Fate of Magic - Capítulo 17
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17: Aristocracia 17: Aristocracia La sala común de Slytherin olía a leña húmeda y pergamino recién raspado.
Las llamas verdes de la chimenea lanzaban reflejos en las paredes de piedra, como si el propio escudo de la casa se arrastrara en silencio por las juntas.
Daphne Greengrass estaba sentada en el respaldo de un sillón —porque Greengrass no se sienta, se posa— con las piernas cruzadas y el mentón alto.
Observaba sin pestañear la puerta de los dormitorios, esperando que él apareciera.
Gudao Roberts.
El nombre le sabía a hierro.
Recordó con nitidez la primera semana de clases: la selección, los murmullos atónitos, el Sombrero enviando a un muggle a la casa de las Serpientes.
La sangre se le había helado.
La tradición Greengrass —una de las pocas familias de sangre pura que aún conservaban su árbol genealógico sin manchas— le pesaba en los hombros como un manto heredado.
Desde que tenía memoria, su madre le había enseñado a identificar modales, linajes, alianzas; su padre le había repetido que la pureza no era una opinión, sino un hecho, y que la sociedad mágica se mantenía unida por los que sabían su lugar.
Y, sin embargo, allí estaba él, ocupando un lugar que no le correspondía…
y prosperando.
—No lo olvides, Daphne —le había dicho su padre en verano, con voz grave—: la serpiente no discute con el ratón.
Se lo come.
El problema era que Gudao se negaba a ser ratón.
— El repaso mental de Daphne no era amable.
Primer día: los chicos de su curso —Malfoy a la cabeza, por supuesto— habían apuntado con sus varitas a Roberts para “recordarle” su sitio.
Él respondió quebrándoles las varitas como si fueran pajillas secas.
Una insolencia imperdonable…
y, sin embargo, eficaz.
Desde entonces, nadie volvió a apuntarle de frente.
Luego, los meses.
Los Gryffindor lanzando bromas, él esquivándolas.
Los profesores, con ceños fruncidos y mano fácil para el castigo cuando se trataba de ese Slytherin.
Y Gudao, mientras tanto, mejorando.
Encantamientos.
Transformaciones.
Pociones.
Incluso Pociones.
¿Snape le tendría manía?
Tal vez, pero los resultados estaban ahí.
Daphne, que conocía de números y posiciones tanto como de apellidos, había seguido su avance con la frialdad de quien estudia a un rival.
La humillación final había llegado cuando, regresando de la enfermería, ella intentó clavarle una pulla por “baja de notas” y él, sin decir una palabra, le mostró el pergamino: calificaciones altas, limpias, contundentes.
Después, Malfoy intentó asustarlo en el pasillo…
y terminó roncando en el suelo con Crabbe y Goyle, con bigotes y garabatos ridículos pintados en la cara.
La risa que recorrió la sala común aquella tarde no fue contra Roberts.
Fue contra ellos.
Contra ella, por extensión.
Daphne sonrió sin alegría.
La superioridad se demuestra; no se proclama.
Y a ella, una Greengrass, no la iban a eclipsar con un truco de circo.
— —Estás tensa —murmuró Tracey Davis, su sombra más constante, dejando caer un libro junto a ella—.
Otra vez pensando en “ciertas personas”.
—Estoy pensando en ciertos errores —corrigió Daphne, sin mirarla—.
Errores que no volverán a repetirse.
Tracey no insistió.
Sabía leer los silencios de su amiga.
Daphne bajó la voz.
—Tiene defensas —admitió—.
Rúnicas.
Y disciplina.
Es ingenioso.
Ataca cuando los otros se confían y, sobre todo, no reacciona como esperan.
No es un Gryffindor con la cabeza caliente.
—Tampoco es uno de los nuestros —dijo Tracey, con un gesto vago hacia el resto.
—Precisamente.
Y eso es útil —susurró Daphne.
En su mente, comenzó a trazar líneas.
Roberts tenía fortalezas claras: aislado, sí, pero impermeable a la provocación, con un talento preocupante para aprender rápido y aplicar lo aprendido.
Buena mano para pociones y encantamientos —bastaba ver sus resultados— y una seguridad que irritaba a quienes vivían de posturas.
¿Debilidades?
Varias.
La primera, que no confiaba en nadie.
La segunda, que los profesores —algunos— ya lo habían marcado.
La tercera, que los rumores le eran adversos y él no hacía nada por corregirlos.
No hacía falta romper sus runas; bastaba con hacer que las autoridades llegaran cuando le convenía a ella, no cuando le convenía a él.
—Plan A —dijo, casi para sí—: carta anónima a Filch, sello de prefecto falsificado, cita nocturna en un aula vacía.
“Dueling practice”.
Alguien lo convoca, él aparece, Filch también, puntos menos, castigo público.
No espectacular, pero erosiona.
—Malfoy estaría encantado —apuntó Tracey.
—Malfoy es ruido —replicó Daphne sin dureza—.
Sirve para distraer, no para ejecutar.
—Plan B, entonces —insistió Tracey, mitad divertida, mitad preocupada.
—Sabotaje de reputación académica —enumeró Daphne, como si hablase de una receta—.
No su cama —esa protección no la atraviesas ni con una orden del Ministerio—.
Pero en la mesa común, durante el desayuno…
una frasca gemela de poções con una preparación que no es suya, a la vista de un profesor.
Se levanta, vuelve, “oh, qué sorpresa, qué curioso compuesto prohibido ha aparecido bajo tu nariz”.
No expulsa, pero marca.
La confianza de los maestros es una moneda…
y me la han enseñado a cobrar.
Tracey abrió la boca y la cerró.
Sabía que Daphne podía hacerlo.
Quería hacerlo.
Pero también sabía leer el orgullo herido detrás de la estrategia.
—¿Y si falla?
—preguntó al fin—.
Quiero decir, algo siempre falla.
Daphne entrecerró los ojos.
Aquello no era ira; era cálculo.
—Plan C: pública y definitiva —dijo—.
El próximo curso organizarán algún club de duelo o exhibiciones.
Hogwarts vive de espectáculos.
Lo retas, lo expones.
Haces que se enfurezca con provocaciones sutiles y lo fuerzas a un error delante de medio colegio.
Slytherin no necesita tener razón; necesita tener narrativa.
Se la daré.
Tracey se la quedó mirando con la preocupación de quien ve a su amiga afilar un cuchillo que quizá termine en la dirección equivocada.
—Solo ten cuidado —dijo al fin—.
Hay cosas en el castillo…
no sé.
Desde hace días escucho tuberías que silban.
Supongo que es la humedad.
—Son paredes —cortó Daphne, casi con impaciencia—.
Hogwarts siempre se queja.
Pero aun así, cuando pronunció esas palabras, un escalofrío diminuto le recorrió la columna.
Nada que una Greengrass confesara, por supuesto.
Se levantó del respaldo del sillón y alisó su falda con gesto automático.
—Mañana empiezo —anunció—.
Lo haré tropezar sin tocarlo.
Y cuando caiga, nadie recordará que yo empujé.
Se marchó con el porte impecable que su institutriz habría aprobado, el cabello recogido sin una hebra fuera de lugar, la barbilla firmemente alzada.
Atrás, Tracey la siguió con la mirada, dubitativa, mientras la sala común volvía a llenarse de murmullos.
En lo alto, las llamas verdes se agitaron como si una corriente de aire invisible pasara por la chimenea.
En algún punto de las tuberías, lejos y profundo, un silbido se arrastró por la piedra…
demasiado prolongado para ser solo humedad, demasiado antiguo para ser un simple quejido del castillo.
Daphne no lo escuchó.
O quizá decidió no hacerlo.
No sabía —no podía saber— que el curso siguiente no sería un tablero para su ingenio, sino una trampa abierta por una lengua olvidada y un monstruo que no distingue ambiciones de linajes.
Que el filo que había afilado para otros, alguien —o algo— lo blandiría sobre su propia coronilla de cristal.
El andén parecía una cascada de colores y ruido: bufandas ondeando, gritos, maletas rodando, el vapor del tren formando nubecillas que olían a aceite y carbón, a viajes y despedidas.
Pero para Gudao todo eso era un escenario ajeno, como si lo mirara a través de una ventana de cristal.
Sus pasos sonaron demasiado secos en la piedra mientras avanzaba entre grupos que se reían y se abrazaban; nadie le ofreció sitio, nadie le invitó a subir.
Lo había notado desde el momento en que el tren apareció: miradas que se pegaban en él, el corrimiento de hombros de algunos Slytherin, la forma en que los pasillos de los vagones se cerraban como conchas a su paso.
Que fuera de Slytherin no lo libraba: ser Slytherin en sí mismo era una sentencia para la mayoría, y ser muggle dentro de Slytherin era la doblez afilada de esa sentencia.
Las caras cerradas le decían, sin palabras, que no era bienvenido.
Se quedó mirando los vagones, tanteando mentalmente: compartido con Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw —todas las posibilidades le devolvían una ligera corriente de rechazo—.
Avanzó hacia el fondo del andén, donde el último vagón parecía esperar vacío, como una caja sin etiqueta.
Era lo que necesitaba: soledad para ordenar ideas, tiempo lejos de miradas que solo buscaban confirmaciones.
Subió, empujó la puerta y encontró un compartimento aislado, una linterna colgando, los bancos forrados en terciopelo rojo algo despintado por los años.
Se dejó caer junto a la ventana y apoyó la espalda contra la madera.
La musculatura aún le dolía por los vendajes, pero el cuerpo le obedeció sin preguntar.
Del otro extremo del tren llegó un murmullo, unos pasos, risa contenida.
Daphne pasó con una amiga —dos siluetas cuadriculadas, impecables, delgadas— y se detuvo en el pasillo.
Gudao no tenía que forzar la vista para leer sus posturas: el pie adelantado, las manos juntas en un gesto conspirador, la mirada que se alzó buscando confirmación.
Las palabras fueron un hilo apenas audible entre el ruido: eran bajas, afiladas, cargadas de ese desprecio que siempre lo había acompañado.
Alguien le involucraba en el plan que planeaban —una brasa que no quería que se apagara— y la simple certeza de que hablaban de él le tensó los músculos.
No se quedó a escuchar.
Aquello no iba a alterarle el pulso.
Había aprendido, en otros mundos, a dejar que las informaciones llegaran y se fueran como olas que no se agarran.
Tomó el cuaderno que siempre llevaba, el mismo que sabía registrar runas, trazos y notas de hechicería, y repasó mentalmente lo que tenía por delante.
El tren comenzó a moverse con un tirón y una cadencia que fue relajando el ambiente; el paisaje se abrió en campos, un latido verde que pasaba y pasaba como una película monocroma.
Pensó en la enfermería, en la voz de Madam Pomfrey, en la cara de Dumbledore la mañana en que hablaron.
Sentimientos encontrados lo sacudieron —la gratitud por haber sobrevivido, la pesadumbre por las pérdidas que llevaba incrustadas en la memoria— y la siempre presente determinación de no abandonar la vigilancia.
Si aquel curso le había enseñado algo más que hechizos y pociones, había sido la precisión de la prevención.
Había resistido un Crucio y había callado; había sido golpeado y aún así había mantenido la piedra fuera de las manos equivocadas.
No era un trofeo; era una responsabilidad.
En las últimas semanas, las lecciones prácticas se habían vuelto una lista de prioridades: protección personal —rúnica básica y avanzada—, imbuición de objetos, máscaras mágicas y, más importante, la capacidad de operar sin varita.
El orfanato no permitiría un entrenamiento con varita abierto: herramientas muggles, ojos curiosos, normas.
Pero Gudao aprendió a transformar la limitación en un plan.
Durante los veranos de su vida anterior en otros mundos había hecho lo mismo: convertir el cuerpo en foco de energía, afinar la respiración para modular sus circuitos mágicos, practicar los sellos de mano y las posiciones que Scáthach y los Assassin le habían enseñado.
Allí encontraría la disciplina que necesitaba.
Hizo una lista en la página del cuaderno: —Runas de preservación para telas y madera (para la cama, la maleta).
—Imbuición de objetos cotidianos (llaves, medallones) con señales indetectables.
—Ejercicios diarios de respiración y canalización sin varita —control de “circuitos” mágicos—.
—Práctica de trazado de runas con carbón y tinta sobre cuero (manos, muñecas).
—Entrenamiento físico: escalada, equilibrio y pasos silenciosos (siempre útil).
Cada ítem fue escrito con la calma de quien sabe que tiene meses para perfeccionarlo.
No se engañaba: dos meses no eran suficientes para terminarlo todo, pero sí para construir cimientos firmes.
Y si algo le enseñó Chaldea era a priorizar: lo que protegía a la gente primero, lo demás después.
El tren se mecía y el sol se inclinaba.
Desde el banco vio pasar a estudiantes cuyos gestos le hablaban de pertenencia: abrazos, promesas, planes para el verano.
Una oleada de nostalgia lo invadió por un instante: esos vínculos que no tuvo en su vida previa en Inglaterra, los rostros que podrían haber formado su propia pequeña familia.
Luego, la razón reemplazó a la nostalgia.
No estaba allí para lamentar.
Había una lista de trabajo que cumplir.
Imaginó la habitación del orfanato: paredes desconchadas, un rincón donde colgaría la ropa, una mesa donde ensayar trazos.
En la práctica, muchas protecciones no requerían varita: las runas básicas se podían perfilar con grasa de carbón, los sellos de imbuición podían iniciarse con la posición correcta de las manos y una concentración mantenida.
Afinaría la sensibilidad a las corrientes de magia que ya sentía en la punta de los dedos, esa pequeña vibración que le había salvado tantas veces.
Paseos nocturnos por los tejados del orfanato para practicar pasos y silencio.
Subidas a los árboles para esconderse, para recordar la sensación de desaparecer.
Si la Sala de los Menesteres le había dado herramientas, el orfanato le daría condiciones para entrenar con menos atención y más continuidad.
Cerró el cuaderno y dejó que la vista se perdiera en el campo que ahora pasaba a toda velocidad.
Ahora no había prisas por demostrar nada; había paciencia que forjar.
Lo que viniera durante el próximo curso —ya fueran burlas, planes de Daphne o amenazas mayores— lo recibiría con algo nuevo: protecciones que no se ven, rutinas que no se rompen.
Antes de quedarse dormido por la cabezada del viaje, pasó la mano por el bolsillo donde aún llevaba un pequeño fragmento de tejido con runas cosidas: la última protección que Scáthach le enseñó.
La apretó con suavidad.
Una voz, seca y certera, cruzó su mente —no la de Archer esta vez, sino la de Edmond, confortante en su extraña calma—: Aquí me tienes.
No estás solo.
La idea le trajo una claridad simple: no buscaba venganza; quería seguridad.
No quería convertir Hogwarts en un campo de batalla; quería que nadie más sufriera porque alguien ambicioso quisiera un atajo.
Esa era su promesa, y la promesa no se abandona por incomodidad.
El tren silbó, la plataforma se fue quedando atrás, y en el vagón solitario la nube de vapor se mezcló con el humo de los campos.
Durante el viaje pensó en el programa a seguir: por la mañana, ejercicios físicos y respiración; mediodía, teoría y lectura de libros prestados; tarde, trazos de runas y ejercicios de imbuición sin varita; por la noche, reflexión y ajuste de técnicas.
Tenía la intención de medir resultados, anotar desviaciones, corregir.
Todo con la precisión de alguien acostumbrado a planear campañas, no excursiones.
Cuando por fin el trayecto terminó y el tren comenzó a detenerse en la estación del orfanato, Gudao se levantó con cierta pesadez en las piernas pero con la cabeza clara.
Llevaba dos mochilas: una con ropa y libros, otra con implementos discretos —carbón, cueros, una pequeña brújula de latón que servía para detectar fluctuaciones—.
Nadie lo esperaba, y no lo necesitaba.
Había descubierto, en ese vagón vacío, que la soledad puede ser una aliada cuando uno la usa para construir algo.
Al bajar del tren, el aire muggle le dio la bienvenida: olor a asfalto mojado, bolsas de compras, y la promesa de un verano silencioso donde nadie abriría su puerta para preguntarle por qué no se reía.
Sonrió para sí.
No era una sonrisa triunfal; era la sonrisa de quien apaga las velas y deja la sala a oscuras para trabajar.
Regresó al orfanato con un plan, con runas en la mente y la certeza de que, cuando volviera, nadie podría tocar su cama ni sus cosas sin que el castigo cayera no sobre él sino sobre la mano que lo intentara.
Eso bastaba por ahora.
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