Fate of Magic - Capítulo 16
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16: Antes del segundo año 16: Antes del segundo año Los días en el orfanato se deslizaban lentos, casi soporíferos, pero para Gudao aquello era un terreno fértil para perfeccionarse.
A ojos de las cuidadoras y los demás huérfanos, él no era más que un muchacho callado, reservado y algo extraño.
Siempre tenía una libreta a la mano, un libro abierto o un gesto ausente, como si estuviera en otro mundo.
Y no estaban del todo equivocados.
En su habitación, cuidadosamente asegurada con discretas runas de disuasión que mantenían alejados a los curiosos, Gudao escribía una y otra vez sobre pergaminos pequeños.
Había comenzado a dominar la escritura rúnica bajo la guía estricta de Scáthach en sus sueños y recuerdos fragmentados, y aunque al inicio había sido torpe y lento, ahora sus manos se movían con mayor firmeza.
La punta de la pluma rasgaba el pergamino mientras trazaba símbolos de protección, runas de retardo, sellos de contención.
—Una runa mal dibujada es peor que no usar ninguna —murmuraba para sí, recordando la severidad de la Lancer.
Se tomó el tiempo de probar pequeños efectos: un trazo mal hecho hacía que el sello simplemente brillara y se apagara, mientras que uno correcto producía un campo vibrante que repelía incluso el contacto accidental.
Así había perfeccionado las trampas de su baúl y la seguridad de sus pertenencias en Hogwarts, y ahora se exigía más.
Si sus sospechas eran correctas, el segundo año no iba a ser más sencillo que el primero.
Cuando no escribía runas, se dedicaba a otro arte que lo fascinaba: las pociones.
De noche, cuando el silencio reinaba y las cuidadoras pensaban que dormía, sacaba con cuidado su caldero reducido y comenzaba a trabajar.
Usaba las instrucciones de sus libros de primer año como base, pero no tardó en atreverse con los de segundo y tercero.
El proceso era exigente, pero su mente analítica, ayudada por su entrenamiento en Chaldea y la disciplina adquirida en tantas batallas imposibles, lo guiaba.
Analizaba la estructura de los ingredientes, las propiedades que liberaban al ser triturados, hervidos o mezclados bajo calor constante.
Pronto logró preparar pociones que un alumno promedio apenas soñaría en su tercer año: pociones para curar heridas profundas, para resistir el cansancio, para fortalecer la concentración.
Algunas incluso eran experimentos propios, variaciones improvisadas al mezclar instrucciones de distintos libros.
Cada éxito lo embotellaba con cuidado, marcando las botellas con símbolos de identificación, y luego las guardaba en un espacio mágico oculto que solo él podía abrir.
A veces pensaba en lo absurdo de su situación: un niño huérfano en un mundo nuevo, practicando artes mágicas con la calma de un alquimista en su laboratorio.
Pero así era Gudao.
El ocio era su enemigo, y la disciplina su refugio.
Con el paso de las semanas, el verano se fue consumiendo.
Las horas largas de práctica se convirtieron en rutina, y cuando levantaba la vista de sus pergaminos, ya estaba más cerca el inicio de su segundo año.
Eso significaba una cosa: debía preparar sus materiales escolares.
El día de su visita al Callejón Diagon, las cuidadoras lo acompañaron hasta la chimenea conectada a la Red Flu.
Gudao ya había preparado el dinero que Hogwarts le enviaba para cubrir sus gastos y se lo guardó en la túnica.
Sabía que cada moneda debía ser usada con cuidado: además de los libros, había ingredientes y materiales que le interesaba conseguir en discreción.
Lo que no esperaba era la primera sorpresa desagradable del año.
Cuando llegó a Flourish and Blotts, la librería estaba llena de pósters coloridos, retratos sonrientes y montones de libros que parecían más exhibición de un fanático que materiales de estudio.
El nombre que repetían todos los títulos lo hizo fruncir el ceño: Gilderoy Lockhart.
“Magia contra las fuerzas oscuras”, “Un año con el yeti”, “Vacaciones con vampiros”…
Todos tenían la misma sonrisa perfecta en la portada, con el autor mirando al lector como si fuera un héroe legendario.
Gudao no lo conocía, pero no necesitaba mucho para formarse una opinión.
Su intuición, esa misma que lo había salvado en innumerables ocasiones en Chaldea, comenzó a vibrar como una alarma interna.
No podía explicar por qué, pero sabía que este tal Lockhart iba a significar problemas.
Y no del tipo interesante, sino del tipo insoportable.
Lo comparó mentalmente con esas singularidades ridículas que aparecían cada año después de Halloween, cuando Elizabeth Bathory hacía acto de presencia.
Universos enteros deformados por un exceso de absurdo y caos, misiones que parecían más castigo divino que aventuras.
—No…
—murmuró, apretando el libro con cara de fastidio—.
No puede ser.
Pero sí lo era.
Hogwarts había decidido que todos los libros de Defensa Contra las Artes Oscuras de ese año estarían escritos por Lockhart.
Su intuición le susurraba que este hombre sería un dolor de cabeza constante.
Suspiró, resignado, y compró la lista completa, aunque con una expresión sombría que no pasó desapercibida para la bruja encargada de cobrar.
Guardó los libros en su bolsa encantada, y mientras salía de la tienda, no pudo evitar pensar: —Ojalá me equivoque…
pero no lo haré.
El Callejón Diagon olía distinto en verano.
El calor mezclado con la piedra, la madera de los escaparates, el polvo de pergaminos recién desempacados y los aromas dulces de Florean Fortescue hacían que todo se sintiera saturado, como si el lugar entero respirara magia.
Gudao caminaba por ahí en silencio, con el paso calculado de alguien que sabía exactamente lo que necesitaba y no estaba interesado en distraerse más de la cuenta.
Había aprendido, desde el primer año, que la atención excesiva era peligrosa: Slytherin lo miraba con desprecio por ser un sangre sucia, y las demás casas lo veían con desconfianza por su mera pertenencia a la serpiente.
Eso lo había vuelto más observador, más frío, y más eficiente.
Así, las compras fueron rápidas.
El caldero de repuesto, un par de ingredientes básicos para pociones, plumas, pergaminos y tinta reforzada para resistir la humedad.
Nada de mirar vitrinas, nada de detenerse a curiosear.
Todo era metódico, preciso, como un militar recogiendo provisiones.
La calma duró hasta que llegó a Flourish and Blotts.
Allí, la escena era otra.
Un mar de brujas de todas las edades bloqueaba la entrada, todas apiñadas con rostros expectantes y sonrisas nerviosas.
Algunas parecían auténticamente al borde del desmayo, y no por el calor: agitaban en las manos los libros de una colección con portadas estridentes, cada una con el rostro del mismo hombre rubio, sonriente, con una dentadura tan perfecta que parecía haber salido de un cuadro animado en lugar de un ser humano real.
Gudao se detuvo unos segundos a observar.
Las carcajadas nerviosas, los chillidos de emoción y la manera en que algunas brujas intentaban arreglarse el cabello al reflejo de los vidrios lo dejaron con una sola conclusión: aquello no era una librería, era un teatro improvisado.
Gilderoy Lockhart.
El nombre estaba escrito en letras doradas en pancartas colgantes.
Gudao lo había investigado con anterioridad, por precaución.
Supuestamente, Lockhart era un aventurero, un héroe que había enfrentado criaturas terribles y había salido siempre victorioso.
Vampiros, hombres lobo, banshees, trolls…
sus libros estaban plagados de relatos sobre cómo había engañado, derrotado o hechizado a estos enemigos mortales con una combinación de ingenio y valentía.
Cada proeza estaba corroborada por testigos: magos reconocidos, expertos en distintas ramas de la magia, todos ellos afirmando que habían estado presentes en tales gestas.
En papel, el hombre parecía un verdadero prodigio.
Un héroe moderno.
Pero algo en esa sonrisa que posaba desde las portadas —esa mueca tan amplia, tan perfectamente ensayada— encendía todas las alarmas de Gudao.
Era demasiado impecable, demasiado teatral.
La forma en que las multitudes reaccionaban como devotas ante él no hacía más que confirmar su intuición: aquel hombre era un problema, y no de los que se enfrentan con varitas, sino de los que minaban la estabilidad mental.
Gudao soltó un resoplido casi imperceptible y decidió, en ese momento, que en Hogwarts evitaría a Lockhart a toda costa.
Podría ser un profesor, un supuesto modelo a seguir, pero él no dejaría que su mundo se contaminara con aquella sonrisa de cartón piedra.
Tras unos minutos de caos y murmullos, la multitud comenzó a dispersarse.
Había un murmullo general de decepción: al parecer, la fecha del evento había sido confundida.
Lockhart no estaría en la librería ese día.
Varias mujeres salieron con lágrimas contenidas, otras suspirando como si hubiesen perdido una cita amorosa.
El aire se volvió un poco más respirable, aunque todavía cargado de perfume y frustración.
Aprovechando ese momento, Gudao se deslizó hacia el interior de la tienda.
Compró de inmediato los libros requeridos, incluida la ridícula guía de Lockhart que se suponía usarían en el segundo año.
El dependiente, con una expresión cansada, apenas le dedicó una mirada: claramente había soportado demasiados gritos por un solo día.
En cuanto tuvo los tomos en sus manos, Gudao salió con paso rápido, casi en fuga.
No quería estar un segundo más ahí, ni dar la impresión de que formaba parte de esa masa hipnotizada.
Con los libros bajo el brazo, regresó directamente al Caldero Chorreante, donde se estaba alojando hasta el día de partida hacia Hogwarts.
Mientras subía a su habitación, su resolución se reafirmó: podía tolerar pociones difíciles, profesores exigentes y el desprecio de sus compañeros, pero lo que no pensaba tolerar era caer en las redes de un farsante con sonrisa brillante.
La calma que se extendía por los pasillos de Hogwarts no era la misma que la habitual durante el curso.
Era una calma de preparación, una que cargaba en sí el murmullo de plumas sobre pergaminos, el chasquido de baúles al cerrarse y los ecos metálicos de calderos que se ordenaban en filas.
Los profesores, cada uno en su área, dedicaban las últimas semanas de verano a preparar los salones, realizar inventarios y afinar los talleres para las prácticas que pronto tendrían lugar en los próximos dos semestres.
El eco de los pasos resonaba distinto en los corredores vacíos.
En el aula de Transformaciones, McGonagall revisaba con precisión felina cada escritorio, asegurándose de que las sillas estuvieran derechas y que las plumas de repuesto se encontraran en su sitio.
En el aula de Encantamientos, Flitwick balanceaba cajas tres veces más grandes que él con sorprendente facilidad, clasificando objetos mágicos y dejando caer pequeñas chispas de su varita para probar su funcionalidad.
En el caluroso calabozo, Snape se inclinaba sobre una mesa cubierta de frascos, revisando pociones almacenadas y ordenando ingredientes que, a simple vista, parecían más peligrosos que útiles.
Fue en medio de esa rutina cuando llegó el mensaje: el director los convocaba a su oficina.
El llamado era claro y urgente.
Uno a uno, los profesores dejaron sus quehaceres y comenzaron a ascender las escaleras.
Cuando todos estuvieron reunidos en la oficina circular de Dumbledore, los retratos de antiguos directores murmuraban entre ellos, curiosos por el inusual encuentro.
El anciano mago, de pie tras su escritorio, esperaba en silencio, con las manos cruzadas al frente y su mirada seria, desprovista de la chispa juguetona que usualmente lo caracterizaba.
—Gracias por acudir con prontitud —dijo finalmente, cuando el último profesor tomó asiento.
Su tono era solemne, y todos entendieron de inmediato que no se trataba de un asunto trivial.
—Hoy he pedido su presencia no para hablar del futuro de Hogwarts, ni de los nuevos estudiantes que pronto llegarán, sino para reflexionar sobre un error cometido en el pasado…
un error que tiene nombre y apellido: Gudao.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala.
McGonagall arqueó una ceja, mientras Flitwick parpadeaba desconcertado.
Snape, con sus brazos cruzados, apenas movió un músculo.
Dumbledore continuó, con voz grave y mesurada: —Muchos de ustedes recordarán el incidente ocurrido durante el primer año de Gudao.
Varias veces se le acusó, se le señaló como problemático y se le castigó con dureza.
Lo más grave, sin embargo, fue que en ningún momento se investigó adecuadamente lo sucedido.
Nadie pensó en escuchar su versión ni en corroborar los hechos con los demás implicados.
La sala quedó en silencio.
McGonagall y Flitwick intercambiaron una mirada incómoda; ambos habían sido severos en sus juicios en aquel entonces, dejándose llevar por las apariencias y por la presión de los rumores.
Dumbledore levantó un vial plateado y lo colocó sobre el pensadero que reposaba junto a su escritorio.
—Para que no queden dudas, he recopilado memorias de varios estudiantes de Slytherin que estuvieron presentes ese día.
Quiero que las vean.
Con un movimiento de su varita, la superficie del pensadero brilló y en el aire comenzó a proyectarse la escena.
Allí se veía a un grupo de jóvenes de Slytherin, con las varitas apuntando directamente a Gudao, sus rostros distorsionados por la arrogancia y el desprecio.
La imagen hablaba por sí misma: insultos sobre la pureza de sangre, amenazas directas y, en medio de todo, Gudao resistiendo.
No había rastro de provocación por su parte, solo defensa.
Luego, el momento clave: con un movimiento determinado, el muchacho rompía las varitas de sus agresores, neutralizando la amenaza inmediata.
La memoria se desvaneció.
Un silencio pesado quedó en el aire.
—Lo que presenciaron fue un acto de legítima defensa —explicó Dumbledore, su voz cargada de un reproche implícito—.
Gudao enfrentó lo que no debería existir en esta escuela: racismo, clasismo y una obsesión por la pureza de sangre que contradice todo lo que Hogwarts representa.
Y, sin embargo, nosotros, los adultos responsables, lo tratamos como si él fuese el culpable.
McGonagall bajó la vista, con los labios apretados en una línea dura.
Flitwick parecía mortificado, murmurando para sí mismo.
Sprout, que había guardado silencio, se retorcía las manos con incomodidad.
Snape, en cambio, permanecía impasible, su expresión pétrea y sus ojos oscuros clavados en el vacío.
—Este error no puede repetirse —prosiguió Dumbledore, con firmeza poco habitual—.
A partir de ahora, si ocurre un incidente similar, el protocolo será investigar primero y actuar después.
No podemos permitirnos más injusticias en Hogwarts.
Los profesores asintieron lentamente, algunos con gestos de arrepentimiento, otros con incomodidad evidente.
El peso de la revelación les dejaba un sabor amargo en la boca.
Uno a uno fueron retirándose, murmurando excusas o reflexiones a media voz.
Cuando la sala quedó vacía, salvo por dos figuras, el silencio se volvió más tenso.
Snape no se había movido.
—¿No piensa decir nada, Severus?
—preguntó Dumbledore, arqueando las cejas.
Snape apretó la mandíbula antes de responder con frialdad: —No cambiaré mi trato hacia él.
Las palabras cayeron como plomo en el aire.
Por primera vez en mucho tiempo, los ojos de Dumbledore se endurecieron.
El anciano no levantó la voz, pero su enojo se filtraba en cada palabra.
—No se lo merece, Severus.
No después de lo que hemos visto.
Gudao ya ha cargado con un peso que ningún niño debería soportar.
Snape sostuvo su mirada sin parpadear, desafiante, hasta que finalmente giró el rostro y salió de la oficina con un movimiento seco de la túnica.
Cuando la puerta se cerró, Dumbledore permaneció de pie, en silencio.
La calma volvió poco a poco a su semblante, pero no la paz.
El recuerdo de lo que había presenciado lo perseguía, y con él, un pensamiento persistente: Gudao necesitaba algo más que justicia; necesitaba una vida tranquila y feliz, una oportunidad de recuperar los sentimientos que, de algún modo, parecían sellados en lo más profundo de su ser.
Suspirando, el director se volvió hacia sus propios quehaceres.
También él debía preparar Hogwarts para los nuevos estudiantes, aunque en su mente una preocupación brillaba con más fuerza que ninguna otra: que esta vez, Gudao no cargara solo contra el peso de un mundo que aún no comprendía.
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