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Fate of Magic - Capítulo 31

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31: Regreso 31: Regreso El primer indicio de conciencia no fue un pensamiento, sino una sensación.

Una ausencia.

Durante lo que pareció una eternidad de pesadilla entrelazada, la existencia de Gudao Roberts había estado definida por una sola realidad omnipresente: el dolor.

No era un dolor localizado, sino una entidad viva que habitaba su cuerpo, un incendio eléctrico que recorría cada nervio, cada tendón, cada fragmento de su ser.

Había momentos, islas borrosas en el mar de la agonía, donde la conciencia se asomaba brevemente.

Recuerdos fragmentados, como pedazos de un vidrio roto: el techo de piedra de la enfermería visto entre pestañas pesadas; una silueta borrosa con cofia que se movía rápidamente, sus manos frías tocando su frente; una voz grave y cansada, hablando palabras que no podía entender pero cuyo tono transmitía una calma ancestral.

Y luego, siempre, el dolor lo arrastraba de vuelta, no a la inconsciencia, sino a un estado aún más terrible de conciencia plena de su propio tormento.

Pero ahora, esa entidad había desaparecido.

Gudao abrió los ojos.

No fue un forcejeo, no fue un emerger a trompicones desde las profundidades.

Fue un simple, suave acto de apertura.

La luz tenue de la enfermería de Hogwarts, filtrada por las cortinas gruesas, bañó su rostro sin causarle molestia.

Respiró hondo, y el aire llenó sus pulmones sin encontrar resistencia ni punzadas fantasma en las costillas.

Se movió ligeramente, desenredando los dedos de las sábanas, y cada músculo obedeció con una fluidez olvidada.

Se sentó en la cama.

El movimiento fue natural, sin titubeos.

Se llevó una mano al pecho, donde recordaba (el recuerdo era claro ahora, libre de la niebla del dolor) la presión aplastante de las fracturas.

Solo había suavidad, la solidez intacta de los huesos sanados.

Palpó sus brazos, sus piernas.

La piel estaba cálida, viva.

No había rastro de la sensación de agujas incendiadas, de los espasmos incontrolables que solían retorcer sus miembros como si fueran de un títere mal manipulado.

Estaba bien.

Más que bien.

Se sentía…

repotenciado.

Como si su cuerpo, después de haber sido desgarrado y quemado, hubiera sido no solo reparado, sino re-forjado con materiales más puros.

Había una energía tranquila y profunda circulando por sus venas, una claridad mental que no recordaba haber tenido ni siquiera antes de la Cámara.

Era la sensación opuesta al agotamiento post-bélico que solía seguir a una singularidad particularmente dura.

Esto era un reset, un nuevo comienzo a nivel celular.

Mientras intentaba ordenar los fragmentos de memoria—la batalla titánica entre Edmond y la sombra de Riddle, el arrastrarse con Ginny Weasley a cuestas, la llegada de Dumbledore—, las cortinas que rodeaban su cama se abrieron con un suave sonido de anillas deslizándose.

Madam Pomfrey apareció, su habitual expresión de eficiencia preocupada en el rostro.

Iba camino a su despacho con una bandeja de pociones vacías, pero se detuvo en seco al verlo sentado.

Sus ojos, cansados de tantas vigilias, se abrieron de par en par.

“¡Merlín’s beard!

¡Estás despierto!” Se acercó rápidamente, dejando la bandeja sobre una mesa cercana con un traqueteo.

Sus manos, expertas y firmes, se posaron en sus hombros, no para sujetarlo, sino para examinar su postura, su color.

“¿Cómo te sientes?

Dime exactamente.

¿Algún dolor?

¿Hormigueo?

¿Visión borrosa?” Gudao parpadeó, ajustándose a la intensidad de su escrutinio.

“Ningún dolor”, dijo, y su propia voz le sonó extraña, clara y firme, no el jadeo roto que recordaba.

“Me siento…

bien.

Muy bien.” Pomfrey no pareció convencida.

La experiencia le decía que los pacientes que despertaban de traumas graves a menudo estaban en un estado de euforia engañosa.

“Bien no es un diagnóstico, muchacho.

Vamos, échate.” Los siguientes minutos fueron un examen exhaustivo y metódico que habría abrumado a cualquier otro estudiante.

Pomfrey utilizó no menos de tres varitas de diagnóstico diferentes, cada una emitiendo un zumbido o un brillo distinto mientras recorría su cuerpo de la cabeza a los pies.

Le hizo seguir la luz de una lamparita mágica con los ojos, tocar la punta de su nariz con los ojos cerrados, apretar sus manos con fuerza, levantar las piernas contra una resistencia suave que ella aplicaba.

Le pidió que describiera sensaciones: el tacto de la lana de la manta, el sabor residual en la boca (a nada, a limpio), el sonido de su propia respiración.

Gudao se sometió a todo con una paciencia estoica que impresionó a la enfermera.

No era la pasividad de un enfermo, sino la colaboración activa de alguien que comprendía la importancia del proceso.

Mientras ella trabajaba, sus propios sentidos, aguzados por años de entrenamiento y batalla en Chaldea, realizaban su propio escáner interno.

No había fallas.

Los circuitos mágicos de su cuerpo, aquellos que en un mago normal eran instintivos y en él habían sido dolorosamente despertados al llegar a Hogwarts, fluían con una suavidad serena.

El «circuito mágico» que sentía en lo más profundo de su ser, aquel que conectaba con los Santos, no solo estaba intacto, sino que parecía…

más calmado, más integrado.

Como si el incendio nervioso hubiera purgado impurezas.

“Increíble”, murmuró Pomfrey por enésima vez, observando el último diagnosticador, que proyectaba un aura espectral azul y estable alrededor de la figura de Gudao.

“La actividad neural es perfectamente simétrica.

Los reflejos, óptimos.

No hay signos residuales de inflamación o daño micro-estructural.” Lo miró directamente, y en sus ojos había una mezcla de alivio profesional y asombro genuino.

“La lágrima de fénix…

hizo mucho más de lo que me atrevía a esperar.

No solo cerró las heridas, parece haber catalizado una regeneración perfecta.

Es como si el Cruciatus nunca te hubiera tocado.” Gudao asintió lentamente.

Había una pieza más en el rompecabezas de su memoria.

Una luz dorada, un trino melodioso y triste, un líquido como luz líquida cayendo en sus labios, y luego una paz tan profunda que ahogaba hasta el recuerdo del dolor.

El Director.

Su fénix.

Le había dado algo de un valor incalculable.

“Puedo volver a clases, entonces”, dijo, no como una pregunta, sino como una conclusión lógica.

Pomfrey frunció el ceño, la médica chocando con la mujer que había visto sufrir a este niño.

“Físicamente, sí.

Estás más que apto.

Pero el trauma no es solo físico, Gudao.

Tu mente ha pasado por un terrible estrés.

El sueño inducido y el coma curativo no son lo mismo que un descanso psicológico natural.” Puso una mano en su hombro, un gesto inusualmente maternal.

“Quiero que te quedes aquí, acostado, al menos media hora más.

No duermas si no quieres, pero descansa.

Deja que tu conciencia se asiente en este nuevo estado, sin presiones.

Luego, y solo luego, puedes irte.” Gudao comprendió la sabiduría detrás de la orden.

En Chaldea, después de una misión crítica, Romani (una punzada de nostalgia, agridulce) siempre insistía en períodos de observación, no solo por las heridas visibles, sino por el agotamiento mental, por la sombra que las decisiones imposibles podían dejar.

Asintió.

“Media hora.” Se recostó contra las almohadas.

Pomfrey, satisfecha, le sonrió brevemente—una expresión rara y valiosa—y se retiró tras las cortinas, dejándolo en una semipenumbra tranquila.

Gudao no intentó dormir.

En su lugar, hizo lo que un Comandante de Chaldea hacía mejor: evaluar la situación.

Cerrando los ojos, se adentró en su propio interior, no con la fuerza bruta de la proyección mágica, sino con la suave atención de un meditador.

Allí, en el paisaje interior de su mente, las cosas también habían cambiado.

La fortaleza de sombras y voluntad que Edmond Dantès había erigido para proteger su núcleo de los recuerdos más traumáticos seguía en pie, pero las almenas parecían menos necesarias.

El dolor que custodiaban ya no era una amenaza activa, sino un archivo sellado, un evento pasado sin poder para herir en el presente.

Y en el centro de ese bastión, sintió la presencia familiar del Avenger, no como un centinela en guardia contra un asalto inminente, sino como un guardián en reposo, vigilante pero tranquilo.

Una sensación de misión cumplida, por ahora emanaba de ese rincón de su alma.

La media hora pasó en una paz profunda.

Cuando Pomfrey regresó, lo encontró con los ojos abiertos, mirando al techo con una expresión serena y calculadora.

“¿Listo?”, preguntó.

“Listo”, confirmó él.

Y así, Gudao Roberts salió de la enfermería.

No como un convaleciente débil, sino con una postura erguida y un paso firme que no había tenido ni antes del incidente.

Llevaba puesta su túnica de Slytherin, que Pomfrey había hecho lavar y reparar (los desgarres y las manchas de sangre y polvo habían desaparecido por completo).

Al cruzar la puerta, respiró el aire fresco del corredor, cargado con los olores familiares de piedra antigua, hierbas de invernadero y el tenue aroma a comida que venía de las cocinas.

Era el olor de Hogwarts.

Era el olor de haber sobrevivido.

El camino hacia las mazmorras de Slytherin fue una experiencia peculiar.

Algunos estudiantes que pasaban a su lado lo mirajan con curiosidad o susurraban entre ellos.

Su desaparición prolongada no había pasado desapercibida, y los rumores—desde una misteriosa enfermedad hasta un castigo secreto por el asunto del heredero—habían circulado.

Gudao ignoró todas las miradas.

Su mente estaba enfocada en la tarea inmediata: reintegrarse al flujo de la escuela y, sobre todo, ponerse al día con el trabajo académico.

Sabía que Snape no tendría piedad.

Al descender por la escalera de piedra húmeda que conducía a la entrada de la sala común, la gárgola de piedra que custodiaba la puerta se movió al reconocer el aura de Slytherin en su túnica.

La pared de piedra rugosa se deslizó, revelando la sala común iluminada por fuego verde.

El ambiente era, como siempre, lúgubre y elegante a la vez.

Varios estudiantes de diferentes años estaban dispersos: unos jugaban ajedrez mágico frente al fuego, otros leían en sofás de cuero, un grupo de séptimos años discutía en voz baja cerca del acuario.

El murmullo de conversaciones se detuvo por un momento cuando Gudao entró.

Docenas de ojos se clavaron en él.

Fue entonces cuando Daphne Greengrass se alzó desde un sofá donde estaba sentada con Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode.

Daphne, con su largo cabello rubio platino peinado con una perfección impecable y una expresión de desdén congénito grabada en sus rasgos finos, se plantó frente a él, bloqueándole el camino hacia los dormitorios.

“Roberts”, dijo su voz, gélida y cortante como el hielo del lago.

“Qué…

oportuno regreso.” A su espalda, Draco Malfoy, que observaba desde una mesa donde fingía estudiar (con Crabbe y Goyle bostezando a su lado), levantó la vista con un interés evidente.

Sus ojos grises y afilados escudriñaron a Gudao, buscando signos de debilidad, de trauma, de algo que explotar.

Gudao se detuvo, manteniendo una distancia cortés pero definitiva.

Miró a Daphne sin ninguna emoción reconocible en su rostro.

“Greengrass.” Su tono plano, que no era hostil pero tampoco sumiso, pareció irritarla más.

“¿Dónde te has metido todo este tiempo?” preguntó, cruzando los brazos.

Su autoridad era la de una niña que estaba acostumbrada a que su estatus de sangre pura y su mordacidad le dieran el mando en su círculo.

“Desapareciste después de todo el alboroto de la Cámara.

Algunos pensaron que habías tenido un ataque de conciencia y habías huido.” Una sonrisa fría se dibujó en sus labios.

“Otros pensamos cosas menos…

caritativas.” Pansy Parkinson soltó una risita ahogada.

Draco seguía observando, una ceja ligeramente arqueada.

Gudao comprendió el juego de inmediato.

Era un intento de reafirmar la jerarquía, de probarlo, de ver si la experiencia lo había quebrado o cambiado.

En el fondo, eran niños jugando a la política de adultos, usando las únicas armas que conocían: el linaje y la crueldad social.

Después de haber negociado con reyes héroes, enfrentado a dioses y lidiado con las maquinaciones de la Mesa de Magos, esto era…

casi conmovedor en su simplicidad.

“Los lugares a los que uno se mete”, respondió Gudao, su voz todavía tranquila, “a menudo son asunto propio.

Es interesante, sin embargo, la cantidad de interés que genera mi ausencia.

Me halaga.” Fue una respuesta perfectamente criptica y evasiva.

No dio información, no mostró emoción, y además, desvió el foco hacia ellos, sugiriendo que su preocupación (o su morbo) era algo digno de análisis.

Daphne frunció el ceño, desconcertada.

Esperaba miedo, evasión torpe, o tal vez una mentira obvia.

No esta…

calma impasible.

Malfoy decidió intervenir, acercándose con su andar arrogante.

“Lo que Daphne quiere decir, Roberts, es que es raro.

Muy rato.

La Cámara se abre, la gente es atacada, luego cierran la cosa y tú…

te esfumas.

Coincidencia curiosa.” Su mirada era acusadora, tratando de imitar la expresión desconfiada de su padre.

Gudao giró lentamente la cabeza hacia Malfoy.

Su mirada, normalmente fría, esta vez tenía una chispa de algo que podía ser…

¿diversión?

“La vida está llena de coincidencias curiosas, Malfoy.

Como que ciertos artículos de lujo encuentren su camino a manos de sirvientes desprevenidos, por ejemplo.” Se refería, por supuesto, al diario de Tom Riddle que Lucius Malfoy había metido en el caldero de Ginny Weasley.

No era una acusación directa (no tenía pruebas que pudiera presentar), pero era un recordatorio lo suficientemente vago y punzante como para hacer que Draco palideciera ligeramente.

Su mandíbula se tensó.

“No sé de qué hablas”, refunfuñó Draco, pero su seguridad se había agrietado.

Daphne, viendo que su interrogatorio no iba a ninguna parte y que Gudao no solo no se inmutaba, sino que parecía jugar con ellos, dejó escapar un bufido de frustración.

“Eres insufrible.

Un misterio andante.

Y no olvides tu lugar aquí, sangre sucia.” Escupió las últimas palabras como si fueran veneno, un intento desesperado por encontrar algo que lo afectara.

Gudao simplemente inclinó ligeramente la cabeza, como si acabaran de hacer un comentario sobre el clima.

El insulto, cargado de un odio ancestral que había alimentado guerras en este mundo, se estrelló contra su indiferencia como una ola contra un acantilado.

Para él, cuyo valor y el de sus amigos en Chaldea nunca se midió por la sangre sino por el coraje y el sacrificio, el concepto era una patochada patética.

“Gracias por tu preocupación, Greengrass”, dijo, y su tono era tan educadamente neutral que sonaba a burla.

“Ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender.” Y sin dedicarles otra mirada, se dio la vuelta y se dirigió hacia el pasillo que conducía a los dormitorios de los chicos de primer y segundo año.

Dejó atrás un silencio cargado de frustración.

Daphne estaba furiosa, sus mejillas teñidas de un rojo pálido.

“¿Lo ves?

¿Lo ves, Draco?

Es un plebeyo arrogante.

No tiene respeto.

No tiene honor.” Draco, sin embargo, miraba la espalda que se alejaba de Gudao con una expresión pensativa y molesta.

No le había gustado la insinuación sobre el diario.

Y menos le gustaba que nada de lo que hicieran—insultos, acusaciones, presión social—pareciera afectar a Roberts en lo más mínimo.

Era como intentar clavar un clavo en el agua.

Se aburrió rápidamente.

“Bah, no vale la pena.

Vamos, Crabbe, Goyle, tengo hambre.” Y se marchó hacia la salida, sus matones a la zaga, dejando a Daphne sola con sus amigas, que intentaban consolarla mientras ella seguía lanzando miradas asesinas hacia el pasillo por donde había desaparecido Gudao.

El dormitorio de los chicos de Slytherin de segundo año estaba vacío a esta hora.

Gudao fue directamente a su cama, la de la esquina más alejada de la puerta, cerca de una ventana que mostraba las oscuras aguas del lago.

Todo estaba impecable, tal como lo había dejado, pero con una fina capa de polvo en la mesilla de noche.

Su baúl estaba al pie de la cama.

Lo abrió y sacó sus libros, pergaminos y su equipo de escritura.

Entonces comenzó la verdadera tarea.

De su mochila (que Pomfrey también había hecho limpiar) sacó una pila de pergaminos que la enfermera le había entregado, recogidos de los distintos profesores.

Eran los trabajos y tareas que se había perdido durante su convalecencia.

La pila era intimidante.

Pociones, Transformaciones, Encantamientos, Historia de la Magia, Defensa Contra las Artes Oscuras (esta última, curiosamente, con una nota del sustituto, el profesor Gilderoy Lockhart, deseándole una “pronta recuperación” con una firma flamígera), Herbología, Astronomía…

y luego estaba el trabajo de Recuperación de Snape.

El pergamino de Snape era más grueso que todos los demás juntos.

Gudao lo desenrolló sobre su cama.

Era una lista meticulosa y despiadada.

No se limitaba a los temas perdidos; incluía ensayos de investigación adicionales (“Las propiedades neurotóxicas de la esencia de Bubotuber y sus antídotos: un análisis desde la perspectiva de la curación de daño nervioso mágico”, “La influencia de los métodos de preparación en la potencia de la Poción Calmante: ¿por qué la técnica de agitación lunar es crucial?”, “Biografía crítica y análisis de las contribuciones de Linfred de Stinchcombe a la farmacopea mágica, con especial énfasis en sus polémicas con sus contemporáneos”), más la reescritura de todos los informes de prácticas del trimestre, y la obligación de preparar tres nuevas pociones de memoria para una demostración privada ante Snape al final de la semana.

Era, sin lugar a dudas, un castigo.

Vengativo, cínico y diseñado para consumir cada hora de vigilia.

Snape, al enterarse por Dumbledore de la naturaleza de sus heridas (nervios destrozados por el Cruciatus), había decidido, con su peculiar lógica retorcida, que la mejor “recuperación” era sumergirlo en el estudio de aquello que lo había dañado, convirtiendo el trauma en una lección académica.

Era cruel, pero Gudao podía ver el warped logic detrás: Snape era un maestro de la mente y las emociones oscuras; quizás creía que dominar intelectualmente el dolor podía robarlo de su poder.

Gudao no se inmutó.

Miró la pila de trabajo, luego miró por la ventana hacia las aguas oscuras del lago, donde un par de grindylows pasaban como sombras.

Una sonrisa muy, muy tenue tocó sus labios.

Esto le era familiar.

Terriblemente familiar.

Recordó los días y noches en Chaldea, después de una singularidad particularmente catastrófica.

Los informes de Da Vinci no se escribían solos.

Cada batalla, cada interacción con un Espíritu Heroico, cada anomalía observada, requería documentación.

Y Romani, bendito sea, era meticuloso hasta el extremo.

Gudao había pasado noches enteras frente a las pantallas, con Mata Hari dejándole café (que siempre olía a especias exóticas) y Mozart tocando suavemente en algún rincón para ayudarle a concentrarse.

Luego estaba la vez que, tras salvar a Roma de la incineración, Da Vinci, en un arranque de exasperación por su tendencia a cargar con toda la responsabilidad sin delegar, lo había “castigado” a organizar y analizar los datos de resonancia espiritual de los últimos seis meses.

Fueron setenta y dos horas de trabajo casi continuo, solo interrumpido por siestas de veinte minutos y comidas energéticas que Fou le llevaba a regañadientes.

Eso había sido una montaña.

Esta pila de pergaminos, aunque considerable, era una colina en comparación.

Además, su cuerpo era una herramienta renovada.

La fatiga que debería haber sentido después de semanas en cama brillaba por su ausencia.

La lágrima de fénix no solo había curado; había revitalizado.

Sentía una claridad mental y una resistencia física que probablemente superaban su estado anterior al incidente.

Era como si le hubieran dado una poción de energía perpetua, pero sin los efectos secundarios nerviosos.

Estiró los dedos, cogió su pluma de ave (una sólida pluma de águila que había comprado en el Callejón Diagon) y abrió el primer libro: Mil Hierbas y Hongos Mágicos para el ensayo de Herbología.

No había tiempo que perder.

El resto de la tarde y la noche entraron en un ritmo monótono y productivo.

El dormitorio se llenó luego con sus compañeros—Blaise Zabini, Theodore Nott, y los otros—quienes al verlo sentado en su cama, inmerso en una pila de libros y escribiendo con una determinación feroz, se limitaron a observarlo con curiosidad o a ignorarlo por completo.

Ninguno hizo preguntas.

No era el tipo de lugar donde se ofrecían ayudas con los deberes.

Gudao trabajó.

Escribió sobre las propiedades de la Mandrágora para el ensayo de Pomona Sprout.

Redactó un análisis detallado de los encantamientos de levitación para Flitwick, comparando la técnica de “Wingardium Leviosa” con variantes menos conocidas.

Para el ensayo de Historia de la Magia sobre los orígenes de la Carta de Derechos del Brujo, encontró una perspectiva cínica pero bien argumentada, centrada en las luchas de poder económico entre los gremios de magos más que en ideales de igualdad.

Era el tipo de análisis que Binns adoraría por su sequedad y que a Hermione Granger le haría arrancarse el pelo.

Y siempre, en el fondo, estaba el trabajo de Snape.

Esa era la batalla principal.

Gudao abordó los ensayos de pociones con la mente de un estratega.

Investigó en la biblioteca de la sala común de Slytherin (más pequeña que la gran biblioteca, pero con algunos tomos oscuros y especializados que la otra no tenía) sobre las neurotoxinas.

Cruzó referencias con los pocos libros de medicina mágica que pudo encontrar.

Su propia experiencia reciente—el dolor fantasma, la sensación de los nervios quemándose—le daba una perspectiva visceral única.

No escribía desde la teoría, sino desde la memoria de la carnicería interna.

Su descripción de los efectos de un neurotóxico mágico fue tan vívida y clínica que, de haberla leído Snape en ese momento, le habría hecho levantar una ceja con algo que no era desaprobación.

Hora tras hora, la pila de pergaminos completados crecía a su izquierda, mientras la de trabajos pendientes disminuía a su derecha.

Tomaba sorbos de agua de una jarra que había conjurado, comió un par de sándwiches de jamón que un house-elf tímido dejó en su mesilla sin que nadie lo viera, y continuó.

La luz del lago fuera de su ventana se oscureció hasta volverse negra como la tinta, solo rota por el brillo ocasional de alguna criatura bioluminiscente.

Las velas de la habitación se consumieron y las reemplazó con un simple encantamiento de luz continua que había aprendido de un libro de hechizos prácticos.

No era heroico.

No era dramático.

Era trabajo duro, metódico, implacable.

La disciplina de un Comandante que sabía que la victoria en las grandes batallas a menudo se construía sobre el tedio de la preparación minuciosa.

Y para Gudao, este trabajo no era solo una obligación académica; era una reafirmación de su control.

Cada ensayo completado, cada poción memorizada, era un reclamo de normalidad, una demostración para sí mismo de que la tortura y el dolor no lo habían quebrado, no habían detenido su avance.

Seguía siendo el que cumplía la misión, sin importar cuán tediosa fuera.

Mientras su pluma rasgaba el pergamino en la quietud de la noche en Slytherin, muy lejos, en las torres doradas de Gryffindor, otros planes muy distintos se estaban gestando.

La sala común de Gryffindor era el antípoda exacto de la de Slytherin en ese momento: cálida, abarrotada y ruidosa.

El fuego crepitaba en la gran chimenea, iluminando las caras de los estudiantes que reían, jugaban a las cartas explosivas o terminaban sus propias tareas.

En un rincón más tranquilo, cerca de una ventana que daba a los terrenos del castillo, Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger estaban encerrados en una discusión que tenía más tensión que un duelo de varitas.

“Tenemos que hacerlo, Ron.

Es lo correcto”, insistía Harry, jugueteando nerviosamente con el borde de su túnica.

Desde que Hermione les había contado que había visto a Gudao salir de la enfermería y dirigirse hacia las mazmorras, no había podido pensar en otra cosa.

“¿Por qué?” refunfuñó Ron, hundiéndose más en su sillón, sus orejas rojas delatando su incomodidad.

“O sea, sí, estuvo bien lo que hizo con Ginny, lo admito.

Fue…

valiente.

Pero eso no lo convierte en nuestro mejor amigo.

Sigue siendo un Slytherin.

Y no nos debe nada, ni nosotros a él.” Hermione dejó su libro (Superando los Prejuicios Intercasas: Una Guía Histórica y Práctica) con un golpe seco.

“No se trata de deudas, Ron.

Se trata de principios.

Lo juzgamos.

Lo señalamos.

Contribuimos a un ambiente donde él era el sospechoso solo por existir.

Harry tiene razón, debemos disculparnos.” “¿Tú también, Hermione?” Ron se quejó.

“¡Ni siquiera fuiste tan dura con él como nosotros!” “Pero tampoco lo defendí con fuerza”, dijo Hermione, su voz cargada de una rara inseguridad.

“Me basé en la lógica, en la falta de pruebas, pero no confronté vuestros prejuicios de frente.

Fui cómplice por omisión.

Y ahora que sabemos la verdad—que él fue el primero en descubrir lo del Basilisco, que investigó solo, que soportó…

eso…” No pudo decir “tortura”.

“…que hizo lo que hizo para salvar a Ginny, incluso después…

es evidente que es una persona excepcional.

Y le fallamos.” Harry asintió con vehemencia.

La culpa era un nudo familiar en su estómago, pero esta vez estaba mezclada con una admiración profunda y un deseo genuino de enmendar el error.

“Es como con Snape, en primer año”, dijo, bajando la voz.

“Pensamos que era el malo, que quería robar la Piedra.

Y al final, estaba tratando de protegerla.

Juzgamos mal.

Y con Gudao fue peor, porque ni siquiera había una pista real en su contra.

Solo…

nuestro rencor.” Ron se removió, incómodo.

La comparación con Snape no le gustaba; todavía odiaba al profesor de Pociones.

Pero la parte sobre Ginny…

eso le daba vueltas en la cabeza.

Ver a su hermana pequeña, pálida pero viva, contando cómo una figura ensangrentada la había arrastrado y protegido mientras monstruos y fantasmas luchaban…

era difícil reconciliar esa imagen con la de un Slytherin malvado y traicionero.

“Está bien, está bien”, cedió Ron, levantando las manos en un gesto de rendición.

“Digamos que vamos y le decimos ‘lo siento, pensamos que eras el heredero, nuestra culpa’.

¿Y luego qué?

¿Se va a reír en nuestras caras?

Daphne Greengrass y Malfoy seguramente ya le habrán contado lo que pensábamos.

Para él, somos unos idiotas prejuiciosos.

Y probablemente tenga razón.” “Esa es una posibilidad”, admitió Harry.

“Pero no importa.

No lo hacemos por su reacción, Ron.

Lo hacemos porque es lo que debemos hacer.

Porque si no, somos tan cerrados como los que dicen que todos los de Gryffindor son temerarios e irresponsables.” Se inclinó hacia adelante, sus ojos verdes brillando con determinación.

“Además, Hermione tiene un punto.

Si queremos que esta rivalidad estúpida entre las casas algún día termine, alguien tiene que dar el primer paso.

Hagamos que ese alguien seamos nosotros.” Hermione sonrió, una sonrisa cálida y orgullosa.

“Exactamente, Harry.

No se trata solo de Gudao Roberts.

Se trata del tipo de personas que queremos ser.

¿Las que perpetúan odios viejos?

¿O las que tienen el valor de admitir cuando están equivocadas y tratan de construir puentes?” Ron miró a sus dos amigos, a Harry con su obstinación valiente y a Hermione con su lógica impecable y su idealismo práctico.

Se sintió acorralado.

Sabía, en el fondo, que tenían razón.

Pero años de escuchar a su padre despotricar contra los Slytherin, de ver a Malfoy comportarse como un pequeño déspota, de internalizar que el verde y la plata eran colores del enemigo…

era difícil de sacudir.

“Ugh, está bien”, gruñó finalmente.

“Iremos.

Le diremos…

algo.

Pero no esperéis que me ponga a hacerle reverencias.

Y si Malfoy está cerca, me largo.” “Justo”, dijo Harry, sintiendo un peso levantarse de sus hombros.

“Entonces, ¿cómo lo hacemos?

No podemos simplemente ir a la sala común de Slytherin.

Nos echarían…

o algo peor.” Hermione ya tenía un plan.

“Según mis cálculos, y por lo que dijo Madam Pomfrey, Gudao tiene una cantidad masiva de trabajo de recuperación, especialmente de Snape.

Lo más probable es que pase mucho tiempo en la biblioteca.

Podemos buscarlo allí mañana después de la cena.

Es un lugar neutral, público.

Podemos acercarnos con tranquilidad.” Harry asintió.

La biblioteca.

Era un lugar adecuado.

Serio, tranquilo.

Allí podrían hablar sin demasiadas miradas o interferencias.

El trío pasó el resto de la tarde discutiendo los detalles exactos de lo que dirían, con Hermione redactando mentalmente puntos de conversación y Ron interrumpiendo cada dos por tres con pesimismos que ella pacientemente desmontaba.

Mientras tanto, en las profundidades de Slytherin, el objeto de su preocupación y debate terminaba el último de los ensayos secundarios y se preparaba para abordar la preparación de pociones para la demostración de Snape.

Gudao bostezó, por primera vez sintiendo un ligero cansancio, pero era un cansancio satisfactorio, de trabajo bien hecho.

Dos mundos separados por piedra, historia y prejuicio se preparaban para un encuentro.

En uno, un joven con el peso de mundos en sus hombros encontraba solaz en la monotonía del estudio.

En el otro, tres adolescentes luchaban con el peso de su propia conciencia, tratando de encontrar el coraje para extender una mano a través de un abismo que ellos mismos habían ayudado a cavar.

La noche en Hogwarts avanzaba, envolviendo a ambos en su manto estrellado, ajena a los pequeños dramas humanos que se desarrollaban bajo sus torres y suspiros.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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