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Fate of Magic - Capítulo 34

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34: Planes 34: Planes La habitación en el orfanato Goodwill era, como todo en la vida de Gudao Roberts hasta ese momento, funcional y carente de adornos personales.

Cuatro paredes pintadas de un color beige desvaído, una cama estrecha con mantas grises, un escritorio de madera antigua con arañazos y una ventana alta que permitía el paso de una luz pálida, incluso en los días más soleados de verano.

No había carteles, fotografías ni recuerdos.

Solo su maleta de Hogwarts, cerrada y arrinconada junto a la puerta, y sobre el escritorio, una pila ordenada de libros de texto mágicos, algunos tomos sobre historia y teoría mágica que había conseguido con esfuerzo, y una pluma y tinta.

Pero la verdadera actividad, el verdadero trabajo de ese verano, no ocurría en el plano físico.

Ocurría en el vasto paisaje interior de su mente, un territorio que se había vuelto más definido y accesible desde su enfrentamiento en la Cámara de los Secretos.

Sentado en la posición de loto sobre su cama, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas, Gudao respiraba con un ritmo lento y profundo.

Los sonidos del orfanato—el distante murmullo de otros niños, el crujido de las maderas del viejo edificio, el canto ocasional de un pájaro fuera de la ventana—se desvanecían hasta convertirse en un zumbido lejano, sin importancia.

Su conciencia se retiraba hacia dentro, alejándose de la austera realidad del orfanato Goodwill y descendiendo a la fortaleza que había sido construida, ladrillo a ladrillo, por voluntad y necesidad.

Allí, en el núcleo de su ser, el espacio no se parecía a nada en Hogwarts o en el mundo muggle.

Era un paisaje onírico y arquitectónico, dominado por la silueta majestuosa y sombría del Château d’If.

No era la prisión real, sino su esencia arquetípica, tallada en la psique de Gudao por el espíritu del hombre que la habitaba: altos muros de piedra negra que se perdían en un cielo perpetuo al anochecer, ventanas estrechas como heridas, una atmósfera cargada de la sal del mar y el frío metálico de los barrotes.

Pero en el corazón de ese lugar de confinamiento y traición, había un espacio de control, de poder reclamado.

En la celda más profunda, que también era un salón de estrategia, Gudao se materializó—una proyección de su conciencia—frente a la figura que siempre lo esperaba.

Edmond Dantès, el Conde de Montecristo, el Avenger, no estaba encadenado.

Estaba de pie, erguido y elegante, con su levita negra y su mirada de águila que parecía perforar las sombras.

Su presencia no era física, sino una manifestación de la conexión Servant-Master, un espíritu heroico anclado al alma de Gudao.

El ambiente no era de opresión, sino de vigilancia concentrada.

Era el centro de mando de una guerra personal.

«Maestro», dijo Edmond, su voz un susurro grave que resonaba en la piedra.

No era una voz real, sino una comunicación directa de mente a mente, cargada de la intensidad de su legendaria determinación.

«Su meditación es más profunda hoy.

¿Busca respuestas o escapa del tedio?» Gudao, en su forma mental, sonrió ligeramente.

La relación con Edmond no era la típica de un mago con un familiar o un espíritu invocado.

Era una alianza entre un comandante perdido y un vengador que había encontrado, en la lucha de otro, un propósito que resonaba con su propia naturaleza.

«Ambas cosas, Edmond.

El tedio es un enemigo formidable, pero al menos no intenta destrozar mis nervios.» Una chispa de algo parecido al humor seco cruzó los ojos del Avenger.

«El dolor físico es un maestro brutal, pero claro.

La inactividad puede corroer la voluntad con igual eficacia.

Ha estado pensando en el regreso.» No era una pregunta.

Gudao asintió.

En el espacio mental, podía proyectar sus pensamientos con claridad.

Flujos de imágenes, recuerdos de Chaldea—la sala de comandos iluminada por pantallas azules, el rostro preocupado de Romani, la sonrisa alentadora de Mash, la energía caótica de Da Vinci—flotaron entre ellos como fantasmas plateados.

«He repasado cada variable», comenzó Gudao, su tono mental era el de un oficial haciendo un informe.

«El vínculo con el Trono de los Héroes es tangible.

Su presencia aquí lo demuestra.

Pero es… tenue.

Como un cable desgastado.

Puedo sentir el flujo, puedo invocar una sombra de su poder, pero el salto dimensional, la reapertura de un camino a mi propia línea temporal… es de un orden de magnitud diferente.

No tengo los recursos, el conocimiento o el poder aquí.» Edmond observaba las imágenes de Chaldea desvanecerse.

«Chaldea existe.

Su contrato con nosotros, los Servants, persiste a través de las dimensiones, una prueba de que los lazos forjados en la batalla por la humanidad trascienden el espacio normal.

Pero el puente está roto.

Necesita un catalizador.

Una fuente de energía capaz de doblar la realidad, de coser el desgarro por el que cayó.» Gudao cerró los ojos en su forma proyectada.

«El Santo Grial.» La mención del artefacto hizo que el ambiente del Château d’If se estremeciera levemente, como si un viento frío atravesara sus pasillos.

Para Edmond, el Grial no era un símbolo de esperanza, sino un objeto de corrupción infinita, un imán para la ambición más oscura y el sufrimiento.

Lo había visto, en su propio mundo, ser la raíz de incontables tragedias.

«El artefacto del que habló el fragmento de alma en la Cámara», asintió Edmond.

«Tom Riddle.

Lord Voldemort.

Él lo deseaba, pero no para la inmortalidad simple.

Ya tenía sus horrocruxes para eso.

El Grial… es para algo más grande.

Más terrible.» «No sé para qué», admitió Gudao.

«Pero si un ser como él, obsesionado con el poder y la permanencia, lo busca, no puede ser para nada bueno.

Lo que me preocupa es su existencia misma en este mundo.

En mi línea temporal, los Grial son anomalías, artefactos de deseos pervertidos.

Aquí… ¿es un objeto único?

¿Una leyenda real?

¿O algo más?» Edmond se acercó, su sombra alargándose sobre la pared de piedra.

«Es la pregunta correcta, Maestro.

No puede planear sin información.

Asumir que es como los Grial que conocemos es un error.

Cada realidad tiene sus propias reglas.

Debe descubrir su naturaleza aquí.

Su historia.

Si ha aparecido antes, qué hizo, quién lo poseyó, y lo más crucial: si aún está activo, esperando ser reclamado.» Gudao sintió el peso del consejo.

Era una tarea monumental.

La historia mágica de este mundo era vasta y, a menudo, deliberadamente oculta o distorsionada.

Buscar un objeto de tal poder, posiblemente el más poderoso que existiera, era como buscar una aguja en un pajar oscuro y lleno de trampas.

Pero no había alternativa.

El Grial no era solo una posible llave para su regreso; era una bomba de tiempo cósmica.

Si Voldemort, o cualquier otro, lo encontraba primero, las consecuencias podrían hacer que la incineración de la historia humana pareciera un fuego artificial.

«Es la prioridad», afirmó Gudao, la determinación endureciendo su proyección.

«Antes que mis estudios, antes que las intrigas de Hogwarts, incluso antes que la amenaza de Voldemort.

Si él obtiene el Grial, ningún horrocrux será necesario.

Podría reescribir la realidad a su antojo.

Este mundo, y cualquier posibilidad de que yo regrese, se perdería.» «Un pensamiento pragmático», dijo Edmond, con una aprobación sombría.

«Pero la búsqueda no puede ser frontal.

Debe ser inteligente.

Silenciosa.

Use los recursos que tiene.

La biblioteca de Hogwarts, pero también los conocimientos de quienes lo rodean.

El director Dumbledore sospecha cosas profundas.

El profesor Snape conoce las artes oscuras.

Incluso los fantasmas, los retratos, las criaturas… todos son fuentes potenciales de información.

Y hay otro recurso.» Gudao lo miró, inquisitivo.

«Sus nuevas… conexiones», dijo Edmond, y había un matiz de curiosidad en su tono.

«El niño Potter y la bruja Granger.

Ellos tienen un talento para atraer el caos y descubrir secretos.

Su lealtad, una vez ganada, puede ser un arma.

Y un escudo.» Gudao reflexionó sobre ello.

Harry y Hermione.

Sí, habían dado el primer paso.

Una disculpa genuina.

Un ofrecimiento de amistad.

No eran aliados en el sentido de Chaldea, no todavía.

Pero eran brillantes, valientes y, en el caso de Hermione, poseedora de una curiosidad insaciable.

Podrían ser útiles, sí.

Pero también los pondría en peligro.

La sombra de Riddle aún era larga, y la búsqueda del Grial sería infinitamente más peligrosa que la Cámara de los Secretos.

«Será cuidadoso», prometió Gudao, tanto a Edmond como a sí mismo.

«Primero, debo establecer una base de conocimiento.

Documentar todo lo que este mundo diga sobre el Grial, por mínimo que sea.» Edmond asintió.

«Mientras tanto, yo vigilaré aquí.

Su mente es la fortaleza.

Mientras el núcleo esté a salvo, tendrá la claridad para actuar.

Recuerde, Maestro: la venganza contra el destino que lo arrojó aquí no se logra con rabia ciega, sino con una paciencia calculada.

Tejamos la red, y cuando llegue el momento, atraparemos no solo una esperanza de regreso, sino también evitaremos que la oscuridad consuma este mundo.» La decisión estaba tomada.

El camino era claro, aunque peligrosamente nebuloso.

Gudao comenzó a retirar su conciencia de la celda mental, sintiendo la presencia de Edmond como un faro de fría determinación en su interior.

Una última comunicación llegó, como un susurro en la niebla: «Y, Maestro… ahora puede llamarme, si la necesidad es extrema.

El precio en energía mágica es alto, y no podré mantenerme por mucho tiempo.

Mi anclaje principal es aquí, en su psique.

Usar mi forma física lo agotaría rápidamente.

Guárdelo como un último recurso, un as en la manga.

La sorpresa es un aliado tan poderoso como la fuerza.» Gudao asintió en su mente.

Lo entendía.

Edmond era un guardián interno y una carta de triunfo oculta, no un familiar para convocar a la ligera.

Su verdadero poder estaba en la fortaleza mental que proporcionaba, en la protección contra intrusiones psíquicas y en el consejo frío y experimentado.

Con un último vistazo al Château d’If interior, Gudao abrió los ojos en el mundo físico.

La habitación del orfanato volvió a enfocarse.

La luz de la tarde había cambiado, volviéndose más dorada.

El silencio era el mismo.

Pero él ya no se sentía pasivo.

Tenía un propósito.

Un objetivo de escala cósmica.

Se levantó de la cama y se acercó al escritorio.

Allí, en un pergamino limpio, había comenzado una lista.

La encabezaba, en letras claras y decididas: Prioridades – Gudao Roberts – Verano 1993 Regreso a Chaldea.

Objetivo principal.

Vías de investigación: Investigar el Santo Grial (naturaleza, historia, apariciones, estado actual).

Profundizar en la teoría de los viajes dimensionales/ temporales en la magia local.

Mapear puntos de convergencia mágica o anomalías (¿El Departamento de Misterios?

¿Hogwarts misma?).

Amenaza Inmediata: Tom Riddle / Lord Voldemort.

Monitorear noticias del mundo mágico (suscribirse al Profeta).

Evaluar el progreso de Dumbledore en la investigación de horrocruxes (indirectamente).

Mantener perfil bajo en Slytherin; evitar conflictos innecesarios con Malfoy/Greengrass.

Desarrollo de Recursos y Alianzas.

Cultivar relación con Harry Potter y Hermione Granger.

Fuentes potenciales de información/ayuda.

Evaluar su confiabilidad.

Mantener correspondencia.

Establecer una base de confianza.

Investigar otros individuos potencialmente útiles o informados (¿Luna Lovegood?

¿Nicholas Flamel?

¿Profesores específicos?).

Fortaleza Personal.

Continuar entrenamiento mágico autodidacta.

Enfocarse en magia defensiva, ofuscatación y encantamientos de información.

Profundizar el vínculo y control mental con Edmond Dantès.

Practicar la «invocación de emergencia» en un entorno seguro y controlado si es posible.

Mantener condición física.

El cuerpo es el primer instrumento.

Estaba revisando la lista, su mente ya trazando los primeros pasos prácticos—escribir a Flourish and Blotts por libros especializados, planear cómo abordar la sección restringida de la biblioteca con más eficiencia—cuando un suave golpeteo en la ventana lo sacó de sus pensamientos.

Era una lechuza escolar, con el plumaje desaliñado por el viaje.

Traía dos cartas.

Gudao desató el rollo de pergamino y dejó que el ave bebiera un poco de agua de un platillo.

Las cartas eran de Harry y de Hermione.

Una sonrisa genuina, pequeña pero real, apareció en su rostro.

Era un sentimiento extraño, casi olvidado.

La correspondencia.

El contacto amistoso.

No era la comunicación eficiente y llena de jerga técnica de Chaldea, ni los fríos informes de la Mage’s Association.

Era algo… normal.

Humano.

La de Harry era torpe, escrita con una caligrafía que luchaba por ser ordenada.

Hablaba del aburrimiento del verano (omitiendo, por supuesto, los detalles de su vida con los Dursley), preguntaba por su recuperación, y mencionaba lo emocionado que estaba por visitar Hogsmeade, aunque tenía “algunos problemas con el permiso”.

Había una vulnerabilidad entre líneas, una necesidad de conexión que Gudao podía reconocer.

Firmaba con un simple “Harry”.

La de Hermione era más larga, meticulosa.

Incluía preguntas específicas sobre algunos de los trabajos de recuperación, compartía sus propios planes de lectura para el verano (una lista impresionante), y expresaba su esperanza de que pudieran estudiar juntos a veces el próximo año, quizás en la biblioteca.

Su tono era cálido, pero respetuoso, tratándolo como a un igual intelectual.

Firmaba “Hermione Granger”, y luego, en una posdata, añadía: “Espero que no te importe que te escriba.

Realmente creo que podríamos ser buenos amigos.” Gudao tomó su pluma y respondió con rapidez, pero no con precipitación.

A Harry, le agradeció la carta, confirmó que estaba completamente recuperado (“me siento mejor que nunca”), y le deseó suerte con el permiso de Hogsmeade, sugiriendo con tacto que a veces los guardianes responden mejor a un enfoque muy formal y escrito.

A Hermione, le agradeció su amabilidad, elogió su lista de lectura (y recomendó un oscuro tratado sobre lógica mágica aplicada que había visto en la biblioteca de Slytherin), y aceptó cordialmente la idea de estudiar juntos.

Firmó ambas simplemente como “Gudao”.

Fue un intercambio sencillo, pero significativo.

Eran los primeros hilos de una red social en este mundo que no estaba tejida con desconfianza o enemistad.

Eran potenciales aliados, sí, pero también, quizás, algo más.

Algo que había echado de menos sin siquiera permitirse pensarlo: camaradería.

Sin embargo, el universo, parecía, estaba decidido a recordarle que la tranquilidad era un lujo efímero.

Unos días después, otra lechuza llegó.

Esta era majestuosa, de plumaje excepcionalmente limpio y un aire de superioridad.

Traía un sobre grueso y costoso, de pergamino de alta calidad, sellado con cera verde en la que estaba impreso un escudo heráldico que Gudao no reconoció.

Al abrirlo, no encontró una carta, sino una serie de fotografías mágicas.

Eran de Daphne Greengrass.

Una la mostraba posando serenamente frente a una mansión imponente de estilo victoriano, con jardines perfectamente recortados.

Otra, en un yate, con el sol reflejándose en el mar del Egeo.

Otra más, en una boutique mágica de París, rodeada de vestidos elegantes.

En cada una, ella lucía impecable, con una sonrisa fría y triunfante dirigida a la cámara, como si estuviera diciendo: “Mira todo lo que tengo y tú no”.

No había una nota.

El mensaje era claro y patético: un intento burdo de provocar envidia, de reafirmar su supuesta superioridad de sangre pura y riqueza.

Gudao suspiró, no con enojo, sino con una mezcla de fastidio y una pizca de lástima.

La persistencia de Daphne era casi admirable en su inutilidad.

¿No tenía nada mejor que hacer con su verano?

¿Amigos reales con los que estar?

Parecía que su único pasatiempo era medir su valor frente a un estándar imaginario y asegurarse de que todos, especialmente el “sangre sucia” que no se doblegaba, supieran su puntuación.

Dejó las fotos a un lado, sin romperlas, pero sin darles más importancia.

Eran ruido de fondo, una mosca zumbando en el vidrio de una ventana.

Su mente estaba en cosas mucho más grandes.

Volvió a su lista de prioridades.

Estaba añadiendo un subpunto bajo “Investigación del Grial”: Consultar textos mitológicos antiguos; leyendas artúricas; historias de objetos de deseos en folclore mágico europeo y de otros lugares, cuando un nuevo golpeteo, esta vez más insistente, interrumpió la quietud de la mañana.

Era la lechuza del Diario El Profeta, con la edición del día.

Gudao había gastado una parte nada despreciable de sus ahorros (un pequeño estipendio que Dumbledore había arreglado discreta y anónimamente para “estudiantes en circunstancias especiales”) en la suscripción.

La información era un arma, y necesitaba estar al tanto de los acontecimientos del mundo mágico.

Pagó al ave con una moneda y desplegó el periódico.

El titular golpeó sus ojos como un puño.

¡TERROR EN AZKABAN!

SIRIUS BLACK, EL FANÁTICO SEGUIDOR DE QUIEN-TÚ-SABES, ¡SE DA A LA FUGA!

La fotografía en primera plana era inquietante.

Mostraba a un hombre que más parecía un espectro que un ser humano.

Tenía el cabello negro, largo y enmarañado, que caía sobre un rostro demacrado y cetrino, marcado por años de desesperación y locura.

Sus ojos, profundamente hundidos, brillaban con una intensidad desquiciada, y su boca estaba abierta en lo que parecía un grito silencioso o una risa histérica.

Estaba encadenado, pero en la foto se veía cómo forcejeaba con furia bestial contra sus ataduras.

Sostenía una placa con un número: Prisionero 1896.

Gudao leyó el artículo con una atención glacial.

Los detalles eran escasos pero alarmantes.

Sirius Black, condenado sin juicio por la traicionera muerte de doce muggles y un mago, Peter Pettigrew, así como por ser el “secretario personal” de Lord Voldemort y supuestamente el responsable de haber revelado la ubicación de los Potter a su amo, conduciendo a su muerte.

Había estado encerrado en Azkaban, la fortaleza custodiada por dementores, durante doce años.

Y anoche, de una manera que el Ministerio no podía explicar (el artículo insinuaba, con horror, que quizás los dementores lo habían ayudado), había desaparecido de su celda.

No había rastro.

Solo una sensación de frío y desesperación aún más profunda.

El editorial adjunto era un panegírico de pánico.

Hablaba de Black como el prisionero más peligroso desde la caída de Voldemort, un asesino fanático que sin duda buscaría reunirse con su amo oscuro o, peor aún, vengar su caída por su cuenta.

Advertía a todos los magos y brujas que estuvieran atentos, que reportaran cualquier avistamiento, y sobre todo, que protegieran a sus hijos.

Una sola línea, casi al final del artículo principal, hizo que el cerebro analítico de Gudao se activara a toda marcha: “El Ministro de Magia, Cornelius Fudge, en una declaración apresurada, ha instado a la calma, pero ha confirmado que los dementores han sido desplegados en una búsqueda masiva.

Se rumorea que su primer destino de búsqueda, dada la naturaleza de los crímenes de Black, podría ser Hogwarts, donde se cree que tiene un interés personal.” Hogwarts.

Harry Potter.

En su mente, la voz de Edmond Dantès resonó, no con preocupación, sino con una especie de reconocimiento sombrío, casi una risa contenida.

No era una risa de alegía, sino la de un hombre que había visto demasiadas tragedias y traiciones, y que encontraba un amargo humor en los patrones que se repetían.

«Parece, Maestro», susurró la voz en su cabeza, cargada de ironía gélida, «que su tercer año académico promete ser todo menos tranquilo.

Un prisionero que escapa de una prisión inexpugnable, motivado por una venganza o una lealtad retorcida… los escenarios son numerosos y todos pintan un cuadro fascinantemente peligroso.» Gudao dejó el periódico sobre el escritorio, sus ojos fijos en la foto frenética de Sirius Black.

Su primer pensamiento, instintivo y seco, fue el mismo que Edmond había reflejado: Esto no puede ser bueno.

No era una queja, sino una evaluación táctica.

Un nuevo elemento de caos se introducía en el tablero.

Un elemento violento, impredecible y con un posible vínculo directo con Harry Potter.

La prioridad número dos, “Amenaza Inmediata”, acababa de adquirir un nuevo y urgente subtítulo.

Miró por la ventana, hacia el cielo despejado de la mañana de verano.

El orfanato estaba tranquilo.

Pero a cientos de kilómetros de distancia, la tormenta se estaba gestando.

Un hombre lobo reemplazando a un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras (otro rumor que había captado), dementores custodiando los límites de la escuela, y ahora un asesino fugitivo apuntando posiblemente hacia el castillo.

Y en medio de todo eso, él tendría que navegar los complicados pasillos de las amistades incipientes, los prejuicios persistentes de Slytherin, la siempre presente sombra de Voldemort y sus horrocruxes, y su propia y monumental búsqueda: encontrar el Santo Grial antes que cualquier otro, y descubrir si era su boleto a casa o la sentencia de muerte para este mundo.

Un verano de preparación había terminado.

El año escolar estaba a punto de comenzar.

Y Gudao Roberts, el Comandante de Chaldea perdido en un mundo de magia y oscuridad, se preparó mentalmente para el próximo asalto.

Tomó su pluma y, en la parte inferior de su lista de prioridades, añadió una nueva línea, subrayándola dos veces: 5.

Contención de Crisis Inminente: Sirius Black.

Evaluar amenaza real.

Determinar conexión con Harry Potter.

Plan de contingencia.

El juego continuaba.

Y las apuestas acababan de subir astronómicamente.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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