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Fate of Magic - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Misterio
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33: Misterio 33: Misterio El verano en el número cuatro de Privet Drive siempre había sido una época de opresión lenta, una cárcel de cortinas impecables y silencios cargados de desprecio.

Pero este verano, por primera vez, el aislamiento físico de Harry Potter se vio acompañado por una tormenta interna de pensamientos que no tenían que ver con los Dursley, sino con las cicatrices dejadas por su segundo año en Hogwarts.

Sentado en el alféizar de su ventana, observando el cielo de un azul despiadadamente soleado sobre Little Whinging, Harry no pensaba en el calor, ni en las tareas absurdas que le imponía su tía Petunia.

Pensaba en ojos fríos y calculadores que, en el momento más crucial, habían demostrado contener no maldad, sino una determinación ferozmente protectora.

Pensaba en Gudao Roberts.

¿Por qué acabó en Slytherin si es un chico bueno?

La pregunta resonaba en su cabeza como el eco de un hechizo mal lanzado.

Todo lo que creía saber sobre el mundo mágico, sobre su propio lugar en él, se había visto sacudido por la revelación de la Cámara.

Las lecciones no escritas que había absorbido desde su llegada a Hogwarts – Slytherin es la casa de los futuros magos tenebrosos, los astutos y ambiciosos en el peor sentido, nunca confíes en una serpiente – se le derrumbaban como un castillo de naipes construido sobre arena.

Él, Harry, había sido el primero en señalar con el dedo.

Había tejido una narrativa de villanía alrededor de un chico del que solo conocía su casa, su aire de misterio y los susurros de sus compañeros.

Lo había convertido en el heredero de Slytherin en su mente, alimentando los prejuicios de Ron y permitiendo que Hermione, aunque escéptica, no lo defendiera con más fuerza.

Y todo estaba equivocado.

Gudao había sido el primero en descubrir la verdad.

Había investigado solo, arriesgándose, y había sido capturado y torturado por ello.

Y aún así, destrozado, se había arrastrado para salvar a Ginny.

No había ambición egoísta en ese acto.

No había astucia maliciosa.

Solo valor puro, desinteresado, del tipo que el Sombrero Seleccionador supuestamente reservaba para Gryffindor.

Esa contradicción le abrió una grieta en su visión del mundo.

Si Gudao, un chico claramente valiente y con un fuerte sentido de la justicia (¿por qué si no se habría enfrentado solo al misterio?), había sido elegido para Slytherin, ¿qué significaba eso?

¿Significaba que el Sombrero veía algo más que la simple bondad o maldad?

¿Algo relacionado con el potencial, con la naturaleza más profunda, que a veces podía tomar caminos inesperados?

Empezó a cuestionarse todo.

¿Era Draco Malfoy malvado por naturaleza, o era simplemente un niño mimado criado con un odio heredado, un producto de su entorno como Harry era producto del desprecio de los Dursley?

¿Y qué decir de Snape?

Su profesor era sin duda amargado, vengativo y parcial, pero Dumbledore confiaba en él.

¿Había algo allí, en esa lealtad retorcida, que también desafiaba la categorización fácil?

Fue una línea de pensamiento peligrosa y solitaria.

No podía compartirla con Ron, no realmente.

Ron estaba avanzando, a su manera torpe, pero los años de escuchar a su padre hablar de los Slytherin como una plaga estaban demasiado arraigados.

Hermione lo entendería intelectualmente, pero para ella la lógica era clara: Gudao era una excepción que probaba que los prejuicios generales eran erróneos.

Para Harry era más profundo.

Era una cuestión de identidad.

Él había sido etiquetado toda su vida: el “inútil”, el “fenómeno”, el “Niño que Vivió”.

Y él, a su vez, había etiquetado a otros.

Gudao le mostraba el costo de esas etiquetas.

Pasaba las largas tardes de encierro preguntándose por las circunstancias de Gudao.

¿De dónde venía?

¿Era realmente hijo de muggles, como decían los rumores?

¿Qué tipo de vida había llevado antes de Hogwarts que lo había moldeado en esa persona impasible, observadora y terriblemente resistente?

Harry sentía un vago reconocimiento allí.

Él también había desarrollado una coraza, una habilidad para pasar desapercibido y para soportar.

Pero la de Gudao parecía diferente, no forjada en el miedo a los gritos o a los golpes, sino en algo más…

frío.

Como un acero templado en un fuego que Harry no podía ni imaginar.

Sabía que no obtendría respuestas.

Gudao no era de los que ofrecían confidencias.

Su misterio era una fortaleza, y Harry, después de haber sido parte del asedio injusto contra ella, no tenía derecho a exigir entrada.

Solo podía esperar, y tal vez, con el tiempo, ganarse la oportunidad de conocer al hombre detrás de la leyenda de Slytherin.

Pero estos pensamientos filosóficos y llenos de culpa chocaban brutalmente contra la realidad inmediata y pragmática del verano: el formulario de permiso para visitar Hogsmeade.

El trozo de pergamino, traído por Hedwig junto con la lista de libros de tercer año, yacía sobre su cama como una acusación.

Necesitaba la firma de su guardián.

Necesitaba la firma de Vernon Dursley.

La sola idea le provocaba un nudo en el estómago.

Pedirle un favor a su tío era como pedirle a un dragón que soplara suavemente para apagar una vela.

Era invitar a la humillación, al regateo cruel y, muy probablemente, a un rotundo “no” seguido de algún castigo por atreverse a pedir.

“No puedo quedarme en el castillo mientras todos van”, murmuró para sí, mirando el pergamino.

Ron y Hermione ya le habían escrito, emocionados, planeando todos los lugares que visitarían: Honeydukes, los Tres Escobas, Zonko’s.

La idea de perderse eso, de quedarse solo en Hogwarts con, quién sabía, tal vez solo Filch y unos pocos profesores, era una tortura.

Pero tenía que pedirlo.

No había otra forma.

Mañana llegaría la tía Marge, y la dinámica de la casa empeoraría exponencialmente.

Si iba a intentarlo, tendría que ser antes de que ella llegara, cuando Vernon estuviera de un humor relativamente menos explosivo.

O después de que se fuera, cuando estuviera tan aliviado que quizás, solo quizás, firmara cualquier cosa con tal de que Harry se esfumara de su vista.

Se acostó esa noche con el estómago revuelto, el formulario arrugándose bajo su almohada.

Soñó con calles cubiertas de nieve y risas que se alejaban, mientras él se quedaba atrás, preso tras los barrotes de una ventana de la torre de Gryffindor.

El día siguiente amaneció con una pesadez en el aire que no tenía que ver con el clima.

Vernon Dursley caminaba hinchado de una importancia pomposa, revisando una y otra vez que todo estuviera “presentable” para su hermana mayor.

Petunia estaba en un estado de nerviosismo frenético, frotando superficies que ya brillaban y ajustando cortinas que ya colgaban a la perfección.

Dudley, olfateando la promesa de atención y regalos extras, merodeaba con una sonrisa pegajosa.

Harry se mantuvo lo más invisible posible, una habilidad que había perfeccionado a lo largo de los años.

Sabía que su mera presencia era un irritante para su tía Marge, y cualquier error, por mínimo que fuera, sería usado en su contra.

Tal vez, pensó con un rayo de esperanza patética, si era tan invisible como un mueble, Vernon estaría tan satisfecho con la “tranquilidad” de la visita que después se sentiría generoso.

Esa esperanza se evaporó en el momento en que el coche de Vernon entró rugiendo en el camino de entrada.

Marge Dursley bajó del vehículo como un acorazado desplegando sus torretas.

Era una mujer ancha, con cara colorada y un bigote incipiente que vibraba con cada palabra áspera.

Llevaba un traje tweed que parecía tallado en roca y agarraba el mango de un bastón como si fuera un arma.

Sus pequeños ojos, como pasas clavadas en masa, barrieron la fachada de la casa con aprobación y luego se posaron en Harry, que se había visto obligado a salir al recibimiento.

La aprobación se convirtió en un desdén profundo y familiar.

“Vernon, Petunia”, gruñó, abrazando a su hermano con una palmada que hizo sonar su traje.

“Dudley, querido, ¡cómo has crecido!

Un ejemplar magnífico.” Pellizcó la mejilla de Dudley, que hinchó el pecho.

Luego, su mirada volvió a Harry.

“Y tú.

Aún por aquí, ¿eh?

Pensé que ese reformatorio para jovenzuelos problemáticos te habría enderezado de una vez.” Harry contuvo un suspiro.

Aquí iba la farsa.

“Sí, tía Marge”, murmuró, mirando al suelo.

“¡Habla claro, chico!

¿Te han comido la lengua los delincuentes con los que te codeas?” Su voz era como grava moviéndose en un cubo de metal.

“Los estudiantes no son delincuentes, tía Marge”, dijo Harry, incapaz de contenerse del todo.

“¡Ah, ya defiendes a tus compinches!

Típico.” Pasó junto a él, dejando un rastro de olor a perro mojado y brandy barato.

“No sé por qué Vernon y Petunia se desviven tanto.

Yo, si un vástago de mi hermano tarado y esa mujer holgazana me cayera en la casa, lo habría dejado en la puerta de la iglesia más cercana.

La sangre podrida, Vernon, siempre sale a la superficie.

Es una ley de la naturaleza.” Harry sintió que el calor le subía por el cuello.

Sangre podrida.

La frase le recordó los desprecios de Draco Malfoy y Daphne Greengrass, pero venir de la boca de esta mujer muggle, ignorante y cruel, era de alguna manera más repugnante.

Ella no entendía nada de magia, de lealtad, de sacrificio.

Solo repetía la mentira que los Dursley habían construido para cubrir su vergüenza.

La cena fue una prolongada agonía.

Marge dominaba la conversación, soltando perlas de sabiduría sobre la crianza de perros (sus bull terriers, a los que alababa por su “ferocidad controlada”) y sobre la decadencia de la sociedad moderna, que atribuía a la blandura con “elementos indeseables”.

Cada comentario era una puñalada velada, o a veces no tan velada, dirigida a Harry.

Hablaba de sus padres como si los conociera, inventando detalles sobre su supuesta vida delictiva, su irresponsabilidad, su “falta de carácter”.

“La ociosidad, ese es el problema”, dijo Marge, clavando el tenedor en un trozo de carne como si fuera el corazón de James Potter.

“Tu padre, según me contó Vernon, nunca quiso trabajar de manera decente.

Andaba en malos pasos.

Y tu madre…

bueno, no hay que hablar de las mujeres que se juntan con esa calaña.

Se buscó su fin.” Harry apretó tanto el cuchillo que los nudillos se le pusieron blancos.

La rabia era un animal que se revolvía dentro de su pecho, arañando por salir.

Podía soportar que lo insultaran a él.

Estaba acostumbrado.

Pero esto…

esto era ensuciar la única herencia que tenía, la memoria fantasma de dos personas que habían muerto para protegerlo.

Cada palabra de Marge era un escupitajo en sus tumbas.

Vernon y Petunia asentían, incómodos pero sin contradecirla.

Dudley soltaba risitas entre bocado y bocado, disfrutando del espectáculo.

Harry clavó la mirada en su plato, viendo cómo su reflejo se distorsionaba en el metal pulido.

No reacciones.

No hagas magia.

Aguanta.

Pero Marge no se detenía.

Siguió y siguió, alimentada por el brandy que Vernon le servía generosamente.

La conversación derivó hacia Hogsmeade.

“¿Y este viaje que mencionas, Vernon?

¿Un pueblito para estudiantes?” preguntó Marge con desdén.

“Sí, sí, un paseo para el colegio”, dijo Vernon rápidamente, lanzando una mirada de advertencia a Harry.

“Harry quiere que firmemos un permiso.

Pero con su comportamiento, no está claro que se lo merezca.” “¡Un permiso!

¡Ja!” Marge soltó una carcajada que hizo temblar la cristalería.

“A un chico con su historial, lo que hay que darle es más disciplina, no paseos.

Si fuera tú, Vernon, lo mandaría a ese reformatorio todo el verano.

Que le hinchen el lomo a base de trabajo duro.

Eso quita las tonterías de la cabeza.” El animal de la rabia dentro de Harry dio un rugido sordo.

No era solo el desprecio.

Era la injusticia pura, cristalina.

Esta mujer, en su ignorancia absoluta, estaba decidiendo su destino, envenenando la ya remota posibilidad de que Vernon firmara.

Estaba manchando todo lo que tocaba.

“Mis padres no eran delincuentes”, dijo Harry, y su voz sonó extrañamente tranquila en la tensa sala.

Un silencio incómodo cayó sobre la mesa.

Dudley dejó de masticar.

Petunia palideció.

Vernon se puso morado.

“¿Qué has dicho, chico?” gruñó Marge, sus ojos de pasa brillando con un gozo malicioso.

Le encantaba provocar una reacción.

“Que mis padres no eran lo que tú dices.

No sabes nada de ellos.” Harry alzó la vista, y su mirada verde chocó con la de ella.

Ya no había miedo, solo una ira fría y acumulada.

“¡Ah, la rebeldía!

¡Clásico!

La sangre mala no se equivoca.

Tu padre era un vago y un holgazán, y tu madre una…” No la dejó terminar.

O sí, pero Harry ya no la oyó.

Un zumbido agudo llenó sus oídos.

La rabia, contenida durante tantos años en este mismo comedor, alimentada por cada insulto, cada golpe, cada mentira sobre su familia, estalló.

No fue un hechizo consciente.

No hubo varita, ni palabras.

Fue pura emoción mágica cruda, el poder del “Niño que Vivió” desatándose de manera incontrolable, impulsado por el deseo más visceral: que esta mujer, esta horrible, cruel, ignorante mujer, se callara.

Que se alejara.

Que dejara de existir en su espacio.

Pasó en un instante.

Un viento repentino y furioso sacudió la habitación, haciendo volar las cortinas y apagando las velas.

La copa de brandy de Marge salió volando de su mano y se estrelló contra la pared.

Y luego, la propia Marge emitió un grito ahogado, no de miedo, sino de sorpresa física.

Su enorme cuerpo, ya voluminoso, comenzó a inflarse.

Fue grotesco y surrealista.

Su tweed empezó a crujir, los botones de su chaqueta saltaron como proyectiles.

Su rostro, ya colorado, se hinchó como un globo, sus ojos pequeños desaparecieron entre los pliegues de carne que se expandían.

Emitió un sonido parecido al de un globo cuando se estira, un “ooof” agudo y ridículo.

Sus dedos, como salchichas desbordadas, se separaron.

En cuestión de segundos, ya no era una mujer, sino una esfera gigante y gimiente con brazos y piernas diminutos que se agitaban en el aire.

Petunia chilló.

Dudley cayó de la silla al suelo, aterrorizado.

Vernon se puso de pie, su rostro pasando del morado al pálido de la incredulidad y el horror puro.

“¡MAGIA!” rugió, señalando a Harry con un dedo tembloroso.

Harry estaba paralizado, mirando su obra.

No sentía satisfacción.

Solo un pánico helado que le agarraba la garganta.

Había hecho magia.

En casa de los Dursley.

Delante de muggles.

Había infringido la Ley de Secreto Internacional de manera flagrante.

Y no cualquier magia: había inflado a su tía como un juguete de fiesta.

Marge, convertida en un globo humanoide, comenzó a elevarse.

Flotaba, impotente, hacia el techo, rebotando suavemente contra la lámpara de araña, que tintineó.

Emitía sonidos de pánico y furia, pero las palabras eran ininteligibles.

Harry supo que no había tiempo.

El Ministerio sabría.

Los magos vendrían.

Tal vez los dementores, de los que había oído hablar en términos sombríos.

Tenía que irse.

Ahora.

Sin una palabra, salió corriendo del comedor, esquivando a Vernon, que intentaba agarrarlo con torpeza.

Subió las escaleras de dos en dos, entró en su habitación y agarró su maleta ya medio preparada y la jaula vacía de Hedwig (que estaba cazando).

No miró atrás.

Bajó corriendo, pasó por la cocina donde la esfera que había sido Marge seguía flotando, y salió por la puerta trasera a la noche de Little Whinging.

El aire fresco de la noche lo golpeó, pero no calmó el fuego del pánico que ardía en su interior.

Había roto la ley.

Había atacado a un muggle, aunque fuera un muggle detestable.

¿Lo expulsarían?

¿Le romperían la varita?

¿Lo enviarían a Azkaban?

La imagen de la tía Marge rebotando contra el techo se mezclaba con el terror a las consecuencias.

Caminó sin rumbo, las piernas temblorosas, llevando la maleta que golpeteaba contra su pierna.

No podía volver.

No podía quedarse.

Tenía que llegar a algún lugar seguro.

¿El Caldero Chorreante?

¿Cómo?

No tenía el polvo flu, no podía aparatar, y no sabía si el autobús noctámbulo era algo real o solo una historia que oía a los estudiantes mayores.

Se encontró sentado en un columpio oxidado en el parque infantil donde, de niño, los Dursley nunca lo habían llevado a jugar.

La oscuridad era total, rota solo por las farolas anaranjadas que creaban islas de luz artificial en la negrura.

El silencio era absoluto, y en él, su mente gritaba.

Lo arruiné todo.

No podré ir a Hogsmeade.

No podré volver a Hogwarts.

He terminado.

Fue entonces cuando notó el cambio en la atmósfera.

No era solo su miedo interno.

El aire se volvió más frío, de repente, como si una ráfaga de invierno hubiera atravesado la noche de verano.

Las hojas de los árboles alrededor del parque se agitaban, aunque no había viento.

Una niebla baja, antinatural, comenzó a deslizarse desde entre los arbustos, arrastrándose por el suelo como dedos esqueléticos.

Harry se puso en pie de un salto, el corazón golpeándole las costillas.

El Ministerio.

Ya están aquí.

Esperaba ver las siluetas con capa apareciendo con un chasquido, o tal vez la horrorosa figura encapuchada de un dementor flotando hacia él.

Pero no fueron magos quienes aparecieron primero.

Al otro lado de la calle, justo fuera del círculo de luz de una farola, algo se movió.

Una sombra más oscura que la noche misma.

Harry entrecerró los ojos, esforzándose por ver.

Era un perro.

Un perro enorme, de pelaje negro azabache, que parecía absorber la luz a su alrededor.

Estaba parado, inmóvil, mirándolo.

Harry no podía ver sus ojos, pero sentía su mirada fija, pesada, cargada de una inteligencia que no era animal.

Un escalofrío que no tenía que ver con el frío repentino le recorrió la espalda.

No era miedo a un animal salvaje.

Era algo más primitivo, un presentimiento grabado en los huesos.

Ese perro no estaba allí por casualidad.

Lo estaba observando.

La niebla se espesó.

El frío se intensificó, metiéndose bajo su camisa.

Harry dio un paso atrás, tropezando con su maleta.

El perro no se movió.

Solo seguía allí, una estatua de sombra y presagio.

Justo cuando creía que el pánico lo ahogaría, un estruendo ensordecedor partió la noche.

¡BANG!

Harry se agachó instintivamente, cubriéndose la cabeza.

Cuando alzó la vista, no podía creer lo que veía.

Un triple-decker autobús de un morado estridente había aparecido de la nada en medio de la calle vacía, frenando bruscamente justo frente a él.

Parecía haber contraído el espacio a su alrededor para caber.

En el parabrisas, letras doradas rezaban: EL AUTOBÚS NOCTÁMBULO.

La puerta se abrió de golpe con un chirrido, y un joven delgado, de cara afilada y orejas ligeramente puntiagudas, asomó la cabeza.

Llevaba un uniforme morado y una expresión entre aburrida y eficiente.

“¡Bienvenido al Autobús Noctámbulo, transporte de emergencia para el mago o bruja abandonados!” anunció con voz cantarina, como si hubiera dicho lo mismo mil veces.

“Soy Stanley Shunpike, su asistente de a bordo esta noche.

Suba a bordo, que no nos queda toda la noche…

aunque técnicamente, para nosotros, sí.” Harry solo podía parpadear, su mente incapaz de procesar el cambio abrupto de terror sobrenatural a absurdo burocrático-mágico.

Su mirada se desvió instintivamente hacia donde había estado el perro.

La sombra había desaparecido.

Solo estaba la niebla, que ahora parecía retroceder, y el frío que se disipaba lentamente.

“¿Eh…

chico?

¿Vas a subir o prefieres quedarte aquí para que te encuentren los amigos del Ministerio?” preguntó Stanley, bajando un poco la voz en la última parte.

Eso decidió a Harry.

Cualquier cosa era mejor que esperar allí a que lo capturaran.

Agarró su maleta y subió los escalones tambaleantes del autobús.

La puerta se cerró tras él con un portazo definitivo.

El interior era tan caótico como el exterior sugería.

Parecía más grande por dentro, con camas con dosel desordenadas a los lados en lugar de asientos, y unas cuantas sillas sujetas al suelo de manera precaria en el centro.

Unos pocos pasajeros de aspecto soñoliento o excéntrico miraban sin interés desde sus literas.

El conductor, un hombre con gafas gruesas y una tupida barba negra, lo miró por el espejo retrovisor.

“¿Nombre y destino, por favor?” preguntó Stanley, sacando un cuaderno y una pluma muggle mordisqueada.

“Eh…

Harry.

Harry Potter.

Y…

¿el Caldero Chorreante, en Londres?” dijo Harry, aún aturdido.

Un silencio repentino cayó sobre el autobús.

Stanley dejó caer su cuaderno.

El conductor giró completamente la cabeza, olvidándose de la carretera (afortunadamente, el autobús parecía conducirse solo).

Los otros pasajeros se incorporaron, susurrando.

“¿Harry Potter?” repitió Stanley, con los ojos como platos.

“¿El…

el Harry Potter?” Harry sintió que el rubor le subía a las mejillas.

Era la fama, de nuevo, en el momento más incómodo posible.

“Sí.

¿Podemos…

ir, por favor?” El conductor, recuperando la compostura, asintió con brusquedad.

“¡Agárrese fuerte, señor Potter!

¡Ernie, al Caldero, y rápido!

¡Es para el Niño que Vivió!” El autobús dio una sacudida terrible y luego despegó, o eso pareció.

No se movía por la carretera; aparecía en distintos lugares con sucesivos ¡BANG!

ensordecedores, haciendo que Harry se tambaleara y se aferrara a un poste de cobre cercano.

Las calles, las ciudades, el campo, pasaban en un borrón fuera de las ventanas.

Era a la vez terrorífico y fascinante.

Mientras el autobús se estrellaba a través de la campiña inglesa, Harry intentó ordenar sus pensamientos.

Había escapado.

Por ahora.

Pero el Ministerio lo buscaría.

Y luego estaba…

el perro.

¿Había sido real?

¿Una alucinación por el shock?

Pero el frío, la niebla…

y esa sensación de ser observado por algo infinitamente viejo y peligroso.

Lo sacudió.

Tenía problemas más inmediatos.

Stanley se le acercó, ahora con una actitud de reverencia nerviosa.

“¿Un poco de chocolate, señor Potter?

Es bueno para el shock.

Y…

¿una almohada?

El viaje puede ser un poco brusco.” Harry declinó amablemente, preguntándose cómo era posible que su vida pudiera pasar de la opresión muggle a una pesadilla flotante y luego a un autobús mágico donde lo trataban como a una celebridad, todo en el lapso de una hora.

Finalmente, con un último y monumental ¡BANG!, el autobús se detuvo bruscamente frente a una pared de ladrillo sucia y ordinaria en un callejón londinense.

“¡El Caldero Chorreante, señor Potter!” anunció Ernie, el conductor, con orgullo.

Harry bajó, tambaleándose, y el Autobús Noctámbulo desapareció en la noche con otro estruendo, dejándolo solo en la quietud del callejón.

Respiró hondo.

Estaba en el mundo mágico.

Estaba a salvo, por el momento.

Pero el peso de sus acciones lo aplastaba.

Y en el fondo de su mente, la imagen de aquellos ojos invisibles en la sombra de un perro enorme persistía, un misterio nuevo y escalofriante que se cernía sobre él, prometiendo que su tercer año en Hogwarts sería cualquier cosa menos tranquilo.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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