Fate of Magic - Capítulo 19
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 19: Nuevo misterio
El aire en el despacho de Gilderoy Lockhart era tan denso y perfumado como el propio ego del profesor. Una semana entera de castigos había hecho que Harry Potter sintiera que conocía cada uno de los retratos de Lockhart enmarcados en las paredes mejor que a sus propios compañeros de clase. La sonrisa ampulosa y eternamente brillante del mago lo seguía incluso en sus sueños, un sueño febril de papel satinado y tinta color púrpura.
“Otro montón, muchacho, ¡y con entusiasmo!” exclamó Lockhart, depositando una nueva cesta rebosante de cartas sobre la mesa ya abarrotada. Su túnica de terciopelo azul celeste brillaba bajo la luz de las lámparas. “Los admiradores son la savia del alma de un hombre famoso. ¡Hay que nutrirlos, Harry! Considera esto una lección extra sobre el manejo de la… eh, la fama sustentable.”
Harry, cuyos ojos sentía como si estuvieran forrados de papel de lija, no respondió. Su brazo derecho, el mismo que había usado para escribir cientos de direcciones y mensajes de agradecimiento preimpresos, le dolía con un latido sordo y constante. A su lado, Ron Weasley, cuya tarea de lavar trofeos con Argus Filch era físicamente más exigente pero mentalmente menos tortuosa, le había lanzado una mirada de profunda lástima antes de arrastrarse hacia la Torre de Gryffindor una hora antes. Harry lo envidiaba con cada fibra de su ser.
La tarea era monótona hasta un punto que rozaba lo cruel. Tomar una carta, leer la dirección —”A la Atención del Gran y Humilde Gilderoy Lockhart”, “Para los Ojos Solo del Héroe Más Hermoso de Gran Bretaña”—, seleccionar el membrete apropiado (Lockhart tenía una variedad para cada ocasión: desde “Agradecimiento por Halago” hasta “Lamentando Declinar Invitación a Té”) y firmar con la rúbrica exagerada que el profesor insistía en que era “auténtica”. Harry estaba seguro de que su propia mano podía reproducirla mejor que la del propio Lockhart en ese momento.
La habitación olía a colonia barata y a ambición desesperada. Mientras clasificaba una pila de propuestas de matrimonio de brujas de todas las edades (Lockhart las marcaba con una “M” en rojo y un suspiro de pretendida molestia), Harry no pudo evitar contrastar esta farsa con la austeridad silenciosa y peligrosa de su encuentro el año anterior con Quirrell y Voldemort. Preferiría mil veces enfrentarse de nuevo a un Mortífago que pasar otra noche inhalando el polvo de lentejuelas de las fotos de Lockhart.
Finalmente, cerca de la medianaza, Lockhart bostezó teatralmente. “Bien, bien, creo que eso es suficiente por hoy. El mundo tendrá que esperar un día más para mis sabias palabras. Puedes irte, Harry. Y recuerda, ¡esta es una oportunidad única para observar a un maestro en la cima de su arte!”
Harry no necesitó que se lo dijeran dos veces. Murmuró algo que podría haber sido un “Buenas noches, profesor” y salió del despacho, sintiendo cómo el aire fresco y ligeramente húmedo del castillo limpiaba sus pulmones como un bálsamo. La pesadez en sus párpados era una losa, y cada escalón de la escalera de caracol que descendía parecía requerir un esfuerzo sobrehumano. Su cuerpo anhelaba la cama de cuatro postes en la torre de Gryffindor con una urgencia visceral.
El castillo a estas horas era un lugar diferente. Las antorchas ardían bajas, proyectando sombras largas y danzantes que se retorcían por las paredes de piedra como espectros silenciosos. El único sonido era el de sus propias pisadas, amortiguadas por las gruesas alfombras, y el lejano susurro del viento jugando en las almenas. Se dirigía mecánicamente hacia la entrada de la torre, su mente ya medio sumida en la promesa del sueño, cuando algo lo detuvo en seco.
No fue un sonido propiamente dicho, no una voz que pudiera localizar. Era una sensación, un hilacho de puro mal que se filtró en sus oídos y se enredó en su médula espinal. Se quedó paralizado, conteniendo la respiración, escuchando.
“…sangre… me duele… matar…”
Era una voz, pero como ninguna que hubiera oído antes. No salía de las paredes ni del suelo, sino que parecía flotar en el aire mismo, un susurro frío y sediento que resonaba directamente dentro de su cráneo. Era sibilante, líquida, cargada de una antigua y violenta aversión. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche le recorrió la espalda.
“…huele a muerte… tiempo de matar…”
La voz se desvaneció, y Harry, impulsado por un instinto que no entendía, comenzó a seguirla. Se desvió de su ruta, avanzando a tientas por los pasillos oscuros, su agotamiento olvidado, reemplazado por una adrenalina gélida. Se detenía cada pocos metros, aguzando el oído. La voz parecía moverse, serpentear a través del castillo, siempre un poco más adelante, siempre fuera de su alcance. Pasó junto a tapices que se mecían levemente, frente a aulas vacías y oscuras, su corazón martilleándole en el pecho.
En un momento dado, la voz sonó más clara, más cercana, proveniente de un pasaje lateral que sabía llevaba a las mazmorras. “…desgarrar… romper…” Se apresuró, sus pasos ahora decididos, la punta de su varita asomando por el puño de su túnica. Pero cuando giró la esquina, el pasillo estaba desierto. La voz se había esfumado, dejando atrás solo un silencio pesado y cargado de amenaza. La había perdido.
La frustración se mezcló con el miedo. ¿Lo había imaginado? ¿Era una alucinación provocada por el agotamiento? Pero la sensación viscosa y maligna que la voz había dejado en su mente era demasiado real, demasiado tangible. Con un suspiro de derrota y una creciente inquietud, Harry dio media vuelta y reanudó su camino hacia la torre, ahora con la mente alerta y llena de preguntas ominosas.
Fue entonces cuando lo vio.
Al acercarse al Gran Salón, una figura emergió de la oscuridad del pasillo que conducía a las mazmorras de Slytherin. Era Gudao Roberts. Harry se detuvo en seco, instintivamente apretándose contra la pared, sumergiéndose en las sombras. Su desconfianza hacia el chico de Slytherin, aunque atenuada por los eventos de la Piedra Filosofal, seguía ahí, latente.
Gudao no parecía estar merodeando. Caminaba con una quieta determinación, sus movimientos fluidos y económicos, como los de un depredador o un soldado experimentado. No llevaba puesta la túnica de la escuela, sino un conjunto de ropa muggle oscura y funcional que parecía facilitar el movimiento. Su respiración era apenas visible en el aire frío, una fina neblina que se disipaba al instante. En sus ojos, Harry captó un destello de algo que no encajaba con un estudiante de segundo año: una fatiga que iba más allá del cansancio físico, una antigua vigilancia, como la de un centinela que ha estado de guardia demasiado tiempo.
No intercambiaron palabras. Gudao pasó de largo, su mirada barriendo el pasillo con una precisión clínica que hizo que Harry se sintiera inexplicablemente expuesto, a pesar de estar oculto. Esa mirada no era la de un niño asustado o un acosador furtivo. Era la mirada de alguien que evaluaba una zona de operaciones, buscando amenazas. Por un brevísimo instante, sus ojos se encontraron con los de Harry. No hubo sorpresa, ni desafío, ni amistad. Solo un reconocimiento plano, un simple registro de su presencia antes de que Gudao desviara la vista y continuara su camino, desapareciendo en la oscuridad de otro corredor.
Harry se quedó allí, pegado a la pared fría, el corazón aún acelerado por la voz fantasmal, pero ahora su mente se centraba en el enigma de Gudao Roberts. Las palabras de Quirrell —”un misterio incluso para mí”— resonaron en su cabeza. ¿Qué estaba haciendo Gudao fuera de la sala común a altas horas de la noche? ¿Era posible que tuviera algo que ver con la aterradora voz que acababa de oír?
Pero la fatiga, aplazada temporalmente por la adrenalina, regresó con una fuerza abrumadora. Sus miembros pesaban como plomo, y sus pensamientos empezaron a volverse lentos y fangosos. El misterio de la voz y el enigma de Gudao tendrían que esperar. La cama lo llamaba con un canto de sirena irresistible. Con un último vistazo al pasillo vacío por donde había desaparecido el joven Slytherin, Harry arrastró sus exhaustos pies hacia el retrato de la Dama Gorda, murmuró la contraseña (“Fortuna Major”) y se coló dentro del acogedor caos de la sala común de Gryffindor. La habitación estaba casi vacía, salvo por unos pocos estudiantes de último año repasando junto al fuego. Subió las escaleras hasta el dormitorio, se desplomó en la cama sin ni siquiera quitarse la túnica, y el mundo se desvaneció en un sueño profundo y agitado, poblado por susurros asesinos y miradas impasibles.
Mientras Harry sucumbía al agotamiento, Gudao Roberts descendía de vuelta a su propio dominio en las mazmorras. Su noche no había terminado. El encuentro con Potter había sido una coincidencia, una variable no planificada, pero intrascendente. Su mente ya había procesado y archivado el incidente, centrándose en tareas más críticas.
La sala común de Slytherin estaba sumida en una fría penumbra, iluminada solo por la luz verdosa que se filtraba a través de las ventanas del lago negro. El sonido amortiguado del agua y las criaturas del lago creaba una atmósfera de presión silenciosa. Varios estudiantes de cursos superiores aún estaban despiertos, conversando en voz baja junto a la chimenea. Cuando Gudao entró, todas las conversaciones cesaron. Un silencio hostil lo recibió, cargado de un desprecio que había sido su compañero constante desde su llegada.
Draco Malfoy, que estaba mostrando algo en El Profeta a Crabbe y Goyle, lanzó una mirada venenosa hacia Gudao. El recuerdo de su humillación el primer día, con su varita rota y él mismo paralizado por las runas protectoras de Gudao, seguía fresco y doloroso. Daphne Greengrass, sentada con postura impecable cerca del fuego, no lo miró directamente, pero su desdén era una barrera casi tangible. Gudao ignoró el ambiente por completo. Cruzó la sala con su andar silencioso, un lobo solitario moviéndose a través de una manada que lo rechazaba.
Su cama, en el dormitorio de segundo año, era un oasis de orden dentro del caos controlado de Slytherin. Las sábanas estaban perfectamente estiradas, y en los postes de la cama de dosel, tallados toscamente con runas celtas casi invisibles para el ojo no entrenado, persistían los glifos de protección. No eran magia de varita, sino un sistema más antiguo, más visceral, que había aprendido de una reina-lobo en las llanuras de enarenación de un mundo perdido. Unas runas para el sueño intranquilo, otras para la alerta silenciosa, y una especialmente desagradable para disuadir a los intrusos con una parálisis temporal. Sabía que Malfoy había intentado sabotear su cama en varias ocasiones, siempre con resultados dolorosos y humillantes. Los chistes sobre las “trampas explosivas del hijo de muggles” habían circulado, pero nadie, ni siquiera los matones de Malfoy, se atrevía a tocar sus cosas ahora.
Gudao no se acostó de inmediato. Se sentó en el borde de la cama, con la espalda recta, y cerró los ojos. No era un ejercicio de meditación convencional. Era un ritual. En la quietud de su mente, activó sus Circuitos Mágicos. No era el calor torrencial y salvaje de la magia de varita que sentía en las clases, sino una energía interna, más fría y precisa, que fluía desde un lugar profundo dentro de su ser, un legado de su vida pasada y de los incontables lazos que había formado. La sensación era familiar, un dolor agridulce que lo conectaba con un fantasma de sí mismo. Potenció sus sentidos, sintiendo las corrientes de aire en la habitación, el ritmo de la respiración de los otros chicos, el leve zumbido de las defensas del castillo. Durante unos minutos, simplemente existió, anclado en el presente, vigilante.
Luego, de un movimiento fluido, se levantó y se dirigió a un rincón oscuro de la habitación donde el muro de piedra parecía ligeramente diferente. Con un toque preciso en una grieta específica, un pasaje secreto se abrió sin ruido. No era la Sala de los Menesteres —esa era su principal base de operaciones—, sino un nicho más pequeño, una cámara de almacenamiento olvidada que había reclamado y fortificado. Dentro, en estantes que había construido él mismo, había una colección de ingredientes para pociones, frascos de vidrio relucientes, pergaminos cubiertos con sus anotaciones meticulosas y unos pocos libros que no estaban en la lista de lectura de Hogwarts. Eran tomos sobre magia de runas, alquimia y defensas avanzadas, algunos obtenidos de la sección restringida, otros… de orígenes menos convencionales.
Se sentó ante una pequeña mesa de trabajo y desplegó un pergamino. Era un mapa del castillo que estaba dibujando, no con la magia viviente del Mapa del Merodeador, sino con una precisión cartográfica seca, anotando los pasadizos secretos que había descubierto y los patrones de patrullaje de los profesores y de Nick Casi Decapitado. Su “Análisis Estructural”, una habilidad que había perfeccionado hasta un nivel casi mágico, le permitía entender la composición y los puntos débiles de cualquier estructura u objeto. Al pasar los dedos por la piedra de las paredes, podía sentir sus historias, sus grietas ocultas y sus pasajes olvidados.
Esta noche, sin embargo, su mente no estaba en los pasadizos. Estaba en la voz. La misma voz que Harry había oído. Gudao la había escuchado también, en varias ocasiones a lo largo de la semana, siempre desvaneciéndose antes de que pudiera localizar su origen. No le resonaba en la cabeza como a Harry; para él, era un sonido físico, un susurro de magia antigua y corrompida que se filtraba a través de la piedra. Reconocía el lenguaje gracias a una magia de traduccion universal: pársel, la lengua de las serpientes. Y lo que era más preocupante, reconocía la esencia de la magia que lo impulsaba. No era la energía demoníaca de los Demon God Pillars, pero tenía un parecido familiar: el mismo hedor a arrogancia, muerte y un odio que trascendía lo humano.
Mientras Harry dormía, atormentado por visiones fragmentarias, Gudao estaba trabajando. Mezcló un polvo reflector plateado en un pequeño cuenco, sus manos moviéndose con la eficiencia inconsciente de un experto en pociones. No era una poción de la clase de Snape; era una solución conductora, diseñada para rastrear y visualizar firmas mágicas residuales. Sumergió la punta de un cristal delgado en el líquido y comenzó a trazar runas de percepción en un trozo de pergamino virgen. Su expresión era de concentración absoluta, sus ojos, tan a menudo vacíos o desafiantes en público, ahora ardían con el frío fuego de la resolución.
Sabía lo que se avecinaba. La historia se repetía, no como una farsa, sino como una tragedia con un elenco diferente. Una fuerza maligna se alzaba dentro de los muros de lo que debía ser un santuario. Había fracasado una vez en proteger su hogar, en Chaldea, permitiendo que el incinerador consumiera la humanidad. No, no lo permitiría. No esta vez. Hogwarts, con todos sus defectos, su corrupción, su desprecio hacia él, era el único lugar que tenía. Un Fuyuki diferente, un Orléans nuevo, una Londres bajo otra amenaza.
Gudao Roberts, el huérfano milagroso, el mestizo de Slytherin, el sobreviviente de Grand Order, se preparaba para la guerra. Y mientras las primeras notas de una sinfonía de horror comenzaban a sonar en las paredes de Hogwarts, él sería la única persona, aparte del propio Harry Potter, que entendería la verdadera naturaleza de la melodía. Pero a diferencia de Harry, él no iba a esperar a que la melodía se convirtiera en un grito. Había visto el infierno, y no tenía ninguna intención de permitir que éste se apoderara de su nuevo mundo.
La tranquilidad era una mentira, una pausa ilusoria entre tragedias. Gudao Roberts, cuyo ser esencial aún resonaba con el eco de innumerables batallas libradas bajo el nombre de Ritsuka Fujimaru, había aprendido esta lección en el crisol más brutal imaginable. La humanidad incinerada, los mundos distorsionados, las deidades y demonios que se alzaban como montañas en su camino… en cada singularidad, la calma había sido el preludio de la tormenta. Y ahora, en los aparentemente seguros muros de Hogwarts, una nueva sinfonía de horror comenzaba a tocar sus primeras y siniestras notas.
Los susurros llegaron primero como un rumor lejano, un zumbido casi imperceptible en los límites de su conciencia. Al principio, Gudao los atribuyó a los muchos espíritus que pululaban por el castillo o a los ecos residuales de la magia antigua que impregnaba cada piedra. Pero pronto, la naturaleza única del sonido se hizo evidente. No era inglés, ni latín, ni ninguna de las lenguas modernas que su hechizo de traducción universal, un regalo permanente e invaluable de Leonardo da Vinci, solía procesar de forma instantánea y fluida. Este era un lenguaje de siseos y silbidos guturales, un flujo de sonidos que se arrastraba como serpientes a través de los pasillos.
El hechizo de Da Vinci no solo traducía; categorizaba. Y esta nueva lengua fue registrada en su mente como Pársel, la Lengua de las Serpientes. La comprensión no llegó con alivio, sino con un frío escalofrío de reconocimiento. No era el primer idioma no humano que encontraba, pero sí el primero en este mundo que sentía activamente hostil.
Durante días, los susurros fueron esporádicos, fragmentarios. Oía palabras sueltas, frases entrecortadas que su hechizo traducía como “sangre”, “dolor”, “encerrado”. Pero luego, el patrón cambió. Los susurros se volvieron más frecuentes, más claros, y lo más alarmante: parecían estar convergiendo hacia él. Ya no eran sonidos aleatorios flotando en el éter; eran una presencia sibilante que se cernía en los pasillos que él frecuentaba, que resonaba con más fuerza cerca de la entrada a las mazmorras de Slytherin. Una tarde, mientras se dirigía a una clase de Pociones, una voz clara y fría, como escamas deslizándose sobre piedra húmeda, susurró justo a su espalda: “¿Eres tú… el que escucha?”
Gudao se detuvo en seco, sus músculos tensándose en una reacción instantánea grabada por años de combate. No se volvió, no mostró emoción alguna en su rostro, pero por dentro, todas las alarmas estaban sonando. Su “radar de peligro”, una habilidad instintiva forjada y temperada a lo largo de siete singularidades, le gritaba que el objetivo era él. No era una coincidencia, no era una curiosidad etérea. Algo lo estaba buscando.
La sensación era inquietantemente familiar. Era la misma presión sutil que sentía antes de una emboscada de soldados autómatas en Londres, o el aura de caza de un sirviente Berserker en las colinas de Roma. Era la sensación de ser el punto focal de una atención letal. No podía permitirse ser un blanco fácil. No podía quedarse quieto y esperar a que la amenaza se materializara. La pasividad era un lujo que un veterano de Grand Order no podía permitirse.
Con la determinación silenciosa de un soldado que regresa al campo de batalla, Gudao cambió su rumbo. No iba a las mazmorras, ni a la biblioteca, ni a ningún lugar donde pudieran predecir su paradero. Se movió por pasadizos alternativos, sus pies apenas haciendo ruido sobre la piedra, su mente trazando una ruta intrincada hacia el único lugar en Hogwarts que podía ser completamente suyo: la Sala de los Menesteres.
Se detuvo frente al muro de piedra liso en el séptimo piso, frente al tapiz de Barnabas el Burlón siendo enseñado a bailar por los trolls. Cerró los ojos un instante, concentrándose, proyectando su necesidad con una claridad que solo alguien que había comandado espíritus heroicos podía lograr. Necesito un lugar para investigar. Necesito información. Necesito entender esta amenaza.
Caminó frente al muro tres veces, y cuando abrió los ojos, una puerta de roble pulido, adornada con intrincados grabados de libros y pergaminos, había aparecido. Al abrirla, contuvo el aliento, impresionado una vez más por la magia del castillo. La Sala de los Menesteres se había transformado en una biblioteca de proporciones catedralicias. Estanterías de ébano oscuro se elevaban hacia un techo abovedado perdido en la penumbra, repletas de volúmenes en encuadernaciones de piel y pergaminos antiguos. Una luz suave y difusa, sin fuente visible, bañaba el vasto espacio, iluminando mesas de estudio y cómodos sillones de cuero. El aire olía a papel viejo, tinta y conocimiento.
Sin perder un momento, Gudao se sumergió en su tarea. Su “Análisis Estructural”, una habilidad que le permitía comprender la esencia y la historia de los objetos, le habría llevado semanas de trabajo normal. Pero aquí, en esta sala que respondía a su voluntad, el proceso se aceleró. Recorrió las estanterías, sus dedos pasando sobre los lomos de los libros, buscando no un título específico, sino una resonancia. Buscaba cualquier mención a criaturas, leyendas, amenazas antiguas dentro de Hogwarts.
No tardó en encontrar lo que buscaba. Fue como si la sala lo guiara directamente hacia una sección dedicada a la historia fundacional de Hogwarts. Allí, en un tratado polvoriento titulado “Leyendas y Secretos de Hogwarts: Un Estudio de los Mitos Fundacionales”, encontró la primera mención clara. El capítulo se titulaba simplemente: “La Cámara de los Secretos”.
Se sentó en un sillón de cuero junto a una pila de libros, absorto en la lectura. La leyenda hablaba de Salazar Slytherin, uno de los cuatro grandes fundadores, quien, desconfiando de la admisión de estudiantes nacidos de muggles, construyó una cámara secreta en las profundidades del castillo. En su interior, según se decía, ocultó un monstruo, una criatura temible que solo su auténtico heredero podría controlar y usar para “purgar la escuela de todos aquellos que no fueran dignos de estudiar magia”.
La historia era familiar en su estructura: un fundador poderoso, un legado oculto, un monstruo destinado a ser desatado. Era el guión de una singularidad en ciernes. Pero Gudao no era Harry Potter, propenso a aceptar las leyendas al pie de la letra. Su mente analítica, entrenada para buscar las debilidades en la lógica de sus enemigos, se puso a trabajar.
¿Quién era, realmente, Salazar Slytherin? Los libros estándar lo pintaban como un mago de sangre pura fanático y paranoico. Pero Gudao escarbó más profundamente. Encontró textos menos conocidos, crónicas históricas que hablaban del contexto de la época: un mundo donde los muggles cazaban y quemaban brujas, donde la comunidad mágica vivía aterrorizada y escondida. Slytherin, desde esta perspectiva, no era solo un fanático; era un realista, quizás incluso un survivalista radical. Su deseo de proteger a los magos, de asegurar la supervivencia de su cultura en un mundo hostil, era comprensible, aunque sus métodos —la exclusión y la creación de un arma de limpieza étnica— fueran aborrecibles.
Los otros fundadores, Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff y Rowena Ravenclaw, abogaban por la inclusión, creyendo que la magia misma era el criterio suficiente. La disfunción entre ellos no surgió de la maldad pura de Slytherin, sino de una fractura filosófica fundamental: ¿debían esconderse y protegerse, o integrarse y arriesgarse? A pesar de esta grieta insalvable, los cuatro habían cooperado para construir Hogwarts, un logro que hablaba de un respeto mutuo y un objetivo común más grande que sus diferencias. Ese detalle fue crucial para Gudao. Slytherin no era un demonio; era un hombre complejo, con un código de honor retorcido pero definido.
Esta comprensión le dio una pista vital. Si Slytherin era tan meticuloso, tan preocupado por la pureza y la herencia, entonces la clave para identificar al “heredero” no estaría necesariamente en la sangre por sí sola, sino en algo que él valoraba. ¿Un artefacto? ¿Una habilidad específica? La respuesta, intuía, estaba en la propia Casa Slytherin. En sus símbolos, sus tradiciones, y sobre todo, en el lugar que él mismo había fundado: la sala común.
Un destello de determinación cruzó sus ojos. Tenía que investigar la sala común de Slytherin, buscar cualquier anomalía, cualquier símbolo o mecanismo oculto que pudiera darle una pista. Pero ahí surgía el obstáculo más inmediato: Daphne Greengrass.
Desde el primer día, Daphne había mantenido una vigilancia constante y discreta sobre él. No era la abierta hostilidad de Malfoy, que era ruidosa y predecible. La vigilancia de Daphne era silenciosa, analítica y penetrante. En la sala común, siempre parecía estar sentada en un lugar desde donde pudiera observarlo, ya fuera leyendo un libro o conversando en voz baja con su hermana menor, Astoria. Sus ojos, del color del hielo gris, seguían sus movimientos con una intensidad que iba más allá de la mera curiosidad o el desprecio. Era como si estuviera evaluándolo, estudiando cada uno de sus gestos, tratando de descifrar el enigma que representaba.
Gudao no podía permitir que su investigación fuera descubierta. Si Daphne, o cualquiera de Slytherin, sospechaba que estaba buscando la Cámara de los Secretos, las consecuencias serían catastróficas. Lo acusarían de ser el heredero, o peor, intentarían detenerlo por la fuerza, alertando sin querer al verdadero culpable. Tenía que ser un fantasma, moviéndose entre las sombras de su propia casa.
Con un plan comenzando a formarse en su mente, Gudao recogió los libros que había consultado. La Sala de los Menesteres pareció entender que su tiempo allí había terminado. Las luces se atenuaron ligeramente. Se levantó, y con un último vistazo a la vasta biblioteca, salió por la puerta, que se desvaneció en la pared de piedra tan silenciosamente como había aparecido.
Era muy tarde, y el castillo estaba sumido en un silencio profundo. Su regreso a las mazmorras fue un ejercicio de sigilo puro. Se movía como una sombra, aprovechando cada recoveco, cada columna, cada tramo de oscuridad. Su entrenamiento con Scáthach en los páramos de la Tierra de las Sombras le había enseñado a moverse no solo con silencio, sino con una cualidad de inexistencia, fundiéndose con el entorno. Bajó la escalera de caracol hacia la entrada de la sala común de Slytherin, una puerta de piedra oculta en un muro húmedo.
La contraseña, “Sangre Pura”, susurrada a la piedra, hizo que la puerta se deslizara hacia un lado. La sala común estaba casi a oscuras, iluminada solo por el fuego moribundo en la chimenea y la tenue luz verdosa del lago. Respiró aliviado al ver que estaba vacía, o eso creía.
Justo cuando estaba a punto de dirigirse a los dormitorios de los chicos, una voz suave y fría surgió de un sillón alto junto a la chimenea.
“Regresas tarde, Roberts.”
Gudao se detuvo, sin volverse del todo. Era Daphne. Estaba envuelta en una bata de seda verde oscuro, su cabello rubio platino cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros. Un libro abierto descansaba en su regazo, pero sus ojos no estaban en las páginas, sino fijos en él.
“Tengo mis asuntos,” respondió Gudao, su voz neutral, sin rastro de emoción.
“Eso es evidente,” dijo ella, cerrando su libro con un golpe seco. “Desapareces constantemente. No estás en la biblioteca, no estás en los terrenos del castillo. Es… curioso. Para un mestizo, te mueves con una libertad desconcertante.”
Gudao finalmente se volvió para enfrentarla. Sus miradas se encontraron a través de la sala semioscura. La de ella, fría y calculadora; la de él, impasible como un lago helado.
“¿Estás vigilándome, Greengrass?” preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
“Observo,” corrigió ella con un leve y frío smile. “Slytherin es una casa que valora la información. Y tú, Roberts, eres el pedazo de información más intrigante que ha llegado aquí en décadas. Un muggle en Slytherin que no se arrastra, que no suplica aceptación, que rompe varitas y paraliza a sus compañeros con magia que nadie reconoce. ¿Qué clase de ‘asuntos’ puede tener alguien así?”
Era un interrogatorio velado. Gudao no podía permitirse revelar nada. Activar sus Circuitos Mágicos para intimidarla, como había hecho el primer día, sería contraproducente. Confirmaría que tenía secretos peligrosos. Tenía que manejar esto con palabras.
“Mis asuntos no son amenaza para esta casa,” dijo, eligiendo sus palabras con cuidado. “A menos que alguien los convierta en una.”
Daphne se levantó, moviéndose con una gracia felina. Se acercó a él, deteniéndose a unos pasos de distancia. Podía sentir la frialdad que emanaba de ella.
“Esa es la cuestión, Roberts. Nadie sabe lo que eres. Y en Slytherin, lo desconocido es sinónimo de peligro. Mi familia… valora la estabilidad. Y tú representas la inestabilidad.” Hizo una pausa, estudiando su rostro en busca de una grieta, de un tic que delatara sus intenciones. “Solo un consejo de una compañera de casa: ten cuidado con los ‘asuntos’ a los que atiendes. Las paredes aquí tienen oídos. Y algunos oídos pertenecen a personas mucho menos pacientes que yo.”
Fue una advertencia clara. No una amenaza directa, sino un recordatorio de que estaba siendo observado, no solo por ella, sino por otros. Tal vez por la misma persona que estaba detrás de los susurros.
“Gracias por el consejo,” dijo Gudao, su tono inalterable. “Buenas noches, Greengrass.”
Sin esperar una respuesta, giró sobre sus talones y se dirigió hacia el dormitorio. Sentía la punzante mirada de Daphna en su espalda todo el camino. Ella era un obstáculo, uno inteligente y persistente. Tendría que ser más cuidadoso, más evasivo. Tal vez tendría que usar la Sala de los Menesteres como base principal y solo regresar a Slytherin para dormir y mantener las apariencias.
Al llegar al dormitorio de segundo año, ignoró los ronquidos de Nott y el susurro de Crabbe y Goyle, que parecían estar despiertos, conspirando en la cama de Malfoy. Se dirigió directamente a su propia cama. Las runas celtas talladas en los postes emitían un leve zumbido de bienvenida, una vibración que solo él podía sentir. Eran su último bastión de privacidad y seguridad.
Se desvistió rápidamente y se deslizó bajo las sábanas. El cansancio, pospuesto por la adrenalina de la investigación y el enfrentamiento con Daphne, finalmente lo alcanzó. Pero su mente seguía activa, procesando la información.
La Cámara de los Secretos era real. Un monstruo, probablemente una criatura de nivel de falso sirviente o superior, estaba siendo desatado. El heredero estaba en movimiento, y por alguna razón, los susurros en pársel lo buscaban a él. ¿Era porque era un mestizo? ¿O porque, como sobreviviente de Grand Order, su alma resonaba de manera diferente, atrayendo la atención de las fuerzas oscuras?
No tenía todas las respuestas, pero tenía una dirección. Mañana comenzaría su investigación en serio dentro de la propia Slytherin. Buscaría símbolos de serpientes, marcas ocultas, cualquier cosa que pudiera conducir al heredero o a la entrada de la Cámara.
Mientras cerraba los ojos, la última imagen en su mente no fue la de Daphne Greengrass o Salazar Slytherin, sino la de un hombre en un abismo de fuego y hierro, riendo con desdén ante la idea del infierno. Edmond Dantès. El Conde de Monte Cristo. Su vengador, su protector. En las profundidades de su subconsciente, sintió una presencia familiar, una fortaleza de hierro que vigilaba sus recuerdos más dolorosos. No estaba completamente solo en esta lucha.
El susurro en pársel regresó entonces, débil y distante, pero inconfundible, filtrándose a través de las gruesas paredes de piedra del dormitorio: “Pronto… te encontraré… sangre sucia…”
Gudao no abrió los ojos. Simplemente apretó los puños bajo las sábanas, su expresión se endureció en una máscara de determinación impasible. Que lo intentaran. Él había sobrevivido a Goetia. Había caminado a través de los Lostbelts. Un monstruo en un castillo, por muy aterrador que fuera, era solo otro enemigo que añadir a la lista.
Con esa thought, el extenuado cuerpo de Gudao Roberts finalmente cedió al sueño, mientras el fantasma de Fujimaru Ritsuka se preparaba, una vez más, para la guerra. La caza había comenzado, y él no tenía la intención de ser la presa.
Apoyame en mi patreon para escribir estas historias y mas a futuro.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com