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Fate of Magic - Capítulo 28

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28: Conexion 28: Conexion La atmósfera en Chaldea era, desde hacía semanas, una cápsula de desesperación contenida.

El aire, reciclado y estéril, parecía haber absorbido el peso del silencio y la pérdida, volviéndose más denso, más difícil de respirar.

Los pasillos, antaño llenos del bullicio de docenas de Servants, de discusiones estratégicas y de las risas ocasionales tras una misión cumplida, ahora resonaban con un vacío sepulcral.

El latido del corazón de la organización, su propósito fundamental, había desaparecido en el vacío del Templo del Tiempo.

Fujimaru Ritsuka había caído.

No como un héroe en la batalla, con fuego y gloria, sino de manera abrupta, injusta, como un hilo cortado tras salvar la propia trama de la que formaba parte.

El impacto había sido un terremoto que había resquebrajado los cimientos no solo de la misión, sino del espíritu de cada habitante de aquel complejo de acero y sueños.

Muchos Servants, cuyas formas y lealtades estaban íntimamente ligadas a la voluntad y los lazos del Último Maestro, comenzaron a desvanecerse.

No era un rechazo, sino un lento apagarse, como velas a las que se les acaba la cera.

El gran Leónardo da Vinci, en su forma de joven inventor, había sido testigo de cómo brillantes espíritus heroicos, desde los más taciturnos hasta los más exaltados, se despedían con un último suspiro de tristeza o una mirada de impotente frustración antes de disolverse en partículas de luz dorada, regresando al anonimato del Trono.

Cada desaparición era un recordatorio mudo: sin Ritsuka, el contrato, ese milagroso acuerdo de voluntades, se deshacía.

La motivación para mantenerse en un mundo que no era el suyo, sin la persona que les había dado un nuevo propósito, se volvía insostenible.

La desmoralización era una niebla tangible.

Algunos humanos del personal, los técnicos, los magos de soporte, caminaban con los hombros caídos, realizando sus tareas por inercia.

Las reuniones de estrategia se habían suspendido indefinidamente.

¿Estrategia para qué?

¿Contra qué?

La humanidad estaba salvada, pero a un costo que para muchos parecía una derrota pírrica.

Sin embargo, en medio de ese lento naufragio colectivo, quedaban faros de terquedad irracional.

Un núcleo de Servants se negaba a aceptar la premisa de la pérdida definitiva.

Para ellos, Ritsuka Fujimaru no era solo un Maestro, era el eje alrededor del cual sus propios mitos se habían reescrito, el punto de anclaje que les permitía existir más allá de su leyenda.

Hablar de su muerte como un hecho era una blasfemia.

Artoria Pendragon (Alter), envuelta en su capa de sombras y hielo, patrullaba los pasillos más solitarios con una intensidad aún mayor, como si su mera determinación pudiera congelar la realidad y preservar cualquier rastro de su contrincante y, en el fondo, su aliado.

Jeanne d’Arc, en su pureza inquebrantable, oraba no a un dios, sino a la misma humanidad que Ritsuka había encarnado, creyendo con fe ciega en un milagro.

Incluso Gilgamesh, el Rey de los Héroes, desde su trono de arrogancia, despreciaba abiertamente la noción.

“¿Que ese mongrel haya permitido que el vacío lo atrape?

¡Absurdo!

Es simplemente…

tardío.

Y pagará por hacerme esperar.” A estos, los demás los llamaban locos, optimistas patológicos, ingenuos aferrados a un sueño.

Sus argumentos eran sólidos: el vacío dimensional tras el colapso del Templo del Tiempo no dejaba rastro, ni alma, ni cuerpo, ni esencia.

Era la aniquilación pura.

La ciencia, la magia, la teología, todo apuntaba a lo mismo: Ritsuka Fujimaru había dejado de existir.

Hasta esa noche.

Leonardo da Vinci, la Genio Universal, trabajaba en una de sus muchas estaciones de análisis en la Sala de Comando.

Sus ojos, normalmente brillantes con curiosidad infinita, estaban apagados, rodeados de las sombras del cansancio y la desazón.

Revisaba datos residuales por enésima vez, no con esperanza, sino con la obstinación mecánica de un ritual.

Los monitores mostraban flujos de energía cósmica, lecturas de la Humanidad Incinerada ahora restaurada, y una plana, desoladora línea de cero donde alguna vez hubo un vínculo vital único: el del Master de Chaldea.

Fue entonces cuando, en el borde de su percepción, en un sub-canal de datos casi imperceptible dedicado a rastrear firmas espirituales residuales, algo parpadeó.

Un latido.

No era físico, sino espiritual.

Un destello de datos, una coincidencia en el patrón de energía que imitaba con una precisión escalofriante la firma vital única de Fujimaru Ritsuka.

Da Vinci se quedó helada.

Su mente, capaz de procesar miles de variables simultáneamente, se congeló por un instante completo.

Error del sistema.

Fantasma de datos.

Una alucinación por estrés.

Pero el latido se repitió.

Y luego otro.

Y otro más.

No era constante, era débil, intermitente, como una radio mal sintonizada captando una señal a través de una tormenta dimensional, pero era innegable.

Las lecturas de vitalidad, que habían estado en cero absoluto durante semanas, mostraban ahora un pico minúsculo, pero real.

Un pulso.

Un eco de existencia.

Da Vinci se pellizcó el brazo con fuerza.

El dolor fue agudo y real.

Se dio un leve golpe en la frente con la palma de la mano.

La conmoción sacudió sus sentidos.

Sin dudarlo, abandonó la estación y se dirigió a toda prisa a sus aposentos, donde se sometió a una ducha helada, el agua golpeando su rostro como agujas.

Tiritando, con el cabello pegado a la piel, regresó corriendo a los monitores.

La señal seguía allí.

Más débil ahora, casi escondida entre el ruido de fondo del universo, pero persistente.

No era un sueño.

No era una ilusión.

Era…

una posibilidad.

Por primera vez en semanas, una oleada de emoción tan poderosa que le dobló las rodillas la inundó.

No era solo alegría; era un torrente de alivio, de esperanza renacida, de terror ante la implicación y de una euforia desbordante.

Las lágrimas, contenidas durante tanto tiempo en nombre de la fuerza y la lógica, brotaron sin control, surcando su rostro mientras una sonrisa genuina, amplia y temblorosa, se dibujaba en sus labios.

“Idiota…

estúpido, maravilloso, increíble idiota…” murmuró entre sollozos y risas ahogadas.

“¿Dónde te has metido?” La científica en ella tomó el control inmediatamente después del estallido emocional.

Con dedos que aún temblaban ligeramente, voló sobre los paneles de control, lanzando todos los protocolos de rastreo de Chaldea.

Localización espiritual, sonda de coordenadas dimensionales, búsqueda de anomalías espacio-temporales convergentes con la firma vital…

Todo el poder de cálculo de la organización, la tecnología más avanzada de la mageia y su propio genio se pusieron al servicio de un solo objetivo: encontrar el origen de esa señal.

Pero chocó contra un muro.

Una y otra vez, sus sondas, sus hechizos de búsqueda, sus algoritmos predictivos, eran desviados, difuminados o simplemente absorbidos por una interferencia masiva.

No era un bloqueo tecnológico, ni una barrera mágica convencional.

Era como si la propia existencia de Ritsuka estuviera envuelta en una niebla impenetrable, una protección o quizás una prisión de escala cósmica.

Podía detectar el que vivía, pero el dónde era un rompecabezas cuyas piezas estaban dispersas en realidades superpuestas.

Cada vez que parecía acorralar una coordenada, esta se desvanecía o se contradecía con otra.

Era como intentar agarrar humo con las manos.

“¿Qué…

qué es esto?” musitó Da Vinci, su entusiasmo inicial dando paso a una frustración profunda y a una creciente preocupación.

“No es una localización fija…

es como si su existencia estuviera…

distribuida o siendo filtrada a través de algo.

O alguien.” La idea de que una entidad de poder divino, o algo aún más allá, estuviera involucrada, interceptando o escondiendo a Ritsuka, hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

¿Era una protección?

¿O una forma de cautiverio?

Su siguiente pensamiento voló hacia Mash Kyrielight.

La chica Shielder, la más cercana a Ritsuka en todos los sentidos, había sido la más devastada.

Había pasado semanas en un estado de catatonia casi total, encerrada en su habitación, negándose a comer, a hablar, a existir sin su Senpai.

Solo recientemente, gracias a los esfuerzos titánicos de personal médico, de Servants como Jeanne o el propio doctor Romani (cuyo recuerdo era otro dolor), y de una terquedad interna que finalmente encontraba una razón para luchar, Mash había empezado a mejorar.

Comía algo.

Salía a pasear por pasillos vacíos.

Intercambiaba unas pocas palabras.

Era una convalecencia frágil, un capullo reconstruido con hilos rotos.

Decirle ahora…

¿decirle qué?

¿Que Ritsuka podía estar vivo, pero perdido en Dios sabe dónde, detrás de una barrera que ni Chaldea podía penetrar?

La esperanza podría ser un veneno más lento y cruel que la desesperación si no tenía una resolución clara.

Podría romperla de nuevo, de una manera quizás irreversible.

Da Vinci se mordió el labio.

No.

No podía.

No todavía.

Tenía que tener algo más concreto, una ubicación, un plan.

No podía lanzar a Mash, y por extensión a todos los demás, a otro torbellino de incertidumbre.

Además, estaba el asunto de…

las demás.

Una sonrisa irónica y un poco fatigada se dibujó en el rostro de Da Vinci mientras su mente, en un extraño desvío, visualizaba el posible futuro.

Si, cuando, Ritsuka regresara…

el aluvión emocional sería de proporciones épicas.

Y no solo de alivio y alegría.

Sabía, por incontables conversaciones, suspiros y miradas observadas, que el lazo del Último Maestro con sus Servants había trascendido en muchos casos lo meramente táctico o incluso lo amistoso.

El amor, en sus múltiples formas – admirativo, devoto, posesivo, pasional, protector – pululaba por Chaldea como un perfume invisible.

Artoria, Medb, Kiyohime, Meltryllis, Ereshkigal, Britomart…

y por supuesto, Mash.

La lista era larga y variada.

“Por todos los genios del Renacimiento,” murmuró para sí, frotándose los templos.

“Si regresa, no va a tener un momento de paz.

Lo van a acorralar.

Confesiones a granel, escenas de celos dignas de una ópera, quizás incluso duelos…

y lo peor es que dudo que ese chico tenga el corazón (o la valentía) para rechazar a nadie de plano.

Podría terminar ‘saliedo’ con media docena a la vez solo por no querer herir sentimientos.” La imagen era a la vez cómica y aterradora.

Un Ritsuka acosado por una legión de heroínas enamoradas era un problema del que, en ese momento, casi prefería no ocuparse.

Pero la realidad inmediata era más apremiante.

Apagó las pantallas principales, sumiendo la Sala de Comando en una penumbra solo rota por las luces de espera de las consolas.

La señal vital, ese milagro tenue, seguía en su monitor privado, latiendo como un corazón distante.

Lo guardó, encriptado bajo sus códigos más seguros.

Era un secreto, por ahora.

Su secreto.

Tenía informes que redactar para la Asociación de Magos, para la Torre del Reloj.

Esa era otra pesadilla.

Tras la restauración de la Humanidad, Chaldea había pasado de ser la última esperanza a ser una organización incómoda, con demasiado poder (los Servants), demasiados secretos (los viajes en el tiempo) y un historial de operaciones que rayaba, desde la perspectiva burocrática, en la anarquía total.

La “invocación masiva e ilegal de espíritus heroicos” era solo la punta del iceberg.

Las preguntas eran interminables, el tono, acusatorio.

No los trataban como héroes, sino como criminales irresponsables que habían jugado con fuego cósmico y, por suerte, no habían quemado el universo.

Cada reunión, cada interrogatorio, era un ejercicio de paciencia y de ocultar la verdad más profunda: que su arma más poderosa, el Maestro, estaba perdido, y que ahora quizás, milagrosamente, no lo estaba.

Da Vinci podía sentir el fantasma de un dolor de cabeza masivo presionando contra sus sienes.

Prioridades.

Primero, lidiar con los buitres de la Torre del Reloj, mantener la fachada, proteger a lo que quedaba de Chaldea.

Después, y solo después, dedicar cada gramo de su intelecto a descifrar el enigma de la localización de Ritsuka.

Tenía que ser metódica.

Tenía que ser perfecta.

Con un último vistazo al monitor que guardaba su esperanza, Da Vinci salió de la Sala de Comando.

La puerta se cerró tras ella con un silbido suave, dejando el vasto espacio en una oscuridad casi total.

En el centro de la sala, el núcleo de Chaldeas, la esfera artificial que representaba y monitoreaba el futuro de la humanidad, comenzó a comportarse de manera errática.

Su brillo azul constante, una presencia serena y eterna, parpadeó.

No fue un fallo de energía; fue un titileo lento, rítmico, como si respirara.

Luego, su superficie, usualmente lisa como un océano de datos congelado, se difuminó.

Los continentes de luz que representaban las garantías de la humanidad se hicieron borrosos, se mezclaron, como si algo estuviera reescribiendo la cartografía del destino a nivel fundamental.

Era un cambio sutil, uno que solo los sensores más sensibles de Da Vinci, ahora apagados, habrían registrado.

Chaldeas, ese oráculo tecnomágico, parecía estar reaccionando a algo.

A la tenue señal de vida de un maestro perdido, a la interferencia que lo ocultaba, o quizás a algo más, algo que se aproximaba desde los pliegues de una realidad que acababa de ser salvada y que, por tanto, estaba de nuevo en juego.

La esfera azul parpadeó una vez más, más lentamente, y luego recuperó su brillo constante, pero en sus profundidades, algo había cambiado.

Un nuevo algoritmo de posibilidades, una variable desconocida, acababa de ser introducida en la ecuación del futuro.

Y en la oscuridad de la sala de comando, solo Chaldeas era testigo del primer y misterioso latido de la próxima tormenta.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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