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Fate of Magic - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Chaldea
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15: Chaldea 15: Chaldea Chaldea había dejado de ser la fortaleza vibrante que alguna vez había sido.

Los corredores, antes llenos de voces de Masters, técnicos y Servants en movimiento, ahora se sentían vacíos, fríos, y pesados con un aire de duelo imposible de disipar.

El eco de pasos solitarios retumbaba como recordatorio constante de la tragedia que había ocurrido.

La última batalla contra la mente maestra de las singularidades había dejado cicatrices imposibles de ignorar.

Se había ganado…

sí, el enemigo había caído.

Pero el precio fue demasiado alto.

Fujimaru Ritsuka, el último Master activo de la organización, había caído en el vacío en el momento final.

Mash Kyrielight, que había regresado milagrosamente gracias a la intervención de la temible Beast IV, no pudo volver a tiempo para salvarlo.

Su alma había sido restaurada, pero su corazón estaba marcado por la culpa.

En los pasillos, los Servants vagaban sin propósito claro.

Algunos simplemente permanecían en silencio, otros, que habían encontrado en Ritsuka un amigo o incluso un hermano, buscaban consuelo en el alcohol de los almacenes de suministros.

A pesar de que su naturaleza espiritual les impedía embriagarse, la desesperación los llevó a forzar sus cuerpos mágicos con hechicerías y rituales improvisados hasta que, por fin, lograron nublar sus mentes con una falsa embriaguez.

Gilgamesh, otrora altivo e inquebrantable, se encontraba en silencio, sentado en una sala de observación, mirando al vacío con el cáliz dorado en mano sin pronunciar palabra.

Ozymandias había abandonado sus discursos llenos de orgullo; ahora, solo miraba con un gesto amargo hacia el horizonte helado de Chaldea.

Incluso Scáthach, que rara vez mostraba emociones humanas, se permitió un instante de silencio prolongado, sus ojos clavados en el recuerdo de aquel muchacho que había aceptado su enseñanza con tanto respeto y determinación.

Las Servants que alguna vez habían encontrado en Ritsuka algo más que amistad sufrían de manera aún más desgarradora.

Kiyohime lloraba en rincones ocultos, murmurando su nombre en plegarias rotas.

Hassan of Serenity, que rara vez se permitía sentir, estaba ausente, como si cada paso que daba fuese un castigo.

Raikou, usualmente tan vivaz y entregada a su papel de madre sustituta, permanecía en su habitación, sosteniendo con fuerza una prenda que había pertenecido a Ritsuka.

Y no eran las únicas; docenas de Heroic Spirits, que habían amado, confiado o admirado a ese joven, se encontraban sumidas en un dolor insondable.

Pero la más devastada era Mash.

Ella no comía, no bebía, no hablaba.

Había cerrado las puertas de su habitación y apenas respondía a quienes intentaban acercarse.

Su cuerpo estaba vivo, pero su espíritu…

parecía haberse marchado con Ritsuka.

Cada día que pasaba, parecía más frágil, más rota, como si una parte fundamental de ella hubiera sido arrancada y destruida.

Da Vinci hacía lo posible por mantener la organización en pie.

Se esforzaba en ocultar el desastre a los pocos magi de la Asociación que aún observaban con atención, mintiendo en reportes, limitando accesos, y guardando secretos.

Pero ella también estaba al límite.

Cada mañana, antes de enfrentarse al caos administrativo, debía detenerse frente a un espejo, obligándose a sonreír para no derrumbarse frente al resto.

Sabía que el mundo aún enfrentaría amenazas; de eso estaba segura.

Y sin un Master que liderara a los Servants, el futuro era un abismo sin salida.

La tensión en el aire era sofocante, y fue en medio de esa atmósfera opresiva que algo sucedió.

En los monitores de Chaldea, ocultos entre miles de líneas de información mágica, una fluctuación apenas perceptible brilló por un instante.

Fue débil, tan efímera que cualquiera la habría pasado por alto.

Era la firma espiritual de un único individuo, un eco mágico que no debería existir.

La señal de Fujimaru Ritsuka.

La máquina parpadeó, registró los datos, y luego volvió al silencio.

Ninguno de los técnicos, abatidos y desmoralizados, reparó en ello.

Da Vinci, que en ese instante estaba encerrada en su taller tratando de contener sus propias lágrimas mientras revisaba planos sin sentido, tampoco lo notó.

Un destello de esperanza había cruzado Chaldea, pero quedó ahogado bajo el peso del dolor y la desesperanza.

Nadie lo vio, nadie lo escuchó.

Al menos, no todavía.

En los altos círculos de la Asociación de Magos, el silencio era un arma tan letal como cualquier hechizo.

Tras la caída de la Incineración de la Humanidad, los informes sobre Chaldea eran escasos y confusos, pero lo suficiente claros para generar miedo: habían logrado detener un fenómeno imposible, habían derrotado a un enemigo que la propia Asociación no había comprendido hasta que ya era demasiado tarde.

Para los viejos aristócratas de las Torres del Reloj, esto era inaceptable.

Una organización privada, independiente, dirigida por un genio excéntrico como Marisbilly Animusphere y luego heredada por su hija, había demostrado un poder que desafiaba las mismas raíces de la magia moderna.

El debate no era si controlar Chaldea…

sino cómo.

En medio de esa tensión política surgió un nombre: Goredolf Musik.

Un hombre corpulento, de cabellos dorados, con un porte altivo y un aire de nobleza europea venido a menos.

Su linaje tenía prestigio, pero su propio historial de logros era escaso.

Había heredado riqueza y reputación, pero carecía del respeto genuino de sus pares.

Para muchos dentro de la Asociación, era un candidato útil: un hombre que podía servir de pantalla, un peón con suficiente ambición para aceptar un trato y la suficiente vanidad para creer que estaba ascendiendo.

Pero Goredolf no era tan ingenuo como aparentaba.

Sabía que lo estaban tanteando, sabía que Chaldea era tanto una oportunidad como una sentencia de muerte.

Había leído los informes, había escuchado los rumores de los Servants, de los experimentos con Rayshift, y de los peligros enfrentados.

Si iba a poner su nombre en juego, necesitaba una ventaja.

Y fue en ese momento, en su mansión de Europa central, cuando ella apareció.

Una mujer de una belleza inhumana, con orejas de zorro, cabellos rosados y una sonrisa que oscilaba entre lo seductor y lo letal: Tamamo Vitch Koyanskaya.

Ella no fue anunciada ni detectada.

Simplemente estaba ahí, esperándolo, recostada en uno de los sillones de terciopelo rojo como si la mansión fuese suya desde siempre.

Su voz era melosa, peligrosa, cada palabra un veneno cuidadosamente dosificado.

—Señor Musik…

—dijo con un tono aterciopelado—.

Usted busca poder, reconocimiento, respeto.

La Asociación lo subestima, lo utiliza como peón.

Pero yo puedo ofrecerle más.

Puedo darle a usted lo que más ansía: ser recordado como el salvador de la humanidad.

Goredolf frunció el ceño.

Su instinto le decía que aquella criatura no era humana, que aquella presencia no pertenecía a ningún enviado de la Torre del Reloj.

Y sin embargo…

había en sus palabras un brillo tentador.

—¿Y qué gano yo confiando en alguien que ni siquiera se presenta como es debido?

—replicó con voz grave, sirviéndose una copa de vino con gesto calculado.

La mujer rió suavemente, un murmullo que parecía acariciar el aire.

—Llámeme Koyanskaya.

Soy…

una benefactora interesada en el destino de este mundo.

Sus palabras estaban impregnadas de veneno sutil.

Ella no necesitaba romper las defensas de Goredolf de golpe; bastaba con erosionarlas poco a poco, jugando con su ego, con su ambición y con su deseo reprimido de demostrar que no era un simple “tonto con fortuna heredada”.

Durante semanas, Koyanskaya se convirtió en una sombra constante.

No siempre estaba físicamente presente, pero sus cartas, sus mensajes encriptados, su influencia invisible, empujaban a Goredolf en la dirección que ella deseaba: adquirir Chaldea.

Los magos de la Asociación lo presionaban para hacerse con el control de la organización “en ruinas”, y él, en apariencia, aceptaba con la dignidad de un noble.

Pero en su fuero interno, el discurso de Koyanskaya lo llenaba de fuego: ella lo trataba no como a un peón, sino como a un futuro rey.

—Conviértase en el dueño de Chaldea —le susurró una noche, mientras la luna bañaba los ventanales de la mansión—.

Y cuando el próximo cataclismo llegue…

usted será el único salvador que el mundo verá.

Goredolf apretó el puño.

Una parte de él sabía que aquella mujer lo manipulaba, pero otra parte —la más vulnerable— quería creer cada palabra.

Lo que ninguno de los magos de la Asociación sospechaba era que, detrás de aquella máscara seductora, Koyanskaya no actuaba por simple capricho.

Su verdadero plan estaba en marcha: infiltrarse en Chaldea a través de este hombre, plantar las semillas de un nuevo cataclismo, uno que rivalizaría con la Incineración de la Humanidad misma.

Un cataclismo que se gestaba en silencio…

esperando el momento adecuado para consumirlo todo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi ptreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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