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Fate of Magic - Capítulo 30

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30: Despertar 30: Despertar El despacho de Albus Dumbledore, en las primeras horas de una mañana silenciosa, parecía un campo de batalla después de la guerra.

No había desorden físico, sino una carga atmosférica densa, cargada de los ecos de cien pasados perturbadores.

Sobre el amplio escritorio de roble, las ampolletas de cristal que contenían recuerdos no estaban esparcidas al azar, sino organizadas con una precisión militar que delataba una mente sistematizando el horror.

Dumbledore, de pie frente a la mesa, observaba su trabajo.

Su rostro, normalmente un mapa de sonrisas sabias y ojos chispeantes, estaba tallado en granito cansado.

Las líneas alrededor de sus ojos parecían más profundas, grabadas no solo por los años, sino por las noches sin dormir y las visiones a las que se había sometido voluntariamente.

Su túnica de terciopelo azul marino estaba ligeramente arrugada, un detalle minúsculo que en él equivalía a un grito de agotamiento.

Había separado las ampolletas en tres grupos distintos.

A la izquierda, un montón considerable de cristales cuyo contenido plateado parecía más tenue, más mundano.

Eran los recuerdos de menor valor: conversaciones triviales, observaciones de profesores sobre el brillo académico de Tom, anécdotas sin consecuencias.

Los había etiquetado con una runa simple, una “T” estilizada, y los apartaría a los archivos.

El grupo central era más pequeño, pero cada ampolleta parecía pesar más.

Aquí estaban las piezas clave del rompecabezas de la psicopatía.

Un recuerdo mostraba a Tom, de tercer año, en la biblioteca, copiando meticulosamente pasajes de Magia Mostruosa que hablaban de la preservación del miedo en objetos.

Otro, obtenido de un antiguo conserje ya fallecido, lo situaba merodeando cerca del Ala Prohibida del castillo, sus dedos acariciando los relieves de una puerta sellada con una avidez que no era curiosidad, sino codicia.

Una ampolleta particularmente vívida contenía la memoria de una reunión del Club de los Duendes, donde Tom, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos oscuros, persuadía a un grupo de estudiantes de séptimo año para que le dieran información sobre las habitaciones secretas de sus familias, todo bajo el pretexto de un trabajo para Historia de la Magia.

Dumbledore los había marcado con una runa compuesta: un ojo dentro de un triángulo.

Eran las visiones que revelaban patrones, obsesiones, la metodología de una mente que ya planeaba su ascenso sobre los cadáveres de su propia humanidad.

Y luego, a la derecha, apartada casi con desdén, una sola ampolleta.

La que contenía el recuerdo de Horacio Slughorn.

Dumbledore la tomó con delicadeza, como si contuviera un veneno volátil.

El líquido plateado en su interior no fluía con la suavidad etérea de los demás; parecía tener una viscosidad diferente, una opacidad mentirosa en sus reflejos.

La había etiquetado no con una runa, sino con una simple interrogación roja, dibujada con tinta que parecía sangrar ligeramente en el pergamino de la etiqueta.

Era la pieza que podría confirmarlo todo, la confesión cifrada de una atrocidad planeada, y sin embargo, estaba corrupta, adulterada por la vergüenza cobarde de un hombre viejo.

La duda no radicaba en su importancia, sino en su veracidad.

Sabía que la verdad estaba allí, enterrada bajo capas de autoengaño y miedo.

Extraerla requeriría una precisión quirúrgica y una presión moral que aún no estaba listo para ejercer.

No mientras Slughorn siguiera huyendo, escondiéndose entre sus trofeos y sus dulces como un animal acorralado.

Un profundo suspiro, que pareció emanar de los cimientos mismos de su cansancio, escapó de sus labios.

Por un momento, la máscara del sabio imperturbable se agrietó, y dejó ver al hombre debajo: un hombre viejo, terriblemente cansado, que había dedicado su vida a luchar contra sombras que él mismo, en parte, había ayudado a crear al no verlas venir a tiempo.

Sus pensamientos, como imanes hacia el polo de su culpa, se dirigieron a Gellert Grindelwald.

La derrota del mago oscuro en 1945 lo había coronado como el más grande de su tiempo, pero para Dumbledore, la victoria siempre tuvo el sabor amargo de la traición y la pérdida.

No lo había buscado.

Había sido arrastrado a ello, forzado por el peso de la responsabilidad y los horrores que su otrora amigo, su cómplice en sueños de juventud, había desatado.

“Por el bien mayor”.

Esa frase, una vez un ideal fogoso compartido en un verano de sangre dorada, ahora le quemaba la memoria.

La había usado Grindelwald para justificar la tiranía.

Y Dumbledore, al derrotarlo, había enterrado no solo a un enemigo, sino al fantasma de lo que pudo ser, de la pasión y la ambición que una vez sintió y que tanto temía en sí mismo.

Y ahora, Tom Riddle.

Lord Voldemort.

No un amigo perdido, sino un estudiante perdido.

Aquí la culpa tomaba una forma diferente, más pedagógica, más insidiosa.

¿Podría haberlo hecho mejor?

¿Había visto la maldad en los ojos del niño del orfanato y, en su afán por darle una oportunidad, había subestimado su profundidad?

Tom no había querido ser salvado.

No había buscado una mano tendida, sino un escalón para subir.

Dumbledore había querido creer, con el obstinado idealismo que a veces era su mayor fortaleza y su peor ceguera, que la educación, el entorno de Hogwarts, podrían encauzar ese talento formidable, esa voluntad de hierro.

Había sido un error de cálculo catastrófico.

Tom era malvado hasta la médula, como un diamante formado bajo una presión perversa; no había blandura que ablandar, solo una dureza que cortaba todo lo que tocaba.

Esa maldad, ahora lo sabía con la certeza que dan las noches inmerso en sus recuerdos, no era un producto del entorno, sino una floración nativa de su alma.

Hogwarts solo le había dado las herramientas para perfeccionarla.

Sacudió la cabeza, como para desalojar los buitres de los pensamientos.

No servía de nada rumiar el pasado con lamentos.

El Tom Riddle que importaba ahora era el fragmentado, el que había esparcido pedazos de su alma por el mundo como semillas de corrupción.

Y había un niño, en la enfermería, que había sufrido las consecuencias directas de la crueldad de uno de esos fragmentos.

Un niño al que había descuidado, otra vez, sumido en su cruzada intelectual contra los horrores del ayer.

Esa idea lo impulsó a moverse.

Dejó la ampolleta dudosa sobre el escritorio, donde la luz de la mañana la hizo brillar con un destello engañoso.

Con un gesto de su varita, las otras ampolletas importantes flotaron hacia un estante blindado, que se cerró con un suave clic.

Era hora de enfrentar el presente, de cumplir con su deber más inmediato: el bienestar de un estudiante que había demostrado un valor extraordinario.

El camino desde la torre de dirección hasta la enfermería, normalmente un paseo a través de los murmullos vibrantes del castillo despierto, fue hoy una procesión silenciosa para Dumbledore.

Sus pies, calzados con botas bajas, apenas hacían ruido sobre las piedras, pero cada paso resonaba en el vacío de su fatiga.

Pasó por estudiantes que lo saludaban con respeto mezclado con temor; les sonrió automáticamente, pero la sonrisa no llegaba a sus ojos azules, que miraban hacia adelante, hacia el destino que había postergado demasiado tiempo.

Mientras caminaba, las imágenes de los recuerdos se entrometían en su mente: Tom Riddle interrogando a un house-elf sobre las reliquias de Slytherin; Tom manipulando a un compañero para que robara un libro; Tom, ya con rasgos de Lord Voldemort, ordenando una muerte con la misma frialdad con la que otro pediría té.

Y superpuesta a estas visiones, la imagen última que tenía de Gudao Roberts: pálido, inmóvil, conectado a las máquinas de la enfermería, el cuerpo un testimonio mudo de la violencia que el legado de Tom podía infligir.

Al llegar a las puertas dobles de la enfermería, notó un silencio anormal.

No era la quietud pacífica de la convalecencia, sino una tensión cargada, un zumbido de actividad reprimida.

Empujó la puerta suavemente.

La escena que se desarrollaba ante él era distinta a la que había imaginado.

Madam Pomfrey no estaba realizando chequeos rutinarios.

Era un torbellino de preocupación concentrada.

Varias varitas flotaban alrededor de la cama de Gudao, trazando patrones de diagnóstico tan rápidos que dejaban estelas de luz dorada en el aire.

Los instrumentos mágicos, normalmente con un zumbido bajo, pitaban y parpadeaban con alarmante frecuencia.

Y en la cama, Gudao no yacía inconsciente.

Estaba despierto.

Pero este despertar no era un retorno a la conciencia, sino una inmersión en una pesadilla física.

El niño estaba arqueado en la cama, no por voluntad, sino por espasmos violentos e irregulares que sacudían su marco delgado.

Sus ojos, abiertos de par en par, no veían el techo; estaban vidriosos, fijos en un horror interno, la pupila dilatada hasta casi borrar el color del iris.

De su garganta no salían gritos, sino un jadeo roto, un sonido áspero y seco de alguien que ha pasado tanto tiempo gritando que ya no le queda voz.

Las sábanas, empapadas en un sudor frío, se enredaban alrededor de sus miembros, que se sacudían y contraían como marionetas con los hilos cortados.

En sus brazos, donde la enfermera había subido las mangas del pijama para aplicar ungüentos, se veían músculos y tendones tensándose y relajándose en ondas caóticas, como si bajo su piel corriera una corriente eléctrica salvaje.

Pomfrey, con el rostro blanco como la tiza y una mueca de frustración y dolor profesional en los labios, intentaba sujetarle la cabeza para evitar que se golpeara contra el cabecero de hierro.

Con la otra mano, administraba una poción de un frasco de cristal azul—un Calming Draught de potencia extrema—, pero los espasmos de la mandíbula de Gudao hacían que la mayoría del líquido se derramara por su mentón.

“¡Aguanta, muchacho, aguanta!” le urgía Pomfrey, su voz temblando ligeramente, un raro escape emocional de su fachada estoica.

Dumbledore se quedó paralizado en el umbral por un segundo, su mente analítica procesando la escena con una frialdad que contrastaba brutalmente con el sufrimiento tangible en la habitación.

Luego, la frialdad se quebró.

Avanzó rápidamente, su túnica azul ondeando.

“Poppy, ¿qué sucede?” preguntó, y su voz, aunque calmada, tenía una urgencia metálica por debajo.

Pomfrey giró la cabeza hacia él, y en sus ojos vio no solo la preocupación de una sanadora, sino un atisbo de desesperación.

“Director…

es…

son los nervios.

Las secuelas del Cruciatus.

Le dije a Potter y a la señorita Granger que era una posibilidad, pero esto…

esto es peor de lo que temía.” Mientras hablaba, otro espasmo, más violento, recorrió el cuerpo de Gudao.

Su espalda se arqueó de manera antinatural, los dedos de sus manos se crisparon como garras, y un gemido desgarrador, finalmente audible, escapó de sus labios.

Fue un sonido que no pertenecía a un niño de doce años; era el sonido de una criatura siendo destrozada desde dentro.

“Está teniendo una crisis nerviosa aguda”, explicó Pomfrey, las palabras saliendo a borbotones mientras intentaba sujetar un brazo que se agitaba sin control.

“Su sistema nervioso…

está recreando la tortura.

No hay hechizo activo, no hay ataque externo.

Es su propio cuerpo, su propia memoria celular, atormentándolo.

Le he dado todo lo que tengo: relajantes musculares, analgésicos de espectro completo, incluso un hechizo de bloqueo nervioso parcial.

Nada funciona por mucho tiempo.

O el dolor atraviesa los bloqueos, o su sistema se adapta y vuelve a disparar.” Jadeó, exhausta.

“Es como intentar apagar un incendio forestal con una taza de té.” Dumbledore observó a Gudao, y en su mente de estratega, de estudioso de las magias oscuras, encajaron las piezas.

Había leído teorías, informes fragmentarios de los albores del Ministerio sobre los efectos a largo plazo de las Maldiciones Imperdonables.

El Cruciatus, aplicado con suficiente potencia y duración, no solo quebraba la mente; podía reescribir la neurología básica del cuerpo.

La víctima se convertía en un prisionero de su propio sistema nervioso, condenado a revivir la agonía en episodios impredecibles.

Sabía que Tom, incluso en su forma de diario, habría sido capaz de una aplicación especialmente sádica y prolongada.

Pero deducirlo teóricamente era una cosa.

Ver sus consecuencias retorcerse en una cama de hospital, en un niño que había demostrado un valor desafiante, era otra muy distinta.

Una oleada de ira, fría y clara como el cristal, surgió en su pecho.

No era la ira fogosa de la juventud, sino la ira profunda y gélida de un hombre que veía el fruto final de la maldad que no pudo erradicar.

Esta no era una consecuencia de la batalla; era una tortura extendida, un eco maldito que seguía atormentando al vencedor.

Su mirada se posó en el rostro contorsionado de Gudao.

En los breves instantes entre espasmos, cuando el cuerpo del niño se desplomaba, exhausto, en el colchón, podía ver destellos de conciencia en sus ojos.

No era el delirio del dolor, sino una lucidez aterrada, una comprensión total del infierno que estaba ocurriendo dentro de su propia piel.

Era la mirada de alguien que se está ahogando y ve la superficie, pero no puede alcanzarla.

Dumbledore tomó una decisión en ese instante.

Los cálculos sobre el valor de los recursos, la rareza de los ingredientes, las implicaciones políticas de usar un artefacto de tal poder…

todo eso se desvaneció.

Frente a él había un niño sufriendo una tortura continua por un mal que él, Dumbledore, tenía la responsabilidad de combatir.

Eso era lo único que importaba.

“Necesitamos algo más definitivo, Poppy”, dijo, y su voz recuperó toda su autoridad tranquila.

“Algo que no solo suprima el síntoma, sino que repare el daño.” Pomfrey lo miró, confundida.

“¿Qué hay?

He usado Essence of Dittany en sus órganos internos, Skele-Gro en sus huesos…

pero los nervios, Director…

son tan delicados, tan complejos.

No hay poción común que pueda regenerar ese nivel de daño microcelular sin riesgos de…” “No una poción”, la interrumpió Dumbledore suavemente.

Extendió su brazo, y con un gesto casi imperceptible de su varita, hizo un llamado silencioso, un tirón en el vínculo que lo unía a su compañero más leal.

Un destello de luz dorada y carmesí apareció en el aire sobre el pie de la cama, acompañado por un trino que, incluso en medio de la crisis, pareció traer una bocanada de aire fresco y cálido.

Fawkes, el fénix, se materializó en un despliegue de plumas brillantes.

Sus ojos negros e inteligentes tomaron la escena de inmediato: al director con el rostro grave, a la enfermera exhausta, y al niño retorciéndose en la cama.

Una tristeza profunda pareció empañar su mirada.

“Fawkes”, dijo Dumbledore, y su voz era ahora una caricia para el ave.

“Nuestro amigo aquí sufre un dolor que no es de este momento, sino el eco de uno pasado.

Un dolor que quema desde dentro.

¿Puedes ayudarnos?” El fénix no necesitó más explicación.

Se posó suavemente en el cabecero de la cama, cerca de la cabeza de Gudao.

Inclinó su cabeza, y sus plumas se erizaron ligeramente.

Un temblor recorrió su cuerpo glorioso.

No era un llamado a las lágrimas de angustia, sino un acto de voluntad compasiva, una apertura controlada de la magia curativa que era parte de su esencia.

De sus ojos, brillantes como gemas, comenzó a fluir un líquido que no era exactamente agua.

Era más denso, más luminoso.

Una lágrima, del tamaño de una uva, se formó en el borde de su párpado, sosteniéndose como una perla de rocío en una hoja perfecta, brillando con una luz interna que era a la vez dorada y plateada.

Pomfrey contuvo el aliento.

Sus conocimientos médicos chocaron con la maravilla que presenciaba.

Una lágrima de fénix.

Había leído sobre sus propiedades en textos arcanos, en leyendas.

Se decía que podía curar cualquier herida, neutralizar los venenos más mortíferos, purificar lo corrupto.

Su valor en el mercado negro era astronómico, incalculable.

Y aquí estaba, el director, pidiéndole a su compañero que la produjera para un estudiante.

No por estrategia, no por ganar ventaja en una guerra, sino por pura, simple compasión.

Una ola de respeto tan profundo que rayaba en la reverencia la inundó.

Dumbledore, con movimientos ceremoniales lentos, sacó un pequeño frasco de cristal perfectamente claro de un bolsillo interior de su túnica.

No era un recipiente cualquiera; estaba tallado con runas de protección y preservación, un frasco digno de contener un tesoro.

Lo acercó con sumo cuidado al rostro de Fawkes.

La lágrima, como si fuera consciente de su destino, se desprendió.

Cayó en un arco lento, casi flotando, y aterrizó en el frasco con un plink suave que resonó en la habitación silenciosa, ahogando por un momento el jadeo de Gudao.

La lágrima llenó el frasco con su luz.

No era mucha cantidad, quizás solo unos mililitros, pero la potencia que desprendía era palpable, como el calor de un pequeño sol contenido en vidrio.

Dumbledore se acercó a la cama.

Gudao estaba en un momento de relativa calma, los espasmos habían cedido a un temblor fino y constante, como el de una hoja en la brisa.

Sus ojos, llenos de un sufrimiento inenarrable, se encontraron con los azules de Dumbledore.

No hubo reconocimiento, solo una súplica muda.

“Toma, hijo”, murmuró Dumbledore, y su voz era tan suave como la pluma del fénix.

Con una mano firme pero gentil, sostuvo la cabeza de Gudao.

Con la otra, acercó el frasco a sus labios.

“Esto aliviará el dolor.

Confía.” Pomfrey, conteniendo cada músculo de su cuerpo para no interferir, observó.

Gudao, impulsado por un instinto más profundo que la razón, entreabrió los labios.

Dumbledore inclinó el frasco.

La lágrima de fénix fluyó hacia la boca del niño.

No tenía sabor, o tal vez tenía todos los sabores a la vez: a aire de montaña después de la lluvia, a sol de verano en la piel, a la paz profunda de un sueño sin pesadillas.

Al contacto con su lengua, se volvió inmaterial, transformándose en una onda de energía curativa que no viajó por su garganta hacia el estómago, sino que se difundió al instante por todo su ser, como una luz que llena una habitación oscura de manera uniforme.

El efecto fue inmediato y milagroso.

El temblor fino que recorría a Gudao cesó.

La tensión brutal que mantenía cada músculo en un puño de hierro se disolvió, dejando su cuerpo flácido y relajado sobre el colchón.

Los ojos, antes vidriosos y llenos de pánico, parpadearon y luego se nublaron con una pesadez repentina y bienvenida.

El jadeo angustiado se transformó en una respiración profunda, regular, la primera respiración verdaderamente tranquila que había tomado desde que despertó.

Pero lo más profundo ocurrió bajo la piel.

Dumbledore y Pomfrey, ambos magos excepcionalmente sensibles, pudieron sentir la ola de curación.

Era como ver una estrella que explota en silencio dentro de un cuerpo.

La magia de la lágrima no trabajaba como una poción, forzando la regeneración.

Parecía recordarle a las células nerviosas cómo debían ser, cómo debían funcionar.

Recorrió los caminos dañados, los micro-desgarros, las sinapsis quemadas por la sobrecarga del Cruciatus, y en su paso dejaba no una cicatriz, sino una restauración.

Era un reset mágico, un retorno a un estado anterior al daño, impulsado por la esencia misma de un ser renacido de sus cenizas, un símbolo viviente de la curación definitiva.

El dolor, ese eco atroz que había estado desgarrando a Gudao desde dentro, se desvaneció.

No retrocedió gritando; simplemente dejó de existir, como un sonido cuando se tapa la fuente.

En su lugar, quedó un vacío, un espacio de quietud que el cuerpo del niño, agotado hasta la médula, interpretó como la mayor de las bendiciones.

Gudao exhaló un suspiro largo y tembloroso.

Sus párpados, que luchaban por mantenerse abiertos, cedieron.

No fue un desmayo, ni el sueño forzado de las pociones.

Fue un colapso hacia el descanso, un hundirse voluntario en las aguas negras y silenciosas del sueño reparador.

Su rostro, que había sido una máscara de agonía, se suavizó.

La palidez seguía allí, pero la crispación había desaparecido, dejando atrás los rasgos de un niño profundamente dormido, casi sereno.

Fawkes, su tarea cumplida, emitió un trino bajo y melancólico, luego frotó su cabeza suavemente contra la sien de Dumbledore antes de desaparecer en otro destello de luz, dejando atrás un olor a canela y aire limpio.

El silencio que llenó la enfermería ahora era de una cualidad diferente.

Ya no estaba cargado de tensión y sufrimiento, sino de asombro y un profundo alivio.

Pomfrey se acercó a la cama con la cautela de quien se acerca a una obra de arte recién restaurada.

Sus varitas de diagnóstico, que antes trazaban patrones frenéticos, ahora se movían con lentitud deliberada, escaneando el cuerpo de Gudao.

Los instrumentos mágicos habían cesado sus pitidos de alarma; sus lecturas volvían a parámetros normales, algunos incluso óptimos.

El gráfico espectral que mostraba la actividad nerviosa, antes un caos de picos y valles violentos, ahora era una línea suave y ondulada, la imagen misma de la homeostasis.

“Increíble”, susurró Pomfrey, sus ojos escudriñando las lecturas.

“La actividad nerviosa basal…

se ha normalizado por completo.

Los patrones de espasmo residual han desaparecido.

No hay signos de inflamación neural…

Director, esto es…

más allá de cualquier medicina conocida.” Realizó una serie de pruebas básicas de reflejos, tocando suavemente puntos específicos en las rodillas y los codos de Gudao.

Las respuestas fueron normales, apropiadas.

Le levantó un párpado con delicadeza; la pupila reaccionó a la luz de manera perfecta.

Con un hechizo especializado, trazó un recorrido de energía a lo largo del brazo del niño, buscando bloqueos o puntos muertos.

La energía fluyó sin impedimentos, como agua por un canal despejado.

“El daño neurológico agudo…

está curado”, declaró finalmente, con la autoridad de su oficio, aunque su voz todavía temblaba por la emoción.

“Las posibles secuelas a largo plazo de las que hablábamos…

los dolores fantasma, las disfunciones…

la lágrima parece haberlos abordado a un nivel fundamental.

Ha reparado, no solo suprimido.” Se volvió hacia Dumbledore, y en sus ojos brillaban lágrimas que no eran de tristeza, sino de una profunda gratitud profesional y humana.

“Le ha salvado de una vida de tormento intermitente, Director.

No sé cómo agradecérselo.” Dumbledore observaba a Gudao dormir.

El niño respiraba con una tranquilidad que era un bálsamo para el alma.

“No me lo agradezca a mí, Poppy.

Agradézcaselo a Fawkes.

Y a la propia naturaleza, que provee remedios incluso para los males más oscuros que podemos inventar.” Se acercó un poco más, ajustando la manta sobre el pecho de Gudao con un gesto paternal que rara vez exhibía.

“Él no merecía sufrir por los errores y las maldades de otros.

Nadie tan joven lo merece.

Mi deber, como director de esta escuela, es proteger a estos niños no solo de los peligros externos, sino de las consecuencias de esos peligros cuando, a pesar de nuestros esfuerzos, los alcanzan.” Pomfrey asintió, limpiándose discretamente una comisura del ojo.

“¿Y el costo…?

Una lágrima de fénix, es…

es un tesoro de valor incalculable.” Dumbledore sonrió, una sonrisa cansada pero genuina que por fin llegó a sus ojos.

“El valor de un tesoro, Poppy, no reside en los galeones que pueda acumular en un banco.

Reside en el bien que puede hacer.

¿Qué valor tiene un remedio, por muy raro que sea, si no se usa para remediar?

Guardarlo en un estante mientras un niño sufre sería la verdadera pérdida.” Hizo una pausa, mirando el frasco vacío que todavía sostenía.

“Fawkes lo entendió.

Él no llora por obligación, sino por compasión.

Ese es el verdadero milagro, no la lágrima en sí, sino la voluntad de concederla.” La enfermera guardó silencio, conmovida por las palabras.

Sabía que muchos en el mundo mágico, incluso en el Ministerio, habrían visto el acto como un desperdicio escandaloso, una frivolidad emocional.

Pero en ese momento, comprendió la profunda diferencia entre Albus Dumbledore y el resto.

Para él, el poder, la magia, los recursos, no eran fines en sí mismos.

Eran herramientas para un fin mayor: proteger la luz, aliviar el sufrimiento, dar una oportunidad.

Y esa filosofía, aplicada con una lágrima de fénix, era más poderosa que cualquier ejército.

“Haré que descanse”, dijo Pomfrey, recuperando su tono práctico, aunque suave.

“La curación neurológica es completa, pero el cuerpo ha sido sometido a un estrés extremo.

El agotamiento es real y profundo.

Las lágrimas de fénix curan el daño, pero no reponen la energía vital gastada en la lucha.

Necesitará días, quizás una semana, de sueño natural y alimento reconstituyente para recuperar sus fuerzas por completo.” “Haga lo que sea necesario, Poppy”, asintió Dumbledore.

“Y por favor, informe a los profesores Snape y McGonagall de su estado.

Ellos…

se preocuparán.” Sabía que Severus sentiría una responsabilidad especial, dado que Gudao era de su casa y había sido atacado por el heredero de Slytherin.

Y Minerva, con su corazón de leona bajo la apariencia severa, se angustiaría por cualquier alumno que sufriera.

Con un último vistazo a Gudao, cuyos sueños ahora, protegidos por la sombra vigilante de Edmond Dantès, estarían libres por fin del dolor físico, Dumbledore se dio la vuelta.

Caminó hacia la puerta de la enfermería, su figura alta y un poco encorvada por el cansancio.

El regreso a sus aposentos fue un viaje a través de un castillo que ahora parecía más liviano, menos cargado por la sombra de la culpa inmediata.

El acto de haber aliviado un sufrimiento tangible, de haber hecho algo bueno y concreto, había limpiado un poco la niebla de horror abstracto en la que había estado inmerso.

Al entrar en su despacho, el sol de la mañana alta inundaba la habitación, iluminando el polvo de los libros y haciendo brillar el cristal de las ampolletas vacías en su escritorio.

La ampolleta con la interrogación roja seguía allí, un recordatorio de la batalla pendiente.

Pero por ahora, podía permitirse apartar la mirada.

La fatiga, contenida y mantenida a raya por la adrenalina y la preocupación, lo golpeó como una ola.

No era solo el cansancio de una noche sin dormir; eran noches acumuladas de búsqueda en los recuerdos, años de vigilancia contra Voldemort, décadas de llevar el peso de decisiones que afectaban a miles.

Era el peso de ser el faro, el centinela, el hombre en quien todos confiaban para tener las respuestas.

Se quitó las gafas de media luna y se frotó los puños de los ojos.

Luego, con un movimiento casi automático, se dirigió a una puerta lateral que conducía a sus habitaciones privadas.

Eran más austeras de lo que muchos supondrían: una cama sencilla de madera, un armario, una mesa con algunos libros personales y el retrato de su madre sonriendo.

No había lujos, solo lo esencial.

Se quitó la túnica exterior y las botas.

Se sentó al borde de la cama, sintiendo el peso de sus años en cada articulación.

Por un momento, su mente volvió a Gudao Roberts.

El niño estaba a salvo, por ahora.

La amenaza inmediata del diario había sido erradicada.

Había tiempo, un poco de tiempo, para respirar, para planificar el próximo movimiento en el largo juego contra Voldemort.

Sus pensamientos, ya sin la barrera de la urgencia, derivaron hacia Harry.

El niño tendría que saber, eventualmente, sobre los Horrocruxes.

Sobre su propia naturaleza.

Pero no hoy.

Hoy, Harry merecía saber que su compañero de escuela, el chico al que había juzgado mal, estaba fuera de peligro.

Eso sería un pequeño alivio para la carga de culpa que Dumbledore sabía que Harry cargaba.

Y Slughorn…

Tendría que ser enfrentado.

Pero no ahora.

Ahora, necesitaba descansar.

Necesitaba cerrar los ojos y no ver, aunque fuera por unas horas, los ojos fríos de Tom Riddle niño, la arrogancia de Tom Riddle adolescente, la crueldad absoluta de Lord Voldemort.

Necesitaba dormir, y soñar, quizás, no con guerras y fragmentos de alma, sino con cosas más simples.

Con la sensación de la lágrima de fénix curando, con la paz en el rostro de un niño salvado, con la idea, tan frágil como preciosa, de que a veces, el bien podía ganar una batalla, por pequeña que fuera.

Albus Dumbledore se recostó en la cama, y por primera vez en muchas noches, el sueño lo tomó rápidamente, no como un enemigo que lo arrastraba a pesadillas de memoria, sino como un aliado que le ofrecía un refugio temporal.

Afuera, el sol seguía su curso sobre Hogwarts.

En la enfermería, Gudao Roberts dormía un sueño sin dolor.

Y en el mundo, las sombras de los Horrocruxes esperaban, pero por un día, al menos, el centinela podía descansar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Voten si les gusto el episodio y apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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