Fate of Magic - Capítulo 22
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: Frustracion 22: Frustracion La quietud de las mazmorras de Slytherin, siempre impregnada de un frío húmedo y la tenue luz verdosa del lago Negro, se había vuelto más opresiva que nunca.
Para Hudao Roberts, cada suspiro de agua contra los vitrales era un recordatorio del monstruo que se cernía en las profundidades, una amenaza que él, y solo él, parecía comprender en toda su dimensión.
La Sra.
Norris, petrificada y rígida como un trofeo macabro, había sido solo el primer movimiento en un juego mortal.
Un aviso.
Y Gudao no era ajeno a los avisos; había visto cómo las advertencias de los Dioses Demonio se convertían en realidades catastróficas.
No se quedaría de brazos cruzados esperando la siguiente víctima.
La pasividad era un lujo que un veterano de Grand Order no podía permitirse.
Su mente, un archivo viviente de tácticas y recuerdos de batallas imposibles, comenzó a trabajar con la frialdad de una máquina.
La pista más tangible, la única que tenía, era el libro: el “Monstruoso Compendio de Criaturas Ancestrales”.
Myrtle, la estudiante de tercer año a la que Malfoy le había quemado su copia, lo tenía prestado de la biblioteca de forma indefinida.
Encontrarla era el primer paso.
Pero ¿quién era Myrtle?
Nadie en Slytherin parecía conocerla, o al menos, nadie que estuviera dispuesto a hablar con él.
El estigma de ser el principal sospechoso de ser el Heredero, aunque los propios Slytherin lo hubieran “exonerado” por razones ideológicas, había creado una barrera invisible a su alrededor.
Donde antes había desprecio abierto, ahora había una cautelosa evitación.
Sus intentos de preguntar discretamente a sus compañeros de casa fueron recibidos con miradas frías, encogimientos de hombros o, en el mejor de los casos, un “¿Quién?
No, no la conozco” pronunciado con una indiferencia que resultaba sospechosa.
Era como si Myrtle no solo estuviera muerta, sino borrada de la memoria colectiva de los estudiantes vivos.
Los profesores no eran una opción.
Ir con un profesor, especialmente con Snape o McGonagall, sería como arrojar leña al fuego de las sospechas.
“¿Por qué te interesa una estudiante muerta, Roberts?” Podía casi oír la pregunta, cargada de suspicacia.
Y Dumbledore…
Gudao sentía una respetuosa cautela hacia el director.
No lo veía como un adversario, pero sí como un estratega consumado, un hombre que movía sus piezas en un tablero mucho más grande.
Confiar en él con información tan sensible, sin tener nada concreto, era un riesgo.
Dumbledore podría verlo como una amenaza, o peor, como un peón desechable en un juego más grande.
La experiencia le había enseñado que los líderes, por bienintencionados que fueran, a veces tenían que sacrificar a unos para salvar a muchos.
No estaba dispuesto a ser ese sacrificio.
Eso dejaba a los únicos testigos eternos del castillo: los fantasmas.
Durante los siguientes días, entre clases y sus evasivas rutas para evitar tanto a la criatura como a los prefectos, Gudao inició una metódica ronda de interrogatorios espectral.
Se encontró con el Barón Sanguinario, cuya aura de tristeza y cadenas crujientes era tan intensa que apenas pudo articular su pregunta.
El Barón solo emitió un gruñido gutural y se desvaneció a través de una pared, dejando una estela de frío y desesperación.
La Dama Gorda, fuera de su marco, fue más locuaz pero igual de inútil.
“¿Myrtle?
¡Oh, querido, hay tantos fantasmas!
Y todos tan llorones…
No, no recuerdo a ninguna Myrtle.
¡Pero si ves a ese tal Sir Patrick, dile que todavía espero que me invite a su cacería!” Fue una tarea agotadora y frustrante.
Recorrió pasillos desiertos y aulas vacías, buscando los destellos plateados de los habitantes intangibles del castillo.
Cada encuentro era un callejón sin salida, un refuerzo a la sensación de que Myrtle era un fantasma entre fantasmas, completamente olvidada.
Hasta que dio con Nick Casi Decapitado.
Lo encontró en un patio interior, flotando melancólicamente cerca de un arriate de hierbas marchitas.
Nick, a diferencia de los otros, pareció animarse al ver a un estudiante que no huía de él.
“¡Ah, el joven Roberts!
De la casa de Slytherin, ¿verdad?” dijo Nick, haciendo una elaborada reverencia que hizo que su cabeza se balanceara peligrosamente sobre el fino hilo de piel que la sostenía.
“Un placer.
La mayoría de los estudiantes no suelen…
eh, frecuentarnos, aparte de para burlarse.” Gudao, con una paciencia que había aprendido de dealing con espíritus heroicos mucho más volátiles, asintió con la cabeza.
“Sir Nicholas, necesito su ayuda.
Busco a una estudiante que se convirtió en fantasma.
Se llama Myrtle.” La expresión de Nick se oscureció, o al menos, lo que podía oscurecerse en un rostro traslúcido.
“¿Myrtle?
¿Myrtle Warren?
Oh, sí…
la recuerdo.
Una tragedia, una verdadera tragedia.” Su voz se tornó sombría.
“Pobre alma.
Nunca superó su…
su condición.
Se pasa los días en el baño de niñas del segundo piso.
El de por el ala este.
Nadie lo usa ya, sabes.
Ella lo ha hecho…
insoportable.
Llora constantemente, tira de las cadenas, hace que los grifos exploten…
una pena, realmente.” El baño de niñas del segundo piso.
La pieza del rompecabezas encajó con un click casi audible en la mente de Gudao.
Era un lugar perfecto para esconder algo: un lugar evitado, lúgubre, con un fantasma llorón como guardián involuntario.
Un lugar, también, muy cerca de donde la Sra.
Norris había sido atacada.
“Gracias, Sir Nicholas,” dijo Gudao, con una genuina gratitud.
La información era oro puro.
“¿Planeas visitarla?” preguntó Nick, con un dejo de preocupación.
“No es…
la compañía más agradable, joven.
Y ten cuidado.
Los prefectos patrullan esa zona con más frecuencia desde el…
incidente.” Gudao asintió de nuevo, su mente ya trazando la ruta más rápida y discreta.
Se despidió del fantasma y se dirigió hacia el interior del castillo, sus sentidos en alerta máxima.
La caza había comenzado.
El anochecer caía sobre Hogwarts, tiñendo los pasillos de tonos anaranjados y púrpuras que pronto se convertirían en sombras profundas.
Gudao se movía como un susurro, aprovechando los nichos en los muros y los tapices que se mecían con las corrientes de aire.
Su respiración era controlada, sus pies no hacían ruido sobre la piedra.
El entrenamiento de Scáthach había sido implacable, y ahora cada lección cobraba un valor incalculable.
Al acercarse al baño del segundo piso, en el ala este, disminuyó la marcha.
La puerta estaba entreabierta, y de su interior provenía un sonido de llanto lastimero y constante.
Se acercó a la entrada, pegado a la pared, y se asomó con extrema cautela.
Y entonces, se detuvo en seco.
Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger estaban dentro del baño.
La escena era surrealista.
El lugar estaba húmedo y descuidado, con varios cubículos con puertas desvencijadas.
En uno de los lavabos, el fantasma de una niña con trenzas y gruesas gafas —Myrtle, sin duda— flotaba sobre el agua, sollozando desconsoladamente.
Pero no eran sus lamentos lo que captó la atención de Gudao, sino la tensión palpable entre los tres Gryffindors.
Harry y Ron parecían estar en medio de una acalorada discusión muda, gesticulando con frustración hacia Hermione, quien, con los brazos cruzados y una expresión terca, les estaba susurrando algo con vehemencia.
Gudao no podía oír las palabras, pero el lenguaje corporal era elocuente: Hermione estaba defendiendo una postura con la que sus amigos no estaban de acuerdo.
Por un instante, su mente volvió a la discusión que había presenciado de lejos en la sala común de Gryffindor después del ataque.
¿Estarían discutiendo sobre él?
¿O habrían llegado a la misma conclusión que él y también estaban investigando?
Se hundió más en las sombras del pasillo, su silueta fundiéndose con la penumbra.
Su corazón, que había estado latiendo con calma, aceleró su ritmo.
Esto era un contratiempo imprevisto.
No podía arriesgarse a ser visto.
Si Potter y sus amigos lo encontraban allí, merodeando cerca del escondite de Myrtle justo después de un ataque, cualquier duda residual sobre su culpabilidad se evaporaría.
Sería la confirmación que estaban buscando.
Los minutos se arrastraron con una lentitud agonizante.
Gudao se convirtió en una estatua, observando desde su escondite.
Veía cómo Hermione señalaba algo en el suelo, cerca de uno de los lavabos.
Veía cómo Harry se frotaba la cicatriz con gesto de fastidio, una acción que Gudao había notado antes y que siempre parecía preceder a un momento de dolor o peligro.
Veía a Ron, pálido y nervioso, mirando hacia la puerta como esperando que aparecieran Filch o Snape en cualquier momento.
Eran buenos, se dio cuenta con una punzada de respeto profesional.
No eran soldados entrenados, pero tenen instinto y determinación.
Estaban en el camino correcto, siguiendo el mismo rastro de migajas que él.
Pero su presencia aquí, ahora, era un obstáculo monumental.
El tiempo pasaba y la luz fuera de las altas ventanas se volvía de un azul oscuro.
Pronto comenzarían las patrullas de los prefectos.
Gudao podía casi sentir el reloj avanzar en su nuca.
Cada segundo que esos tres permanecían en el baño era un segundo menos para él, un riesgo mayor de ser descubierto.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la discusión interna pareció llegar a un punto muerto.
Hermione, con un último gesto de frustración, salió del baño seguida por un Ron rezongón y un Harry que lanzaba una última mirada pensativa al lavabo donde Myrtle flotaba.
Gudao se apretó contra la pared, conteniendo la respiración, mientras el trío pasaba a solo unos metros de él, tan absortos en su propia tensión que no notaron la figura inmóvil en la oscuridad del nicho.
Esperó hasta que sus pasos se desvanecieron en la distancia.
El pasillo quedó en silencio, solo roto por los hipidos amortiguados de Myrtle desde el interior del baño.
Era su oportunidad.
Se deslizó hacia la entrada del baño, su mano en el pomo de la puerta…
pero se detuvo.
Desde dentro, el llanto de Myrtle se intensificó, convertido en un alaricho agudo y desgarrador.
“¡¿Otra vez?!
¿No puedo tener un momento de paz ni siquiera muerta?
¡Lárgate!
¡Lárgate!” No estaba sola.
Alguien más había entrado, o quizás era el eco de su propia frustración la que provocaba el arrebato del fantasma.
No importaba.
El elemento sorpresa se había perdido.
Acercarse a Myrtle ahora, con ella en ese estado, sería inútil.
Era como intentar interrogar a un Berserker en plena furia; no se obtendría más que gritos y confusión.
Además, el sonido podía atraer a cualquiera que pasara por el corredor.
El riesgo era demasiado alto.
Con un juramento mudo que habría hecho sonrojar a alguno de sus Sirvientes más groseros, Gudao retrocedió.
Había perdido.
Había seguido la pista, había encontrado el lugar, pero el tiempo y la desconfianza se habían aliado en su contra.
Esa noche, el avance sería para Potter y sus amigos, quienes, sin saberlo, habían bloqueado su camino.
Se volvió y comenzó el largo y solitario regreso a las mazmorras de Slytherin.
Cada paso era pesado, cargado de la amarga certeza de que la próxima víctima podría aparecer en cualquier momento, y que él, a pesar de todo su poder y conocimiento, no había podido dar un solo paso efectivo para evitarlo.
La atmósfera de misterio y tensión se cerraba a su alrededor, más espesa que la niebla del lago.
El detective se había topado con su primer muro, y en la oscuridad del castillo, el reloj seguía su cuenta regresiva hacia la siguiente tragedia.
La frustración era un veneno familiar para Hudao Roberts.
Había saboreado su amargura en las llanuras desoladas de Camelot, cuando los Caballeros de la Mesa Redonda se alzaban como fortalezas inexpugnables.
La había sentido en los confines del Templo del Tiempo, frente a la indiferencia cósmica de Goetia.
Y ahora, se infiltraba en sus venas una vez más, gota a gota, en los pasillos aparentemente seguros de Hogwarts.
Durante tres días, el baño de niñas del segundo piso se convirtió en una fortaleza inaccesible.
No por encantamientos poderosos o bestias guardianas, sino por la presencia constante e imprevista de Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger.
Gudao, convertido en una sombra paciente, los observaba desde las grietas de la realidad, desde los pliegues de sombras que su entrenamiento le permitía explotar.
Los veía entrar, a veces con prisa, a veces con cautela, siempre con esa aura de conspiración que los delataba.
Desde su escondite, en un nicho tras una armadura oxidada en el pasillo contiguo, Gudao era un espectro no muerto, un voyeur de una investigación paralela.
Aprendió sus patrones: Hermione, siempre con un libro o un pergamino, era la mente; Harry, con la cicatriz a menudo fruncida, el instinto; Ron, los nervios y la lealtad inquebrantable.
Eran un equipo, torpe pero determinado, y su obstinación era un muro de ladrillos para sus propios planes.
Una tarde, arriesgándose más de lo que era prudente, se acercó lo suficiente para oír fragmentos de su conversación, palabras que flotaban desde la entreabierta puerta del baño junto con el sonido del llanto de Myrtle.
“…
tiene que ser aquí, Harry.
El lugar del…
del primer incidente…” era la voz de Hermione, urgente.
“Pero no encontramos nada,” replicaba Ron, su tono quejumbroso.
“Solo tuberías viejas y un fantasma llorón.” “¡No solo eso!
El agua…
fíjense en el agua que nunca para de fluir en ese lavabo…” Gudao apretó los dientes.
Estaban más cerca de lo que él creía.
Ellos también habían conectado el lugar con el ataque.
Su presencia no era casual; estaban siguiendo el mismo rastro, con menos información pero con una libertad de movimiento que a él le era negada.
Si entraba ahora, no solo sería el sospechoso Heredero, sino un acosador, alguien que espiaba a los “investigadores rivales”.
La situación era tan absurda como peligrosa.
La paciencia, una virtud forjada en la espera interminable entre singularidades, comenzó a agotarse.
No podía permitirse el lujo de esperar a que el trío de Gryffindor se cansara.
Cada hora que pasaba era una oportunidad para que el verdadero Heredero atacara de nuevo.
Su “radar de peligro”, una brújula interna grabada con cicatrices invisibles, no cesaba de vibrar con una frecuencia baja y constante, como el latido de un corazón monstruoso en las entrañas del castillo.
Abandonar el baño del segundo piso como único punto de acceso fue una decisión táctica.
Si no podía llegar a Myrtle en su guarida principal, tal vez pudiera interceptarla en otro lugar.
Comenzó a frecuentar otros baños, especialmente los de las mazmorras y las plantas inferiores, donde la humedad y el olvido eran aún más profundos.
Preguntó a espíritus menores, a elfos domésticos que se desvanecían antes de que pudiera formular la pregunta completa, e incluso a los retratos de brujas y magos de rostros severos que colgaban en pasillos desiertos.
Las respuestas fueron variaciones de un mismo tema: Myrtle rara vez abandonaba su baño.
Era su tumba, su santuario y su prisión.
Otros baños la veían ocasionalmente, de paso, siempre lloriqueando por la injusticia de su muerte, pero su lugar favorito, el único donde se sentía con el derecho de ser completamente miserable, era el del segundo piso.
“Allí fue donde todo terminó para ella,” murmuró una bruja de un retrato cerca de las cocinas, ajustando sus gafas de oro.
“Los muertos, querido niño, somos criaturas de hábitos.
Nos aferramos a los lugares donde nuestros hilos se cortaron.” Esa frase resonó en Gudao.
“Donde nuestros hilos se cortaron.” Myrtle no solo había muerto en ese baño; su existencia entera, su historia, se había truncado allí.
Para entender al monstruo, necesitaba entender a la víctima.
Y para entender a la víctima, necesitaba entender su muerte.
Pero los archivos de la escuela eran inaccesibles para un estudiante de segundo año, y preguntar abiertamente levantaría sospechas insalvables.
Solo quedaba una fuente de conocimiento que podía tener las piezas del rompecabezas y, quizás, la voluntad de compartirlas: Albus Dumbledore.
La decisión no se tomó a la ligera.
Acercarse a Dumbledore era un movimiento de alto riesgo.
El director había hurgado en sus recuerdos, había visto el infierno de Grand Order.
Sabía que Gudao no era un niño normal.
¿Pero eso lo haría más propenso a ayudarlo, o a verlo como una variable incontrolable, un arma que podía volverse en su contra?
Dumbledore era un estratega, un hombre que jugaba al ajedrez con las vidas de las personas.
Gudao lo había reconocido al instante; era el tipo de líder que, en Chaldea, a veces tenía que tomar decisiones desgarradoras por un bien mayor.
Sin embargo, la necesidad superaba a la cautela.
La próxima víctima podría ser un estudiante, no un gato.
No podía vivir con esa sangre en sus manos, ni siquiera de forma indirecta.
La búsqueda del director se convirtió en una nueva cacería.
Dumbledore era un fantasma de hábitos aún más escurridizos que Myrtle.
No estaba en su despacho, ni en el Gran Salón, ni en la sala de los menesteres (que Gudao comprobó rápidamente).
Preguntar a otros profesores estaba fuera de discusión.
Finalmente, después de horas de búsqueda metódica, una pista de uno de los fantasmas menores lo llevó a una de las torres más altas del castillo, una utilizada raramente, donde se decía que Dumbledore a veces paseaba para “ordenar sus pensamientos”.
La torre estaba en silencio, solo rota por el viento que silbaba a través de las almenas.
Y allí estaba, de pie frente a una ventana abierta que daba a los oscuros terrenos del castillo, la figura alta y delgada de Albus Dumbledore.
Su larga túnica azul oscuro se mecía suavemente con la brisa nocturna, y su barba plateada parecía absorber la tenue luz de las estrellas.
No se volvió cuando Gudao se acercó, pero su voz, tranquila y serena, llenó el espacio entre ellos.
“Buenas noches, Gudao,” dijo Dumbledore, como si hubiera estado esperándolo.
“El aire de la torre es particularmente claro esta noche.
Ayuda a despejar la niebla de las preocupaciones, aunque sea solo por un momento.” Gudao se detuvo a unos pasos de distancia, sintiendo el peso de la mirada del director aunque este no lo mirara.
“Profesor,” comenzó, eligiendo sus palabras con la precisión de quien desactiva una trampa.
“Necesito información.” Dumbledore finalmente se giró.
Sus ojos azul claro, brillantes y penetrantes, se posaron en Gudao.
No había sorpresa en ellos, solo una curiosidad profunda y una tristeza antigua.
“La información es una moneda de doble filo, Gudao.
Puede iluminar el camino o puede cortar las manos de quien la sostiene.
¿Estás seguro de querer pagar su precio?” “El precio de la ignorancia es más alto, profesor,” respondió Gudao, manteniendo la mirada.
“Ya estamos pagándolo.” Un leve asentimiento de Dumbledore.
“Hablas con la voz de la experiencia.
Muy bien.
Pregunta.” “Myrtle.
La fantasma del baño del segundo piso.
¿Qué le pasó?” Dumbledore suspiró, una exhalación que parecía cargada con el peso de décadas.
“Myrtle Warren.
Una estudiante de Ravenclaw.
Murió hace cincuenta años.
Fue un suceso…
trágico y repentino.
La encontraron en ese baño.
Nadie supo la causa exacta, solo que fue instantánea.” Sus ojos se perdieron en la distancia, como si pudiera ver la escena a través de las paredes del tiempo.
“Fue en una época de gran tensión en el castillo.
Corrían rumores, acusaciones…
se decía que la legendaria Cámara de los Secretos había sido abierta.” Gudao no se inmutó exteriormente, pero por dentro, las piezas comenzaban a encajar.
Cincuenta años.
La primera apertura.
Myrtle fue la víctima mortal.
No una petrificación, sino la muerte.
El monstruo no solo paralizaba; mataba.
“¿Y no hubo…
sospechosos?” preguntó Gudao, intentando no parecer demasiado interesado.
“Hubo un acusado,” dijo Dumbledore, y su voz adquirió un tono ligeramente más oscuro.
“Un estudiante que, como tú, era…
un caso especial.
Rubeus Hagrid.” Hizo una pausa, dejando que el nombre resonara en el aire frío.
“Fue expulsado.
Pero yo, personalmente, siempre tuve mis dudas.
Hagrid tiene un corazón demasiado grande para albergar el tipo de maldad que requiere abrir esa Cámara.” Dumbledore miró directamente a Gudao entonces, y fue como si esos ojos azules pudieran ver a través de la fachada del estudiante de Slytherin y llegar hasta el núcleo de Ritsuka Fujimaru.
“A veces, Gudao, las respuestas no están en los libros de historia o en los testimonios oficiales.
A veces, yacen en la memoria de aquellos a quienes la historia ha juzgado injustamente.
Hagrid ama a las criaturas, todas ellas, por más peligrosas que sean.
Ese amor le ha traído problemas, pero también le ha dado un conocimiento único.” El mensaje era claro, entregado con la elegancia de quien guía sin ordenar.
Dumbledore no le estaba dando la respuesta; le estaba dando la siguiente pista.
Y, de manera crucial, le estaba diciendo que confiaba en su criterio para seguirla, o al menos, que estaba dispuesto a observarlo mientras lo hacía.
“Gracias, profesor,” dijo Gudao, con una genuina gratitud.
No era una respuesta completa, pero era un mapa.
Un mapa que apuntaba directamente a la cabaña de Hagrid, en el límite del Bosque Prohibido.
“Ten cuidado, Gudao,” dijo Dumbledore, volviendo a mirar por la ventana, despidiéndolo sin palabras.
“Los pasillos de la historia a menudo repiten sus ecos.
Y algunos ecos son más mortales que los originales.” Gudao se retiró, descendiendo por la escalera de caracol de la torre con la mente bullendo.
Myrtle fue asesinada.
La Cámara se abrió hace cincuenta años.
Hagrid fue acusado, pero Dumbledore duda.
Era un camino a seguir, una dirección clara después de días de callejones sin salida.
Sin embargo, al llegar a los pasillos principales, una mirada por la ventana más cercana le confirmó lo que ya sabía: la noche había caído por completo.
El cielo era un manto de terciopelo negro tachonado de estrellas frías.
Las antorchas del castillo ardían bajas, y las sombras se alargaban, vivas y amenazantes.
El toque de queda estaba en efecto, y los prefectos patrullaban con renovado celo después del ataque a la Sra.
Norris.
Ir a la cabaña de Hagrid ahora sería una locura.
Cruzar los terrenos a oscuras no era el problema; evadir a los profesores y posiblemente a la criatura sí lo era.
Además, presentarse en la puerta de Hagrid a altas horas de la noche con preguntas sobre un asesinato de hace cincuenta años no era exactamente la forma de ganarse la confianza del guardabosques.
La frustración regresó, pero esta vez estaba templada por un propósito renovado.
Tenía un plan.
Un camino a seguir.
La esperanza, esa tenue llama que había mantenido encendida a través de incontables apocalipsis, parpadeó débilmente en su pecho.
Al regresar a la fría sala común de Slytherin, ignoró las miradas suspicaces y los murmullos que lo seguían.
Se dirigió directamente a su dormitorio y a su cama, cuyas runas protectoras emanaban un leve y reconfortante zumbido.
Mientras se acomodaba, su mente ya estaba trazando la ruta hacia la cabaña de Hagrid para el día siguiente.
Sabía que Potter y sus amigos probablemente llegarían a la misma conclusión, o quizás ya lo habían hecho.
Era una carrera contra el tiempo y contra sus propios compañeros de escuela.
El misterio se profundizaba, las capas de la historia se desplegaban ante él.
Pero por primera vez en días, Gudao Roberts no se sentía como un espectador impotente.
Se sentía como lo que era: un Maestro de Chaldea, un solucionador de singularidades.
Y mañana, la cacería comenzaría de nuevo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com