Fate of Magic - Capítulo 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: Criatura 24: Criatura La brisa fresca que barrió los terrenos de Hogwarts no logró disipar el frío que se había instalado en el núcleo mismo de Gudao Roberts.
Había reflexionado durante lo que parecieron horas, sentado en una roca solitaria cerca del lago, observando las aguas oscuras e inquietas.
En su mente, un tablero de guerra se había desplegado, y las piezas finalmente comenzaban a alinearse en una formación reconocible, una formación aterradoramente familiar.
El culpable era Tom Sorvolo Riddle.
Un fantasma de odio y ambición, un mestizo que aborrecía su propia herencia hasta el punto de querer erradicar a todos los que la reflejaran.
La motivación era clara: una purga ideológica nacida de un auto-odio profundamente arraigado.
Gudao había visto fanatismos similares, aunque ninguno encarnado en un solo individuo de tan joven edad.
Riddle era una semilla de pura maldad que había echado raíces cincuenta años atrás y que ahora florecía en una nueva temporada de terror.
Pero el “cómo” seguía siendo un agujero negro en su estrategia.
¿Qué instrumento utilizaba Riddle?
¿Qué monstruo obedecía sus órdenes sibilantes?
Las pistas físicas eran escasas y deliberadamente crípticas, como si el mismo castillo se resistiera a revelar su secreto más mortífero.
Su mente, un archivo de bestiarios de innumerables singularidades, repasó la evidencia con fría precisión: Las Arañas: Su procesión ordenada y aterrorizada hacia el Bosque Prohibido.
No huían de cualquier cosa; huían de un depredador específico, uno que representaba una amenaza tan ancestral que su simple presencia las obligaba a un éxodo masivo.
Eso descartaba a la mayoría de los depredadores comunes.
Las arañas no huirían así de un troll o un hipogrifo.
Los Gallos: La muerte de los gallos de Hagrid no era un detalle menor.
Era un mensaje, una medida preventiva.
Algo que temía a los gallos.
En el bestiario de múltiples mundos, el canto de un gallo a menudo se asociaba con la purificación, con el amanecer, con la disipación de criaturas de la oscuridad.
Era un punto de datos crucial.
El Movimiento: La voz, el susurro asesino, se movía a través de las paredes.
No era teletransportación; era un movimiento físico a través de conductos.
Tuberías.
Desagües.
El sistema circulatorio oculto del castillo.
Eso implicaba un cuerpo largo, flexible, capaz de navegar por espacios confinados.
La Inmensidad: La sensación de peligro, la onda de puro poder que había sentido en la biblioteca, no provenía de algo pequeño.
Su instinto, calibrado contra enemigos como el Rey Dragón o los Gigantes de Hielo, le decía que se enfrentaba a algo masivo.
Algo que, a pesar de poder moverse por las tuberías, debía tener un tamaño colosal en su estado completo.
El Sonido: El leve, casi imperceptible sonido de escamas arrastrándose sobre piedra que había captado en el límite de su percepción cuando la criatura se retiró.
No eran alas, no eran patas.
Era el sonido de un reptil.
Un reptil de gran tamaño.
Con estas cinco pistas, el universo de posibles criaturas se redujo drásticamente.
No era un engendro amorfo, no era un espectro, no era una bestia alada.
Era un reptil.
Grande.
Temido por las arañas.
Que temía a los gallos.
Que podía moverse por las tuberías.
Una criatura que encajaba en este perfil no era común.
De hecho, en todos sus estudios en Chaldea y en los bestiarios de Da Vinci, solo un puñado de seres legendarios reunía estas características.
Y entre ellos, uno destacaba por su leyenda específicamente asociada a la magia, al veneno, y a una habilidad letal que iba más allá de los colmillos o la fuerza.
No podía volver a la biblioteca.
Era una trampa, y Madam Pince probablemente lo miraría con aún más suspicacia.
Necesitaba una fuente de conocimiento alternativa, una que tuviera una comprensión instintiva y práctica, no solo académica, de las criaturas mágicas.
Necesitaba a Rubeus Hagrid.
El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras.
La noche se acercaba, y con ella, la certeza de que no podía poner un pie en la sala común de Slytherin.
El basilisco —porque en su mente, esa era ya la principal hipótesis— había cazado demasiado cerca.
Su cama ya no era un refugio; era una tumba potencial.
Con un propósito renovado y una urgencia silenciosa, Gudao se dirigió a la cabaña de Hagrid.
El camino le pareció más largo que la vez anterior, cada sombra alargada era un recordatorio de la criatura que se deslizaba en la oscuridad.
Llamó a la puerta con firmeza.
La puerta se abrió de golpe, revelando a un Hagrid con los ojos muy abiertos y, para sorpresa y breve alarma de Gudao, una ballesta cargada y lista en sus manos.
“¿Quién va?!
¡Ah, eres tú, muchacho!” La tensión en el rostro de Hagrid se disipó inmediatamente, reemplazada por un alivio palpable.
Bajó la ballesta.
“Perdona, es que con lo de los gallos y todo…
Entra, entra, rápido.” Gudao entró, sintiendo el calor acogedor de la cabaña como un bálsamo.
El contraste con la fría amenaza del castillo era abismal.
“¿Ballesta, señor Hagrid?” preguntó Gudao, con un dejo de curiosidad.
“¡Por los gallos!” explicó Hagrid, con rabia.
“Algo o alguien los está matando.
Los encontré destrozados esta mañana.
Es la segunda vez esta semana.
¡Pobres criaturas!
Si agarro a quien sea…” Apretó los puños, su ira era genuina pero desenfocada.
Gudao asintió lentamente.
Otra pieza que encajaba.
“Lo lamento, señor Hagrid.” Hagrid meneó la cabeza, apenado, y se dedicó a preparar té y a cortar una rebanada de un pastel de rocas que había horneado.
Gudao aceptó ambos con una gratitud genuina.
El té estaba fuerte y amargo, y el pastel era tan denso que podría haberlo usado como proyectil, pero en ese momento, era la oferta de paz más valiosa que podía imaginar.
Pasaron un rato hablando de cosas triviales.
Hagrid le preguntó por sus clases, por cómo lo trataban en Slytherin (Gudao fue evasivo), y Gudao escuchó con atención educada las historias de Hagrid sobre el cuidado de los hipogrifos.
Pero su mente nunca se desvió del objetivo principal.
La oportunidad surgió cuando Hagrid, refiriéndose de nuevo a sus gallos, maldijo al “bicho cobarde” que los atacaba.
“Señor Hagrid,” comenzó Gudao, poniendo su taza sobre la mesa con un golpe suave pero deliberado.
“Usted conoce mejor que nadie las criaturas mágicas.
Necesito su ayuda para identificar algo.” Hagrid se enderezó, interesado.
“Claro, muchacho.
¿Qué tienes?” Gudao procedió a enumerar las pistas con la claridad de un oficial entregando un informe.
“He estado observando cosas.
Las arañas abandonan el castillo en masa, como si huyeran de algo específico.
Los gallos son asesinados, lo que sugiere que el depredador los ve como una amenaza.
El monstruo se mueve por las paredes, probablemente por las tuberías, así que es largo y flexible.
Por el sonido, creo que es un reptil, de escamas grandes.
Y por la…
sensación que deja, es enorme.
Muy antiguo y muy poderoso.” A medida que Gudao hablaba, la expresión de Hagrid cambió.
La curiosidad inicial se transformó en una concentración profunda.
Sus pequeños ojos se entrecerraron, y su enorme cabeza se inclinó.
Gudao podía casi ver el mecanismo mental funcionando: el vasto conocimiento práctico de Hagrid sobre criaturas se estaba filtrando, descartando opciones, buscando la que encajara en ese perfil peculiar y aterrador.
Los minutos pasaron en silencio, solo rotos por el crepitar del fuego.
Hagrid murmuraba para sí mismo, nombres de bestias surgiendo y siendo descartados en un susurro.
“Un Graphorn no…
muy grande, pero no entra en tuberías…
Un Jobberknoll…
no, eso es un pájaro…
Una Serpiente Arbórea del Congo…
venenosa, pero no tan grande…” Luego, de repente, se detuvo.
Todo su cuerpo se tensó.
El color se drenó de su rostro, dejando una palidez cetrina bajo su espesa barba.
Sus ojos se abrieron de par en par, y en ellos Gudao no vio solo reconocimiento, sino un miedo primigenio y profundo.
“Merlín’s beard…”, susurró Hagrid, su voz temblorosa.
“No…
no puede ser.” Gudao se inclinó hacia adelante, su propio corazón acelerándose.
“¿Sabe lo que es, señor Hagrid?” Hagrid lo miró, y fue la mirada más seria que Gudao le había visto.
“Gudao…
lo que describes…
solo una cosa se ajusta.
Y es la criatura más mortífera que puede existir dentro de un lugar como este.” Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad.
“Un Basilisco.” El nombre cayó entre ellos como una losa.
Gudao lo había sospechado, pero oírlo confirmado por un experto le heló la sangre.
“Un Basilisco,” repitió, su voz extrañamente calmada.
“¡Sí!” dijo Hagrid, su voz recuperando un poco de volumen, cargada de puro terror.
“El Rey de las Serpientes.
Se dice que nace de un huevo de gallina empollado por un sapo.
¡Mata con la mirada, Gudao!
¡Un vistazo directo y estás muerto!
¡Solo el reflejo te petrifica!
Sus colmillos son venenosos…
veneno de la muerte más rápida…
pueden vivir siglos, crecer docenas de pies de largo…
y solo un ofidioglota, alguien que hable pársel, puede controlarlo.” Cada palabra era un martillazo.
Mata con la mirada.
Veneno instantáneo.
Siglos de vida.
Controlado por pársel.
Todo encajaba.
Perfectamente.
Myrtle no había visto un par de ojos amarillos; había mirado directamente a los ojos del Basilisco y había muerto al instante.
La Sra.
Norris había visto el reflejo en el agua del charco y se había petrificado.
Las arañas huían del depredador supremo.
Los gallos eran asesinados porque su canto era mortal para la criatura.
Y Tom Riddle, descendiente de Slytherin, un ofidioglota, lo controlaba.
Gudao sintió que el mundo se nublaba a su alrededor.
No era el miedo lo que lo inundaba, sino una abrumadora sensación de…
pequeñez.
Había enfrentado a Tiamat, la Madre del Mar Primigenio, una deidad de escala planetaria.
Pero lo había hecho con Gilgamesh a su lado, con Merlin burlándose del enemigo, con Ishtar surcando los cielos, y con Mash protegiéndolo con su escudo, siempre con su escudo.
Ahora, enfrentaba a un enemigo que, aunque no alcanzaba la escala de un Dios Demonio, era una bestia de nivel de Sirviente, una criatura de leyenda pura, y estaba completamente solo.
No tenía un Lancelot para que cargara contra él, no tenía un Cuauhtémoc para que lo quemara, no tenía un Hércules para que lo aplastara.
Solo tenía su varita, su magia de circuitos y el entrenamiento de Scáthach.
Era Ritsuka Fujimaru contra el Rey de las Serpientes.
Y por primera vez desde que llegó a este mundo, sintió que las probabilidades eran abrumadoramente injustas.
“No puedo volver,” dijo Gudao en voz baja, casi para sí mismo.
Luego, alzó la mirada hacia Hagrid.
“Señor Hagrid, no puedo regresar al castillo.
No hasta que esa cosa sea eliminada.” Hagrid, todavía pálido, asintió con gravedad.
“Tienes razón, muchacho.
Es demasiado peligroso.
¡Debemos decírselo a Dumbledore!
Ahora mismo!” “Es de noche,” objetó Gudao, su mente volviendo al modo táctico, aferrándose a la lógica para no sucumbir al pánico.
“Y usted tiene sus rondas en el bosque.
Además…
necesito un lugar para quedarme.
Esta noche.
¿Puedo…
puedo quedarme aquí?
Le prometo que en la mañana, iré directamente con el profesor Dumbledore y le contaré todo.” Hagrid lo miró.
Vio la seriedad absoluta en los ojos del muchacho, la falta de histeria, solo una resolución fría y aterrada.
No era la petición de un niño asustado; era la solicitud de un soldado que busca un puesto avanzado seguro.
Recordó su conversación anterior, la madurez de Gudao, su comprensión.
Y sobre todo, entendió el miedo no expresado.
Si el Basilisco estaba activo, y si por alguna razón había mostrado interés en Gudao, mandarlo de vuelta a las mazmorras sería como enviarlo a la muerte.
“Claro que puedes quedarte, muchacho,” dijo Hagrid, su voz recuperando su calidez habitual.
“No es mucho, pero es seguro.
Fang no te molestará, y aquí…
aquí no hay tuberías por las que esa cosa pueda pasar.” El alivio que inundó a Gudao fue tan físico que por un momento sintió que las piernas le flaqueaban.
“Gracias, señor Hagrid.
Gracias.” Hagrid le preparó un camastro improvisado con mantas cerca del fuego.
No era cómodo, pero para Gudao, que había dormido en el frío suelo de trincheras en singularidades y en los confines austeros de Chaldea, era un lujo.
Esa noche, acostado sobre las ásperas mantas, con el sonido de la respiración ronca de Fang y los pasos ocasionales de Hagrid preparándose para su ronda, Gudao durmió.
No fue un sueño profundo ni reparador.
Fue un sueño ligero, de un vigilante, pero fue sueño.
No hubo susurros sibilantes, no hubo sensación de ojos amarillos en la oscuridad, no hubo el terror paralizante de ser la presa.
Por primera vez en semanas, su cuerpo y su mente, exhaustos hasta el límite, pudieron concederse el lujo de un descanso.
Mientras se hundía en la inconsciencia, una última thought lo recorrió: ahora sabía a qué se enfrentaba.
El misterio se había disipado, revelando el monstruoso rostro del enemigo.
La batalla final se acercaba, y aunque el miedo era un nudo de hielo en su estómago, también había una chispa de determinación.
Tenía un plan.
Tenía un aliado.
Y por primera vez, tenía un lugar seguro desde donde planificar el contraataque.
Mañana, informaria a Dumbledore.
El sueño que Gudao Roberts experimentó en la cabaña de Hagrid no fue el descanso profundo de los inocentes, sino el sueño reparador y ligero de un soldado en un puesto avanzado seguro.
No hubo pesadillas, no hubo susurros sibilantes filtrándose a través de las grietas de la realidad.
Solo hubo un silencio pesado, roto por los ronquidos de Fang y el crepitar moribundo del fuego, que le permitió a su mente y cuerpo, exhaustos hasta el límite, realizar las reparaciones más esenciales.
Fue un regalo, un lujo que no había conocido en semanas.
Despertó con las primeras luces del amanecer, antes de que Hagrid se levantara.
Se incorporó en el camastro, sintiendo la rigidez en sus músculos, pero también una claridad mental que había estado ausente.
El plan estaba formado.
La incertidumbre se había disipado, reemplazada por un objetivo concreto: informar a Dumbledore.
La amenaza tenía un nombre y una forma ahora.
Un Basilisco.
Y su controlador, el espectro de Tom Riddle, estaba actuando a través de un peón, muy probablemente Ginny Weasley y su siniestro libro.
Sabía que el tiempo era crítico.
El próximo partido de Quidditch, programado para el sábado, sería un caldo de cultivo perfecto para una tragedia masiva.
Cientos de estudiantes, distraídos y emocionados, reunidos en las gradas.
Un solo vistazo del monstruo desde las ventanas del castillo o desde algún conducto oculto podría causar una carnicería inimaginable.
Tenía que actuar ahora.
Hagrid se despertó poco después, frotándose los ojos con sus puños gigantescos.
“¿Ya estás despierto, muchacho?
Durmió bien?” preguntó, su voz aún ronca por el sueño.
“Sí, señor Hagrid.
Mejor de lo que he dormido en mucho tiempo.
Gracias,” respondió Gudao con genuina gratitud.
Hagrid sonrió, complacido, y se puso a preparar un desayuno que consistía en huevos fritos, tocino y unas gachas de avena tan espesas que podían sostenerse por sí solas.
Gudao comió con buen apetito, valorando la comida sencilla y la compañía silenciosa.
Mientras terminaban, Gudao miró a su anfitrión.
“Señor Hagrid, le agradezco todo.
De verdad.
Y…
¿le importaría si vuelvo a quedarme aquí, si lo necesito?
Mi cama en Slytherin…
ya no es un lugar seguro.” Hagrid lo miró con una bondad que casi resultaba dolorosa en un mundo tan hostil.
“¡Por supuesto que no me importa, Gudao!
Esta cabaña siempre está abierta para ti.
Un muchacho no debería tener miedo de dormir en su propia cama, pero hasta que esto se solucione, aquí tienes un techo.” El agradecimiento de Gudao fue más profundo de lo que las palabras podían expresar.
Este hombre, marginado y malentendido por muchos, le había ofrecido refugio sin dudarlo.
Era un recordatorio conmovedor de que la bondad existía, incluso en los rincones más inesperados.
Con el estómago lleno y una resolución de acero, Gudao partió hacia el castillo.
Su destino: el despacho de Dumbledore.
Subió las interminables escaleras, su mente repasando una vez más cada pieza de evidencia, cada conclusión.
No podía permitirse fallar en convencer al director.
Al llegar al final del pasillo del tercer piso, se encontró con la gárgola de piedra que guardaba la entrada.
Se detuvo, frustrado.
No conocía la contraseña del día.
“Gelatina de Fresa,” probó, recordando una de las muchas contraseñas absurdas que circulaban entre los estudiantes.
La gárgola permaneció inmóvil.
“Caramelo de Menta.” Nada.
Maldijo mentalmente.
Justo cuando consideraba buscar a un profesor o esperar allí, sintió una presencia a sus espaldas.
Se volvió y se encontró con la alta y serena figura de Albus Dumbledore, quien acababa de doblar la esquina, probablemente de regreso de una reunión matutina con la profesora McGonagall.
“Buenos días, Gudao,” dijo Dumbledore, sus ojos azules brillando con una curiosidad leve.
“Parece que teníamos una cita que yo no recordaba.” “Profesor,” dijo Gudao, con un dejo de urgencia en su voz.
“Necesito hablar con usted.
Es urgente.
Sobre la Cámara.” En ese preciso instante, un leve y distante siseo se filtró por las paredes.
No eran palabras, solo la sensación de la serpiente, como un eco desagradable.
Gudao palideció ligeramente, instintivamente mirando a su alrededor.
Dumbledore siguió su mirada, y su expresión se volvió instantáneamente más grave.
No había oído la voz, pero había visto la reacción.
“Me parece una excelente idea,” dijo Dumbledore con calma.
“¿Por qué no subimos?” Se dirigió a la gárgola.
“Melocotones al Champaña.” La gárgola saltó a un lado, revelando la escalera de caracol ascendente.
Gudao siguió al director hacia arriba, sintiendo cómo la opresiva sensación de ser observado se desvanecía al cruzar el umbral del despacho.
Dumbledore se sentó detrás de su escritorio, haciendo un gesto para que Gudao ocupara la silla frente a él.
“Ahora, cuéntame, Gudao.
¿Qué has descubierto?” Y Gudao habló.
Con una claridad y concisión que habría impresionado a cualquier comandante, expuso todo su caso.
Comenzó con su investigación inicial, los susurros en pársel, su búsqueda de Myrtle y la información de Nick Casi Decapitado.
Luego pasó a su conversación con Hagrid, la mención de Tom Riddle, y su posterior descubrimiento en la Sala de Trofeos.
Explicó su teoría sobre Tom Sorvolo Riddle, su linaje Gaunt, su condición de mestizo y su hipocresía.
Describió las pistas sobre la criatura: las arañas huyendo, los gallos muertos, el movimiento a través de las tuberías, el sonido de escamas, la inmensidad de su presencia.
Y entonces, entregó su conclusión.
“Profesor, después de analizar toda la evidencia y consultar con el señor Hagrid, estoy convencido de que el monstruo de la Cámara de los Secretos es un Basilisco.” Dumbledore no se inmutó visiblemente, pero el brillo en sus ojos se intensificó, y una profunda preocupación se instaló en sus arrugas.
“Un Basilisco,” repitió, como saboreando la palabra y su terrible significado.
“El Rey de las Serpientes.
Controlado por un ofidioglota.
Eso…
encaja terriblemente bien con los eventos de hace cincuenta años y con los actuales.” Gudao asintió.
“Sí, profesor.
Y creo que la razón por la que la criatura me ha estado acechando tan de cerca es porque, como hijo de muggles, soy un objetivo prioritario para el heredero.
Para evitar convertirme en la próxima víctima o, peor, en un señuelo que ponga en peligro a otros, le he pedido al señor Hagrid permiso para alojarme en su cabaña de manera temporal.
Es el único lugar fuera del castillo donde me siento seguro.” Dumbledore observó a Gudao durante un largo momento, su mirada parecía penetrar más allá del estudiante de Slytherin y llegar al alma cansada del veterano de Grand Order que habitaba en su interior.
“Una decisión prudente,” dijo finalmente Dumbledore.
“Tu seguridad es primordial.
Tienes mi permiso oficial para quedarte con Rubeus mientras dure esta…
situación.
Informaré al profesor Snape de tu ausencia de la sala común.” Gudao esperó.
Sabía lo que venía.
“Sin embargo,” continuó Dumbledore, con un leve suspiro, “debo ser honesto contigo.
Severus es un hombre de reglas estrictas.
Es probable que, por cada noche que no pases en tu dormitorio designado, considere eso una falta de disciplina y reste puntos a Slytherin.
Quizás diez puntos por cada ausencia.” Una mueca de desprecio fugaz cruzó el rostro de Gudao.
“No me importa, profesor.
La Copa de las Casas y unos puntos no valen mi vida.
Y si estar fuera de las mazmorras significa que el Basilisco no puede encontrarme fácilmente y, por lo tanto, no ataca a otro estudiante en su lugar, entonces es un precio que pagaría gustoso.” Una sonrisa cálida y genuina se extendió por el rostro de Dumbledore.
Era una sonrisa de profundo respeto y un atisbo de tristeza.
“Eso es un pensamiento muy noble, Gudao.
Ver el bien mayor por encima de la gloria de la casa…
es una cualidad que a veces escasea en este castillo.
Muy bien.
Procederé en consecuencia.” El director se puso de pie.
“Debo alertar de inmediato a los otros jefes de casa y a la Madam Pomfrey.
Necesitamos establecer protocolos, buscar puntos de entrada, preparar antídotos para el veneno, aunque es de una potencia letal…
y rezar para que nadie tenga que enfrentarse a su mirada directa.” Su tono era sombrío.
“Tu valentía y tu perspicacia, Gudao, pueden haber salvado innumerables vidas hoy.” Gudao se levantó también, sintiendo un peso inmenso levantarse de sus hombros.
No estaba solo en esto ahora.
La maquinaria de Hogwarts, lenta y burocrática como podía ser, se pondría en movimiento.
Al salir del despacho, Gudao respiró hondo.
El aire en el pasillo parecía más ligero.
Pero una necesidad física apremiante lo acechaba: necesitaba un baño desesperadamente.
En la cabaña de Hagrid no había duchas, y la sensación de suciedad y sudor se había acumulado.
Con la nueva autorización de Dumbledore, se dirigió con cautela hacia las mazmorras.
Su regreso a la sala común de Slytherin fue recibido con miradas frías y susurros.
Lo veían como un desertor, un traidor que dormía con el enemigo (Hagrid).
Gudao los ignoró por completo.
Su mente estaba en una cosa: ducharse rápido.
Entró en los baños de los chicos, una habitación de piedra húmeda con varias duchas.
Eligió la más alejada de la entrada y abrió el grifo, dejando que el agua caliente corriera.
Se desvistió con movimientos rápidos y eficientes, pero su cuerpo no se relajó.
Mientras el agua corría por su espalda, sus sentidos permanecieron en alerta máxima.
Sus oídos, potenciados por un mínimo flujo de energía, escudriñaban cada sonido por encima del chorro de agua: el goteo de otro grifo, los pasos lejanos en el pasillo, el crujido de las tuberías en las paredes.
Cada crujido lo hacía tensarse.
Sabía que el Basilisco se movía por las tuberías.
¿Estaría cerca?
¿Lo habría seguido?
La ducha, que debería ser un momento de limpieza y relajación, se convirtió en los cinco minutos más largos y tensos de su vida.
Se enjabonó y enjuagó a una velocidad vertiginosa, sin permitirse un solo segundo de vulnerabilidad.
No cerró los ojos ni un momento, manteniendo la vista en la entrada de la ducha y en las rejillas de desagüe, medio esperando ver un par de ojos amarillos gigantescos o el brillo de una escama verde en la oscuridad.
Finalmente, apagó el agua y se secó con una toalla áspera, vistiéndose de nuevo con su ropa limpia en segundos.
La sensación de limpieza era un alivio, pero la adrenalina aún corría por sus venas.
Había sobrevivido a otra incursión en el territorio del enemigo.
Mientras Gudao salía rápidamente de las mazmorras, decidido a regresar a la seguridad de la cabaña de Hagrid antes del anochecer, en otro lugar del castillo, tres estudiantes tenían un plan muy diferente.
Harry, Ron y Hermione estaban escondidos en un rincón de la Biblioteca, susurrando entre las estanterías.
“Tiene que ser Malfoy,” insistía Ron por enésima vez.
“Él sabe algo.
Lo soltó en el club de duelos.
‘Ya sabrán pronto…’ dijo.” “Pero no tenemos pruebas,” argumentaba Hermione, aunque su fe en la inocencia de Malfoy se estaba desgastando.
“Y no podemos simplemente preguntarle.” “Por eso,” dijo Harry, con una determinación que había crecido desde el ataque a Justin Finch-Fletchley y a Nick Casi Decapitado, “tenemos que entrar a la sala común de Slytherin.
Tenemos que escuchar lo que dicen cuando no hay nadie alrededor.” Hermione puso los ojos en blanco.
“¡Es imposible, Harry!
No sabemos la contraseña, y aunque la supieramos, somos de Gryffindor.
Nos atraparían en segundos.” “Entonces nos disfrazamos,” dijo Ron, con un destello de ingenio desesperado.
“¡Con la Poción Multijugos!
Podemos convertirnos en Crabbe y Goyle por una hora.
Son lo suficientemente tontos como para que Malfoy hable delante de ellos.” Hermione miró a Ron con una mezcla de horror y admiración.
Era una idea terriblemente arriesgada, peligrosa y que infringía al menos cincuenta reglas escolares…
pero también era brillante.
“La Poción Multijugos,” murmuró Hermione, su mente de repente cambiando de la negación al modo de planificación.
“Lleva un mes prepararla…
y necesitamos algo de las personas a las que nos vamos a convertir.
Un trozo de uña, un cabello…” “Eso lo podemos conseguir,” dijo Harry, con una sonrisa furtiva.
“En el próximo partido de Quidditch.
Slytherin contra Hufflepuff.
Crabbe y Goyle estarán distraídos.” Mientras Gudao Roberts, armado con la verdad y el respaldo de Dumbledore, se retiraba del campo de batalla para vivir y luchar otro día, Harry Potter y sus amigos se preparaban para lanzarse de cabeza al corazón del territorio enemigo, completamente a ciegas, sin sospechar siquiera que la verdadera amenaza no era Draco Malfoy, sino el mismo fantasma que Gudao había identificado, un fantasma que acechaba en las páginas de un diario y en los ojos de una serpiente milenaria.
La carrera por la verdad continuaba en dos frentes muy diferentes, y el reloj seguía avanzando inexorablemente hacia el próximo ataque.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas historias y mas a futuro, Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com