Fate of Magic - Capítulo 23
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Capítulo 23: Revelacion
La torre donde había conversado con Dumbledore parecía existir en una burbuja atemporal, pero al descender por la escalera de caracol y reintegrarse a los pasillos principales de Hogwarts, Gudao Roberts fue golpeado de lleno por la cruda realidad. La decisión del director de mencionar a Hagrid no era un simple comentario; era una flecha lanzada directamente hacia el siguiente eslabón de la cadena. Gudao lo entendió perfectamente. Dumbledore, en su infinita sabiduría y su estilo indirecto, le estaba pasando la antorcha. Si Hagrid sabía algo, por mínimo que fuera, debía ser interrogado. No había tiempo que perder.
El camino hacia la cabaña del guardabosques requería salir del castillo y cruzar una parte de los terrenos. Mientras se dirigía a la entrada principal, su mente repasaba la información: cincuenta años atrás, una muerte, una acusación falsa, un monstruo real pero incorrectamente identificado. Era un patrón clásico de distracción y encubrimiento. Alguien, ese Tom Riddle, había utilizado a Hagrid como cortina de humo. La eficacia de la maniobra era, en sí misma, un testimonio de la astucia del verdadero culpable.
Sin embargo, el universo, o el destino, o la maldita tendencia de la realidad a complicarse en su presencia, tenía otros planes. Mientras se aproximaba a las grandes puertas de roble, algo en el suelo, al borde de la grava del camino, captó su atención. No era un movimiento errático, sino una fluidez demasiado ordenada, demasiado purposeful para ser natural.
Se detuvo, aguzando la vista. Era una procesión de arañas. No solo unas cuantas, sino decenas, quizás cientos, moviéndose en una fila perfecta y constante. No corrían, pero su avance tenía una urgencia silenciosa y colectiva que resultaba inquietante. Eran de un tamaño considerable, del tipo que podría haber hecho gritar a la mayoría de los estudiantes, y se dirigían con determinación hacia el Bosque Prohibido. Su marcha era tan metódica que parecían soldados respondiendo a una llamada de retirada.
El instinto de Gudao, ese sexto sentido forjado en mil batallas, se puso en alerta máxima. Esto no era normal. Los animales, incluso los mágicos, no se comportaban así a menos que algo los estuviera aterrorizando. Algo que las arañas, criaturas antiguas y a menudo conectadas con profecías y augurios en muchas culturas, pudieran percibir con mayor claridad que los humanos.
Se agachó, intentando seguir visualmente la hilera hacia su punto de origen, esperando encontrar una pista. Pero en el momento en que se inclinó, la procesión se alteró. Las arañas en los extremos de la fila parecieron agitarse, y el ritmo ordenado se quebró por un momento de pánico visible. No huían de él, se dio cuenta, sino de algo que su proximidad parecía representar. Era como si al acercarse, él trajera consigo el eco de la misma amenaza de la que ellas escapaban.
Y entonces, la oyó.
No era un susurro lejano y difuso esta vez. La voz surgió del aire mismo, fría, húmeda y cargada de una intención letal que le erizó el vello de la nuca. Estaba justo allí, a sus espaldas, o quizás a su lado, o quizás en todas partes a la vez.
“Matar…”
El susurro fue claro, sibilante, y tan cercano que Gudao pudo casi sentir el aliento helado de la serpiente imaginaria que lo pronunciaba. No era solo una palabra; era una promesa, un deseo visceral dirigido hacia algo, o alguien, muy próximo.
“…huele a miedo… a sangre vieja… matar…”
Gudao se incorporó de golpe, palideciendo. Su corazón, por un instante, se detuvo en su pecho. No era miedo lo que sentía, sino una alarma fría y profesional. Esta era la proximidad más clara que había tenido con la entidad. No era una sombra vaga; era una presencia activa, cazando, y estaba peligrosamente cerca. Su radar de peligro gritaba en su mente, señalando una amenaza inminente de alto nivel. No podía quedarse allí, convirtiéndose en el próximo objetivo o, peor, en el testigo incómodo de un nuevo ataque.
Sin perder un segundo más, abandonó su observación de las arañas. Su misión a la cabaña de Hagrid adquirió una nueva urgencia. Ya no era solo seguir una pista; era poner distancia entre el castillo —y la criatura que merodeaba en sus entrañas— y él mismo, al menos por un tiempo. Cruzó los terrenos a un paso rápido pero controlado, sus sentidos expandidos al máximo, escaneando cada arbusto, cada sombra, esperando ver un par de ojos amarillos o la forma deslizante de algo antiguo y mortal.
La cabaña de Hagrid era un refugio de rusticidad en el límite del bosque. Gudao llamó a la puerta con firmeza, su mente aún resonando con el eco del siseo asesino.
La puerta se abrió para revelar la figura monumental de Rubeus Hagrid. El guardabosques lo miró con una curiosidad inicial que se transformó rápidamente en una cautela visible cuando su mirada se posó en la insignia de Slytherin en la túnica de Gudao. Sus ojos, normalmente bondadosos, se estrecharon un poco.
“¿Sí?” dijo Hagrid, su voz un tanto más áspera de lo habitual. “¿En qué te puedo ayudar, muchacho?” El prejuicio no era malicioso, pero sí instantáneo. Un Slytherin en su puerta, justo después de que se reabriera la Cámara, no era una coincidencia que pasara desapercibida.
Gudao, internamente, maldijo por enésima vez la decisión del Sombrero Seleccionador. La desconfianza inicial era un obstáculo que no necesitaba. “Señor Hagrid,” comenzó, manteniendo un tono respetuoso y neutral, “mi nombre es Gudao Roberts. El profesor Dumbledore sugirió que podría hablar con usted.”
Mencionar a Dumbledore tuvo el efecto esperado. La expresión de Hagrid se suavizó ligeramente, aunque la desconfianza no desapareció del todo. “¿Ah, sí? ¿Y por qué querría Albus que hablaras conmigo?”
“Es sobre… la Cámara de los Secretos,” dijo Gudao, sin rodeos. Sabía que con alguien como Hagrid, la directividad era mejor que la sutileza.
La reacción fue inmediata. El rostro de Hagrid se ensombreció y su cuerpo se tensó. “¿Eh? ¿Y por qué un Slytherin querría saber sobre eso? ¿Venís a burlaros? ¿A acusarme otra vez?” Su voz tembló con una mezcla de ira y dolor antiguo.
Gudao no retrocedió. “No, señor. No estoy aquí para acusarlo. Al contrario. El profesor Dumbledore me dijo que usted fue acusado falsamente. Yo… necesito entender qué pasó. Creo que lo que sucedió hace cincuenta años está sucediendo otra vez, y necesito detenerlo.”
Había una sinceridad en su voz, una urgencia que trasciendía las divisiones de las casas. Gudao no estaba actuando; la imagen de las arañas huyendo y el susurro aterradoramente cercano still estaban frescos en su mente.
Hagrid lo miró fijamente, sus pequeños ojos escudriñando el rostro impasible de Gudao. Parecía estar buscando un rastro de burla o malicia. Lo que encontró fue una determinación fría y una seriedad que parecían demasiado adultas para un niño de doce años.
“Albus te dijo eso, ¿eh?” murmuró Hagrid, su resistencia comenzando a ceder. Suspiró, un sonido profundo y pesado. “Bueno, está bien. Entrá, pero rápido. No quiero dar que hablar.”
Dentro, la cabaña era acogedora pero caótica. Gudao se sentó en una silla de madera grande, mientras Hagrid se acomodaba frente a él, tomando una tetera para servir dos tazas de un té negrísimo.
“Disculpe la pregunta, señor Hagrid,” dijo Gudao, tomando la taza con ambas manos, “pero necesito preguntárselo directamente para tenerlo claro. ¿Abrió usted la Cámara de los Secretos hace cincuenta años?”
Hagrid dejó escapar un bufido, pero no de enojo, sino de amarga resignación. “¡Claro que no! ¡Jamás! Yo… yo solo tenía una mascota. Una criatura preciosa. Una Acromántula. A Aragog lo crié desde un huevo.” Su voz se suavizó al mencionar el nombre. “Era secreto, claro. Pero entonces… entonces empezaron los ataques. Y Myrtle… pobre niña…” Tragó saliva, su rostro se llenó de tristeza.
“¿Y cómo lo relacionaron a usted con la Cámara?” preguntó Gudao, su voz suave pero persistente.
“Fue ese Riddle,” dijo Hagrid, y el nombre salió de sus labios con un dejo de veneno. “Tom Riddle. Era el prefecto de Slytherin. Un chico demasiado inteligente para su propio bien, siempre tan educado… pero había algo en él, algo frío. Él fue quien le dijo a los profesores que yo tenía una ‘bestia asesina’. Mostró… bueno, mostró que Aragog podía ser peligroso. Dijeron que mi Acromántula era el monstruo de Slytherin. ¡Pero eso es una tontería! Las Acromántulas no petrifican gente, ¡la muerden! Y Aragog nunca le habría hecho daño a nadie si no se lo ordenaba.” Se detuvo, dándose cuenta de que había dicho demasiado. “Bueno, eso creo.”
Gudao asintió lentamente, procesando la información. La pieza encajaba perfectamente. Un chivo expiatorio conveniente, un monstruo real pero incorrecto, y un estudiante ejemplar que manipuló la situación para salir impune y, aparentemente, cerrar el caso. Demasiado limpio. Demasiado perfecto.
“¿Tom Riddle?” repitió Gudao, grabando el nombre en su memoria. “¿Qué pasó con él después?”
“Recibió un medalla especial por servicios a la escuela,” dijo Hagrid con amargura. “Y a mí me expulsaron. Me partieron la varita y todo. Solo Albus se mantuvo firme. Dijo que no creía que yo fuera capaz. Fue él quien me convenció de quedarme como guardabosques.” La gratitud hacia Dumbledore era palpable en su voz.
Gudao miró a Hagrid, a este hombre grande y gentil cuyo mayor crimen había sido amar a una criatura inapropiada, y sintió una punzada de empatía. Era otra vida arruinada por la maquinación de otro. Otro daño colateral en una guerra que nadie más parecía estar librando.
“Señor Hagrid,” dijo Gudao, con una sinceridad inusual. “Lamento mucho lo que le pasó. Y le agradezco que me haya contado esto. Es más importante de lo que cree.”
Hagrid lo miró, y por primera vez, la desconfianza en sus ojos se disipó por completo, reemplazada por una curiosidad genuina. “¿Por qué te importa tanto, muchacho? La mayoría de los de tu casa… bueno, no suelen preocuparse por los que son… diferentes.”
Gudao esbozó un leve y amargo smile. “Yo también soy ‘diferente’, señor Hagrid. Y he visto lo que pasa cuando la gente señala a otros sin entender la verdad. No quiero que eso vuelva a suceder.”
Sus palabras, simples pero cargadas de una experiencia que Hagrid no podía ni imaginar, conmovieron al guardabosques. “Bueno,” dijo Hagrid, sonando un poco emocionado. “Eso es… eso es muy maduro de tu parte, Gudao. Si querés, podés volver otro día. Podemos tomar otra taza de té. Sin preguntas tan difíciles,” añadió con un intento de sonrisa.
Gudao asintió. “Me gustaría eso. Gracias, señor Hagrid.” Se levantó y se dirigió a la puerta.
Al salir de la cabaña, el aire fresco de la tarde lo recibió, pero la paz que había encontrado dentro era fugaz. La nueva pista ardía en su mente: Tom Riddle. El prefecto ejemplar de Slytherin que había manipulado los eventos para su beneficio y había enmarcado a Hagrid. Un nombre. Un punto de partida concreto.
Mientras regresaba al castillo, su paso era más decidido. La niebla de la incertidumbre comenzaba a disiparse. Sabía que el monstruo no era una Acromántula. Sabía que el verdadero culpable de la primera apertura había sido Riddle. Y si la Cámara se había abierto de nuevo, era lógico pensar que el heredero actual estaba siguiendo los pasos de su predecesor, o que el mismo Riddle, de alguna manera, estaba involucrado.
La investigación había dado un giro crucial. Ya no se trataba de perseguir susurros y leyendas. Se trataba de desentrañar la historia de un hombre, un mago oscuro en ciernes cuyo legado de maldad aún resonaba en los muros de Hogwarts. Y Gudao Roberts, con la tenacidad de un maestro de Chaldea y la determinación de un sobreviviente, estaba listo para seguir el rastro hasta su mismo origen. La cacería de Tom Riddle había comenzado.
La conversación con Hagrid había sido un punto de inflexión. La niebla de rumores y leyendas que rodeaba la Cámara de los Secretos comenzaba a disiparse, reemplazada por el perfil nítido y siniestro de un individuo: Tom Riddle. Para Hudao Roberts, cuyo mundo anterior había estado poblado por enemigos de escala cósmica, la idea de un villano humano, por más brillante que fuera, era casi un alivio. Los humanos, al fin y al cabo, tenían patrones, egos y, sobre todo, historias que podían ser rastreadas.
De vuelta en la fría quietud de las mazmorras de Slytherin, Gudao se sentó en el borde de su cama, las runas protectoras emanando un zumbido apenas perceptible que calmaba sus nervios. Cerrando los ojos, repasó mentalmente cada dato, cada palabra, como si estuviera analizando el patrón de una Singularidad antes de lanzarse a su resolución.
Dumbledore: Myrtle murió hace 50 años. La Cámara se abrió entonces. Dudas sobre la culpabilidad de Hagrid.
Hagrid: Acusado falsamente por Tom Riddle, prefecto de Slytherin. Astuto, frío, ejemplar. Utilizó a una Acromántula como cortina de humo. Recibió una medalla por servicios a la escuela.
Las piezas encajaban con una precisión que resultaba obscena. Riddle no era solo un estudiante aplicado; era un estratega. Había identificado un chivo expiatorio perfecto en Hagrid, un muchacho grande y torpe con un amor poco convencional por las criaturas peligrosas. Había orquestado la caída de Hagrid, eliminando al monstruo real de la ecuación y, al mismo tiempo, saliendo él mismo como un héroe. Era un movimiento de una audacia y una falta de escrúpulos impresionantes. Gudao, que había lidiado con la elocuencia manipuladora de Lev Lainur y la astucia retorcida de los Dioses Demonio, reconoció instantáneamente el patrón de un maestro manipulador.
Pero toda estrategia, por perfecta que parezca, tiene un punto débil: el ego del estratega.
Riddle había aceptado una medalla. Había buscado reconocimiento. Eso significaba que, en algún lugar, su nombre estaba grabado. Sus logros, por muy falsos que fueran sus motivos, estaban registrados. Un hombre tan meticuloso, tan hambriento de estatus y legado, no se habría contentado con una mención vaga. Habría querido que su nombre perdurara.
La Sala de Trofeos. Era el lugar obvio. Filch, con su obsesión por el orden y los castigos, era su guardián. Un obstáculo, pero uno predecible. Gudao necesitaba un momento en el que el celador estuviera ocupado en otra parte, patrullando o acosando a otros estudiantes.
La oportunidad se presentó al día siguiente, durante la hora del almuerzo. El Gran Salón estaba lleno, el bullicio era ensordecedor. Gudao, fingiendo dirigirse hacia los baños, se desvió hacia el corredor donde se encontraba la Sala de Trofeos. Se detuvo frente a la puerta, escuchando. Nada. Un rápido vistazo confirmó que la habitación estaba vacía. Filch probablemente estaba disfrutando de su propia comida en su oficia, o acechando a algún estudiante descuidado en los pisos superiores.
Se deslizó dentro y cerró la puerta tras de sí sin hacer ruido. La sala era polvorienta y estaba silenciosa, iluminada por los destellos tenues de innumerables copas, medallas y escudos que adornaban vitrinas de cristal. El aire olía a cera y abandono. No había tiempo para admirar. Su misión era específica.
Comenzó a recorrer las vitrinas, sus ojos escaneando rápidamente las placas con nombres y fechas. Buscaba anything alrededor de hace cincuenta años. Premios por Servicios Speciales a la Escuela. Logros en Pociones, tal vez, o en Defensa Contra las Artes Oscuras. Su “Análisis Estructural”, aunque más efectivo en objetos físicos, agudizaba su percepción, permitiéndole descartar secciones enteras con un vistazo.
Y entonces, allí estaba. No era una copa grande ni llamativa, sino una medalla de oro discretamente montada en una base de terciopelo rojo dentro de una vitrina más pequeña. La placa debajo era simple, pero las palabras hicieron que su corazón diera un vuelco.
Tom Sorvolo Riddle
Por Servicios Speciales a la Escuela
*1943*
“Sorvolo”. El nombre resonó en su mente como un campanazo. No era un nombre común. Sonaba antiguo, casi noble, pero con un dejo de algo más… un aire de artificio. ¿Era un segundo nombre? ¿Un apellido compuesto? La mención de “Servicios Speciales” era la guinda del pastel. Esta era la medalla que Hagrid había mencionado. El premio por haber “cerrado” la Cámara, por haber expuesto al “culpable”.
Gudao memorizó el nombre completo. Tom Sorvolo Riddle. Ahora tenía una identidad concreta. Pero un nombre, sin contexto, era solo una palabra. Necesitaba genealogía. Necesitaba historia. Si Riddle era el Heredero de Slytherin, como todo parecía indicar, entonces su sangre debía remontarse al propio fundador. ¿Era “Sorvolo” una corrupción de “Slytherin”? No, no encajaba fonéticamente. ¿Era un apellido de una familia sagrada que se había mezclado con la línea de Slytherin?
La respuesta, si es que existía, estaría en la Biblioteca. En secciones de historia genealógica, en tomos sobre las familias fundadoras, en registros de hijos ilegítimos o líneas sanguíneas perdidas.
Salió de la Sala de Trofeos con la misma discreción con la que había entrado, sintiendo el peso del nombre recién descubierto como una llave pesada en su mente. Se dirigió directamente a la Biblioteca, ignorando las miradas de los pocos estudiantes que aún merodeaban por los pasillos.
La Biblioteca de Hogwarts era un vasto océano de conocimiento, y él necesitaba encontrar una gota específica. Se encaminó hacia la sección de Historia y Genealogía Mágica. Los estantes eran altos y polvorientos, llenos de tomos encuadernados en piel con títulos en dorado desvaído: “Las Líneas de Sangre Pura: Un Estudio”, “El árbol genealógico de los Peverell”, “Los Herederos Perdidos de los Fundadores”.
Pero justo cuando extendía la mano para tomar un volumen prometedor titulado “Los Descendientes de Salazar Slytherin: Mitos y Realidades”, la voz estricta de Madam Pince cortó el aire.
“¡La Biblioteca cierra en cinco minutos! ¡Todos los estudiantes, terminen sus trabajos y salgan! ¡Rápido!”
Gudao contuvo un juramento. Miró el libro, luego a la celadora, cuya mirada de halcón no dejaba lugar a dudas. No había tiempo. Forzar la situación solo atraería una atención no deseada. Con un suspiro interno de frustración, retiró la mano. La búsqueda tendría que esperar hasta el día siguiente.
La decepción era aguda. Estaba tan cerca. Tenía el nombre, tenía la dirección. Solo necesitaba el contexto histórico que uniría a Tom Sorvolo Riddle con Salazar Slytherin. Pero el universo, una vez más, parecía conspirar para ralentizar su avance.
Mientras se encaminaba de vuelta a las mazmorras, su mente no dejaba de trabajar. “Tom Sorvolo Riddle”. El nombre no le sonaba a ninguna de las familias puras prominentes que Malfoy y los demás mencionaban constantemente. Los Malfoy, los Lestrange, los Black… Riddle no estaba entre ellos. “Sorvolo” sonaba casi… muggle. Era una contradicción desconcertante. ¿Cómo podía un mestizo o incluso un muggle ser el Heredero de Slytherin? A menos que… a menos que “Riddle” fuera el nombre muggle y “Sorvolo” fuera el clave, el que escondía su linaje sagrado. O quizás había sido un hijo nacido fuera del matrimonio, ocultado, dado en adopción a una familia muggle.
Las posibilidades eran múltiples, y sin acceso a los libros, solo podía especular. La impotencia de tener la respuesta al alcance de la mano pero no poder agarrarla era maddening.
Su camino de regreso lo llevó a través de varios pasillos desiertos. La noche había caído sobre Hogwarts, y las antorchas proyectaban parches de luz danzante en la piedra fría. Iba absorto en sus pensamientos, tan ensimismado que casi pasa por alto a la pequeña figura de pelo rojo que se cruzó en su camino desde un corredor lateral.
Era Ginny Weasley. La hermana menor de Ron. Iba caminando con una determinación inusual, sus pasos eran mecánicos, casi rígidos. No llevaba libros, no parecía ir a ningún sitio en particular. Su mirada estaba fija al frente, vidriosa y ausente, como si estuviera en trance. En sus manos, apretado contra su pecho, llevaba un pequeño libro con la cubierta negra y gastada.
Gudao, cuyos sentidos estaban afinados para detectar anomalías, se detuvo un momento, observándola. Algo no cuadraba. La Ginny que él había visto ocasionalmente era tímida, se sonrojaba con facilidad y siempre parecía estar un paso detrás de sus hermanos mayores. Esta versión caminaba con una confianza fría y desapasionada que no le encajaba en absoluto. Era como ver a un titiritero manejando un muñeco torpemente.
Sus ojos se posaron en el libro. No podía ver bien el título, pero había algo en la forma en que lo agarraba, con una mezcla de posesividad y desprecio, que le resultó inquietante. Por un instante, una corazonada, un destello de su instinto de maestro, le gritó que ahí había una pieza del rompecabezas. ¿Un diario? ¿Un libro de texto prohibido?
Pero antes de que pudiera procesarlo por completo, Ginny giró en una esquina y desapareció de su vista, dirigiéndose, notó Gudao, hacia la escalera que llevaba al segundo piso. Al mismo lugar donde Myrtle había muerto. Al mismo lugar donde la Sra. Norris había sido atacada.
Una fría certeza se apoderó de él. Ella no iba allí por casualidad. Iba con un propósito. Y ese propósito, intuía con un nudo en el estómago, no era el suyo propio.
Permaneció en el pasillo, paralizado por la contradicción. Podía seguirlA, confrontarla, intentar arrebatarle ese libro… pero ¿con qué derecho? Era la hermana pequeña de Ron Weasley. Si la acosaba, sería la confirmación final para todos de que era el Heredero, acosando a una estudiante de primer año. Sería su palabra contra la de ella, y su palabra, como Slytherin y principal sospechoso, no valía nada.
Además, si ella estaba poseída o influenciada de alguna manera, alertarla podría hacer que el verdadero enemigo se escondiera más profundamente.
Con amarga frustración, Gudao vio cómo su única pista tangible se esfumaba en la oscuridad del castillo. Ginny Weasley, con su libro negro, era un agente de caos, un peón en el juego de Riddle, y él no podía hacer nada para detenerla en este momento sin arriesgarlo todo.
Finalmente, con el corazón pesado, reanudó su camino hacia las mazmorras. Esa noche, mientras se acostaba en su cama, el nombre “Tom Sorvolo Riddle” seguía ardiendo en su mente, pero ahora acompañado por la imagen fantasmal de Ginny Weasley y su mirada vacía. Sabía que estaba en lo cierto. Sabía que Riddle era la clave. Pero también sabía que el peligro no era solo una reliquia del pasado; estaba vivo, actuando en el presente, usando a una niña como instrumento.
El tiempo se estaba agotando. La próxima víctima no sería un gato. Y Gudao, a pesar de todo su conocimiento y poder, se sentía terriblemente, agónicamente, cerca… y a la vez, paralizadomente lejos. La partida seguía en juego, y las piezas se movían en la oscuridad, justo delante de sus ojos.
La noche en la cama de Slytherin no trajo consuelo a Gudao Roberts. El susurro sibilante, que antes era un eco distante en los pasillos, ahora parecía filtrarse a través de las mismas piedras de las mazmorras. No eran palabras claras, sino una sensación, una presencia viscosa y antigua que se cernía en los límites de su conciencia, como el zumbido de un insecto gigante al otro lado de una delgada pared. Ya no se sentía como el cazador, sino como la presa acorralada. Su instinto, forjado en mil batallas donde un error de percepción significaba la muerte, le gritaba que su guarida ya no era segura. Dormir allí era un riesgo que no podía permitirse. La criatura, o la maldición que la controlaba, estaba aprendiendo, adaptándose, y había localizado su escondite.
Con las primeras luces del amanecer filtrándose a través de las verdosas aguas del lago Negro, Gudao se levantó, su cuerpo alerta a pesar de las pocas horas de sueño inquieto. Su plan para el día era de una claridad militar: prioridad uno, descifrar el enigma de “Sorvolo”; prioridad dos, encontrar una nueva base operativa, un lugar donde pudiera descansar sin temor a ser petrificado en su cama.
Nada más salir de la relativa seguridad de la sala común y poner un pie en el frío pasillo de las mazmorras, la voz lo alcanzó. No era un susurro lejano esta vez. Era un siseo claro, húmedo, que parecía emanar de la propia humedad que rezumaba de las paredes.
“…sangre… fría… la piedra huele a miedo…”
Gudao se quedó paralizado, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. La voz no estaba en la pared; estaba en el pasillo. Cerca. Demasiado cerca. Era como si la entidad hubiera aprendido a navegar por los conductos más ocultos del castillo, llegando hasta las mismas entrañas de la casa de su fundador. Este no era un merodeo aleatorio. Esto era una intrusión deliberada. Una señal de que su tiempo se acababa.
Sin pensarlo dos veces, activó sus circuitos mágicos a un nivel bajo y constante, una técnica que había perfeccionado para mantener sus sentidos en un estado de hiperalerta sin consumir toda su energía. Potenció su oído, su vista, su olfato, buscando cualquier anomalía, cualquier rastro físico de la presencia. Pero no había nada. Solo el siseo, burlón y sediento, desvaneciéndose lentamente como si se retirara satisfecho de haber entregado su mensaje de terror.
Ese fue el empujón final. No podía volver a dormir aquí.
Después de un desayuno rápido y solitario en el Gran Salón, donde ignoró las miradas suspicaces de sus compañeros de Slytherin, se plantó frente a la gran puerta de la biblioteca mucho antes de que Madam Pince llegara para abrir. La espera fue tensa, cada minuto un recordatorio de la vulnerabilidad que sentía. Cuando la bibliotecaria apareció, con su rostro afilado y su aire de halcón custodio, no pudo ocultar una expresión de sorpresa al verlo allí.
“Roberts,” dijo, con una frialdad que rivalizaba con la de las mazmorras. “No hay clases hoy. ¿Tan aplicado eres?”
“Investigación personal, Madam Pince,” respondió Gudao con una voz neutra, manteniendo la mirada. “Para un… proyecto.”
Ella lo escrutó por un momento, sus ojos recorriendo su túnica de Slytherin como si pudiera detectar maldad en las fibras. Finalmente, resopló. “Está bien. Pero recuerda las reglas: no dañes los libros, no hagas ruido y no los saques de aquí sin mi permiso. Un rasguño, Roberts, y tendrás prohibida la entrada hasta tu graduación.”
Gudao asintió solemnemente. En el momento en que la puerta se abrió, se dirigió con paso firme hacia la sección de Genealogía e Historia Familiar. El estante que había vislumbrado el día anterior era tan polvoriento y olvidado como lo recordaba. Sacó el volumen más prometedor: “Linajes Puros de Gran Bretaña: Un Registro desde la Era de las Cacerías”.
Sentándose en una mesa aislada cerca de una ventana por donde entraba la pálida luz de la mañana, abrió el pesado tome. El olor a papel antiguo y cuero envejcido llenó sus pulmones. Comenzó su búsqueda metódica, sus ojos escaneando columnas interminables de nombres con una velocidad y precisión que habrían sorprendido a cualquiera. No leía cada entrada; su mente filtraba automáticamente lo irrelevante, buscando el patrón específico, la cadena de sonidos que formaban “Sorvolo”.
Las horas pasaron. El sol se elevó en el cielo, bañando la biblioteca en una luz dorada que no lograba disipar la sombra de urgencia que lo acompañaba. Pasó páginas y páginas de familias como los Black, los Malfoy, los Lestrange, sus historias de pureza y poder expuestas con orgullo. Nada. Comenzaba a sentir el peso de la decepción, a preguntarse si su corazonada estaba equivocada, cuando sus dedos, pasando una página particularmente gruesa, se detuvieron.
Allí, en un apartado más pequeño, casi como una nota al margen de la historia, estaba.
Gaunt, Sorvolo. El nombre destacaba por su rareza incluso entre los nombres mágicos. Los datos eran escasos, casi como si el propio libro se avergonzara de registrarlos. Era el patriarca de una rama familiar, señalado como un “descendiente directo por línea pura de Salazar Slytherin”. La entrada hablaba de su fanatismo por la pureza de la sangre, de su posesión de artefactos de Slytherin, y de su desprecio por el mundo mágico que, según él, se había corrompido. Pero lo más crucial estaba al final. La línea familiar se detenía bruscamente. Su hijo, Morfin Gaunt, y su hija, Merope Gaunt. Y después de Merope, nada. Nada más. Un callejón sin salida.
Gudao contuvo el aliento. Sorvolo Gaunt. Descendiente de Slytherin. El apellido “Sorvolo” no era un nombre de pila; era un nombre de familia, un legado. Y Tom lo había usado como segundo nombre. Tom Sorvolo Riddle. No era una coincidencia. Era una declaración. Una reivindicación de un linaje que creía suyo por derecho.
La emoción de la descubierta fue breve, reemplazada de inmediato por la siguiente pregunta lógica: ¿Y Riddle? Si los Gaunt eran la línea pura, ¿de dónde salía “Riddle”?
Con renovada determinación, volvió al índice, buscando frenéticamente “Riddle”. Pasó las páginas una y otra vez. Nada. No estaba en el registro de familias puras. Buscó en apéndices, en listas de familias mestizas recientemente registradas. Nada. El apellido “Riddle” no existía en el mundo mágico registrado.
Las piezas encajaban con una claridad aterradora. Solo había dos explicaciones. La primera, y más probable, era que “Riddle” fuera el apellido de un muggle. Tom era hijo de Merope Gaunt, la hija de Sorvolo, y de un muggle llamado Tom Riddle. Un mestizo. La ironía era tan amarga que Gudao casi pudo saborearla. El supuesto Heredero de Slytherin, el que despreciaba a los nacidos de muggles, era uno de ellos. Eso explicaba por qué no había registro de él en los libros de linajes puros; su nacimiento, fruto de una unión que su propia familia habría considerado una abominación, fue ocultado, borrado.
La segunda posibilidad, que el apellido Riddle fuera tan nuevo que no hubiera sido registrado, era ilógica. Tom había estado en Hogwarts hacía cincuenta años. Si los Riddle fueran una familia mágica, por nueva que fuera, habrían sido incluidos en los registros posteriores. Su ausencia era un testimonio elocuente de su origen no mágico.
Gudao se recostó en su silla, la mente bullendo. Tenía la confirmación. Tom Sorvolo Riddle era el Heredero. Un mestizo que odiaba su propia herencia muggle, que había reclamado el legado de su madre para erradicar a los que eran como su padre. Era un nivel de auto-odio y hipocresía que explicaba la profundidad de su maldad. También explicaba por qué había elegido a Hagrid como chivo expiatorio tan rápidamente. Riddle, el mestizo, había señalado a otro “inadecuado” para desviar las sospechas de sí mismo. Era un movimiento de pura proyección.
La solución estaba al alcance de la mano. Sabía quién era el enemigo. Sabía su motivación. Ahora necesitaba entender cómo estaba actuando desde el pasado. ¿Un fantasma? ¿Un encantamiento? ¿Algo más?
Fue en ese momento de triunfo lógico, de fría satisfacción detectivesca, cuando el ambiente en la biblioteca cambió.
El aire, que antes olía a polvo y tranquilidad, de repente se saturó de una esencia metálica, como la sangre seca, y de un frío que no tenía que ver con la temperatura. Gudao se puso rígido. No había oído ningún siseo, pero su radar de peligro estalló en su cráneo con una intensidad cegadora.
¡INMINENTE! ¡ALTA LETALIDAD!
No era la criatura en sí, sino la onda expansiva de su intención, un preludo de ataque que solo alguien con su experiencia en campos de muerte podía percibir.
“…sangre… quiero sangre…”
La voz no fue un susurro. Fue un pensamiento intrusivo, frío y claro, que se implantó directamente en su mente. Y venía de algún lugar muy, muy cercano. Tal vez justo al otro lado de la estantería. Tal vez deslizándose por el pasillo entre las mesas.
El sudor frío brotó en su frente y en la nuca. No podía quedarse allí. Era un espacio cerrado, una trampa. Si la criatura entraba en la biblioteca, o si su influencia lo alcanzaba, estaría perdido. No había espacio para esquivar, para luchar.
Con movimientos rápidos pero controlados para no hacer ruido, cerró el libro de linajes. Su corazón martillaba contra su caja torácica. Recogió sus cosas y se dirigió hacia el mostrador de Madam Pince, caminando con una calma que no sentía.
“¿Terminaste tan pronto?” preguntó ella, alzando una ceja con sospecha.
“Sí, Madam Pince. Encontré lo que necesitaba. Gracias,” dijo Gudao, con una voz que esperaba que sonara normal. Colocó el libro en el mostrero y, sin esperar una respuesta, giró y salió de la biblioteca con un paso que era apenas más lento que una carrera.
La sensación de peligro inminente no disminuyó hasta que hubo girado dos esquinas y puesto una considerable distancia entre él y la biblioteca. Se apoyó contra una fría pared de piedra, jadeando levemente, no por el esfuerzo físico, sino por la descarga de adrenalina. Había estado a segundos, lo sabía. Esa vez, la criatura no solo lo había localizado; había estado a punto de actuar.
Miró a su alrededor, al castillo que ahora se sentía como una gigantesca jaula llena de trampas. No podía regresar a las mazmorras. Necesitaba un lugar seguro, y lo necesitaba ya. Pero primero, necesitaba aire. Necesitaba espacio para pensar.
Cambiando de rumbo, se dirigió hacia la entrada principal y salió a los terrenos del castillo. La brisa fresca de la mañana le golpeó el rostro, limpiando el olor fantasmal de sangre y polvo de sus pulmones. Caminó sin un destino fijo, alejándose del castillo, hacia el lago o los invernaderos, cualquier lugar donde pudiera sentir que no había paredes que pudieran derramar susurros asesinos.
Mientras caminaba, su mente, ahora liberada del peligro inmediato, comenzó a procesar de nuevo la información. Tom Riddle. Gaunt. Mestizo. Heredero. Tenía el “quién” y el “por qué”. Pero el “cómo” seguía siendo un misterio tan grande como la criatura misma. Y, lo sabía con una certeza que le helaba el alma, Ginny Weasley y su libro negro eran la clave de ese “cómo”. La solución estaba cerca, sí, pero el peligro también se intensificaba. La partida había entrado en su fase final, y el enemigo ya no se contentaba con merodear. Ahora cazaba en serio.
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