Fate of Magic - Capítulo 32
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32: Fin del segundo año 32: Fin del segundo año Las siguientes cuarenta y ocho horas en la vida de Gudao Roberts no estuvieron marcadas por el paso del sol y la luna, sino por el parpadeo de las velas y el incesante rasgar de la pluma sobre pergamino.
Su mundo se redujo a los confines de su rincón en el dormitorio de Slytherin, un territorio demarcado por pilas de libros, frascos de tinta y el aroma persistente a polvo de libro antiguo y componentes de poción secos.
Los trabajos extras, ese monumento a la burocracia académica y al rencor personalizado de Severus Snape, se alzaban ante él como una montaña.
Pero Gudao no veía una montaña; veía una serie de colinas sucesivas, cada una con un camino claro hasta la cima.
Su mente, entrenada para gestionar crisis multidimensionales y coordinar ataques contra amenazas a la línea temporal, abordó el problema con una frialdad estratégica impecable.
Primero, clasificación.
Separó los pergaminos por asignatura, luego por complejidad estimada y fecha de entrega.
Los de Historia de la Magia y Astronomía, aunque extensos, eran puramente memorísticos y teóricos.
Los abordaría en rachas, utilizando técnicas mnemotécnicas que Da Vinci le había enseñado una vez para recordar complejos diagramas de circuitos espirituales.
Los de Transformaciones y Encantamientos requerían precisión conceptual y ejemplos prácticos hipotéticos; para ellos, dedicaría sesiones de concentración pura, imaginando cada movimiento de varita, cada sílaba del conjuro.
Y luego, el núcleo del desafío: los trabajos de Snape.
No eran meras tareas; eran una campaña de desgaste diseñada para romperlo.
El ensayo sobre las propiedades neurotóxicas de la esencia de Bubotuber era particularmente retorcido.
Snape, sabiendo (o sospechando, a través de Pomfrey o Dumbledore) la naturaleza de sus heridas, había elegido un tema que era un espejo oscuro de su propio sufrimiento.
Gudao no se inmutó.
En lugar de evitarlo, se sumergió en él.
Investigó en los tomos más densos de la biblioteca común de Slytherin, cruzó referencias con notas marginales que encontró en un viejo ejemplar de Elaboración Avanzada de Antídotos que parecía haber pertenecido al propio Prince.
Escribió no como un estudiante asustado, sino como un investigador forense.
Describió la sensación de “fuego nervioso” no como una metáfora, sino con la precisión clínica de quien lo había sentido en sus propias carnes.
Analizó los antídotos no solo por sus propiedades químicas, sino por su intención mágica: ¿buscan bloquear, disipar, o reconducir la energía corrupta?
Su prosa era seca, incisiva, y traicionaba una comprensión intuitiva del dolor que iba más allá de lo académico.
Las noches se fundieron en una sucesión de horas medidas por el consumo de velas.
Dormía en ráfagas cortas, de veinte o treinta minutos, desplomándose sobre los libros cuando sus párpados pesaban demasiado, para despertarse con un sobresalto una o dos horas después, la mente extrañamente fresca, y retomar la pluma.
Su cuerpo, rejuvenecido por la lágrima de fénix, respondía sin quejas.
La fatiga era mental, un desgaste de la voluntad, pero su voluntad era de acero templado en el fuego de singularidades.
Recordaba jornadas similares en Chaldea, con Romani mirándolo con preocupación desde una pantalla y Mash insistendo en que descansara.
Aquí no había Mash, ni Romani.
Solo la tarea y la quietud del lago negro tras la ventana.
Algunos de sus compañeros de dormitorio, inicialmente indiferentes, comenzaron a lanzarle miradas entre curiosas y incrédulas.
Theodore Nott, un chico callado y observador, fue el único que en una ocasión, al verlo descifrar unos jeroglíficos egipcios para el ensayo de Historia de la Magia a las tres de la madrugada, dejó un pastelito envuelto en un pañuelo en el borde de su cama, sin una palabra.
Un gesto pequeño, casi imperceptible, en el frío ecosistema de Slytherin.
Gudao asintió en agradecimiento y lo comió sin apartar los ojos del libro.
Finalmente, en el clímax de la segunda noche, trazó el punto final en el último pergamino.
Era la receta y procedimiento detallado para la Poción de la Paz, la más compleja de las tres que Snape exigía para la demostración.
Había no solo seguido las instrucciones al pie de la letra, sino que había añadido anotaciones marginales sobre posibles variaciones en la fase de agitación lunar para climas nublados, basándose en un tratado del siglo XVI que había encontrado citado de pasada.
Lo enrolló con un cordel de cuero, junto con los otros dos, y los colocó sobre la pila general.
La montaña había sido escalada.
Se levantó, sintiendo por primera vez el peso físico del agotamiento acumulado, un hormigueo en los músculos de la espalda y una ligera neblina detrás de los ojos.
Miró por la ventana.
El amanecer teñía las aguas del lago de un gris perlado.
Era hora de descansar.
Se desplomó en su cama, sin siquiera desvestirse, y el sueño lo tomó como un manto de plomo.
No soñó con basilisco ni con dolor.
Soñó, extrañamente, con el suave zumbido de los generadores de Chaldea y el olor a café de Romani.
Durmió doce horas profundas, reparadoras, un colapso total del sistema que su cuerpo necesitaba desesperadamente.
Cuando despertó, era ya media tarde del día siguiente.
Se sentía vacío, limpio de la presión intelectual, y extrañamente ligero.
Con la pila de pergaminos perfectamente organizada bajo el brazo, Gudao emprendió una gira por las oficinas de los profesores.
Era una procesión silenciosa, pero cada parada era un pequeño acto de reivindicación.
La profesora Sprout, en su oficina inundada de olor a tierra y plantas, recibió su ensayo sobre la mandrágora con una sonrisa de abuela orgullosa.
“¡Cielos, muchacho!
¡Y con referencias cruzadas a los tratados de Beaumont!
Pensé que ese libro solo lo leíamos los viejos botánicos.
Excelente trabajo, excelente.
Me alegra verte de pie y con buen color.” Flitwick, encantado, dio un saltito sobre su pila de libros al ver el análisis comparativo de los encantamientos de levitación.
“¡Precisión maravillosa, señor Roberts!
¡Y la observación sobre la influencia del acento regional en la efectividad del Wingardium es simplemente brillante!
Diez puntos para Slytherin por la iniciativa.” Los puntos, Gudao lo sabía, eran lo de menos.
La chispa de genuino placer intelectual en los ojos del pequeño profesor era la verdadera recompensa.
Hasta Binns, el fantasma de Historia de la Magia, pareció parpadear con un poco más de sustancia al hojear el ensayo sobre la Carta de Derechos.
“Hmm…
una perspectiva…
cínica, pero bien documentada sobre la influencia del Gremio de Fabricantes de Calderos…
aceptable, señor Roberts, aceptable.” Y luego, llegó el momento de la verdad.
El calabozo de Pociones estaba frío y oscuro como siempre, el aire cargado con el olor penetrante a ingredientes conservados y amargura reprimida.
Snape estaba en su escritorio, calificando montañas de pergaminos con una expresión de profundo disgusto, como si cada error gramatical fuera una ofensa personal.
Gudao se acercó y depositó la voluminosa carpeta que contenía todos sus trabajos de recuperación sobre el borde del escritorio, justo al lado de un tarro de vísceras de sapo en conserva.
El golpe seco hizo que Snape alzara la vista lentamente, sus ojos negros como pozos de aceite fijándose primero en la carpeta, luego en el rostro impasible de Gudao.
No dijo nada durante un largo momento, su mirada escrutando a Gudao como si buscara rastros de fraude, de ayuda externa, de desesperación.
Lo que vio fue a un estudiante pálido por la falta de sueño reciente, pero con los ojos claros y una postura erguida que no pedía permiso ni esperaba elogios.
“Esto es todo”, dijo Gudao, su voz neutra resonando en la cámara de piedra.
Snape desató el cordel de la carpeta con un movimiento brusco y comenzó a hojear.
Sus dedos largos y pálidos pasaron las páginas de los ensayos secundarios con desdén, pero cuando llegó al grueso del trabajo sobre neurotoxinas, su movimiento se detuvo.
Sus ojos, que leían a una velocidad prodigiosa, se ensancharon casi imperceptiblemente.
Recorrió párrafos, se detuvo en las anotaciones marginales, en las citas oscuras.
Su expresión era una batalla campal.
Por un lado, la furia de un plan frustrado: había esperado que el muchacho se quebrara bajo la carga, que entregara algo mediocre que pudiera destrozar con sarcasmo.
Por otro, la sorpresa genuina, casi ofensiva, ante la calidad del trabajo.
No era solo competente; era perspicaz, profundo, y escrito con una voz autoritaria que no pertenecía a un niño de doce años.
El análisis del dolor era tan vívido que a Snape, que conocía los efectos del Cruciatus mejor que la mayoría, se le heló un instante la sangre.
Siguió leyendo, más rápido ahora, pasando a los procedimientos de las pociones.
Las anotaciones sobre la agitación lunar no tenían errores.
Al contrario, sugerían un nivel de comprensión intuitiva de la magia lunar que Snape solo había visto en pociones maestras…
o en sí mismo.
Finalmente, cerró la carpeta con un golpe seco que hizo eco en la sala.
Levantó la vista.
Su rostro era una máscara de piedra pulida, pero en sus ojos ardía una mezcla de resentimiento, respeto forzado y una punzada de algo que podría haber sido…
frustración.
Su plan de tortura académica había fracasado espectacularmente.
No solo no había quebrado al estudiante, sino que le había proporcionado una plataforma para demostrar una brillantez que ahora no podía ignorar.
“Parece que ha aprovechado su…
convalecencia…
para estudiar”, dijo Snape, su voz un susurro sedoso que goteaba ácido.
“O quizás ha encontrado un fantasma particularmente erudito que escribe por él.” Gudao mantuvo su mirada.
“Los fantasmas rara vez tienen tanta paciencia para la investigación experimental, profesor.
Prefieren lamentarse.” Un músculo en la mandíbula de Snape se tensó.
Fue un instante de peligro.
Luego, con un gesto de desprecio, apartó la carpeta hacia un montón de trabajos por calificar.
“Se retira, Roberts.
No desperdicie más mi tiempo.
La demostración de las pociones será el viernes.
No espere indulgencia.” Gudao asintió, una inclinación de cabeza casi imperceptible, y se dio la vuelta.
Al salir del calabozo, una pequeña y satisfactoria sonrisa tocó sus labios por un segundo.
No era un triunfo sobre Snape; eso sería imposible y, en el fondo, irrelevante.
Era un triunfo sobre las circunstancias.
Había tomado la carga diseñada para aplastarlo y la había usado como peldaño.
Al salir a los pasillos más iluminados, se sintió más ligero, como si hubiera exorcizado el último fantasma físico de su encuentro en la Cámara.
Los días siguientes fueron un retorno a una normalidad extrañamente tensa.
Gudao reanudó sus clases.
Sus compañeros de Slytherin, en su mayoría, continuaban su política de indiferencia calculada.
Colin Creevey y la Señora Norris seguían petrificados en la enfermería, recordatorios silenciosos de lo que podría haber sido una carnicería si la sombra de Riddle hubiera tenido más tiempo.
A veces, Gudao se detenía frente al ala hospitalaria y pensaba en el azar que lo había llevado a seguir a Ginny esa noche, en la cadena de decisiones que había evitado que la escuela se llenara de estatuas de horror.
La suerte, como siempre, era un factor.
Pero él prefería llamarlo “preparación encontrando oportunidad”.
Una semana después de su regreso a clases, la oportunidad para otro tipo de encuentro se presentó.
Gudao estaba en la biblioteca, en una mesa apartada cerca de la sección de alquimia prohibida (Madam Pince lo toleraba allí porque nunca hacía ruido y siempre devolvía los libros en perfecto estado), consultando un oscuro compendio sobre la transmutación de metales nobles para un punto extra en Transformaciones.
Sintió, más que vio, que se acercaban.
Eran Harry Potter, Hermione Granger y Ron Weasley.
Avanzaban con la determinación torpe de quien se dirige a su propia ejecución.
Harry lideraba, su rostro marcado por una seria resolución.
Hermione lo seguía, cargando varios libros como un escudo, su expresión era de apoyo firme pero con una pizca de ansiedad.
Ron iba a la zaga, arrastrando los pies, mirando los estantes como si esperara que una sección entera se derrumbara para tener una excusa para huir.
Se detuvieron frente a su mesa.
El silencio de la biblioteca pareció hacerse más profundo, absorbiendo el sonido de su llegada.
“Roberts”, comenzó Harry, su voz un poco más alta de lo necesario, luego bajándola rápidamente ante la mirada fulminante de Madam Pince desde su escritorio.
“¿Podemos…
hablar contigo un momento?” Gudao bajó su pluma y los miró.
Sus expresiones eran un libro abierto: culpa, esperanza, incomodidad extrema.
Asintió lentamente.
“Hablen.” Harry respiró hondo, como antes de sumergirse en las heladas aguas del lago.
“Queremos…
es decir, necesitamos disculparnos contigo.” Las palabras salieron en un torrente apresurado.
“Por el año pasado.
Por pensar…
por decir que podrías ser el heredero.
Por juzgarte sin conocerte.
Fue injusto.
Y estuvo mal.
Lo siento.” Fue una disculpa torpe, sincera, salpicada de la vergüenza típica de un niño de trece años, pero genuina.
Los ojos verdes de Harry no se apartaban de los de Gudao, sosteniendo la mirada con un valor que no era el de enfrentar un basilisco, pero que quizás, en el mundo de las interacciones humanas, requería un esfuerzo similar.
Hermione dio un paso adelante.
“Yo también, Gudao.
Aunque mis sospechas siempre fueron más lógicas que…
personales, nunca hice lo suficiente para detener los rumores o para conocerte mejor.
Asumí que tu misterio era motivo de sospecha, en lugar de…
bueno, simplemente tu manera de ser.
Me disculpo por no haber sido más justa.” Su disculpa era más articulada, más analítica, pero no menos sincera.
Había un respeto genuino en su tono, el respeto de una académica hacia un par que había resuelto el misterio que a ellos les había tomado meses.
Todos los ojos se volvieron hacia Ron.
Él se aclaró la garganta, mirando un punto sobre el hombro de Gudao.
“Eh, sí…
eso.
Lo de la Cámara y…
todo.
Y que salvaste a Ginny.
Eso…
estuvo bien.
Así que…
lo siento, supongo.” Las palabras sonaron forzadas, arrastradas.
No era rencor lo que las teñía, sino un profundo malestar, el miedo instintivo de un animal ante algo que no entiende.
Ron temía no la venganza, sino la simple aceptación, porque eso rompería el mundo ordenado y binario en el que había crecido: Gryffindor bueno, Slytherin malo.
Gudao los observó a los tres, esta pequeña trinidad que había sido, sin saberlo, una réplica diminuta de los equipos que él solía liderar.
El valiente, la estratega, el escéptico leal.
Comprendió el valor de lo que acababan de hacer.
Para Harry, era redimirse de un prejuicio que él mismo había sufrido.
Para Hermione, era corregir un error lógico.
Para Ron…
era un acto de fe que le costaba cada molécula de su ser.
Un largo momento pasó.
Gudao se levantó de su silla.
No era un movimiento amenazante, pero hizo que Ron diera un pequeño paso atrás.
Gudao extendió su mano derecha, primero hacia Harry.
“No hay rencores”, dijo, su voz clara y tranquila en el silencio bibliotecario.
Harry lo miró, sorprendido por la formalidad del gesto, luego una sonrisa aliviada y brillante iluminó su rostro.
Tomó su mano y la estrechó con fuerza.
“Gracias.” Gudao asintió, luego giró hacia Hermione y repitió el gesto.
Ella lo tomó con una sonrisa más contenida pero igualmente genuina, un brillo de aprobación en sus ojos.
“Gracias, Gudao.” Finalmente, se volvió hacia Ron.
El pelirrojo parecía paralizado, sus ojos yendo de la mano extendida al rostro impasible de Gudao.
En su mente chocaban años de advertencias de su familia, el desprecio hacia Malfoy, el miedo a lo desconocido…
contra la imagen de Ginny, viva, y la simple, abrumadora evidencia de que esta persona frente a él no encajaba en la caja donde él quería meterlo.
Con un suspiro que pareció desinflarlo, extendió su propia mano, grande y con pecas, y la estrechó.
El apretón fue débil al principio, luego más firme.
“Sí…
bueno…
está bien entonces”, murmuró.
Gudao retiró su mano.
“El mundo es más complicado que las casas, Weasley.
A veces, el enemigo está en el propio espejo.” No era una frase de consuelo, sino un hecho.
Ron la asimiló con dificultad, frunciendo el ceño, pero asintió lentamente.
No estaba convencido, pero la puerta que siempre había estado cerrada con llave y soldada se había entreabierto, solo un centímetro.
Era un comienzo.
El trío se alejó, hablando en susurros animados.
Hermione lanzó una última mirada sobre su hombro, una sonrisa de complicidad.
Gudao volvió a su asiento y a su compendio de alquimia.
El encuentro había cambiado poco en su panorama inmediato, pero había añadido una variable interesante al complicado algoritmo social de Hogwarts.
Y, en el fondo, le agradaba no ser visto como un monstruo por al menos tres personas más.
Si hubiera un contrapunto irritante a la relativa paz que siguió, era Daphne Greengrass.
Donde Malfoy, al no obtener reacción, se aburría y buscaba otras diversiones (generalmente atormentar a estudiantes de primer año o fanfarronear sobre las últimas adquisiciones de su padre), Daphne demostró una persistencia que rayaba en lo patológico.
Era como un mosquito intelectual, zumbando alrededor de Gudao con una frecuencia constante.
En la sala común, en los pasillos, incluso en la mesa de Slytherin durante las comidas (sentándose estratégicamente cerca), lanzaba sus dardos envenenados.
“…realmente, es una lástima que ciertos estándares se hayan relajado tanto”, decía, dirigiéndose a Pansy pero con un volumen calculado para que Gudao lo oyera.
“La sangre pura no es solo un linaje, es un legado de responsabilidad, de poder refinado a través de generaciones.
Algo que, por supuesto, los que vienen de la nada no pueden comprender.
Es como explicar el sabor del champagne a alguien que solo ha bebido agua estancada.” Sus comentarios siempre giraban en torno a la pureza de sangre, el estatus, la supuesta superioridad inherente.
Eran argumentos aprendidos, repetidos como un mantra, carentes de la malicia creativa de Malfoy o la inteligencia cortante de Snape.
Eran…
aburridos.
Gudao, en un principio, los ignoró por completo, como se ignora el ruido de fondo de una tubería que gotea.
Pero la constancia de Daphne era notable.
A veces, en medio de sus interminables monólogos, Gudao se preguntaba, no con enojo sino con genuina curiosidad sociológica, qué impulsaba tal comportamiento.
¿Era soledad?
¿Inseguridad camuflada como arrogancia?
¿Una necesidad desesperada de reafirmar un valor que sentía amenazado por la simple existencia de alguien que no se doblegaba ante sus criterios?
Una tarde, en la sala común, después de que Daphne soltara un particularmente enrevesado discurso sobre la “decadencia moral que representa la mezcla” mientras él trataba de concentrarse en un tablero de ajedrez mágico contra sí mismo (una práctica que encontraba útil para el pensamiento estratégico), Gudao alzó la vista por primera vez durante uno de sus sermones.
Sus ojos, fríos y analíticos, se encontraron con los de ella.
Daphne se detuvo, sorprendida.
Por un instante, pareció triunfante, pensando que finalmente había logrado quebrar su indiferencia.
“Greengrass”, dijo Gudao, su voz tan plana como la superficie del lago en un día sin viento.
“Tu dedicación a repetir los mismos puntos, día tras día, con tan poca variación, es…
notable.
Casi admirable en su falta de imaginación.
¿No tienes amigos con los que discutir cosas más interesantes?
¿O tu único pasatiempo es monologar ante un público que no te escucha?” No fue un insulto gritado.
Fue una observación clínica, dicha con la misma curiosidad con la que habría examinado una criatura mágica peculiar.
Y fue mil veces más efectiva.
Daphne enrojeció, no de ira, sino de una vergüenza hiriente y súbita.
Porque la pregunta tocaba, sin saberlo Gudao, una verdad incómoda.
Daphne estaba atrapada en el papel de “princesa de sangre pura”, un papel que ahuyentaba a cualquiera que no fuera un sicófono como Pansy.
Sus interacciones eran transacciones de estatus, no amistades.
El comentario de Gudao, dicho sin malicia pero con precisión absoluta, expuso la vacuidad de su performance.
“Tú…
no sabes de lo que hablas”, farfulló, su voz perdiendo su gelidez habitual.
“Probablemente no”, concordó Gudao, volviendo su atención al tablero de ajedrez, donde un alfil de ébano acababa de tomar un caballo de marfil.
“Por suerte para mí.” Daphne se dio la vuelta y se marchó, seguida por una Pansy confundida.
No dejó de lanzarle miradas venenosas después de eso, pero sus monólogos se hicieron más cortos, más espaciados, como si la batería de su desdén se estuviera agotando.
Gudao apenas lo notó.
Había problemas más interesantes que resolver, como la apertura siciliana que estaba intentando en el ajedrez.
El 30 de mayo de 1993 amaneció con una expectación contenida en el castillo.
El Mandrágora, finalmente maduro, estaba listo.
En la Gran Sala, durante el desayuno, el profesor Sprout hizo el anuncio con una amplia sonrisa: la Poción Revivificante estaba preparada.
Un murmullo de alivio recorrió las mesas.
Gudao observó desde la mesa de Slytherin.
Vio a Harry, Hermione y Ron intercambiando miradas de esperanza.
Vio a los estudiantes de Gryffindor animando a un Colin Creevey invisible.
Su propio papel en todo esto era un secreto guardado por unos pocos.
No le importaba el crédito; le importaba el resultado.
Y el resultado fue que, horas más tarde, Colin Creevey, despetrificado y confundido, fue recibido en la sala común de Gryffindor como un héroe que regresaba de la guerra.
La Señora Norris, menos festejada pero igualmente viva, volvió a acechar los pasillos con renovado desdén.
Para Colin, la desventaja fue el aluvión de trabajo acumulado.
Seis meses de clases, tareas, lecturas.
Gudao lo vio una vez en la biblioteca, abrumado, rodeado de pilas de libros y con una expresión de pánico.
Harry, Hermione y Ron estaban a su lado, dividiendo los temas, explicando conceptos, ayudándole a tomar apuntes acelerados.
Era un espectáculo de solidaridad casi conmovedor.
Gudao pasó de largo.
No era su responsabilidad, pero notó el esfuerzo.
La camaradería de Gryffindor, cuando no era dirigida por la arrogancia o el prejuicio, tenía su valor.
El resto del trimestre pasó como un río tranquilo hacia una cascada conocida: los exámenes finales.
Gudao se presentó a cada uno con la misma preparación metódica con la que había abordado los trabajos de Snape.
Los exámenes eran, en comparación, sencillos.
Eran problemas con soluciones definidas.
Él había estado lidiando con incógnitas existenciales desde los quince años.
Cuando llegaron los resultados, no hubo grandes sorpresas, excepto quizás para un par de profesores.
Gudao Roberts obtuvo las mejores calificaciones de Slytherin en casi todas las materias.
En Pociones, su nota fue un “Outstanding” (Sobresaliente) tan alto que rozaba lo impecable.
Solo una persona en todo el segundo año lo superó: Hermione Granger, cuyo examen teórico fue, según rumores, “tan extenso que hizo llorar de emoción a un ejemplar de Pócimas Potentes”.
La imagen de Severus Snape teniendo que inscribir esa “O” junto al nombre de Roberts en el registro oficial debió de ser un momento de pura agonía para el profesor.
Lo hizo, porque no tuvo otra opción.
La evidencia (los exámenes, los trabajos de recuperación, la demostración impecable de pociones) era abrumadora.
Pero cada trazo de la pluma debió de sentirse como una traición a sus más profundos prejuicios.
Gudao se lo imaginó, en la oscuridad de su despacho, maldiciendo en silencio mientras la tinta seca brillaba bajo la luz de una vela solitaria.
Era una victoria pequeña y privada, pero dulce.
El día de la partida llegó con el bullicio habitual.
El Expreso de Hogwarts esperaba en Hogsmeade, vapor blanco saliendo de su chimenea contra el cielo de verano.
Gudao empacó su maleta con eficiencia: sus túnicas, sus libros, los pocos objetos personales que tenía.
No guardaba recuerdos físicos de su tiempo aquí, excepto quizás la memoria de la lágrima de fénix, un destello de bondad en medio del caos, y la sensación de un sistema nervioso funcionando a la perfección.
En el andén, el aire estaba lleno de gritos, abrazos y promesas de escribir.
Gudao cargó su maleta en un compartimiento vacío y se sentó junto a la ventana.
Vio a Harry, Ron y Hermione pasar, riendo por algo que había dicho George Weasley.
Ron, al verlo a través del cristal, hizo una breve pausa, luego levantó la mano en un saludo torpe y rápido antes de seguir a sus amigos.
Un progreso minúsculo, pero real.
El tren partió.
Hogwarts se redujo en el horizonte, sus torres y almenas recortándose contra las colinas verdes.
Gudao no sintió nostalgia.
Hogwarts había sido un campo de batalla, un lugar de convalecencia y un centro de estudio.
Nada más.
Su hogare, el lugar al que anhelaba regresar con cada fibra de su ser, estaba en otra parte.
En un lugar frío, metálico y lleno de corazones que lo esperaban, bajo un cielo falso que simulaba la humanidad perdida.
Miró su mano, la misma que había extendido a Harry, a Hermione, incluso a Ron.
En lo más profundo de su ser, en ese espacio donde residía su contrato, la presencia de Edmond Dantès era un faro constante, una prueba tangible de que su magia, su esencia como Comandante, funcionaba aquí.
La invocación del Avenger había sido el primer paso, el más crucial.
Le había demostrado que el vínculo con el trono de los héroes, aunque débil y distorsionado por este mundo, existía.
Había canalizado una sombra de un espíritu legendario.
¿Qué más podría hacer?
Mientras el tren serpenteaba por la campiña, Gudao cerró los ojos.
No para dormir, sino para planificar.
El verano en el orfanato sería monótono, predecible.
Un tiempo perfecto para experimentar en privado, para intentar sentir los límites de su mágica, para ver si podía, aunque fuera por un segundo, percibir el tenue hilo que unía su alma con Chaldea.
No tenía el equipo, no tenía a Da Vinci o a Romani para guiarlo.
Pero tenía voluntad.
Y tenía la certeza, reafirmada por el frío fuego de la venganza que habitaba en su interior, de que estaba un paso, solo un paso, pero firme, más cerca de volver a casa.
El traqueteo de las ruedas sobre los rieles se convirtió en un ritmo hipnótico.
Hogwarts quedaba atrás, con sus secretos, sus horrores y sus pequeñas redenciones.
Por delante, había un verano de aparente normalidad y, en la quietud de su habitación en el orfanato, el silencioso trabajo de un comandante que preparaba, una vez más, su regreso a la batalla por la humanidad.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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