Fate of Magic - Capítulo 27
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Capítulo 27: Basilisco y Diario
El aire en la Cámara de los Secretos, ya de por sí cargado de magia antigua y malevolencia, se volvió eléctrico en el instante en que Edmond Dantès materializó su poder. No hubo fanfarria, ni discursos grandilocuentes. El Avenger actuó con la eficiencia brutal de quien conoce el valor de cada fracción de segundo en una batalla a muerte.
Antes de que los enormes ojos amarillos del Basilisco pudieran ajustarse por completo a su nueva y amenazante presencia, Edmond alzó una mano enguantada. De su palma, no surgió fuego común, sino una llamarada de oscuridad absoluta que ardía con un frío antinatural. Era el Fuego de la Venganza de Monte Cristo, una expresión de su odio purificado y su voluntad indomable, capaz de consumir tanto el cuerpo como el alma.
Con un gesto seco, lanzó la esfera de fuego negro directamente al costado del monstruo. El impacto no fue explosivo, sino corrosivo. Donde la oscuridad llameante tocó las escamas verdes y viscosas, estas no se quemaron, sino que se desintegraron, desvaneciéndose en un humo pestilente como si el tiempo y la decadencia se hubieran acelerado brutalmente en ese punto. El Basilisco, una criatura que no había conocido el dolor verdadero en siglos, lanzó un siseo desgarrador que resonó como el chirriar de metal retorcido en la vasta cámara. Su cuerpo colosal se retorció, golpeando una columna de piedra y haciéndola temblar hasta sus cimientos.
Tom Riddle parpadeó, su mente maestra luchando por procesar la aparición de este enemigo que no era mago, ni bestia, sino algo completamente alienígena a su comprensión. Pero el instinto de supervivencia, siempre agudo en él, prevaleció. Sus ojos se estrecharon y una serie de siseos urgentes, pársel puro y commandante, salieron de sus labios. “¡Ataca! ¡Destrúyelo! ¡Aplasta al intruso!”
El Basilisco, cegado por el dolor y la rabia, obedeció. Su cabeza, del tamaño de un carruaje, se abalanzó hacia Edmond como un ariete vivo. El Avenger no se inmutó. En el último momento posible, su cuerpo se desvaneció en un remolino de sombras y cadenas espectrales, reapareciendo diez metros a la izquierda, sobre otra columna. El golpe de la serpiente solo encontró aire y piedra pulverizada.
Así comenzó un baile mortal. Edmond era el relámpago negro, moviéndose con una rapidez que desafiaba la vista, siempre un paso por delante de los embistes brutales del Basilisco. Sus ataques no eran espectaculares salvas de energía, sino golpes quirúrgicos y devastadores. Concentraba su fuego oscuro en las puntas de sus dedos, lanzándolo como dagas flameantes que buscaban las articulaciones de las escamas, los ojos protegidos por membranas, la boca abierta. Cada impacto hacía gritar a la bestia y dejaba un hedor a carne y magia podridas.
Pero no daba su máximo. Sus miradas, frías y calculadoras, se desviaban constantemente hacia la figura tambaleante cerca de la pared. Gudao. Su maestro, su complice. Estaba vivo, pero apenas. Sangraba por múltiples heridas, su respiración era entrecortada y cada movimiento parecía exigirle una voluntad sobrehumana. Un ataque a gran escala, un despliegue completo del Noble Phantasm de Edmond, podría barrer la cámara y eliminar al Basilisco… pero también alcanzaría a Gudao y a la niña inconsciente. Eso era inaceptable.
Mientras el duelo titánico continuaba, haciendo temblar el suelo y llover polvo y piedras del techo abovedado, Gudao forzó su cuerpo destrozado a moverse. El dolor era una presencia constante, un océano en el que intentaba no ahogarse. Con visión de túnel, arrastrándose sobre sus codos y rodillas, se acercó a Ginny Weasley. La chica yacía pálida y quieta, como una muñeca rota. Con manos temblorosas, la agarró por los hombros y comenzó a arrastrarla, centímetro a centímetro, alejándola del epicentro de la batalla.
Cada tirón era una agonía. Sentía las costillas fracturadas, los músculos desgarrados, el eco de la Maldición Cruciatus aún retumbando en su sistema nervioso. Pero el rostro de Ginny, tan joven y manipulada, le daba fuerza. “Un maestro debe proteger a los que no pueden protegerse a sí mismos.” No era una cita de ningún sirviente en particular, sino un principio fundamental que había absorbido de todos ellos. Jadeando, tosiendo sangre, continuó. Su progreso era dolorosamente lento, una retirada de enfermo frente al apocalipsis que se desarrollaba a sus espaldas.
Edmond, percibiendo el esfuerzo de su maestro, redobló sus ataques. Su estilo cambió. En lugar de esquivar constantemente, comenzó a contraatacar con mayor agresividad, poniéndose deliberadamente en el camino del Basilisco para distraerlo. Lanzó una cortina de llamas oscuras entre la bestia y la dirección en la que Gudao se arrastraba. El Basilisco, enfurecido, concentró su atención en este obstáculo llameante, desgarrando las llamas con sus colmillos y recibiendo a cambio quemaduras corrosivas en el hocico.
Edmond analizaba al enemigo con la mente fría de un estratega. El Basilisco era poderoso, sin duda. Sus escamas resistían la magia convencional, su tamaño era abrumador, su veneno letal y su mirada, la muerte instantánea. En términos del Trono de los Héroes, poseía una fuerza bruta y una resistencia comparable a la de un Sirviente de clase Berserker de rango medio, o incluso a una bestia monstruosa como Medusa en su forma de Rider, con su caballo alado y su poder destructivo. Para Gudao, en su estado actual, era una fuerza de la naturaleza, una pared infranqueable. Pero para Edmond Dantès, el Avenger que había escapado del confín del infierno mismo, era un obstáculo formidable, pero no invencible.
Sin embargo, había otro factor: Tom Riddle. Edmond había lanzado una esquirla de fuego oscuro de prueba hacia la forma del joven mago. Atravesó el fantasma sin resistencia, sin causar daño alguno. No era un ser físico, ni siquiera un espectro real. Era una proyección, un eco de memoria y voluntad sostenido por un ancla externa: el diario que yacía cerca de Ginny. Destruir esta proyección aquí sería inútil. El verdadero trabajo de localizar y eliminar la fuente era tarea de Gudao, una vez que sobreviviera a esto. El deber de Edmond era claro: crear esa posibilidad. Proteger a su maestro el tiempo suficiente para que escapara o encontrara una ventaja.
“Solo un poco más,” pensó el Avenger, esquivando otro golpe de cola que partió el aire con un silbido aterrador. “Resiste un poco más, complice.”
Muy por encima, en los pasillos iluminados por antorchas de Hogwarts, la primera sacudida fue sutil, pero inequívoca. Un temblor en el suelo de piedra, un polvillo que se desprendió de un arco. En el despacho de Dumbledore, donde Harry, Ron y Hermione estaban presentando su caso con desesperación, se sintió como un leve mareo.
Hermione sostenía la varita de Gudao, encontrada sola y abandonada en el baño de Myrtle. “¡Y el lavabo estaba reparado, profesor! ¡Alguien lo arregló con magia, pero de una manera apresurada! ¡Y no había señal de Myrtle! ¡Algo terrible le pasó a Gudao, lo sabemos!”
Ron asentía con vehemencia, su desconfianza hacia Gudao transformada en una preocupación incómoda pero genuina por la desaparición de un compañero de clase. Harry, pálido y con el brazo aún vendado pero finalmente fuera de la Enfermería, añadió: “Y él le dijo a usted sobre el Basilisco. Él sabía. Y ahora desapareció justo donde el monstruo ataca.”
Dumbledore los escuchaba, su rostro serio, sus dedos entrelazados sobre el escritorio. La evidencia circunstancial era abrumadora. Estaba a punto de hablar cuando el segundo temblor llegó. Este fue más fuerte. Un retumbo sordo, profundo, que recorrió el castillo de abajo arriba. Los vasos de cristal en un estante tintinearon. Los rostros de los cuatro se quedaron pálidos.
“Eso no fue natural,” murmuró Dumbledore, levantándose de un salto. Su autoridad serena se transformó en una urgencia palpable. En un movimiento fluido, sacó su varita y la apuntó a su propia garganta. Su voz, amplificada mágicamente, resonó en cada rincón de Hogwarts con un tono que no admitía discusión: “Atención, todos los profesores y prefectos. Este es un aviso de emergencia. Lleven a todos los estudiantes a sus salas comunes de manera inmediata y ordenada. Activen los protocolos de confinamiento. Professora McGonagall, quédese a cargo. Los demás jefes de casa, conmigo. Inmediatamente.”
Luego, se volvió hacia los tres aterrados estudiantes. “Ustedes tres, con la profesora McGonagall. Ahora.”
“¡Pero profesor!” protestó Harry. “¡Gudao! ¡La Cámara!”
Dumbledore lo miró, y en sus ojos azules había una chispa de la misma conclusión a la que Harry estaba llegando. “La entrada está en el baño de Myrtle, ¿verdad? Y para abrirla, se necesita pársel.” Hizo una pausa dramática. “Harry, lamentablemente, necesito que vengas conmigo. Los demás, no. Es una orden.”
Hermione abrió la boca para protestar, pero McGonagall, que había llegado corriendo a la puerta del despacho, la interrumpió. “¡Vamos, ustedes tres! ¡Rápido! ¡Todo el mundo a las salas comunes!”
Mientras McGonagall se llevaba a un Ron protestón y a una Hermione llena de pánico, Dumbledore agarró suavemente a Harry por el hombro sano. “Disculpa la brusquedad, Harry, pero el tiempo es un lujo que ya no tenemos. Si mis sospechas son correctas, una batalla que podría hacer caer el castillo ya ha comenzado bajo nuestros pies.”
Bajaron a toda velocidad por los pasillos, ahora llenos de estudiantes confundidos siendo guiados por prefectos. Otro temblor, más violento, hizo que una armadura se desplomara con un estruendo metálico. Los gritos se elevaron. Dumbledore no se detuvo.
Al llegar al baño del segundo piso, lo encontraron vacío y silencioso, con el lavabo central extrañamente intacto. Dumbledore examinó la cerámica con sus ojos entornados. “Aquí. La magia residual es… de una naturaleza muy antigua. Harry,” dijo, mirándolo directamente. “Necesito que le digas a este lavabo que se abra. En el lenguaje de las serpientes.”
Harry sintió un nudo de frío en el estómago. Había estado negando esta habilidad, temiéndola. Pero la imagen de Gudao, posiblemente atrapado y siendo torturado por el mismo monstruo que él había identificado, le dio un valor extraño. Asintió, se acercó al lavabo y, con una sensación de profundo malestar, concentró su mente en la idea de abrirse.
Un siseo ronco, que no sonaba completamente natural, salió de sus labios. “Ábrete.”
Para su asombro y horror, funcionó. El lavabo giró y se retrajo, revelando el oscuro y fétido túnel que descendía hacia las entrañas de la tierra. El rugido de la batalla, amortiguado pero inconfundible, llegó desde abajo: el siseo furioso de una serpiente colosal y el estallido sordo de poderes que no eran de este mundo.
Dumbledore no vaciló. “Quédate detrás de mí, Harry,” ordenó, y su varita de saúco brilló con una luz blanca pura. Con la determinación de un guerrero que pocos en Hogwarts habían visto, el director de Hogwarts saltó al túnel, seguido de cerca por un Harry Potter cuyo corazón latía con el miedo a lo desconocido y una desesperada necesidad de encontrar respuestas.
Mientras tanto, en las salas comunes, el pánico cundía. Hermione y Ron, bajo la estricta pero preocupada mirada de McGonagall, se miraban el uno al otro. Los temblores continuaban, espaciados pero intensos. Algo monumental estaba sucediendo. La Cámara de los Secretos había sido abierta, y lo que saldría de ella, o quién saldría, cambiaría el destino de Hogwarts para siempre. La batalla entre el Avenger y el Rey de las Serpientes era solo el primer acto de una tragedia que estaba alcanzando su clímax, y sus ondas expansivas ya sacudían los mismísimos cimientos del mundo mágico.
La lucha en la Cámara de los Secretos era un torbellino de sombras, fuego oscuro y furia reptiliana. Gudao Roberts, cada movimiento una agonía, se arrastraba centímetro a centímetro por el suelo húmedo, su cuerpo destrozado protestando con cada tirón. Con un brazo enganchado bajo los hombros de Ginny Weasley, la arrastraba consigo, alejándola del epicentro del infierno que se desarrollaba a su espalda. La chica era un peso muerto, pálida y fría, pero en su mano, cerrada con fuerza convulsiva, todavía aferraba ese cuaderno de aspecto inofensivo que emanaba una vibración de maldad pura. Gudao apenas podía pensar, solo actuar. Lejos. Llévala lejos.
Mientras tanto, Edmond Dantès danzaba con la muerte. El Avenger era un espectro de negro y carmesí, esquivando los embistes ciegos del Basilisco con una gracia sobrenatural. Sus ataques no buscaban ya solo distraer; eran precisos, quirúrgicos. Cada ráfaga de su Fuego de la Venganza, concentrada en finos hilos o compactas esferas, encontraba su marca en el colosal cuerpo serpentino. Donde impactaban, las escamas verdes y lustrosas se carbonizaban, se agrietaban y se desprendían, dejando parches de carne viva y humeante que hedían a podredumbre acelerada. El Basilisco rugía, un sonido que era más sentimiento en el aire que sonido propiamente tal, y su cola golpeaba las columnas, haciendo llover piedras y polvo del techo abovedado.
Tom Riddle, al borde del pánico y la furia, gritaba órdenes en pársel, su voz antes serena ahora era un chillido estridente. “¡A la izquierda! ¡Arriba! ¡Destrúyelo!” Pero el Basilisco, aunque poderoso, era lento comparado con la velocidad conceptual de un Espíritu Heroico de la clase Avenger. Sus embistes, capaces de pulverizar roca, solo encontraban el aire donde momentos antes había estado Edmond, o peor, recibían otra descarga corrosiva que le hacía retorcerse en agonía.
La frustración de Riddle era un manjar para Edmond. El Avenger no necesitaba palabras para burlarse; su mera existencia, su imperturbabilidad ante la supuesta “mayor criatura” de Slytherin, era un insulto mayor. Pero Edmond no se dejaba llevar. Sus ojos, ardientes como brasas bajo la sombra de su sombrero, no se apartaban de dos puntos: los puntos vitales del Basilisco, y la figura tambaleante de su Maestro. Cada movimiento suyo estaba calculado para mantener al monstruo ocupado, para alejarlo de Gudao, para desgastarlo.
Gudao, jadeando, logró finalmente arrastrar a Ginny detrás de una gruesa columna medio derruida, un refugio precario pero mejor que nada. Desde allí, a través del vínculo que los unía, más profundo que la magia de varita, más íntimo que las palabras, envió un pensamiento a Edmond, un impulso de voluntad teñido de dolor y urgencia: “Ya estamos… relativamente a salvo. Puedes… soltarte un poco más.”
En medio del caos, Edmond Dantès se detuvo por una fracción de segundo. Se irguió sobre una columna intacta, mirando desde las alturas al Basilisco que serpenteaba ciegamente de dolor y rabia debajo de él. Y entonces, rio. No fue una risa de alegría, sino la risa profunda, resonante y llena de una ironía oscura que había hecho famoso al Conde de Monte Cristo. Un “¡Kuhahahahaha!” que cortó como un cuchillo los siseos del monstruo y los gritos de Riddle.
Tom Riddle se quedó helado, confundido. ¿De qué se reía este fantasma vestido de negro? ¿En medio de esta batalla?
No tuvo tiempo de ponderarlo. En el instante en que la risa cesó, Edmond desapareció. No se desvaneció, sino que se trasladó, violando el espacio con la naturalidad de quien había escapado de los confines más absolutos. Un momento estaba en la columna; al siguiente, estaba plantado justo frente a los ojos gigantescos, amarillos y malévolos del Basilisco, que aún brillaban tras sus membranas protectoras.
La bestia, incluso en su ceguera parcial por el dolor, sintió la presencia amenazante justo en su punto más vulnerable. Intentó retroceder, pero era demasiado tarde.
“Tu mirada es un arma indigna para un rey,” murmuró Edmond, su voz calmada en medio del estruendo. “Permíteme… aliviarte de esa carga.”
Alzó ambas manos. De sus palmas, no brotó el fuego oscuro disperso de antes, sino un torrente concentrado, una llama de negrura absoluta y fría como el vacío interestelar. No eran llamas, sino la materialización de la desesperación, el odio y la venganza purificados. Con un grito gutural que no era suyo, sino el eco de mil prisioneros en el Château d’If, lanzó los torrentes directamente a las cuencas de los ojos del Basilisco.
El impacto fue silencioso y horroroso al mismo tiempo. El fuego oscuro no explotó; se consumió. Se adentró en los ojos amarillos, quemando no el globo ocular, sino la misma esencia mágica que permitía la mirada mortal. Las membranas se carbonizaron al instante, seguida por el líquido vítreo, que hirvió y se evaporó con un silbido repulsivo. Los ojos, otrora faros de muerte, se convirtieron en dos cráteres humeantes y negros.
El rugido que soltó el Basilisco fue el sonido más desgarrador que la Cámara había escuchado en siglos. Era un grito de dolor puro, primitivo, mezclado con el terror de un depredador supremo que de repente se hallaba sumido en una oscuridad eterna. Se retorció como un gusano gigante, golpeando indiscriminadamente, sumergiendo su cabeza en el agua estancada del canal en un intento desesperado de apagar las llamas, pero el fuego de Edmond no era físico; ardía con la fuerza de una maldición, y no se extinguía. El Basilisco estaba ciego.
Tom Riddle palideció, su rostro de joven bien parecido se distorsionó en una mueca de puro odio e incredulidad. “¡NO!” gritó, su voz quebrándose. Su as bajo la manga, su arma definitiva, había sido arrancada de cuajo. Ahora el Basilisco era solo una bestia enorme, furiosa y ciega, dependiente por completo de sus órdenes para orientarse.
La batalla recomenzó, pero el equilibrio de poder había cambiado. El Basilisco, ciego, dependía de su oído y del olfato, pero Edmond era un maestro del sigilo y la evasión. Ahora podía atacar con más impunidad, acercándose más, probando puntos más débiles: la boca abierta, las fosas nasales, las heridas abiertas por sus ataques previos.
Muy cerca, al otro lado de la gran puerta de piedra con serpientes entrelazadas, Albus Dumbledore contuvo el aliento. Habían pasado por el túnel, habían visto la muda de piel antigua, un cilindro de escamas verde oscuro tan ancho como una habitación, y la sola visión le había helado la sangre. La escala de la criatura era aterradora. ¿Qué había pensado Salazar Slytherin al esconder semejante monstruo en una escuela? ¿Era solo fanatismo, o había una lógica retorcida, una “prueba final” para su heredero?
Una explosión más fuerte, acompañada por el rugido agonizante de la bestia, sacudió el suelo. Dumbledore se sacudió de sus pensamientos. La puerta frente a ellos, tallada con la imagen de una serpiente gigante, era la última barrera. “Harry,” dijo, su voz grave pero calmada. “Necesito que le digas a esta puerta que se abra. Como antes.”
Harry Potter, con el corazón en la garganta, asintió. El miedo y la adrenalina le nublaban la mente, pero la imagen de Ginny, de Gudao, tal vez atrapados allí dentro, le dio valor. Se acercó a la puerta, sintiendo la mirada de las serpientes de piedra sobre él. Concentrándose, emitió el mismo siseo gutural: “Ábrete.”
Las serpientes de piedra cobraron vida, deslizándose por los surcos de la puerta antes de que esta se partiera por la mitad con un ruido sordo, revelando la escena dantesca en su interior.
El aire que les golpeó estaba cargado de ozono, de podredumbre quemada y de un poder antiguo y alienígena. Dumbledore entró primero, su varita de saúco levantada, emanando una suave luz plateada que contrastaba violentamente con las sombras danzantes y las llamas oscuras.
Lo que vio lo dejó sin aliento, incluso a él.
En el centro de la vasta cámara, el Basilisco, una montaña de carne agonizante, se retorcía ciego, con humo saliendo de sus cuencas oculares. Y enfrentándolo, no con la magia de varita que Dumbledore conocía, sino con una manifestación de pura voluntad oscura y llama conceptual, estaba la misma figura que había custodiado los recuerdos de Gudao: el hombre de la capa y las cadenas, Edmond Dantès.
Pero su mirada se desvió rápidamente. En un rincón, detrás de una columna dañada, estaba Gudao Roberts. El joven estaba en un estado lastimoso, cubierto de sangre, magulladuras y suciedad, pero vivía, y sus ojos, aunque nublados por el dolor, estaban fijos en la batalla. A su lado, Ginny Weasley yacía inconsciente, y en su mano… el diario. Dumbledore sintió la oleada de magia oscura, antigua y astuta, que emanaba de él. Ahí está. El ancla.
En una fracción de segundo, el director de Hogwarts evaluó la situación. La batalla estaba en un punto muerto peligroso. El Avenger estaba limitado, conteniendo su poder para no dañar a los niños. El Basilisco, aunque ciego, era aún letal. Y el fragmento de alma de Tom Riddle, pálido y transparente, gritaba órdenes inútiles desde cerca del diario.
No hubo necesidad de palabras con el guerrero espectral. Sus miradas se encontraron por un instante – los ojos azules y sabios de Dumbledore con los ojos ardientes y vengativos de Edmond – y hubo un entendimiento inmediato. Saca a los niños del camino.
Con un movimiento rápido y elegante de su varita, Dumbledore no lanzó un hechizo, sino que teletransportó a Gudao y a Ginny. No fue un aparición complicada, sino un desplazamiento suave, como si una mano invisible los hubiera agarrado y los hubiera colocado justo detrás de él, a la entrada, cerca de un Harry Potter atónito.
Gudao, súbitamente desplazado, cayó de rodillas junto a Ginny. El movimiento fue brusco y le arrancó un grito de dolor, pero también le dio una línea de visión clara. Vio a Edmond, solo ahora en el campo de batalla, sin riesgo de alcanzarlos. Vio al Basilisco, herido pero aún colosal. Vio a Dumbledore, plantado como un bastión entre ellos y el peligro.
Y supo lo que tenía que hacer.
Con un esfuerzo sobrehumano, alzó su brazo izquierdo tembloroso. El dorso de su mano, donde antes solo habían estado los Command Seals latentes, ahora ardía con el diseño del fénix carmesí. La conexión con Edmond era un canal abierto, rugiendo con potencia.
No era un grito de miedo, ni de desesperación. Era una orden. La orden de un Maestro a su Sirviente, resonando con la autoridad de quien había comandado legiones de héroes.
“¡POR MI SELLO DE COMANDO!” gritó Gudao, su voz ronca pero cortante como un diamante, amplificada por la energía que consumía uno de los glifos en su mano. El brillo carmesí estalló, iluminando su rostro demacrado con una luz sangrienta. “¡ACABA CON EL BASILISCO, AVENGER!”
El efecto fue instantáneo y cataclísmico.
Edmond Dantès dejó de moverse. Se irguió en medio de la cámara, enfrentando al monstruo ciego que se alzaba frente a él. Y entonces, su risa regresó, pero esta vez no era irónica, sino triunfal, liberada, una carcajada que celebraba la llegada de la venganza final.
“¡KUHAHAHAHAHAHA! ¡ENTENDIDO, MASTER!”
La energía en la cámara se densificó hasta hacerse casi sólida. El aire crepitó, y las sombras mismas parecieron retorcerse y alargarse, convergiendo hacia la figura del Avenger. Una presión inmensa, como la de las profundidades abisales, se apoderó del lugar.
“¡No necesito piedad!” declaró Edmond, su voz multiplicándose, resonando desde todas direcciones.
Y entonces, se multiplicó. No eran ilusiones, ni espejismos. Eran él, una docena de Edmond Dantès, cada uno tan tangible y letal como el original, apareciendo en un círculo perfecto alrededor del Basilisco confundido. Todos alzaron sus brazos, manos enguantadas convertidas en garras de energía oscura acumulada.
“¡Sigo el camino más allá del odio y el amor!”
Los clones fantasmales se abalanzaron. No con fuego, sino con golpes físicos imbuidos de una fuerza que destrozaba la realidad. Puñetazos, patadas, ataques con cadenas espectrales que destrozaban escamas, magullaban carne y quebraban huesos de serpiente con un estruendo de troncos rompiéndose. El Basilisco, acorralado, giró y golpeó a ciegas, pero por cada ataque que esquivaba, una docena más lo golpeaban desde ángulos imposibles.
Fue un asalto brutal y coordinado, una danza de venganza perfecta que redujo al Rey de las Serpientes a una bestia acorralada y aterrorizada.
Y entonces, todos los Edmond, el original y sus dobles, se detuvieron. Se alzaron sobre el monstruo moribundo, sus manos unidas frente a sus pechos, concentrando una esfera de negrura absoluta, un micro-sol de odio y desesperación purificados.
El nombre de su Noble Phantasm cruzó los labios de todos ellos al unísono, un susurro que fue más ensordecedor que cualquier grito:
“Enfer: Château d’If.”
No hubo un rayo, ni una explosión tradicional. Lo que surgió de las manos de los Edmond fue un torrente de esa oscuridad concentrada, una catarata vertical de poder avenger que cayó sobre el Basilisco como un juicio divino invertido. El fuego oscuro no quemaba; desintegraba a nivel conceptual. Donde tocaba, la carne, las escamas, los huesos, la misma esencia mágica de la criatura, se desvanecían en un humo negro y amargo.
El Basilisco tuvo tiempo para un último y terrible espasmo, un rugido que se cortó abruptamente cuando la oscuridad lo envolvió por completo. El sonido de su agonía fue ahogado por el zumbido ensordecedor del Noble Phantasm.
Luego, silencio.
La oscuridad se disipó. Donde antes había estado la colosal forma del Rey de las Serpientes, ahora solo había una mancha carbonizada y humeante en el suelo, de la que se elevaba un tenue vapor negro. Los múltiples Edmond se desvanecieron, dejando solo al original, de pie inmóvil en el centro de la cámara, su capa agitándose levemente en una brisa inexistente.
El Basilisco, la bestia legendaria de Salazar Slytherin, el terror de Hogwarts, había sido reducido a cenizas por la venganza personificada.
Tom Riddle, el fragmento de alma, el fantasma de Lord Voldemort, estaba de pie junto al diario, su rostro era una máscara de horror absoluto, de incredulidad y de una rabia tan profunda que parecía querer destrozar la realidad misma. Su creación, su arma, su legado… aniquilado. Y no por Dumbledore, no por un mago poderoso, sino por… por eso. Por una fuerza que no entendía, que no pertenecía a su mundo.
La batalla contra el Basilisco había terminado. Pero la amenaza de Tom Riddle, anclada al maldito diario, aún respiraba. Y el aire en la Cámara, ahora libre del rugido de la bestia, estaba cargado de un nuevo tipo de tensión, electrizante y mortal.
La victoria sobre el Basilisco no resonó como un triunfo en la Cámara de los Secretos, sino como un silencio repentino y pesado, cargado del humo acre de la criatura desintegrada y del eco fantasma de su último rugido. Edmond Dantès, el Avenger, permaneció de pie en el centro del espacio ahora vasto y vacío, su respiración imperceptible, su figura una silueta negra contra los restos humeantes. El poder de su Noble Phantasm aún zumbaba en el aire, una vibración residual de odio purificado y venganza cumplida.
Sus ojos, dos brasas ardientes bajo el ala de su sombrero, se desplazaron desde los restos carbonizados hacia la entrada de la cámara. Allí, Gudao Roberts, al ver que la amenaza inminente había sido erradicada, permitió que la tensión que lo mantenía en pie se quebrara. Un suspiro largo, más un gemido que un alivio, escapó de sus labios. Los últimos vestigios de su fuerza, sostenidos por pura terquedad y el flujo de energía del Command Seal, se desvanecieron. Sus párpados, pesados como losas, se cerraron, y su cuerpo, una maraña de dolor y agotamiento, se desplomó hacia un lado, inconsciente antes de tocar el suelo frío.
Albus Dumbledore observó la caída del joven con una profunda pena en sus ojos azules, pero no se movió hacia él todavía. Su atención, aguda y llena de una tristeza ancestral, estaba fija en la otra figura que permanecía en la cámara: la proyección fantasmal y pálida de Tom Riddle. El fragmento de alma, despojado de su arma monstruosa, parecía más intangible que nunca, una mancha de orgullo herido y rabia impotente contra la piedra húmeda.
Tom, recuperándose de la conmoción de ver a su Basilisco reducido a cenizas por una fuerza que desafiaba toda su comprensión de la magia, encontró un nuevo foco para su veneno. Sus ojos, que en vida habían sido capaces de seducir y aterrorizar, se clavaron en Dumbledore.
“Albus Dumbledore,” siseó Tom, y su voz, antes meliflua, ahora tenía el filo del cristal roto. “El gran defensor. Siempre llegando demasiado tarde, ¿no es así? Como hace cincuenta años.”
Dumbledore no respondió de inmediato. Caminó unos pasos hacia el centro, su mirada recorriendo la forma juvenil y bien parecida de quien fue su estudiante. No veía al Señor Tenebroso, no aún. Veía al chico pobre y brillante que llegó a Hogwarts con un bagaje de abandono y una hambre de reconocimiento que se había torcido en algo monstruoso.
“Tus palabras no tienen el efecto que esperas, Tom,” dijo Dumbledore al fin, su voz era suave pero cargada de un peso inmenso. “Sé que fuiste tú quien abrió la Cámara hace cincuenta años. Lo sospeché entonces, cuando Hagrid fue acusado. Un error demasiado conveniente, una resolución demasiado limpia para alguien tan meticuloso como Rubeus. Y vi en ti, incluso entonces, una fascinación por los secretos prohibidos, una necesidad de demostrar tu superioridad que rayaba en lo patológico.”
Tom rio, un sonido seco y sin humor. “¿Sospechas? ¡Yo la abrí! ¡Yo controlé al Basilisco! ¡Yo purgué a esa mocosa llorona de la escuela! Y habría hecho más, mucho más, si no hubiera tenido que… retirarme temporalmente. Pero dejé mi marca. Dejé mi legado.”
“Dejaste una niña muerta, Tom,” replicó Dumbledore, y por primera vez, un destello de ira fría cruzó sus ojos. “Dejaste una vida arruinada en la persona de Rubeus Hagrid. Eso no es un legado, es una cicatriz. Una mancha de cobardía, porque no tuviste el valor de hacer tu propio trabajo sucio; usaste a otro y luego huiste a la sombra, jugando a ser un héroe con una medalla falsa.”
La máscara de desprecio de Tom se agrietó. La mención a la medalla, a su “heroísmo” fingido, tocó un nervio profundo de su inseguridad. “¡Calla! ¡Tú no entiendes nada! ¡Yo soy poder! ¡Yo soy el futuro de la magia! ¡Mira a tu alrededor, viejo! ¡Mi criatura, el legado de mi ancestro, ha aterrorizado esta escuela dos veces! ¡Y tú, con todo tu poder, no pudiste evitar ninguna!”
“El verdadero poder, Tom,” dijo Dumbledore, avanzando otro paso, su voz se volvió más penetrante, “no reside en aterrorizar a los indefensos. Reside en la elección. Y tú, una y otra vez, has elegido el camino más bajo. Elegiste obsesionarte con tu sangre muggle, negando una parte de ti mismo hasta el punto de querer exterminar a otros como tu padre. Elegiste manipular y mentir en lugar de forjar lealtades genuinas. Elegiste fragmentar tu alma, el núcleo mismo de tu ser, en una búsqueda patética de inmortalidad, creyendo que más partes harían un todo más fuerte, cuando solo creaste copias más débiles y corruptas de tu propio vacío.”
Cada palabra era un martillo que golpeaba no un cuerpo, sino la ilusión que Tom Riddle había construido de sí mismo. Sus ojos se dilataron, no con miedo, sino con un horror reconocitivo. ¿Cómo sabía todo esto? ¿Cómo podía ver a través de él con tanta claridad?
“¡Basta!” rugió Tom, su proyección tembló como una mala recepción. “¡No sabes de lo que hablas! ¡Mi obra es demasiado grande para que la comprendas!”
“Tu ‘obra’ es un monumento a la inseguridad, Tom,” concluyó Dumbledore, y su tono ahora era de pura y abrumadora decepción. La decepción de un maestro que vio un potencial brillante y lo vio malgastarse en cenizas y odio. “Qué bajo has caído. De un niño prometedor a un fantasma que se aferra a la vida a través de artefactos y recuerdos, alimentándose de la inocencia de una niña para cobrar forma.”
La furia de Tom era un fuego ciego, pero era impotente. No tenía varita, no tenía criatura, solo su ira y su astucia. Y Dumbledore acababa de revelar que conocía su secreto más profundo.
Fue entonces cuando Dumbledore actuó. Con un movimiento rápido y fluido de su varita de saúco, no hacia Tom, sino hacia el suelo donde yacía el pequeño diario negro cerca de los restos de Ginny. “Accio Diario.”
El cuaderno voló por el aire, pasando a través de la forma fantasmal de Tom como si no fuera nada, y aterrizó suavemente en la mano extendida de Dumbledore. Tom gritó, un sonido de pura frustración impotente, y trató de agarrarlo, pero sus dedos espectrales no encontraron resistencia.
Dumbledore sostuvo el diario, no con repulsión, sino con una triste reverencia por la tragedia que representaba. Sus dedos expertos pasaron por la cubierta, y sus ojos, capaces de percibir capas de magia que a otros les eran invisibles, estudiaron el objeto. Percibió la repulsiva sensación de un alma atrapada, la perversión de la magia más oscura que mantení unida.
“Un Horrocrux,” murmuró Dumbledore, y la palabra cayó en la cámara como una sentencia de muerte.
Tom Riddle se congeló. Todo su ser, su arrogancia, su furia, su miedo, se colapsaron en un instante de puro y absoluto terror. El secreto. Su mayor, más terrible secreto, pronunciado en voz alta por el único hombre a quien verdaderamente temía. ¿Cómo? ¿Cómo podía saberlo?
“La magia más vil,” continuó Dumbledore, alzando la mirada del diario para mirar a Tom a los ojos. “Destrozar el alma para escapar de la muerte. No la conquista, Tom. La huida. Una huida cobarde que deja pedazos de ti mismo esparcidos como basura, vulnerable en objetos mundanos. Este diario… era tu ancla aquí. Un fragmento de tu alma de dieciséis años, conservado en su arrogancia juvenil.”
La proyección de Tom parecía desvanecerse, no por falta de poder, sino por el shock. Intentó formar palabras, una negación, una amenaza, pero solo salió un jadeo silencioso.
Dumbledore no esperó. Sabía lo que había que hacer. No con lástima, sino con la firme determinación de un cirujano que extirpa un cáncer. Giró hacia Edmond Dantès, quien había estado observando el intercambio en silencio, una estatua de sombras y fuego contenido.
Sin una palabra, Dumbledore extendió el diario hacia el Avenger. No hubo necesidad de explicaciones. Edmond, cuya existencia misma comprendía los conceptos de prisión, injusticia y liberación final, entendió al instante. Este objeto era una prisión para un fragmento de alma, una injusticia contra el orden natural, y requería una liberación definitiva.
Tom, viendo el movimiento, recuperó la voz en un último y desesperado arranque. “¡No! ¡Espera! ¡Puedes… puedes usarlo! ¡Podemos…!”
Sus palabras fueron cortadas. Edmond había alargado una mano enguantada. De su palma, no brotó la furia amplia y destructiva de antes, sino una llama concentrada, fría y oscura, el mismo fuego que había cegado al Basilisco y desintegrado su carne. Era el fuego de la venganza, pero también de la purificación a través de la destrucción absoluta.
Acercó la punta de su dedo índice, envuelto en esa llama negra, a la cubierta del diario.
“¡NO!” El grito de Tom Riddle fue desgarrador, lleno de un terror que trascendía lo físico. No era el grito de un guerrero derrotado, sino el de un niño atrapado en un fuego, el de un alma sintiendo su aniquilación inminente.
El fuego de Edmond tocó el diario.
No hubo una combustión lenta. El diario, impregnado de magia oscura, pareció rechistar al contacto. Luego, las llamas oscuras se extendieron por su superficie como venas voraces, consumiendo la tinta, el papel, la misma esencia mágica que lo sostenía. Y con el diario, la proyección de Tom comenzó a arder.
No era un fuego físico que iluminaba, sino uno espiritual que parecía absorber la luz. Tom gritó, pero este grito no era de rabia, sino de una agonía indescriptible. Era el dolor del alma siendo quemada, deshecha, borrada de la existencia. Su forma se retorció, contorsionándose en siluetas imposibles, mientras la oscuridad llameante lo consumía desde los pies hacia la cabeza. Sus gritos se convirtieron en chillidos agónicos, luego en susurros quejumbrosos, y finalmente, en un silencio repentino y absoluto.
La última imagen fue la de su rostro, ya no arrogante, sino aterrorizado y suplicante, disolviéndose en el humo negro que se elevó del diario ahora completamente envuelto en llamas.
Edmond mantuvo el fuego un momento más, asegurándose de que no quedara rastro, ni de tinta, ni de encantamiento, ni del más mínimo fragmento de conciencia pervertida. Luego, retiró su mano. Las llamas se apagaron instantáneamente, dejando caer al suelo un montón de cenizas negras y finas que alguna vez fueron el diario de Tom Riddle, y con él, el Horrocrux.
Dumbledore recogió las cenizas con un movimiento de varita, encerrándolas en un pequeño frasco de cristal que apareció de su manga. Un recordatorio mudo de la locura y la tragedia.
El silencio que siguió fue diferente. Ya no estaba cargado de amenaza, sino de un agotamiento profundo y del peso de lo perdido y lo salvado. Dumbledore miró a Edmond, e inclinó levemente la cabeza en un gesto de respeto y gratitud. El Avenger respondió con una inclinación casi imperceptible de la suya. Su trabajo aquí había terminado.
La figura de Edmond Dantès comenzó a desvanecerse, no en un remolino dramático, sino con la quietud de una sombra que se retira con el amanecer. Se disolvió en el aire, volviendo a su estado astral, una presencia protectora que regresaba a los confines de la mente de su Maestro, vigilante, esperando el próximo llamado.
Dumbledore entonces se volvió hacia los niños. Con varios suaves movimientos de su poderosa varita, hizo levitar con extrema delicadeza los cuerpos inconscientes de Gudao Roberts y Ginny Weasley. Harry Potter, que había presenciado todo con una mezcla de horror, asombro y confusión, se acercó tambaleándose.
“Vamos, Harry,” dijo Dumbledore, su voz recuperando algo de su calidez habitual, aunque teñida de cansancio. “Es hora de salir de este lugar de pesadillas.”
El director guio el camino de regreso, las figuras flotantes de Gudao y Ginny siguiéndolo como durmientes etéreos, con Harry pisándole los talones, lanzando miradas atrás hacia la cámara ahora silenciosa y vacía, salvo por el montón de cenizas del Basilisco y el aura fantasmal de una batalla que había cambiado todo.
La odisea en la Cámara de los Secretos había llegado a su fin. El monstruo había sido aniquilado, el fragmento de alma, destruido. Pero las cicatrices, tanto físicas como emocionales, eran profundas. Y el precio de la verdad, como siempre, acababa de comenzar a pagarse.
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