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Fate of Magic - Capítulo 35

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35: Designio 35: Designio En las profundidades más inaccesibles del mundo mágico, allí donde la trama de la realidad se vuelve delgada y los conceptos toman forma, algo antiguo y poderoso comenzó a latir.

No era un lugar físico, sino un estrato de existencia superpuesto, un vacío esperando ser llenado.

Era el Santo Grial.

No el Grial de las leyendas muggle, ni siquiera el artefacto corrupto de deseos pervertidos que Gudao conocía de su propia línea temporal.

Este era el Gran Santo Grial, un concepto cristalizado, la encarnación del “milagro absoluto”.

Había existido en este mundo desde tiempos inmemoriales, dormido, pasivo, como una semilla bajo la nieve de la historia.

Su función potencial—conceder un deseo de alcance verdadero, reescribir las leyes de la magia y la realidad—era tan vasta que el mismo mundo, por instinto de conservación, lo mantenía en letargo, oculto tras velos de mito y escepticismo.

Pero dos eventos concurrentes habían agitado su sueño eterno.

El primero fue la ambición pura, concentrada y monstruosa de Tom Riddle.

Su obsesión por la inmortalidad, su desprecio por los límites, y su acto definitivo de fracturar su alma para crear horrocruxes, generó una vibración en el tejido mágico, una nota discordante y poderosa que llegó hasta el lugar donde el Grial descansaba.

Era una ambición lo suficientemente grande, lo suficientemente antinatural, como para ser un eco de los deseos que el Grial estaba diseñado para otorgar.

El segundo, y el catalizador definitivo, fue la invasión dimensional.

La llegada de Gudao Roberts a este mundo fue una brecha, un desgarro en la tela del cosmos.

Y con él, aferrada a su alma a través de un contrato que trascendía realidades, llegó la sombra de un Servant.

La invocación de Edmond Dantès en la Cámara de los Secretos, aunque débil y temporal, fue como encender un faro en la noche del vacío dimensional.

El Grial, como órgano de un sistema que gestionaba milagros, reconoció esa señal.

Era una clave encajando en una cerradura que no había sido girada en milenios.

Servant.

Master.

Guerra.

Paradigmas y reglas de otro universo, de otro sistema mágico radicalmente diferente, golpearon la conciencia dormida del Gran Grial.

No los entendió completamente, pero los absorbió.

Los patrones se imprimieron en su núcleo dorado.

Si un Servant podía existir aquí, aunque fuera como un eco, entonces el sistema podía ser implementado.

El Grial tenía un propósito: seleccionar magos dignos, conceder un deseo al vencedor.

Y ahora tenía un modelo a seguir.

Así comenzó el Gran Despertar.

No fue explosivo.

Fue una infusión lenta, como la savia subiendo por un árbol gigantesco en primavera.

Energía mágica, extraída de las corrientes ley del planeta, de la intensidad emocional de sus habitantes (el miedo residual de los ataques del basilisco, la ambición en ascenso de Voldemort, la determinación de Dumbledore, la confusión y el coraje de Harry), comenzó a filtrarse hacia el receptáculo dorado.

El Grial se alimentaba, acumulando potencia.

Aún no era suficiente para realizar el milagro definitivo, ni para invocar a siete—o más—Espíritus Heroicos en toda su gloria.

Esa energía tomaría tiempo, quizás años.

Pero sí tenía el poder suficiente para iniciar el proceso.

Para designar.

Basándose en los patrones absorbidos—el sistema de la Guerra del Santo Grial de la dimensión de Chaldea—pero adaptándose a la lógica de su nuevo hogar, el Grial tomó una decisión.

Una guerra entre siete Masters era demasiado…

pequeña.

La magia aquí era vasta, el potencial del conflicto, enorme.

Y la energía que fluía, alimentada por la presencia misma de un Servant anclado, permitía más.

Decidió formar dos ejércitos.

Catorce designaciones.

Siete contra siete.

Una batalla en equipo que determinaría, no solo el dueño del Grial, sino el destino mismo de la magia en este mundo.

Y lo primero que necesitaba eran sus Masters.

El Grial, en su inteligencia incipiente y mecánica, escaneó el mundo mágico.

Buscó individuos con potencial mágico significativo, con fuertes lazos de destino, con deseos latentes lo suficientemente potentes como para alimentar el sistema.

Y, crucialmente, buscó un equilibrio.

No designó al azar; formó bandos basándose en alianzas naturales, lealtades y, en algunos casos, en la pureza o falta de ella de sus motivaciones.

Gudao Roberts fue el punto de origen, el ancla.

En su mano izquierda, donde ya existía el tenue vestigio de su contrato con Chaldea—una marca casi invisible que parecía un entrelazado de líneas plateadas—, el Grial imprimió su primer sello de comando.

No era el triple marca de Chaldea, sino un círculo complejo, con runas arcanas que mezclaban símbolos mágicos locales y otros completamente alienígenas, todo en un rojo oscuro, casi del color de la sangre seca.

Se integró a su marca existente, fortaleciéndola.

Gudao, en su meditación en el orfanato, notó un leve calor en el dorso de su mano, pero lo atribuyó a un efecto residual de su conexión con Edmond o a la concentración.

Al inspeccionarla, solo vio que el patrón plateado parecía un poco más definido.

No sospechó la verdad.

Él era, por defecto y por naturaleza, el Master principal del bando Rojo.

El Grial reconoció en él al comandante, al centro de la anomalía que había iniciado todo.

Harry Potter estaba sentado en una habitación del Caldero Chorreante, aturdido y nervioso.

Cornelius Fudge, el Ministro de Magia, acababa de dejarlo allí, farfullando sobre no hacer ruido y que “todo se arreglaría”.

El alivio de escapar de los Dursley y el miedo a la expulsión se mezclaban en su estómago.

Mientras frotaba su rostro cansado, sintió un picor en el dorso de su mano derecha.

Se rascó distraídamente.

Al mirar, vio que habían aparecido unas pequeñas manchas rojizas, como tres lunares formando un triángulo irregular.

“Extraño”, pensó, pero lo atribuyó al estrés, a la suciedad del viaje en el Autobús Noctámbulo, o a alguna reacción alérgica a la polvorienta habitación.

En el caos de sus emociones, no le dio mayor importancia.

El Grial, sin embargo, había visto en él un núcleo de poder extraordinario (la cicatriz, el fragmento de alma de Voldemort, su propio destino) y un deseo profundo y puro: pertenecer, tener una familia, proteger a los suyos.

Harry fue designado para los Rojos, una pieza clave, un contrapunto de luz a la sombra estratégica de Gudao.

Hermione Granger estaba en su casa, organizando meticulosamente sus libros para el tercer año.

Sintió un hormigueo en la palma de su mano izquierda.

Al abrirla, vio un pequeño patrón geométrico rojo, como un sello de cera minúsculo.

Lo examinó con curiosidad científica.

No dolía, no cambiaba.

Probó varios encantamientos de revelación simples que conocía, pero no hubo reacción.

“Debe ser una reacción a la tinta de alguno de los libros nuevos”, concluyó, y siguió con su catalogación.

Su mente lógica, su deseo de saber, de proteger a sus amigos con conocimiento, y su lealtad inquebrantable la marcaron para los Rojos.

Ron Weasley, en La Madriguera, se quejaba a su madre de que le picaba el tobillo derecho.

Tras rascarse con energía, descubrió un par de motas rojas que parecían picaduras de insecto.

“¡Mamá!

¡Hay arañas gigantes en mi cama otra vez!” gritó.

Molly Weasley lo revisó, le aplicó una pomada y lo mandó a callar.

El deseo de Ron—ser reconocido, salir de la sombra de sus hermanos, demostrar su valor—y su lealtad instintiva (aunque a veces resentida) a Harry, lo colocaron en el bando Rojo.

Rubeus Hagrid, en su cabaña al borde del Bosque Prohibido, se golpeó la mano con un martillo mientras arreglaba un comedero para las criaturas.

Juró en voz baja y se chupó el nudillo.

Al rato, notó que el moretón tenía una forma extrañamente simétrica, con tonos rojizos.

“Bah, magulladura rara nada más”, gruñó, y volvió a su trabajo.

Su corazón puro, su deseo de proteger a las criaturas incomprendidas y de ser aceptado, y su conexión primordial con la magia de Hogwarts, lo hicieron un Master Rojo.

Neville Longbottom, regando las plantas de su abuela en su casa, notó que una de las suculentas le había pinchado la muñeca.

Al día siguiente, tenía un pequeño enjambre de puntos rojos que parecían una constelación.

Su abuela, Augusta, le dijo que era por su torpeza y que debería ser más cuidadoso.

La semilla de coraje de Neville, su deseo de hacer que sus padres se enorgullezcan, de encontrar su propia fuerza, fue detectado por el Grial.

Bando Rojo.

Luna Lovegood estaba en el jardín de su casa, buscando snorkacks.

Vio aparecer las marcas en su antebrazo—un espiral roja y unos puntos—y sonrió alegremente.

“Los Gulping Plimpies dejan marcas así cuando te rozan en un día de luna llena creciente”, le comentó a su padre, Xenophilius, quien asintió sabiamente y anotó algo en un pergamino.

La imaginación ilimitada de Luna, su deseo de encontrar verdades ocultas y maravillas, y su naturaleza incondicionalmente bondadosa, la incluyeron en los Rojos.

El equipo estaba formado.

El bando Rojo: el comandante extra-dimensional, el niño marcado por la profecía, la brillante lógica, el corazón leal, el guardián gentil, el coraje en ciernes y la creyente en lo imposible.

Una facción unida, aunque ellos no lo supieran, por lazos de amistad y valores compartidos.

El Grial los etiquetó como los “Guardianes del Juramento”, una facción cuyo deseo colectivo, si prevaleciera, tendería hacia la preservación, la protección y el orden benevolente.

Del otro lado del espejo, el Grial formó un equipo basado en ambición, orgullo, sangre, lealtad retorcida y oscuridad pura.

Draco Malfoy estaba en la mansión Malfoy, admirando su reflejo mientras probaba las nuevas túnicas que su madre le había comprado.

Notó unas marcas en su cuello, cerca de la línea de la mandíbula.

Eran tenues, de un negro azabache, como si la sombra se hubiera condensado en su piel.

“Padre, mira, creo que me está saliendo una mancha de nacimiento nueva.

Es muy distinguida, ¿no?”, dijo con arrogancia.

Lucius Malfoy examinó las marcas negras, que se asemejaban a un reptil estilizado o a una serpiente enroscada.

“Interesante”, murmuró, con una expresión inescrutable.

“Quizás sea un signo del linaje.

No le des importancia.” El deseo de Draco—poder, estatus, restablecer la gloria de su familia y humillar a sus enemigos—lo marcó como Master principal del bando Negro, por derecho de ambición y herencia.

Lord Voldemort, o lo que quedaba de él, era una forma fantasmagórica y débil, parasitando el cuerpo de serpientes en los bosques de Albania.

Pero incluso en ese estado de miseria, su alma fracturada era un faro de oscuridad.

Sintió una perturbación, un hormigueo frío en su esencia incorpórea.

No era dolor, sino una oportunidad.

Una promesa de poder indiferenciado, un canal que se abría.

No podía ver un sello, pero sintió una conexión, un lugar vacío en un sistema que lo reconocía como un ente de inmenso deseo.

Su anhelo—recuperar un cuerpo, alcanzar la inmortalidad verdadera, someter al mundo mágico y exterminar a los impuros—era tan potente que el Grial no pudo ignorarlo.

Fue designado como la otra cabecilla del bando Negro, la sombra detrás del trono.

El Grial lo etiquetó como el “Ancla de la Perdición”.

Bellatrix Lestrange, en su celda de Azkaban, sumida en la locura y el fervor por su señor oscuro, se rascó los brazos ensangrentados contra la piedra áspera.

En medio de las cicatrices y la suciedad, nuevas marcas negras, como tatuajes hechos con hollín y pesadillas, aparecieron en sus nudillos.

Ella las vio y rió, una risa chillona y desquiciada.

“¡Mi Señor me manda señales!

¡Siempre supe que volvería!” Su lealtad fanática y su deseo de servir a Voldemort y bañarse en la crueldad la colocaron en los Negros.

Lucius Malfoy, en su estudio, revisando cuentas y planes, notó una mancha negra persistente en el dorso de su mano derecha, que no se iba con agua ni con un simple encantamiento de limpieza.

Frunció el ceño, atribuyéndolo a algún residuo oscuro de los artefactos que guardaba, o quizás a un recordatorio de su marca de Mortífago, que aunque latente, nunca desaparecía del todo.

Su ambición—mantener su poder e influencia, servir a la causa de la pureza de sangre, proteger a su familia a toda costa—lo selló para los Negros.

Fenrir Greyback, merodeando por los páramos en una noche de luna casi llena, aulló cuando sintió un ardor en su pecho, sobre el corazón.

Al rasgar su harapienta camisa, vio un patrón negro, salvaje y agresivo, como la huella de una garra, marcado en su piel.

Gruñó, sintiendo que era un signo de su naturaleza de hombre lobo, una maldición que se profundizaba.

Su deseo de propagar la licantropía, de hacer sufrir a los magos “puros”, de ceder por completo a la bestia, resonó con la oscuridad del Grial.

Bando Negro.

Daphne Greengrass, en su mansión, observó con desdén cómo aparecían unas finas líneas negras, como filigrana, alrededor de su muñeca izquierda.

Las encontró…

elegantes.

Un detalle exótico que realzaba su palidez.

No sintió ninguna conexión mágica extraña; para ella, era solo un capricho de su propio cuerpo superior, una marca de distinción.

Su deseo—afirmar la supremacía de su linaje, mantener su estatus, y quizás, en el fondo, ser reconocida por algo más que su sangre—aunque superficial, tenía la fuerza de la tradición y el orgullo.

Bando Negro.

Peter Pettigrew, escondido en su forma de rata, Scabbers, en el bolsillo de la túnica de Ron Weasley, sintió un espasmo en su pata delantera.

Cuando, en un raro momento de soledad en un rincón de La Madriguera, se transformó brevemente en su forma humana para inspeccionarse, vio una pequeña mancha negra, como una quemadura de cigarro, en la palma de su mano.

El miedo lo invadió al instante.

¿Era una maldición?

¿Una señal de que lo habían descubierto?

Su deseo cobarde—sobrevivir, esconderse, servir al más fuerte para salvar su pellejo—era un tipo de ambición retorcida que el Grial de los Negros podía utilizar.

Bando Negro.

El equipo Negro estaba completo: el heredero arrogante, el señor oscuro sin cuerpo, la fanática demente, el político ambicioso, el depredador bestial, la princesa de sangre pura y el traidor cobarde.

El Grial los etiquetó como los “Ejes de la Ambición”, una facción cuyo deseo colectivo empujaría hacia la conquista, la purificación forzada y el dominio absoluto.

El Gran Grial, ahora con sus catorce Masters designados, entró en una fase de acumulación lenta.

Los sellos de comando, rojos y negros, no eran solo marcas.

Eran terminales, conductos diminutos que, de manera imperceptible, empezaban a extraer minúsculas cantidades de energía mágica de sus portadores—sus emociones intensas, sus momentos de determinación, sus sueños y pesadillas—para alimentar el sistema principal.

También servían como balizas, conectando a cada Master con el Grial y, de manera muy tenue, entre ellos dentro de su mismo bando.

Un vínculo tan sutil que pasaba completamente desapercibido, confundido con corazonadas, coincidencias o déjà vus.

Nadie, en absoluto, comprendía lo que estaba ocurriendo.

· Gudao, el más cercano a la verdad, estaba centrado en su investigación del Grial como un objeto externo, un artefacto que encontrar.

No se le ocurrió que el Grial ya lo había reclamado a él, que la guerra ya había comenzado en su fase de preparación.

Su mente, entrenada en los sistemas de Chaldea, no esperaba una activación tan temprana y pasiva.

Edmond Dantès, dentro de él, sentía una “perturbación en el aire”, un aumento en la presión mágica del mundo, pero la atribuyó a la fuga de Sirius Black, a la creciente actividad de los mortífagos, o a los efectos secundarios de su propia existencia en esta realidad.

“El mundo respira con más pesadez, Maestro”, le comentó en una meditación.

“Como si se estuviera preparando para una tormenta larga.” No fue más allá.

· Harry estaba demasiado ocupado procesando su huida, el susto de los dementores (de los que Fudge le habló con nerviosismo), y la ansiedad por el permiso de Hogsmeade, como para preocuparse por unos lunares.

Los vio una mañana al despertar en el Caldero Chorreante, se encogió de hombros y siguió con su día.

· Draco mostraba sus “marcas de distinción” a cualquiera que quisiera verlas, integrandolas a su aura de superioridad.

· Voldemort, en su impotencia, almacenó la sensación de esa “conexión” nueva como un dato, un misterio a investigar cuando tuviera un cuerpo.

Era una esperanza más, un hilo del que tirar en el futuro.

· Dumbledore, en su despacho, sintió un cambio.

No en su propia persona (el Grial, por razones de equilibrio y quizás por su edad y poder abrumador, no lo designó), sino en la atmósfera mágica de Hogwarts y más allá.

Sus instrumentos musicales y giratorios mostraron patrones caóticos, armonías extrañas.

Fue a su ventana, contemplando los terrenos con ojos preocupados.

“Algo se está moviendo”, murmuró para Fawkes, que posado en su percha, emitió un trino bajo y melancólico.

“Algo más antiguo que Tom, y quizás más peligroso.

Pero no puedo ver su forma.” Atribuyó la inquietud a la combinación de la fuga de Black, el regreso de los dementores, y la siempre presente sombra de Voldemort.

El mundo mágico, por tanto, seguía su curso obvio.

Los periódicos gritaban sobre Sirius Black.

Los magos comunes susurraban con miedo.

El Ministerio se preparaba para el inicio del año escolar en Hogwarts con una seguridad sin precedentes.

Bajo esa superficie de preocupaciones conocidas, sin embargo, latía el corazón dorado del Gran Grial, tejiendo su red, cargando sus baterías con los sueños y pesadillas de catorce individuos clave.

La Gran Guerra del Santo Grial no sería un evento explosivo que comenzaría con un anuncio.

Sería una flor venenosa que crecería lentamente desde las raíces de este mundo, alimentada por sus conflictos existentes.

Los bandos estaban formados no por elección, sino por la naturaleza misma de los designados: un lado, el de la amistad, la protección y la defensa de lo que es correcto; el otro, el de la ambición, la pureza y el poder por el poder mismo.

Y en el centro de la telaraña, inconsciente de que ya era una pieza crucial en un juego infinitamente mayor que el conflicto contra Voldemort, estaba Gudao Roberts.

Su prioridad número uno—encontrar el Grial para regresar a casa—pronto chocaría brutalmente con la realidad: el Grial lo había encontrado a él, y no tenía intención de dejarlo ir sin librar la guerra para la que había sido diseñado.

El destino, o el mecanismo ciego de un artefacto milagroso, lo estaba colocando una vez más en el papel para el que había nacido: el Comandante, el Master de la Humanidad.

Solo que esta vez, la humanidad a defender era la de un mundo que no era el suyo, y el enemigo no era la incineración del tiempo, sino la corrupción de todo un sistema mágico por la ambición más oscura.

El verano llegaba a su fin.

Los estudiantes harían sus compras, subirían al Expreso de Hogwarts.

Y mientras el tren se dirigía hacia el castillo, bajo la piel de catorce de ellos, marcas rojas y negras palpitarían levemente, respondiendo al latido cada vez más fuerte de un corazón dorado que esperaba, paciente y hambriento, en la oscuridad entre los mundos.

La partida estaba en marcha.

Los jugadores, ignorantes.

Y el premio, la realidad misma.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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