Fate of Magic - Capítulo 20
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20: Inicio del segundo año 20: Inicio del segundo año El final de las vacaciones de verano se cernía sobre Gudao Roberts como una sombra inevitable.
En el reducido espacio de su habitación en el orfanato, el muchacho estaba sentado en el suelo con su maleta abierta frente a él.
Una a una, iba doblando las túnicas de Hogwarts con una calma mecánica, como si fueran piezas sin importancia, apenas dignas de ocupar espacio.
No había entusiasmo en sus gestos.
Empacar para regresar a la escuela le resultaba tedioso, incluso innecesario.
Si no fuera por las leyes y regulaciones del mundo mágico, por esas absurdas normas que lo obligaban a asistir a Hogwarts, bien podría pasar el tiempo en cosas más productivas: mejorar sus runas, avanzar en pociones más complejas, o seguir refinando su magia de refuerzo.
Todo aquello que realmente le servía.
Un suspiro escapó de sus labios.
—En Chaldea…
—murmuró en voz baja, apenas audible, como si el simple acto de nombrar su antiguo hogar pudiese invocarlo.
En verdad empezaba a extrañar aquel lugar.
Su viejo hogar, con todas sus locuras: la cafetería ruidosa con Mash y los demás, las bromas extravagantes de ciertos Servants, las misiones que parecían absurdas y mortales a la vez, y hasta las conversaciones aparentemente triviales con Leonardo da Vinci que siempre terminaban en algo útil.
Por más caótico que fuese, Chaldea había sido un sitio donde tenía un propósito claro y donde, pese a todo, no se sentía un extraño.
Aquí, en cambio, era distinto.
En este mundo él no era un Master ni un héroe, sino un niño de once años atrapado en un cuerpo demasiado limitado, marcado por una etiqueta que pesaba más que cualquier logro: Slytherin y hijo de muggles.
Razones suficientes para ser despreciado.
Con un gesto algo brusco cerró la maleta, asegurando los broches.
Aún faltaban varios días para que tuviera que ir a la estación de King’s Cross, y la simple idea de pasar cada minuto de ese tiempo en el orfanato, escuchando el bullicio de los demás niños que lo trataban como un bicho raro, le resultaba insoportable.
—Un cambio de aires…
—se dijo, levantándose con decisión.
El destino era claro: El Caldero Chorreante, la posada mágica más cercana a la estación.
Un lugar concurrido, pero donde, si se mantenía en un rincón discreto, podía pasar desapercibido y ganar algo de paz.
Durante el trayecto en el autobús noctámbulo —siempre incómodo, siempre un caos de velocidad y giros imposibles—, Gudao mantuvo la mirada fija en la ventana, planeando.
Tenía pensado practicar tanto la hechicería de su mundo original como la magia de este, aunque con la debida sutileza.
La molesta restricción impuesta por el Ministerio sobre los menores de edad complicaba las cosas.
“Un ridículo desperdicio de tiempo y talento”, pensó con irritación.
Que lo trataran como si no pudiera controlar la magia era insultante.
Ya en su habitación alquilada en el Caldero, sacó su varita y decidió experimentar.
Usando su habilidad de análisis estructural, recorrió cada fibra de la madera y cada runa grabada en su núcleo mágico.
Todo parecía normal; ningún rastro de un hechizo de monitoreo, ningún mecanismo oculto.
La varita estaba limpia.
Fue entonces cuando dirigió el análisis hacia sí mismo.
Un escalofrío recorrió su espalda.
En lo más profundo de su ser, encontró un sello mágico.
No era visible ni tangible a simple vista, pero su sensibilidad lo detectó de inmediato.
Una runa arcana, incrustada como un parásito en su propio cuerpo, invisible para cualquiera que no indagara con precisión.
—Así que aquí es donde está la trampa…
—murmuró, frunciendo el ceño.
La conclusión era obvia: ese sello era el mecanismo que avisaba al Ministerio si un menor de edad usaba magia fuera de la escuela.
La varita no tenía nada que ver; el verdadero control estaba en el mago mismo.
Trató de tantear el sello, buscando alguna grieta, alguna debilidad que le permitiera desactivarlo.
Pero no hubo manera.
Todo lo que intentó rebotaba como si golpeara un muro perfecto, un tejido mágico tejido con maestría y reforzado por generaciones de práctica legalista.
—De momento…
imposible de quitar —admitió con fastidio.
El muchacho guardó silencio, evaluando las consecuencias de insistir.
La verdad era que no podía permitirse llamar la atención del Ministerio aún.
No mientras desconociera la forma de romper o burlar ese sello sin dejar rastros.
Y arriesgarse a ser expulsado de Hogwarts tan temprano no era viable.
Resignado, soltó el aire y guardó la varita.
—Otro problema para la lista.
Con todo empacado y sus cosas importantes aseguradas en compartimentos encantados, Gudao se levantó de la cama de la posada.
Su postura era neutral, sin emoción ni ilusión por lo que estaba por venir.
Sus expectativas para el segundo año en Hogwarts eran tan bajas que no cabía decepción alguna.
“Que empiece el juego de nuevo…”, pensó, con una mezcla de cinismo y cansancio, mientras observaba por la ventana las luces del Callejón Diagon en la distancia.
Para Gudao Roberts, los últimos días en el Caldero Chorreante fueron un respiro inesperado.
La rutina de entrenamiento que Scáthach le había marcado en vida seguía siendo su guía: resistencia física, meditación, proyección de energía y práctica marcial básica para mantener la mente y el cuerpo sincronizados.
A ello se sumaban las mejoras visibles en sus runas, que ahora eran más limpias y efectivas, y su habilidad en pociones, afinada con una precisión que hubiera sorprendido incluso a un maestro como Snape.
Cada fracaso había sido embotellado en experiencia; cada éxito, cuidadosamente almacenado en frascos bien sellados y ocultos en su espacio mágico personal.
Ese avance lo tranquilizaba.
Si el primer año lo había sorprendido en demasiadas ocasiones, el segundo lo recibiría con un Gudao más preparado.
No dejaría cabos sueltos.
El día de partir llegó más rápido de lo que pensaba.
Con su maleta arrastrándose por los adoquines, idéntico a como lo había hecho el año anterior, Gudao se encaminó hacia King’s Cross.
Cruzar el pilar al andén 9¾ ya no le provocaba nervios, solo cierta incomodidad: un recordatorio de que su destino seguía atado a esta escuela en la que muchos lo miraban con desconfianza.
Al emerger del otro lado, se encontró con el imponente Expreso de Hogwarts, rojo y brillante bajo la luz de la mañana.
Había llegado temprano.
Apenas unas pocas familias aguardaban, los padres despidiéndose de sus hijos entre abrazos y promesas.
Gudao, con su expresión neutral de costumbre, buscó un banco de madera junto al tren y se sentó.
La maleta descansaba a su lado, y él, en silencio, se permitió observar.
Cada gesto de cariño, cada risa, cada lágrima de despedida…
eran escenas que le resultaban ajenas y familiares a la vez.
“Una vida tranquila…
ojalá eso fuera posible aquí.” Mientras tanto, en otra parte de Londres, el verano de Harry Potter había sido todo menos tranquilo.
Apenas unos días atrás, un elfo doméstico de aspecto enfermizo había irrumpido en su casa, dejando tras de sí desastres que casi convencieron a los Dursley de mantenerlo encerrado para siempre.
El asunto terminó con Harry escapando junto a Ron en un coche volador, pasando el resto de las vacaciones en la cálida y caótica casa de los Weasley.
El Callejón Diagon había sido otra aventura.
Entre libros y túnicas, Harry, Ron y Hermione compartieron risas, quejas y la desagradable primera impresión de Gilderoy Lockhart, un mago que irradiaba un brillo artificial que a Harry le recordó demasiado a los farsantes que había conocido en el mundo muggle.
Ahora, el inicio del segundo año los alcanzaba con el mismo desorden característico de los Weasley: prisas, maletas sin cerrar y una hermana menor que parecía no poder arreglarse a tiempo.
El reloj avanzaba y, sin saberlo, Harry se encontraba a punto de vivir otro inicio caótico.
En el andén 9¾, Gudao permanecía inmóvil en su banco, indiferente a la creciente multitud.
Observaba el tren, repasando mentalmente su plan para sobrevivir al nuevo curso.
Pociones ocultas, runas grabadas en sus pertenencias, un control mayor de su magia…
Todo estaba en orden.
Lo único que faltaba era abordar y esperar que el segundo año no intentara arrancarle más cicatrices de las necesarias.
Y en ese instante, mientras él esperaba con paciencia, el destino ya estaba tejiendo los hilos de un comienzo aún más turbulento para Harry Potter y, en consecuencia, para todo Hogwarts.
Harry Potter sentía que el suelo se hundía bajo sus pies.
Allí estaban él y Ron, de pie frente al escritorio de Severus Snape, mientras el profesor de Pociones los observaba con una furia tan contenida que parecía a punto de estallar.
Por lo general, Harry estaba acostumbrado a que Snape lo tratara con desprecio, pero aquella vez había algo distinto.
No era el tono sarcástico de siempre, no eran las indirectas venenosas contra Gryffindor: era rabia pura, sin disfraces.
En las manos del profesor descansaba un ejemplar arrugado de El Profeta.
La portada en movimiento no dejaba lugar a dudas.
Harry se vio a sí mismo y a Ron, pálidos y nerviosos, subidos en el Ford Anglia mientras despegaban en plena calle de Londres.
La imagen los mostraba encendiendo el encantamiento de camuflaje demasiado tarde, justo cuando varios muggles los señalaban con incredulidad.
El estómago de Harry se contrajo.
No necesitaba que Snape dijera nada para entender la gravedad del asunto: lo que habían hecho estaba mal.
Muy mal.
—¡Miren esto!
—escupió Snape con la voz cargada de veneno, agitando el periódico frente a ellos—.
¿Se dan cuenta de la estupidez que han cometido?
¡El Estatuto del Secreto Mágico existe por una razón!
Y ustedes…
¡ustedes lo han puesto en riesgo por un acto de imprudencia tan infantil como temerario!
Ron tragó saliva con fuerza.
Harry bajó la cabeza, con las mejillas ardiendo.
Por dentro, Harry quería discutir, quería defenderse con mil excusas: que el andén se había cerrado misteriosamente para ellos, que no tenían otra opción, que temieron quedarse fuera del curso y perder Hogwarts para siempre.
Pero las palabras de Snape eran un látigo constante en su mente: “Lo que han causado, lo que podrían haber causado”.
Tenía razón, y eso dolía aún más que el tono humillante.
—¿Acaso no tienen idea de lo que ocurriría si algún muggle hubiera tomado fotografías, o peor, hubiera contado su versión a la prensa?
—continuó Snape, cada palabra más cortante que la anterior—.
¡Han puesto en entredicho no solo su propia seguridad, sino la del mundo mágico entero!
Harry sintió un peso en el pecho.
Sí, habían estado desesperados, pero eso no cambiaba que su acción había sido insensata.
El silencio denso en la sala se rompió de golpe cuando la puerta se abrió.
La figura alta y serena de Albus Dumbledore entró con su calma característica, seguido de la rígida y seria Minerva McGonagall.
El aire en la oficina pareció relajarse apenas un poco, aunque el ceño de McGonagall estaba tan fruncido que Harry prefirió no levantar la vista hacia ella.
Snape no perdió el tiempo.
—Director —dijo con voz cargada de veneno—, esta vez es inadmisible.
Deben ser expulsados.
No hay otra solución.
Harry sintió un escalofrío.
Expulsados.
La palabra golpeó su mente como un martillo.
¿Sería posible?
¿Su vínculo con Hogwarts podía romperse de esa manera tan ridícula, en apenas el inicio del segundo año?
Pero Dumbledore, con la voz tranquila que siempre usaba en los momentos de caos, levantó una mano y negó con suavidad.
—No, Severus.
No habrá expulsiones.
El rostro de Snape se crispó aún más, como si hubiera esperado esa respuesta y aun así lo irritara en lo más profundo.
McGonagall, sin embargo, dio un paso al frente.
Su tono fue tan duro como un bloque de granito: —Coincido en que la expulsión sería desmedida, pero no podemos dejar este asunto sin consecuencias.
Han cometido una imprudencia grave, y deben aprender que sus acciones tienen repercusiones.
—Una sanción es necesaria —asintió Dumbledore con serenidad.
Harry sintió cómo la esperanza regresaba a él, aunque la seriedad en el rostro de McGonagall le hizo comprender que lo que vendría no sería precisamente leve.
La profesora clavó sus ojos en los dos jóvenes Gryffindor, con ese aire de autoridad que no admitía protestas.
—El señor Weasley cumplirá un mes de detenciones bajo la supervisión del señor Filch.
Se encargará de limpiar trofeos en los almacenes.
Sin varita.
Ron soltó un gemido ahogado que a Harry le heló la sangre.
Un mes entero de trabajo manual con Filch sería una tortura.
—Y usted, señor Potter —continuó McGonagall, girando la mirada hacia él—.
Pasará sus detenciones ayudando al profesor Lockhart con su correspondencia personal.
Harry abrió los ojos de par en par, horrorizado.
Pasar tardes enteras con Gilderoy Lockhart, escuchando su insoportable voz y respondiendo cartas de admiradoras…
parecía incluso peor que limpiar trofeos.
Tragó saliva, reprimiendo la mueca de disgusto que se le escapaba inevitablemente.
—Un mes —concluyó McGonagall, tajante—.
Y espero que ambos entiendan que Hogwarts no tolerará más espectáculos de este tipo.
La conversación terminó con esa sentencia.
Dumbledore, siempre apacible, les dedicó una leve inclinación de cabeza, pero no intercedió más.
Era evidente que, aunque los protegía de una expulsión, estaba de acuerdo en que merecían un castigo ejemplar.
Cuando salieron de la sala, Harry y Ron intercambiaron miradas largas y miserables.
No necesitaban decirlo en voz alta: los dos sabían que el segundo año en Hogwarts había comenzado de la peor manera posible.
Harry, sin embargo, guardó para sí un pensamiento incómodo: por muy insoportable que fuera Snape, tenía razón.
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