Fate of Magic - Capítulo 14
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14: Los recuerdos duelen 14: Los recuerdos duelen Dentro de la mente de Gudao, no había calma.
El joven mago se encontraba atrapado nuevamente en las sombras de su propio pasado.
La oscuridad lo rodeaba, mientras las imágenes de su última gran batalla en el Templo del Tiempo regresaban como si hubieran ocurrido apenas unas horas atrás.
El sonido de espadas chocando, rugidos de bestias y el eco de órdenes desesperadas resonaban en su cabeza.
Veía una y otra vez la caída de compañeros, el peso de sus decisiones y, finalmente, el instante en el que se lanzó hacia el vacío, en aquel espacio sin fin donde creyó que sería su final.
—Otra vez esto… —murmuró con voz cargada de cansancio.
Pero, en lugar de perderse en la negrura, una figura surgió entre las sombras: un hombre de porte elegante, con un aura de tormenta contenida, vestido con su característico traje negro y la mirada ardiente que brillaba como brasas.
Era Edmond Dantès, el Avenger, aquel que tantas veces había acudido a su llamado en los momentos más desesperados.
—¿De nuevo atormentándote con estas memorias, amo?
—dijo el conde con un tono irónico, aunque en sus ojos se notaba la preocupación.
Gudao parpadeó sorprendido, sin saber si era un sueño, un recuerdo… o algo más.
—Edmond… ¿tú aquí?
Pensé… pensé que había desaparecido contigo y los demás.
El Avenger negó con la cabeza lentamente.
—Yo nunca desaparecí.
Al menos, no del todo.
Parte de mí permanece en tu interior, como una llama que se niega a extinguirse.
Estoy aquí para protegerte, aunque ya no seas un Maestro en guerra.
Gudao lo miró fijamente, el corazón latiéndole con fuerza.
—Entonces… ¿sabes lo que me ha pasado?
Edmond dio unos pasos hacia adelante, sus botas resonando en la nada del espacio mental.
—Lo sé.
Albus Dumbledore también lo sabe.
Cuando tu cuerpo fue llevado a salvo, me aseguré de que el anciano pudiera ver fragmentos de tu memoria.
Le mostré lo suficiente para que entendiera quién eres realmente: el último Máster de la humanidad.
Él no es un enemigo, ni un ignorante; comprendió que tu carga no está teñida de malicia, sino de sacrificio.
Gudao frunció el ceño.
—¿Se lo mostraste?
¿Por qué?
—Porque el hombre necesitaba entenderte para protegerte —contestó Edmond, con firmeza—.
No podía permitir que alguien tan marcado por el peso de sus recuerdos quedara aislado en un mundo que no entiende de Servants, ni de Singularidades.
Hubo un silencio pesado, pero no incómodo.
Gudao sintió un alivio extraño; que Edmond siguiera a su lado, aunque solo fuera como un eco en su mente, era un consuelo más grande del que quería admitir.
—Entonces… ¿seguirás aquí?
—preguntó con un hilo de voz.
El conde sonrió, esa sonrisa enigmática que mezclaba tragedia y esperanza.
—Siempre.
Soy tu sombra, tu guardián, tu protector.
Mientras existan recuerdos de mí en tu corazón, seguiré luchando contigo.
Y con esas palabras, el espacio mental comenzó a disolverse.
La figura de Edmond se desvaneció lentamente, dejando tras de sí un leve resplandor que iluminaba la oscuridad.
— Gudao abrió los ojos con un sobresalto.
Lo primero que sintió fue el peso de su propio cuerpo hundiéndose en un colchón mullido, el suave olor de hierbas medicinales en el aire y la luz tenue de la luna filtrándose por las ventanas.
Estaba en la enfermería de Hogwarts.
Al girar la cabeza con esfuerzo, notó la figura de la enfermera, Madam Pomfrey, revisando y organizando frascos con pociones y hierbas.
Trató de hablar, de llamar su atención, pero la garganta le ardía como si hubiera tragado fuego.
Apenas un sonido áspero salió de sus labios.
Aun así, la mujer percibió su mirada.
Giró de inmediato y, al verlo despierto, sus ojos se abrieron con un destello de alivio y preocupación.
—¡Por Merlín!
Estás despierto —exclamó, acercándose rápidamente.
Tomó un vaso con agua fresca y lo sostuvo en sus labios con firmeza maternal—.
Despacio, muchacho, despacio.
El líquido refrescante calmó la sequedad de su garganta y, tras unos tragos, Gudao pudo respirar mejor.
—Gracias… —susurró apenas audible.
Madam Pomfrey lo examinó con ojos clínicos, su varita recorriendo el aire mientras murmuraba hechizos de diagnóstico.
Tras unos momentos, asintió con satisfacción.
—Tu cuerpo está maltrecho, pero resististe más de lo que pensé posible.
—Su expresión se endureció un poco—.
Soportaste media hora completa bajo la maldición Cruciatus.
Eso destrozaría la mente de la mayoría de los adultos.
Gudao evitó su mirada, sabiendo bien que no podía explicar que no era la primera vez que conocía el dolor absoluto.
—¿Y… estoy bien?
—preguntó.
—Físicamente, sí.
Mentalmente… no hay señales de fractura o daño.
—Ella suspiró, bajando el tono—.
Pero eso no significa que no haya cicatrices que no pueda ver.
Necesitas descansar.
El dolor deja marcas invisibles.
Lo acomodó con cuidado en la cama y le indicó que permaneciera quieto.
—Duerme, niño.
El director vendrá a verte en la mañana.
Tiene mucho que aclararte.
Gudao asintió lentamente, dejando que sus ojos se cerraran.
Esta vez, sin pesadillas, sin voces, sin dolor.
Solo el silencio reparador de un sueño profundo.
El amanecer se filtraba tímidamente por los ventanales de la enfermería de Hogwarts, tiñendo las paredes de un dorado suave.
El silencio era absoluto, salvo por el murmullo lejano de las escobas del personal de limpieza.
Gudao abrió lentamente los ojos, sintiendo cómo la calidez de la mañana contrastaba con el frío que aún cargaba en su pecho después de tantas pesadillas.
Tal y como Madam Pomfrey había anunciado la noche anterior, Albus Dumbledore lo esperaba.
El anciano director estaba sentado en una silla junto a su cama, con su clásica túnica azul celeste y un gesto sereno, pero sus ojos reflejaban una seriedad que raras veces mostraba.
Unos discretos movimientos de su varita habían levantado barreras mágicas alrededor de la enfermería: silenciadores, protecciones y encantamientos de privacidad.
Nadie, salvo ellos dos, escucharía lo que estaba a punto de decirse.
—Buenos días, Gudao —dijo el director con su voz apacible, la que ocultaba un trasfondo de firmeza—.
Me alegra ver que estás consciente y estable.
Gudao asintió en silencio, incorporándose un poco sobre la almohada.
—Quiero hablar contigo de varios asuntos antes de que el tiempo nos alcance.
Primero, respecto a la Piedra Filosofal: después de dialogar con Nicolas Flamel, hemos decidido destruirla.
No habrá más riesgos de que caiga en malas manos.
El joven cerró los ojos y asintió.
Una preocupación menos.
—En cuanto al colegio… la Copa de las Casas ha sido entregada.
Gryffindor se alzó como ganador, gracias a los méritos recientes de algunos de sus alumnos.
—Dumbledore sonrió apenas, con esa chispa de humor característica—.
No parece sorprenderte.
Gudao no respondió.
No tenía razones para discutir con eso.
—Por último —continuó el anciano—, te quedan aún dos semanas de clases antes de que regreses al orfanato.
Aquello hizo que Gudao lo mirara con fijeza.
No era tanto la noticia, sino el modo en que Dumbledore la soltó, como si hubiese estado preparando el terreno para algo más.
El muchacho agradeció la información, con un murmullo corto, pero en su interior sabía lo que venía.
Y no se equivocó.
—Dime, Gudao —preguntó Dumbledore tras un largo silencio—, ¿quién eres en realidad?
El corazón de Gudao se detuvo un instante.
No había escapatoria.
No esta vez.
El anciano ya había visto demasiado en su mente gracias a Edmond, y ocultar la verdad solo sería un insulto a la confianza que Dumbledore le había ofrecido hasta ahora.
Respiró hondo.
Y comenzó.
—Yo… no siempre estuve aquí.
Antes de llegar a este mundo, mi vida era la de un chico común.
Mi familia… no era importante, ni de renombre.
Eran magos, sí, pero sin prestigio, sin ambiciones políticas.
Vivíamos tranquilos.
Yo era solo un niño corriente.
Sus manos apretaron las sábanas.
—Pero todo cambió cuando Chaldea me encontró.
Usaron un examen de sangre disfrazado de rutinario para localizar candidatos compatibles… y me reclutaron.
Al inicio pensé que sería algo interesante, incluso noble: proteger la continuidad de la humanidad.
Pero pronto… se volvió un infierno.
Su voz tembló, pero siguió.
—Un ataque destruyó Chaldea casi por completo.
Más del ochenta por ciento del personal murió en cuestión de minutos.
Y yo… quedé como el único Máster.
Dumbledore arqueó una ceja.
—Máster… Gudao explicó, con calma pero con dolor, lo que significaba ese término: alguien capaz de formar un vínculo con espíritus heroicos del pasado y del mito, los Servants, para luchar en su lugar.
—Toda la humanidad dependió de mí —continuó—.
Un adolescente sin experiencia, cargando con la supervivencia del mundo.
Habló entonces de sus compañeros, de cómo los Servants se convirtieron en más que guerreros.
Eran familia, amigos, hermanos del alma.
Rellenaban un vacío que su propia familia dejó atrás.
Y, sin embargo, cada palabra lo hundía más en los recuerdos.
—Tuve que enfrentar siete Singularidades, lugares y épocas donde la historia había sido distorsionada.
Cada una… era un descenso a la desesperación.
Las decisiones que tomaba decidían quién vivía y quién moría.
Contó sobre las más destacadas cada una: América, donde vio cómo el Grial corrompía a Servants que alguna vez fueron nobles y buenos.
Camelot, donde enfrentó a una Artoria Pendragon que había olvidado lo que significaba ser humana, y que buscaba preservar una humanidad “correcta”, no la real.
Babylonia, donde junto a Gilgamesh, Ishtar, Ereshkigal y hasta Merlín, luchó contra la mismísima Tiamat, la Bestia II, madre de monstruos que casi puso fin a la humanidad.
Y finalmente, el Templo del Tiempo.
Ahí su voz se quebró.
—Nunca… nunca podré olvidar ese lugar.
Un campo infinito de cadáveres demoníacos que se regeneraban cada vez que los destruíamos.
El enfrentamiento final contra Goetia, una Bestia que buscaba reescribir la realidad.
Él quería eliminar el sufrimiento humano, sí… pero a costa de destruir la compasión, el amor, la empatía.
Hubiera convertido a la humanidad en algo “perfecto”, pero muerto por dentro.
Se llevó la mano al pecho.
—Yo lo enfrenté.
Yo lo derroté.
Y cuando todo terminó… caí al vacío.
Desperté aquí.
El silencio fue absoluto.
Dumbledore lo miraba, y en su mirada ya no había solo curiosidad, sino un dolor compartido.
—Un año después —terminó Gudao, bajando la voz—, mis padres murieron.
Los mataron los Mortífagos.
Y desde entonces… solo he intentado sobrevivir.
El anciano cerró los ojos un momento.
No había palabras fáciles para lo que había escuchado.
Lo que Gudao había vivido no era solo dolor, era una cadena de responsabilidades y pérdidas que hubiera quebrado a cualquiera.
Cuando abrió los ojos, su mirada brillaba con respeto y una tristeza infinita.
—Muchacho… has llevado sobre tus hombros más de lo que cualquier hombre debería cargar en una vida entera.
Y aun así, aquí estás.
Sigues queriendo vivir.
Gudao lo miró sorprendido.
Dumbledore suspiró, apoyando una mano sobre su hombro.
—Yo, que tantas veces he sentido la tentación de rendirme, sé bien que yo no habría resistido como tú.
Pero tú… todavía deseas la vida.
Todavía deseas paz.
Eso… eso es lo que te hace fuerte.
Por primera vez en mucho tiempo, Gudao sintió que alguien lo comprendía.
Y en ese amanecer, en la enfermería de Hogwarts, dejó escapar un leve suspiro de alivio.
Los días en la enfermería pasaron lentos pero necesarios.
Aunque su cuerpo se había recuperado del daño físico, aún quedaba un eco persistente del dolor en sus nervios, un rastro de aquella maldición imperdonable que había soportado durante demasiado tiempo.
La enfermera lo observaba con una mezcla de preocupación y curiosidad; en más de una ocasión, lo había visto dormir con el ceño fruncido o tensarse como si reviviera escenas de pesadilla.
Sin embargo, con cada día que pasaba, Gudao se mostraba más sereno, ocultando tras su mirada tranquila lo que en realidad había soportado.
Finalmente, cuando se consideró que estaba en condiciones, lo dejaron volver a sus actividades normales.
Aquella mañana en particular, Gudao se encaminó a las mazmorras de Slytherin.
El aire húmedo y frío del pasillo le resultaba extrañamente reconfortante; no era hogar, pero al menos era familiar.
Empujó la puerta de la sala común y, como siempre, se encontró con el murmullo constante de estudiantes sentados cerca de la chimenea o en las mesas, repasando deberes o intercambiando rumores.
Varios pares de ojos se clavaron en él: algunos con curiosidad, otros con abierta desconfianza, y no faltaron aquellos que lo miraron con descarada burla.
Para muchos en Slytherin, había desaparecido de manera misteriosa justo después de un duelo público contra Harry Potter, y los rumores habían llenado los huecos de información con todo tipo de historias exageradas.
Gudao no prestó atención.
Caminó con calma hacia los dormitorios, con la clara intención de llegar a su cama y recuperar la normalidad de su rutina.
Sin embargo, alguien se le cruzó en el camino.
—Vaya, mírenlo —la voz de Daphne Greengrass resonó con tono burlón—.
El héroe de las mazmorras finalmente regresa.
Aunque… con todas esas ausencias, me pregunto cuánto se desplomaron tus calificaciones.
¿Seguro que no tendrás que repetir exámenes remediales?
El comentario arrancó un par de risas cómplices entre los presentes.
Daphne lo miraba con esa expresión altiva que parecía tan típica entre ciertos Slytherin, esperando ver en su rostro alguna señal de incomodidad.
Gudao se detuvo frente a ella.
En lugar de responder con palabras, sacó un pequeño pergamino doblado: el último reporte de sus evaluaciones.
Con toda calma, se lo extendió para que lo leyera.
Daphne arqueó una ceja, incrédula, y tomó el pergamino.
Sus ojos recorrieron las notas: Encantamientos, Sobresaliente.
Defensa Contra las Artes Oscuras, Extraordinario.
Pociones, Notable Alto.
Runas Antiguas, Sobresaliente.
Transformaciones, Sobresaliente.
Y así seguía la lista, todas en un rango alto, con apenas un par de “Aceptable” en materias que ni siquiera le importaban demasiado.
El silencio fue inmediato.
Daphne lo devolvió, disimulando su sorpresa con una sonrisa forzada.
—Supongo que… te las arreglaste mejor de lo que pensaba —dijo con un tono neutro, intentando recuperar su compostura.
Gudao simplemente inclinó la cabeza con educación y guardó el pergamino en su túnica antes de seguir caminando.
Pero su tranquilidad no duró demasiado.
Draco Malfoy, acompañado de Crabbe y Goyle, se le cruzó en el pasillo que llevaba al dormitorio.
—Así que aquí está el “enfermito” de la enfermería —dijo Malfoy con esa sonrisa arrogante—.
¿Sabes?
Hay quienes creen que Potter te dio una lección que te mandó directo a la cama.
Los murmullos aumentaron.
Algunos Slytherin estaban atentos, esperando ver una confrontación.
Gudao lo observó en silencio.
No tenía ganas de discutir, ni de gastar palabras en alguien que solo buscaba demostrar poder frente a los demás.
En lugar de eso, levantó discretamente la mano, y sus dedos trazaron un patrón casi imperceptible en el aire.
Una runa antigua, precisa y silenciosa, enseñada por Scáthach misma.
Malfoy y sus dos guardaespaldas no alcanzaron a reaccionar.
Apenas unos segundos después, sus cuerpos comenzaron a tambalearse y cayeron en un sueño profundo, desplomándose de pie como marionetas a las que se les cortan los hilos.
Un murmullo de asombro recorrió la sala.
Gudao, con total tranquilidad, sacó un trozo de tiza mágica de su bolsillo y, con una sonrisa apenas perceptible, comenzó a dibujar en los rostros dormidos: bigotes ridículos, gafas mal hechas, un sombrero puntiagudo en la frente de Malfoy.
Al terminar, guardó la tiza y se volvió hacia los presentes, que trataban de contener las risas.
—La magia es mucho más divertida cuando se usa con creatividad —comentó con voz calmada, antes de continuar su camino al dormitorio.
Empujó la puerta y, al entrar, encontró su cama intacta.
La protección de runas que Scáthach le había enseñado seguía funcionando a la perfección: un encantamiento de preservación y rechazo que impedía que cualquiera tocara sus cosas.
Era una defensa simple pero sumamente efectiva; sus pertenencias estaban tal cual las había dejado.
Se dejó caer en la cama, exhalando con alivio.
Había regresado a su rutina, aunque sabía que nada era realmente normal para él.
Entre recuerdos de batallas perdidas en otros mundos, pesadillas de lo que había dejado atrás y los nuevos retos en Hogwarts, cada día era una prueba de resistencia.
Ahora, solo faltaba sobrevivir al resto de la semana.
Pronto, regresaría al orfanato… y con ello, a otra clase de vida que lo esperaba más allá de las mazmorras de Slytherin.
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