Fate of Magic - Capítulo 21
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21: Heredero 21: Heredero Las semanas se arrastraron para Harry Potter como miel espesa y amarga.
El castigo con Gilderoy Lockhart se había convertido en una tortura rutinaria que devoraba sus tardes y agotaba su ya de por sí limitada energía.
Las sonrisas autografiadas, las cartas de fans empalagosas y el olor persistente a colonia barata se habían infiltrado en sus sueños, creando una pesadilla recurrente de papel satinado y egos inflados.
Mientras, el castigo de Ron con Filch —restregar trofeos embrujados que parecían multiplicar la suciedad— lo dejaba cada noche con los brazos doloridos y el humor peor que el de un troll con resaca.
Halloween se acercaba, trayendo consigo un aura de anticipación nerviosa.
Normalmente, Harry disfrutaba de la festividad en Hogwarts, con sus decoraciones flotantes y el banquete desbordante.
Pero este año, una inquietud sorda se había instalado en su pecho.
La voz aterradora, aquel susurro sibilante de “matar” que había perseguido en la oscuridad, no se había repetido, o al menos, él no la había vuelto a oír.
Su silencio, sin embargo, era casi más perturbador.
Era como la calma antes de una tormenta, una pausa cargada de presagios que no podía descifrar.
Un incidente particular no había ayudado a su estado de ánimo.
Argus Filch, cuyo odio hacia los estudiantes solo era superado por su amor por su gata, la Sra.
Norris, lo había acusado ferozmente de “ensuciar deliberadamente el castillo” después de que un montón de barro (claramente traído por Peeves) apareciera en un corredor del tercer piso.
Harry, que simplemente había tenido la mala suerte de pasar por allí, se enfrentaba a una semana de detención adicional cuando Nick Casi Decapitado apareció flotando, su cabeza balanceándose de manera precaria sobre su cuello cortado.
“¡Argus, mi querido amigo!
Estoy seguro de que fue un descuido del pobre Potter,” dijo Nick con una voz etérea, interponiéndose entre Harry y el celoso custodio.
“Un joven tan atareado con sus…
castigos.” Nick guiñó un ojo (o al menos, eso pareció) hacia Harry.
“A cambio de mi testimonio de su inocencia, quizás el joven Potter y sus amigos considerarían honrar mi fiesta de aniversario.
El día de Halloween, celebrando mis quinientos años de…
bien, de estar así de decepcionado.” Filch, con los dientes apretados y la mirada llena de rabia, no tuvo más remedio que ceder ante un testigo fantasmal.
Harry, sintiéndose entre la espada y la pared, aceptó con renuencia.
La perspectiva de pasar Halloween en una fiesta de fantasmas lúgubre en lugar del banquete no era precisamente alegre, pero era mejor que limpiar las letrinas sin magia.
Sin embargo, lo que más alimentaba la inquietud de Harry no era Filch, ni Lockhart, ni siquiera la amenaza fantasma de la voz.
Era Gudao Roberts.
El muchacho de Slytherin se había vuelto una presencia escurridiza y omnipresente.
Harry lo veía por todos lados, siempre en movimiento, como un espectro de pelo oscuro y mirada impasible.
Una tarde, mientras paseaba por los terrenos del castillo para despejarse de la claustrofóbica compañía de Lockhart, vio a Gudao de pie en el mismísimo linde del Bosque Prohibido, completamente inmóvil, observando la espesura oscura con la intensidad de un cazador.
No parecía asustado, sino…
evaluativo.
Otra vez, lo encontró cerca de los invernaderos de Herbología, pasando los dedos por las hojas de una planta particularmente venenosa con una curiosidad clínica que hizo que a Harry se le erizara el vello.
Incluso, en una ocasión, lo vio merodeando cerca del barril que marcaba la entrada a la sala común de Hufflepuff, una ubicación que no tenía sentido alguno para un Slytherin.
“¿Qué estará tramando?” le preguntó a Ron una noche en la sala común de Gryffindor, mientras el fuego crepitaba y Hermione intentaba ignorarlos, sumergida en un libro de historia mágica.
“¿Roberts?
Nada bueno, te lo aseguro,” gruñó Ron, frotándose un hombro adolorido.
“Es un Slytherin, Harry.
Y no solo eso, es uno raro.
Desaparece todo el tiempo.
Para mí que está planeando cómo robarle algo a alguien.
O peor.” “Pero el año pasado…
Quirrell lo tenía…” Harry argumentó, aunque con poca convicción.
“¡Y quién sabe si eso no fue parte del plan!” replicó Ron, su imaginación volviéndose salvaje.
“Quizás Quirrell y él estaban trabajando juntos y luego se pelearon.
O quizás fingió ser la víctima para que no sospecharan de él.
No te fíes, Harry.
Mi papá siempre dice: ‘nunca se sabe con qué intenciones nace un Slytherin’.” Hermione levantó la vista de su libro, con una expresión de fastidio.
“Eso es un prejuicio absurdo, Ron.
Gudao Roberts obtuvo las mejores notas en Pociones el año pasado, incluso por encima de mí.
Y en Defensa Contra las Artes Oscuras, su forma de lanzar hechizos es…
precisa.
No parece el tipo de persona que se aliaría con…
bueno, con Quirrell.” Pero incluso ella no pudo evitar añadir: “Aunque es cierto que su comportamiento este año es…
peculiar.
Lo he visto en la biblioteca, pero nunca consultando los libros de clase.
Solo toma tomos antiguos de mitología y historia de la magia oscura.
Es desconcertante.” Esa fue la palabra.
Desconcertante.
Gudao Roberts era un enigma envuelto en un misterio, y para Harry, cuya vida ya estaba llena de demasiados secretos, un nuevo rompecabezas era lo último que necesitaba.
No podía sacudirse la sensación de que los movimientos erráticos de Gudao estaban conectados de alguna manera a la voz sibilante y a la inquietud general que impregnaba el castillo.
¿Estaría Gudao detrás de todo?
¿Era posible que, después de todo, sus intenciones ya no fueran buenas?
La semilla de la duda, plantada el año anterior y regada por el aislamiento de Gudao en Slytherin, había echado raíces profundas en la mente de Harry.
Lo que Harry no podía saber, lo que nadie en Hogwarts podía siquiera imaginar, era la verdadera naturaleza de la pesadilla que se desarrollaba tras la fachada impasible de Gudao Roberts.
Para Gudao, estas semanas habían sido un ejercicio de agotadora resistencia mental y física.
Los susurros en pársel, lejos de desaparecer, se habían intensificado, volviéndose más personales, más dirigidos.
Ya no eran solo susurros en los pasillos; eran voces que lo seguían.
Dondequiera que fuera, una presencia sibilante parecía rastrear sus pasos.
“El que escucha…
huele diferente…
a muerte pasada…
a batallas ganadas en mundos que no son…” Sus circuitos mágicos, un legado de su vida pasada, parecían actuar como un faro para la criatura, atraiendo su atención de una manera que no ocurría con los otros estudiantes.
Los comentarios de sus compañeros de Slytherin eran un ruido de fondo despreciable.
“Se ha vuelto loco”, “anda como un lunático”, “el mestizo finalmente perdió el poco juicio que tenía”.
Malfoy y sus secuaces se mofaban abiertamente de él, disfrutando de su aparente paranoia.
Podría haber sido fácil, tan terriblemente fácil, dejar que la criatura, fuera lo que fuese, se cebara con ellos.
Una parte cínica y herida, forjada en el desprecio constante, le susurraba que se merecían lo que fuera que les pasara.
¿No eran ellos los que celebraban la “pureza de sangre”?
¿No serían ellos los objetivos ideales del monstruo de Slytherin?
Pero entonces, una imagen nítida y poderosa surgía en su mente: Florence Nightingale, la Dama de la Lámpara, con su uniforme impecable y su mirada llena de una compasión inflexible.
La escuchaba, no con palabras, sino con la esencia de su ser, desaprobando cualquier thought de abandono.
“La sanación no conoce de bandos, Maestro.
Un enemigo herido es primero un paciente.” Y tras ella, una legión de otros héroes: Jeanne d’Arc, con su fe ardiente; Mash, con su escudo siempre protector; incluso el pragmático Leonardo da Vinci, que veía a cada vida humana como un tesoro de potencial e historia.
Dejarse corromper por el rencor, convertirse en alguien que permitía el sufrimiento por conveniencia o venganza, sería una traición a todo lo que ellos representaban y a todo lo que él había luchado por proteger.
No.
Esa no era la clase de persona que Ritsuka Fujimaru era.
Y no era la clase de persona que Gudao Roberts permitiría llegar a ser.
Así que, con una determinación que lo agotaba pero no lo quebraba, se mantuvo en movimiento.
Su estrategia era simple: no ser un blanco estático.
Si la criatura lo buscaba a él, entonces él la mantendría en una caza perpetua, alejándola de los demás.
Sus sentidos, afinados por las enseñanzas de Scáthach y por la experiencia innumerables batallas, le gritaban que el peligro era inminente y personal.
Confiaba en ese instinto con su vida, porque en numerosas ocasiones, esa había sido la única razón por la que todavía la tenía.
Sus investigaciones, sin embargo, habían chocado contra un muro.
La Sala de los Menesteres, por alguna razón que no podía comprender, se mostraba inusualmente reticente a proporcionarle la información crucial.
Cuando pedía textos sobre criaturas mágicas antiguas o específicamente sobre el monstruo de la Cámara, la sala, que siempre antes había respondido con precisión, solo le ofrecía ediciones básicas de “Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos” de Newt Scamander.
Era un libro excelente, pero inútil para su propósito.
Ninguna de las criaturas descritas, por muy peligrosas que fueran, encajaba con el perfil de lo que él intuía: algo antiguo, serpentino y letalmente mágico.
Era como si una fuerza externa, o quizá una magia muy específica vinculada al secreto de la Cámara, estuviera bloqueando el acceso a ese conocimiento dentro de la sala.
La pista de los símbolos de Slytherin lo había llevado a la serpiente, pero era una pista vaga.
¿Qué tipo de serpiente?
¿Una bestia física?
¿Un ente mágico?
¿Un espíritu?
Sin acceso a textos más profundos, estaba ciego.
Había intentado buscar el “Monstruoso Compendio de Criaturas Ancestrales”, un libro que había visto mencionado en una nota al pie de otro texto, pero descubrió que una estudiante de tercer año, una tal Myrtle, lo tenía prestado de forma indefinida después de que otro estudiante, probablemente Malfoy, le hubiera quemado su copia personal.
Era un callejón sin salida tras otro.
Así que, falto de datos concretos, recurrió a lo único que le quedaba: la acción.
Se convirtió en un patrullero silencioso, un guardián no reconocido de los pasillos de Hogwarts.
Sus rondas no tenían un patrón fijo.
Recorría los corredores desiertas, se colaba en aulas vacías, se apostaba en balcones con vista a los pasillos principales.
No buscaba confrontar a la criatura todavía; no sabía cómo.
Solo buscaba atraer su atención, mantener su mirada letal fija en él y alejada de cualquier estudiante desprevenido.
El agotamiento se acumulaba en sus huesos, un peso pesado y familiar.
Era un entrenamiento diferente al de Scáthach, pero no menos riguroso: una carrera de resistencia contra una sombra asesina.
La víspera de Halloween, la tensión había alcanzado un punto crítico.
El castillo bullía con una energía festiva y nerviosa.
Los estudiantes hablaban animadamente sobre el banquete y los disfraces, completamente ajenos a la guerra silenciosa que se libraba en sus pasillos.
Harry, Ron y Hermione discutían sobre la fiesta de Nick Casi Decapitado.
“¿Tenemos que ir, Harry?” se quejó Ron.
“¡Es la fiesta de muertos!
Va a estar frío, va a estar deprimente, y la comida será asquerosa.” “Le di mi palabra, Ron,” dijo Harry con resignación, aunque su estómago se retorcía ante la idea de perderse el delicioso banquete de Halloween.
Mientras tanto, Gudao, sintiendo que la presión en el ambiente mágico se volvía casi tangible, redobló sus esfuerzos.
Esa noche, después de una cena que apenas probó, inició su ronda más extensa.
Desde las mazmorras hasta la torre de Astronomía, desde las cocinas hasta el ala oeste.
Sus pies, potenciados por un flujo constante pero mínimo de energía mágica interna, lo llevaban sin hacer ruido.
Sus ojos, acostumbrados a escudriñar paisajes desolados y cielos distortidos, escrutaban cada sombra, cada grieta en la piedra.
Fue cerca de la medianoche, mientras se encontraba en un pasillo del segundo piso, no lejos del baño de Myrtle la Llorona, cuando lo sintió.
Un cambio abrupto en la atmósfera.
El aire se volvió gélido, no con el frío natural de la noche, sino con un escalofrío sobrenatural que le erizó la piel.
Los susurros en pársel, que habían sido un constante murmullo de fondo, se cortaron de repente.
Fue un silencio demasiado abrupto, demasiado absoluto.
Era el silencio del depredador que se abalanza.
Su radar de peligro estalló en su mente como una sirena.
¡PELIGRO INMINENTE!
¡ALTA LETALIDAD!
Se giró sobre sus talones, su cuerpo adoptando una postura defensiva de forma instintiva.
No vio nada en el pasillo vacío.
Pero entonces, una presencia inmensa y antigua pareció deslizarse justo más allá de los límites de su percepción, alejándose de él a gran velocidad.
No lo había atacado.
Había pasado de largo.
¿Por qué?
Y entonces, lo entendió.
Él no era el objetivo principal en este momento.
Él era una curiosidad, un obstáculo.
La criatura había ido tras una presa más fácil, más desprevenida.
Una oleada de fría frustración lo inundó.
Había fallado.
No había logrado mantener su atención.
Sin pensarlo dos veces, se lanzó en la dirección por donde había sentido desvanecerse la presencia.
Sus pies apenas tocaban el suelo.
Siguió el rastro residual de magia oscura, un olor a polvo de tumba y veneno antiguo, hasta un corredor particularmente húmedo y poco transitado.
Y allí, deteniéndose en seco, vio la escena.
No había criatura visible.
Pero en el suelo, iluminada por las antorchas, yacía la gata de Filch, la Sra.
Norris, completamente rígida, con los ojos abiertos de par en par, mirando hacia la nada con una expresión de terror congelado.
No estaba muerta, sino petrificada.
Y en la pared, justo encima de donde yacía el felino, unas palabras habían sido escritas con una sustancia que parecía sangre y brillaba con una luz siniestra en la penumbra: LA CÁMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA.
ENEMIGOS DEL HEREDERO, TEMED.
Gudao se quedó mirando la escena, su respiración era la única cosa calmada en medio del horror congelado.
Su mente, entrenada para el análisis táctico, procesaba la información a toda velocidad.
La primera víctima.
Un animal.
Un mensaje.
Esto era solo el principio, una declaración de intenciones.
Y él estaba allí, en el lugar del crimen, solo.
Si alguien lo encontraba…
Los pasos apresurados y las voces familiarices llegaron desde el extremo del pasillo.
Era demasiado tarde para esconderse.
Un grupo de estudiantes que regresaban del banquete, liderados por Percy Weasley, apareció en la esquina.
Y justo detrás de ellos, llegando desde la dirección opuesta, probablemente de regreso de la frustrante fiesta de Nick, estaban Harry, Ron y Hermione.
Los ojos de todos se posaron primero en el aterrador mensaje y en la gata petrificada.
Luego, inevitablemente, se clavaron en la única otra figura en el pasillo: Gudao Roberts, de pie, impasible, contemplando la escena como si estuviera estudiando un diagrama de batalla.
El grito de Filch, que llegó corriendo, desgarrador y lleno de angustia, cortó el aire como un cuchillo.
“¡NORRIS!
¡MI QUERIDA NORRIS!
¿QUÉ TE HAN HECHO?” Sus ojos, llenos de lágrimas de rabia y dolor, se alzaron desde su gata y se clavaron en Harry, pero luego se desviaron hacia Gudao.
La evidencia circunstancial era abrumadora.
“¡Tú!” chilló Filch, señalando a Gudao con un dedo tembloroso.
“¡Siempre rondando por donde no debes!
¡Un Slytherin!
¡Un mestizo!
¡Tiene sentido!
¡ERES EL HEREDERO!” Harry, Ron y Hermione se quedaron paralizados, sus miradas yendo de la escena macabra a la figura tranquila y peligrosa de Gudao.
En la mente de Harry, todas sus sospechas, todos sus temores, cristalizaron en ese momento.
Los movimientos extraños, las idas y venidas, la desconfianza natural hacia un Slytherin…
todo parecía encajar en una narrativa terrible.
Gudao no dijo nada.
No se defendió.
Simplemente miró a Harry, y en sus ojos, Harry no vio culpabilidad, ni miedo, ni siquiera desafío.
Vio algo mucho más desconcertante: una resignación profunda y un conocimiento absoluto.
Era la mirada de alguien que ya sabía que sería culpado, que ya había aceptado la inevitabilidad de ser el chivo expiatorio.
Mientras las voces se alzaban, acusadoras y llenas de pánico, y los profesores empezaban a llegar al lugar, Gudao Roberts permaneció en silencio, un faro solitario de calma en medio del caos que él mismo había intentado, y fallado, prevenir.
La primera víctima había caído, y la cacería, tanto del monstruo como de un supuesto heredero, acababa de comenzar oficialmente.
Y Gudao, el único que comprendía la verdadera magnitud de la amenaza, se encontraba ahora en el ojo del huracán, más solo que nunca.
El pasillo del segundo piso, moments antes sumido en un silencio cargado de presagio, estalló en un caos de acusaciones y gritos.
El llanto desgarrado de Argus Filch retumbaba contra las paredes de piedra, un sonido primitivo de dolor y rabia.
Su dedo, tembloroso y huesudo, se alternaba entre señalar a Harry Potter y a Gudao Roberts, pero finalmente se clavó en el joven Slytherin con la fuerza de una maldición.
“¡TÚ!
¡Siempre rondando por donde no debes!
¡Un Slytherin!
¡Un mestizo!
¡Tiene sentido!
¡ERES EL HEREDERO!” El grito de Filch era una explosión de todo el rencor y la frustración que había acumulado durante años.
Harry, Ron y Hermione estaban paralizados, sus mentes dando vueltas.
Para Ron, era una confirmación instantánea.
“¡Lo sabía!” susurró con voz estrangulada, sus ojos muy abiertos.
“¡Es él!” Harry asintió lentamente, su propia desconfianza hacia Gudao cristalizando en una certeza momentánea.
Todo encajaba: los movimientos furtivos, las ausencias, su pertenencia a la casa de Salazar Slytherin.
Hermione, en cambio, frunció el ceño, su mente lógica buscando agujeros en la acusación visceral de Filch.
Pero antes de que cualquier profesor pudiera intervenir, ocurrió algo que nadie, y menos Gudao, habría esperado.
Una voz fría y cortante como el hielo se elevó por encima del llanto de Filch.
“Eso es absurdo, Filch.” Era Draco Malfoy.
Se había adelantado, con una expresión de profundo disgusto, no hacia la escena, sino hacia la acusación misma.
A su lado, Crabbe y Goyle asentían con sus cabezas macizas, confundidos pero siguiendo el liderazgo de Malfoy.
“¿Estás sugiriendo,” continuó Malfoy, con un desdén exagerado, “que el Heredero de Salazar Slytherin, el más grande de los cuatro fundadores, es un sangre sucia?
¡Es una blasfemia!” Otros estudiantes de Slytherin que habían llegado con Percy Weasley comenzaron a murmurar, asintiendo con la cabeza.
Una chica de quinto año con una larga trenza rubia añadió: “Salazar Slytherin se retiró de este castillo precisamente por su postura sobre la pureza de sangre.
La idea de que su heredero sea un hijo de muggles es…
ridícula.
Es un insulto a su legado.” La defensa no era cálida ni solidaria.
Era fría, calculadora y profundamente ideológica.
No defendían a Gudao Roberts, la persona; defendían la pureza de un principio que consideraban sagrado.
Defenderlo era una forma de defender su propia identidad y la memoria idealizada de su fundador.
“Roberts es un muggle,” espetó Malfoy, lanzando una mirada de puro desprecio hacia Gudao, quien permanecía inmóvil como una estatua.
“Un accidente, un error de sorting.
Salazar Slytherin jamás, jamás, mancharía su linaje con sangre muggle.
Es imposible.
Roberts ni siquiera tiene la dignidad de ser el Heredero.
Es solo…
un mestizo patético que tuvo la suerte de estar en el lugar equivocado.” Las palabras eran dagas de hielo.
Cada “sangre sucia”, cada “muggle”, cada “patético” era un recordatorio de su lugar en la jerarquía de Slytherin.
Lo estaban defendiendo de una acusación, solo para humillarlo con otra.
Le estaban negando incluso la “dignidad” de ser un villano potencial, relegándolo al estatus de mero inconveniente, de error del sistema.
Gudao lo escuchó todo, pero las palabras apenas se registraron.
Su corazón latía con un ritmo frenético y sordo contra sus costillas, un tambor de guerra en una caja de hueso.
La presión en el pasillo era física, opresiva.
Le recordaba a la atmósfera en la Singularidad de Babilonia, donde el aire mismo estaba cargado con la magia primigenia y hostil de la Diosa Tiamat, un peso que amenazaba con aplastar el alma.
Pero aquí, el peso no era mágico, sino social.
Eran las miradas acusadoras de decenas de personas, la certeza del prejuicio y la histeria colectiva.
Se había congelado, no por miedo al castigo, sino por una abrumadora sensación de dejà vu.
Era el chivo expiatorio, una vez más.
La figura a la que se señalaba cuando el mundo se desmoronaba.
De no haber sido por la intervención cínica y autointeresada de sus compañeros de casa, se habría quedado allí, aceptando el papel que le asignaban, demasiado cansado, demasiado hastiado para luchar contra una marea de incomprensión.
Pero la lógica retorcida de Slytherin lo había salvado, por razones que le repugnaban.
Fue entonces cuando Daphne Greengrass se separó del grupo y se acercó a él.
No con la virulencia de Malfoy, sino con una curiosidad fría y burlona.
“Buen intento, Roberts,” dijo en un tono que no llegaba a ser un susurro, pero que solo él podía oír claramente.
Su sonrisa era un gesto fino y cruel.
“¿Fingir ser el Heredero?
Una jugada audaz, sin duda.
Una forma patética de llamar la atención, de intentar asustarnos para que te respetemos.
Pero te ha salido el tiro por la culata.
Ni siquiera eres lo suficientemente interesante para ser una amenaza creíble.
Salazar Slytherin se revolvería en su tumba.” Gudao no respondió.
No sintió ira, ni dolor, ni siquiera indignación ante sus palabras.
Solo un vacío profundo y resonante.
El absurdo de la situación era total.
Lo habían “salvado” para poder seguir despreciándolo de la manera que consideraban apropiada.
Era un razonamiento circular y estúpido, pero era la base sobre la que se sustentaba su mundo.
Intentar razonar con ellos sería como intentar explicar la teoría de la relatividad a un troll de montaña.
Simplemente, no funcionaba.
En ese momento, la autoridad llegó con la forma de Minerva McGonagall y Severus Snape, seguidos de cerca por Albus Dumbledore, cuya larga barba plateada parecía brillar con una luz propia en la penumbra del pasillo.
Sus rostros eran máscaras de grave preocupación.
“¡¡Silencio!!” La voz de McGonagall cortó el aire como un látigo, y el pasillo se sumió en un inmediato y tenso silencio, solo roto por los hipidos de Filch.
Sus ojos se posaron en el mensaje sangriento de la pared y en la forma rígida de la Sra.
Norris.
Una profunda consternación se apoderó de su rostro.
“Argus, por favor, cálmese,” dijo Dumbledore, con una voz calmada pero firme.
Se acercó a la gata y se arrodilló, examinándola sin tocarla.
Sus ojos azules, brillantes e intensos, estudiaron la escena.
“No está muerta, Argus.
Está petrificada.” “¡Petrificada!” sollozó Filch, con un mezcla de alivio y rabia renovada.
“¡Pero quién hizo esto!” “Eso es lo que determinaremos,” dijo Snape, cuya mirada negra e insondable había barrido el pasillo, deteniéndose por un instante en Harry, luego en Gudao, y finalmente en el grupo de Slytherin.
Su expresión era inescrutable, pero había una aguda inteligencia en sus ojos que lo absorbía todo.
“Pero este no es el lugar para una investigación.
Todos los estudiantes, a sus salas comunes.
Inmediatamente.” Protestaron, pero las miradas de los profesores no admitían discusión.
Percy Weasley, hinchado de importancia, comenzó a guiar a los estudiantes de Gryffindor hacia la torre.
Los de Slytherin, con una última mirada de desdén hacia Gudao y desconfianza hacia los otros, se encaminaron hacia las mazmorras.
Una vez que los estudiantes se hubieron marchado, el pasillo quedó en un silencio mucho más pesado.
Los tres profesores contemplaban el mensaje.
“La Cámara de los Secretos,” murmuró McGonagall, su voz temblorosa.
“Minerva, ¿crees que es posible?” preguntó Snape, su tono era neutral, pero sus ojos brillaban con interés.
“La leyenda dice que solo el heredero de Slytherin puede abrirla,” respondió McGonagall, pálida.
“La última vez que se abrió…
una estudiante murió.” No dijo el nombre, pero todos lo sabían: Myrtle.
Dumbledore se levantó, su mirada perdida en el mensaje de la pared.
“La pregunta no es solo si ha sido abierta, sino por quién, y por qué ahora.” Su mirada se desvió hacia la dirección por la que se habían marchado los estudiantes, y por un instante, pareció posarse en el espacio vacío que Gudao había ocupado.
Sabía, por su incursión en la mente del joven, que él era capaz de muchas cosas, pero ¿de esto?
El recuerdo de las tragedias que había vivido, de la persona que era en el fondo, chocaba frontalmente con la imagen de un fanático asesino de muggles.
Mientras, en la sala común de Gryffindor, el ambiente era de excitación y miedo.
“¡Se los dije!” exclamó Ron, desplomándose en un sillón junto al fuego.
Su rostro estaba enrojecido por la emoción.
“¡Es Roberts!
Tiene que ser él.
¿Quién más podría ser?” “Pero Ron,” intervino Hermione, sentándose frente a él con expresión pensativa, “¿no escuchaste a los de Slytherin?
Estaban realmente ofendidos por la idea.
Para ellos, la pureza de sangre es un dogma.
Gudao, siendo un muggle, es la antítesis de lo que un Heredero de Slytherin debería ser.
No tiene sentido lógico para ellos.” “¡A quién le importa su lógica retorcida!” refunfuñó Ron.
“Quizás es una tapadera.
Quizás lo están protegiendo porque es de su casa, punto.” Harry, que miraba fijamente las llamas, asintió lentamente.
“Ron tiene razón, Hermione.
No podemos confiar en ellos.
Y Gudao…
siempre está en todas partes.
Ahora lo encontramos justo allí, con la gata de Filch…
Es demasiada coincidencia.” “Circunstancial,” insistió Hermione.
“No hay pruebas.
Solo suposiciones y…
y prejuicios.” La última palabra la dijo en un tono más bajo, pero ambos la oyeron.
Ron se puso colorado.
“¡No es prejuicio!
¡Es sentido común!
Es un Slytherin raro y solitario que odia a todo el mundo porque todos lo odian a él.
¡Es la receta perfecta para un mago tenebroso!” Hermione suspiró, cansada.
Sabía que no podría ganar esta discusión.
La desconfianza de Harry y Ron hacia Gudao y hacia Slytherin en general estaba demasiado arraigada.
Se recostó en el sillón, pensando en la lógica fría de los alumnos de Slytherin.
Su defensa, aunque desagradable, tenía una coherencia interna irrefutable dentro de su mundo distorsionado.
Algo no encajaba.
Muy por debajo, en las frías y húmedas mazmorras, la sala común de Slytherin estaba sumida en un murmullo de conversaciones animadas.
El incidente había sido un shock, pero también un tema fascinante.
Gudao se dirigió directamente hacia los dormitorios, deseando escapar de las miradas y los comentarios.
Pero no pudo evitarlo.
A su paso, oía fragmentos de conversación.
“…imaginarse, un mestizo como el Heredero…” “Una vergüenza para Salazar…” “Malfoy tuvo razón, fue lo primero que dijo…” “Al menos queda claro que el verdadero Heredero, quienquiera que sea, tiene los principios correctos…” Era el mismo mantra, repetido una y otra vez.
Lo habían exonerado no por bondad, sino por pureza ideológica.
Se sentía como un objeto, un artefacto que había sido examinado y descartado por no cumplir con los estándares de autenticidad requeridos.
Al llegar a su cama, se desplomó sobre ella, sin siquiera molestarse en quitarse la túnica.
El corazón aún le latía con fuerza, pero ahora la adrenalina había dado paso a una fatiga profunda y a una sensación de profunda soledad.
La comparación con Babilonia volvió a su mente.
Allí, al menos, había tenido a sus Sirvientes a su lado.
A Gilgamesh, a Merlin, a Mash…
Aquí, no tenía a nadie.
Solo la fría y burlona protección de quienes lo despreciaban y la hostilidad abierta de quienes lo señalaban como un monstruo.
Sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que esto era solo el principio.
La Sra.
Norris era un mensaje, un aviso.
El verdadero ataque, el dirigido a los “enemigos del heredero” —los nacidos de muggles—, aún estaba por venir.
Y él, a pesar de todo, seguía siendo uno de ellos.
El hecho de que los de Slytherin lo hubieran “defendido” no cambiaría ese hecho para el monstruo en las sombras.
Miró las runas protectoras talladas en su cama, un legado de Scáthach, de un mundo perdido.
Eran un símbolo de las habilidades que poseía, de la fuerza que había acumulado en una vida pasada.
No podía permitirse congelarse again.
No podía permitirse caer en la desesperación.
La primera víctima había aparecido, y aunque él no era el objetivo inicial de la criatura, su singular naturaleza lo convertía en un blanco único y en el único que, quizás, podía entender y enfrentar lo que se avecinaba.
Con un suspiro que pareció salir de lo más profundo de su ser, Gudao cerró los ojos.
La batalla por Hogwarts había comenzado oficialmente.
Ya no se trataba solo de esquivar una amenaza vaga, sino de enfrentarse a una leyenda viviente y a un enemigo invisible que se movía entre las sombras del castillo.
Y él, el hijo de muggles, el mestizo de Slytherin, el último maestro de Chaldea, tendría que hacerlo solo.
La próxima víctima podría ser cualquiera, y el tiempo, un lujo que ya no tenían.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com