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Fate of Magic - Capítulo 29

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Capítulo 29: Avance

La enfermería de Hogwarts, un lugar normalmente asociado a resfriados mágicos y huesos sanados demasiado rápido, se había transformado en una unidad de cuidados intensivos silenciosa y tensa. En la cama más alejada de la entrada, tras unas cortinas semicerradas que apenas atenuaban la luz suave de las lámparas, yacía Gudao Roberts. No era el muchacho impasible y alerta que recorría los pasillos como una sombra, ni el estudiante de Slytherin que desafiaba a sus compañeros con una mirada gélida. Era una figura pálida y frágil, conectada a una intrincada red de magia médica.

Madam Pomfrey, con el rostro surcado por una preocupación profunda que rara vez mostraba, era un torbellino de eficiencia silenciosa. Sus varitas, varias a la vez, trazaban complejos patrones sobre el cuerpo inmóvil de Gudao. Los diagnosticadores emitían un zumbido constante, mostrando gráficos espectrales de su interior que hacían que incluso a la experimentada enfermera se le helara la sangre.

Los daños eran extensos y de una naturaleza particularmente siniestra. No eran solo huesos rotos por un impacto, aunque también los había: costillas fracturadas, el peroné izquierdo agrietado, la clavícula derecha astillada. Eran los daños internos, las secuelas de una tortura diseñada para destrozar el sistema nervioso sin dejar marca física aparente. La maldición Cruciatus, aplicada de forma prolongada y con saña por un mago tan poderoso como Tom Riddle, había dejado un rastro de micro-desgarros en los tejidos nerviosos, contusiones en órganos internos causadas por espasmos incontrolables, y un desequilibrio mágico profundo que hacía que su propio núcleo mágico luchara por estabilizarse. Era como si su cuerpo hubiera sido sacudido por un terremoto interno.

Pomfrey trabajaba con pociones de alta potencia: Skele-Gro para los huesos, Essence of Dittany para regenerar tejidos y sellar heridas internas, y un raro Calming Draught reforzado para intentar asentar la tormenta mágica en su sistema. Sus labios estaban apretados en una línea fina. “Trauma psicológico”, murmuró para sí, mientras un delicado encantamiento escudriñaba las capas más superficiales de su mente en busca de daño. Pero lo que encontró, o más bien, lo que no encontró, fue igual de desconcertante. Había una barrera. Una fortaleza de pura voluntad y algo más, algo oscuro, protector y antiguo, que sellaba sus recuerdos más profundos. No podía acceder, y en cierto modo, se sintió aliviada. Al menos allí, en el santuario de su mente, parecía haber un guardián.

Ese guardián era Edmond Dantès. En el paisaje onírico y caótico de la mente inconsciente de Gudao, el Avenger era una presencia constante. No intervenía en la curación física; ese era el dominio de Pomfrey. Su tarea era más fundamental: proteger el núcleo de su Maestro. Erigía muros de sombra y fuego frío alrededor de los recuerdos más traumáticos de la tortura, de la visión del Basilisco, del frío desprecio de Riddle. Evitaba que esos horrores se arraigaran y envenenaran su psique. También vigilaba, con los sentidos aguzados de quien conoce la traición y la intrusión, cualquier intento externo de hurgar más allá de lo superficial. Allí permanecería, un centinela incorpóreo, hasta que su Maestro despertara y lo necesitara de nuevo, ya fuera para luchar o simplemente para recordarle que no estaba solo.

Mientras Gudao luchaba por su vida en silencio, Harry Potter enfrentaba una batalla interna de diferente naturaleza. Sentado en un rincón de la concurrida sala común de Gryffindor, el bullicio y los preparativos para las fiestas de fin de año parecían un mundo aparte. No podía sacarse de la cabeza la imagen de Gudao en la Cámara: demacrado, ensangrentado, arrastrándose con una determinación sobrehumana para salvar a Ginny mientras una batalla de dioses se desarrollaba a su espalda. Y antes de eso, la revelación de Dumbledore: Gudao había sido el primero en descubrir la verdad, había arriesgado su seguridad, y había sido el objetivo directo del monstruo.

Toda su desconfianza, sus sospechas alimentadas por los comentarios de Ron y su propio prejuicio visceral contra Slytherin, se le derrumbaban como un castillo de naipes. “Si fuera un Slytherin malvado”, pensó, clavando la mirada en las llamas de la chimenea, “se habría escondido. Habría dejado que los ataques siguieran. No habría ido solo a investigar. Y cuando estuvo allí… malherido, a punto de desmayarse del dolor… se aseguró de que Ginny estuviera a salvo.” La acción era innegablemente valiente, desinteresada. Todo lo contrario a lo que asociaba con la casa de la serpiente.

Una ola de culpa, amarga y familiar, lo inundó. Comprendió, con una claridad dolorosa, lo que debía haber sentido Gudao: ser señalado, juzgado sin prueba, convertido en el chivo expiario solo por su casa. Era un sentimiento que Harry conocía demasiado bien. En Privet Drive, cualquier cosa que saliera mal –un pastel quemado, un jarrón roto, una palabra fuera de lugar– siempre acababa siendo su culpa. Dudley solo tenía que señalar con su dedo regordete y decir “fue él”, y los ojos llenos de rencor de los Dursley se clavaban en Harry. La presunción de culpabilidad era automática. No había derecho a réplica, a una investigación. Él era el problema, el bicho raro, y punto.

“Yo hice lo mismo”, se reconvino, sintiendo un nudo en el estómago. “Lo vi, lo escuché, y sin saber nada, lo declaré culpable en mi cabeza. Solo por ser de Slytherin. Porque Malfoy es un gitano y está en Slytherin. Porque Quirrell… y Snape…” Había extrapolado el odio hacia unos pocos a toda una casa, a un individuo que nunca le había hecho nada. Gudao nunca lo había insultado, nunca se había burlado de su fama o de sus amigos. De hecho, apenas habían intercambiado palabras. Y aun así, Harry había tejido una narrativa de villanía a su alrededor.

Hermione, sentada a su lado repasando un libro de estudio avanzado de runas, notó su expresión. “¿Estás pensando en Roberts?”, preguntó en voz baja.

Harry asintió. “Lo juzgué mal, Hermione. Muy mal.”

“Yo también tenía mis dudas”, admitió ella, cerrando el libro. “Pero siempre me basé en la lógica, en la falta de pruebas. Nunca di por sentado que era malo. Solo… misterioso. Y ahora, con lo que el profesor Dumbledore nos contó, la lógica apunta a que es alguien increíblemente valiente y perspicaz.” Su tono era de admiración genuina. Había encontrado a un par intelectual, alguien que, actuando solo, había resuelto un misterio que a ellos les había llevado meses y varios errores.

Ron, sin embargo, era una historia diferente. Jugueteaba con una ficha de ajedrez mágico cerca del fuego, su rostro mostraba una lucha interna. “No digo que no fuera valiente”, refunfuñó, sin mirarlos. “Pero eso no cambia lo que son los Slytherin. Mi padre siempre dice…”.

“¡Tu padre no conoce a Gudao Roberts, Ron!”, estalló Harry, con más fuerza de la que pretendía. La culpa se estaba transformando en frustración. “¿No lo ves? ¡Crecimos escuchando eso! ‘Nunca confíes en un Slytherin’, ‘todos son unos serpientes’. ¡Y nos lo creímos! Nos volvió… ciegos.” Se frotó la cicatriz, un gesto nervioso. “Él pudo haber muerto. Y nosotros, en lugar de ayudarlo o al menos no estorbar, lo señalamos.”

Ron se puso colorado. “¡Pero Malfoy! ¡Y su padre! ¡Son mortífagos!”

“¿Y Gudao es Lucius Malfoy?”, replicó Hermione con paciencia. “Ron, es un niño de doce años, hijo de muggles, que fue torturado por el heredero de Slytherin por tratar de proteger a otros como él. Si eso no demuestra de qué lado está, nada lo hará.”

Ron no supo qué responder. La lógica de Hermione era, como siempre, irrefutable, pero chocaba contra una vida de enseñanzas familiares. Gruñó y se concentró en su ficha de ajedrez, que le mordió el dedo en represalia por su mal humor. El prejuicio, profundamente arraigado, no se disiparía en una noche.

En las alturas de su despacho, rodeado de los susurros de los retratos dormidos y el suave zumbido de los instrumentos mágicos, Albus Dumbledore contemplaba el frasco de cristal que contenía las finas cenizas del diario de Tom Riddle. No era un trofeo, sino una evidencia de una corrupción tan profunda que entristecía su alma.

Harry, Hermione y Ron, tras reunir valor, habían ido a verlo esa tarde. La curiosidad y la necesidad de entender los acontecimientos monstruosos que habían vivido los impulsaba.

“Profesor”, había comenzado Harry, parándose frente al escritorio. “En la Cámara… usted dijo una palabra. ‘Horrocrux’. ¿Qué… qué es eso exactamente?”

Dumbledore los había observado a los tres por un largo momento. Sus ojos azules, normalmente brillantes con chispas de diversión o sabiduría, estaban serios y cansados. Sabía que esta era una puerta que, una vez abierta, no podría cerrarse. Pero Harry tenía derecho a saber. El fantasma de Tom Riddle había hablado directamente con él, le había mostrado su conexión. Mantenerlo en la oscuridad ahora sería más peligroso.

“Siéntense, por favor”, dijo, haciendo un gesto con la mano hacia unas sillas. Cuando estuvieron acomodados, tomó el frasco con las cenizas. “Un Horrocrux, Harry, es la encarnación de lo más profanador y oscuro en el arte de la magia. Es un objeto en el cual un mago ha ocultado un fragmento de su alma.”

Hubo un silencio incrédulo. Hermione contuvo el aliento, su mente haciendo conexiones aterradoras. Ron frunció el ceño, tratando de comprender.

“¿Un… fragmento de su alma?”, repitió Harry.

“Así es”, asintió Dumbledore. “Para crearlo, uno debe cometer el acto supremo de maldad: un asesinato. Este acto lacera el alma. Luego, mediante un hechizo de una vileza indescriptible, el mago puede desprender ese fragmento rasgado y encajarlo en un objeto. Mientras ese objeto permanezca intacto, el mago no puede morir. Su alma principal está anclada a este mundo, sin importar lo que le ocurra a su cuerpo.”

La explicación cayó en la habitación como una losa. Harry sintió un frío que le recorrió la espina dorsal. “Entonces… el diario…”

“Era un Horrocrux”, confirmó Dumbledore. “Un fragmento del alma del joven Tom Riddle, creado cuando asesinó a Myrtle, la que después sería la fantasma llorona. Ese fragmento conservaba su conciencia, su memoria, su poder. Por eso podía poseer, manipular, hablar. No era un fantasma común; era una pieza de un alma viva, atrapada en las páginas de un diario.”

Un alivio inicial inundó a Harry. “¡Entonces lo destruimos! ¡Cuando su… amigo quemó el diario, destruyó el Horrocrux! ¡Voldemort ya no tiene ese seguro!”

Dumbledore no compartió su entusiasmo. Una sombra profunda cruzó su rostro. “Eso esperaría cualquier persona sensata, Harry. Cualquiera que no fuera Tom Riddle.” Hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado. “Tom siempre fue… excepcional. En su arrogancia, en su miedo a la muerte, en su desprecio por los límites. La creación de un solo Horrocrux ya es una atrocidad casi inimaginable. Pero yo… he llegado a una conclusión terrible, tras años de estudiar sus acciones, sus rarezas, la naturaleza de su regreso.”

Se levantó y caminó hacia el armario donde guardaba el Pensadero. “Sospecho, con un alto grado de certeza, que Tom Marvolo Riddle no se conformó con uno.”

El aire pareció escaparse de la habitación. Hermione dejó escapar un grito ahogado. “¿Más de uno? ¿Pero es eso siquiera posible, profesor? El alma… es una. ¿Cómo puede dividirse tantas veces?”

“Es una pregunta excelente, Hermione”, dijo Dumbledore, su voz grave. “Posible, sí, técnicamente lo es. Cada nuevo asesinato lacera aún más el alma, haciendo posible desgajar otro fragmento. Pero el costo… el costo es atroz. Con cada división, el alma se vuelve más inestable, la persona más monstruosa, más alejada de cualquier atisbo de humanidad. Se convierte en algo menos que un hombre, en una caricatura retorcida de vida. Es un camino de locura y autodestrucción. Pero a Voldemort, obsesionado con la inmortalidad a cualquier precio, no le importaron esas consecuencias.”

Harry se sentía mareado. “¿Cuántos? ¿Cuántos pudo haber hecho?”

“Esa es la pregunta crucial”, dijo Dumbledore, abriendo el armario y revelando hileras de pequeñas ampollas de cristal que contenían recuerdos plateados y brillantes. “No lo sé. Es lo que debo descubrir. Estos son recuerdos, Harry. De personas que lo conocieron. De Slughorn, de sus profesores, de sus primeros seguidores. En ellos, espero encontrar pistas. Una palabra suelta, un interés extraño por un objeto concreto, una ausencia inexplicable. Todo puede ser una pieza del rompecabez.”

Hermione, fascinada a pesar del horror, preguntó: “¿Y eso, profesor? ¿Esa copa de piedra?”

“Es un Pensadero”, explicó Dumbledore. “Permite sumergirse en los recuerdos, experimentarlos no como un observador, sino como un espectador invisible dentro de la escena. Es una herramienta invaluable para el historiador… y para el detective.”

Sin embargo, entonces hizo algo inesperado. Con un movimiento de su varita, guió suavemente a los tres adolescentes hacia la puerta. “Pero esta investigación, les temo, es tarea mía. Será larga, tediosa y profundamente perturbadora. No es una carga para mentes jóvenes. Ustedes han soportado suficiente este año.”

Harry protestó. “¡Pero profesor! ¡Es sobre Voldemort! ¡Tenemos derecho a saber!”

“Y lo sabrán”, aseguró Dumbledore, con una firmeza que no admitía discusión. “Cuando haya reunido y verificado la información. Cuando tenga algo concreto, y no solo sombrías sospechas. Les mostraré los recuerdos relevantes, y juntos podremos analizarlos. Pero ahora, necesitan descansar. Necesitan ser estudiantes. El peligro inmediato ha pasado.” Su mirada se volvió paternal. “Vayan. Duerman. Mañana es un nuevo día.”

Frustrados pero obedientes, el trío salió del despacho. El sonido de la puerta al cerrarse detrás de ellos pareció marcar el final de una era y el comienzo de otra mucho más oscura y compleja. Dumbledore se quedó solo, mirando las filas de recuerdos y el frasco de cenizas. La batalla contra el Basilisco había terminado. Pero la guerra contra la sombra fragmentada de Tom Riddle, una guerra por el alma misma de un mago y la seguridad del mundo mágico, acababa de declararse. Y él, Albus Dumbledore, tenía que encontrar las armas para lucharla en los ecos plateados del pasado.

Mientras, en la silenciosa enfermería, Gudao Roberts respiraba con dificultad pero de manera constante, ajeno a las revelaciones y los remordimientos, a las investigaciones y los futuros peligros. En su mente, protegido por las sombras de un vengador leal, solo había un descanso profundo y reparador, el primer paso en un largo camino de recuperación. El precio por haber mirado a los ojos de la serpiente, y haber sobrevivido, aún estaba por pagarse por completo.

En las alturas de la torre de dirección, donde el aire mismo parecía envejecido por la sabiduría y los secretos, Albus Dumbledore enfrentaba la tarea más sombría de su larga vida. El frasco con las cenizas del diario de Tom Riddle descansaba sobre su escritorio, un recordatorio mudo de la corrupción que había infectado a su estudiante más brillante y más perdido. Pero las cenizas no respondían preguntas; solo confirmaban la existencia de un horror. Para entender la magnitud de la locura, necesitaba sumergirse en las aguas turbias del pasado.

Con un gesto solemne, extrajo la primera de las numerosas ampolletas de cristal que contenía recuerdos. La etiqueta, escrita con su propia caligrafía pulcra, decía: “Orfanato Wool’s, 1938 – Primera entrevista”. Un hilillo plateado y brillante se arremolinó dentro del vidrio, conteniendo la esencia de un momento decisivo. Con un suspiro que pareció pesar más que su edad, Dumbledore vertió el contenido en la piedra tallada del Pensadero. La superficie, que momentos antes reflejaba el tenue fuego de la chimenea, se transformó en un mar de neblina plateada y movediza. Sin vacilar, sumergió su rostro en ella.

La transición siempre era desorientadora. La sólida piedra de su despacho se disolvió, reemplazada por el frío y la austeridad sórdida de un orfanato londinense. Allí estaba él, más joven, con el cabello y la barba de un castaño rojizo, llamando a una puerta. Y allí estaba Tom Riddle, un niño de once años demasiado guapo, con ojos oscuros que ya carecían de la calidez infantil. Dumbledore observó, como un fantasma, la entrevista. Notó la fría precisión con la que Tom enumeraba sus “peculiaridades”: hacer que los objetos se movieran sin tocarlos, hablar con las serpientes, asustar a los otros niños. No había culpa, solo un orgullo frío y posesivo. “Yo puedo hacer que les duela”, dijo el niño, y en esas palabras, el Dumbledore espectador encontró la primera pista: una predisposición al control mediante el dolor, una temprana fascinación por la dominación. Ya entonces, Tom veía a los demás como objetos, como herramientas o obstáculos.

Una tras otra, las ampolletas fueron vaciándose en el Pensadero. Dumbledore fue un espectador silencioso de los años de Tom en Hogwarts: su inmediato encanto superficial para con los profesores, su fría distancia de los compañeros. Vio cómo coleccionaba trofeos no por amor al deporte o la academia, sino como pruebas de su superioridad. En un recuerdo de la Sala de Menesteres, encontrado en los archivos del difunto profesor Gira tuercas, vio a un Tom de quinto año hojeando libros de magia oscura que no estaban en la biblioteca restringida, buscando específicamente referencias a la permanencia del alma, a ritos de transición y anclaje. El joven Tom tomaba notas meticulosas, y en un margen, Dumbledore logró descifrar unas palabras escritas con una caligrafía angulosa: “¿El siete? Número de mayor poder mágico… ¿Pero suficiente?” Una anotación críptica, pero que encendió una alarma en la mente del director.

Pasaron las horas. La luna recorrió el cielo visible desde la ventana circular. Dumbledore emergía del Pensadero solo para tomar notas en un largo pergamino, etiquetando las ampolletas usadas con runas que solo él entendía: una serpiente para los recuerdos que mostraban su habilidad de ofidioglotia y su obsesión con el linaje de Slytherin; un ojo para aquellos donde Tom espiaba o obtenía información de otros; un fragmento de espejo roto para los momentos que revelaban su narcisismo y su desprecio por todo lo que no fuera él mismo.

Vio recuerdos de profesores ya fallecidos: el profesor Merrythought comentando la habilidad innata de Tom para la Defensa Contra las Artes Oscuras, pero también su “curiosa falta de interés en la defensa pura, siempre se va hacia lo ofensivo, lo permanente”. Vio a un Horace Slughorn joven y vigoroso, lleno de vanidad, rodeándose de estudiantes prometedores. Tom era su favorito, por supuesto. En varias cenas del Club de las Eminencias, Dumbledore observó cómo Tom, con una habilidad social diabólica, extraía información de Slughorn y otros profesores sobre magia avanzada, historias de reliquias poderosas, leyendas de magos que habían intentado burlar a la muerte. Slughorn, halagado por el interés, soltaba joyas de conocimiento sin darse cuenta del monstruo que alimentaba.

Llegó el recuerdo del Tom Riddle adulto, ya dejando atrás su identidad escolar. Dumbledore lo siguió a través de recuerdos obtenidos de antiguos conocidos y espías. Lo vio viajando, buscando. Un recuerdo borroso y tembloroso, extraído de un mago nómada griego, lo mostraba preguntando en tabernas remotas por la ubicación de tumbas de magos poderosos, por reliquias de los fundadores de Hogwarts. Otro, de una bruja anciana en un pueblo de los Balcanes, lo situaba investigando las propiedades mágicas de lugares extremos: un volcán islandés, un abismo marino, una cima montañosa perpetualmente azotada por rayos. “Buscaba lugares que pudieran contener”, murmuró la bruja en el recuerdo, su voz como el crujir de hojas secas. “Lugares que, por su naturaleza, pudieran preservar algo contra la entropía, contra la disolución.”

Cada nueva inmersión era un golpe al corazón de Dumbledore. Veía el brillante niño que pudo haber sido algo grande, algo bueno, transformarse paso a paso en la caricatura de humanidad que era Lord Voldemort. Con cada asesinato, con cada acto de crueldad, el alma de Tom no solo se lacera, sino que se empobrece. Su obsesión por la inmortalidad lo estaba vaciando de todo lo que hacía que la vida valiera la pena ser vivida.

Finalmente, cerca del amanecer, con los ojos cansados y un dolor sordo en el pecho que no era físico, Dumbledore tomó la última ampolleta clave. Su etiqueta decía: “H. E. F. Slughorn – Conversación sobre Horrocruxes, c. 1943”. Era el recuerdo que Slughorn le había entregado años atrás, cuando el peso de la culpa y la presión del director lo habían obligado. Dumbledore lo vertió, esperando la confirmación definitiva.

El despacho de Slughorn, lleno de comodidades y el olor a pastel y tabaco caro, se materializó a su alrededor. El Slughorn joven, con su bigote espeso, estaba sentado, rodeado de dulces. Tom Riddle, de dieciséis años, impecable y serio, hacía preguntas sobre… transfiguración avanzada. La conversación era trivial, educada. Slughorn se mostraba jovial, un poco condescendiente. Tom asentía con interés fingido. Y entonces, de repente, como si una cortina de humo se disipara, la escena se volvía borrosa, las voces se amortiguaban. Las preguntas de Tom sobre Horrocruxes, sus insinuaciones sobre dividir el alma en siete partes, la reacción horrorizada pero fascinada de Slughorn… todo estaba distorsionado, suavizado, como visto a través de un cristal empañado. El recuerdo terminaba no con la expresión de terror y culpabilidad que Dumbledore sabía que Slughorn había mostrado, sino con una sonrisa incómoda y un cambio de tema brusco.

Dumbledore emergió del Pensadero con un suspiro que era casi un gruñido de frustración. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la fatiga en cada hueso. “Maldita sea, Horace”, murmuró para las paredes silenciosas. “Maldita sea tu vanidad y tu cobardía.”

El recuerdo estaba manipulado, adulterado. Slughorn había extraído los fragmentos más comprometedores, había suavizado sus propias respuestas, había convertido una conversación monstruosa en un intercambio académico leve. Se veía a leguas. La pista más crucial, la confirmación no solo de que Tom sabía de los Horrocruxes, sino de que ya había considerado un número específico, estaba oculta tras la vergüenza de un hombre viejo.

Dumbledore se acercó a la ventana. El cielo comenzaba a aclararse, tiñéndose de un gris pálido. Slughorn se había estado escondiendo de él durante años, cambiando de residencia con la frecuencia de un criminal buscado. Cada vez que Dumbledore se acercaba, Slughorn se rodeaba de gente, daba excusas, se negaba a un encuentro privado. Extraerle el recuerdo verdadero requeriría confrontarlo a solas, requeriría romper sus defensas de vanidad y miedo.

Una idea se presentó, tentadora pero prematura: Harry Potter. Slughorn era un coleccionista de talentos, de estrellas en ascenso. Adoraba asociarse con el famoso, con el exitoso. Harry, el Niño que Vivió, sería un trofeo irresistible para su colección. Llevar a Harry para ayudar a convencerlo de regresar a Hogwarts, y luego, en el momento adecuado, presionarlo por el recuerdo… era un plan con sentido.

Pero Dumbledore rechazó la idea con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. Harry era aún un niño. Un niño valiente, sí, traumatizado y marcado por el destino, pero un niño al fin. Pedirle que participara en ese juego de manipulación emocional, que enfrentara a un maestro retorcido y asustado como Slughorn… Harry carecía de la sutileza, de la experiencia. Podía ser frontalmente honesto, lo cual tenía su poder, pero Slughorn respondería con evasiones y halagos. Además, la fama de Harry era un arma de doble filo; Slughorn podría sentirse halagado por la atención, pero también podría sentirse acorralado, haciendo que se retrajera aún más.

Y estaba el otro asunto, el de la maldición del puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras. Dumbledore tenía la casi certeza de que el propio Tom Riddle, al ser rechazado para el puesto décadas atrás, había maldecido la posición. Ningún profesor había durado más de un año desde entonces. Quería mantener a Severus Snape lejos de esa silla. Snape era demasiado valioso, su lealtad (complicada y motivada por el amor, pero lealtad al fin) era un pilar en la lucha contra Voldemort. Arriesgarlo a la maldición era un lujo que no podía permitirse. Slughorn, si regresaba, tomaría Pociones, liberando a Snape para que tomara Defensa… pero eso lo pondría en la mira de la maldición. Era un juego de ajedrez con piezas vivas, y cada movimiento tenía consecuencias que resonarían durante años.

Dumbledore suspiró, un sonido profundo que pareció venir de los cimientos de la torre. Tenía información, mucha. Patrones de comportamiento, obsesiones con objetos de los fundadores (la copa de Hufflepuff, el relicario de Slytherin, la diadema de Ravenclaw), una fijación por el número siete, y la pista del diario mismo, que confirmaba la metodología. Todo apuntaba a una conclusión terrible: Tom Marvolo Riddle no solo había creado más de un Horrocrux, sino que probablemente había alcanzado su número objetivo. El mundo no se enfrentaba a un sólo ancla para el alma de Voldemort, sino a varias, escondidas, protegidas, esperando.

Y luego estaba Harry. La conexión, la cicatriz que ardía, la ofidioglotia… Harry era un Horrocrux. Un Horrocrux accidental, creado la noche en que la maldición asesina de Voldemort rebotó, fragmentando su ya destrozada alma y alojando un pedazo en el único ser vivo que quedaba en la habitación: un bebé. Voldemort no lo sabía. No lo reconocía. Ese fragmento no estaba en un objeto inanimado, estaba en un niño que crecía, que amaba, que sufría. Era una abominación de una naturaleza única, y su destrucción… Dumbledore cerró los ojos, ahuyentando el pensamiento. No, Harry no podía saberlo. No todavía. El peso sería insoportable. Primero debían encontrar y destruir los Horrocruxes intencionales. Quizás, para entonces, habría una alternativa, una esperanza. Tenía que haberla.

El plan para el recuerdo de Slughorn tendría que esperar. Necesitaba ubicarlo, acorralarlo él mismo, sin poner a Harry en una posición para la que no estaba preparado. Mientras tanto, debía seguir investigando, cruzando referencias, buscando pistas en los lugares que Tom había visitado. La guerra había cambiado; ya no era solo contra un hombre, sino contra la inmortalidad fracturada de ese hombre.

Con un último vistazo al frasco de cenizas y al Pergamino lleno de notas crípticas, Dumbledore apagó las lámparas con un gesto de su varita. El amanecer entraba por la ventana, bañando el despacho en una luz fría y gris. La noche de inmersión en el pasado había terminado. El presente, con sus propios desafíos y dolores, reclamaba su atención.

Mientras Dumbledore luchaba con los espectros del pasado, en la enfermería de Hogwarts el presente era un suspiro frágil y controlado. Gudao Roberts seguía tendido en su cama, un mapa de sufrimiento trazado en su cuerpo inmóvil. Las cortinas seguían semicerradas, creando un mundo aparte donde el tiempo se medía por el ritmo constante de los diagnosticadores y el suave brillo de los encantamientos de monitorización.

Madam Pomfrey había pasado la noche en una silla junto a la cama, catnapping brevemente solo para despertarse al más mínimo cambio en el zumbido de los instrumentos. Ahora, con la primera luz del día filtrándose por las altas ventanas, realizaba otra ronda de chequeos. Su expresión era de preocupación profesional, pero en sus ojos había una sombra de impotencia que rara vez se veía.

Los huesos, gracias al Skele-Gro de alta potencia, mostraban signos de regeneración avanzada en los escaneos mágicos. Las costillas se soldaban, el peroné y la clavícula recuperaban su integridad. El Essence of Dittany había trabajado milagros en los tejidos internos lacerados, sellando desgarros y reduciendo inflamaciones. Físicamente, Gudao estaba en camino de una recuperación notable.

Pero Pomfrey sabía que lo físico era solo la superficie. El verdadero campo de batalla era el sistema nervioso, ese vasto y delicado mapa de impulsos eléctricos y químicos que había sido el blanco directo de la maldición Cruciatus. Los diagnosticadores mostraban patrones erráticos, como luces parpadeantes en un circuito dañado. La tormenta mágica en su núcleo interno se había calmado hasta ser una perturbación baja, pero estaba lejos de estabilizarse por completo.

“Trauma nervioso extenso”, murmuró para sí, observando un gráfico espectral que mostraba la actividad en la médula espinal y el cerebro. “Secuelas a largo plazo… inevitables.”

En su mente, repasaba los casos históricos que había estudiado, los pocos registros de víctimas de Cruciatus prolongado que habían sobrevivido. Los informes hablaban de “daño permanente”, de “alteraciones sensoriales”, de “fantasmas neurales”. No eran términos médicos precisos, pero describían realidades desgarradoras.

Lo más probable eran los dolores fantasma. No el dolor de un miembro perdido, sino el dolor de una memoria celular. Su cuerpo, en un nivel profundo y subconsciente, recordaría la agonía. En momentos de estrés, de fatiga extrema, o incluso al azar, su sistema nervioso podría recrear las sensaciones de la tortura: el ardor de mil agujas en la piel, la presión aplastante en los huesos, el espasmo eléctrico en cada músculo. Serían episodios debilitantes, impredecibles, que no responderían a analgésicos comunes. Requerirían pociones especializadas, meditación profunda, y una fuerza de voluntad sobrehumana para no ser consumido por ellos.

Luego estaba la pérdida o alteración de la sensibilidad. Los nervios dañados podían no regenerarse correctamente, o regenerarse de manera caótica. Gudao podía perder sensibilidad en parches de piel, volviéndose insensible al tacto, al calor, al frío. O, de manera más peligrosa, podía volverse hipersensible, donde el roce más suave de la tela fuera una agonía. Pomfrey temía especialmente la posibilidad de una “desconexión sensoriomotora”. Si los nervios que conectaban su cerebro con sus extremidades se dañaban de manera crítica, las señales podían cruzarse o perderse. El deseo de mover un brazo podría resultar en un movimiento de la pierna. Un intento de hablar podría convertirse en un espasmo de la mano. Sería como vivir en un cuerpo que ya no obedece las órdenes de su dueño, un prisión de carne y hueso.

Y estaban las disfunciones autonómicas. El sistema nervioso controlaba todo, desde el latido del corazón hasta la digestión. Daños en esas redes podían provocar mareos, náuseas crónicas, problemas para regular la temperatura corporal, dificultades para dormir… una cascada de problemas que minarían su salud y su energía de manera constante, sutil y exhaustiva.

Pomfrey ajustó el goteo de una poción calmante reforzada. No solo era para la mente; ayudaba a “apaciguar” los nervios excitados, a reducir la estática en el sistema. Observó el rostro pálido de Gudao. Estaba en un sueño inducido por pociones, un estado parecido al coma pero menos profundo, diseñado para permitir que el cuerpo se concentrara en sanar sin la interferencia del dolor consciente. Pero incluso en ese estado, a veces un músculo en su rostro se crispaba, o sus dedos se contraían levemente. Eran ecos de la tormenta interna.

“Lo que ese niño soportó…”, susurró Pomfrey, y por primera vez en muchas horas, su voz tembló ligeramente. No era solo la tortura física. Había visto el informe de Dumbledore sobre el Basilisco, sobre la batalla titánica que había tenido lugar mientras Gudao, roto y sangrando, arrastraba a la niña Weasley a un lugar seguro. El estrés, el terror, la adrenalina extrema… todo eso había dejado una huella en su psique, una huella que la barrera en su mente protegía por ahora, pero que eventualmente tendría que enfrentar.

En ese momento, la puerta de la enfermería se abrió con un suave chirrido. Pomfrey se enderezó, adoptando de nuevo su expresión profesional. Eran Harry Potter y Hermione Granger. Venían todos los días desde que Gudao fue ingresado, puntuales como un reloj. Ron Weasley los había acompañado el primer día, pero se había mostrado incómodo y no había vuelto. Harry y Hermione, en cambio, parecían impulsados por una mezcla de culpa, preocupación y admiración.

“Madam Pomfrey”, saludó Harry en voz baja, acercándose. Sus ojos verdes iban directamente a la figura tras las cortinas. “¿Algún cambio?”

Pomfrey los miró. Harry tenía ojeras, y Hermione parecía haber estado leyendo libros de medicina mágica, a juzgar por el volumen abultado que llevaba bajo el brazo.

“Su condición física es estable y mejora”, dijo Pomfrey, eligiendo sus palabras con cuidado. “Los huesos se están sanando bien. La magia interna está… más calmada.”

Hermione, siempre perspicaz, detectó el matiz. “¿Pero hay complicaciones? A largo plazo, quiero decir.”

Pomfrey dudó. Estos eran estudiantes, niños. Pero Harry y Hermione habían visto cosas que ningún niño debería ver. Y tenían derecho a saber, al menos en términos generales, las consecuencias de lo que Gudao había hecho por ellos, indirectamente.

“El Cruciatus”, comenzó, con voz grave, “no es un hechizo como cualquier otro. No corta, no quema de manera visible. Ataca la esencia misma de lo que te hace sentir, moverte, vivir: tu sistema nervioso. El señor Roberts fue sometido a una exposición prolongada y extremadamente poderosa.” Hizo una pausa, viendo cómo palidecían ligeramente. “Es probable que sufra secuelas.”

“¿Qué tipo de secuelas?”, preguntó Harry, su voz tensa.

“Su cuerpo puede… recordar el dolor”, explicó Pomfrey. “Episodios de dolor sin causa física aparente, que llamamos dolores fantasma neurales. Puede haber alteraciones en lo que siente: zonas sin sensibilidad, o por el contrario, hipersensibilidad. Y existe el riesgo de que las señales entre su cerebro y su cuerpo no siempre viajen correctamente. Que quiera hacer una cosa, y su cuerpo haga otra.”

Hermione llevó una mano a la boca. “¿Eso es… permanente?”

“En casos tan graves, es muy probable que algunos efectos sean permanentes, o al menos, de muy larga duración”, admitió Pomfrey. “La magia puede sanar mucho, pero el daño nervioso es uno de los más complejos. Requiere tiempo, rehabilitación especializada, y una fortaleza mental extraordinaria.” Miró a Gudao. “No sabremos la extensión real hasta que despierte y podamos evaluar sus respuestas.”

Harry se acercó un poco más a la cama, mirando el rostro sereno pero pálido de Gudao. “Él… movió a Ginny. Con todo lo que tenía roto. Y luego, cuando esa… cosa, ese amigo suyo… peleaba, él se arrastró para cubrirla.” Su voz era apenas un suspiro. “No se rindió.”

“Esa determinación será su mayor aliado en la recuperación, señor Potter”, dijo Pomfrey, con un asomo de calor en su voz. “La mente influye poderosamente en el cuerpo. Si su voluntad es tan fuerte como parece, puede aprender a manejar, a compensar, a vivir con lo que le haya quedado.”

Hermione colocó su libro sobre una mesa cercana. “He estado investigando. Hay terapias con esencias de mandrágora madura para la regeneración nerviosa, y ejercicios de coordinación con varita que pueden ayudar a reconectar las vías motoras. Y en el libro Curas Extremas de Grogan el Gruñón, habla de baños en infusión de hojas de sauce llorón y lágrimas de fénix para calmar el ‘fuego nervioso’.”

Pomfrey asintió, impresionada a pesar de sí misma. “Son buenos puntos de partida, señorita Granger. Pero la mandrágora es peligrosa en dosis altas, y las lágrimas de fénix son imposiblemente raras. Aplicaremos lo que podamos, cuando esté listo.”

Permanecieron un rato en silencio, observando el lento ascenso y descenso del pecho de Gudao. Los diagnosticadores zumbaban su canción monótona. En la mente de Gudao, en ese paisaje protegido, Edmond Dantès mantenía su vigilancia eterna. Las sombras que custodiaban los recuerdos del dolor eran más espesas hoy, como si anticiparan la larga batalla que se avecinaba. El Avenger no sentía desesperación; la esperanza era un lujo ajeno a su naturaleza. Pero sentía determinación. Su Maestro había sobrevivido a la traición de un hombre que se creía un dios, había soportado el dolor puro. Eso merecía lealtad. Si el cuerpo de Gudao se convertía en un campo de batalla de dolores fantasma y señales cruzadas, Edmond estaría allí, en la fortaleza de su mente, asegurándose de que el núcleo, el yo de Gudao, no se fragmentara, no se perdiera en el caos neurológico.

Harry finalmente rompió el silencio. “¿Cuándo despertará?”

“No lo sé”, dijo Pomfrey con honestidad. “Su cuerpo necesita este sueño reparador. Despertarlo antes podría ser perjudicial. Él despertará cuando esté listo. Cuando su sistema haya hecho todo lo que puede hacer sin la conciencia interfiriendo.”

Harry asintió, tragando saliva. Quería hablar con Gudao. Quería disculparse, agradecerle, preguntarle cómo lo hizo, cómo soportó tanto. Pero sobre todo, quería verlo despierto, ver que sus ojos se abrían y confirmar que la luz no se había apagado dentro de ellos.

Se marcharon poco después, prometiendo volver por la tarde. Pomfrey se quedó sola otra vez con su paciente y sus pensamientos. El amanecer había dado paso a una mañana gris y tranquila. Afuera, la vida en Hogwarts continuaba: estudiantes iban a desayunar, profesores preparaban sus clases, las consecuencias de la batalla en la Cámara se enterraban bajo la rutina. Pero aquí, en esta cama, el eco de la batalla resonaba en cada célula dañada, en cada nervio alterado.

Gudao Roberts había mirado a los ojos de la serpiente, en todos sus sentidos, y había sobrevivido. Pero la supervivencia, como Dumbledore sabía muy bien mirando las cenizas de un diario, era solo el primer paso. Luego venía el vivir con las cicatrices, con los fragmentos, con los fantasmas. Y ese precio, tanto para el niño en la enfermería como para el viejo director en su torre, aún estaba lejos de pagarse por completo. La quietud de la enfermería no era paz; era la calma tensa antes de la próxima tormenta, la tormenta interna que Gudao tendría que navegar cuando finalmente abriera los ojos a un cuerpo y un mundo irrevocablemente cambiados.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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