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Fate of Magic - Capítulo 18

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18: De nuevo al ruedo 18: De nuevo al ruedo La puerta del dormitorio de Gryffindor se cerró con un suave chasquido, aislando a Harry y Ron del murmullo lejano y las risas amortiguadas que aún provenían de la sala común.

La habitación circular, iluminada tenuemente por la luz de la luna que se filtraba por las altas ventanas, estaba en calma.

Los otros chicos de su año —Dean, Seamus y Neville— ya dormían profundamente, sus respiraciones regulares llenando el aire con un ritmo tranquilo que contrastaba brutalmente con el torbellino interno de Harry.

Sin intercambiar una palabra, ambos se quitaron las túnicas con movimientos mecánicos, casi automáticos.

La tela, áspera y familiar, les recordaba a la normalidad que, hasta hace unas horas, creían tener.

Ahora, esa normalidad se sentía como un frágil cristal que acababa de resquebrajarse.

Ron dejó caer la suya al suelo, cerca de su cama, con un gesto de derrota.

Harry, con un poco más de cuidado, la dobló y la colocó en el baúl a los pies de su cama de dosel.

Cada movimiento le costaba un esfuerzo sobrehumano; sentía como si llevara una armadura de plomo.

Ron se dejó caer en su cama con un gruñido sordo, hundiendo la cara en la almohada.

—Un mes, Harry —masculló, su voz apagada por la tela—.

Un mes con Filch y sus malditos trofeos.

Y sin varita.

Va a ser un infierno.

Harry solo asintió, incapaz de articular sonido alguno.

Se sentó al borde de su propia cama, las manos apoyadas en las rodillas, mirando fijamente las sombras que las cortinas granates proyectaban en el suelo de madera.

La orden de McGonagall resonaba en su cabeza como un badajo golpeando un yunque: “Ayudar al profesor Lockhart con su correspondencia personal.” Una punzada de náusea recorrió su estómago.

Preferiría mil veces limpiar los trofeos más oxidados y polvorientos con Filch susurrándole al oído que pasar una sola tarde escuchando a Gilderoy Lockhart recitar sus propias hazañas.

La sola idea de tener que abrir esas cartas perfumadas, llenas de admiración absurda hacia un hombre que Harry ya intuía como un fraude completo, le producía una desesperación profunda.

Pero más allá del castigo, más allá de la humillación pública en el periódico y la furia de Snape, había algo que se clavaba en su mente como una espina envenenada: la pregunta.

La pregunta que no tenía respuesta.

¿Por qué?

¿Por qué ese maldito pilar entre los andenes nueve y diez se había convertido en una pared de ladrillo sólido e impasible para ellos?

Cerró los ojos con fuerza, y al instante, la memoria lo arrastró de vuelta a aquella mañana en King’s Cross.

No era un simple recuerdo; era una inmersión total, sensorial y dolorosa.

FLASHBACK – KING’S CROSS – MAÑANA DEL 1 DE SEPTIEMBRE El aire en la estación de King’s Cross olía a diesel, café barato y la prisa de cientos de viajeros.

Harry, junto con la familia Weasley, formaba un remolino de pelirrojos y equipaje en medio del bullicio.

La emoción del regreso a Hogwarts era palpable, un zumbido eléctrico que Harry sentía en sus propias venas.

Después de un verano sofocante y miserable en Privet Drive, Hogwarts era sinónimo de libertad, de magia, de hogar.

—¡Vamos, apresuraos!

—gritaba la señora Weasley, abriéndose paso entre la multitud con la determinación de una corbeta—.

¡Percy, tú primero!

Percy, con su porte de futuro jefe de la oficina, se irguió y caminó decididamente hacia el pilar entre los andenes 9 y 10.

Con la confianza de quien ha hecho esto cinco veces antes, se esfumó sin esfuerzo.

Harry lo siguió con la mirada, una sonrisa tonta en el rostro.

Era un espectáculo que nunca dejaba de maravillarlo.

—Fred, George, vosotros seguid —ordenó la señora Weasley.

Los gemelos se miraron, con esa sonrisa pícara que presagiaba problemas.

—Ya vamos, mamá —dijo Fred (o quizás George), y ambos se lanzaron hacia el pilar, desapareciendo uno tras otro.

—Ron, tú y Harry después.

Luego Ginny y yo —dijo la señora Weasley, volviéndose hacia ellos con una sonrisa.

Ron asintió, ajustando la correa de la jaula de Pigwidgeon, que piaba con excitación.

—Vamos, Harry —dijo, con un brillo de emoción en los ojos.

Juntos, empujaron sus carritos cargados de maletas y jaulas hacia el pilar.

Harry sentía la familiar mezcla de nerviosismo y anticipación.

Se concentró en la meta, en el andén 9¾, en el Hogwarts Express esperando.

Dio el último paso, esperando la siempre extraña sensación de atravesar la piedra.

Y se detuvo.

No fue un golpe suave, ni una resistencia elástica.

Fue un impacto seco y contundente.

Su nariz chocó con una superficie dura e inamovible.

El dolor, agudo y sorpresivo, le hizo ver estrellas por un segundo.

A su lado, Ron había retrocedido tambaleándose, frotándose la frente con una mueca de dolor y confusión.

—¡Auch!

—exclamó Ron—.

¿Qué ha pasado?

Harry, aturdido, extendió una mano.

Sus dedos no encontraron la ilusión óptica que precedía al paso, sino la fría y áspera textura del ladrillo.

Presionó.

Nada.

Golpeó con los nudillos.

Solo un ruido sordo y real.

Era sólido.

Completamente sólido.

—No…

no puede ser —murmuró Harry, una punzada de pánico empezando a latir en su pecho.

La señora Weasley se acercó, su rostro pasando de la impaciencia a la preocupación.

—¿Chicos?

¿Qué estáis esperando?

¡El tren sale pronto!

—Mamá —la voz de Ron sonó extrañamente débil—.

No…

no pasa.

—¿Qué?

No digas tonterías, Ronald —la señora Weasley empujó su propio carrito hacia el pilar, con Ginny a su lado.

Ambas lo atravesaron sin el menor problema, desapareciendo de la vista.

Harry y Ron se quedaron solos, mirándose con creciente horror.

El mundo muggle continuaba su ritmo indiferente a su alrededor; nadie más parecía notar que dos niños estaban a punto de tener un ataque de pánico frente a una pared.

—Tiene que ser un error —dijo Harry, intentando calmarse a sí mismo—.

Probemos otra vez.

Juntos.

Con más fuerza.

Se colocaron hombro con hombro, agarraron con fuerza los manillares de sus carritos y se lanzaron hacia adelante con toda la determinación que pudieron reunir.

El resultado fue el mismo, solo que más doloroso.

El impacto resonó en sus huesos.

Las maletas cayeron de los carritos con un estruendo.

Errol, la lechuza de los Weasley, lanzó un quejido lastimero desde su jaula.

Se encontraban tirados en el suelo, rodeados de equipaje, la nariz de Harry sangrando ligeramente y la frente de Ron ya empezando a enrojecer.

La realidad, fría e implacable, se imponía: el pasaje estaba cerrado para ellos.

El pánico se transformó entonces en desesperación.

El tren se iría.

Se perderían el inicio de clases.

¿Qué harían?

¿Volver a la Madriguera?

¿Enviar una lechuza a Hogwarts?

La idea era humillante.

—¿Y si…?

—la voz de Ron temblaba, y Harry supo exactamente lo que estaba pensando.

En el garaje de la Madriguera, esperando como una idea terrible y tentadora, estaba el Ford Anglia.

FLASHBACK – EL VUELO DEL FORD ANGLIA Sentado en la cama, Harry revivió cada segundo de ese vuelo con una claridad dolorosa.

Recordaba el olor a cuero y gasolina del coche, el sonido del motor roncando de una manera que no era del todo natural, la textura áspera del asiento bajo sus dedos.

Recordaba la cara de determinación de Ron al volante, sus nudillos blancos agarrando el volante.

Recordaba la sensación de ingravidez cuando el coche despegó de la calle, elevándose sobre los tejados de Londres, la ciudad extendiéndose debajo de ellos como un mapa en miniatura.

Por un breve, glorioso momento, el miedo se había mezclado con una emoción salvaje y liberadora.

¡Estaban volando!

¡Era increíble!

Pero la euoria duró poco.

El encantamiento de invisibilidad del coche era temperamental.

Parpadeaba, mostrando fragmentos de carrocería azul contra el cielo.

Harry recordaba la horrible sensación en el estómago cada vez que el coche se hacía visible, su mirada buscando desesperadamente en las calles below, esperando no ver caras alzadas, señales que los delataran.

—¡Ron, el encantamiento!

—gritaba una y otra vez, su voz casi ahogada por el viento.

—¡Lo sé, Harry!

¡No responde bien!

—gritaba Ron de vuelta, girando el dial de forma frenética.

Luego vino la tormenta.

El cielo se había ennegrecido de repente.

La lluvia azotaba el parabrisas con tal fuerza que las escobas apenas podían con ella.

Los relámpagos iluminaban la cabina con destagos cegadores, seguidos por truenos que hacían vibrar el coche.

El Ford Anglia se sacudía y bamboleaba, un cascarón de nuez en un océano de aire embravecido.

Harry se aferraba al asiento, con el corazón en la garganta, seguro de que en cualquier momento un ala se desprendería o el motor fallaría, enviándolos en una caída mortal.

—¡No sé dónde estamos!

—gritó Ron, su voz aguda con el pánico—.

¡No veo nada!

Harry recordaba la desesperación absoluta en ese momento.

No solo se iban a estrellar, sino que lo harían de la manera más estúpida y vergonzosa posible.

Todo por no poder cruzar un maldito pilar.

Y luego, el golpe.

No el impacto letal que temían, sino la violenta y ruidosa llegada al Sauce Boxeador.

El sonido de ramas quebrandose, el coche siendo azotado sin piedad, el golpe final que los dejó aturdidos y magullados, pero vivos.

Vivos, y ahora en un problema aún mayor.

FIN DEL FLASHBACK Harry abrió los ojos de golpe, saliendo de la memoria con un jadeo ahogado.

La habitación del dormitorio seguía en silencio, pero su corazón latía con fuerza contra sus costillas.

La humillación de ser recibidos por Snape, cuya sonrisa de triunfo era casi más insoportable que su ira habitual; la decepción y la furia en el rostro de McGonagall; la portada de El Profeta con su foto moviéndose, mostrando su fracaso a todo el mundo mágico…

todo eso palidecía ante la pregunta central, la que no lo dejaba respirar.

¿Por qué a ellos?

La señora Weasley y Ginny habían pasado sin problemas.

Percy, Fred y George también.

¿Por qué el pasaje mágico, que había funcionado sin fallas durante años, había decidido rechazarlos específicamente a ellos?

No era una casualidad.

No podía serlo.

Su mente, agotada pero incapaz de apagarse, empezó a dar vueltas en torno a posibilidades, cada una más inquietante que la anterior.

¿Era un hechizo?

¿Alguien había saboteado el pasaje para impedirles a ellos llegar a Hogwarts?

¿Pero quién?

¿Y por qué?

La imagen de Lucius Malfoy, con su rostro pálido y despectivo, cruzó su mente.

¿Podría ser él?

¿O tal vez…?

Se estremeció al pensar en algo más siniestro.

¿Podría estar relacionado con Voldemort?

Aunque estaba debilitado, era el único ser que Harry conocía con tanto poder y tan mala intención.

Pero, ¿con qué objetivo?

O, una idea que le resultaba casi peor, ¿había sido el propio castillo?

¿Hogwarts los había rechazado?

La idea le partía el corazón.

Después de todo, Hogwarts era su primer y único verdadero hogar.

¿Y si, por alguna razón que él no comprendía, ya no era bienvenido?

Miró a Ron, que ahora roncaba suavemente, su cuerpo exhausto habiendo sucumbido al sueño a pesar de la angustia.

Ron no se complicaba tanto.

Para él, era un problema concreto: no pudieron pasar, hicieron una tontería, les cayó un castigo.

Punto.

Pero Harry no podía aceptar eso.

Necesitaba una respuesta.

Su mirada vagó por la habitación dormida, posándose en la mesilla de noche donde descansaban sus gafas y su varita.

La varita.

once pulgadas, de acebo, con una pluma de fénix en el núcleo.

La varita gemela de la de Voldemort.

A veces se preguntaba si esa conexión lo marcaba de alguna manera, si lo convertía en un imán para los problemas, para lo extraño y lo peligroso.

El cansancio, un peso físico y mental abrumador, empezó a ganar la batalla finalmente.

Sus párpados se sentían de plomo, cada parpadeo era más lento que el anterior.

Los pensamientos, que hasta hace un momento giraban frenéticos, empezaron a volverse lentos y pesados, como nadar en miel.

La imagen del pilar de ladrillo, sólido e impasible, fue la última en desfilar por su mente antes de que la conciencia se le apagara.

No había respuestas.

Solo la pregunta, flotando en la oscuridad de su agotamiento, una semilla de inquietud que prometía germinar en los días venideros.

Con un último suspiro profundo, Harry Potter se dejó caer de lado, hundiéndose en un sueño inquieto y profundo, donde los sonidos de la tormenta, la furia de Snape y la sonrisa de Lockhart se mezclaban en una pesadilla sin sentido.

El segundo año en Hogwarts había comenzado, y Harry, aunque no lo supiera aún, acababa de cruzar el umbral de un misterio que pondría a prueba mucho más que su paciencia con un profesor vanidoso.

El amanecer del primer día de clases encontró a la sala común de Slytherin sumida en un bullicio particular, diferente al de otros años.

No era solo la energía nerviosa de los nuevos comienzos, sino la efervescencia de un ritual social tan antiguo como las mismas piedras del castillo.

Los nuevos ingresos, niños de once años con las túnicas impecablemente nuevas y las expresiones una mezcla de asombro y arrogancia aprendida, se agrupaban como polluelos cerca de la chimenea.

Sus ojos, wide abiertos, recorrían la estancia subterránea, absorbiendo cada detalle de las tallas serpentinas, los tapices verde plateado y el aura de poder ancestral que los antiguos de la casa se esforzaban por proyectar.

Los estudiantes de años superiores, especialmente aquellos de linajes como Nott, Bulstrode, Zabini y, por supuesto, Malfoy, ejercían su papel de anfitriones no oficiales con una condescendencia estudiada.

Draco, en particular, parecía haber crecido varios centímetros en actitud durante el verano.

Con el mentón alto y una sonrisa desganada, explicaba a un grupo de novatos atentos los “principios fundamentales” de Slytherin: ambición, ingenio, tradición y, el más susurrado pero nunca olvidado, la importancia de un linaje intachable.

Su voz, cargada de una autoridad que no le correspondía, cortaba el aire húmedo del calabozo.

Gudao Roberts observaba la escena desde un rincón, cerca de la entrada a los dormitorios.

Su posición no era de aislamiento forzado, sino de elección deliberada.

Era un espectador, un etnógrafo estudiando una tribu cuyas costumbres le resultaban a la vez fascinantes y repelentes.

No sentía el más mínimo impulso de unirse a ese intercambio de sonrisas falsas y reverencias veladas.

No tenía un apellido antiguo que ostentar, ni padres magos de los que hablar.

Era un elemento extraño en el ecosistema de Slytherin, una anomalía que, a pesar de haber demostrado su valía a su manera el año anterior, seguía siendo considerada una mancha en el pedigrí colectivo.

Mientras se ajustaba la túnica y revisaba mentalmente el contenido de su mochila —varita, cuadernos, ingredientes básicos—, notó un movimiento en el perímetro de su visión.

Daphne Greengrass, con la elegancia gélida de un cisne navegando hacia su presa, se había desprendido de su círculo de amigas y se dirigía hacia él.

Su caminar era pausado, calculado, cada paso una declaración silenciosa de superioridad.

Llevaba el cabello rubio tan liso que parecía una cascada de plata, y sus ojos azules, fríos como el hielo del lago Negro, estaban fijos en él con una intensidad que pretendía ser desarmadora.

Gudao suspiró internamente.

Era predecible.

El primer día era el momento perfecto para reafirmar las jerarquías frente a la audiencia más impresionable: los nuevos.

Sabía lo que venía.

Optó por la estrategia que mejor le funcionaba: la indiferencia total.

Comenzó a caminar hacia la salida de la sala común, fingiendo no verla, su mirada perdida en algún punto de la pared opuesta, como si estuviera absorto en un problema de runas particularmente complejo.

Pero Daphne no iba a permitir que la ignoraran.

Interceptó su camino justo cuando él estaba a punto de alcanzar el túnel de salida.

Su voz, clara y deliberadamente proyectada para ser escuchada por los novios cercanos, cortó el murmullo de fondo como un cuchillo.

—Roberts —dijo, y el solo hecho de usar su apellido sin el “señor” protocolario era ya un desprecio—.

Siempre en las sombras, ¿verdad?

Como una cucaracha evitando la luz.

Gudao no se detuvo.

Dio un paso lateral para esquivarla, pero ella se movió con él, bloqueándole el paso de nuevo.

Un par de estudiantes de primer año, un niño pálido y una niña de rostro angosto, observaban la escena con ojos como platos.

—No es de extrañar —continuó Daphne, una sonrisa cruel jugueteando en sus labios—.

Al fin y al cabo, es difícil mezclarse cuando no se comparte lo más básico.

Cuando la sangre que corre por las venas es…

diferente.

—Hizo una pausa dramática, asegurándose de que todas las miradas estuvieran puestas en ellos—.

Cuando es sangre sucia.

La palabra, “sangre sucia”, resonó en el espacio con la fuerza de un maleficio.

Era el insulto favorito, la etiqueta definitiva, el argumento que creían incontestable.

Los novios miraron a Gudao con una mezcla de curiosidad y repulsión recién descubierta.

Algunos de los mayores, incluido Malfoy, observaban con sonrisas burlonas, disfrutando del espectáculo.

El corazón de Gudao latió con un golpe sordo de fastidio, pero ni un músculo de su rostro se inmutó.

No era la primera vez, ni sería la última.

Había enfrentado a Bestias que pretendían incinerar la humanidad, a reyes demonio que distorsionaban la historia y a un mago tenebroso que quería robarla piedra filosofal.

Las palabras venenosas de una niña consentida eran, en comparación, tan insignificantes como el zumbido de un mosquito.

Las había escuchado de boca de Gilgamesh, el Rey de los Héroes, cuyo desprecio tenía al menos el peso de milenios de poder y arrogancia legítima.

El de Daphne era solo una imitación barata.

Sin pronunciar palabra, sin dignarla con una mirada, Gudao simplemente cambió de dirección y rodeó el grupo con un paso firme y constante.

Su silencio no era de sumisión, sino de un desdén tan profundo que resultaba insultante.

Era como si ella, y sus palabras, y toda la escena, fueran tan irrelevantes que no merecían el más mínimo gasto de su energía.

Atravesó el arco de piedra y comenzó a ascender por los pasillos subterráneos, dejando atrás el eco del insulto y la mirada furibunda de Daphne, cuya humillación por ser ignorada era, sabía él, un castigo peor que cualquier réplica que pudiera haberle lanzado.

Mientras caminaba por los fríos corredores de piedra que llevaban a los niveles superiores del castillo, la luz de las antorchas parpadeó sobre el dorso de su mano derecha.

Por un instante, las marcas que antes eran simples manchas rojizas, casi lunares, parecieron adquirir una definición más clara.

No eran aún los intrincados glifos de sus Sellos de Comando originales, pero las siluetas empezaban a esbozarse, como un tatuaje que emergiera lentamente de las profundidades de su piel.

Era un proceso lento, ligado a la maduración de su cuerpo y, quizás, a la reconexión con su esencia como Maestro.

El hecho de que se estuvieran formando, de que la magia de su antiguo contrato se estuviera reafirmando en este nuevo mundo, era un presagio mudo.

Algo se estaba agitando en los cimientos de la realidad, un evento de magnitud cataclísmica se acercaba en el horizonte del futuro, y su ser, a nivel fundamental, se estaba preparando para ello.

Él aún no lo sabía, no conscientemente, pero una parte de su alma, la que había guiado a los héroes del Trono de los Héroes, lo sentía.

Al llegar al Gran Comedor, encontró el vasto salón casi vacío.

El techo mágico mostraba un cielo matutino de un azul pálido, salpicado de algunas nubes algodonadas.

Las largas mesas de las casas estaban desiertas, salvo por algunos estudiantes madrugadores.

Su mirada se cruzó con la de Neville Longbottom, quien estaba sentado solo en la mesa de Gryffindor, jugueteando nerviosamente con su tazón de avena.

Neville, recordando el consejo que Gudao le había dado en la clase de vuelo el año anterior —un acto de simple decencia que para él había sido un rayo de luz en un día aterrador—, le dirigió un tímido saludo con la mano.

Gudao, sintiendo un destello de genuina calidez ante la amabilidad no solicitada, le respondió con un pequeño y raro asentimiento y una sonrisa fugaz, apenas un leve arqueo de los labios que no llegó a sus ojos.

Fue un gesto minúsculo, pero para Neville, que estaba acostumbrado a ser ignorado o menospreciado, significó mucho.

Gudao se sentó en el extremo más lejano de la mesa de Slytherin, lo más alejado posible del lugar que eventualmente ocuparían Malfoy y su séquito.

Cuando la comida apareció en los relucientes platos de oro, Gudao atacó su desayuno con una voracidad que habría hecho palidecer de envidia al mismísimo Rey de los Caballeros, Artoria Pendragon, en uno de sus legendarios banquetes.

No era hambre glotona, sino la eficiencia de un soldado que sabe que necesita combustible y que el tiempo es un lujo.

Devoró huevos, tocino, salchichas y pan tostado con una velocidad y metodicidad impresionantes, limpiando su plato en unos minutos.

Su objetivo era claro: evitar la llegada masiva de sus compañeros de casa y la inevitable tensión que su presencia generaba.

Con el estómago lleno y antes de que la mesa comenzara a llenarse de verde y plata, se levantó y se dirigió hacia los calabozos.

La primera clase del día era Pociones, y con ella, el reencuentro con el profesor Severus Snape.

Ya eso era sinónimo de un dolor de cabeza persistente.

Sin embargo, a diferencia de muchos de sus compañeros, Gudao no temía la materia en sí.

Al contrario, la alquimia y la composición de elixires tenían un atisbo de la lógica y la precisión que admiraba de su mundo original.

Lo único productivo que podía extraer de esa clase, más allá del desprecio palpable de Snape, era el ejercicio de su habilidad única: el Análisis Estructural.

Al tocar los ingredientes —raíces de ginseng, hojas de menta acuática, colmillos de serpiente—, su mente trazaba automáticamente un diagrama de su composición molecular, sus propiedades mágicas intrínsecas y sus interacciones potenciales.

Era como si pudiera ver la fórmula química de la magia misma.

Llegó al aula de Pociones con tanta anticipación que el propio calabozo parecía estar aún dormido.

Las velas de sebo se encendieron con un chasquido perezoso a su paso, revelando las largas mesas de piedra, los calderos individuales y las hileras de ingredientes en frascos de cristal en las paredes.

El aire estaba cargado con el olor penetrante de hierbas secas, productos animales conservados y el residual acre de pociones pasadas.

Eligió un pupitre en la primera fila, no por ansias de destacar, sino porque era el lugar donde menos probabilidades había de que alguien tratara de “accidentalmente” empujar su caldero.

Sacó su ejemplar de Pociones Avanzadas para Segundo Curso y comenzó a hojearlo, sus ojos escaneando las páginas con una rapidez sobrenatural.

Mientras lo hacía, su mente, agilizada por las técnicas de procesamiento de información que había aprendido de Zhuge Liang, el Estratega de la Sabiduría Infinita en Chaldea, comenzó a trabajar.

No se trataba de una simple memorización.

Era un proceso de cribado y síntesis.

Su conciencia dividió la información en corrientes: descartó automáticamente los párrafos de relleno, las anécdotas históricas irrelevantes y las advertencias excesivamente dramáticas.

Al mismo tiempo, destacó y aisló los datos cruciales: proporciones exactas, temperaturas críticas, tiempos de cocción, puntos de ebullición y, lo más importante, los principios alquímicos subyacentes que explicaban por qué ciertos ingredientes reaccionaban de determinada manera.

Pronto, una decepción sutil se instaló en él.

La mayoría de las “nuevas” pociones de segundo año no eran más que versiones ligeramente mejoradas de las del año anterior.

La Poción para la Fuerza era una variante de la Poción Agrandadora; el Elixir para el Agudizamiento Mental compartía una base similar con la Poción de la Sabiduría.

Había un par de fórmulas genuinamente nuevas, como una compleja Poción Antídoto para Venenos Comunes y una intrigante, aunque básica, Poción de Visión Nocturna, pero en general, el currículo parecía diseñado para reforzar lo aprendido más que para innovar.

Mentalmente, archivó las pociones nuevas como proyectos para la Sala de los Menesteres.

Este, concluyó, no sería su año favorito en lo que a Pociones se refiere.

El calabozo comenzó a llenarse lentamente.

Primero llegaron unos cuantos estudiantes de Hufflepuff, hablando en voz baja y eligiendo pupitres al fondo.

Luego, su propia casa empezó a filtrarse en la sala, con Malfoy, Crabbe y Goyle a la cabeza, ocupando ruidosamente la mesa del centro.

Daphne y Pansy Parkinson se sentaron cerca de ellos, lanzando miradas despectivas hacia Gudao, quien permaneció absorto en su libro, perfectamente aislado en una burbuja de concentración.

Finalmente, con un golpe seco que hizo que todos saltaran en sus asientos, la puerta de la recámara privada de Snape se abrió de par en par y el propio profesor surgió de las sombras.

Su negrura era tan profunda que parecía absorber la luz de las velas.

Su mirada, como dos pozos de óleo, barrió el aula con desprecio antes de que una sola palabra saliera de su boca.

La melodramática y seria actuación había comenzado.

—El año pasado —comenzó Snape, su voz un susurro sedoso que, sin embargo, llenaba cada rincón del calabozo—, se les introdujo en los principios básicos de la bravura…

no, perdón, de la elaboración de pociones.

Este año, dejaremos atrás las fórmulas para niños y nos adentraremos en el arte de la perfección.

Caminó lentamente frente a las mesas, su túnica ondeando tras él.

—Hoy nos centraremos en una versión mejorada de la Poción para Dormir que muchos de ustedes…

intentaron…

concoctionar el año pasado.

La diferencia entre la mezcla soporífera que produjeron entonces y el elixir efectivo que deben producir ahora reside en la precisión.

Un grano de más de raíz de valeriana, y su víctima no despertará en una semana.

Un grado menos de calor, y obtendrán poco más que un té de hierbas con mal sabor.

Gudao, mientras aparentaba prestar atención, continuaba su análisis interno.

Cruzaba la información teórica del libro con la explicación oral de Snape, descartando las florituras retóricas del profesor y extrayendo los núcleos de verdad práctica.

Su mente era un crisol donde fundía el conocimiento, separando la escoria de la esencia útil.

Snape se detuvo de repente, su mirada, como la de un buitre que ha localizado un cadáver, se clavó en Gudao.

—Roberts —dijo, y el nombre sonó como una acusación—.

Dado que parece tan…

interesado en su texto, quizás pueda iluminarnos a todos.

Para la Poción para Dormir Mejorada, ¿cuál es el propósito específico de agregar el extracto de escaramujo después de la primera ebullición, y no durante ella?

Era una pregunta trampa, diseñada para la humillación pública.

El libro solo mencionaba el procedimiento, no la razón químico-mágica subyacente.

La mayoría de los estudiantes, incluidos los de Slytherin, bajaron la mirada hacia sus cuadernos, aliviados de no ser ellos el blanco.

Malfoy esbozó una sonrisa de anticipación.

Gudao alzó la vista lentamente, su expresión serena.

No era la arrogancia de un sabelotodo, sino la calma de quien simplemente conoce la respuesta.

Su análisis estructural le había permitido entender la “lógica” interna del ingrediente.

—El escaramujo, profesor —comenzó, su voz clara y neutra—, contiene altas concentraciones de compuestos volátiles sensibles al calor prolongado.

Si se añade durante la ebullición inicial, estos compuestos, responsables de potenciar las propiedades sedantes de la valeriana, se degradan y se vuelven inertes, añadiendo apenas amargor al conjunto.

Al introducirlo una vez el caldo base se ha enfriado ligeramente, por debajo de los ochenta grados centígrados, se preserva su eficacia y se integra de forma sinérgica con la base de amapola y lúpulo, estabilizando la mezcla y prolongando su efecto sin riesgo de sobredosificación.

Un silencio absoluto cayó sobre el calabozo.

Hasta los Hufflepuff más distraídos se dieron cuenta de que algo extraordinario había ocurrido.

Gudao no solo había respondido la pregunta, sino que lo había hecho con un nivel de detalle técnico que superaba con creces lo esperado para un estudiante de segundo año.

Había ido más allá del “qué” y había explicado el “por qué” con la precisión de un maestro pocionista.

La cara de Severus Snape era un estudio de la frustración contenida.

Sus delgados labios se apretaron hasta formar una línea blanca.

No podía quitar puntos a Slytherin por una respuesta correcta, y menos por una tan impecablemente fundamentada.

Pero cada palabra de Gudao era un pequeño desafío a su autoridad, un recordatorio de que este “sangre sucia” poseía un entendimiento intuitivo de la magia que él, Snape, valoraba por encima de todo.

—…Correcto —concedió al final, la palabra saliendo de su boca como si tuviera un sabor repugnante—.

Parece que incluso los elementos más…

improbables…

pueden, ocasionalmente, absorber información por ósmosis.

El cumplido envenenado rebotó en Gudao sin efecto.

Él ya había vuelto a su libro, su mente pasando a la siguiente página, a la siguiente poción, al siguiente desafío.

No buscaba su aprobación.

Solo el conocimiento.

El resto —los insultos, las miradas, el desprecio de sus compañeros— era solo ruido de fondo, un eco lejano de un mundo cuyas reglas superficiales se negaba a tomar en serio.

La batalla silenciosa en el calabozo había terminado, y Gudao, una vez más, había salido victorioso sin siquiera haber necesitado levantar la voz.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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