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Fate of Magic - Capítulo 26

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Capítulo 26: Supervivencia

La quietud de la Enfermería de Hogwarts era interrumpida solo por los ocasionales gemidos de dolor que Harry Potter no podía contener. Un día antes del fatídico encuentro de Gudao Roberts con el Basilisco, la rutina del lugar seguía su curso implacable. Harry yacía en su cama, sudoroso y pálido, sintiendo cada uno de los nuevos centímetros de hueso que se formaban dentro de su brazo. La descripción de Madam Pomfrey había sido gráfica y precisa: si le dolía como si le estuvieran rellenando el brazo con agujas al rojo vivo, era que el Skele-Gro estaba funcionando.

La frustración de Harry era tan aguda como el dolor. Mientras él estaba postrado, sus amigos estaban en movimiento. Esa misma mañana, antes del amanecer, Ron y Hermione habían puesto en marcha su plan más audaz hasta la fecha: la elaboración de la Poción Multijugos.

Hermione, con su meticulosidad característica, había determinado que el único lugar lo suficientemente aislado y privado para semejante empresa era el Baño de Niñas del Segundo Piso, el dominio de Myrtle la Llorona. Bajo su supervisión, habían llevado a cabo la primera y crítica fase. Ron, siguiendo sus instrucciones al pie de la letra con una concentración que rara vez demostraba en clase, había ayudado a medir y añadir los ingredientes más inmundos al caldero que Hermione había conseguido “tomar prestado” de la sala de pociones de Snape.

“El hígado de hipogrifo debe añadirse solo después de que la poción adquiera un tono verde lima,” Hermione recitaba, sus ojos escaneando el pergamino de instrucciones que tenía en la mano. “Y hay que remover siete veces en sentido contrario a las agujas del reloj, no ocho, Ronald. ¡Ocho y la textura se arruina!”

Ron, con la nariz arrugada por el hedor que empezaba a emanar del caldero, obedeció con un gruñido. “Parece lodo de pantano podrido,” comentó, apartando la vista.

“Su apariencia es lo de menos, lo importante es su eficacia,” replicó Hermione, ajustando la llama azul baja que ardía bajo el caldero. “Ahora necesita cocerse a fuego lento durante veintinueve días. Tendré que venir dos veces al día para removerla y verificar la consistencia.” Con un movimiento cuidadoso, escondió el caldero en el cubículo más alejado, tras una pila de cubos y fregonas, y lanzó un encantamiento de disimulación básico. “Esperemos que Myrtle no decida tener uno de sus arranques y lo vuelque.”

Mientras Hermione sellaba el destino de su proyecto clandestino, Harry daba vueltas en su cama en la Enfermería. Ansiaba desesperadamente contarle a sus amigos lo que había escuchado, la impactante revelación que cambiaba por completo su comprensión de la crisis. Sabía que Ron y Hermione estarían ocupados hasta tarde con la poción, por lo que tendría que esperar hasta el día siguiente. La espera se le hizo eterna, cada punzada en su brazo un recordatorio de su inutilidad.

El día del secuestro de Gudao amaneció gris y nublado. Harry se despertó con los primeros rayos de luz, el dolor en su brazo convertido en una presencia constante y latente. Madam Pomfrey llegó con su bandeja de pociones matutinas.

“Toma, Potter,” dijo, entregándole una copa humeante que despedía un olor a calcetín sudado y huevos podridos. “Otro vaso de Skele-Gro. Cuanto antes lo tomes, antes sanarás.”

Harry contuvo la respiración y se bebió el contenido de un trago, sintiendo una arcada inmediata. “¿Cuánto más, Madam Pomfrey?” preguntó, con la voz ronca.

“El dolor es una buena señal, significa que está funcionando,” repitió ella, como un mantra. “Paciencia. Quizás mañana, si el hueso ha terminado de formarse, podrás salir.”

La mañana se arrastró. Harry observaba cómo el reloj de la pared avanzaba con una lentitud exasperante. Finalmente, cerca del mediodía, la puerta de la Enfermería se abrió y aparecieron las caras familiares de Ron y Hermione.

“¡Harry!” exclamó Ron, acercándose a la cama. “¿Cómo está el brazo?”

“Como si me lo estuvieran reconstruyendo con ladrillos calientes,” refunfuñó Harry, pero su expresión era de alivio al verlos. “¿Y la poción?”

“Fase uno, completada,” anunció Hermione con un aire de satisfacción cansada. “Está a fuego lento en el baño de Myrtle. Ahora solo queda esperar y asegurarse de que ningún profesor curioso o fantasma llorón la descubra.”

“Tengo que contaros algo,” dijo Harry, bajando la voz aunque estaban solos. “Algo importante.”

Les relató todo lo que había oído la noche del ataque a Colin. Les habló de la conversación entre Dumbledore, McGonagall y Pomfrey. Cuando llegó a la parte en la que Dumbledore reveló la naturaleza de la criatura, las bocas de Ron y Hermione se abrieron de par en par.

“¿Un Basilisco?” susurró Hermione, palideciendo. “¡El Rey de las Serpientes! ¡Mata con la mirada! ¡Es una de las criaturas más peligrosas que existen!”

“¡Sangrías sangrientas!” exclamó Ron, cayendo pesadamente en la silla junto a la cama. “¡Por eso a Mrs. Norris solo la petrificó! ¡Vio el reflejo en el agua! ¡Y a Colin… su cámara! ¡El calor de la mirada del Basilisco debe haber fundido el interior!”

Harry asintió gravemente. “Exacto. Y eso no es todo. Dumbledore dijo que la criatura se mueve por las tuberías. Por eso nadie lo ha visto.”

La habitación quedó en silencio mientras la horrible verdad se asentaba. Pero entonces Harry soltó la bomba final.

“Y Dumbledore no lo descubrió por sí mismo. Se lo dijo un estudiante. Un estudiante que lo había investigado todo.”

Hermione frunció el ceño. “¿Quién? ¿Un Ravenclaw? ¿Alguien de séptimo año?”

Harry los miró directamente a los ojos. “Gudao Roberts.”

El impacto de la declaración fue tangible. Ron pareció atragantarse con el aire. “¿¿Roberts?? ¿El slytherin? ¡Imposible!”

“Es verdad, Ron,” insistió Harry. “Dumbledore lo dijo. Gudao fue quien reunió todas las pistas. Él fue quien descubrió que el monstruo era un Basilisco. Él fue quien le dijo a Dumbledore que se movía por las tuberías.”

Hermione se quedó quieta, procesando la información. Su mente, siempre ágil, estaba conectando los puntos. “Por eso ha estado desapareciendo… por eso no dormía en su sala común. Dumbledore dijo que podía oírlo. Que el Basilisco lo estaba cazando a él, específicamente, por ser hijo de muggles. Se estaba escondiendo para proteger a los demás.”

Ron negaba con la cabeza, incapaz de aceptarlo. “No… no tiene sentido. ¿Por qué un Slytherin haría algo así? No obtienen nada a cambio. A menos que…” Su expresión se volvió suspicaz. “A menos que sea parte de un plan más grande. Para ganarse nuestra confianza.”

“¿Y para qué, Ron?” preguntó Hermione, exasperada. “¿Para qué arriesgarse a ser petrificado o muerto? ¿Para qué contarle a Dumbledore la verdad sobre la criatura? ¡Tiene sentido! Todo encaja. Su comportamiento, sus idas y venidas… no estaba tramando algo, ¡estaba investigando!”

La lógica de Hermione era irrefutable, incluso para Ron, aunque este seguía rezongando incómodo. Decidieron que necesitaban hablar con Gudao de inmediato. Él podía tener más información, pistas vitales sobre la ubicación de la Cámara.

Una vez que Madam Pomfrey los echó para que Harry “descansara”, Ron y Hermione iniciaron su búsqueda. Preguntaron en la Gran Sala, en la Biblioteca, en los pasillos. Nadie había visto a Gudao desde el día anterior. Algunos Slytherin, cuando se atrevían a responder, se encogían de hombros con desdén o hacían comentarios sobre que “el mestizo probablemente había huido finalmente”.

Fue entonces cuando Hermione recordó la otra parte de la conversación que Harry había repetido. “¡Hagrid! Dumbledore dijo que se estaba quedando con Hagrid.”

Corrieron hacia la cabaña del guardabosques, esperando encontrar respuestas. Pero la escena que encontraron no era alentadora. Hagrid estaba en su pequeño jardín, su rostro normalmente bonachón estaba pálido y lleno de angustia. SosteníA los cuerpos inertes de dos gallos, sus cuellos retorcidos de manera antinatural.

“¡Señor Hagrid!” llamó Hermione, sin aliento.

Hagrid se volvió, sus ojos húmedos. “Oh, ‘ermione, Ron… otra vez. Mirad esto. Mis pobres gallos… es el segundo lote esta semana.” Su voz temblaba. “Sin gallos… no hay forma de… ya sabéis.” No podía pronunciar la palabra “Basilisco”, pero su mirada lo decía todo. La única criatura que podía matar al Rey de las Serpientes estaba siendo eliminada sistemáticamente.

“Señor Hagrid, estamos buscando a Gudao Roberts,” dijo Hermione. “¿Está aquí?”

Hagrid negó lentamente con la cabeza. “No, no está. Salió esta mañana temprano. Con una mirada en los ojos que no le había visto antes. Como… como si se hubiera mentalizado para hacer algo muy duro. Determinado, sí, pero con miedo. Mucho miedo. No dijo a dónde iba.”

La esperanza que Ron y Hermione albergaban se desvaneció. Preguntaron a los pocos fantasmas que encontraron en los terrenos. Uno de ellos, un monje corpulento y amable, confirmó haber visto a un chico de Slytherin de pelo oscuro subiendo las escaleras hacia la entrada del castillo con paso firme. Pero más allá de eso, el rastro de Gudao se volvía frío.

Frustrados y con una creciente inquietud, Ron y Hermione decidieron regresar al único lugar que les quedaba por revisar: el Baño de Niñas del Segundo Piso. Tal vez Myrtle, en su miseria perpetua, hubiera visto algo.

Subieron las escaleras y se adentraron en el silencioso pasillo. Empujaron la puerta del baño, esperando encontrar el caos habitual de llantos y grifos explotando. Pero en su lugar, encontraron un silencio sepulcral. Myrtle no estaba en ninguna parte. El baño estaba extrañamente tranquilo. Demasiado tranquilo.

Hermione, con su ojo entrenado, notó algo de inmediato. “Ron, mira.” Señaló la varita en el suelo.

Ron lo miró, confundido. “Diablos, llegamos muy tarde”

“¡no podemos rendirnos aun!” dijo Hermione, pasando los dedos por la varita “Lo que sea que paso aquí, Gudao lo presenció y hay que reportar que el ha desaparecido, puede que aún este vivo”

Recorrieron el baño con la mirada. No había señal de lucha, ni de Gudao, ni de Myrtle. Solo un silencio inquietante y una varita. Era como si alguien hubiera borrado meticulosamente todas las huellas de lo que había ocurrido allí hacía menos de una hora: la feroz batalla de Gudao, su captura, y su descenso a la Cámara de los Secretos. Tom Riddle, a través de Ginny, había sido minucioso.

Una fría sensación de fatalidad se apoderó de ellos. El silencio era más elocuente que cualquier llanto de Myrtle. Intercambiaron una mirada de preocupación mutua. Algo estaba terriblemente mal. Gudao había ido a investigar y había desaparecido sin dejar rastro. Y ahora, el lugar donde probablemente había estado por última vez parecía haber sido limpiado para no levantar sospechas.

Sin decir una palabra, salieron del baño y corrieron de vuelta a la Enfermería. Sus pasos resonaban en los pasillos vacíos, un eco de la creciente alarma en sus corazones. Tenían que contarle a Harry. Gudao Roberts, el chico al que habían despreciado y del que habían desconfiado, había estado en lo cierto todo el tiempo, y ahora, posiblemente, había pagado el precio final por su valentía.

El vacío no era oscuro. Era blanco. Un blanco cegador, absoluto, que se extendía en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista, un mar de nada que borraba cualquier sentido de tiempo, espacio o identidad. No había suelo, no había cielo, solo una llanura infinita y pálida que absorbía el sonido, el pensamiento, la propia esencia. Hudao Roberts flotaba, o quizás estaba de pie, o quizás ni siquiera existía en un sentido físico. Solo era conciencia, una chispa de awareness en medio de la nada.

Había estado caminando. O eso creía. ¿Durante cuánto tiempo? Horas, días, siglos. No importaba. En este lugar, los conceptos mismos de duración eran irrelevantes. Sus pasos, si es que los daba, no producían eco. Su respiración, si es que respiraba, no empañaba el aire. Solo avanzaba, impulsado por el único instinto que había definido su existencia, tanto en esta vida como en la anterior: seguir adelante. Era la lección más fundamental, grabada a fuego en su alma en los vestigios de Fuyuki, en las llanuras de Orléans, en las arenas de Uruk. Cuando todo falla, cuando el mundo se desmorona, se pone un pie delante del otro. Se avanza.

Pero incluso la determinación más férrea puede erosionarse en la ausencia de todo. Una punzada de desesperación, fría y familiar, comenzó a filtrarse en su ser. ¿Era esto la muerte? ¿El olvido final después de su caída a través del vacío? ¿Era este el precio por no haber podido regresar a Chaldea a tiempo?

Fue entonces cuando una voz cortó la blancura como una daga de obsidiana.

“Bienvenido de nuevo al umbral, mi maestro.”

La voz era grave, áspera, cargada de un eco de cadenas y de un resentimiento que trascendía lo humano. Pero para Gudao, era el sonido más familiar y querido que podía imaginar. Era la voz de la venganza que lo protegía, de la oscuridad que velaba por sus sueños.

Se volvió, y allí, de pie sobre la nada, como si siempre hubiera estado allí, estaba él. Edmond Dantès, el Conde de Monte Cristo. Su figura, esculpida en sombras y elegancia, contrastaba violentamente con la blancura eterna. Su traje negro era una herida en la perfección del vacío, su mirada, aguda e inteligente, quemaba con una luz propia. No sonreía, pero en la profundidad de sus ojos, Gudao pudo ver un destello de algo que se aproximaba a la satisfacción.

Un torrente de emociones lo inundó. Alegría, alivio, una nostalgia tan aguda que casi lo dobló. Quería correr hacia él, abrazarlo como a un hermano perdido, como al cómplice que lo había guiado a través de sus pesadillas más profundas. Pero se contuvo. La solemnidad en la postura de Edmond era un muro tácito.

“Edmond…” logró articular, su voz un susurro que se perdió en la inmensidad blanca.

El Avenger inclinó levemente la cabeza. “Sí. Soy yo. El guardián de tus sueños, el vengador de tus aflicciones. Y debo informarte, Maestro, que te encuentras al borde del abismo. Tu cuerpo físico está en un peligro mortal.”

Las palabras de Edmond actuaron como un catalizador, rompiendo el hechizo del vacío. Los recuerdos regresaron a Gudao en un torrente doloroso y vívido: el baño de niñas del segundo piso, la voz sibilante y cercana del Basilisco, los instintos sobrehumanos que lo salvaron de una muerte instantánea una y otra vez, la figura fantasmal de Ginny Weasley con los ojos vacíos, y la fría y arrogante sonrisa de Tom Riddle. Luego, el hechizo deslumbrante, el impacto, la oscuridad.

“Tom… el Basilisco… me capturó,” murmuró Gudao, sintiendo el peso de la derrota. Había subestimado la astucia de Riddle, su control sobre la criatura y su peón.

Edmond asintió, su mirada era como la de un halcón analizando a su presa. “Así es. Ese espectro, ese eco de ambición podrida, te tiene a su merced. Y la bestia que controla… no es un enemigo que puedas enfrentar solo con la magia rudimentaria que posees en este mundo.”

Gudao apretó los puños, sintiendo una furia impotente. “Lo sé. Lo sentí… su poder. Es comparable al de un Sirviente.” Había luchado contra Berserkers, contra monstruos divinos, pero siempre con un ejército de héroes a su espalda. Ahora estaba solo.

“Exactamente,” confirmó Edmond. “Pero hay una diferencia crucial, Maestro. Cuando ‘moriste’ tras tu victoria sobre Goetia en el Templo del Tiempo, el lazo que te unía al Trono de los Héroes… se quebró. No puedes invocarnos como lo hacías en Chaldea.”

Una oleada de desesperanza amenazó con engulfirlo. Esa había sido su mayor duda, su temor secreto. Estaba completamente solo.

Sin embargo, la sombra de una sonrisa se dibujó en los labios de Edmond. “Pero eso no significa que te hayamos abandonado. Los lazos forjados en el fuego de la Singularidad, en el crisol de la batalla por la humanidad, no se rompen tan fácilmente. Te hemos estado buscando. A través de los mares de la realidad, a través de las grietas entre los mundos. Y yo… fui el primero en encontrarte.”

Gudao lo miró, una chispa de esperanza renaciendo en su pecho. “¿Me… encontraste?”

La sonrisa de Edmond se amplió, un gesto lleno de una ironía sombría. “No, Maestro. No te encontré. Yo siempre he estado aquí.”

Las palabras resonaron en el vacío, cargadas de un significado profundo.

“Desde el momento en que renaciste en este mundo, en el seno de esa familia muggle, yo estuve a tu lado,” continuó Edmond, su voz se suavizó un poco, perdiendo su filo de venganza por un instante. “Vi la felicidad efímera de tus primeros pasos. Y vi la noche en que ese mago de cabello pálido y sus secuaces llegaron.” La atmósfera alrededor de Edmond se volvió gélida, cargada de una ira antigua. “Vi cómo torturaron a tus padres con la Cruciatus, escuché sus gritos… y los tuyos. Vi cómo levantaron sus varitas para el golpe final. Y, aunque mi poder en este plano es limitado, canalicé todo el odio, toda la injusticia que represento, y nublé la mente de ese mago, de Lucius Malfoy, en el momento crítico. Fue por eso que su Avada Kedavra falló por centímetros, solo rozándote y dejándote con esa cicatriz en el costado, en lugar de matarte. Fue lo único que pude hacer.”

Gudao contuvo el aliento. Una memoria enterrada, borrosa y llena de dolor, surgió en su mente: el resplandor verde, el dolor desgarrador, y luego la oscuridad. Siempre había creído que había sido un milagro, un golpe de suerte. Pero había sido Edmond. Su vengador lo había protegido, incluso entonces.

“Después,” prosiguió Edmond, “te observé en el orfanato, creciendo en silencio, con una determinación en tus ojos que ningún niño debería tener. Y cuando llegaste a Hogwarts… fui yo quien permitió que el Sombrero Seleccionador vislumbrara un atisbo de tus recuerdos. No todo, solo lo suficiente. Lo suficiente para que viera el infierno que has caminado, la carga que has cargado, la voluntad de hierro que forjaste al comandar a los Espíritus Heroicos.”

Gudao recordó la extraña sensación durante la Ceremonia de Selección, el largo tiempo que el Sombrero había permanecido en su cabeza, el susurro de “¿Qué es esto? ¿Dónde has estado, niño?” y luego el sollozo inconfundible que había emitido antes de gritar “¡SLYTHERIN!”.

“Fue por eso,” dijo Gudao, la pieza final del rompecabezas encajando. “El Sombrero… lloró. Y me puso en Slytherin.” Un rencor antiguo y cansado surgió en su voz. “Una casa que no ha sido más que un nido de desprecio y arrogancia para mí.”

Edmond emitió una risa baja, un sonido que era como el crujir de huesos viejos. “Irónico, ¿no es así? Poseías las aptitudes para cualquier casa. El valor desafiante de Gryffindor, la lealtad inquebrantable de Hufflepuff, la sed de conocimiento de Ravenclaw… pero tu núcleo, la fuerza que impulsa cada una de tus acciones, es pura ambición. Una ambición que encajaba perfectamente en Slytherin.”

Gudao frunció el ceño, confundido. “¿Ambición? Yo no… nunca he querido poder o gloria por mí mismo.”

“¿No?” La mirada de Edmond se intensificó. “Tu ambición, Gudao Roberts, Ritsuka Fujimaru, no es por poder personal o riqueza. Es una ambición mucho más grandiosa, mucho más imposible. Es la ambición de salvar a todos. De proteger cada vida humana, de reescribir el destino de la humanidad, de enfrentarte a dioses y demonios con la mera fuerza de tu voluntad. Es la ambición más noble y, al mismo tiempo, la más terrible. Los de Slytherin son considerados malvados porque sus ambiciones a menudo involucran pisotear a otros. Tu ambición, sin embargo, te impulsa a cargar con el peso del mundo sobre tus hombros. Es una ambición que exige todo de ti, y a cambio, no ofrece ninguna garantía. El Sombrero Seleccionador vio esa llama devoradora dentro de ti, esa determinación de lograr lo imposible sin importar el costo personal, y supo que solo había un lugar en Hogwarts donde una ambición tan absoluta podría ser comprendida, aunque fuera de la manera más retorcida: Slytherin.”

La revelación golpeó a Gudao con la fuerza de un hechizo aturdidor. Nunca lo había visto de esa manera. Siempre había considerado sus acciones como una necesidad, un deber, nunca como una “ambición”. Pero Edmond tenía razón. Querer salvar a todos, desafiar a la misma humanidad para protegerla, era la ambición más arrogante y monumental imaginable. Y, de repente, los años de desprecio en Slytherin adquirieron un nuevo matiz. No era que no encajara; era que su ambición era de una calidad tan diferente, tan pura en su objetivo final, que los mezquinos deseos de poder y pureza de sus compañeros palidecían en comparación y lo convertían en una anomalía aún mayor.

Antes de que pudiera articular esta nueva comprensión, el mundo blanco comenzó a cambiar. Los bordes de su visión se oscurecieron, y la blancura infinita empezó a disolverse como azúcar en agua, retirándose hacia un punto lejano.

“Parece que tu conciencia está siendo llamada de vuelta,” dijo Edmond, su figura comenzando a desvanecerse junto con el paisaje. “El hechizo que te mantiene inconsciente se está debilitando.”

Gudao sintió un pánico repentino. “¡Espera! ¿Qué hago? ¡No puedo derrotar a un Basilisco solo! ¡No sin mis Sirvientes!”

Edmond Dantès rió, una risa llena de la confianza desafiante de quien había escapado del confín del infierno. “No temas, mi maestro. No estás tan solo como crees. Yo siempre velaré por ti, como tu cómplice y tu amigo. El lazo que nos une puede estar dañado, pero no está roto. Cuando la oscuridad sea más profunda, cuando la desesperación amenace con consumirte, cuando necesites ayuda por encima de todo lo demás… solo deséalo. Clama por mí con toda tu fuerza, con todo el fuego de esa ambición que te define. Y yo… me abriré paso a través de las paredes entre los mundos para estar a tu lado.”

Sus palabras eran un juramento, una promesa tallada en la misma esencia de la realidad.

La blancura se desvaneció por completo, y la figura de Edmond se convirtió en una silueta negra contra la nada. Gudao sintió cómo la conciencia de su cuerpo físico, adolorido y vulnerable, empezaba a regresar. El mundo de ensueño se desmoronaba.

“Recuérdalo, Maestro,” fue el último eco de la voz de Edmond, susurrando directamente en su alma. “La venganza espera. Y yo soy la venganza.”

Y entonces, todo se volvió negro. Pero esta vez, no era el vacío blanco e impersonal. Era la oscuridad tangible de un lugar subterráneo, húmedo y peligroso. Era la oscuridad de la Cámara de los Secretos. Y en su corazón, Gudao Roberts no sintió miedo, sino una determinación renovada. No estaba solo. Su vengador lo esperaba en las sombras, y una ambición, ahora comprendida, ardía dentro de él como una llama. El juego había cambiado. Tom Riddle no solo tenía que enfrentarse a un maestro de Chaldea; tenía que enfrentarse a un maestro de Chaldea que acababa de recordar que nunca, jamás, lucha solo.

La primera sensación fue el frío. Un frío húmedo y penetrante que se le clavaba en los huesos a través de la ropa empapada. Luego, el dolor. Un dolor generalizado y punzante que recorría cada músculo, cada articulación, como un eco persistente de una agonía reciente. Hudao Roberts emergió de la inconsciencia no con un sobresalto, sino con un quejido ahogado, un regreso lento y doloroso a una realidad que era una pesadilla.

Su visión, borrosa al principio, se enfocó con esfuerzo. Estaba en una cámara vasta y oscura, iluminada por una luz verdosa y fantasmal que filtraba a través de la humedad que cubría las columnas de piedra esculpidas con serpientes entrelazadas. El aire era pesado, olía a agua estancada, a piel de reptil y a una magia antigua y corrompida. Y frente a él, de pie con una elegancia arrogante, estaba Tom Riddle.

No era el fantasma espectral que pudiera haberse imaginado. Parecía tangible, sólido, su rostro bien parecido era una máscara de fría curiosidad y una frustración que empezaba a agrietar su compostura. Sus ojos, oscuros e intensos, estaban fijos en Gudao, estudiándolo como un entomólogo estudiaría un insecto particularmente desconcertante.

“Por fin despiertas,” dijo la voz de Riddle, suave como la seda pero con un filo de acero. “Llevaba un rato intentando… conversar.”

Gudao intentó moverse, pero gruesas cuerdas mágicas, brillando con un tenue resplandor oscuro, lo mantenían inmovilizado contra una de las columnas serpentinas. Su cuerpo, magullado y adolorido, se quejó ante el esfuerzo.

Riddle se paseó lentamente frente a él, las manos detrás de la espalda. “Hay algo en ti que no encaja, sangre sucia. Algo que desafía la lógica.” Se detuvo, girándose para mirarlo directamente. “¿Cómo lo haces?”

Gudao, con la mente aún nublada por el dolor y la desorientación, frunció el ceño. “¿…Cómo hago qué?” Su voz sonó ronca, débil.

“¡Esto!” estalló Riddle, y por primera vez, la máscara de calma se resquebrajó por completo, revelando un destello de la ira furiosa que ardía en su interior. Su grito resonó en la cámara vacía. “¿Cómo haces para repelerme a mí? ¡A mí! ¡El mago más grande y tenebroso de todos los tiempos!”

La confusión de Gudao solo aumentó. ¿Repelerlo? ¿De qué estaba hablando?

“¡No puedo entrar en tu mente!” vociferó Riddle, señalándolo con un dedo acusador. “He hurgado en las mentes más prestigiosas del mundo mágico. He doblegado la voluntad de magos poderosos, he extraído secretos de las almas más fuertes. Y no es posible que tú, un mocoso sangre sucia, sepas Oclumancia a un nivel que ni siquiera Snape, el maestro, ha alcanzado. ¡Es imposible!”

La palabra “Oclumancia” significaba poco para Gudao, pero el contexto era claro. Riddle estaba intentando leer su mente, invadir sus recuerdos, y algo se lo estaba impidiendo. Una comprensión lenta y dolorosa comenzó a abrirse paso. Edmond. El Conde. Su guardián. Él era la fortaleza inexpugnable que protegía sus recuerdos, el muro contra el cual la arrogancia de Riddle se estrellaba.

Gudao mantuvo la boca cerrada. No dijo nada. Su silencio era un escudo más.

La frustración de Riddle se volvió tangible. Con un movimiento rápido y lleno de rabia, su mano se abalanzó y le propinó una cachetada sonora en el rostro. El impacto, aunque físico, fue insignificante comparado con el dolor que había sufrido, pero fue un acto de pura humillación.

“¡Respóndeme!” rugió Riddle, su aliento helando la mejilla enrojecida de Gudao.

El joven de Slytherin apenas parpadeó. El calor del golpe se extendió por su piel, pero su voluntad, forjada en el fuego de Goetia, no cedió ni un milímetro. Sus ojos, que a menudo parecían vacíos o impasibles, ahora brillaban con una luz fría y desafiante.

Al ver que la fuerza bruta no daba resultado, Riddle cambió de táctica. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. Levantó su varita, y fue entonces cuando Gudao, siguiendo su movimiento, vio por primera vez a Ginny Weasley. Estaba tirada en el suelo, cerca de la pared, pálida como la cera y profundamente inconsciente. Parecía tan frágil, tan quebradiza, una marioneta cuyo hilo había sido cortado.

“Si no me lo dices por las buenas,” susurró Riddle, su voz ahora cargada de una amenaza sibilante, “entonces te obligaré a decirlo.”

Gudao sabía lo que venía. Había oído hablar de él. Lo había visto en los recuerdos de Quirrell. Apretó los dientes, preparándose.

“¡Imperio!”

La maldición salió de la varita de Riddle como un látigo de luz escarlata. Gudao cerró los ojos instintivamente, esperando la oleada de euforia falsa, la pérdida de control, la violación de su voluntad.

Pero no sucedió nada.

No sintió más que un leve cosquilleo en la piel, una sensación de calor fugaz que se concentró en su antebrazo izquierdo y luego se desvaneció. Abrió los ojos, desconcertado. Riddle lo miraba con una expresión de completo y absoluto desconcierto.

Entonces, Gudao lo vio. En el dorso de su mano izquierda, justo donde el cosquilleo había sido más intenso, un glifo runico brillaba con una luz tenue y plateada antes de desvanecerse. Lo reconoció. Era una runa de protección, una de las muchas que Scáthach, su Shishou, la Reina de la Tierra de las Sombras, le había grabado en el alma durante su entrenamiento. “Para la mente débil, niño,” le había dicho con su voz implacable. “Un maestro debe ser un bastión, no solo en cuerpo, sino en voluntad. Esta runa absorberá y anulará cualquier intento de doblegar tu libre albedrío. Es un regalo… y un recordatorio de que tu mente es tu territorio. No permitas que nadie lo ocupe.”

Un débil suspiro de alivio escapó de sus labios. Shishou… una vez más, su enseñanza le había salvado.

La sorpresa en el rostro de Riddle se transformó en una furia pura y no adulterada. Sus ojos parecían querer prender fuego a Gudao donde estaba. “¿Qué brujería es esta?” siseó. “¿Qué más tramas, sangre sucia?”

Sin esperar una respuesta, y con la ira nublando su ya de por sí escaso juicio, Riddle alzó de nuevo la varita. Esta vez, no había engaño, no había manipulación. Solo había dolor. Puro, desgarrador e insoportable.

“¡Crucio!”

El mundo estalló en una agonía blanca. No era un dolor físico convencional; era como si cada nervio, cada célula de su cuerpo, fuera arrancado, sumergido en ácido y luego electrocutado simultáneamente. Un grito desgarrado, que no sonaba humano, escapó de la garganta de Gudao mientras su cuerpo se arqueaba violentamente contra las ataduras, retorciéndose en un intento inútil de escapar de la tortura. Maldiciones entrecortadas, fragmentos de palabras en japonés e inglés, salieron de sus labios entre gritos. Fue un minuto. Sesenta segundos que se sintieron como una eternidad en el infierno mismo.

Cuando la maldición cesó, Gudao se desplomó contra la columna, jadeando, temblando incontrolablemente. La saliva le corría por la barbilla y las lágrimas de dolor físico involuntario nublaban su visión.

“Responde mi pregunta,” ordenó Riddle, su voz ahora fría y controlada de nuevo, como si el estallido de sadismo lo hubiera calmado.

Gudao, con la cabeza gacha, escupió una gota de sangre. Su mente, a pesar de la niebla del dolor, navegaba por los recuerdos. No los recuerdos que Riddle ansiaba, sino los suyos. Recordó a Romani Archaman sacrificándose sonriendo. A Mash alzando su escudo por primera vez en Fuyuki. A Jeanne ardiendo en la hoguera con fe inquebrantable. A Gilgamesh reconociendo su valor. A todos sus Sirvientes, que lucharon contra lo imposible y nunca, nunca se rindieron. Recordó su ambición, la que Edmond le había revelado: la monumental, arrogante y noble ambición de salvar a todos. ¿Cómo podría un dolor, por horrible que fuera, compararse con la pérdida de una humanidad entera? ¿Cómo podría quebrantar una voluntad que había desafiado a los mismos cimientos de la historia?

Permaneció en silencio. Su silencio era más elocuente que cualquier grito. Era un desafío.

El ciclo se repitió. Una y otra vez. El hechizo Cruciatus caía sobre él como un látigo de fuego, destrozando su sistema nervioso, llevándolo al borde de la locura. Y una y otra vez, cuando el dolor cesaba, Gudao, tembloroso, sudoroso y al borde del desmayo, simplemente respiraba y guardaba silencio. Su cuerpo era un campo de batalla destrozado, pero su espíritu, su ambición, permanecía inquebrantable detrás del muro de hierro que Edmond y sus propias experiencias habían forjado.

La frustración de Tom Riddle se convirtió en algo visceral, casi animal. No podía entenderlo. Este muchacho, este sangre sucia, poseía una resistencia que estaba más allá de cualquier cosa que hubiera encontrado. No era la resistencia estoica de un fanático, sino algo más profundo, más arraigado, como si su misma alma estuviera anclada a una roca que ni el dolor más exquisito podía erosionar.

Finalmente, Riddle dio un paso atrás, su respiración era levemente agitada. La ira fría volvió a sus ojos. “¿Acaso sabes quién soy, sangre sucia?” preguntó, su voz un peligroso susurro.

Gudao alzó la cabeza con un esfuerzo sobrehumano. Su mirada, borrosa por el dolor, se encontró con la de Riddle. Con una voz ronca, apenas un hilo de sonido, pero cargada de un desprecio absoluto, respondió: “¿Acaso debe importarme?”

Fue la gota que colmó el vaso. La arrogancia, la absoluta indiferencia en esa respuesta, encendió la mecha de la furia de Riddle. “¡Crucio!” gritó de nuevo, y otra oleada de fuego líquido recorrió el cuerpo de Gudao, haciéndolo gritar hasta que la voz se le quebró.

Cuando el dolor amainó, Riddle se irguió, inflando su pecho con orgío herido. “¡Yo soy el hechicero oscuro más poderoso de todos los tiempos!”

A través de jadeos, con una astilla de sarcasmo nacido del agotamiento y el hartazgo, Gudao contraatacó: “Grindelwald está arrestado… no puedes ser él.”

El comentario, tan precisamente dirigido a herir su ego, fue como arrojarle gasolina al fuego. “¡CRUCIO!” El hechizo fue más intenso, más prolongado. Riddle descargó toda su rabia en esos segundos, hasta que quedó satisfecho con los espasmos agonizantes de su víctima. “Puede que Grindelwald fuera temido antes,” escupió, “pero yo soy más magnífico, más poderoso. ¡Yo soy Lord Voldemort!”

Gudao, al borde de la inconsciencia, con la mente aferrándose a la lucidez por pura terquedad, lo miró. Una sonrisa torcida y sangrante se dibujó en sus labios. “Oh… el mago tenebroso que fue derrotado por un bebé,” murmuró, con cada palabra cargada de un desdén glacial. “Qué terrorífico.”

Eso fue todo. El insulto final. La humillación suprema. La verdad que más odiaba, escupida en su rostro por un niño moribundo. El grito de rabia de Voldemort no fue humano. Era el siseo de una serpiente herida. La maldición Cruciatus que lanzó entonces fue de una violencia tan extrema que Gudao sintió que su propia conciencia se desgarraba. El mundo se redujo a un punto blanco y doloroso, y luego comenzó a desvanecerse en la negrura. Estaba al borde del abismo, su cuerpo y mente ya no podían más.

Hartó. Cansado de la futilidad, de la inexplicable resistencia de este enigma, Voldemort decidió poner fin al juego. La información ya no importaba. Solo la aniquilación.

Alzó la cabeza y emitió una serie de siseos y silbidos guturales. Pársel. El lenguaje de las serpientes.

Gudao, incluso en su estado semiinconsciente, lo entendió perfectamente gracias al hechizo de Da Vinci. “Ven… mata…”

Un sonido surgió de la oscuridad más profunda de la cámara. Un sonido de escamas enormes, del tamaño de troncos, arrastrándose sobre la piedra húmeda. Era lento, deliberado, mortal. El aire se volvió más pesado, el olor a reptil se intensificó hasta ser sofocante.

Y entonces, emergió. La criatura era tan colosal que la mente de Gudao, incluso entumecida por el dolor, luchó por comprender su escala. Su cuerpo era de un verde oscuro y viscoso, tan grueso como el tronco de un roble centenario. Su cabeza, triangular y malvada, se elevó muy por encima de ellos, y en lo alto, detrás de unas escamas transparentes como el cristal, brillaban dos ojos gigantescos, del color de la sangre seca y la muerte: amarillos, con pupilas felinas verticales. El Basilisco. El Rey de las Serpientes. Su mismísimo aliento era un veneno, y su mirada, la aniquilación instantánea.

La bestia inclinó su cabeza masiva, alineando sus ojos mortales con el cuerpo inmovilizado de Gudao. Esperaba la orden final.

Voldemort, con una sonrisa de triunfo cruel, señaló a Gudao con su varita. “Mátalo.”

Era el fin. Gudao lo sabía. No había forma de esquivar, de luchar, de razonar. Su cuerpo estaba roto, su magia era insuficiente. Pero en ese preciso instante, en el umbral mismo de la muerte, algo dentro de él se aferró no a la vida, sino a la promesa de un amigo. A la lealtad de un vengador.

“Cuando la oscuridad sea más profunda, cuando la desesperación amenace con consumirte… clama por mí con toda tu fuerza…”

Las palabras de Edmond Dantès resonaron en su mente como un campanazo.

Con los ojos fijos en el Basilisco, con el último aliento de su fuerza de voluntad, Gudao Roberts, Ritsuka Fujimaru, reunió todo lo que era: el dolor, la rabia, la frustración, la esperanza, y sobre todo, la ambición monumental de vivir, de proteger, de vencer.

Abrió la boca, y no fue un grito de miedo, sino una invocación, una orden, un llamado desesperado que surgió desde lo más profundo de su alma.

“… En este momento, te necesito mas que nunca… ¡AVENGEEEER!”

Su grito resonó en la cámara, desafiando el siseo de la serpiente y la arrogancia de Voldemort.

Por un instante, nada sucedió. Voldemort iba a reír, a burlarse de la última y patética muestra de desafío de la sangre sucia.

Pero entonces, el dorso de las manos de Gudao estalló en un dolor agudo y glorioso. No el dolor de la maldición, sino el de un poder antiguo y familiar abriéndose paso a través de la realidad. De sus manos, surgió un brillo carmesí, intenso y vibrante, como lava fundida. Las líneas de sus Command Spells, que habían estado latentes, inertes desde su renacimiento, ardieron con una ferocidad que iluminó la cámara con una luz sangrienta. No formaban el patrón de Chaldea, sino que se reorganizaron en un diseño nuevo, complejo y heráldico: la forma de un ave fénix en llamas, o tal vez de un corazón atravesado por una daga, el símbolo del Hombre de la Isla de If.

Y del vórtice de fuego carmesí que brotó de Gudao, un hombre dio un paso adelante.

No fue un aparecimiento, sino una imposición. Como si la realidad misma se apartara para darle paso. Edmond Dantès estaba allí. Su traje negro era una mancha de pura oscuridad, sus ojos ardían con el fuego frío de la venganza cumplida. Una capa de sombras y cadenas espectrales se arremolinaba a su alrededor. El aire se llenó de un frío polar y del sonido lejano de puertas de prisión cerrándose para siempre.

Voldemort dio un paso atrás, su rostro era una máscara de incredulidad absoluta. “¿Qué… qué brujería es esta?” siseó, su varita apuntando ahora, por primera vez, con genuina precaución hacia la nueva aparición.

Edmond ignoró por completo a Riddle. Se volvió ligeramente hacia Gudao, quien, con una sonrisa de puro y cansado alivio, había dejado caer la cabeza contra la columna. El esfuerzo final lo había dejado exhausto.

“Bien hecho, mi complice,” dijo Edmond, su voz era la misma que Gudao recordaba del vacío blanco: áspera, pero llena de un orgío sombrío y una lealtad inquebrantable. “Has soportado el infierno una vez más. Has clamado por la venganza, y la venganza ha respondido.” Giró su mirada ardiente hacia Tom Riddle y el colosal Basilisco, que siseaba confundido ante la nueva presencia. “Ahora… deja el resto a mí.”

La batalla por la Cámara de los Secretos, que había sido una tortura unilateral, había terminado. La verdadera batalla, la batalla entre la ambición de un maestro y la venganza de su sirviente, entre la magia oscura de un mago y el poder de un Espíritu Heroico, acababa de comenzar. Y el aire en la cámara crepitaba con la promesa de una destrucción épica.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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