Fate of Magic - Capítulo 25
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25: Nueva Victima 25: Nueva Victima La mañana del partido de Quidditch contra Slytherin amaneció con una tensión palpable en el aire, tan espesa que podía cortarse con un cuchillo.
Para Harry Potter, sin embargo, la ansiedad por el juego era solo una capa más sobre una preocupación mucho más profunda.
Mientras se ponía la túnica escarlata de Gryffindor, sus dedos acariciaban inconscientemente un frasco de poción multijugos que él, Ron y Hermione habían logrado preparar con increíble esfuerzo.
La misión de hoy era doble: ganar el partido y conseguir un trozo de Crabbe o Goyle para su plan de infiltración en Slytherin.
En el vestuario, el ambiente era eléctrico.
Oliver Wood, su capitán, tenía el rostro pálido y una intensidad en los ojos que rayaba en lo fanático.
Recorrió la habitación con la mirada, deteniéndose en cada uno de sus jugadores.
“Escúchenme, todos,” comenzó, su voz grave y cargada de emoción.
“Hoy no se trata solo de ganar.
Hoy se trata de demostrar que el corazón y la habilidad valen más que el oro sucio.
Esos…
individuos de Slytherin creen que pueden comprar la victoria con sus Nimbus 2001 relucientes.” Escupió las palabras como si tuvieran mal sabor.
“Nosotros tenemos algo que ellos no tienen: orgullo.
Orgullo de Gryffindor.
Harry,” dijo, girándose hacia él, “tú eres nuestra clave.
Malfoy tiene una escoba más rápida, sí, pero tú tienes instinto.
Tienes agallas.
Consigue esa Snitch antes que ese mocoso rubio, aunque sea lo último que hagas.” Harry asintió, sintiendo el peso de la expectativa sobre sus hombros.
La tarea era titánica.
Draco, con su Nimbus 2001, era ahora un rival mucho más veloz.
Pero la determinación de Wood era contagiosa.
“Lo haré, Oliver.” Al salir al campo, el rugido de la multitud fue ensordecedor.
Los colores escarlata y dorado ondeaban en las gradas, mezclándose con el verde y plateado de Slytherin.
Harry distinguió a Hermione y Ron en la multitud, animando con todas sus fuerzas.
Al otro lado, el equipo de Slytherin desfilaba con arrogancia, sus nuevas escobas brillando al sol.
Draco Malfoy le lanzó una sonrisa burlona que Harry sintió como una bofetada.
Madam Hooch hizo sonar su silbato y el partido comenzó en un torbellino de acción.
La diferencia fue inmediata y dolorosamente obvia.
Las Nimbus 2001 de Slytherin eran rayos verdes que cortaban el cielo, superando con facilidad a las más lentas y anticuadas escobas de Gryffindor.
Los golpeadores de Slytherin, Crabbe y Goyle, parecían haber encontrado finalmente un uso para su fuerza bruta, lanzando las bludgers con una ferocidad aterradora directamente hacia los cazadores de Gryffindor.
En cuestión de minutos, Slytherin anotó dos veces.
Harry volaba en círculos, sus ojos escudriñando desesperadamente el campo en busca del destello dorado de la Snitch, pero también esquivando bludgers que parecían tener su nombre escrito.
Una de ellas, en particular, se comportaba de manera extrañamente agresiva, girando y cambiando de dirección para perseguirlo con una determinación que no era normal.
Draco se aprovechó de la situación.
Se acercó a Harry, volando a su lado con una facilidad insultante.
“¿Qué pasa, Potter?
¿Tu escoba no puede seguir el ritmo?” gritó por encima del viento.
“Quizás si le pides a tu padre muggle que te compre una…
oh, espera, no puede, ¿verdad?” La rabia hirvió en la sangre de Harry, nublando su juicio por un momento.
Pero entonces, justo cuando iba a replicar, lo vio.
Un pequeño destello dorado revoloteaba justo detrás de la oreja de Malfoy, casi como si se estuviera burlando de él.
Sin pensarlo dos veces, Harry se inclinó hacia adelante en su Nimbus y aceleró.
No hacia Malfoy, sino hacia la Snitch.
Draco, al ver la determinación repentina en el rostro de Harry, palideció y se encogió instintivamente, creyendo que Harry iba a embestirlo.
Ese fue su error.
Harry estiró el brazo, ignorando por completo a Malfoy, y sus dedos se cerraron alrededor de la pequeña y aleteante bola de oro.
La sensación del metal frío contra su palma fue euforia pura.
“¡POTTER ATRAPA LA SNITCH!” gritó Lee Jordan por los altavoces, su voz estallando de alegría.
“¡GRYFFINDOR GANA!” El estadio estalló.
El sonido fue abrumador.
Harry levantó el brazo, mostrando la Snitch, una sonrisa triunfal iluminando su rostro.
Por un breve, glorioso momento, todo estaba bien.
Habían ganado.
Pero la celebración fue efímera.
La bludger loca, que había estado al acecho todo el tiempo, no había recibido el memo de que el partido había terminado.
Con un silbido siniestro, se abalanzó sobre Harry como un misil.
No tuvo tiempo de esquivarla.
El pesado balón de hierro se estrelló contra su brazo derecho con un crujido horrible y nítido que él mismo oyó por encima del griterío.
Un dolor cegador, agudo y caliente, le recorrió el brazo, que ahora colgaba en un ángulo antinatural e inconfundiblemente roto.
La euforia se transformó en una náusea instantánea, y perdió el control de la escoba, desplomándose hacia el suelo.
Vio cómo Hermione, desde las gradas, levantaba su varita con expresión de pánico y gritaba “¡Finite Incantatem!” hacia la bludger, que estalló en una lluvia de astillas de madera inofensivas.
Luego, un mar de rostros preocupados lo rodeó.
Lo siguiente que supo con claridad fue que yacía en la hierba, con la cara pálida de Wood sobre él y el dolor punzante en su brazo siendo lo único real.
Y entonces llegó él.
Gilderoy Lockhart, abriéndose paso entre la multitud con su sonrisa más deslumbrante.
“¡No se preocupen!
¡Para esto estoy aquí!
¡Esto es solo un pequeño huesito roto!
Lo arreglaré en un santiamén.” Harry, a través de la niebla del dolor, trató de protestar.
“No, profesor, por favor…” Pero Lockhart ya blandía su varita con un floreo.
“Sanaos,” dijo Lockhart con confianza.
Una sensación extraña y horrible recorrió el brazo de Harry.
No era la curación que esperaba.
Era como si su brazo se estuviera desinflando, volviéndose blando y gomoso.
El dolor agudo desapareció, pero fue reemplazado por una sensación espantosa de vacío.
Miró hacia abajo y sintió que el estómago se le revolvía.
Su brazo no tenía huesos.
Parecía un tentáculo de goma, flexible y completamente inútil.
Lockhart, lejos de parecer consternado, parecía ligeramente sorprendido pero rápidamente recuperó su compostura.
“Bueno, eso puede pasar.
Pero mira el lado positivo, ¡el dolor desapareció, ¿verdad?!
Ahora será mucho más fácil de…
em…
remodelar.” Fue Madam Pomfrey, la enfermera de la escuela, quien, con una expresión de furia absoluta, lo rescató.
“¡GILDEROY!” gritó, empujándolo a un lado.
“¡Has desaparecido los huesos del brazo!
¡Por todos los…!
Vamos, Potter, a la Enfermería.
Ahora.” El viaje a la Enfermería fue una vergüenza borrosa.
Lo acostaron en una cama y Madam Pomfrey le hizo beber una poción de Skele-Gro, que era tan desagradable como su nombre sugería: sabía a jugo de gusano podrido y quemaba al descender.
Le explicó, con un tono que no admitía discusión, que tendría que quedarse toda la noche, y probablemente varios días más, mientras los huesos se volvían a formar.
Era un proceso doloroso y lento.
La noche cayó sobre la Enfermería.
Las otras camas estaban vacías.
El silencio era profundo, solo roto por los suspiros del viento fuera de las ventanas y los latidos de su propio corazón.
El dolor en su brazo era ahora un dolor sordo y persistente, como si le estuvieran reconstruyendo el hueso desde adentro con agujas calientes.
Fue entonces cuando apareció Dobby.
El elfo doméstico emergió de la oscuridad junto a su cama, sus enormes ojos llenos de lágrimas que brillaban en la penumbra.
“¡Harry Potter!” sollozó, retorciendo sus largas orejas con angustia.
“¡Dobby viene a ayudar!
¡Dobby le advirtió!
¡Dobby trató de hacer que Harry Potter se fuera!” Harry, a pesar del dolor, se irguió en la cama.
“¿Fuiste tú, Dobby?
¿Tú hiciste que esa bludger me atacara?” “¡Sí, señor!
¡Dobby lo hizo!” admitió el elfo, con un mezcla de orgullo y terror.
“Dobby quería que Harry Potter se lastimara lo suficiente para que lo mandaran a casa!
¡Para protegerlo!
¡Harry Potter no debe quedarse en Hogwarts!
¡Hay un gran peligro!
¡Un peligro que Dobby no puede decir!” “¿Qué peligro, Dobby?
¡Tienes que decirme!” insistió Harry, su voz un susurro urgente.
“¡Dobby no puede!
¡Dobby no puede!” gimió el elfo, golpeándose la cabeza con la mesita de noche.
“¡El amo mago le daría unas medias a Dobby si Dobby habla!
¡Harry Potter debe prometer que se irá!
¡Por su propio bien!” Pero antes de que Harry pudiera responder, el sonido de pasos apresurados y voces graves llegó por el corredor.
Dobby emitió un chillido de pánico.
“¡Se van!
¡Debo irme!” Y con un chasquido sordo, desapareció.
Harry se dejó caer de nuevo en la almohada, cerrando los ojos y fingiendo estar profundamente dormido.
Su mente giraba.
¿Un peligro?
¿Qué era lo que Dobby no podía decir?
La puerta de la Enfermería se abrió de golpe.
Reconoció las voces al instante: la firme y preocupada de la profesora McGonagall, la serena y grave de Dumbledore, y la voz profesional pero alterada de Madam Pomfrey.
“…encontramos a Colin Creevey en el pasillo del segundo piso,” decía McGonagall, su voz temblorosa.
“Petrificado.
Sostenía su cámara.
Parecía…
parecía haber intentado tomar una foto de lo que fuera que lo atacó.” Harry contuvo la respiración.
¡Otro ataque!
Y Colin, un niño de primer año, entusiasta e inofensivo.
“Minerva, cálmese,” dijo la voz calmada de Dumbledore.
“¿La cámara?” “Estalló,” intervino Madam Pomfrey.
“El calor…
el interior estaba fundido.
Como si hubiera estado mirando a algo terriblemento caliente.” “O terriblemento poderoso,” murmuró Dumbledore.
“Albus,” dijo McGonagall, y Harry pudo oír la desesperación en su voz.
“¿Sabes lo que está pasando?
Tienes que saberlo.
¡Otro estudiante, Albus!
¡Esta vez podríamos haber tenido un…
un muerto!” “Lo sé, Minerva,” respondió Dumbledore, su tono era pesado.
“Y he estado intentando actuar.
Pero la criatura que causa esto es más escurridiza de lo que jamás había imaginado.” Harry sintió un escalofrío.
Criatura.
Dumbledore había usado la palabra “criatura”.
“Criatura?” preguntó McGonagall, su voz un susurro incrédulo.
“¿Estás diciendo que no es un mago?
¿Que es una…
bestia?” “Sí, Minerva.
Una criatura mágica.
Una de las más antiguas y poderosas del mundo mágico.” Hizo una pausa, y el silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito.
“Un Basilisco.” El grito ahogado de Madam Pomfrey y la exhalación de incredulidad de McGonagall resonaron en la habitación silenciosa.
Harry, por su parte, sintió que el corazón se le detenía.
Basilisco.
La palabra sonaba a mito, a leyenda oscura.
Mata con la mirada, recordó de un vago pasaje de Animales Fantásticos.
“¿Un Basilisco?” McGonagall parecía atónita.
“¿Pero desde cuándo lo sabes?
¡Albus, por todos los santos, ¿por qué no nos lo has dicho?!” “Lo supe hace unos días,” confesó Dumbledore.
“Y he estado buscando la Cámara desde entonces.
Pero su ubicación sigue siendo un misterio.
Es un secreto demasiado bien guardado.” “¿Y cómo te enteraste?” preguntó McGonagall, su voz cargada de una mezcla de esperanza y frustración.
“¿Algún registro antiguo?
¿Una pista que pasamos por alto?” Dumbledore hizo una pausa, y Harry pudo casi sentir la mirada del director posándose en su cama.
“No, Minerva.
Me lo dijo un estudiante.
Un estudiante que, impulsado por el instinto de supervivencia y una perspicacia notable, investigó por su cuenta y reunió las piezas.” Harry abrió los ojos solo un poco, apenas una rendija, para ver la reacción de McGonagall.
Su rostro estaba pálido, su boca entreabierta.
“¿Un…
estudiante?
¿Quién?” “Gudao Roberts.” El nombre cayó en la habitación como una bomba.
Harry sintió una sacudida interna.
¿Gudao?
“¿Roberts?
¿El chico de Slytherin?” McGonagall parecía incapaz de procesarlo.
“Pero…
¿cómo?
¿Por qué no ha dicho nada a nadie?” “Porque, según me explicó, él era un objetivo directo,” dijo Dumbledore con calma.
“Al parecer, podía oír a la criatura moverse por las paredes.
Susurros en pársel.
Sospechaba que el monstruo lo estaba cazando a él, específicamente, por ser hijo de muggles.
Por esa razón, y para no atraer el peligro hacia otros estudiantes, tomó la decisión de no permanecer en su sala común estos últimos días.
Temía que, en su búsqueda por encontrarlo a él, la criatura atacara a otros.” La habitación quedó en silencio.
Harry podía oír el tictac de un reloj en algún lugar.
La imagen de Gudao, siempre solo, siempre evasivo, tomó un nuevo significado.
No estaba escondiéndose por cobardía o por estar tramando algo…
sino por protección.
Propia y, sorprendentemente, de los demás.
“Merlín…” susurró McGonagall, hundiéndose en una silla que Madam Pomfrey le acercó.
“Lo juzgué…
el año pasado, con lo de la Piedra…
pensé que era otro Slytherin problemático.” Su voz estaba llena de un remordimiento abrumador.
“Y todo este tiempo…
él sabía.
Él nos dio la respuesta y nosotros…
no hicimos nada.
Y ahora Colin…” No pudo continuar.
“Él sigue en peligro, Minerva,” dijo Dumbledore suavemente.
“Actualmente se está quedando con Rubeus.
Es probablemente el lugar más seguro fuera del castillo.
Pero esto demuestra que el Basilisco no necesita que su objetivo principal esté presente para atacar.
Su simple existencia en la escuela lo convierte en una amenaza para todos los que no son de sangre pura.” “Debemos actuar, Albus,” dijo McGonagall, recuperando algo de su firmeza habitual, aunque su voz aún temblaba.
“Ahora que sabemos qué es, podemos tomar medidas.
Podemos advertir a los estudiantes, buscar puntos de entrada en las tuberías, preparar antídotos…
¡algo!” “Así se hará, Minerva,” asintió Dumbledore.
“Mañana mismo.
Pero debemos ser discretos.
El pánico podría ser tan peligroso como el propio Basilisco.” Harry escuchó cómo se levantaban y se dirigían hacia la puerta, sus voces convertidas ahora en murmullos de planificación.
Cuando la puerta se cerró, quedó sumido en una oscuridad que no era solo física.
Gudao.
El nombre resonaba en su cabeza.
Gudao había investigado.
Gudao había descubierto la verdad.
Gudao se lo había dicho a Dumbledore, y Dumbledore le había creído.
A Gudao le creían.
A él, Harry, que también había oído voces, Ron y Hermione lo habían convencido de que se lo callara, de que no se lo dijera a nadie porque pensarían que estaba loco.
Pero a Gudao, Dumbledore le había creído al instante.
Una oleada de confusión y de algo que se parecía a los celos lo invadió.
¿Por qué a Gudao sí y a él no?
¿Era porque Gudao era más elocuente?
¿Más inteligente?
¿O era porque, a pesar de todo, Dumbledore confiaba instintivamente en ese solitario Slytherin de una manera que no confiaba en él?
Las palabras de Ron volvieron a él: “Nunca se sabe con qué intenciones nace un Slytherin.” Pero Gudao había actuado con nobleza.
Había arriesgado su propia reputación y su seguridad para descubrir la verdad y proteger a otros.
Había hecho lo que Harry sentía que debería haber hecho él.
Pero aún así…
una semilla de duda persistía.
Gudao era demasiado capaz, demasiado reservado.
¿Qué más estaba ocultando?
¿Por qué tenía esas habilidades que nadie más parecía tener?
La desconfianza, alimentada por años de rivalidad entre casas y por la influencia de Ron, no se disiparía fácilmente.
Con el brazo palpitante y la mente en un torbellino de pensamientos contradictorios sobre Gudao Roberts, el Basilisco y su propia percepción de la confianza, Harry finalmente se rindió al agotamiento.
El sueño lo envolvió, y por primera vez en muchas noches, no hubo sueños de voces sibilantes o miradas amarillas, solo un profundo y inquietante silencio, cargado de preguntas sin respuesta.
La frustración era un nudo de hielo en el estómago de Gudao Roberts.
Sentado en la cabaña de Hagrid, con las manos entrelazadas tan fuertemente que los nudillos estaban blancos, la noticia de la petrificación de Colin Creevey resonaba en su mente como una campana fúnebre.
Su estrategia había fallado.
Se había retirado, se había escondido, creyendo que al alejarse del castillo, el objetivo de la bestia se desvanecería con él.
Pero estaba terriblemente equivocado.
El Basilisco no estaba cazando solo por instinto; estaba siendo dirigido por una inteligencia fría y cruel, y esa inteligencia estaba usando a los estudiantes como carnada.
Era un mensaje claro, sibilante y sangriento: Vuelve, o seguiremos golpeando hasta que lo hagas.
Temblor de rabia y de una culpa profunda lo recorrió.
Había visto este patrón antes.
En Orléans, cuando Jalter quemaba aldeas para atraer a los santos.
Era una táctica de terror, diseñada para romper la moral y forzar un error.
Y estaba funcionando.
No podía quedarse sentado, cruzado de brazos, mientras otros pagaban el precio de ser su escudo humano.
Miró sus manos, recordando el peso de una varita que no era solo de madera, sino de espíritus y promesas.
Recordó las voces de sus Sirvientes, no como un eco lejano, sino con una claridad dolorosa.
“Un rey no se esconde mientras su gente sufre, Mongrel.” La voz de Gilgamesh, llena de desdén orgulloso, pero también de una verdad incómoda.
“Maestro, un escudo es inútil si no se interpone entre el peligro y aquellos que deben protegerse.” La voz de Mash, suave pero inflexible, su lealtad una brújula moral constante.
“El infierno no es un lugar, es una elección.
¿Vas a elegir quedarte en sus márgenes o adentrarte en sus llamas?” La voz de Edmond Dantès, un desafío en la oscuridad.
No podía seguir huyendo.
No era Ritsuka Fujimaru, el último Maestro de Chaldea, si permitía que el miedo lo paralizara.
Tomó una decisión.
Ya no buscaría pistas sobre el “quién” o el “por qué”.
Eso estaba resuelto.
Ahora necesitaba el “dónde”.
Necesitaba encontrar la Cámara de los Secretos.
Durante los dos días siguientes, mientras Harry Potter seguía convaleciente en la Enfermería, Gudao se sumergió en una nueva fase de investigación, una que se sentía desesperada y urgente.
Recorrió la Biblioteca una vez más, pero ya no buscaba bestiarios o genealogías.
Buscaba planos, leyendas de la construcción de Hogwarts, cualquier mención a tuberías maestras o cámaras ocultas.
Los libros solo ofrecían las mismas leyendas vagas que todos conocían.
Se volvió hacia los testigos eternos del castillo.
Interrogó a cuadros de brujas y magos antiguos, cuyas miradas parecían perderse en el tiempo cuando mencionaba la Cámara.
“Salazar era un tipo astuto,” murmuró un mago con gafas en un retrato cerca de la Gran Escalera.
“Si escondió algo, no dejaría que un pedazo de canvas lo supiera.” Los fantasmas menores solo repetían rumores.
La información era un callejón sin salida tras otro.
Al final del tercer día, la frustración era un sabor amargo en su boca.
Solo tenía lo que todos tenían: la leyenda.
Y una estudiante muerta que había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Myrtle.
Tenía que intentarlo con Myrtle.
Era la única víctima mortal, el único testigo ocular, por así decirlo.
Quizás, en su eterno llanto, había un detalle que había pasado desapercibido.
Un sonido, un olor, algo que no fueran solo “unos ojos grandes y amarillos”.
Con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas, se dirigió al baño de niñas del segundo piso al anochecer del tercer día.
El pasillo estaba desierto, silencioso.
La puerta del baño entreabierta emanaba un aire de abandono y tristeza.
Respiró hondo, preparándose para el llanto y las quejas de la fantasma, y empujó la puerta.
El baño estaba vacío.
Los lavabos sucios, los espejos empañados.
No había rastro de Myrtle.
“¿Myrtle?” llamó en voz baja, su voz resonando en el espacio húmedo.
Solo el goteo de un grifo le respondió.
Se acercó a los lavabos, sus ojos escudriñando las grietas en la cerámica, las rejillas del suelo.
Tal vez había una marca, un símbolo, algo que indicara una entrada secreta.
Su “Análisis Estructural” se activó a un nivel bajo, buscando anomalías en la piedra, irregularidades en la construcción.
Se concentró, filtrando el zumbido de fondo del castillo, buscando…
Y entonces, lo oyó.
No fue un susurro lejano.
Fue un siseo claro, gutural y vibrante que parecía surgir de las mismas tuberías, llenando el pequeño baño con una presencia física tangible de odio.
“…sangre sucia…
aquí…
hueles a miedo…
a batallas pasadas…
MIEDO…” La voz era tan cercana, tan inmediata, que el instinto de Gudao estalló antes de que su mente pudiera procesarlo por completo.
Su mundo se redujo a una aguda percepción de peligro.
El tiempo se ralentizó.
Su respiración se cortó, la adrenalina inundó sus venas como un torrente helado.
Sus circuitos mágicos, adormecidos hasta entonces, se activaron con un chasquido silencioso pero potente, inundando sus miembros con una energía que no era de este mundo, potenciando sus reflejos hasta un nivel sobrehumano.
No pensó.
Reaccionó.
Se lanzó hacia un lado, un movimiento brusco y desesperado, justo cuando algo enorme y poderoso impactaba contra el lugar donde había estado parado.
El sonido fue aterrador: un crujido de porcelana y piedra astillándose, mezclado con un silbido furioso y profundo que no era humano.
Un pedazo de uno de los lavabos saltó por los aires, destrozado.
Gudao rodó por el suelo húmedo y se incorporó en una posición agachada, su cuerpo en tensión, su varita ahora firmemente empuñada en su mano.
No miraba directamente a nada, su vista estaba desenfocada, barriendo el perímetro desde el rabillo del ojo.
Sabía que un solo vistazo directo sería su sentencia de muerte.
Estaba luchando ciego, confiando únicamente en su oído, en su instinto de supervivencia y en el zumbido de advertencia de sus circuitos.
El Basilisco era una presencia aterradora que solo podía percibir como un vacío en el aire, una mancha de puro mal que se movía con una velocidad aterradora.
Oía el susurro de sus escamas enormes arrastrándose sobre el suelo de piedra, el siseo de su aliento venenoso.
Otro ataque, un movimiento rápido como un látigo que pasó silbando a centímetros de su cabeza.
Gudao se agachó, esquivando por los pelos.
El aire se movía a su paso, cargado del olor a polvo de tumba y carne podrida.
¡Tiene que haber una entrada aquí!
¡Tiene que ser este baño!
El pensamiento era un destello en su mente mientras seguía esquivando, rodando, moviéndose como un gato en una jaula con un tigre invisible.
Cada movimiento era calculado, cada esquiva, un milagro de reflejos templados en mil batallas.
Pero estaba en desventaja.
No podía contraatacar.
No podía ver a su enemigo.
Solo defenderse.
Su única esperanza era escapar.
Giró sobre sus talones y se lanzó hacia la puerta, sus pies apenas tocando el suelo, su cuerpo impulsado por la magia interna que lo potenciaba.
Pero cuando llegó a la puerta, se encontró con una visión que lo heló hasta la médula.
Era Ginny Weasley.
Pero no era la Ginny tímida y sonrojada que él recordaba.
Estaba de pie en el marco de la puerta, pálida como la muerte misma, con el cabello rojo pareciendo una llama siniestra contra su piel cerúlea.
Sus ojos, normalmente vivaces, estaban vacíos, vidriosos, como los de una muñeca.
Y en sus manos, apretado con fuerza, estaba el pequeño libro negro, el diario.
Y detrás de ella, materializándose desde las sombras del pasillo como una pesadilla hecha realidad, estaba un joven.
Alto, bien parecido, con pelo oscuro y una sonrisa fría y arrogante en su rostro pálido.
Gudao no necesitó presentaciones.
Lo dedujo al instante de la placa en la Sala de Trofeos.
Tom Riddle.
Los ojos de Riddle, oscuros e insondables, se posaron en Gudao con una mezcla de curiosidad y desprecio absoluto.
“Ah,” dijo Riddle, su voz era suave, sedosa, y cargada de una autoridad innata.
“El sangre sucia con pretensiones.
El muggle que mancha la casa de mi ancestro.
Has sido una molestia persistente.” Gudao no respondió.
Su mente calculaba las probabilidades, buscando una salida.
El Basilisco a sus espaldas, Riddle y Ginny bloqueando la puerta.
Riddle sonrió, un gesto frío y desprovisto de calidez.
“No te preocupes.
No dejaré que mi mascota tenga todo el divertimiento.
Ginny.” La niña, como un títere con los hilos cortados, levantó su varita.
No hubo emoción en sus ojos, solo un vacío aterrador.
Gudao intentó esquivar, pero en ese preciso instante, el Basilisco, sintiendo la distracción, volvió a atacar.
Una columna vertebral gigantesca y musculosa, invisible para Gudao, se estrelló contra su costado con la fuerza de un ariete.
El aire salió de sus pulmones con un jadeo forzado.
El dolor fue cegador, y por un momento, su concentración se quebró.
Fue el momento que Riddle necesitaba.
“Desmaius,” dijo Riddle con calma, a través de los labios de Ginny.
Un chorro de luz roja brotó de la varita de Ginny.
Gudao, tambaleándose por el golpe del Basilisco, no pudo reaccionar a tiempo.
El hechizo lo golpeó en el pecho con la fuerza de un martillo.
Una explosión de dolor blanco y luego…
nada.
La conciencia de Gudao se apagó como una vela.
Su cuerpo, antes tenso y listo para la lucha, se desplomó inerte en el suelo frío y húmedo del baño.
Su varita rodó lejos de su mano abierta.
Tom Riddle observó el cuerpo inconsciente con una satisfacción fría.
Se acercó, y Ginny lo siguió como un autómata.
Se detuvo junto a Gudao, su mirada recorriendo el rostro pálido del joven.
“Un sangre sucia en Slytherin,” murmuró Riddle con desdén.
“Un chiste patético.
Salazar se revolcaría en su tumba.
Pero tienes…
algo.
Un destello de poder que no pertenece a este mundo.
Me pregunto de dónde viene.” Con un gesto despreocupado de la mano de Ginny, el cuerpo de Gudao se elevó del suelo, flotando en el aire como un muñeco roto.
Riddle, usando a Ginny como un foco y una batería, dirigió el cuerpo sin vida hacia el lavabo central, el mismo que el Basilisco había dañado.
“Ábrete,” susurró Riddle en pársel.
Y el lavabo, ante los ojos vacíos de Ginny, comenzó a girar.
Los anillos de cerámica se retorcieron y se separaron, revelando no una tubería, sino un túnel oscuro y resbaladizo, tan ancho que un hombre podría deslizarse por él.
Un hedor a humedad, a piel de serpiente y a siglos de encierro emanó de la abertura.
Con un último y frío vistazo al baño vacío, Tom Riddle, a través de Ginny Weasley, hizo que el cuerpo inconsciente de Gudao Roberts se deslizara por la entrada de la Cámara de los Secretos.
Luego, él y su joven anfitriona lo siguieron, y la entrada se cerró tras ellos, dejando el baño en silencio, solo con los restos destrozados de un lavabo y la varita abandonada de Gudao como únicos testigos mudos de la desaparición.
Gudao estaba en la boca del lobo.
Y nadie, excepto su captor, lo sabía.
La partida había terminado.
La pieza principal había sido capturada.
Y en las profundidades de Hogwarts, el legado de Salazar Slytherin se preparaba para terminar el trabajo que había comenzado hacía cincuenta años.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas y mas historias a futuro.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com