión era fría, sus ojos brillaban con una inteligencia peligrosa y su voz, clara y firme, resonó sin el menor rastro de titubeo.
—Vaya…
no esperaba encontrar a nadie más aquí.
Gudao apretó la mandíbula.
No podía permitir que Quirrell sospechara.
—No sé de qué hablas, profesor.
Solo me perdí…
—Basta de juegos.
—Quirrell levantó la varita, sus labios curvándose en una sonrisa desagradable—.
La piedra…
¿dónde está?
Gudao mantuvo el silencio.
El entrenamiento de los Assassin le había enseñado a resistir la presión, a enmascarar sus emociones.
Pero Quirrell no era un interrogador común.
Con un movimiento brusco, vociferó: —¡CRUCIO!
El mundo de Gudao se quebró en un instante.
Un dolor indescriptible lo consumió desde dentro, como si miles de agujas ardiendo se clavaran en cada nervio de su cuerpo.
Sus músculos se tensaron hasta el límite, su garganta se desgarró en un grito que él mismo no reconoció como propio.
El hechizo cesó por un segundo, solo para que Quirrell se acercara y lo golpeara con la bota en el estómago.
Gudao se dobló, escupiendo sangre.
—Dime dónde está la piedra —ordenó Quirrell con calma venenosa.
Gudao tosió, el cuerpo entero temblándole, pero no respondió.
La tortura se repitió.
Cada vez que el Crucio lo alcanzaba, el dolor lo hacía ver manchas negras y sentir que se ahogaba en su propia piel.
Y cuando el hechizo terminaba, venían los golpes físicos, duros, implacables.
Media hora pasó en un suplicio que pareció eterno.
Cada segundo era un martirio.
El cuerpo de Gudao estaba cubierto de moretones, su túnica desgarrada, el rostro ensangrentado.
Pero su boca permanecía cerrada.
Las enseñanzas de Emiya Archer resonaban en su mente: “A veces, resistir en silencio es todo lo que te queda.
Los héroes no siempre son recordados, pero sus decisiones marcan la diferencia.” Finalmente, los pasos de alguien más se escucharon a lo lejos.
Quirrell, irritado, lanzó a Gudao al suelo como si fuera un saco de huesos.
El joven se desplomó, respirando con dificultad, pero aún con la determinación de no revelar nada.
La puerta se abrió.
—¡Profesor…
Quirrell?
—La voz de Harry Potter resonó, incrédula.
Harry se detuvo en seco al ver la escena: Gudao tirado en el suelo, ensangrentado, apenas capaz de levantar la cabeza.
Y Quirrell de pie, erguido, sin rastro del nervioso temblor que mostraba en clase.
—Harry…
—Gudao intentó decir, su voz rota por el dolor.
Los ojos verdes del muchacho se abrieron de par en par.
Él había esperado encontrar a Snape…
o quizá a Gudao como ladrón.
Pero lo que vio lo dejó sin aliento: Gudao no tenía la piedra ni la gloria, solo el martirio grabado en su piel.
Quirrell lo miró con calma, como si todo estuviera bajo control.
—Ah…
Potter.
Llegas justo a tiempo.
Gudao, apenas consciente, trató de ponerse en pie.
Su cuerpo gritaba que se quedara en el suelo, pero la determinación en su interior lo empujaba a seguir.
No podía dejar que todo terminara ahí.
No con Harry enfrente.
El clímax apenas comenzaba.
El aire en la cámara subterránea se sentía sofocante, pesado, como si las paredes mismas presionaran contra los presentes.
Gudao, aún tambaleante por el intento de incorporarse, apoyaba una mano en el suelo de piedra, respirando con dificultad.
A su lado, Harry, con el rostro sudoroso y la varita temblando ligeramente en su agarre, no apartaba la vista de Quirrell, que se alzaba frente a ellos con una expresión en la que se mezclaba el nerviosismo y una peligrosa determinación.
—¡Quirrell…!
—dijo Harry con incredulidad, como si apenas pudiera aceptar lo que veían sus ojos—.
¿Eres tú?
Yo…
yo pensé que…
¡que Snape…!
Quirrell soltó una risa apagada, un sonido áspero que retumbó en la cámara como el siseo de una serpiente.
—Ah, el siempre desagradable profesor Snape…
—murmuró con un dejo de burla—.
Todos piensan que él es el villano, el cruel, el traidor.
Hasta tú, Potter.
Incluso tú, muchacho extranjero —añadió, lanzando una mirada fugaz a Gudao—.
Pero no…
no era Snape.
Él fue…
un obstáculo en mi camino.
Harry entrecerró los ojos, aún jadeante, y replicó con voz quebrada: —¡Pero lo vi!
Lo vi en el partido…
estaba maldiciendo mi escoba…
Quirrell rio, esta vez con más fuerza, como si el recuerdo le resultara ridículamente divertido.
—¿Maldiciendo?
No, Potter…
rompiendo la maldición.
Fue él quien trataba de salvarte, mientras yo…
—señaló su propio pecho con orgullo retorcido— …era quien realmente intentaba acabar contigo.
Harry retrocedió un paso, la mente luchando por asimilar la revelación.
Lo que creía cierto se resquebrajaba ante sus ojos.
Gudao, que se mantenía callado, cerró los ojos brevemente, guardando para sí la verdad que llevaba consigo.
Podía sentir la atención de Quirrell sobre él, punzante, inquisitiva, como si buscara escarbar dentro de su mente.
—Y tú…
—prosiguió Quirrell, girándose hacia Gudao, con una sonrisa que parecía más un gesto de hambre que de alegría—.
Tú apareciste de la nada en medio de todo esto…
un misterio, incluso para mí.
No sé qué es lo que escondes, pero siento…
—su voz bajó hasta convertirse en un murmullo cargado de malicia— …que sabes más de lo que aparentas.
Gudao lo sostuvo con la mirada, pero no pronunció palabra alguna.
Si Quirrell sospechaba de él, no podía darse el lujo de confirmar nada, no mientras el peligro se mantenía tan cerca.
Entonces, el silencio fue roto por algo que erizó la piel de ambos muchachos.
Una voz.
Una voz fría, grave y desgastada, cargada de un cansancio antiguo pero al mismo tiempo impregnada de poder.
Resonó en la cámara, aunque no provenía de Quirrell directamente.
—…Quirrell.
El profesor se estremeció como si un rayo lo hubiese atravesado.
Tragó saliva, nervioso, y respondió con una mezcla de respeto y servidumbre: —M-maestro…
La voz sonó de nuevo, más firme esta vez: —Quiero verlos.
Quiero ver a los niños…
ahora.
Gudao frunció el ceño, un mal presentimiento recorriéndole el cuerpo.
Harry, por su parte, miraba alrededor buscando el origen, hasta que notó cómo Quirrell, vacilante, llevó lentamente las manos a la parte posterior de su cabeza.
—M-maestro…
¿está seguro?
—preguntó Quirrell, casi suplicando.
—¡Hazlo!
—tronó la voz, con un dejo de furia reprimida.
Con un gesto tembloroso, Quirrell desató la bandana que cubría su cabeza y la dejó caer al suelo.
Los mechones de cabello escaso dejaron al descubierto algo que hizo que el aire pareciera más frío, que la luz de las antorchas palideciera.
En la nuca de Quirrell, deformando su piel como un parásito adherido, se hallaba un rostro humano.
Su piel era pálida y cerosa, sus ojos rojos como carbones encendidos, y su nariz inexistente dejaba en su lugar unas aberturas reptilianas.
Harry sintió que el corazón le daba un vuelco, sus labios tartamudearon hasta que apenas pudo pronunciar: —¡V-Voldemort…!
El nombre resonó como un eco en la cámara, cargado de un miedo latente que parecía despertar viejos terrores.
Gudao, que hasta ahora se había mantenido en una calma tensa, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El rostro que emergía del cráneo de Quirrell no era simplemente grotesco…
era antinatural, un recordatorio de que aquel ser no pertenecía del todo al mundo de los vivos.
La voz, ahora directamente desde aquel rostro, habló con un tono gélido que parecía rasgar el alma de quienes lo escuchaban: —Así que…
Harry Potter.
Y tú…
extraño.
—Los ojos carmesí se clavaron en Gudao con un interés hambriento—.
No sé de dónde vienes ni qué tramas, pero lo descubriré.
La Piedra Filosofal…
no podrá estar oculta de mí para siempre.
El silencio posterior pesó como plomo, y los tres quedaron envueltos en una tensión insoportable, a punto de estallar en cualquier momento.
El aire de la cámara era sofocante.
El fuego verde de las antorchas arrojaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra, y el reflejo del espejo de Oesed se proyectaba como un abismo imposible de mirar sin sentir vértigo.
Allí, en medio del silencio cortado por el eco de su propia respiración, Harry mantenía su varita en alto, desafiante, frente a la figura encorvada que usurpaba el cuerpo de Quirrell.
—Únete a mí, Harry…
—susurró una voz áspera, más reptil que humana, que se filtraba desde la nuca del profesor.
La piel traslúcida tembló, y los ojos rojos de Voldemort se abrieron con un brillo hipnótico—.
Puedo darte lo que más deseas.
Puedo devolverte a tus padres.
Harry apretó los dientes, con las manos temblando de rabia y miedo.
—¡Nunca!
—escupió con firmeza—.
Nunca me uniré a ti.
Un murmullo helado recorrió la cámara.
Voldemort dejó escapar una carcajada hueca, seca como huesos chocando entre sí.
Gudao, apoyado contra una columna, observaba en silencio, con la respiración entrecortada y un rastro de sangre cayendo de sus labios.
Su cuerpo, marcado por cortes invisibles de su enfrentamiento previo, apenas se sostenía en pie.
Harry, con la varita todavía en alto, giró la vista hacia Gudao, con el ceño fruncido y el miedo mezclado con desconfianza.
—¿Y tú…
por qué buscabas la piedra, eh?
—dijo, con un filo de acusación en la voz—.
¡Eres de Slytherin!
No puedo confiar en alguien como tú.
Gudao apenas tuvo fuerzas para girar la cabeza, sus labios temblando, y sus ojos reflejaban agotamiento y dolor, sin pronunciar palabra.
La desconfianza de Harry lo hacía aún más difícil de enfrentar, pero él no se dejaba intimidar ni por prejuicios ni por el miedo.
Entonces Harry, con un destello de valentía, añadió: —¡Sé lo que quiere Voldemort!
Buscas la piedra para…
para volverte inmortal o recuperar tu cuerpo, ¿verdad?
Hubo un silencio abrupto, seguido de un siseo de satisfacción.
—Muy bien…
—dijo Voldemort, con una sonrisa torcida—.
No eres tan ingenuo como pareces.
Sí, ése era mi objetivo.
Con la piedra recuperaría mi cuerpo, mi fuerza…
pero…
La voz cambió, más grave, más cargada de un secreto prohibido.
—He encontrado algo mejor.
Gudao se estremeció.
Un presentimiento lo atravesó como un cuchillo.
—¿De qué hablas?
—preguntó Harry, incrédulo, con el ceño fruncido.
Voldemort inclinó apenas la cabeza, como saboreando el momento de revelar lo inimaginable.
—Un objeto de poder casi divino…
escondido en la historia, más allá de la comprensión de magos comunes.
Durante mis años errantes en Albania encontré registros…
fragmentos…
de un artefacto.
El Santo Grial.
Gudao palideció, con la cara completamente blanca.
Su instinto le decía que lo que seguiría podía cambiarlo todo.
Voldemort se detuvo al notar aquel cambio.
Sus ojos rojos se clavaron en él.
—Interesante…
Tú…
lo sabes, ¿verdad?
Gudao, sin fuerzas para responder, apenas levantó la mirada.
Ese gesto fue suficiente para despertar la sospecha del Señor Tenebroso.
Con un chasquido, Voldemort alzó su varita.
—Legilimens.
El hechizo golpeó contra una barrera invisible en la mente de Gudao.
Un muro oscuro, sólido, como el que ya había enfrentado con Dumbledore.
Voldemort rugió de furia, incapaz de penetrar.
—¡¿QUIÉN ERES, MALDITO?!
En un ataque de rabia, lanzó una ráfaga de magia oscura directamente hacia Gudao.
El aire se incendió con el choque de energía, y Gudao apenas tuvo tiempo de cubrirse antes de ser lanzado contra el suelo, su cuerpo convulsionando del dolor.
—¡DETENTE!
—gritó Harry, corriendo instintivamente hacia su amigo.
El contacto se produjo en un segundo: la mano de Harry rozó el brazo de Quirrell, y un chillido desgarrador llenó la cámara.
La piel del profesor comenzó a burbujear y ennegrecerse, como si el mero contacto con Harry fuese veneno.
Voldemort gritaba a través de él, un sonido inhumano que rebotaba por las paredes.
Harry retrocedió horrorizado, viendo cómo el cuerpo de Quirrell se deshacía en cenizas, hasta que finalmente se desplomó convertido en polvo.
Del amasijo de cenizas emergió un espectro: Voldemort, reducido nuevamente a un espíritu, una sombra con forma serpentina que chillaba y se retorcía en el aire.
Con una última mirada de odio hacia Harry y Gudao, se desvaneció atravesando los muros, condenado a vagar otra vez.
El silencio volvió a caer, pesado, absoluto.
Harry cayó de rodillas, jadeando, con los ojos vidriosos y la mente a punto de quebrarse por la tensión del momento.
Gudao, apenas consciente, se arrastró unos centímetros antes de desplomarse también.
—¿Por qué…
la piedra?
—alcanzó a susurrar Harry, con la voz quebrada, mirando al joven ensangrentado.
Gudao giró la cabeza, sus labios temblando, y murmuró con lo último de sus fuerzas: —Proteger…
la escuela…
Y sus ojos se cerraron, cayendo inconsciente.
Harry intentó sostenerse un poco más, pero el agotamiento y el dolor lo vencieron.
Su cuerpo se desplomó junto al de su compañero, ambos vencidos por el peso de lo ocurrido.
En ese instante, la puerta de la cámara se abrió con un estruendo que resonó en la piedra.
Dumbledore entró apresurado, su túnica ondeando tras él, y sus ojos azules chispeando con una mezcla de alarma y dolor.
Se detuvo al ver la escena: el cuerpo reducido de Quirrell convertido en polvo, Harry y Gudao tirados en el suelo, inconscientes y marcados por la batalla.
El director suspiró profundamente, un peso invisible cargando sobre sus hombros.
—Llegué demasiado tarde…
—murmuró, arrodillándose junto a ellos.
Con un movimiento de su varita, invocó un resplandor protector alrededor de ambos jóvenes.
Mientras los revisaba, sus ojos se endurecieron.
El Grial…
Era una palabra que jamás pensó volver a escuchar en este mundo.
La enfermería de Hogwarts estaba sumida en un silencio tenso, roto únicamente por el sonido de las pociones burbujeando y el suave chisporroteo de la magia de curación que Madam Pomfrey realizaba con precisión.
Los cuerpos de los jóvenes recién rescatados del enfrentamiento con Voldemort y Quirrell yacían sobre las camas.
Harry respiraba de manera agitada, pero sin heridas graves; Hermione, sentada junto a Ron, se sostenía apenas en pie, agotada física y mentalmente después de la agotadora partida de ajedrez mágico; Ron permanecía inconsciente, con vendajes improvisados, pero sin daños internos que preocuparan a la enfermera.
Sin embargo, el caso de Gudao Roberts era diferente.
Su cuerpo estaba cubierto de moretones, cortes profundos, sangre seca y fresca, marcas de quemaduras y señales inequívocas de la aplicación de la maldición Cruciatus.
Sus músculos tensos y órganos internos dañados evidenciaban que su resistencia había sido llevada al límite absoluto.
Dumbledore, al observar la magnitud de las heridas, palideció.
Nunca antes había visto a un joven sobrevivir a una tortura de tal magnitud y aún así mantener la fortaleza para pelear.
—Madam Pomfrey, necesitamos hacer todo lo posible —dijo Dumbledore, su voz cargada de gravedad—.
Este joven ha resistido horrores que la mayoría de los magos ni siquiera podrían imaginar.
La enfermera asintió y comenzó a preparar pociones curativas, vendajes y hechizos de regeneración muscular, acelerando el proceso para reparar órganos internos y tejidos dañados.
Mientras tanto, Dumbledore decidió que debía entender la mente de Gudao, al igual que el Sombrero Seleccionador lo había hecho el primer día en que el joven llegó a Hogwarts.
Inspirando hondo, comenzó a concentrar su magia, preparando su mente para adentrarse en los recuerdos y pensamientos más profundos del joven Slytherin.
Frente a él apareció una puerta.
Dumbledore extendió la mano, pero una voz grave y oscura lo detuvo.
Al voltearse, se encontró con un hombre de aura intensa, vestido con un sombrero fedora y una bufanda negra que ocultaba parte de su rostro.
Su porte era elegante, pero imponente.
—Albus Dumbledore —dijo el hombre con voz firme—.
Mi nombre es Edmond Dantes.
Soy un Servant que ha jurado proteger al joven Ritsuka, conocido aquí como Gudao Roberts.
He venido a resguardar sus recuerdos y protegerlo de invasiones indeseadas.
Dumbledore, atónito, dio un paso atrás.
La presencia de Edmond en la mente de Gudao era algo que no podía comprender de inmediato.
Edmond, percibiendo la confusión del anciano, continuó: —Lo que verá aquí no son recuerdos comunes.
Gudao Roberts no es un joven ordinario.
Los recuerdos que guarda provienen de una vida pasada, de un mundo paralelo a este.
Una vida que, aunque pueda parecer fantasía, es tan real como cualquier otra existencia que haya conocido.
Dumbledore asintió lentamente, su mente comprendiendo la magnitud de lo que Edmond le explicaba.
Durante décadas, la comunidad mágica había teorizado sobre la existencia de mundos paralelos, pero nunca había tenido evidencia concreta.
Ahora, frente a él, Edmond le ofrecía la oportunidad de presenciar algo que superaba cualquier teoría.
—Debo advertirle, Dumbledore —continuó Edmond—.
Lo que verá no es agradable.
Encontrará sufrimiento, pérdida, desesperación y dolor extremo.
Si decide entrar, debe aceptar las consecuencias de lo que su mente experimentará.
Dumbledore, con una mezcla de serenidad y resolución, respondió: —Acepto.
Debo comprenderlo por completo.
Por el bien del joven y de Hogwarts.
Edmond estudió al anciano, evaluando su sinceridad, y luego asintió con suavidad.
—Bienvenido al infierno —dijo, y con un movimiento de su mano abrió la puerta.
Dumbledore dio un paso adelante y cruzó el umbral.
De inmediato, fue sumergido en un torrente de experiencias que desafiaban toda lógica y resistencia mental.
Cada singularidad vivida por Gudao en Chaldea se desplegó ante sus ojos: guerras imposibles, rituales mortales, pérdidas desgarradoras, sacrificios que habían marcado la esencia del joven, y momentos de desesperanza absoluta.
Sintió la fría mano de la muerte rozando cada fibra del ser de Gudao, la agonía de los aliados caídos, el peso de las decisiones imposibles y el trauma de estar atrapado entre mundos que no pertenecían a él.
Cada recuerdo estaba saturado de dolor, y el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo.
Dumbledore experimentó todo lo que Gudao había vivido, comprendiendo finalmente que su resistencia, su fortaleza y su capacidad de proteger a otros no provenían de una simple valentía, sino de una vida forjada en la pérdida y la lucha constante.
Horas, minutos, o quizás segundos pasaron mientras Dumbledore absorbía todo.
Cada emoción de Gudao, cada decisión, cada sacrificio, resonaba en su propia alma.
La sensación de infinito sufrimiento era abrumadora, pero también le ofrecía claridad: el joven Slytherin no era malvado, ni buscaba poder por egoísmo.
Cada acción, cada esfuerzo por proteger, cada riesgo tomado, estaba destinado a preservar la vida y la seguridad de otros.
Finalmente, Dumbledore respiró profundamente, emergiendo del torrente de recuerdos.
Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro, respeto y dolor contenido.
Comprendía, mejor que nunca, la magnitud de lo que Gudao había soportado.
No era un simple alumno de Slytherin; era alguien forjado por el sacrificio, capaz de resistir tormentos que la mayoría ni siquiera podía imaginar.
—Edmond…
—murmuró Dumbledore—.
Nunca he visto nada igual.
Este joven…
ha sobrevivido al infierno y ha salido de pie.
Lo que ha hecho y lo que ha sufrido…
—hizo una pausa, tragando saliva—.
Hogwarts tiene mucho que aprender de él.
Edmond asintió con solemnidad, protegiendo la mente de Gudao mientras Dumbledore, con una nueva comprensión, se preparaba para enfrentar las consecuencias físicas de la batalla que aún esperaban en la enfermería.
Fuera del plano de la mente, los jóvenes descansaban, sus cuerpos curándose lentamente, mientras la verdadera magnitud de lo que acababa de suceder comenzaba a asentarse en la mente de todos los presentes.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com